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Full text of "Cristóbal Cólon; su vida, sus viajes, sus descubrimientos"

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CRISTÓBAL COLON 

SU VIDA 
SUS VIAJES — SUS DESCUBRIMIENTOS 



EDICIÓN MONUMENTAL 



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CRISTÓBAL COLÓN 



SU VIDA 
SUS VIAJES — SUS DESCUBRIMIENTOS 



POR 



D. JOSÉ MARÍA ASENSIO 

DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS: CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA 



ESPLENDIDA EDICIÓN 

ILUSTRADA CON MAGNIFICAS OLEOGRAFÍAS, COPIA DE FAMOSOS CUADROS DE ARTISTAS ESPAÑOLES 



TALES COMO 



BALACA, CANO, JOVER, MADRAZO, MUÑOZ DEGRAIN, 
ORTEGO, PUEBLA, ROSALES, SOLER 

ENRIQUECIDA EN TODAS SUS PÁGINAS CON ORLAS, CABECERAS Y VIÑETAS ALEGÓRICAS 

Y ACOMPAÑADA 

DE UNA PRIMOROSA CARTA GEOGRÁFICA 

QUE DETALLA MINUCIOSAMENTE LOS VIAJES Y DESCUBRIMIENTOS LLEVADOS Á CABO 

POR EL GRAN ALMIRANTE 



TOMO II 



BARCELONA 
ESPASA Y COMPAÑÍA, EDITORES 



221, CALLE DE CORTES, 223 



mm 



La propiedad de esta obra, así en lo que se refiere á 
la parte literaria como á la artística, pertenece á los 
Sres. Espasa y Comp.", Editores, quienes se reservan 
todos los derechos. 

Queda hecho el depósito que previene la ley. 



RETRATO DE CRISTÓBAL COLÓN' 



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CONTINUACIÓN 



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CRISTÓBAL COLÓN 



«Llego á Castilla con sus doce navios Antonio de 
Torres, con mu}^ buen viaje y breve, porque salió' del 
puerto de la Isabela á 2 de Febrero, y llego' á Cádiz cuasi 
entrante o' á los ocho o' diez días de Abril.» 

El efecto que produjo su feliz regreso fué extraordi- 
nario. Se veían confirmadas inmediatamente todas las espe- 
ranzas que hizo concebir el descubrimiento, y se aumentaron 
las ilusiones que sobre sus resultados se habían formado; 
corriendo de boca en boca, exageradas naturalmente por el 
entusiasmo, todas las noticias que los navegantes contaban 
de las islas que habían visitado, de su fertilidad, riqueza 
y hermosura, y de las extrañas condiciones de los hombres 
que las poblaban. 

Antonio de Torres, Ginés de Gorbalán y algunos otros 
salieron seguidamente para la corte, que estaba á la sazo'n 
en Medina del Campo, para informar á los Reyes del resul- 
tado de la expedicio'n, conforme á los deseos é instrucciones 
del Almirante; y por la urgencia de que se proveyese lo que 
en su Memorial señalaba como más necesario para abastecer 
la colonia, además de otras muchas cosas de que verbal- 
mente había de dar cuenta á los Soberanos. 

«Recibieron los Reyes inestimable alegría, dice como 
testigo presencial el obispo de Chiapa, con la venida de 
Antonio de Torres, por saber que el Almirante con toda la 
nota, oviese llegado á esta isla en salvamento, y más con las 
cartas 3^ relación del Almirante y el oro que les enviaba 
cogido de las mismas minas de Cibao con la gente que él 
había enviado con Ojeda para verlas é descubrirlas, y por 
vista de ojos experimentar que lo oviese en la misma tierra 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO IX 



y sacado por mano dellos.» Ante la evidencia se desvane- 
cieron las desconfianzas. El oro que se presentaba á los 
Re} T es Católicos había sido recogido en su ma} T or parte por 
los mismos que lo traían ; y á más de la elocuencia del 
hecho, de cu} r a importancia no podía dudarse, los soldados 
añadían detalles y pormenores que encantaban á todos cuan- 
tos oían, pues contaron haber recogido el oro sin trabajo 
alguno, entre las arenas de los arro}' r os que bajaban de las 
montañas, o' lavando puñados de ellas. Ginés de Gorbalán 
hizo entusiasta y viva historia de su expedicio'n, descri- 
biendo galanamente la Vega Real, y mostrando pepitas de 
oro de regular tamaño, especialmente aquella de nueve 
onzas de peso que encontraron los soldados de Ojeda, y vio 
y tuvo en sus manos el maestro del príncipe don Juan, el 
historiador Pedro Mártir de Angleria. 

La alegría en el pueblo y entre los cortesanos fué 
igualmente grande. Los Reyes no necesitaban estímulos 
para dedicar preferente atención á los negocios de las Indias, 
como entonces se decía, pues ya habían dado o'rdenes al 
obispo Fonscca ¡Dará que aprestase nuevos buques que 
siguieran á los que habían salido de Cádiz, para auxiliar- 
los en cualquier eventualidad desgraciada. Pero el regreso 
de Antonio de Torres y de Gorbalán puso alas á sus 
deseos, y apresuraron el despacho de tres carabelas, cuyo 
mando se confio' á don Bartolomé Colo'n, que así manda- 
ron se le nombrase desde luego, expidiéndole el nombra- 
miento, como ya dijimos, con fecha 14 del mismo mes de 
Abril. 

De las condiciones, carácter y vicisitudes de la vida de 
Bartolomé Colon, antes de su venida á España, ya dimos 
noticia anteriormente: pero consignaremos ahora textual 
la Real Cédula en que se le mando' pasase á las Indias, 
porque fué la consecuencia de las noticias recibidas por 
mediacio'n de Antonio de Torres, y en sus frases aparece 
el estado de ánimo de los Re} T es al dictarla. 

Cristóbal Colón, t. il — 2. 



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CRISTÓBAL COLÓN 





Dice así ' : 

«El Re}^ é la Reina: maestres, co'mitres, é pilotos, é 
marineros, é los otros oficiales, é escueleros, é peones de las 
caravclas que Nos mandamos ir á las islas nuevamente 
falladas en las partes de las Indias , Nos enviamos por nues- 
tro capitán de las dichas cara velas á don Bartolomé Colon, 
hermano del nuestro Almirante del mar Occeano, al cual 
mandamos que luego parta é continué su viaje derecho con la 
mas diligencia que pudiere fasta llegar á las dichas islas, dó 
está el dicho Almirante: por ende Nos vos mandamos que 
lo recibades é acojades en las dichas carabelas, é lo obedez- 
cades como á nuestro capitán dellas, é fagades é cumplades 
todas las cosas que vos él dixere é mandare de nuestra parte 
so las penas que él vos pusiere : las quales Nos por la pre- 
sente vos ponemos é avernos por puestas; é le damos poder 
cumplido para las executar en las personas é bienes de los 
que en ellas cayeren é incurrieren: é esto fased é cumplid 
asi fasta ser llégalos á las dichas islas donde está el dicho 
Almirante, porque dende en adelante aveis de obedecer al 
dicho Almirante como á nosotros mismos, é faser lo que vos 
él de nuestra parte mandare; é los unos ni los otros non 
fagades ende al, so pena de la nuestra merced é de diez mili 
maravedís á los que lo contrario ficieren para la nuestra 
cámara: fecha en la villa de Medina del Campo, á catorce 
dias de abril de mili é quatrocientos é noventa é quatro 
años. — Yo el Rey. — Yo la Reina. — Por mandado del Rey é 
de la Reina — Juan de la Parra. — Rodrigo de Alcocer.» 



1 Original en el Archivo de Simancas. (Estado. — Núm. i.°, 2. ) Colección 
de documentos inéditos para la Historia de España. — Tomo XVI, pág. 560 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO IX 



1 1 



II 



Objeto de todas las conversaciones los descubrimientos 
de las Indias, se aumentaba la curiosidad por conocer las 
novedades ocurridas al otro lado de los mares á la llegada 
de los buques que de allá regresaban, y las narraciones de 
los marineros daban pábulo á muchos comentarios, y se 
iban adulterando á medida que se alejaban de su origen, 
por lo cual se estimaban como muy afortunados los que 
podían hablar personalmente con los pilotos ú oficiales que 
volvían en las carabelas. Siempre se buscaron con gran 
interés estas relaciones en los primeros viajes; pero en el 
de Antonio de Torres fué ma3 7 or la curiosidad, como eran 
rmiyorcs las dudas y la espectacio'n ; por eso el hablar con 
un testigo presencial, el obtener noticias directas, era una 
dicha que no todos lograban. 

Residía en la corte de Valladolid á principios del año 
1494 un italiano, natural de Florencia, llamado Simo'n 
Verde, o' Ximon del Verde, como le nombran los docu- 
mentos de aquel tiempo, que según toda probabilidad era 
negociante o' factor de alguna casa fuerte de Genova, en 
España; y que habiendo trasladado luego su domicilio á 
Cádiz, tal vez por exigencias de su comercio, vino por 
último á establecerse en un pintoresco pueblecillo á orillas 
del Guadalquivir, en Gelves, que dista poco más de una 
legua de la ciudad de Sevilla. Mu}^ pro'xima á la villa de 
Gelves, en una situacio'n deliciosa, á la ladera de las alturas 
que en aquel paraje forman la orilla del río, pose) 7 o' una 
quinta o' alquería de recreo, que todavía conserva su 
nombre á pesar de los siglos que han pasado, y en donde 
creemos falleció de muy avanzada edad. 



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12 



CRISTÓBAL COLÓN 



Simón Verde fué amigo íntimo de don Diego Colo'n, 
hermano menor del Almirante, que le nombro' su albacea 
en el testamento que otorgo en 20 de Febrero de 1515, 
dejándole un legado de cuarenta mil maravedises, y estuvo 
presente en el acto de darle sepultura en la Cartuja en 21 
del mismo mes. No sabemos si en 1494 estaba ya en rela- 
ciones de amistad con don Diego Colo'n, d con el Almirante, 
pero de una curiosa carta que en aquellos días, en 10 de 
Mayo, dirigid á Miser Pietro Niccoli, de Florencia, se 
desprende que oyó la relacio'n de los sucesos del segundo 
viaje, de boca del mismo Antonio de Torres, y de algunos 
otros de sus compañeros. La carta por su origen y por las 
noticias que contiene es harto interesante, y no creemos 
que hasta ahora se haya dado al público en lengua espa- 
ñola I . Fué encontrada entre los papeles pertenecientes á 
Nicolás Machia velo, en la Biblioteca Palatina de Florencia, 
y publicada en // Propugnatore de Bolonia en el mes de 
Enero de 1875. 

Dice así: 

«Copia de algunos párrafos de una carta escrita por 
Simón Verde, del arrabal de San Lorenzo de Mugcllo, que 
ahora reside en Valladolid, en Castilla, y desde allí escribe 
á Florencia á Pedro Niccoli en fecha 20 de Marzo de 1493, 
y luego en otra del 10 de Mayo de 1494; de cuyas dos 
cartas sacaré lo que cuenta del descubrimiento hecho por el 
Serenísimo Re) 7 de España , o' por Cristofano Colombo su 
Almirante en las islas de Indias. Y trasladaré la sustancia 
de lo que él escribe, puntualmente como él lo pone; y daré 
la sustancia porque sería mu) 7 largo copiarlo todo. 

»Y comienza: 

» Consideradísimo Sr.: en otra carta mia noticié á vm. 
lo que hasta entonces se sabía de las islas nuevamente 



1 La publicó en su texto original italiano, con traducción francesa al pie, 
Mr. Henry Harrisse, en su citado libro Cristophe Colomb. — Tomo II, pág. 69. 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO IX 



13 



halladas en las Indias; después, como vm. ha sabido, |j 
volvieron doce de las diez y siete carabelas que el Rey había 
enviado ; y ahora os diré las noticias que dan y las cosas 
que han traido. 

»He hablado con tres personas de las que han venido 
en las dichas doce carabelas, que uno es el capitán de ellas, 
otro el piloto y el otro un maestre de una de las naves que 
allá fueron. Diré a vm. lo que de sus labios he oido, 3- 
aun será con la duda de no escribir cosa que no sea verdad; 
y para no errar, ni ponerme en peligro de decir mentiras, 
diré solamente parte de lo que he escuchado, es decir, lo 
que me parece ser más verosimil. 

» La navegación en esta segunda vez fué como en la 
primera, cuando encontraron las islas, esto es á las Cana- 
rias. Desde allí, á las tres semanas se encontraron á la 
vista de las primeras islas; mas no de aquella isla mayor á 
la que pusieron por nombre Española, sino de otra más 
pro'xima á nosotros como unas doscientas leguas. Hicieron 
diligencias para entenderse con los habitantes, pero no 
pudieron; porque la gente que en ella habita vieron que 
era muy contraria á la de las islas que encontraron antes, 
pues aquellos eran amables y seguros, y estos desconfiados 
y crueles, porque comen carne humana, como lo sabréis, 3^ 
venian á la orilla del mar mostrándose enteramente desnu- 
dos y cuando las barcas iban hacia ellos huian, corriendo 
con tanta velocidad que difícilmente los alcanzara un 
hombre á caballo. Probaron á atraerlos con dulzura, 3^ 
después intentaron engañarlos arrojándoles algunas cosillas, 
sin poder coger á ninguno, porque cogian con destreza lo 
que les echaban, y en seguida huian; 3^ por la espesura de 
los árboles que llegaban casi hasta la orilla misma del mar 
tenian facilidad para ponerse en salvo. Partiendo de 
aquella isla encontraron otras con gentes de la misma clase, 
que navegaban en ciertas barcas su3^as , formadas de un solo 
tronco de árbol que vogaban con una pala corta. Deján- 




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CRISTÓBAL COLÓN 



dolos llegar, se acercaron algunos tanto, que el capitán de 
las carabelas hizo botar al agua una barca, } T caminando 
derechamente á ellos, los embistieron 3^ echaron una á 
pique. Se defendieron tenazmente, y con extremo una 
muger. que con un arco aplasto' á un marinero, dejando 
otros dos heridos con sus flechas. Se cogieron algunos y otros 
se escaparon á nado, defendiéndose todavía desde el agua. 

»De esta isla vinieron por su propia voluntad á los 
cristianos algunas mugeres ; las cuales parece que eran de 
otras islas, aprisionadas por la gente de esta para tenerlas 
como esclavas. Aprovechándose de esto, por mediación de 
una de estas mugeres, hizo el capitán que penetrasen 
cuarenta hombres en la isla, que fueron conducidos á través 
de un bosque de árboles cerca de tres millas, y llegados 
á una altura descubrieron un hermoso valle muy bien 
cultivado, en el que había varias casas abandonadas, y 
vacias porque sus habitantes habían huido. En ellas encon- 
traron dos muchachas y dos muchachos, como de quince 
años, que eran de los robados en otras islas. Los varones 
tienen el miembro viril cortado á raíz del pene; 3^ dicen que 
los engordan para comérselos. En cuanto á las mugeres 
dicen que no las comen, sino que las conservan como he 
dicho para esclavas. Como esto es tan horrible, no solo 
para ejecutarlo, sino para pensarlo siquiera, he tenido cui- 
dado de procurar informes exactos, 3^ lo encuentro verdad 
sin duda alguna. Y dicen que estos indígenas en tiempo de 
verano se alejan mas de trescientas leguas, andando de isla 
en isla en sus barcos para robar: y á los hombres se los 
comen 3 T á las mugeres las retienen como dije. 

» El capitán de estas carabelas que han regresado me 
asegura que se encontraron en sus casas muchos huesos 
humanos, y en una de ellas carne humana que se asaba, y 
una cabeza de hombre puesta á las brasas; 3' que estas cosas 
fueron llevadas al Almirante para que las viera. No sé si 
puedo deciros esto como verdad, por la facilidad que ellos 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO IX 



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tienen para mentir; lo que creo cierto por las manifestaciones 
de todos es que aquellos comen carne humana, y asi lo ase- 
guran los naturales de otras islas. Se nombra aquel pais, 6 
mas bien la isla, Cctriba. He hablado con uno de ellos, que 
se han traído de allá, el cual entiende algo lo que se le dice, 
y he sabido por él que es verdad ; y por las señas que hace 
parece que conoce que eso es malo y se avergüenza de ello. 

«También encontraron en aquella isla } T en las casas de 
los caníbales, que así por acá los llaman, muchos papaga- 
yos, grandes y hermosos, con plumas verdes, rojas } r 
negras, y de otros colores, y que tienen las colas largas 
y verdes. He medido uno, y encuentro que desde la cabeza 
hasta la cola, es decir, hasta el fin de ella, tiene un codo 
y un cuarto de largo. Tienen el pico mu}^ largo, y casi del 
todo blanco, los pies negros, la voz recia y desagradable. 
Dicen que los naturales los tienen para quitarles las plumas, 
con las que se forman sus penachos y otros adornos muy 
bellos. Las islas de estos se dice que son muchas; y son 
gente de aspecto feroz, aunque sus facciones no se diferen- 
cian de los de las otras islas, pero es gente mas robusta y 
mas viva , con el cutis mas teñido y mas áspero que el de 
los habitantes de las demás islas. 

»IIc oido decir que sus habitaciones son muy alegres 
y bien hechas, de forma redonda, como pabellones, todas 
de madera y cubiertas con hojas grandes de un codo y 
medio de largo. 

»Han traido algunos animalejos parecidos á loros blan- 
cos y negros, 3^ algunos negros del todo, pero sin cola. 
Y también traían cierta corteza de árbol , que verdadera- 
mente es especia, pero quieren decir que es canela o' de su 
género. E igualmente han traido unas ciertas escrecencias 
de ramas de árboles, que dicen es lana, y de buena calidad 
sin duda alguna T ; creo no será nada; y si para algo puede 



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1 La tillandsie usneoide. — Harrisse. 




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CRISTÓBAL COLÓN 



servir será para colchones, y se hará polvo, porque no tiene 
consistencia. 

» Preguntando al capitán acerca de la calidad de las 
aguas me ha dicho, que habiendo bajado á tierra en la pri- 
mera isla de los caníbales, y sintiendo sed vio' un arroyuelo 
de agua clara y hermosa, de la que bebió', y habiéndole 
encontrado un sabor como si hubiera tenido dentro especias 
en infusio'n, sintió' mucho calor en el esto'mago aunque 
estaba muy fresca. 

«Según dije antes, en tres semanas llegaron á las islas 
de los caníbales, donde se detuvieron algunos días, y luego 
marcharon para ir á encontrar la Española, y en la navega- 
cio'n nunca dejaron de tener á la vista una isla ú otra, y 
encontraron con una que, según dicen, era tan grande como 
la Sicilia y bajaron á tierra en ella. Y á poca distancia de la 
orilla del mar descubrieron una casa deshabitada muy 
grande y muy hermosa, y como no vieron otras habitacio- 
nes ni gente ninguna estimaron que en alguna época del año 
alu'un gran señor vendría allí á habitar ciertos días. 

» Llegados después á la grande isla nombrada la Espa- 
ñola, y al punto donde en el primer viaje habían dejado los 
treinta y ocho hombres , no descubriendo señal alguna dis- 
pararon varias lombardas , creyendo que estuvieran despa- 
rramados por las cercanías , y en aquel momento empezaron 
á aparecer los indígenas, y por ellos se supo como eran 
muertos; y encontraron por allí doce cadáveres, que no 
tenían mucho tiempo de enterrados. Su Rey, o' mas bien 
cacique, vino al Almirante que se los había recomendado, 
dando muchas escusas sobre la muerte de los cristianos, y 
demostrando que no tenía culpa ninguna. Dijo que cada 
uno de ellos tenía cuatro mujeres, y que se habían dividido 
y muerto entre sí, de modo que ni se encontró' uno vivo. 
El Almirante, como prudente, ñngio' y mostró' creerlo con- 
firmando la amistad; y el Rey le presento' algún oro, y 
asientos trabajados á su manera, y tardo' muy poco que 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO IX 



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recobrada por ellos la confianza , venían en increíble muche- 
dumbre á visitar al Almirante, y cada cual le traía algún 
regalo, aunque cosa de poca estimación.» 

Esta curiosa carta es muestra de las noticias que enton- 
ces corrieron entre el pueblo, ávido de conocer pormenores 
de los países nuevamente descubiertos, y de sus habitantes, 
cuyas costumbres pintaban los viajeros con exagerados colo- 
res, tanto en lo bueno como en lo malo. Con las relaciones 
de Torres, de Gorbalán y del doctor Chanca, con la descrip- 
ción de las edificaciones comenzadas en la nueva ciudad de 
Isabela que referían con mucha variedad y animacio'n los 
navegantes y las muestras del oro que todos sabían se 
habían traído á los Reyes, y con la vista de las bolas de 
algodón hilado por los indios, las frutas raras, los papaga- 
yos de diferentes colores que muchos marineros traían 3^ 
enseñaban en todas partes, se mantenían vivas las ilusiones 
y se alimentaba el entusiasmo, teniendo todos la vista fija en 
las expediciones á las Indias occidentales. 



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III 



Tampoco se apartaba de ellas la atención de los Reyes 
Cato'licos. Después de las tres carabelas que en el mes de 
Mayo enviaron con gran prisa al mando de Bartolomé, para 
remediar lo que con más urgencia pedía el Almirante por 
medio de Antonio de Torres, dispusieron que con toda la 
diligencia que fuera posible se aparejasen otros cuatro 
navios en que tornase allá el mismo Torres, llevando cuanto 
faltaba de las provisiones } r recaudos que no habían podido 
embarcarse en las primeras. 

Tanto un jefe como el otro. Bartolomé Colo'n y Antonio 

Cristóbal Colón t. ii — 3. 






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CRISTÓBAL COLÓN 



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de Torres, llevaban además pliegos para el Almirante, 
donde se le demostraba la gran confianza de los Revés en su 
persona, y lo satisfechos que quedaban de todas las medidas 
que había tomado desde su llegada, documentos que sirvie- 
ron de gran consuelo á Cristóbal Colón en sus tribula- 
ciones, porque por sus frases llego' á creerse á cubierto 
de cuanto pudieran tramar en contra suya, pues en la 
segunda carta, fecha en Segovia á 16 de Agosto de 1494, 
llegaban á decirle los Soberanos : — «Y en lo que toca á la 
forma que allá debéis tener con la gente que allá tenéis, 
bien nos parece lo que hasta agora habéis principiado y así 
¡o debéis continuar, dándoles el más contentamiento que ser 
pueda, pero no dándoles lugar que excedan en cosa alguna 
de las que ovieren de hacer 6 vos les mandades de nuestra 
parte; } r quanto á la población que hicistes, en aquello 
no hay quien pueda dar regla cierta , ni enmendar cosa 
alguna desde acá, porque allá estaríamos presentes, y toma- 
ríamos vuestro consejo y parecer en ello, cuanto mas en la 
absencia.. . » 

En su lugar daremos cabida á las dos cartas de los 
Re} T es Católicos; por ahora es bastante el párrafo citado 
para poner de manifiesto el estado de los ánimos, que tanto 
en el pueblo, como en la nobleza, en la marina y en el clero, 
y hasta en los monarcas mismos, se veían confirmadas las 
grandes esperanzas que el descubrimiento había hecho con- 
cebir, y se estaba á la espectativa de pro'speros y grandes 
sucesos al otro lado de los mares. 

Juzgúese cual sería el efecto de la llegada á Cádiz á 
fines de Octubre, de las tres carabelas fugadas de la isla 
Española, viendo desembarcar de ellas al P. Bernaldo Boil, á 
Afosen Pedro Margarit, y á los demás descontentos de la 
colonia que los acompañaban. Las voces que hicieron correr 
eran enteramente contradictorias de todo lo que entonces se 
creía, y sus noticias formaban extraño contraste con las que 
habían traído los primeros expedicionarios. Bien hubieran 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO IX 



19 



podido considerar los españoles al escuchar las desdichas 
que narraban; las quejas de que se hacían eco; los tristes 
sucesos que pintaban, que no hacía cinco meses aquel 
mismo P. Boil había enviado á los Reyes Cato'licos por 
mano de Antonio de Torres una carta o' Memoria pon- 
derando las excelencias de la isla Española; las acertadas 
providencias del Almirante y las esperanzas que podían 
abrigarse fundadamente de obtener grandes riquezas de 
sus minas, y la pronta conversio'n de los indígenas. ¿Qué 
había podido suceder en aquel corto espacio de tiempo 
que así cambiase la faz de la colonia? ¿A quién podía 
atribuirse la funesta variación, si es que existía, cuando 
venían á ser anunciantes de ella un miembro del Gobierno, 
y quizás el más influyente de todos, y el general de las 
tropas, que ambos habían tenido el mando en ausencia del 
Almirante? 

No parece que el público dio' entonces mucho crédito á 
los apasionados informes de los recién llegados, ni causa- 
ron gran impresión por el pronto en el ánimo de los Reyes; 
y tal vez ninguna consecuencia hubieran tenido desfavorable 
para los asuntos coloniales, y aun se hubieran mirado con la 
debida prevención } r recelo, perjudicando á los fugitivos, 
como era justo, si éstos no contaran con el apo} T o de don 
Juan de Fonseca, que en lugar de desautorizar claramente 
sus quejas, manifestando los datos ciertos que existían para 
juzgarlas infundadas, y él conocía mejor que ninguna otra 
persona, les dio' acogida y afecto' preocuparse mucho de lo 
que le referían. 

A pesar de todo, no parece que produjeron mucho 
efecto las quejas de los desertores de la Española. Llegados 
á Cádiz á fines del mes de Octubre, á nuestro juicio, se 
detuvieron en Sevilla más de un mes, esperando la resolu- 
cio'n de los Reyes á la noticia de su regreso. Hasta el 3 de 
Diciembre no contestaron aquellos manifestando su satisfac- 
cio'n porque habían llegado las carabelas de Indias, y 11a- 



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20 



CRISTÓBAL COLÓN 



mando á fray Buyl L Después de esta dilación, es aún más 
de notar el tiempo que tardaron en darse por informados de 
las noticias de fray Bernardo, y que se fijan en las necesi- 
dades de los colonizadores, y no en las quejas del religioso. 

La minuta que copio' don Juan B. Muñoz, y ha impreso 
el P. Fidel Fita, á continuacio'n de la que por nota citamos, 
es esta : 

«Madrid 18 de Febrero de 1495. 

Rey y Reina á Juan de Fonseca , Dean de Sevilla, y del 
Consejo. Que con lo que Fray Bit i l y los demás que han venido 
informan, se vé clara mas la gran necesidad de los que 
están en Indias; y procure, según le estaba ordenado, des- 
pachar sin dilacio'n cuatro carabelas con bastimentos etc.. 
para que aquello se sostenga.» 

Por entonces la atencio'n de los Reyes Cato'licos no se 
separaba del fomento de la colonia de la Española, y de pro- 
curar la mayor suma de comodidades á los españoles que 
allá vivían; pero en verdad, no puede desconocerse la perni- 
ciosa influencia que las quejas de los fugitivos, sus hablillas, 
sus exageradas declamaciones habían de tener en la opi- 
nión, minando la popularidad del Almirante, y haciendo 
que se dudara de la verdad de lo que en sus cartas decía 
sobre la fertilidad, hermosura y riqueza de los países que 
había descubierto. Hasta después del regreso del P. Boil 
y de Pedro Margarit, nadie había tildado á Cristóbal 
Colón de cruel, de orgulloso ni de arbitrario en sus resolu- 
ciones : quizá entonces tampoco lo creyeron los que le cono- 
cían ; pero la acusacio'n estaba lanzada; la calumnia comenzó' 
á dejarse oir, y la fama del Almirante quedo' manchada con 



1 Fray Bernal Buyl. — Por el P. Fidel Fita y Colomé. — Pág. 45. — 23 
(Ine'dito). Madrid 3 de Diciembre de /494- — Minuta hecha por Muñoz (t. cit. 
fol. 181) sobre el códice que describe así: «Registro general, Cámara, Secretario 
Hernand Alvarez.» No cita Muñoz el folio de este Registro, é ignora su paradero. 

«Los Reyes á Juan de Fonseca. Placer por la nueva de ser venidas carave- 
las de Indias, y venga al punto fray Buil. El oro que trajeron, amonédese; y 
pagúese á la gente que vino: y vengan para vellos esos granos de oro.» 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO IX 



21 



algo de lo que decían sus adversarios, especialmente entre 
los muchos que no habiendo tenido la fortuna de estar en 
trato con él, no habían podido apreciar las prendas de su 
carácter. 

Nació' también de aquellos informes el pensamiento que 
tanto explotaron después los enemigos del descubridor, de 
que España no podría obtener nunca de las regiones occi- 
dentales los rendimientos que se ponderaban, las riquezas 
que se habían prometido, y que el tesoro se agotaría en 
gastos que no obtendrían recompensas. La mala semilla 
estaba echada y tarde o' temprano había de producir amargo 
fruto. 



IV 



Verdaderos y legítimos motivos de queja contra la 
gobernacio'n del Almirante en la isla Española no podían 
alegarlos, ni menos justificarlos el P. Boil y Pedro Margarit. 
En los últimos meses desde que en Abril había salido Cris- 
tóbal Colón á continuar sus descubrimientos, había corrido 
el gobierno y administración á cargo de aquéllos, sin que 
pudieran llamarse agraviados por nadie, pues el carácter 
afable de don Diego Colo'n, y su inclinacio'n al estado ecle- 
siástico hacen suponer que escucharía siempre con respeto 
las opiniones del Vicario Apostólico, y el general de las 
fuerzas de la Vega Real estaba tan independiente y desligado 
de toda superioridad, que justamente por su desobedien- 
cia habría de comenzar la formacio'n de sus cargos. Quejas 
personales, disgustos de clase por creer que los eclesiásticos 
no debían ser igualados con los seglares al adoptarse ciertas 
providencias, pudo tenerlos el P. Boil; Margarit no podía 
alegar ni aun esas causas, puesto que desde la primera 



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CRISTÓBAL COLON 




expedición á las montañas quedo' por comandante de la for- 
taleza de Santo Tomás, y no había recibido del Almirante 
más que muestras de consideración y aplauso para sus ser- 
vicios, como lo consigno' en su Memoria!. 

El disgusto del P. Boil se explica si su vocación y su 
carácter no le llamaban á la vida activa del misionero y á 
la agitacio'n de la colonia, 3^ suspiraba por la quietud del 
claustro; la desercio'n de Margarit no se comprende sino 
por el conocimiento de las faltas que había cometido; por 
la conciencia de su inmensa responsabilidad; por el fundado 
temor á las reconvenciones del Almirante, que podía pedirle 
cuenta de infinitos males causados por su desobediencia. 
Lo que parece mu} 7 natural, después de bien conocidos 
todos los antecedentes, es que tanto al uno como al otro 
les causo' mal efecto la presencia de Bartolomé Colo'n en la 
isla, y ella fué la causa determinante de la rcsolucio'n que 
ambos tomaron de embarcarse para España. 

Ya en Sevilla, y cuando empezaron á circular las 
exageradas noticias que de ellos procedían sobre los males 
sufridos, v los padecimientos que sobrellevaban los espa- 
ñoles en las Indias, fueron acogidas con cierta prevención 
de incredulidad; pero por desgracia hay siempre propensio'n 
á dar crédito á todo lo desfavorable, y los hechos que se 
conocían venían á dar algún viso de verdad á los siniestros 
informes narrados por los fugitivos. No era cierto, ni 
mucho menos, que el Almirante fuese cruel con los delin- 
cuentes, ni extremase el rigor de los castigos; la pena 
impuesta al primer conspirador Bernal Díaz de Pisa, que 
fué recluirle en una carabela hasta que llegase ocasio'n de 
poderlo enviar á España con las pruebas de su delito, para 
que acá fuera juzgado y castigado, no puede ser considerada 
sino como ejemplo de moderacio'n. El medio que empleo' el 
Almirante para hacer que todos, nobles, hidalgos y ple- 
beyos tomaran parte activa en los trabajos de edificación de 
la ciudad Isabela, tampoco podemos presentarlo como 



LIBRO TERCERO. — CAPITULO IX 



23 



muestra de dureza, no consistiendo en otra cosa que en 
acortar la ración á los que no querían prestar su concurso 
en beneficio de todos. Cierto que las enfermedades que 
empezaron á experimentarse requerían alimentación sana 
y abundante; pero ha de tenerse presente que las existencias 
no eran muchas, y que también era urgente, para comodidad 
de los mismos enfermos, el procurar habitaciones en las 
mejores condiciones posibles de salubridad. 

Las circunstancias eran tan extraordinarias ; las nece- 
sidades tan nuevas en aquella colonia, que antes de formu- 
lar cargos, aunque sean leves, á Cristóbal Colón, deben 
pesarse con gran prudencia las responsabilidades que car- 
gaban sus hombros y los pocos medios de que disponía ¡Dará 
atender á todas. 

Hasta entonces tampoco habían respondido los produc- 
tos á las esperanzas que las primeras muestras de las 
riquezas del suelo habían hecho concebir ; y en este punto 
fueron más atendidas las insinuaciones malévolas. Las 
enfermedades de los españoles; su angustiosa situacio'n: sus 
privaciones, se pintaban con los m¿ís negros colores, y como 
sucede siempre, la calumnia fué tomando cuerpo, y había 
ya muchos que ponían en olvido lo que Gorbalán refería de 
propia experiencia pocos meses antes, y los informes que el 
doctor Chanca, Ojeda y otros habían remitido y que pre- 
sentaban el aspecto risueño de la colonia, en contraposicio'n 
al triste que ahora se dibujaba. 

Había entre los pesimistas muchos que exageraban á 
ciencia cierta las malas noticias: porque de este modo reba- 
jaban algún tanto el crédito del Almirante, y comenzaban 
á minar su influencia , con la intención de lograr que dismi- 
nu} 7 ese la ilimitada confianza que en él depositaban los Reyes 
y á tantos tenía llenos de envidia en la corte. 

La fatalidad ayudo' en parte á los planes de los adver- 
sarios de Cristóbal Colón, y protegió' la causa de aquellos 
que tan verdaderos males habían causado en la isla Espa- 



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24 



CRISTÓBAL COLÓN 






ñola y tan funesto ejemplo habían dado de insubordi- 
nación. 

Desde el 14 de Abril de 1494 en que Cristóbal Colón 
zarpo del puerto de Isabela para continuar sus descubri- 
mientos no habían vuelto á recibirse noticias suyas en 
España. Había terminado aquel año, y comenzaba el 
siguiente, y no había nuevas del viaje que había empren- 
dido, de sus resultados, ni del punto donde se encontraran 
los buques que habían salido con el Almirante. Tan abso- 
luta incomunicacio'n , unida á la triste pintura que hacían 
Margarit y sus parciales de las enfermedades que en los 
nuevos países se contraían, y de lo dañoso que era aquel 
clima para los europeos, empezaron á preocupar seriamente 
á los Re}^es Católicos acerca de lo que pudiera ocurrir al 
otro lado de los mares. La muerte del Almirante hubiera 
sido golpe fatal en aquellos momentos, pues no era fácil 
sustituir su alta inteligencia, su saber y su carácter, y 
aquella falta podía acarrear la dcstruccio'n total de la 
colonia, donde tenían los Reyes puesta su atención prefe- 
rente y en la cual fundaban grandes esperanzas y proyectos 
para el porvenir y grandeza de su reinado. 

La falta de noticias de la expedicio'n que saliera de 
Isabela con rumbo que no podía ser conocido, causaría sin 
cesar honda inquietud en los Reyes; las alarmantes noticias 
propaladas por los adversarios del Almirante , aunque no 
fueran creídas en absoluto, no dejarían de producir cierta 
perturbacio'n y zozobra ; y pesando en su ánimo estas otras 
causas , meditándolas con serenidad y procediendo con su 
acostumbrada prudencia, decidieron por una parte dar 
cierta especie de satisfaccio'n á las quejas de que algunos se 
hacían eco en la corte, y por otra llegar á adquirir exacto 
conocimiento de la situacio'n de las cosas en la isla Espa- 
ñola , enviando persona que con severa imparcialidad y 
juicio reuniera datos para comprobar la verdad, en la 
contradiccio'n que había entre las cartas y Memorias traídas 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO IX 



25 



por Antonio de Torres, y los informes verbales que luego 
daban los mismos que habían escrito aquellas. 

« Pensaron los Re} 7 es que lo fuese el comendador Diego 
Carrillo, escribe don Juan Bautista Muñoz, ú otra persona 
de cuenta y confianza: luego se nombro' á Juan de Aguado, 
repostero de capilla de la casa real, que había estado en 
Indias, y venídose con Torres muy recomendado del Almi- 
rante, á quien parece haberse tenido respeto, tanto en la 
eleccio'n del juez, cuanto en coartarle el tiempo y las facul- 
tades. Acordo'se la comisio'n principalmente por el recelo 
de haber fallecido el Almirante en el viaje de Cuba; pero 
hallándose en la Española, se ordeno' que se estuviese en 
todo á su mando, ni el pesquisidor se extendiese á más de 
hacer informaciones y volverse á dar cuenta.» 

Tal fué la verdadera intención de los Reyes Católicos 
en el nombramiento de su repostero Juan de Aguado para 
que pasase á la isla Española: ese fué el pensamiento que 
les guio', hijo antes, según hemos dicho del temor, de la 
duda que abrigaban sobre la suerte de Cristóbal Colón, 
que de ningún género de desconfianza, y bien claramente lo 
dicen en todos los despachos que expidieron en aquellos días. 

Cuidando siempre de abastecer la colonia de cuanto 
era necesario, según lo pedía el Almirante, habían librado 
dos millones de maravedises á don Juan de Fonseca, que 
habían de entregar los Inquisidores de Sevilla, para proveer 
cuatro carabelas que debían salir con la mayor urgencia, á 
las que seguirían otras cuatro que se aprestaban al mando 
de Diego Carrillo l ; pero no contentos con esto, dos días 
después, en 9 de Abril, expiden nueva cédula, mandando 
que Carrillo parta inmediatamente , en términos tales , que 
no dejan duda acerca de los deseos, los temores y la soli- 
citud de los Soberanos. Dice así: 



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1 Real cédula de 7 de Abril de 1495. — Navarrete. — Colección de viajes. — ■ 
Tomo II. — Doc. núm. LXXXII. 



Cristóbal Colón, t. ii. — 4. 



26 



CRISTÓBAL COLON 



«El Rey é la Reina: Reverendo en Cristo padre obispo: 
por estas letras que aquí vos enviamos, veréis lo que vos 
escribimos cerca de las cuatro carabelas que agora habéis de 
enviar á las Indias ; y porque temiendo que algo ha Dios dis- 
puesto del Almirante de las Indias en el camino que fué, pues 
que ha tanto tiempo que del no sabemos, tenemos acordado de 
enviar allí al Comendador Diego Carrillo, é á otra persona 
principal de recaudo para que en ausencia del Almirante 
provea en todo lo de allá, y aun en su presencia remedie 
en las cosas que conviniere remediarse, segund la informa- 
ción que o vimos de los que de allá vinieron. Y porque este 
no pueda partir tan presto como es menester que vayan estas 
carabelas para llevar mantenimientos á los que allá están, 
por la necesidad que sabemos que tienen, acordamos que 
vayan agora estas cuatro carabelas, y que la persona que 
enviaremos irá en las otras carabelas que fueren al fin de 
Mayo, o al comienzo de Junio, Dios queriendo.)) 

Es necesario estudiar con prolijo cuidado este momento 
de la colonizacio'n española, porque de él arrancan muchos 
de los infundados cargos que se han hecho á los Reyes Cató- 
licos y aun al mismo Cristóbal Colón; siendo importan- 
tísima esta real cédula, porque contiene datos para que sin 
error puedan apreciarse los actos y la conducta de los sobe- 
ranos de Castilla. En esta primera parte de la cédula que 
dejamos transcrita, se ve bien clara su impaciencia por tener 
noticias seguras del Almirante y del estado de la isla, y por 
enviar recursos á los que allá estaban. Mas como quiera que 
los informes del P. Boil y de sus compañeros eran tan des- 
favorables y contradictorios, demuestran los Re} T cs que no 
les merecían confianza absoluta, á pesar de su respetable 
origen, pues, continua la real cédula. — «Y fasta que estas 
vayan, (se refieren á las cuatro carabelas que habían de 
salir luego), nos parece que no debe ir ninguno de los hombres 
que de allá vinieron que solían tener algunos cargos allá, porque 
el que fuere se informará como usaban de ellos, por las quejas 






LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO IX 



27 



que unos dan de los otros, y es mejor que estén acá fasta 
que vaya el que nosotros enviaremos allá.» 

Aquí están bien claros y patentes los indicios que los 
Reyes tenían de la falsedad de los rumores esparcidos, y 
aun las sospechas de que los fugitivos no habían usado bien 
de sus cargos. La informacio'n, como se ve, más iba dirigida 
á comprobar las necesidades verdaderas de la colonia, y á 
depurar la conducta de los quejosos, que contra el Almirante, 
ausente hacía mucho tiempo, ni las medidas de su gobierno 
en la isla. Pero repetimos que en toda la cédula se encuen- 
tran conceptos importantes, y vamos á concluir su traslado. 

«Por ende Nos vos mandamos y encargamos que bus- 
quéis alguna persona de recaudo que vaya en estas carabelas 
y lleve en cargo los mantenimientos y otras cosas que en ellas 
enviaredes , y las dé allá y reparta como se debiere repartir 
á vista del Almirante si allá estoviere, o' en su ausencia del, 
á vista é parecer de los que allá están, y que se informe bien 
del estado de las cosas de allá, y como se gobierna lo de allí, 
y á cuyo cargo es cualquier cosa de falta que en ello ha 
habido 6 hay, y también se informe de los que acá son venidos 
como usaban de sus cargos; y encargadle que con esta infor- 
mación se venga acá para nos fazer relación de todo, y para 
esto en estas cartas que vos enviamos para los que están en 
las Indias, henchid la persona que enviaredes y decidle lo 
que ha de hazer conforme con esto; pero si hallare al Almi- 
rante esté en todo á su gobernación; pero haga la información 
que aqui decimos y vé ligase luego. Asi mismo porque Fray 
Buil no vá allá agora, que tenia facultad del Papa para los 
casos episcopales en las Indias, y allá hay falta de algún 
clérigo, persona de conciencia o' algunas letras, por esto Xos 
vos mandamos y encargamos que busquéis algún clérigo 
para esto de buena conciencia é de algunas letras que vaya 
allá agora en estas carabelas , y esté allá por algún tiempo en 
tanto que Nos proveemos en esto, y aqui vos enviamos poder 
de Fray Buil para la persona que vos nombraredes; por ser- 



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28 



CRISTÓBAL COLÓN 



vicio nuestro que en todo esto pongáis mucho recabdo é dilijencia, 
y trabajéis como estas carabelas partan luego, por que como vos 
escribistes creemos que los que allá están tienen mucha nece- 
sidad y es cargo de conciencia de no proveerlos luego. De 
Madrid á nueve de Abril de noventa y cinco años L» 

A continuacio'n de esta real cédula hay un curiosísimo 
Memorial de las cosas que son menester proveer luego para 
despacho de cuatro carabelas que vayan para las Indias, y 
que demuestra el gran interés y cuidado con que se miraban 
aun los más pequeños detalles. 

Y no se contentaron los Re}res con las disposiciones de 
esa cédula. Sin duda en su ánimo quedaba algún recelo 
acerca del cumplimiento que pudiera dar el obispo Fonseca; 
quizá á pesar de la confianza que en sus cualidades tenían, 
no dejaban de conocer su mala voluntad al Almirante, pues 
habiendo dado á aquél facultad en la dicha orden para nom- 
brar la persona que hubiera de pasar á las Indias para hacer 
la informacio'n, enviándosela con el nombre en blanco para 
que él lo llenase, en el mismo día se arrepintieron de haberle 
dejado tanta libertad, 3^ expidieron el nombramiento á favor 
de Juan de Aguado que íntegro ha conservado fray Barto- 
lomé de las Casas 2 . 

«El Rey é la Reina: caballeros y escueleros y otras per- 
sonas que por nuestro mandado estáis en las Indias : allá vos 
enviamos á Juan Aguado, nuestro . Repostero, el cual de 
nuestra parte vos hablará. Nos vos mandamos que le dedes 
fé y creencia. De Madrid á nueve de Abril de mil y quatro- 
cientos 3^ noventa y cinco años. 

»Yo el Rey. Yo la Reina. 

«Por mandado del Rey é de la Reina nuestros Señores. 
— Hcrnand Alvar c^.» 



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1 Archivo General de Indias. — Navarrete. Colección de viajes. Tomo II. 
Doc. núm. LXXXV. 

Historia de las Indias. Libro I Tomo II, Cap. CV1I, pág. 110. 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO IX 



29 



El texto de Navarrete no tiene las frases «Nos vos man- 
damos que le dedes fe y creencia.» 

Es de notar en esta disposición y nombramiento, que 
por ella no solamente se quitaba á don Juan de Fonseca la 
autorizacio'n que en la anterior se le había dado, sino que se 
designaba para que fuese á la Española un sujeto que de allá 
había venido con expresiva recomendación del Almirante: 
por cuya razo'n dice tan acertadamente don Juan B. Muñoz 
que parece se Je tuvo respeto tanto en la elección del fue^ } cuanto 
en coartarle el tiempo y las facultades. 

Por feliz casualidad, muy pocos días después se tuvie- 
ron noticias de la isla, y de la buena salud del Almirante. 
por haber llegado cuatro carabelas al mando de Antonio de 
Torres. Los Reyes Cato'licos recibieron gran placer por ello, 
y dieron repetidas ordenes para que sin perder tiempo 
salieran las cuatro carabelas que ya estaban cargadas , y que 
en ellas fuese Juan Aguado, sin que Fonseca pudiera enviar 
ninguna otra persona. 






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32 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Recordaremos que el 29 de Septiembre llegaron al puerto 
de Isabela las tres carabelas que por Abril habían salido, 
tra3?endo al Almirante postrado de fuerzas, y en tal estado 
de insensibilidad, que temían espirase antes de desem- 
barcar. 

Al ver aparecer á lo lejos las embarcaciones, fué in- 
menso el júbilo de los españoles que habitaban en la ciudad. 
Después de seis meses, muy largos, de carecer enteramente 
de noticias de los expedicionarios y cuando tantas dudas y 
temores se abrigaban sobre su suerte, la alegría que se 
produjo al avistarlas era mu}^ natural. Acudieron todos á 
la playa, los individuos del Gobierno con los oficiales, y 
cuantos pudieron abandonar sus trabajos, acompañados de 
multitud de indios, con el afán de ser los primeros en 
saludar al Almirante 3^ noticiarle la llegada de su hermano. 

El estado de Cristóbal Colón contristo' á todos, y 
convirtió' en disgusto la anterior alegría. Con grandes cui- 
dados le llevaron en hombros á sus habitaciones , donde 
continuo' con la misma postración ; pero á pocos días fué 
cediendo, aunque con gran lentitud: renacieron las fuerzas, 
y entro' en convalecencia, que se hizo larga y penosa, jducs le 
duro' la enfermedad más de cinco meses. 

Cuando recobro' el uso de sus facultades intelectuales la 
primera impresio'n fué sobremanera agradable: encontró' 
sentado junto á su lecho y prodigándole cuidados y aten- 
ciones á su hermano Bartolomé, y aunque por el pronto no 
pudieran comunicarse sus impresiones, su presencia influyó 
grandemente en el ánimo del enfermo, proporcionándole 
una tranquilidad de que hasta entonces no había podido 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO X 



33 



gozar. En sus primeras entrevistas instruyó Bartolomé 
Colo'n á su hermano mayor de cuanto le había ocurrido 
desde que recibió' la noticia del descubrimiento logrado, y 
que aquél le llamaba á España. Mucho satisfizo al Almirante 
la narracio'n de las señaladas atenciones que los Reyes Cató- 
licos habían prodigado á Bartolomé, y las muestras de 
confianza que había recibido; pero puso el colmo á su satis- 
facción la carta de que aquél era portador, que estaba con- 
cebida en estos términos 1 : 

«El Rey é la Reina. — Don Cristóbal Colón, nuestro 
Almirante del mar Occeano, é nuestro Visorey é Gobernador 
"de las islas nuevamente falladas en la parte de las Indias: 
Vimos las cartas que nos enviastes con Antonio de Torres, 
con las cuales llovimos mucho placer, y damos muchas 
gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha hecho, y en 
haberos en todo tan bien guiado. En mucho cargo v servicio 
vos tenemos lo que allá habedes [echo, que 110 puede ser mejor, y 
asimismo vimos al dicho Antonio de Torres, y recibimos 
todo lo que con él nos enviastes y Nos esperábamos de ver, 
según la mucha voluntad y afición que de vos se ha cornos- 
ciclo y cognosce en las cosas de nuestro servicio. Sed cierto 
que nos tenemos de vos por mucho servidos y encargados cu ello, 
para vos hacer mercedes y honra y acrecentamientos como vuestros 
grandes servicios lo requieren y adeudan; y porque el dicho 
Antonio Torres tardó en venir aquí hasta agora, y no ha- 
bíamos visto vuestras cartas, las cuales no nos habia enviado 
por nos las traer él á mejor recaudo, y por la prisa de la 
partida destos navios que agora van, los cuales, á la hora 
que lo aqui supimos los mandamos despachar con todo 
recaudo de las cosas que de allá enviastes por memorial, que 
cuanto mas cumplidamente se pudiera facer sin detenerlos, 



1 Las Casas. — Historia de las Indias, libro I, cap. CIII. — Navarrete. 
Colección de viajes. — Tomo II. 

Cristóbal Colón, t. ii. — 5. 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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) T asi se hará } r cumplirá en todo lo otro que trujo á cargo, 
al tiempo y como él lo dijere. No ha lugar de os responder 
como quisiéramos, pero cuando él vaya, placiendo á Dios, 
vos responderemos, y mandaremos proveer en todo ello, 
como cumple. Nos habernos habido enojo de las cosas que 
allá se han hecho fuera de vuestra voluntad, las cuales man- 
daremos bien remediar é castigar. En el primer viaje que 
para acá se hiciere enviad á Bernal Diaz de Pisa, del cual 
Nos enviamos á mandar que ponga en obra su venida, y en 
cargo que él llevo' entienda en ello la persona que á vos y al 
padre fray Buil pareciere, en tanto que de acá se provee, 
que por la prisa de la partida de los dichos navios non se 
pudo agora proveer en ello; pero en el primer viaje, si place 
á Dios, se proveerá de tal persona cual conviene para el 
dicho cargo. De Medina del Campo á trece de Abril de 
noventa v cuatro años. 



Yo el Rey 



Yo la Reina. 



Por mandado del Rey é de la Reina. — Juan de la 
Parra.)) 



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Extraña en la lectura de esta carta la mencio'n que se 
hace en su última parte del disgusto del Almirante por la 
conducta de Bernal Díaz de Pisa. Ciertamente desde su 
llegada al Nuevo Mundo debió' empezar este funcionario á 
dar motivos de censura por sus inquietudes y alborotos, 
como sospecha con harto fundamento el P. Las Casas, y 
Colón hubo de dar reservadamente alguna queja á Antonio 
de Torres para que la comunicase á los Re} T es, sin hacer por 
el pronto ninguna otra demostracio'n ; y aún puede creerse 
que á su conducta se refiere algún capítulo del Memorial, 
cuyas reticencias llaman la atención. Hasta después de la 
salida de las carabelas , 3^ aprovechando la enfermedad del 
Almirante, no empezó' la conjuración para amotinar algunos 
marineros que hicieran causa con los descontentos y volverse 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



35 



á España. Entonces paso adelante en sus propósitos; extendió 
el escrito de sus quejas, y fué preso á bordo de una de las 
carabelas , como queda referido ; pero no es dudoso que ya 
antes se hubiera mostrado rebelde y disgustado, y á esa 
actitud reservadamente comunicada por Cristóbal Colón 
respondía la carta de los Reyes , mandándolo volver á 
España. 

No bastaron estas satisfacciones , aunque eran muy 
grandes , á compensar el gravísimo disgusto que recibió el 
Almirante cuando le comunicaron la partida del P. Boil, de 
Pedro Margarit y los que los siguieron , y el abandono en 
que habían dejado sus cargos; y su pesar se acrecentó al 
conocer el estado en que se encontraban los soldados espa- 
ñoles en la Vega Real, entregados á la licencia y al pillaje, 
faltos de jefes y de disciplina, sin haber cumplido ni una 
sola de las órdenes que con tanta previsión y prudencia 
había dado, antes de salir al viaje en que había descubierto 
la Jamaica. 

Su padecimiento se dilataba, la postración de fuerzas le 
obligaba á guardar cama, y las noticias que de todos lados 
llegaban á Isabela aumentaban la impaciencia de Colón de 
poder dirigirse personalmente á la Vega, donde tan necesaria 
juzgaba su presencia. 

Algo mejorado se encontraba ya, cuando le fué á visitar 
el constante amigo de los españoles, el cacique de Marién, 
Guacanagarí, que movido por su afecto al Almirante deseaba 
comunicarle nuevas de la mayor importancia. Participóle 
que la tierra toda estaba en armas, cuanto así podía decirse 
de aquellos pobres indígenas cuyos medios de combate eran 
tan primitivos: que las violencias, las vejaciones, los robos, 
las insolencias de todo género que los soldados cometían en 
la Vega, habían exasperado á los indios, convirtiendo en odio 
el afecto que en un principio inspiraban; y que los caciques 
más poderosos se disponían con el mayor sigilo á juntar 
gran multitud de hombres que cayeran de improviso sobre 



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36 



CRISTÓBAL COLÓN 



los descuidados españoles, y acometiesen las fortalezas para 
lograr una destrucción semejante á la que hicieron en Na- 
vidad, siendo este el mayor deseo; la preocupación constante 
de Caonabd, el más intrépido y audaz entre todos los jefes 
de la isla. 

«Aquí es de advertir, escribe fray Bartolomé de las 
Casas, lo que en su Historia dice don Hernando Colo'n en 
este paso, afeando primero la ida de mosén Pedro Margarit 
y después las fuerzas é insultos que hacían en los indios 
los cristianos, por estas palabras: 

«De la ida de Mosca Pedro Margante provino que cada 
uno se fuese entre los indios por do quiso, robándoles la facienda, 
y tomándoles las mujeres, y haciéndoles tales desaguisados que se 
atrevieron los indios á tomar venganza en los que lomaban solos 
ó desmandados, por manera que el cacique de la Magdalena 
llamado Cualiguana mató die: v cristianos, y mando poner 
luego secretamente á una casa donde había cuarenta en- 
fermos » 

Hemos copiado este párrafo del P. Las Casas, porque 
pinta en breves frases el estado de la isla Española, y 
porque traslada un trozo interesante del texto castellano de 
la obra de don Fernando Colon, hoy perdida en su original. 

Después de estas noticias, volvió' Guacanagarí á traer la 
conversación á la muerte de los treinta y nueve hombres que 
habían quedado en el fuerte de Navidad, y á reiterar las 
protestas de su inculpabilidad en aquel hecho, que había 
procurado evitar, exponiéndose al odio y á la venganza de 
los demás caciques; de lo cual era buen testigo el acogimiento 
que en su tierra habían recibido los cristianos, habiendo 
estado en ella siempre cien hombres muy bien servidos, y 
proveídos de todo aquello en que podía darles gusto; y que 
por esto los otros caciques se habían hecho enemigos suyos, 
y especialmente Behechio le había muerto una de sus muje- 
res, y Caonabo' le había robado otra: y suplico' al Almirante 
que se la hiciera volver, y le ayudase á tomar venganza de 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO X 



37 



las injurias que le habían hecho, para lo cual se ofrecía á 
acompañar á los españoles con un refuerzo de sus mejores 
guerreros. 

Colón guardaba siempre en su alma profunda' gratitud 
á las muestras de bondad recibidas de Guacanagarí: y le 
costaba trabajo dudar de su amistad y buena fe. como dice 
Washington Irving: así que le fueron mu}^ gratas aquellas 
pruebas que venían á destruir por completo las sospechas 
que muchos abrigaban, y á restablecer en toda su lealtad las 
amistosas relaciones de los primeros días, cuando el afec- 
tuoso cacique ayudo' tan eficazmente á reparar la pérdida del 
naufragio de la Santa María. 

Sin embargo, las noticias que el cacique le había traído 
eran de suma gravedad, y el Almirante comprendió' que era 
preciso aplicar remedio inmediatamente á tantos males. 

Como el estado de su salud no le permitía dedicarse 
personalmente y con la actividad, necesaria á las reformas 
que el estado de la isla reclamaba, nombro' á su hermano 
Bartolomé Adelantado de las Indias, para que corriese á su 
cargo todo lo relativo á la parte militar, con la urgencia que 
el caso requería. Creyó' Cristóbal Colón, que atendida la 
gravedad de las circunstancias, y en su calidad de Visorey, 
tenía autoridad para dar á su hermano aquella investidura 
y dignidad; pero los Reyes sabido no lo aprobaron, dice el 
P. Las Casas, dando á entender al Almirante no perte- 
necer al oficio de Visorey crear tal dignidad, sino so'lo á los 
Reyes. 

Al regreso de Colón á España parece que le hicieron 
presente la ilegalidad del nombramiento: mas, bien fuera 
porque satisfizo cumplidamente el cargo, alegando por una 
parte su autoridad como Visorey, y por otra las facultades 
extraordinarias que se le habían concedido por la Real 
cédula de 28 de Mayo de 1493 P ara e ^ nombramiento de 
oficios de Indias ; bien fuera , como dice Las Casas , por hacer 
á ambos merced, Sus Altezas, por sus cartas reales lo intitu- 



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CRISTÓBAL COLÓN 



laron de las Indias Adelantado (en Medina del Campo á 
22 de Julio de 1497), y hasta que murió' por tal fué tenido 
y nombrado. 



II 



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Se luchaba en Isabela con la escasez de provisiones y 
alimentos de Europa, y con la falta de recursos para em- 
prender muchas de las obras que eran de absoluta necesidad. 
El Adelantado, que así llamaremos desde ahora con fre- 
cuencia á clon Bartolomé Colon, como lo hacen todos los 
historiadores, supliendo con su actividad y energía, y con 
la ayuda de los indios, la carencia de maestros, empezó' á 
preparar cuanto era preciso para emprender algunas opera- 
ciones contra los caciques rebelados ; á llamar á los soldados 
que diseminados se encontraban por la isla sin orden ni 
concierto, y á ir restableciendo la disciplina aumentando el 
número de hombres de armas. 

Trabajaba incesantemente, aunque veía las dificultades 
insuperables que había de ofrecerle una excursio'n al interior 
de la isla, no teniendo raciones para llevar de repuesto, y 
escogitaba los medios de llenar aquel vacío, cuando vino á 
sacarle de tan grave apuro la llegada de cuatro carabelas 
con abundantes provisiones de los artículos más necesarios. 
Mandábalas Antonio de Torres, y traía para la colonia, 
además de los ansiados víveres, gran número de hombres 
útiles, maestros y peritos en diferentes ramos, trabajadores 
de varias industrias, para que con sus propios recursos 
pudiera irse sosteniendo la población de la Española, sem- 
brando lo necesario y fabricando cuantos objetos de uso 
común fuera posible para que no todo fuese preciso llevarlo 
de la metro'poli, ni se vieran en tanta necesidad, y con tal 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO X 



39 



frecuencia por depender de la llegada de los buques, cu} T a 
navegado' n era incierta y podía ser alguna vez interrumpida. 

Desembarcaron en Isabela hortelanos, labradores, y 
molineros con los útiles y enseres necesarios para sus labores, 
y muchas bestias y animales domésticos de diferentes clases 
para los trabajos y para la aclimatacio'n de las especies; 
albañiles y carpinteros con otros varios artesanos, y, lo que 
entonces era también de absoluta necesidad en la colonia, 
un médico y algunos practicantes de farmacia cuya falta era 
muy notada. 

Antonio de Torres traía también nuevas cartas de los 
Re} 7 es Católicos para el Almirante, y para los habitantes de 
Isabela. En ésta encargaban á todos que prestasen obedien- 
cia al Almirante y respetasen sus o'rdenes cumpliéndolas 
como si fueran dictadas por ellos mismos. La que dirigían 
á Cristóbal Colón, á la que antes de ahora hemos hecho 
referencia, fechada en Segovia á 16 de Agosto, estaba con- 
cebida en términos de la mayor confianza, y contenía muchos 
particulares importantes, por lo que aquí la trasladamos, 
tomando su texto de la Historia de las Indias de fray Barto- 
lomé de Las Casas: 



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((El Rey é la Reina: — Don Cristóbal Colón, Almi- 
rante mavor de las islas de las Indias: Vimos vuestras 

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letras é memoriales que nos enviastes con Torres, y habernos 
habido mucho placer de saber todo lo que por ellas nos 
escribístes, y dando muchas gracias á Nuestro Señor por 
todo ello, porque, con su ayuda, este negocio vuestro será 
causa que nuestra santa fé cato'lica sea mucho más acrecen- 
tada. Y una de las principales cosas porque esto nos ha placido 
tanto, es, por ser inventada, principiada c habida por vuestra 
mano trabajo é industria, y parécenos que todo lo que al prin- 
cipio nos dixistes que se podía alcanzar, por la mayor parte, 
todo ha salido cierto como si lo hobiérades visto antes que 
nos lo dixérades; esperanza tenemos en Dios, que, en lo que 



4o 



CRISTÓBAL COLON 






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| queda por saber, así se continuará, de que por ello vos queda- 
mos en mucho cargo para vos facer mercedes, por manera que vos 
seáis muy bien contento: y. visto todo lo que nos escribistes, 
como quiera que asaz largamente decis todas las cosas, de 

j| que es mucho gozo é alegria verlas, pero algo mas querría- 
mos que nos escribiésedes , ansi en que sepamos cuantas islas 
fasta aqui se han fallado, y, á las que haveis puesto nom- 
bres, qué nombre á cada una, porque aunque nombráis 
algunas en vuestras cartas, no son todas, y á las otras, los 
nombres que les llaman los indios, y cuanto hay de una á 
otra, y todo lo que habéis fallado en cada una dellas, y lo 
que dicen que hay en ellas; y en lo que se ha enviado 
después que allá fuistes , que se ha habido, pues ya es pasado 
el tiempo que todas las cosas sembradas se han de coger; y 
principalmente deseamos saber todos los tiempos del año que 
tales son allá en cada mes por si, porque á Nos parece, que, 
en lo que decis que hay allá, hay mucha diferencia en los 
tiempos á los de acá, algunos quieren decir que si en un año 
hay dos inviernos y dos veranos. Todo nos lo escribid por 
nuestro servicio , enviadnos todos los mas halcones que de 
allá se pudieren enviar, y de todas las aves que allá ha} 7 y se 
pudieren haber, porque quemárnoslas ver todas; y cuanto á 
las cosas que nos enviastes por memorial que se proveyesen 
y enviasen de acá, todas las mandamos proveer, como del 
dicho Torres sabréis y veréis por lo que él lleva. Querríamos, 
si os parece, que así para saber de vos y de toda la gente 
que allá está, como para que cada dia pudiesedes ser pro- 
veídos de lo que fuese menester, que cada mes viniese una 
carabela de allá, y de acá fuese otra, pues que las cosas de 
Portugal están asentadas, y los navios podran ir y venir 
seguramente; vedi o, y si os pareciere que se debe hacer, hacedlo 
vos, y escribidnos la manera que os pareciere que se debe 
enviar de acá. Y en lo que toca á la forma que allá debéis 
tener con la gente que allá tenéis, bien nos parece lo que 
hasta agora habéis principiado, y asi lo debéis continuar, 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO X 



4i 



dándoles el mas contentamiento que ser pueda, pero no 
dándoles lugar que excedan en cosa alguna de las que 
hobieren de hacer é vos. les mandedes de nuestra parte; y 
cuanto á la población que hicistes, en aquello no hay quien 
pueda dar regla cierta ni enmendar cosa alguna desde acá, 
porque allá esleiríamos presentes y tomaríamos vuestro consejo y 
parecer en ello, cuanto mas en absencia; por ende á vos lo 
remitimos. A todas las otras cosas contenidas en el memo- 
rial que trajo el dicho Torres, en las márgenes del vá res- 
pondido lo que convino que vos supiésedes la respuesta, á 
aquella vos remitimos; y cuanto á las cosas de Portugal, acá 
se tomo' cierto asiento con sus Embajadores, que nos parecía 
que era más sin inconvenientes, y porque dello seáis bien 
informado largamente, vos enviamos el traslado de los capí- 
tulos que sobre ello se hicieron, y por eso aqui no conviene 
alargar en ello, sino que mandamos y encargamos que 
aquello guardéis enteramente, é fagáis que por todos sea 
guardado, asi como en los capítulos se contiene; y en lo 
de la raya o' límite que se ha de hacer, porque nos parece cosa 
muy dificultosa y de mucho saber y confianza, querríamos, si ser 
pudiese , que vos os hallásedes en ello, v la Incicscdcs, con los 
otros que por parte del rey de Portugal en ello han de 
entender, y si hay mucha dificultad en vuestra ida á esto, 
o' podría traer algún inconveniente en lo que ende estáis, 
ved si vuestro hermano, o' otro alguno tenéis ende que lo 
sepan, é informadlos muy bien por cscripto, y aun por 
palabra y por pintura, v por todas maneras que mejor 
pudieran ser informados , é enviádnoslos acá luego con las 
primeras carabelas que vinieren, porque con ellos enviaremos 
otros de acapara el tiempo que está asentado: y quier 
hayáis vos de ir á esto, o no, escribidnos muy largamente 
todo lo que en esto supiéredes } T á vos paresciere que se 
debe hacer para nuestra informacio'n, y para que todo se 
provea como cumple á nuestro servicio, y faced de ma- 
nera que vuestras cartas y los que habéis de enviar vengan 

Cristóbal Colón t. ií. — 6. 





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42 



CRISTÓBAL COLÓN 




presto, porque puedan volver á donde se ha de hacer la 
raya, antes que se cumpla el tiempo que tenemos asentado 
con el Rey de Portugal, como veréis por la capitulacio'n. 
De Segovia á diez y seis de Agosto de noventa y cuatro 
años. 

Yo el Rev. Yo la Reina. 



Por mandado del Rey é de la Reina. — Irritando Al- 
H varex. » 



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La aprobacio'n constante de los Re} 7 es á las disposi- 
ciones que tomaba el Almirante, y la absoluta confianza que 
en él depositaban, le tranquilizo' por completo, y aun movió' 
su deseo, á pesar del mal estado en que se encontraba, de 
comenzar la pacificacio'n de la isla para que, puesta de nuevo 
en orden su desconcertada administración, no pudieran con- 
tinuar sus detractores desacreditándole en España, al recibir 
noticias del triste estado de la colonia. 

No le era posible desprenderse del Adelantado, en tanto 
que él personalmente no pudiera atender al gobierno de la 
ciudad, cuyas necesidades eran muchas, y así resolvió' enviar 
un fuerte destacamento de soldados con el objeto de que 
reforzasen las escasas guarniciones de las fortalezas, y pene- 
trando en los territorios del cacique Guatiguana castigaran 
el asesinato de los españoles, perpetrado por éste poco tiempo 
antes. Sus o'rdenes fueron puntual y activamente cumplidas. 
El territorio de Guatiguana era llano, muy fértil y no de 
gran extensión , 3^ sus moradores fueron desbaratados fácil- 
mente, muriendo muchos de ellos, quedando prisioneros la 
ma} T or parte, 3^ hu3 7 endo algunos pocos á refugiarse en los 
otros dominios del cacique Guarionex, el rey de la Vega 
Real, de quien eran tributarios. 

El castigo fué pronto 3^ produjo el saludable efecto que 
el Almirante deseaba. Aterrorizado Guarionex se presento' á 
W& pedir gracia, y Colón le recibió' con la mayor afabilidad, 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



43 



porque era muy importante el tenerlo amigo, para sus 
planes sucesivos. Le hizo comprender que el castigo de 
Guatiguana era justo por los crímenes que había cometido 
asesinando españoles indefensos y enfermos; pero que las 
medidas de rigor no continuaban contra los demás caciques 
tributarios del mismo Guarionex; y explico' también á éste 
como los excesos cometidos por los españoles con los indios 
durante su ausencia le habían causado mucha pena , porque 
se había faltado á sus o'rdenes é instrucciones, que eran de 
hacer buen trato á todos los habitantes de la isla y proteger- 
los contra sus enemigos. 

Guarionex era pacífico, sencillo y bondadoso por natu- 
raleza, y se convenció' fácilmente de la razo'n que á los espa- 
ñoles asistía : quedaron reanudadas las buenas relaciones de 
amistad interrumpidas por las violencias de Margarit y de 
sus tropas, y para afianzarlas, el intérprete hijo de San Sal- 
vador, que había hecho el viaje á España, y se había bauti- 
zado en Barcelona con el nombre de Diego Colo'n, se caso 
con la hija del cacique Guarionex, de cuya hermosura parece 
estaba muy prendado, llevando el Almirante el doble objeto 
de tenerla como prenda de lealtad, y de que se instruyese en 
la lengua y en las costumbres de Castilla, con lo cual podía 
prestar importantes servicios, ganando la voluntad de otras 
mujeres indias. 

Allanada de esta manera la mayor dificultad, y seguro 
Cristóbal Colón con la pacificacio'n de la Vega Real, 
dirigió' su intencio'n á otro punto no menos importante. El 
cacique más aguerrido, más audaz y de mayor intrepidez 
y prestigio en la isla era Caonabo', enemigo temible, como lo 
había demostrado acometiendo el fuerte de Navidad, y cuya 
influencia era en aquellos momentos mucho mayor; pues á 
su lado se habían reunido todos los indios ultrajados y 
maltratados por los españoles, que huyendo de ellos se 
acogían á la montaña, y estaban pendientes de sus inspira- 
ciones y consejos, prontos á ejecutar sus o'rdenes todos los 



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44 



CRISTÓBAL COLÓN 



otros caciques principales de la isla, y cuantos de ellos 
dependían, que eran numerosísimos. 

Siguiendo ya un plan que antes había concebido y 
empezado á llevar á ejecución, se propuso el Almirante ir 
formando una serie de fortalezas escalonadas, en las cjue los 
soldados pudieran encontrar descanso en sus marchas, y 
ayuda 3^ provisiones en caso necesario. Ya lo había prac- 
ticado y con buen éxito, levantando, después del fuerte de 
Santo Tomás, otra casa cerca de la ribera del Yaqui, á la 
que nombro' de la Magdalena, en el terreno que llamaban 
Macoriz de abajo, y era el comienzo de la Vega. Reanu- 
dadas las buenas relaciones con Guarionex , se dispuso la 
construccio'n de otra fortaleza en el centro mismo de aquel 
hermoso valle, más al oriente y mejor que la de la Magda- 
lena, pues se formo de tapias con sus almenas y buena 
hechura. Llamo'se de la Conccpcio'n, y á su amparo se 
fundo' luego, pasados muchos años, la ciudad del mismo 
nombre. En ésta puso el Almirante por alcaide á un hidalgo 
que se llamaba Juan de A}^ala, y preparado ya así para 
cualquier eventualidad, empezó' á meditar el plan de cam- 
paña contra Caonabo, pues el someterlo era importante, y 
al mismo tiempo presentaba serios inconvenientes. 

Era el territorio de aquel belicoso jefe el más acciden- 
tado y montañoso de toda la isla, y al propio tiempo aquel 
cuya posesio'n era más necesaria y codiciada, porque en él 
se encontraban las minas de donde había esperanzas de 
extraer grandes cantidades de oro, y los arroyos que en 
mayor abundancia lo arrastraban entre sus arenas. 

La situacio'n entonces era también muy comprometida. 
Aprovechando el descontento de todos los indígenas y el 
odio á los españoles, que de ellos se había apoderado, y 

« 

sabedor del estado de desmoralización de los soldados en la 
Vega, que se habían separado estableciéndose lejos unos 
de otros, ¡Denso en hacer un segundo ejemplar de lo aconte- 
cido en Navidad, y juntando diez mil indios de todos sus 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



45 



dominios, con los caciques por jefes, cayó de improviso el 
feroz caribe sobre el fuerte de Santo Tomás, mientras que 
otros tantos al mando de Guatiguana se dirigían á asediar 
la fortaleza de la Magdalena, donde era gobernador Luis 
de Arriaga. En Santo Tomás 3^ a dijimos que mandaba 
Alonso de Ojeda, 3^ ni uno ni otro jefe se dejaron sorprender 
por el enemigo. Conociendo á tiempo sus planes, y sabida 
la reunio'n de los caciques subalternos, Arriaga pidió' soco- 
rros á Isabela y los indios no se atrevieron á atacarle. 

Ojeda, que se encontraba más aislado, y á mayor dis- 
tancia de la colonia, reunió' sus cincuenta soldados, que eran 
escogidos y valerosos, y se encerró' en Santo Tomás, habién- 
dose provisto antes de cuantas subsistencias pudo recoger, 
}r de cuantos medios para defenderse y ofender le sugirió' su 
pericia en las estratagemas de la guerra. La innumerable 
muchedumbre de indios capitaneada por Caonabo' se presento' 
en imponente masa frente á la fortaleza, saliendo de todas 
las gargantas, de todos los desfiladeros, bajando de las 
alturas y queriendo, según parecía, ahogar con el número, 
é imponer miedo á aquel puñado de españoles. Construido 
el fuerte de Santo Tomás en una posicio'n ventajosa, rodeado 
de defensas naturales, y en altura casi inaccesible, ofrecía 
seguridad completa á la pericia de los soldados, que conta- 
ban además con la superioridad de sus armas, para ofender 
á los desnudos indios sin poder recibir daño alguno. 

Y así sucedió'. Detenidos los indígenas por los acciden- 
tes del terreno, recibieron las descargas de los arcabuceros 
españoles que sembraron la muerte en sus apiñados grupos, 
cayendo algunos de los más atrevidos jefes bajo el plomo de 
los disparos, y teniendo que retirarse todos en desorden, sin 
poder aproximarse siquiera á la posicio'n española. No se dio', 
sin embargo, por vencido el cacique caribe: comprendiendo 
que no le era posible tomar por fuerza la fortaleza, pensó' en 
rendirla por hambre. Retiro' sus hombres á bastante distan- 
cia para que no le alcanzasen las balas de los españoles, los 




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CRISTÓBAL COLÓN 



embosco en las más espesas arboledas , tomo' todos los 
caminos y los pasos que conducían al fuerte, con intento 
de que no pudieran salir los soldados á buscar provisiones, 
y esperaba que reducidos los sitiados al último extremo les 
sería fácil destruirlos y allanar la fortaleza, que era lo que 
ambicionaba. 

Mas no sabía entonces Caonabo' cuál era el enemigo con 
quien tenía que habérselas, que no era hombre Alonso de 
Ojeda de dejarse aprisionar por nadie, sin apurar todos sus 
recursos. Nacido para la guerra, habiendo practicado todos 
los ardides en el cerco de Granada, y teniendo que luchar 
con gentes que no conocían ni por asomos el arte de gue- 
rrear, él fué el que no dejo' un momento de reposo á los 
indios y el que mermo' sus filas, matando diariamente gran 
número de ellos en las salidas que frecuentemente ordenaba 
y que dirigía siempre en persona. Su valor extraordinario, 
sus fuerzas hercúleas, su destreza en el manejo de las armas 
le hacían siempre un adversario temible en toda suerte de 
combates; pero peleando contra hombres desnudos, y cuyos 
golpes no podían ofenderle por hallarse protegido por fuerte 
armadura, llego' á inspirar verdadero asombro y terror á 
los indios que huían de su presencia, sin osar hacerle frente 
ni por un instante. Los soldados que acompañaban á Ojeda 
tenían las mismas ventajas que su jefe, y animados por el 
ejemplo de éste, causaban formidable destrozo en los indios 
en cada una de las salidas. Cansados, al fin, y abatidos al 
ver los daños que sufrían, fueron abandonando el asedio de 
la fortaleza de Santo Tomás, que al cabo de treinta días se 
vio' libre de enemigos por el solo esfuerzo de sus valientes 
defensores. 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



47 



III 



Pero Caonabó era tan tenaz y porfiado como intrépido, 
y vencido en el fuerte de Santo Tomás, se sintió' más ani- 
mado á la venganza y pensó' en la reunio'n de todos los 
caciques, que Guacanagarí anuncio' al Almirante, y tanta 
preocupacio'n causo' en su ánimo. 

Cuando más dudoso se encontraba Colón acerca del 
camino que convendría seguir para apoderarse de la per- 
sona de aquel constante enemigo de los cristianos , como 
único medio para reducir á la obediencia á los demás caci- 
ques de la isla, vino á Isabela Alonso de Ojcda, y le propuso 
una expedicio'n tan atrevida, un medio tan extraordinario 
que no podía nacer sino de un hombre de las condiciones 
del aventurero capitán, porque tampoco podía encontrarse 
otro que fuera capaz de llevarlo á cabo. 

Consignada en todas las historias contemporáneas, admi- 
tida por los más juiciosos críticos, la prisio'n de Caonabo' 
por Alonso de Ojeda reviste tales caracteres de leyenda caba- 
lleresca, que para no incurrir en exageraciones, ni faltar un 
punto á lo más cercano á la verdad, vamos á consignar el 
relato que de ella escribe fray Bartolomé de las Casas, que lo 
supo con todos sus pormenores cuando arribo' á la Española 
cinco o seis años después del suceso. 

Se ofreció' Alonso de Ojeda á apoderarse del terrible 
cacique en medio de todos sus guerreros y traerlo á la pre- 
sencia del Almirante. Contaba para llevar á efecto su plan 
con la curiosidad que en los indios había despertado el 
sonido de la campana que acababan de colocar en la iglesia 
de Isabela. El toque les llenaba de admiracio'n; al escu- 
charlo, como voz que venía de los aires, se dejaban caer en 



4 8 



CRISTÓBAL COLÓN 



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tierra o permanecían inmóviles y mudos mirando con asom- 
bro á la torre que gritaba, según decían, y cuando obser- 
varon que á su llamamiento se dirigían los cristianos al 
templo, juzgaron aquel sonido que eran voces del cielo que 
ellos entendían. Turey llamaron los indios á la campana: y 
la fama del turey de Isabela, que congregaba á los españoles, 
corrió' entre los de todas las regiones de la isla, creciendo 
con las exageraciones de los. sencillos isleños, y la pintura 
de ella se hacía con extraordinarios colores aumentando la 
curiosidad. 

Sabía Ojeda que uno de los mayores deseos del vehe- 
mente Caonabo' era ver el turey de los españoles , y contaba 
con esta curiosidad para atraerlo; mas por si no le era 
posible conseguir su objeto, expuso al Almirante otros me- 
dios que éste acepto', poniendo á sus ordenes diez hombres 
escogidos. ((El ardid fué aqueste: que como los indios 
llamasen al latón nuestro ture}', é á los otros metales que 
habíamos traído de Castilla, por la grande estima que dello 
tenían, como cosa venida del cielo, porque llamaban turey 
al cielo, y ansi hacian joyas dello, en especial de latón, llevo' 
el dicho Alonso de Hojéela unos grillos y unas esposas muy 
bien hechas, sotiles y delgadas y muy bruñidas y acicaladas, 
en lugar de presente que le enviaba el Almirante, diciéndole 
que era turey de Viscaya, como si dijera cosa mu} r preciosa 
venida del cielo que se llamaba turey de Viscaya. Llegado 
Ilojeda á la tierra y pueblo del rey Caonabo', que se decia la 
Maguana, y estaría de Isabela obra de unas sesenta leguas o' 
setenta, apeado de su caballo, y espantados todos los indios 
de lo ver, porque al principio pensaban que era hombre y 
caballo todo un animal, dijeron á Caonabo' que eran venidos 
allí cristianos que enviaba el Almirante, (íuamiquina de los 
cristianos, que quería decir el señor, d el que era sobre los 
cristianos, y que le traían un presente de su parte que 
llamaban turey de Viscaya. Oido que le traían turey ale- 
gróse mucho, mayormente que como tenia nueva de una 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO X 



49 



campana que estaba en la iglesia de Isabela, y le decían los 
indios que la habían visto, que un ture} 7 que tenían los cris- 
tianos hablaba, estimando que cuando tañían á misa y se 
allegaban todos los cristianos á la iglesia por el sonido della, 
que, porque lo entendían, hablaba, } T por eso deseábala 
mucho ver, y porque se la trajesen á su casa la había algu- 
nas veces, según se dijo, enviado al Almirante á pedir; así 
que, holgó' que Hojeda entrase donde él estaba, y dícese que 
Uojeda se hinco' de rodillas y le beso' las manos, y dijo á los 
compañeros: chacé todos como } r o.» IIízolc entender que le 
traía turey de Visca3 y a, y mostro'le los grillos 3^ esposas 
muy lucidas 3^ como plateadas, 3 t , por señas 3^ algunas pala- 
bras que ya el Hojeda entendía, hízole entender que aquel 
ture3 r habia venido del cielo 3^ tenia gran virtud secreta, 3 T 
que los Guamiquinas o' Re3 r es de Castilla se ponían aquello 
por gran jo3 7 a cuando hacían arc3 T tes, que eran bailes, y 
festejaban, y suplico'le que fuese al rio á holgarse y á 
lavarse, que era cosa que mucho usaban ( y estaría del 
pueblo media legua, y más por ventura era muy grande y 
gracioso, llamado Yaqui, porque nace de una sierra con el 
otro que dijimos arriba, que sale á Monlc-Chrisíi, y el Almi- 
rante le puso Rio de Oro), y que allí se los pondría donde 
los habia de traer, 3' que después vernia caballero en el 
caballo, y parecería ante sus vasallos como los Re3'es o' Gua- 
miquinas de Castilla. Determino' de lo hacer un dia, y fuese 
con algunos criados de su casa 3^ poca gente, al rio, harto 
descuidado y sin temer que nueve cristianos o' diez le podían 
hacer mal, estando en su tierra, donde tenia tanto poder 3 T 
vasallos. Después de se haber lavado y refrescado, quiso, 
de muy codicioso, ver su presente de ture3 T de \isca3ra, y 
probar su virtud, 3 r así Hojeda hace que se aparten los que 
con él habían venido un poco, 3 T sube sobre su caballo, y al 
Rey po'nenle sobre las ancas, y allí échanle los grillos 3 r las 
esposas los cristianos, con gran placer 3^ alegría, v dá una o' 
dos vueltas cerca de donde estaban, por disimular. 3' dá la 

Cristóbal Colón, t. ii. — 7. 



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vuelta, los nueve cristianos junto con él, al camino de la 
Isabela, como que se paseaban para volver, y poco á poco 
alejándose, hasta que los indios que le miraban de lejos, 
porque siempre huian de estar cerca del caballo, lo perdie- 
ron de vista; y así le dio cantonada, y la burla paso á las 
veras. Sacan los cristianos las espadas 3^ acometen á lo 
matar sino calla y está quedo á que lo aten bien al Ilojeda, 
con buenas cuerdas que llevaban, 3^ con toda la prisa que se 
podrá bien creer, dello por camino, dello por las montañas 
fuera del, hasta que después de muchos trabajos, peligros a t 
hambre, llegaron y lo pusieron en la Isabela entregándolo al 
Almirante. 

»Desta manera, 3^ con esta industria, 3^ por este ardid 
del negro turey de Viscaya, prendió' al gran Rey Caonabó, 
uno de los cinco principales reyes y señores desta isla. 
Alonso de Ilojeda, según era público 3^ notorio; y así se 
platicaba, 3 T por cosa mu3 T cierta lo hablábamos, de que 3 r o 
llegue' á esta isla, que fué seis o siete años después desto 
acaecido. Pudieron pasar otras mas o' menos particularida- 
des, sin las que 3-0 aqui cuento, o' en otra manera que en el 
rio lo prendiesen y echasen los grillos 3^ esposas, pero al 
menos lo escribo como lo sé, y que por cosa cierta teníamos 
en aquel tiempo que el Ilojeda lo había preso y traído á la 
Isabela con la dicha industria de los grillos, turey de Vis- 
caya. . . » 

La narración que acoge Washington Irving trae algunas 
otras particularidades que no cuenta el P. Las Casas. Según 
ella, Ojeda invito' al cacique á que pasara á la Isabela para 
ver 3 T oir la maravillosa campana, haciéndole concebir la 
esperanza de que el Almirante se la regalaría como señal de 
paz 3 T amistad. Con tal aliciente se dispuso Caonabó á 
emprender el viaje con Ojeda; mas al ponerse en marcha 
notó éste con granelísimo disgusto que le acompañaban más 
de cinco mil guerreros indios, lo cual explicó el cacique por 
la autoridad debida á su persona, pues no era natural se 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



51 



presentase al Guamiquina de los españoles con séquito redu- 
cido y pobre. No se satisfizo Ojeda con la explicación, por- 
que conocía el odio que Caonabo' profesaba á los invasores 
de la isla y su carácter atrevido, sospechando que aquellos 
guerreros escogidos pudieran dar un golpe de mano, y 
comprometer la seguridad de la colonia, y la vida de los 
españoles, cuando vieran los pocos recursos con que en Isa- 
bela se contaba. Entonces acudió' Ojeda al medio de poner 
grillos y esposas al temido jefe, ofreciéndole pasearlo á 
caballo y con la pompa que lo hacían los Reyes de Castilla 
por entre sus vasallos; y Caonabo', movido por el deseo de 
verse colocado sobre uno de aquellos soberbios animales, y 
llevado del orgullo de que le viesen los indios pasear á 
caballo, consintió' en subir á las ancas del de Alonso de 
Ojeda, y éste tuvo audacia bastante para asegurar al cacique 
de pies y manos y arrebatarlo de entre los soldados de su 
ejército. 

Aunque el hecho tenga apariencias de fabuloso, está 
comprobado, según hemos visto, por el testimonio de los 
que pudieron presenciarlo y lo refirieron á sus compañeros, 
poniendo de manifiesto el valor y agilidad de Ojeda, su 
audacia para concebir, su atrevimiento para ejecutar, roban- 
do de entre numerosísimo ejército al jefe más temible y 
poderoso de la isla ; hazaña propia de un héroe y digna de 
ponerse al par de las que en circunstancias semejantes aco- 
metieron luego Hernán Cortés, en México, apoderándose 
de Moctezuma, y Francisco Pizarro en el Perú haciendo pri- 
sionero á Atahualpa. 

No es legendario, no es fabuloso el hecho hero'ico de 
Alonso de Ojeda. «Confírmase lo que yo digo, añade el 
P. Las Casas, por una cosa notable, que por tan cierta 
como la primera se contaba del , y es esta : que estando el 
Rey Caonabo' preso con hierros y cadenas en la casa del 
Almirante, donde á la entrada della todos le veian, porque 
no era de muchos aposentos, y cuando entraba el Almirante, 



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á quien todos acataban y reverenciaban, y tenia persona 
muy autorizada (como al principio tiesta historia se dijo), 
no se movía ni hacia cuenta del Caonabd; pero cuando 
entraba Ilojcda, que tenia chica persona, se levantaba á él 
y lloraba, haciéndole gran reverencia; y como algunos espa- 
ñoles le dijesen que porque hacia aquello, siendo el Almi- 
rante Guamiquina y el Señor, y Ilojeda subdito suyo, como 
ios otros, respondía, que el Almirante no habia osado ir á 
su casa á lo prender, sino Ilojeda, y por esta causa á solo 
Ilojeda debia él esta reverencia y no al Almirante.» 

El bravo cacique no perdió' su altanería por verse apri- 
sionado. Confesaba, jactándose de su triunfo, (pie por su 
mano había dado muerte á veinte de los cristianos que con 
Arana quedaron en el fuerte de Navidad, incendiando la 
casa y llevándose cuanto en ella había; y que después, con 
color de amistad, se había apresurado á ver la nueva ciudad 
de Isabela para conocer co'mo podría combatirla, haciendo lo 
mismo que había hecho antes en la villa de Navidad des- 
truyendo á todos los españoles. 







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La prisión del jefe indio atemorizo' por el pronto á los 
demás, los sobrecogió' el miedo, y juzgábanse perdidos ante 
la inmensa fuerza de los españoles: pero muy luego el temor 
se convirtió en sed de venganza: tuvieron vergüenza de 
haberse dejado burlar por diez hombres, y meditaron el plan 
de rescatar á su jefe, haciendo al mismo tiempo el mayor 
daño que pudieran á los cristianos. Al frente de la liga 
figuraban como los más activos é interesados los hermanos 
de Caonabo' y su mujer la famosa Anacaona, hermana del 
otro poderoso cacique, liehechio. que dominaba gran parte 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO X 



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de la isla, nombrada Xaraguá. Todos los demás caciques de 
la isla, á excepción de Guacanagarí, entraron en la conjura- 
ción, y aprestaron sus tribus á la guerra, y en numerosísimos 
grupos empezaron á reunirse en las grandes llanuras de la 
Vega, á poca distancia de Isabela, con el proyecto de caer 
prontamente sobre la ciudad. 

Mucho sorprendió' al Almirante la noticia de que toda 
la isla estaba puesta en armas contra él, y que la prisión de 
Caonabd, lejos de haber desconcertado la liga de que aquél 
era jefe y promovedor, había venido á estrecharla, á aumen- 
tar sus fuerzas y alimentar el aborrecimiento de los indí- 
genas, disponiéndolos al sacrificio, con tal de arrojar del país 
á todos los españoles. 

Hacía cinco meses que Colón había desembarcado en 
Isabela exánime é insensible y hasta entonces no se había 
encontrado restablecido, por lo que había ido dictando me- 
didas de prevención, sin tomar resoluciones prontas, como 
era preciso para cortar el mal en su origen. Verdad es que, 
según parece, tampoco dio' tanta importancia como debiera 
á la sublevacio'n de los caciques; pues conocedor del carácter 
y de la bondad natural de los indios, habiéndolos traído 
siempre á su obediencia con medios prudentes, por la dul- 
zura y el afecto, no podía comprender que en los cortos 
meses que había durado su ausencia, la conducta licenciosa 
de aquellos soldados sin jefes, sus excesos y abominaciones 
hubieran podido causar transformacio'n tan completa, cam- 
bio tan radical. 

Reunió', con cuanta prontitud fué posible, todos los 
hombres capaces de llevar las armas; siendo tantos los enfer- 
mos y convalecientes que por su delicada salud no podían 
sojDortar las fatigas del camino, que no pudo juntar más de 
doscientos infantes con veinte caballos; y con tan corta 
hueste, aunque bien armada y aprovisionada, se dirigió' á la 
Vega, marchando resueltamente al punto donde mayor era 
la muchedumbre de los indios, y llevando consigo, cual 



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CRISTÓBAL COLÓN 




poderosos auxiliares, á su hermano el Adelantado don Bar- 
tolomé Colo'n y al intrépido Alonso de Ojéela. 

Otros auxiliares llevo' entonces también desgraciada- 
mente aquel pequeño ejército. Ya en la isla Jamaica, persi- 
guiendo algunos soldados españoles á los indígenas que les 
ofendían con sus disparos de flechas, vieron el destrozo que 
en sus desnudos cuerpos había causado un mastín que lleva- 
ban en su compañía y el terror que había esparcido entre 
ellos con sus ladridos y mordeduras. Sin duda la falta de 
soldados sugirió' la abominable invención de reforzar las 
escuadras de soldados con perros que ayudasen á dispersar 
á los indios, y á cada diez hombres se les dio' uno de 
aquellos feroces animales cuya acometida debía ser tan terri- 
ble. No hay palabras para calificar aquella bárbara deter- 
minacio'n. ni parece verosímil se hubiera adoptado por jefes 
cristianos si se hubieran previsto las consecuencias inhuma- 
nas que había de producir, lanzando aquellas fieras sobre 
criaturas inermes que huían poseídas de temor hasta ser 
alcanzadas, heridas, pisoteadas y á veces muertas del modo 
más cruel. 

¡Con cuánta razo'n, movido á lástima su corazón, decía 
el Apo'stol de las Indias estas palabras! 

« Llevaron otra más terrible y espantable arma para 
con los indios, después de los caballos, y esta fué veinte 
lebreles de presa, que luego en soltándolos, o' diciéndoles 
((tómalo» en una hora hacian cada uno á cien indios peda- 
zos; porque como toda la gente dcsta isla tuviesen costumbre 
de andar desnudos totalmente, desde lo alto de la frente 
hasta lo bajo de los pies, bien se puede fácilmente juzgar 
qué y cuáles obras podian hacer los lebreles ferocísimos, 
provocados y esforzados por los que los echaban y azuzaban 
en cuerpos desnudos, d en cueros, y muy delicados: harto 
mayor efecto, cierto, que en puercos duros de Carona o' 
venados. Esta invención comentó aquí escogí luda, inventada y 
rodeada por el diablo, y cundió todas estas Indias, y acabará 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO X 



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auindo no se hallare mas tierra en este orbe, ni mas gente que 
sojuzgar y destruir, como otras exquisitas invenciones gravísimas 
y dañosísimas á la mayor parte del linaje humano, que aquí 
comentaron y pasaron y cundieron adelante para total destrucción 
d estas naciones, como parecerá.» 

¡Sensible y doloroso es no poder borrar semejantes 
páginas de la historia de la humanidad ! 

Con tan pequeño ejército salió' Cristóbal Colón á la 
Vega Real en 24 de Marzo del año 1495, entrando en ella 
á dos jornadas que anduvo, y llegando al punto en que 
estaban reunidos todos los caciques principales con más de 
cien mil indios armados á su usanza. Como auxiliares 
llevaba el Almirante gran número de indígenas de Marien, 
conducidos por el cacique Guacanagarí; pero no quiso Colón 
que tomasen parte en la pelea contra sus hermanos, tal vez 
por evitar odiosidad entre los naturales de la isla d porque 
presenciando la manera de combatir, y el triunfo de los 
españoles, conservasen por el temor y la admiración aquella 
amistad que cada vez era más necesaria. 

Mandaba en jefe aquel numeroso concurso de hombres 
el cacique Manicotex , hermano del prisionero Caonabo', 
caribe como él, y también de gran esfuerzo y actividad así 
como del mayor prestigio entre los demás señores. Tenían 
sus espías en los bosques cercanos de Isabela, y por ellos 
supieron que los soldados españoles habían salido de la 
ciudad y se dirigían á la Vega y al punto en que ellos se 
encontraban. Se dice que los indígenas de la Española no 
sabían contar más que de uno á diez, y que para averiguar 
cantidades mayores tomaban granos de maíz y formaban 
montones o' puñados de á diez 3^ por el número de ellos 
sabían el de ganados, hombres ú otros objetos de que se 
trataba. 

Cuando los espías volvieron fué grande la sorpresa de 
Manicotex 3^ de los demás caciques que le acompañaban al 
contar solamente veinte puñados de granos de maíz; se llena- 





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CRISTÓBAL COLÓN 






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3 ron de confianza al ver el inmenso número de sus guerreros. 
y cre\'eron en su inocencia que podrían fácilmente destruir 
la hueste de los cristianos. ¡ Cuan cara les costo' aquella con- 
fianza ! 

Con buen acuerdo, y al contemplar desde las alturas 
que rodeaban la Vega aquella apiñada muchedumbre, deter- 
minaron el Almirante y el Adelantado dividir la infantería 
en diferentes escuadras, y que todas á la vez rompieran el 
fuego desde varios puntos, en tanto que Alonso de Ojeda 
con la caballería atacaba por los puntos más llanos dirigién- 
dose al centro, donde Manicotex se encontraba con lo más 
escogido de sus guerreros 3- los jefes más valerosos. El éxito 
fué completo. 

Al acometer los españoles, rompieron á un tiempo y con 
gran estrépito las trompetas y tambores; el estampido de los 
arcabuces, el humo de la po'lvora, el relampaguear de los 
disparos repetidos produjeron tal confusio'n, que sin esperar 
la acometida todos se dieron á huir en el mayor desorden. 
Caían heridos por las balas cuando estaban lejos de sus ene- 
migos, se veían acosados por los soldados y perseguidos por 
los perros } T los jinetes que alcanzando á los fugitivos pusie- 
ron el término á aquella horrible carnicería. ¿Qué resistencia 
habían de presentar aquellos hombres tímidos, desnudos, 
faltos de disciplina, sin otras armas que mazas. Hechas y 
lanzas de madera, cuya sola fuerza consistía en el número, 
contra soldados vestidos de acero, que usaban armas de 
fuego v cortantes espadas, y que llevaban en su ayuda 
monstruos feroces ante ciu'a vista se llenaban de pavor los 
más esforzados? 

La dispersión fué completa y desastrosa: los muertos 
fueron innumerables y muchos más los heridos. Quedaron 
prisioneros en gran número y reducidos á esclavitud, de los 
cuales más de quinientos fueron llevados á España. 









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CRISTÓBAL COLÓN 





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Dado aquel primer paso en la pacificación de los indios 
sublevados, se propuso el Almirante continuar en el recono- 
cimiento y organizacio'n administrativa, digámoslo así, de 
la isla, para regularizar los ingresos y poder enviar periódi- 
camente los rendimientos á España, persuadido, como lo 
estaba, de que solamente enviando mucho oro y productos 
de valor en el mercado, podría sostener su popularidad, y 
que se conservara vivo el pensamiento de la importancia de 
la colonizacio'n de las Indias Occidentales. 

Ya antes de salir de Isabela para someter á los indios 
reunidos en la Vega, había despachado las cuatro carabelas 
que fueron con Antonio de Torres, para que regresaran á 
España. Le tenía inquieto por una parte la presencia de 
irav Bernardo Boíl y de Pedro Margarit en la corte, com- 
prendiendo que, para disculpar su desercio'n , no habían de 
dejar queja que no alegasen, disgusto de que no hicieran 
mérito, ni falta, ni desgracia, ni contratiempo cuya importan- 
cia y gravedad no aumentasen, para presentar bajo un punto 
de vista desfavorable el estado de la isla y la conducta 
del mismo Almirante. Por otro lado, conocía la necesidad que 
dejamos apuntada, de enviar las ma} T ores y más ricas mues- 
tras de los productos del Nuevo Mundo, pues cuanto más 
repetidamente recibieran en España cantidades de oro, mejor 
se sostendrían las esperanzas de mayores rendimientos y 
utilidades para el erario. 

A estas dos necesidades quiso hacer frente el Almirante, 
despachando en seguida las carabelas que salieron nueva- 
mente para España el _?4 de Febrero de 1495. Para desha- 
cer los cargos que contra él pudieran formular los verdaderos 



LIBRO TERCERO. — CAPITULO XI 



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causantes de todos los males que afligían á la colonia, volvía 
con bastantes conocimientos é instrucciones Antonio de To- 
rres, leal amigo, juez honrado é imparcial, á quien los Reyes 
Cato'licos tenían en gran aprecio, 3^ cu\ T as palabras podrían 
desvanecer muchas calumnias. Mas no satisfecho todavía 
con aquel testigo de tanto crédito, mando' también en aquel 
viaje á su hermano don Diego que, como individuo del 
gobierno durante la ausencia del Almirante, tenía conoci- 
miento de mil circunstancias , incidentes y cuestiones que 
con so'lo exponerlas se aclararían muchas dudas. «Y vinié- 
rase el Almirante mismo por esa causa, como dice Don Juan 
Bautista Muñoz, si no juzgara necesaria su detención hasta 
vengar las muertes de cristianos cometidas en diversos luga- 
res, sojuzgar y pacificar la isla. » 

Embarco' en aquellas naves todos los productos que allí 
se encontraban y no eran conocidos en España; mucho palo 
de tinte del que llamaban brasil, mu} r apreciado entonces en 
el comercio, cantidad de frutas 3^ especias, árboles raros y 
abundante cosecha de algodón. A Torres entrego' todo el 
oro que había podido recoger en sus expediciones, y el que 
se había reunido en la isla para que lo entregara directa- 
mente á los Reyes; y para aumentar los ingresos del erario 
3 T facilitar nuevos envíos de hombres y de provisiones, hizo 
embarcar á todos los indios prisioneros, en número de qui- 
nientos 6 más, para que fuesen vendidos en Sevilla, quedando 
solamente unos pocos en Isabela para que aprendiesen el 
castellano 3 r pudieran servir de intérpretes. 

Causa profunda pena y- dolorosa impresio'n este acto 
del Almirante, que dio lugar á que fray Bartolomé de las 
Casas juzgara que todas las desdichas que acibararon sus días 
fueron justo castigo de la Providencia Divina por aquella 
falta de humanidad. Mas al establecer tan severo juicio se 
pone en olvido la costumbre admitida entonces por todos los 
pueblos, que formaba parte, puede decirse, del derecho 
público internacional. No es necesario salir fuera de España 




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ni levantar la vista muy á lo lejos para encontrar justificada, 
en la parte que puede serlo, la conducta de Cristóbal 
Colón. ¿Cuál había sido la suerte de los cristianos á quie- 
nes los moros hacían prisioneros en las diferentes acciones 
de guerra que tuvieron lugar en la península desde muchos 
siglos antes, hasta aquellos mismos años en que Colón 
seguía ya la corte de los Reyes Católicos? ¿Cuál fué la 
condición de los moros á quienes los cristianos aprisionaban? 
Para no multiplicar ejemplos, y buscando los más recientes 
y significativos, recuérdese lo sucedido en la conquista de 
Málaga siete años antes; y aquel corral o baño donde se 
reunieron todas las familias moras, nobles y plebeyas, 
ancianos y niños, hombres y mujeres que no habían podido 
pagar rescate, y allí esperaron con hambre y desnudez los 
buques que debían llevarlos como esclavos á diferentes 
poblaciones. 

Aunque dura, tal era entonces la costumbre; el espíritu 
de la época no la rechazaba. Hoy la miramos bajo otro 
punto de vista más humanitario, á la luz de civilización más 
adelantada, y nos lastima que tan grande hombre no estu- 
viera á ma3 T or altura, ni se librara de incurrir en aquel 
error de su tiempo. 

Las carabelas salieron para España, y el Almirante, 
repuesto casi completamente de su enfermedad , se dirigió' á 
la Vega Real para desbaratar la coalición de los caciques, 
obteniendo el resultado que } T a hemos referido. 



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Las consecuencias de la dispersión de los indios en la 
Vega fueron muy ventajosas, y Colón empezó' inmediata- 
mente á plantear la administración en la forma que había 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO XI 



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pensado. Recorrió varias comarcas de la isla, y en todas 
partes encontró' la más absoluta sumisión á sus mandatos, 3^ 
el deseo manifiesto de no tener nuevas contiendas con sol- 
dados que disponían de medios tan poderosos para ofender 
á sus enemigos sin poder ser ofendidos por ellos. El Almi- 
rante por un laclo, Alonso de Ojeda al frente de sus veinte 
jinetes por otro, hicieron una campaña de paz. procurando 
con dulzura restablecer la buena amistad con los caciques 
y la concordia con los indios, quedo' allanada la gente de la 
isla; la cual, como él mismo escribió á los Reyes, «era sin 
número; con fuerza y con maña hovo la obediencia de 
todos los pueblos en nombre de sus Altezas, é obligación 
de como pagarian tributo cada Rey o' cacique en la tierra 
que poseia, de lo que en ella habia; y se cogió' el dicho 
tributo hasta el año de 1496.» Estas todas son palabras del 
Almirante. 

Manitocex, el valeroso y agraviado hermano de Cao- 
nabo', que había sido el promovedor y el jefe de la unión de 
los caciques para arrojar de la isla á los cristianos, trato 
todavía de oponer resistencia en los pedregosos pasos de las 
montañas de su territorio, pero un simple paseo militar de 
los doscientos soldados del Almirante basto' para hacerle 
manifiesta su inferioridad, } r aunque de muy mala voluntad, 
como fiera aprisionada , solicito' la paz y se ofreció' á pagar 
el tributo, que en atencio'n á sus condiciones, y á la suble- 
vacio'n que había capitaneado, y por habitar en los terrenos 
de Cibao, donde las minas eran más abundantes, fué mucho 
ma} T or que el impuesto á los otros caciques , debiendo 
entregar cada tres meses media calabaza de oro. 

Sometido Manicotex , se obligaron también al tributo 
todos los caciques que eran sus dependientes; lo mismo 
sucedió' con Guarionex 3^ los su3^os, y únicamente quedo' 
entonces por dominar el extenso territorio nombrado Xa- 
raguá, que comprendía toda la parte occidental de Ilaytí, 
dominada por el cacique Behechio, que después de la batalla 






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de la Vega se retiro á sus tierras llevando consigo á su 
hermana Anacaona, mujer del prisionero Caonabo'. 

Impuso el Almirante á todos los habitantes de la pro- 
vincia de Cibao, á los de la Vega Real, 3^ á todos los otros 
que estaban cercanos á las minas, desde catorce años para 
arriba la obligacio'n de entregar cada tres meses lo hueco de 
un cascabel de los de Flandes lleno de polvo de oro; y los 
otros indios, no vecinos de las minas, habían de contribuir 
con una arroba de algodo'n cada persona en los mismos 
plazos. Contribucio'n durísima, y ordenada con suma lige- 
reza, como con sobrada razo'n la califica don Juan Bautista 
Muñoz; porque ignorando los indios el arte de laborear las 
minas, careciendo de conocimientos y de herramientas, 
solamente recogían las arenillas } T granos que las aguas 
arrastraban ; y aún esto de un modo tan imperfecto que no 
sabían hacerlo sino llenándose las manos de arena y moján- 
dolas repetidas veces para que apareciera la partícula de 
oro. Al repartir el tributo se espero' obtener gran resultado, 
pero el éxito defraudo' por completo los cálculos que se 
formaban. Se esperaba juntar cada tres meses más de veinte 
mil pesos en oro, y en las tres primeras cobranzas apenas 
llegaron á doscientos los que se recaudaron, bajando todavía 
más en las sucesivas. 

El infructuoso trabajo que empleaban los indios para 
recoger las partículas de oro, y las fatigas que les causaba 
aquella molesta ocupación, les producían enfermedades que 
hacían aún más cortos los ingresos; al propio tiempo que, 
por cumplir lo ofrecido á los españoles, dejaban sin labrar 
los campos } r padecían necesidades que no encontraban com- 
pensación en otras ventajas. Llego á tal punto el abati- 
miento de los pobres indios, y fue bien pronto tan clara su 
conviccio'n de que no podían allegar de ninguna manera, ni 
aun á costa de los mayores sacrificios, el tributo que se les 
exigía, que Guarionex, cacique de los terrenos más fértiles 
de la isla, se presento' al Almirante ofreciendo, si le eximía 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XI 



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de la obligación de dar oro, por sí y por sus vasallos, hacer 
cada año una siembra o' labranza de trigo para el Rey de 
Castilla, tan grande, que ocupase o' llegase desde Isabela 
hasta Santo Domingo, es decir á toda la extensio'n de la isla 
de Levante á Poniente, de mar á mar, que hay de distancia 
más de cincuenta y cinco leguas, (y esto era tanto, escribe 
el P. las Casas, que se mantuviera cuanto al pan diez años 
toda Castilla); que él la haría á su costa y con su gasto, con 
tal que no se le exigiese oro. 

Por desgracia, no se pensaba en aquellos momentos que 
la verdadera riqueza del Nuevo Mundo estaba en los pro- 
ductos naturales de su terreno virgen y fecundo ; no se 
fundaban las esperanzas más que en el oro, en las piedras 
preciosas y cuando más en las especias, que eran los objetos 
del comercio antiguo con la India, á cuya extremidad se 
creía haber tocado; y Cristóbal Colón comprendía muy 
bien que solamente dando satisfaccio'n á aquella esperanza, 
convertida en insaciable deseo, podría acallar las murmura- 
ciones y dominar los informes desfavorables tanto del descu- 
brimiento como de su persona, que muchos envidiosos de su 
gloria esparcían en la corte. Así que, con muy buena inten- 
cio'n, porque ciertamente él era cristiano y virtuoso, y de 
muy buenos deseos, según juzgaban de él los que amaban la 
verdad o' no tenían pasio'n y le conocían, no acepto' lo que 
(juarionex le importunaba y las labranzas que ofrecía, 
insistiendo en el imposible tributo del cascabel de oro que 
había impuesto; y aunque después se redujo en varias oca- 
siones, los indios, que no podían satisfacerlo, huían á los 
montes, aumentando con ello la despoblacio'n de la isla, que 
muy luego tomo' proporciones alarmantes. 

Al mismo tiempo que el Almirante iba recorriendo los 
diferentes puntos de la isla para reducir á la obediencia á 
los caciques, llevado del deseo de prevenir ulteriores coali- 
ciones, y para dejar establecida de una manera permanente 
la comunicacio'n de la colonia de Isabela con diversos luga- 









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res, cuyos productos era necesario asegurar, fué estudiando 
un plan de fortalezas que, correspondiéndose, facilitaran el 
paso de los destacamentos en caso necesario, según el siste- 
ma seguido desde el principio, en virtud del cual había 
edificado primeramente el fuerte de Santo Tomás en la 
entrada de Cibao, y luego en la Vega Real, á orillas del río 
Vaqui el de la Magdalena. Escalonando luego las de Espe- 
ranza, en las orillas del Yagua y la de Santa Catalina, cuya 
posición se ignora, y no pudo averiguar el P. las Casas. 
cuando poco tiempo después paso por aquellos sitios, pues 
olvido' el preguntarlo, según dice; levanto' la de la Con- 
ccpcio'n quince leguas distante de la de la Magdalena, al 
( hiente, dominando los extensos dominios de Guarionex, á 
cuyo amparo se fué formando desde entonces una población 
que tuvo el mismo nombre. Últimamente, á la bajada de las 
montañas, á las márgenes de otro río que los naturales 
llamaban Yuna. hizo la fortaleza del Bonao, porque este es el 
nombre del territorio, y era de las más fuertes y defendidas, 
por estar á mayor distancia de Isabela. Con estas cinco 
defensas en los puntos más convenientes, quedo' asegurada 
por el pronto la tranquilidad, facilitando el paso á los espa- 
ñoles que se dirigían á trabajar en las minas. 



III 



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Hasta este tiempo, es decir, hasta el mes de Marzo del 
año 1495, la atención de todos los colonos estaba fija en las 
montañas de Cibao, como terreno privilegiado en el que se 
encontraban los criaderos auríferos, cuyas partículas arras- 
traban entre sus arenas los arroyos y los ríos que de su 
altura bajaban. Adelantando en el reconocimiento de la isla, 
habiendo atravesado la Vega Real v el Cibao. y descendido 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XI 



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por su vertiente occidental hacia el otro extremo, se empe- 
zaron á tener noticias de otros terrenos donde también se 
producía el oro en abundancia. Los montes de donde nacía 
el Hayna fueron señalados á la codicia española, presen- 
tando los indios muchos trozos de oro, que parecían cogidos 
en aquellos parajes hasta entonces inexplorados. 

Frny Bartolomé de las Casas dice que los indios que 
no podían recoger la cantidad de oro necesaria para pagar 
el impuesto, porque no tenían industria para cogerlo, avisa- 
ron al Almirante que hacia la parte del Mediodía o' del Sur 
había minas de mucho oro, 3^ que debía enviar allá algunos 
de sus cristianos para que lo buscasen; y que acogido el 
pensamiento mando' que partiesen Francisco de Garay y 
Miguel Díaz, con bastantes soldados } r guías que les indica- 
sen el camino. Salieron, según esta versión, de Isabela, y 
por el camino más seguro fueron de allí á la Magdalena y 
de ésta á la Concepción; por la falda de la sierra, confín de 
la Vega por aquella parte y sitio verdaderamente delicioso, 
corrieron hasta llegar al Bonao, cosa de otras dos leguas, y 
allí atravesaron una vega más pequeña que podría tener ocho 
leguas o' diez; pero internados } T a en aquel territorio tuvie- 
ron que caminar otras tantas por terrenos lodosos y ásperas 
cuestas, con muchos ríos y arroyos, que luego se llamaron 
lomas del Bonao, hasta llegar á un río bastante caudaloso, 
que era el deseado Hayna. gracioso y fértilísimo, en cu} 7 a 
comarca dijeron que cavando se encontró' mucha muestra de 
oro, de manera que juzgaron que un hombre trabajador 
podía coger tres pesos de oro o' más en la tarea de un día. 

Gonzalo Fernández de Oviedo da un origen más nove- 
lesco y poético al descubrimiento de aquellas célebres minas. 
y aunque el P. las Casas lo contradice, fundándose en que no 
era factible lo que aquel historiador refiere, } T añadiendo que 
nunca tal 03 T o', con ser tan propincuo á aquellos tiempos, opi- 
nando, en cambio,, que todo fué resultado del odio que los na- 
turales tenían á los españoles, que antes se quisieran meter en las ¡ BU 

Cristóbal Colón, t. ii. — 9. 



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entrañas de la tierra que no verlos ni oírlos, juzgamos, sin em- 
bargo, que ambas versiones pudieran admitirse sin concor- 
darlas, porque pueden referirse á dos terrenos diferentes; pues 
el mismo P. Las Casas dice, que aquellas de que él se ocupa, 
después se llamaron las minas viejas, y hoy se llaman ansí, por 
respecto de otras que después se descubrieron á la otra parte del río 
Hayna, frontero dcstas, que se nombraron las minas nuevas: las 
viejas estaban al Poniente del rio, y las nuevas á la parte oriental. 
Sea de esto lo que se quiera, el descubrimiento de 
las minas, según Oviedo, se debió' á uno de esos lances 
tan frecuentes en aquella época, en que por pequeña causa 
ponían mano á las espadas los hidalgos, ausentándose luego 
el vencedor para evitar el rigor de la justicia. Refiere el 
cronista l , que un mancebo aragonés nombrado Miguel 
Díaz, tuvo grave cuestio'n en las calles de Isabela con un 
criado del Adelantado don Bartolomé Colon, y viniendo á 
las manos le dejo' gravemente herido, huyendo en seguida 
á los bosques que rodeaban la ciudad, acompañado de 
algunos otros, hasta en número de seis ó siete, que por 
encontrarse culpados, o' por amistad con Díaz, temieron 
las consecuencias del suceso. «Huyendo de la Isabela, fué- 
ronse por la costa arriba hasta el leste o' levante, é bojáronla 
hasta venir á la parte del Sur, adonde agora está aquesta 
cibdad de Santo Domingo, y en este asiento pararon, 
porque aquí hallaron un pueblo de indios. E aquí tomo' este 
Miguel Diaz amistad con una cacica, que se llamo' después 
Catalina, é ovo en ella dos fijos, andando el tiempo. Pero 
desde á poco que aquí se detuvo, como aquella india princi- 
pal le quiso bien, tratóle como amigo que tenia parte en 
ella, é por su respeto á los demás, é dio'le noticia de las 
minas que están siete leguas desta cibdad, é rogóle que ficie- 
se que los chrisptianos que estaban en la Isabela (que él 
mucho quissiese) los llamasse é se viniessen á esta tierra que 



Historia general y natural de las Indias. Libro II, cap. XIII. 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO XI 



6 7 



tan fértil y hermosa es, é de tan excelente rio é puerto; é _ 
quella los sosternia é ciaría lo que oviessen menester. Entonce 
este hombre por complacer á la cacica, é mas porque le 
paresgió que, llevando nueva de tan buena tierra é abun- 
dante, el Adelantado por estar en parte tan estéril y enferma 
le perdonarla, é principalmente porque Dios queria que assí 
fuesse é no se acabassen aquellos chrisptianos que quedaban; 
acordó' de }-r al adelantado y atravesó con sus compañeros 
por la tierra, guiándole ciertos indios que aquella su amiga 
mando ir con él fasta que llegaron á la Isabela, que está 
cincuenta leguas desta cibdad, poco mas o' menos. E secre- 
tamente tuvo manera de hablar con algunos amigos suyos, é 
supo que aquel hombre que avia ferido estaba sano; é assi 
oso' ver al Adelantado su señor, é pedirle perdo'n en pago de 
sus servicios é de la buena nueva que le llevaba de aquesta 
tierra é de las minas de oro. Y el Adelantado le recibió' muy 
bien, é le perdono', é fico las amistades entre el é su conten- 
dedor. Y después que le ovo oido muy particularmente las 
cosas de esta provincia é desta ribera, determino' venir en 
persona á verla, é con la compañía que le pareció' vino aqui. 
é fallo ser verdad todo lo que Miguel Diaz avia dicho, y 
entro' en una canoa o' barca de las que tienen los indios, é 
tentó' este rio llamado 0(amcl, que por esta cibdad passa, 
é hízolo sondar, é tentó' la hondura de la entrada del puerto, 
é quedo' muy satisfecho y tan alegre como era razón : y fué 
á las minas y estuvo en ellas dos días, é cogio'se algún oro. 
E desde allí se volvió' á la Isabela...» 

Tiene accidentes esta narración que la prestan gran 
carácter de verdad; y como cierta la acoge Washington 
Irving, añadiendo que el Almirante no so'lo perdono' á Díaz 
sino que le empleo' luego en varios puestos de confianza que 
desempeño' fielmente; y que según Charlevoix l , se caso' con 



1 Histoire de V Isle Espagnole ou de Saint - Domingue , ecrite sur des 
memoires du P. J. B. de Pers, Amsterdam, 1733. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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la cacica bautizada con el nombre de Catalina, de la que 
tuvo dos hijos, viviendo felices largos años en Santo Do- 
mingo. Alas el P. Las Casas, por las razones que antes 
dijimos, duda de ella, y como censura con harto fundamento 
el error que entre otros muchos, consigna en su Historia 
Gonzalo Fernández de Oviedo, queda vacilante el juicio entre 
dos tan respetables autoridades. 

Verdaderamente la historia de Oviedo debe leerse con 
gran prevención y cautela en toda esta parte, referente á la 
salida de la isla Española de fray Bernal Boil y de mosén 
Pedro Margarit, y á los pasos del Adelantado don Bar- 
tolomé Colo'n; pues bien fuera por su amistad con los deser- 
tores, bien por diferencias y disgustos con don Bartolomé, ó 
porque, como le acrimina el P. Las Casas, es todo fábula y 
añadid unís que hace Oviedo suyas, ó de los que no sabían el 
hecho, que se lo refirieron, fingidas, es lo cierto, que lo mismo 
en la cronología de los sucesos, que en sus circunstancias 
está muy lejos de ser exacto, y sus errores se comprueban 
fácilmente en muchos lugares á la simple lectura de docu- 
mentos auténticos, que por fortuna se conservan, y dejamos 
referidos en su parte más esencial. El P. Las Casas los 
conocía y por eso formula tan graves cargos á Oviedo l . 

Siendo de tanto interés esta primera parte de la his- 
toria de la colonización , y de verdadera importancia fijar 
la sucesio'n de los hechos, hemos preferido seguir al P. Las 
Casas cu3 T a narracio'n se ajusta al resultado de los docu- 
mentos. 

Y para terminar, incluiremos la descripción y noticia 
de ese famoso río, como la hace Oviedo en el capítulo VII 
del libro VI de su repetida Historia. — «Havna, es otro rio 
riquísimo de heredamientos é haciendas: é en su ribera é 
comarca hay muchos cañaverales é haciendas de acucar, y 
es de la mejor agua que rio alguno en toda esta isla, 3^ entra 



Véase en las Aclaraciones y Documentos (Gr) 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO XI 



69 



en la mar assi mesmo, como los que es dicho de suso en la 
costa del mediodía. No es tan poderoso, ni de tanta agua 
como los ma3 r ores rios; pero es uno de los mejores de todos, 
é mas provechoso por su fertilidad.)) 

Por los informes recibidos , y por las muestras del oro 
que en sus cercanías recogieron, dejo' encargado el Almirante 
á su hermano, antes de salir para España, que fundase una 
poblacio'n en las orillas de aquel río. 



IV 



Es de suponer que en los navios que al mando de 
Antonio de Torres salieron de la Isabela el 24 de Febrero 
cargados de esclavos, y en los que volvió' también á Castilla 
don Diego Colo'n, debieron ir muchas más quejas contra el 
Almirante y su hermano Bartolomé, por los agravios que 
decían los descontentos se hacían á los hidalgos, y el mal 
estado de la colonia por tantos contratiempos y necesidades. 
Esto movió', sin duda, á los Reyes á comunicar sus últimas 
o'rdenes á don Juan de Fonseca para que se aprovisionasen de 
todo lo necesario cuatro carabelas, en las cuales debía partir 
el repostero Juan de Aguado , cuyo nombramiento estaba 
extendido como se dijo, desde el 9 de Abril, y que no había 
emprendido el viaje, aunque habían transcurrido más de 
cuatro meses. 

Desde luego, y como también se indico oportunamente, 
los Reyes Cato'licos, que nunca olvidaban los altos mereci- 
mientos de Colón, como lo patentizan sus repetidas cartas, 
habían procurado quitar todo motivo de disgusto ; pero sus 
o'rdenes en este sentido, que todas respiraban gran consi- 
deración y afecto al descubridor, producían por otro lado 
contrario efecto, aumentando la odiosidad que á aquél tenía 




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7° 



CRISTÓBAL COLÓN 



don Juan de Fonseca, encargado de la ejecucio'n, lo mismo 
que en sus amigos y subalternos. 

Las reservadas manifestaciones de don Diego Colon 
bastaron á neutralizar en el ánimo de los Reyes todos ios 
cargos que por calumniosos é interesados informes se diri- 
gían al Almirante ; y persuadidos de su integridad y de la 
pureza de su administración . escribieron repetidamente al 
Obispo que procurase dar satisfaccio'n á aquél . quitándole 
todo motivo de descontento. La solicitud y cuidado de los 
Reyes se extendió' hasta el punto de mandar se oyesen las 
reclamaciones de los que regresaban de la Española sobre las 
necesidades que allí eran más frecuentes , y que se enviasen 
al Almirante todos los medios posibles para que atendiese 
con regularidad á la distribución de subsistencias, de ma- 
nera que se le complaciera en absoluto. 

Esto molestaba en sumo grado la altivez del obispo 
Fonseca , que siempre cumplía tarde y de mala voluntad 
semejantes o'rdenes, poniendo cuantos obstáculos eran posi- 
bles. Pero lo que más le humillo, lo que le exaspero' hasta 
un extremo difícil de explicar, fué lo que se relacionaba con 
don Diego Colo'n. 

Al regresar éste en las carabelas de Antonio de Torres, 
traía como de su exclusiva propiedad, varios productos de la 
isla y alguna cantidad de oro, que le había correspondido 
como individuo del Gobierno, durante la ausencia de su 
hermano, y que él había mandado recoger también por su 
cuenta. Al presentarlo á registro, para dar la parte corres- 
pondiente á la corona, Fonseca, deseoso siempre de molestar 
al Almirante, demostró' su mala voluntad á don Diego, 
reteniéndole bajo frivolos pretextos y sin razón alguna, todo 
lo que le pertenecía. Enterados minuciosamente los Reyes 
expidieron repetidas y apremiantes o'rdenes para que se 
devolviese el oro sin la menor dilacio'n, y dando el Obispo 
satisfacciones cumplidas por su extralimitacio'n. Oculto' por 
entonces su rencor; pero cada uno de estos hechos, que él 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO XI 



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juzgaba humillantes para su dignidad y carácter, le afectaba 
profundamente y mantenía vivo su odio, siempre dispuesto 
á manifestarse en cuanto se presentara ocasión oportuna L 

Hasta en el nombramiento de Aguado, concurrieron 
circunstancias que mortificaron á Fonseca. En un principio 
se le habían dado facultades para designar la persona que 
debía pasar á la Isabela, con el fin de hacer informacio'n de 
lo que allí ocurría, y de como cumplieron con los deberes 
de su cargo aquellos que, abandonándolos, habían regresado 
á España; siendo de suponer que con tal motivo bullía } r a en 
su mente la idea de enviar á alguno de los ma}^ores enemi- 
gos del Almirante, entre los varios que tenía á sus o'rdenes; 
mas sus planes quedaron desbaratados, á consecuencia de la 
designacio'n que se hizo por los R^es en favor del repostero 
Aguado. No ha} r para que decir que no pudo satisfacerle el 
nombramiento referido; pues si bien el comisionado, engreído 
con su cargo, y abusando de las facultades que llevaba y de la 
confianza que en su prudencia depositaron los Re} T es, cometió' 
los excesos más reprensibles, es lo cierto que al señalarle con 
preferencia á otros, casi se siguió' una indicación hecha por 
el mismo Almirante. En el Manon al que Antonio de Torres 
trajo á los Reyes, había dicho Cristóbal Colón: — «Asi- 
mismo haréis relación de Juan de Aguado, criado de sus 
Altezas, cuan bien é diligentemente ha servido en todo lo 
que le ha seido mandado : que suplico á sus Altezas , á él é á 
los sobredichos los hayan por encomendados é por pre- 
sentes.)) — ¿Era posible buscar persona que más obligada 
estuviese, y con mayor suavidad pudiera proceder en el 
delicado cargo que se le confería? Los R^es miraban en 
todo con respeto y benevolencia al Almirante; mas en otra 
parte se formaba la nube que había de oscurecer su pres- 
tigio, minar su popularidad, 3^ causarle graves disgustos, y 
que atraía á sí cuantas noticias y quejas se presentaban por 



1 Véase en las Aclaraciones y documentos (H). 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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absurdas que pudieran parecer, y tendía la mano á todos 
los descontentos, cualesquiera que fuesen su procedencia y 
condiciones. 

A fines del mes de Agosto zarparon del puerto de Cádiz 
las cuatro carabelas, muy bien abastecidas y aprovisionadas 
de lo más necesario, llevando gran cantidad de herramientas 
para diferentes oficios y labores, muchos artesanos y labra- 
dores cuya falta se notaba, y abundantes repuestos de harina, 
bizcocho, vino y otros alimentos, así como medicinas de que 
carecían casi por completo. Influyo' sin duda alguna en la 
abundante provisión de aquellas carabelas el deseo de los 
Re3 T es, manifestado en varias ocasiones 3^ con verdadera 
energía, de que perio'dicamente se enviasen subsistencias á la 
colonia, para lo cual, después de las cuatro carabelas que 
entonces se mandaban, habían de fletarse otras doce que 
sucesivamente fueran saliendo, con el empeño de que no 
volvieran á experimentarse las necesidades que tanto daño 
habían causado; pero juzgamos que también tuvo parte en 
que fuese tan copioso el cargamento, el deseo de don Juan 
de Fonseca de preparar á Juan de Aguado un buen reci- 
bimiento en la colonia, que ayudase á sus pro}^ectos. 

De parte de los Re)-es Cato'licos todo era cuidado } r 
solicitud hacia los descubridores } r colonos. Lejos de abrigar 
dudas, tenían fe en el porvenir; y mu}^ distantes de dar 
oídos á las difamaciones y calumnias que contra el Almirante 
se propalaban, ni á los funestos cálculos que se hacían sobre 
el mucho gasto y poco producto del descubrimiento, espe- 
raban ver confirmadas todas las esperanzas y cumplidas 
todas las promesas de Cristóbal Colón, como lo demos- 
traron enviando á sueldo trabajadores que supieran ocuparse 
en el laboreo de las minas, y el asiento que firmaron con 
don Pablo Belvis, ensayador de mucho crédito, para que 
pasase á la isla Española 3^ estableciera la explotación con 
todos los medios conocidos 3^ que pudieran utilizarse, dándole 
mil ducados como sueldo fijo, y la décima del oro que se 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XI 



73 



extrajese, con tal de que no pasara de otros dos mil ducados 
en cada año. Llevaba pasaje y mantenimiento para sí y para 
sus oficiales y operarios, siendo de cuenta del Tesoro las 
herramientas, máquinas y cuanto se necesitara para el bene- 
ficio de las minas. Además, y como privilegio, se le concedió' 
que cobrase también la decima de los productos que obtu- 
vieran cuantos montasen ingenios para sacar oro. 

Quiso reservarse á favor del Tesoro, y como único 
medio de reembolsar los crecidos gastos que la colonizacio'n 
causaba, la mayor cantidad posible del oro cuya abundancia 
se tenía por indudable ; y á este efecto se limito' la facultad 
de rescatarlo con los indígenas } T aun de tomarlo en las 
arenas de los ríos y arroyos, pues si bien se concedió' á todos 
libertad para juntar oro por todos los medios que la indus- 
tria y la contratacio'n les sugiriesen , se impuso la obligación 
de entregar á los contadores reales dos terceras partes de 
todo el que recogieran, quedando solamente un tercio para 
el colector; y si éste gozaba sueldo del Estado, so'lo adquiría 
la propiedad del quinto. 

Tan grandes eran las esperanzas, que aun con tal limi- 
tacio'n se creyó' hacer un gran beneficio á los trabajadores, y 
fueron muchos los que, por aprovecharse del permiso, se 
ocuparon en lavar arenas , y cavar la tierra en busca del 
codiciado metal. 

Con tales elementos llegaron las carabelas á mediados 
del mes de Octubre al puerto de Isabela, en ocasio'n que 
todavía el Almirante andaba pacificando los territorios más 
lejanos de la isla, y estableciendo los fuertes que dejamos 
detallados, y el Adelantado se encontraba al frente de la 
gobernacio'n de Isabela. ¿Qué había ocurrido durante el 
viaje, que habían cambiado completamente las disposiciones 
del ánimo de Aguado? ¿Había escuchado antes de su partida 
consejos o' insinuaciones que le habían inclinado á hacerse 
enemigo de Cristóbal Colón y de sus hermanos? ¿Fué que 
en la soledad del camarote, en la meditación y el silencio, 

Cristóbal Colón, t. ii.— io. 




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CRISTÓBAL COLON 



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pensando en los poderes que llevaba, se levanto' en su alma 
la pasio'n del orgullo, y pensó' hacerse verdaderamente 
gobernador de los países nuevamente descubiertos? ¿Con- 
fiaba en ser protegido por los encargados de la Contratación 
de Indias, al extralimitarse de las reducidas facultades que 
le habían dado los Re}^es? 

Nadie podrá decirlo : pero en el momento de poner el 
pie en las playas de la isla Española, Juan de Aguado pare- 
cía otro hombre diferente del que pocos meses antes había 
salido de allí en las carabelas de Antonio de Torres, con 
expresiva recomendacio'n del Almirante. Con el repostero 
volvía al Nuevo Mundo el tercer hermano de Colón, don 
Diego, y con él fué la primera desavenencia y disputa. Sin 
hacer presentacio'n de los poderes que llevaba y mostrando 
únicamente la breve carta de los Soberanos, empezó' á dar 
disposiciones inconvenientes y o'rdenes al Adelantado que 
éste no quiso cumplimentar; y como don Diego Colo'n, en su 
carácter conciliador y prudente, le manifestase ante todos 
la necesidad de que hiciera presentacio'n de sus poderes, 
porque él conocía muy bien el objeto de su encargo y los 
límites en que debía encerrarse, suscito'se verdadera con- 
tienda, que aprovecharon los contrarios del Almirante para 
ponerse de parte de Juan de Aguado, con lo cual éste acabo' 
de llenarse de soberbia, creyéndose ya jefe de un partido 
poderoso. 

Hicieron correr entonces la voz los descontentos de que 
había llegado un nuevo gobernador, que venía á hacer 
informacio'n de los actos del Almirante, amenazándole con 
el castigo de los Re}^es. Aguado, por su parte, se propaso á 
funciones de gobierno y justicia que no estaban en las facul- 
tades de que se le había investido; dirigía reprensiones á los 
encargados de la administracio'n; y á todas las quejas que se 
le daban, á todos los cuentos que le referían, á los descon- 
tentos que se le acercaban con calumnias innobles y chismes 
de plazuela, respondía con aires de autoridad y suficiencia. 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO XI 



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ofreciendo remediar todos los males, con demostraciones de 
protección. Nunca ruin, puesto en dignidad, se ha portado 
de otra manera; y la conducta de Aguado basta para prueba 
de su escaso juicio y cortísimo valer. 

Llego' á noticia de Cristóbal Colón la venida del 
repostero } 7 su inconsiderada conducta; comprendiendo, tal 
vez, en su alta inteligencia, los mezquinos mo'viles que le 
guiaban, y el fin que se proponía; por lo cual resolvió' diri- 
girse inmediatamente á la Isabela para avistarse con él y 
reducirlo á la razón en cuanto fuera posible, por aquellos 
medios que un hombre de talento tiene siempre á su disposi- 
ción para dominar las malas pasiones de necios mal intencio- 
nados. Aguado también, dando evidentes señales de su 
petulante vanidad, había querido reunir algunos hombres á 
caballo para que diesen custodia á su persona, saliendo en 
busca del Almirante para exhibirle las cartas de los Re3 7 es 
Cato'licos. Sabedor de la venida de Colón, volvió' en seguida 
á Isabela, pues á pesar de todas sus insolencias no parece 
que Aguado estaba muy tranquilo, y antes bien abrigaba el 
natural temor del que obra sin razo'n ni justicia, al verse 
ante la verdadera autoridad del Almirante. 

Pero al llegar éste á Isabela sorprendió' á todos con la 
prudencia y moderacio'n de sus acciones, así como por la 
severa dignidad con que recibió' al procaz Juan de Aguado. 
Exigió' éste que sus credenciales fuesen leídas públicamente 
y con gran solemnidad, buscando el efecto que en la gente 
sencilla podían producir las frases de confianza que en 
ellas estampaban los Reyes; y cuando creía, sin duda, que 
Colón opondría resistencia y podría producirse un conflicto 
que le diera ocasio'n para justificar sus agresiones, y para 
que todos sospecharan que, en efecto, los despachos decían 
mucho más á favor del comisionado; se vio' que el Almi- 
rante con la mayor consideración á éste, y mostrando sumo 
respeto á las cartas Reales, dispuso la lectura de éstas, y 
concluida les presto' acatamiento. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



«Muchas cosas pasaron en estos días, escribe fray Bar- 
tolomé de las Casas, y tiempo que Juan Aguado estuvo en 
esta isla, en la Isabela, y todas de enojo y pena para el 
Almirante: porque el Juan Aguado se entrometía en cosas, 
por ñucia y color de su creencia, quel Almirante sentía 
por grandes agravios; decia y hacia cosas en desacato del 
Almirante y de su autoridad, oficios y privilegios. El Almi- 
rante, con toda modestia y paciencia lo sufria, y respondia 
y trataba al Juan Aguado siempre muy bien, como si juera 
un Conde; según vide de todo esto hecha con muchos testigos 
probanza.» 

Esta moderado' n desconcertó' á Aguado, porque daba á 
los parciales de Fonseca y al pueblo todo, clara muestra de 
la confianza que el Almirante tenía en el afecto de los Sobe- 
ranos, al paso que establecía á vista de todos la diferencia 
que existía entre las dos personalidades; presentando al uno 
lleno de vanidad y orgullo, sin merecimiento alguno, sin 
cualidades que lo recomendasen, como una nulidad ensober- 
becida por ocupar un cargo superior á su posición, y al otro 
encanecido en el estudio 3^ en el trabajo, objeto de la estima- 
cio'n general, prestando verdaderos servicios á la nació' n 
española, y revestido de las más altas dignidades, dando 
ejemplo de obediencia, y mostrándose prudente con un 
adversario que tan poco valía y tan mezquino se ostentaba. 

Educado en la adversidad, acostumbrado al sufrimiento 
durante largos años, CRISTÓBAL Colón había podido reunir 
esas condiciones que rara vez se suelen juntar en un solo 
hombre: grandes cualidades morales y conocimiento de las 
miserias humanas. La paciencia en las contrariedades de la 
vida se unía á su prudencia natural ; y aunque su carácter 
era vivo, impetuoso é irascible, según testimonio de los que 
le conocieron, sabía templarlo con su juicio } T con la expe- 
riencia de tantas pruebas y desengaños como llevaba sufri- 
dos. Domino'se, pues, el Almirante, con tanta más facilidad 
=¿É cuanto más clara aparecía la injusticia del procedimiento y 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO XI 



77 



más patente la ineptitud y petulante necedad de Aguado; y 
todos los planes de éste vinieron por tierra, quedando 
defraudadas por entonces las mezquinas esperanzas de los 
que le ayudaban. 

La informacio'n se empezó' en los términos precisos que 
preceptuaba la cédula de los Reyes; sin embargo, el repos- 
tero continuo' excediéndose de sus facultades, queriendo 
intervenir en todos los asuntos y llegando al extremo de 
mandar que se redujesen á prisio'n varias personas. 

Unos porque creían que la caída de Colón en el favor 
de la corte era un hecho consumado, y que Juan de Aguado 
era el llamado á sustituirle en la gobernacio'n de la isla, en 
la cual consentía á muchos su propia jactancia; otros por 
verdadera animosidad contra el Almirante y su hermano; 
éstos por ganarse el favor del nuevo comisionado; aquéllos 
porque Colón era extranjero, no faltaron españoles que 
declarasen en la informacio'n algo de lo que Aguado deseaba; 
pero lo que á éste causo' mayor satisfaccio'n, fué una expo- 
sicio'n de quejas, que muchos de los caciques formularon 
contra el gobierno del Almirante y del Adelantado, y la 
hicieron llegar á sus manos. 

En su expedicio'n por la isla, cuando Cristóbal Colón se 
propuso hacer, personalmente, lo que mosén Pedro Marga- 
rit debió' haber hecho mucho tiempo hacía, en cumplimiento 
de sus o'rdenes, antes de que hubieran ocurrido tantos des- 
manes, tuvo necesidad de ser más severo en algunas comar- 
cas, tanto para obtener la sumisio'n completa, cuanto para 
hacerles aceptar el pago del tributo y asegurar su recauda- 
cio'n. Con este motivo muchos caciques estaban muy que- 
josos, otros por extremo exasperados, sintiendo todos acre- 
centarse el odio contra los dominadores, cuya permanencia 
en la isla les era cada vez más insoportable. Las noticias que 
á sus territorios llegaron, de que un nuevo Almirante susti- 
tuía á Colón y éste iba á ser castigado, los movió' á presen- 
tar sus quejas, diciendo que él era el responsable de todos 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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-^v^--^^— ' -~~[ l° s rnalcs que habían sobrevenido á los españoles. 3^ el cau- 
sante de la sublevacio'n de los naturales. 

Con este dato inesperado, al que quiso dar una impor- 
tancia que no tenía, estimo' Aguado que cerraba perfecta- 
mente la informacio'n ; y dándola por terminada, anuncio' su 
propo'sito de regresar á España á dar cuenta de su cometido, 
creyendo traer en la mano datos bastantes para que los 
Re3^es decretasen la destitucio'n del Almirante, y le nombra- 
sen para sustituirle en premio de aquel señalado servicio. 
Muchos en la isla juzgaron igualmente que la caída de 
Cristóbal Colón era inevitable. 

El momento era crítico verdaderamente. Con razón o' 
sin ella, Juan de Aguado se daba importancia de Goberna- 
dor, y figuraba tener instrucciones para depurar la conducta 
del Almirante. No ignoraba éste que tenía poderosos adver- 
sarios de su proyecto, y enemigos declarados de su persona 
en la corte, que habían de apoderarse de las informaciones 
practicadas, y hasta de las menores insinuaciones de Aguado, 
para minar su crédito y calumniar su reputación ; 3 r com- 
prendía mu3 T bien que aquéllos debían haber encontrado pode- 
rosos auxiliares en el P. Boil y en Pedro Margarit, y los que 
con ellos habían huido, 3 T con el regreso del repostero toma- 
rían nuevos bríos para sus ataques. Meditando con calma su 
situacio'n, crc3 T o' de necesidad presentarse á los Re3 7 es Católi- 
cos para desvanecer con sus palabras 3^ con noticias verdade- 
ras, los cargos formados por la malevolencia y la mentira, y 
de la misma manera opino' el Adelantado, quedando resuelto 
entre los dos que en las mismas carabelas en que volviese á 
España Juan de Aguado, regresaría también el Almirante. 

Dada la orden, se empezaron á aprovisionar 3^ pertre- 
char las seis carabelas que había en el puerto, con el objeto 
de que, conforme á las ordenes y deseos de los Reyes, pudie- 
ran volver cuantos lo desearan, 3^ todos los enfermos 3 7 con- 
valecientes cu\ 7 a presencia so'lo servía de embarazo 3 T de 
aumentar las dificultades en la colonia. 



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LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XI 



79 



Entretanto Colón, aleccionado por dolorosa experien- 
cia y conocedor de la clase de argumentos que era necesario 
presentar para desvanecer cargos y prevenciones, y dar 
gran idea de la importancia del descubrimiento, se propuso 
reunir todo lo que pudiera llamar la atencio'n en España por 
su hermosura, por su utilidad y valor, tanto como por su 
novedad y extrañeza. Junto' todo el oro que se había reco- 
gido de los presentes hechos por Guacanagarí y sus amigos, 
así como el tomado en las expediciones que fueron al inte- 
rior, que eran más de doscientas onzas de oro puro; y 
además las muchas muestras últimamente traídas del río 
Hayna 3^ de las excavaciones hechas en los terrenos pro'xi- 
mos á sus orillas, que, á diferencia de lo que se recogía en 
Cibao, y era todo polvo y grano menudo, consistía en peda- 
zos bastante grandes, habiendo algunos hasta de veinte 
onzas que vieron y admiraron Pedro Mártir de Angleria y 
Andrés Bernáldez, y como cosa extraordinaria ujn pedazo de 
metal que pesaba sobre seis arrobas, de oro blanco, puro o' 
electrón; como le llamaban, porque contenía una quinta parte 
de plata. Lo encontraron delante del bohio de un cacique de 
la Maguana , donde dijeron los indios se hallaba desde 
tiempo antiguo, indicando el sitio de donde se había extraí- 
do. Mando' buscar también el Almirante las aves de mayor 
tamaño y más rico plumaje, y toda clase de frutas y árbo- 
les. Reunió' asimismo gran cantidad de maíz de gruesos 
granos, de cuya magnitud ni aun idea podía tenerse en 
España, y yucas, ajes, y muchas otras raíces alimenticias, 
para dar completa idea de la fertilidad del terreno y de sus 
producciones especiales, y concluidos estos preparativos se 
dispuso para el viaje, ocupando una de las carabelas y 
dejando otra á la disposicio'n de Aguado, pues su deseo era 
evitar toda disensio'n y llegar cuanto antes á la presencia de 
los Reyes Cato'licos. 






Cristóbal Colón, t. ii. — n. 



82 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Mientras se pertrechaban y reparaban las carabelas 
para la partida, tomo el Almirante disposiciones para el 
gobierno de la colonia durante su ausencia. Dejo' nombrado 
gobernador y comandante de las fuerzas á su hermano don 
Bartolomé, con todas las facultades necesarias, y que él 
podía delegar por concesio'n expresa de los Reyes Cato'licos, 
para casos semejantes; y por si se inutilizara por cualquier 
evento, o' tuviera que atender á extremos distantes de 
la isla, designo' para sustituirle á su otro hermano don 
Diego. Por alcalde mayor de la Isabela y de toda la isla, 
para el ejercicio de la justicia, nombro' á un escudero, criado 
su} r o, bien entendido, aunque no letrado, natural de la Torre 
de Don Ximeno, que es cabe Jaén, que se llamaba Francisco 
Roldan, porque le pareció' que lo haría según convenía, y 
lo había hecho siendo alcalde ordinario, y en otros cargos 
que le había encomendado. 

Procuraba Colón que con él se embarcasen todos 
aquellos hombres que no eran de utilidad alguna en la 
colonia, que no habían prestado servicios, y antes por el 
contrario, y por diferentes motivos, se habían mostrado 
descontentos y era peligroso que allí permaneciesen; y con 
este objeto exploraba los ánimos, haciendo mover las volun- 
tades en el sentido que juzgo' más conveniente para todos. 

Pero un obstáculo imprevisto vino á retrasar el viaje. 
Una tormenta violentísima, uno de esos ciclones espantosos 
tan frecuentes en las regiones tropicales, se desencadeno' 
sobre la isla, produciendo los mayores estragos, y desastres 
sin cuento. 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XII 



83 



Fué breve, pero horroroso el conflicto. Desde el ama- 
necer el viento soplaba con violencia, y se notaban señales 
de próxima tempestad; pero } T a al medio día el cielo se 
cubrid de oscuras y densas nubes; el levante arrecio' con 
inusitada fuerza, y chocando con otros vientos opuestos 
produjeron una tormenta de las más furiosas. Rasgaban las 
nubes incesantes relámpagos , como continuas corrientes de 
encontrada electricidad. Parecía que formaban pirámides 
invertidas que bajaban por vértice hasta tocar en tierra, y 
allí cobraban nueva fuerza, produciendo oscuridad pavorosa, 
pues falto la luz como en cerrada noche, y no dejaban las 
tinieblas distinguir los objetos á muy corta distancia. La 
lluvia caía á torrentes con fuerza aterradora. Los bramidos 
del mar y del viento se confundían en un estruendo espan- 
table que infundía pavor. Por doquiera que pasaba la 
tromba arrasaba los bosques y cuanto á su paso encontraba, 
desnudando los árboles, tronchando los más robustos; 
troncos de formidable tamaño que se oponían al empuje, 
salían arrancados de raíz y eran llevados á grandes dis- 
tancias. Bosques enteros caían lanzados desde las alturas á 
los precipicios, llevando consigo enormes trozos del terreno, 
rodando con fragor y sepultándose en los lechos de los ríos 
cuyas corrientes interrumpían, convirtiéndolos en torrentes. 
El silbido fortísimo del aire pasando entre los árboles: el 
retumbar de los truenos; el ruido de las piedras y rocas que 
chocaban ; de los troncos y ramas que se rompían , pusieron 
miedo á los más intrépidos, pareciendo había llegado el fin 
del mundo. Muchos vieron destruidas sus chozas y se refu- 
giaron en las cavernas ; y volaban llevadas por el huracán 
piedras y ramas con increíble cantidad de hojas de todas 
clases. Cuando los torbellinos llegaron al puerto de Isabela, 
rompieron las amarras y cadenas de los barcos, y tres de 
éstos zozobraron hundiéndose en el mar con cuanto con- 
tenían: otros chocaron hundiéndose en pedazos que el oleaje 
arrojo' destrozados á la playa; y las levantadas olas iban á 



8 4 



CRISTÓBAL COLON 



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romper dos o' tres millas tierra adentro arrastrando al 
retirarse cuanto encontraban al paso. 

Después de pasar tres horas en tal angustia en medio 
de aquel cataclismo, empezó' á calmar el viento, y los que 
sobrevivían se miraban unos á otros llenos de admiracio'n y 
de estupor. Los indios creían que Dios había desencadenado 
los elementos para destruir á los blancos por sus maldades; 
pero vieron con pena que los estragos del ciclo'n habían sido 
igualmente funestos para todos. No había memoria de que 
tan horrorosa tempestad hubiera descargado en la isla. 

Quedaron destrozadas enteramente cinco de las seis 
embarcaciones que estaban surtas en el puerto, de tal 
manera que el Almirante, viéndose privado de medios para 
emprender la vuelta á España, dispuso que con los restos de 
ellas que pudieran aprovecharse, se procediera sin demora 
alguna á construir un barco de bastante cabida y solidez 
para emprender la travesía. La única que había quedado 
entera era la Niña, pero en tal estado que fué necesario 
hacerle una gran reparación antes de que se diese á la vela. 

En breve tiempo estuvo terminada la construcción de 
la nueva carabela, que el Almirante bautizo' con el nombre 
de Santa Cruz, 3^ vulgarmente dieron en llamar la India, 
por haberse allí construido: y reparadas convenientemente 
las averías de la Niña, se hicieron ambas á la vela con 
direccio'n á España, el 10 de Marzo de 1496. 



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II 



Doscientos veinte pasajeros se embarcaron en la Isabela. 
Convalecientes muchos de ellos, enfermos no pocos; ociosos 
y libertinos desengañados que allí dejaban sus esperanzas de 
hacerse ricos sin trabajar: nunca volvió' de tierra de pro- 



LIBRO TERCERO.— CAPÍTULO XII 



*5 



misión chusma más miserable, dice Washington Irving, ni 
más desilusionada. Colón había tenido sumo cuidado en 
arrancar de la colonia á la gente turbulenta, bulliciosa y 
descontentadiza, que se había embarcado con el repostero en 
la nueva carabela. En la Niña venía el Almirante con varios 
de los que le conservaban más respeto, y también treinta 
indios con Caonabo' y su hermano, y un sobrino suyo. 

Murió Caonabo' durante el viaje; que el pesar de su 
vencimiento le había causado gran postracio'n, y aunque, 
según parece, el Almirante le ofrecía que después de haberle 
presentado á los Re}^es de Castilla, le volvería á su país y á 
su estado, el salvaje comprendía muy bien que su prestigio 
estaba perdido, y del abatimiento y pasio'n de ánimo hubo 
de originársele la muerte. Su hermano, que se bautizo' con 
el nombre de Diego, y su sobrino, llegaron á España y 
fueron llevados á la corte donde su presencia causo' gran 
admiración, no so'lo por su aspecto, sino también por los 
muchos objetos raros y de valor que consigo llevaban. 

Algunos historiadores, tomando fundamento en una 
indicación que hace el P. Las Casas, asientan que el cacique 
pereció' ahogado en una de las carabelas que destrozo el 
huracán en el puerto de Isabela. Mas tal aserto carece de 
exactitud; porque no es probable ni presumible que los 
indios estuvieran á bordo, mientras en las carabelas se hacía 
provisio'n de lo necesario para el viaje, y el mismo Las Casas 
dice que estaba prisionero en la casa morada del Almirante. 
Además debe tenerse en cuenta, que con el cacique Caonabo' 
estaban su hermano y sobrino, que siguieron su misma 
suerte, y no hubieran podido salvarse pereciendo aquél: y 
el cura de los Palacios, el Bachiller Andrés Bernáldez, que 
tuvo muy luego á estos últimos por huéspedes, dice, ha- 
blando de los que venían en las carabelas ! . — « Traia al 
Caonaboa y á un su hermano de fasta treinta y cinco años. 



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1 Historia del reinado de los Reyes Cató lieos, cap. CXXXI, tom. II, pág. 78. 



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CRISTÓBAL COLON 



á quien puso por nombre Don Diego, é á un mozuelo sobrino 
su} T o, fijo de otro hermano; é murióse el Caonaboa en la 
mar. o' de dolencia o' poco placer.» Gonzalo Fernández de 
Oviedo añade que murió' al comenzar el viaje, en estos 
términos r : — « assi como Caonabo é su hermano supieron 
que avian de yr al Rey é á la Re} T na Catho'licos, el hermano 
se murió' desde á pocos dias , y Caonabo, entrado en la mar 
desde á pocas jornadas que navegaron lambí en se murió.)) Estuvo 
Oviedo mal informado con respecto al hermano, o' se refiere 
á otro, que pudo ser el padre de aquel sobrino que con ellos 
venía, pero conviene con Bernáldez en que el feroz caribe 
dejo' de existir durante la navegacio'n. Y esto se confirma 
por el suceso que ocurrió' en la Guadalupe. 

Queriendo regresar por las latitudes ya conocidas é 
ignorando todavía que subiendo al Norte se encontraban 
vientos constantes que favorecían la navegacio'n, tomo' rumbo 
al Oriente al salir de Isabela , 3^ se vio' contrariado por las 
calmas y por vientos de proa que le impedían adelantar, 
porque arrastraban también las corrientes en la misma 
direccio'n; por manera que á los doce días de camino todavía 
se encontraba en el cabo del Engaño, postrero de la isla 
Española, sin haber perdido hasta entonces de vista la 
tierra. 

Los alimentos se consumían rápidamente, y aun podía 
decirse que no había empezado la navegacio'n, por lo que el 
Almirante determino' tomar direccio'n un tanto más al Sur, 
en demanda de las islas de los caribes , que había visitado 
las primeras en este viaje, con objeto de recoger en ellas 
pescado, frutas y pan de casabe, para prevenir cualquier 
eventualidad, en vista de las dificultades que ofrecía la 
vuelta. Un mes después de la salida de Isabela, á 10 de 
Abril, surgió' en la isla de Guadalupe, y mando' desembarcar 
y que se hicieran provisiones en cantidad bastante para 



1 Historia general y natural de las Indias, libro III, cap. I, tomo I, pág. 6. 



LIBRO TERCERO. — CAPÍTULO XII 



87 



asegurar las contingencias de una larga navegación como la 
que se presentaba. 

Cuando las barcas se dirigieron á tierra, salieron de los 
bosques más cercanos gran número de mujeres armadas de 
arcos y flechas, con ademanes hostiles para impedir el des- 
embarco; pero salieron á nado á la playa varios intér- 
pretes indios que iban á bordo, y las informaron de los 
deseos que movían á los españoles, que eran solamente pro- 
veerse de panes, de agua y de leña, á lo que aquellas 
animosas mujeres respondieron que buscasen mejor lugar 
para el desembarco en otro paraje de la isla, donde estaban 
los hombres entregados á sus trabajos. Fueron en aquella 
dirección las dos embarcaciones, y al avistarlas acudieron 
los indios á sus armas, y llamando por señas á otros muchos 
que por aquellas cercanías se encontraban se reunieron en 
gran muchedumbre, y dispararon contra las barcas una 
verdadera nube de flechas, que ningún daño causaron, 
porque las barcas estaban todavía á bastante distancia. Los 
de las carabelas protegieron el desembarco disparando 
algunas lombardas, y asustados del estruendo y de ver caer 
heridos á muchos de los suyos , se precipitaron en veloz 
huida, dejando desamparadas las labores en que se ocupa- 
ban momentos antes, y las casas en que vivían. 

En tanto que los soldados se dedicaban á hacer pan en 
gran cantidad ayudados por los indios, y echando mano de 
los acopios que en aquellas labranzas tenían los naturales, 
un destacamento de cuarenta hombres se interno' en la isla 
para recoger cuanto fuese de utilidad y explorar las inme- 
diaciones. Encontraron algunas mujeres, que al verlos se 
pusieron en precipitada fuga, siendo perseguidas por los 
españoles que les dieron alcance y pudieron aprisionar ocho 
o' diez de ellas. La más ágil de todas y que con más velo- 
cidad corría, fué perseguida por un marinero natural de las 
Canarias, que tenía fama de gran corredor, y á pesar de 
todo no podía darle alcance, ni se lo diera quizá, si ella al 







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CRISTÓBAL COLÓN 




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verse alcanzada no volviera sobre su adversario con ánimo 
de matarlo. Lucharon á brazo partido, rodando ambos por 
el suelo, y tal vez lo hubiera pasado mal el marinero á manos 
de aquella valerosa mujer, si no hubieran llegado á tiempo 
otros varios españoles. Súpose luego por haberlo dicho las 
otras prisioneras, que era la esposa del principal cacique de 
Guadalupe, célebre en la isla por su valor y su hermosura. 
Llevaron á las mujeres á los barcos, 3^ el miércoles 
20 de Abril levaron anclas nuevamente y pusieron las proas 
en direccio'n á España, habiendo enviado á tierra á muchas 
de ellas, 3^ llevándose únicamente á las que quisieron seguir 
de su voluntad, entre las que se contaron aquella señora que 
era la principal de la isla, y una hija suya, también de 
notable belleza, aunque de pocos años. 

Y de aquí se desprende la nueva prueba, á que antes 
aludíamos, de que Caonabo' no había perecido ahogado en 
la espantosa tormenta de la Isabela. La intrépida esposa 
del cacique vio' á bordo de la carabela Niña al aprisio- 
nado Caonabo', caribe como ella, y como ella también de 
feroz carácter é indomable constancia ; supo sus infortunios 
y se apasiono' de él, determinando acompañarle á España 
para hacerle más llevadero su cautiverio. No fueron bastan- 
tes sus cuidados 3^ atenciones para disipar la tristeza del 
soberbio cacique y algunas jornadas después murió', no 
pudiendo asegurarse si de dolencia o' de poco placer, como 
dijo Bernáldez, pues ninguno de los contemporáneos se tomo' 
el cuidado de consignarlo. 

En las mismas condiciones desfavorables que había 
comenzado continuo' la navegacio'n, trabajando mucho las 
tripulaciones para vencer las corrientes contrarias y aprove- 
char el viento, y adelantando muy poco camino. 

A las tres semanas, aún no llevaban mediado el viaje 3^ 
las provisiones 3 T a escaseaban, siendo necesario ponerlos á 
todos á racio'n fija, que se fué reduciendo cada día hasta 
quedar en seis onzas de pan 3^ cuartillo y medio de agua: y 



LIBRO TERCERO.— CAPITULO XII 



89 



á pesar de tanto cuidado, á fines del mes de Mayo hubo que 
disminuir todavía } r el hambre empezó' á sentirse á bordo, 
temiéndose todavía mayores horrores. Ya en los grupos de 
famélicos marineros se hablaba en voz baja de arrojar al 
agua á los infelices indios para disminuir las bocas que con- 
sumían ración; otros referían ejemplos de navegantes perdi- 
dos que obligados por la necesidad habían tomado alimento 
de las carnes de sus compañeros, echando suertes para 
señalar al que le tocaba morir por conservar á los demás; 
pero indicando también que antes de llegar á aquel extremo 
entre los españoles, debían empezar por sacrificar á los 
indios. 

Colón, atento á todo, imponía silencio á aquellas mani- 
festaciones, alentándolos con la esperanza de que pronto 
llegarían á descubrir tierra, según sus cálculos, en lo cual 
no estaban todos conformes, ni se mostraban convencidos los 
pilotos, pues habiendo emprendido el viaje por latitud más 
al Sur ignoraban por completo el lugar en que se encontra- 
ban. Preciso es renunciar á describir la angustia en que 
pasaron los primeros días del mes de Junio. Necesito el 
Almirante revestirse de toda su autoridad, y asegurar á los 
marineros y soldados que debían encontrarse muy próximos 
á España y en dirección al cabo de San Vicente; y aun así 
no le daban entero crédito, pues algún piloto deducía de sus 
equivocadas observaciones que iban en direccio'n á las costas 
de Inglaterra. 

Flacos, desfallecidos, llevando todos en sus semblantes 
las señales de los sufrimientos pasados, desembarcaron en 
Cádiz el 1 1 de Junio después de tres meses de fatigas, pri- 
vaciones y trabajos. 

En aquellos mismos días estaban prontas á darse á la 
vela desde aquel mismo puerto tres carabelas destinadas á 
llevar provisiones á la isla Española bajo el mando del 
piloto Pero Alonso Niño. Repuesto un poco el Almirante, y 
enterado de los despachos de los Reyes que aquél llevaba, y 

Cristóbal Colón, t. ii. — 12. 



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CRISTÓBAL COLÓN 





que le iban dirigidos, escribió largamente á su hermano 
Bartolomé para noticiarle su llegada . aprovechando tan feliz 
coincidencia. Le comunico' nuevas instrucciones para la com- 
pleta pacificación de la isla, encargándole enviase á España 
á todos los descontentos y á los caciques que cometieron 
atropellos contra los españoles; y le reitero' el encargo de 
que hiciera nueva población en la costa del mediodía de la 
Española, sin descuidar el establecimiento de una fortaleza 
en la proximidad de las ricas minas del Hay na. 

El 17 de Junio, seis días después de su llegada á Cádiz 
salieron para Isabela las tres embarcaciones al mando de 
Pero Alonso Niño. 




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ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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LIBRO TERCERO 



(A)— Pág. 616, tomo i.° 

Carta del Doctor Diego Alvarez Chanca, Médico de la ciudad 
de Sevilla, dirigida al Cabildo de la misma 

Muy magnífico Señor: Porque las cosas que yo particularmente 
escribo á otros en otras cartas no son igualmente comunicables como las 
que en esta escritura van, acordé de escribir distintamente las nuevas de 
acá y las otras que á mi conviene suplicar á. vuestra Señoría, é las 
nuevas son las siguientes; Que la flota que los Reyes Católicos, nuestros 
Señores, enviaron de España para las Judias c Gobernación de su Almi- 
rante del mar Océano Cristóbal Colón por la divina permisión, partió 
de Cádiz á veinte y cinco de Setiembre del año de 1 
años con tiempo é viento convenible á nuestro camino, é duró este 
tiempo dos dias, en los cuales pudimos andar al pié de 50 leguas; y 
luego nos cambió el tiempo otros dos, en los cuales anduvimos muy 
poco ó nada; plogo á Dios que pasados dos dias nos tornó buen tiempo, 
en manera que en otros dos llegamos á la Gran Canaria, donde tomamos 
puerto, lo cual nos fué necesario por reparar un navio que hacia mucha 
agua, y estovimos ende todo aquel dia, é luego otro dia partimos é 
fizónos algunas calmerías, de manera que estuvimos en llegará la Gomera 
cuatro ó cinco dias, y en la Gomera fué necesario estar algún dia por 
facer provisiones de carne, leña é agua la que mas pudiesen, por la larga 
jornada que se esperaba hacer sin ver mas tierra; ansi que en la estada 
destos puertos y en un dia después de partidos de la Gomera, que nos 
fizo calma, que tardamos en llegar fasta la isla del Eierro, estovimos diez 
y nueve ó veinte dias; desde aqui por la bondad de Dios nos tornó buen 



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Igual vacío en el original. Debe decir del año de 1493. 






92 



CRISTÓBAL COLÓN 











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tiempo, el mejor que nunca flota llevó tan largo camino, tal que partidos 
del Fierro á trece de Octubre dentro de veinte dias hobimos vista de 
tierra, y vieramosla á catorce ó quince si la nao Capitana fuera tan 
buena velera como los otros navios, porque muchas veces los otros 
navios sacaban velas porque nos dejaban mucho atrás. En todo este 
tiempo hobimos mucha bonanza, que en él ni en todo el camino no 
hobimos fortuna, salvo la víspera de San Simón que nos vino una que 
por cuatro horas nos puso en harto estrecho. El primero Domingo 
después de Todos Santos, que fué á tres dias de Noviembre, cerca del 
alba, dijo un piloto de la nao Capitana: albricias, que tenemos tierra. 
Fué el alegría tan grande en la gente que era maravilla oir las gritas y 
placeres que todos hacían, y con mucha razón, que la gente venían ya 
tan fatigados de mala vida y de pasar agua, que con muchos deseos 
sospiraban todos por tierra. Contaron aquel dia los pilotos del armada 
desde la isla del Fierro hasta la primera tierra que vimos unas 800 le- 
guas: otros 780, de manera que la diferencia no era mucha, é más 
300 que ponen de la Isla de Fierro fasta Cádiz, que eran por todas 1,100; 
ansi que no siento quien no fuese satisfecho de ver agua. Vimos el 
Domingo de mañana sobredicho, por proa de los navios una isla, y 
luego á la man derecha pareció otra: la primera era la tierra alta de sierras 
por aquella parte que vimos, la otra era tierra llana, también muy llena 
de árboles muy espesos, y luego que fué mas de dia comenzó á parecer 
á una parte é á otra islas; de manera que aquel dia eran seis islas á 
diversas partes, y las mas harto grandes. Fuimos enderezados para ver 
aquella que primero habíamos visto, é llegamos por la costa andando 
mas de una legua buscando puerto para sorgir, el cual todo aquel espacio 
nunca se pudo hallar. Era en todo aquello que parecía desta isla todo 
montaña muy hermosa y muy verde, fasta el agua que era alegría en 
mirarla, porque en aquel tiempo no hay en nuestra tierra apenas cosa 
verde. Después que allí no hallamos puerto, acordó el Almirante que 
nos volviésemos á la otra isla que parescia á la mano derecha, que 
estaba desta otra 405 leguas. Quedó por entonces un navio en esta 
isla buscando puerto todo aquel dia para cuando fuese necesario venir á 
ella, en la cual halló buen puerto é vido casas é gentes, é luego se tornó 
aquella noche para donde estaba la flota que habia tomado puerto en la 
otra isla donde decendió el Almirante é mucha gente con él con la 
bandera Real en las manos, adonde tomó posesión por sus Altezas en 
forma de derecho. En esta isla habia tanta espesura de arboledas que era 
maravilla, é tanta diferencia de árboles no conocidos á nadie que era 
para espantar, dellos con fruto, dcllos con flor, ansi que todo era verde. 
Allí hallamos un árbol, cuya hoja tenia el mas fino olor de clavos que 
nunca vi, y era como laurel, salvo que no era ansi grande; yo ansi 
pienso que era laurel su especia. Allí habia frutas salvaginas de dife- 
rentes maneras, de las cuales algunos no muy sabios probaban, y del 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



93 



gusto solamente tocándoles con las lenguas se les hinchaban las caras, y 
les venia tan grande ardor y dolor que parecían que rabiaban, les cuales 
se remediaban con cosas frias. En esta isla no hallamos gente nin señal 
della, creimos que era despoblada, en la cual estovimos bien dos horas, 
porque cuando allí llegamos era sobre tarde, é luego otro dia de mañana 
partimos para otra isla que parescia en bajo desta que era muy grande, 
fasta la cual desta que habia 7 ú 8 leguas, llegamos á ella hacia la 
parte de una gran montaña que parecia que quería llegar al cielo, en 
medio de la cual montaña estaba un pico mas alto que toda la otra 
montaña, del cual se vertían á diversas partes muchas aguas, en especial 
hacia la parte donde Íbamos: de 3 leguas paresció un golpe de agua 
tan gordo como un buey, que se despeñaba de tan alto como si cayera 
del cielo: parescia de tan lejos, que hobo en los navios muchas apuestas, 
que unos decían que eran peñas blancas y otros que era agua. Desque 
llegamos mas á cerca vídose lo cierto, y era la mas hermosa cosa del 
mundo ele ver de cuan alto se despeñaba é de tan poco logar nacía tan 
gran golpe de agua. Luego que llegamos cerca mandó el Almirante á 
una carabela ligera que fuese costeando á buscar puerto, la cual se ade- 
lantó y llegando á la tierra vido unas casas, é con la barca saltó el Capitán 
en tierra é llegó á las casas, en las cuales halló su gente, y luego que los 
vieron fueron huyendo, c entró en ellas, donde halló las cosas que ellos 
tienen, que no habían llevado nada, donde tomó dos papagayos muy 
grandes y diferenciados de cuantos se habian visto. Halló mucho algodón 
hilado ó por hilar, c cosas de sus mantenimientos, é de todo trajo un 
poco, en especial trajo cuatro ó cinco huesos de brazos é piernas de 
hombres. Luego que aquello vimos sospechamos que aquellas islas eran 
las de Caribe, que son habitadas de gente que comen carne humana, 
porque el Almirante por las señas que le habian dado del sitio destas 
islas, el otro camino, los indios de las islas que antes habian descubierto, 
habia enderezado el camino por descubrirlas, porque estaban mas cerca 
de España, y también porque por alli se hacia el camino derecho para 
venir á la Isla Española, donde antes habia dejado la gente, á los cuales, 
por la bondad de Dios y por el buen saber del Almirante, venimos tan 
derechos como si por camino sabido é seguido viniéramos. Esta isla es 
muy grande, y por el lado nos pareció que habia de luengo de costa 
25 leguas; fuimos costeando por ella buscando puerto mas de 2 leguas; 
por la parte donde íbamos eran montañas muy altas, á la parte que 
dejamos parecían grandes llanos, á la orilla de la mar habia algunos 
poblados pequeños, é luego que veian las velas huían todos. Andadas 
2 leguas hallamos puerto y bien tarde. Esa noche acordó el Almirante 
que á la madrugada saliesen algunos para tomar lengua é saber qué gente 
era, no embargante la sospecha é los que ya habian visto ir huyendo, 
que era gente desnuda como la otra que ya el Almirante habia visto el 
otro viaje. Salieron esa madrugada ciertos capitanes; los unos vinieron á 



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CRISTÓBAL COLON 








hora de comer é trajeron un mozo de fasta catorce años, á lo que 
después se sopo, c el dijo que era de los que esta gente tenían cativos. 
Los otros se dividieron, los unos tomaron un mochacho pequeño, al cual 
llevaba un hombre por la mano, é por huir lo desamparó. Este enviaron 
luego con algunos dellos, otros quedaron, é destos unos tomaron ciertas 
mugeres de la isla, é otras que se vinieron de grado, que eran de las 
cativas. Desta compañia se apartó un capitán, no sabiendo que se habia 
habido lengua, con seis hombres, el cual se perdió con los que con él 
iban, que jamás sopieron tornar, fasta que á cabo de cuatro dias toparon 
con la costa de la mar, é siguiendo por ella tornaron á topar con la flota. 
Ya los teníamos por perdidos é comidos de aquellas gentes que se llaman 
Caribes, porque no bastaba razón para creer que eran perdidos de otra 
manera, porque iban entre ellos pilotos, marineros que por la estrella 
saben ir c venir hasta España, creíamos que en tan pequeño espacio no 
se podían perder. Este día primero que allí decendimos andaban por la 
playa junto con el agua muchos hombres é mugeres mirando la flota, c 
maravillándose de cosa tan nueva, é llegándose alguna barca á tierra á 
hablar con ellos, diciéndolos tayno tayno, que quiere decir bveno, es- 
peraban en tanto que no salían del agua, junto con el moran, de manera 
que cuando ellos querían se podian salvar; en conclusión, que de los 
hombres ninguno se pudo tomar por fuerza ni por grado, salvo dos que 
se aseguraron é después los trajeron por fuerza allí. Se tomaron mas de 
20 mugeres de las cativas, y de su grado se venian; otras naturales de la 
isla, que fueron salteadas é tomadas por fuerza. Ciertos mochachos 
captivos se vinieron á nosotros huyendo de los naturales de la isla que 
los tenían captivos. En este puerto estuvimos ocho dias á causa de la 
pérdida del sobredicho capitán, donde muchas veces salimos á tierra 
andando por sus moradas é pueblos, que estaban á la costa, donde 
hallamos infinitos huesos de hombres, é los cascos de las cabezas 
colgados por las casas á manera de vasijas para tener cosas. Aquí no 
parescieron muchos hombres; la causa era, según nos dijeron las mugeres, 
que eran idas diez canoas con gentes á saltear á otras islas. Esta gente 
nos pareció mas pulítica que la que habita en estas otras islas que 
habernos visto, aunque todos tienen las moradas de paja; pero estos las 
tienen de mucho mejor hechura, é mas proveídas de mantenimientos, é 
parece en ellas mas industria ansi veril como femenil. Tenían mucho 
algodón hilado y por hilar, y muchas mantas de algodón tan bien tejidas 
que no deben nada á las de nuestra patria. Preguntamos á las mujeres, 
que eran cativas en esta isla, que qué gente era esta : respondieron que 
eran Caribes. Después que entendieron que nosotros aborrecíamos tal gente 
por su mal uso de comer carne de hombres, holgaban mucho, y si de 
nuevo traían alguna muger ó hombre de los Caribes , secretamente decían 
que eran Caribes, que allí donde estaban todos en nuestro poder mostraban 
temor dellos como gente sojuzgada, y de allí conocimos cuáles eran Caribes 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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de las mugeres é cuáles no, porque las Caribes traían en las piernas en 
cada una dos argollas tejidas de algodón, la una junto con la rodilla, la otra 
junto con los tobillos; de manera que les hacen las pantorrillas grandes, é 
de los sobredichos logares muy ceñidas, que esto me parece que tienen 
ellos por cosa gentil, ansi que por esta diferencia conocemos los unos de 
los otros. La costumbre desta gente de Caribes es bestial; son tres islas, 
esta se llama Turuqueira, la otra que primero vimos se llama Ceyre, la 
tercera se llama Ayay; estos todos son conformidad como si fuesen de 
un linage , los cuales no se hacen mal : unos é otros hacen guerra á todas 
las otras islas comarcanas, los cuales van por mar 150 leguas á saltear 
con muchas canoas que tienen, que son unas fustas pequeñas de un solo 
madero. Sus armas son frechas, en lugar de hierros; porque no poseen 
ningún hierro, ponen unas puntas fechas de huesos de tortugas los unos, 
otros de otra isla ponen unas espinas de un pez fechas dentadas, que ansi 
lo son naturalmente, á manera de sierras bien recias, que para gente 
desarmada, como son todos, es cosa que les puede matar é hacer harto 
daño; pero para gente de nuestra nación no son armas para mucho 
temer. Esta gente saltea en las otras islas, que traen las mujeres que 
pueden haber, en especial mozas y hermosas, las cuales tienen para su 
servicio, é para tener por mancebas, é traen tantas que en 50 casas ellos 
no parecieron, y de las cativas se vinieron mas de 20 mozas. Dicen 
también estas mugeres que estos usan de una crueldad que parece cosa 
increible; que los hijos que en ellas han se los comen, que solamente 
crian los que han en sus mugeres naturales. Los hombres que pueden 
haber, los que son vivos llévanselos á sus casas para hacer carnicería 
dellos, y los que han muertos luego se los comen. Dicen que la carne del 
hombre es tan buena que no hay tal cosa en el mundo; y bien parece 
porque los huesos que en estas casas hallamos todo lo que se puede roer 
todo lo tenían roido, que no había en ellos sino lo que por su mucha dureza 
no se podia comer. Allí se halló en una casa cociendo en una olla un 
pescuezo de un hombre. Los mochadlos que cativan córtanlos el miembro, 
é sírvense de ellos fasta que son hombres, y después cuando quieren facer 
fiesta mátanlos é cómensclos, porque dicen que la carne de los mochadlos 
é de las mogeres no es buena para comer. Destos mochadlos se vinie- 
ron para nosotros huyendo tres, todos tres cortados sus miembros. E á 
cabo de cuatro clias vino el capitán que se habia perdido, de cuya venida 
estábamos ya bien desesperados, porque ya los habían ido á buscar otras 
cuadrillas por dos veces, é aquel dia vino la una cuadrilla sin saber dellos 
ciertamente. Holgamos de su venida como si nuevamente se hobieran 
hallado; trajo este capitán con los que fueron con él 10 cabezas entre 
mochadlos é mugeres. Estos ni los otros que los fueron á buscar, nunca 
hallaron hombres porque se habian huido, ó por ventura que en aquella 
comarca habia pocos hombres, porque según se supo de las mugeres eran 
idas 10 canoas con gentes á saltear á otras islas. Vino él é los que fueron 




á 




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CRISTÓBAL COLÓN 






con el tan destrozados del monte, que era lástima de los ver; decían, 
preguntándoles como se habían perdido dijeron que era la espesura de 
los árboles tanta que el cielo no podían ver, é que algunos dellos, que 
eran marineros habían subido por los árboles para mirar el estrella, é que 
nunca la podieron ver, é que si no toparan con el mar fuera imposible 
tornar á la flota. Partimos desta isla ocho días después que allí llegamos. 
Luego otro día á medio día vimos otra isla no muy grande, que estaría 
desta otra 12 leguas; porque el primero dia que partimos lo mas del dia 
nos fizo calma, fuimos junto con la costa desta isla, é dijeron las Indias 
que llevábamos que no era habitada, que los Caribes la habían despo- 
blado, é por esto no paramos en ella. Luego esa tarde vimos otra, é esa 
noche, cerca desta isla, fallamos unos bajos, por cuyo temor sorgimos, 
que no osamos andar fasta que fuese de dia. Luego á la mañana paresció 
otra isla harto grande: á ninguna destas nos llegamos por consolar los 
que habían dejado en la Española, é no plogó á Dios según que abajo 
parescerá. Otro dia á hora de comer llegamos á una isla é paresciónos 
mucho bien, porque parecia muy poblada, según las muchas labranzas 
que en ella habia. Fuimos allá é tomamos puerto en la costa; luego 
mandó el Almirante ir á tierra una barca guarnecida de gente para si 
pudiese tomar lengua para saber qué gente era, c también porque 
habíamos menester informarnos del camino, caso quél Almirante, aunque 
nunca habia fecho aquel camino, iba muy bien encaminado según en cabo 
pareció. Pero porque las cosas dubdosas se deben siempre buscar con la 
mayor certinidad que haberse pueda, quiso haber allí lengua, de la cual 
gente que iba en la barca ciertas personas saltaron en tierra, é llegaron 
en tierra á un poblado de donde la gente ya se habia escondido. Tomaron 
allí cinco ó seis mugeres y ciertos mochadlos, de las cuales las mas eran 
también de las cativas como en la otra isla, porque también estos eran 
Caribes, según ya sabíamos por la relación de las mugeres que traíamos. 
Ya que esta barca se quería tornar á los navios con su presa que habia 
fecho por parte debajo, por la costa venia una canoa en que venían cuatro 
hombres é dos mugeres é un mochadlo, é desque vieron la flota mara- 
villados se embebecieron tanto que por una grande hora estovieron que 
no se movieron de un lugar casi dos tiros de lombarda de los navios. En 
esto tueron vistos de los que estaban en la barca é aun de toda la flota. 
Luego los de la barca fueron para ellos tan junto con la tierra, que con 
el embebecimiento que tenían, maravillándose é pensando qué cosa seria, 
nunca los vieron fasta que estovieron muy cerca dellos, que 110 les 
pudieron mucho huir aunque harto trabajaron por ello; pero los nuestros 
aguijaron con tanta priesa que no se les pudieron ir. Los Caribes desque 
vieron que el hoir no les aprovechaba , con mucha osadía pusieron mano 
á los arcos, también las mugeres como los hombres: é digo con mucha 
osadia porque ellos no eran mas de cuatro hombres y dos mugeres, é los 
nuestros mas de 25, de los cuales firieron dos, al uno dieron dos frechadas 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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en los pechos c al otro una por el costado, c sino fuera porque llevaban 
adargas é tablachutas, c porque los invistieron presto con la barca é les 
trastornaron su canoa, asaetearan con sus frechas los mas dellos. E 
después de trastornada su canoa quedaron en el agua nadando, é á las 
veces haciendo pié, que allí habia unos bajos, é tovieron harto que hacer 
en tomarlos, que todavía cuando podían tiraban, é con todo eso el uno 
no lo pudieron tomar sino mal herido de una lanzada que murió, el cual 
trajeron ansí herido fasta los navios. La diferencia destos á los otros 
indios en el hábito, es que los de Caribe tienen el cabello muy largo, los 
otros son tresquilados é fechas cien mil diferencias en las cabezas de 
cruces, é de otras pinturas en diversas maneras, cada uno como se le 
antoja, lo cual se hacen con cañas agudas. Todos ansi los de Caribe como 
los otros es gente sin barbas, que por maravilla hallarás hombre que las 
tenga. Estos Caribes que allí tomaron venían tiznados los ojos é las cejas, 
lo cual me parece que hacen por gala, é con aquello parescian mas 
espantables: el uno destos dice que en una isla dellos llamada Cayrc, que es 
la primera que vimos, á la cual no llegamos, hay mucho oro; que vayan 
allá con clavos é contezuelas para hacer sus canoas, é que traerán cuanto 
oro quisieren. Luego aquel dia partimos de esta isla, que no estaríamos allí 
mas de seis ó siete horas, fuemos para otra tierra que pareció á ojo que 
estaba en el camino que habíamos de facer; llegamos noche cerca della. 
Otro dia de mañana fuimos por la costa della: era muy gran tierra, 
aunque no era muy continua, que eran mas de cuarenta y tantos islones 
tierra muy alta, é la mas della pelada, la cual no era ninguna ni es de las 
que antes ni después habernos visto. Parescia tierra dispuesta para haber 
en ella metales: á esta no llegamos para saltar en tierra, salvo una cara- 
bela latina llegó á un islon de estos, en el cual hallaron ciertas casas de 
pescadores. Las Indias que traíamos dijeron que no eran pobladas. 
Andovimos por esta costa lo mas dcste dia, hasta otro dia en la tarde 
que llegamos á vista de otra isla llamada Burenquen, cuya costa corrimos 
todo un dia: juzgábase que ternia por aquella banda 30 leguas. Esta isla 
es muy hermosa y muy fértil á parecer; á esta vienen los de Caribe á 
conquistar, de la cual llevaban mucha gente; estos no tienen fustas nin- 
gunas nin saben andar por mar; pero, según dicen estos Caribes que 
tomamos, usan arcos como ellos, c si por caso cuando los vienen á saltear 
los pueden prender también se los comen como los de Caribes á ellos. 
En un puerto desta isla cstovimos dos dias, donde saltó mucha gente en 
tierra; pero jamas podimos haber lengua, que todos se fuyeron como 
gentes temorizadas de los Caribes. Todas estas islas dichas fueron descu- 
biertas deste camino, que fasta aquí ninguna dellas habia visto el Almi- 
rante el otro viaje, todas son muy hermosas é de muy buena tierra; pero 
esta paresció mejor á todos; aquí casi se acabaron las islas que fácia la 
parte de España habia dejado de ver el Almirante, aunque tenemos por 
cosa cierta que hay tierra mas de 40 leguas antes de estas primeras hasta 



Cristóbal Colón, t. ii. — 1 



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CRISTÓBAL COLÓN 





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España, porque dos dias antes que viésemos tierra vimos unas aves que 
llaman rabihorcados, que son aves de rapiña marinas é no sientan ni 
duermen sobre el agua, sobre tarde rodeando sobir en alto, 6 después 
tiran su via á buscar tierra para dormir, las cuales no podrían ir a caer 
según era tarde de 12 ó 15 leguas arriba, y esto era á la man derecha 
donde veníamos hasta la parte de España; de donde todos juzgaron allí 
quedar tierra, lo cual no se buscó porque se nos hacia rodeo para la via 
que traíamos. Espero que á pocos viages se hallará. Desta isla sobredicha 
partimos una madrugada, é aquel dia, antes que fuese noche, hobimos 
vista de tierra, la cual tampoco era conocida de ninguno de los que habian 
venido el otro viaje; pero por las nuevas de las Indias que traíamos 
sospechamos que era la Española, en la cual agora estamos. Entre esta 
isla é la otra de Buriquen parecía de lejos otra, aunque no era grande. 
Desque llegamos á esta Española, por el comienzo de ella era tierra baja 
y muy llana, del conocimiento de la cual aun estaban todos dubdosos si 
fuese la que es, porque aquella parte nin el Almirante ni los otros que 
con él vinieron habian visto, é aquesta isla como es grande es nombrada 
por provincias, é á esta parte que primero llegamos llaman Hayti, y 
luego á la otra provincia junta con esta llaman Xamaná, é á la otra 
Bohio en la cual agora estamos; ansi hay en ellas muchas provincias 
porque es gran cosa, porque según afirman los que la han visto por la 
costa de largo, dicen que habrá 200 leguas: á mi me parece que a lo 
menos habrá 150; del ancho della hasta agora no se sabe. Allá es ido 
cuarenta dias ha á rodearla una carabela, la cual no es venida hasta hoy. 
Es tierra muy singular, donde hay infinitos rios grandes é sierras grandes 
é valles grandes rasos, grandes montañas: sospecho que nunca se secan 
las yerbas en todo el año. Non creo que hay invierno ninguno en esta 
nin en las otras, porque por Navidad se fallan muchos nidos de aves, 
dellas con pájaros, é dellas con huevos. En ella ni en las otras nunca se 
ha visto animal de cuatro pies, salvo algunos perros de todos colores 
como en nuestra patria, la hechura como unos gosques grandes: de 
animales salvajes no hay. Otrosí, hay un animal de color de conejo é de 
su pelo, el grandor de un conejo nuevo, el rabo largo, los pies é manos 
como de ratón, suben por los árboles, muchos los han comido, dicen que 
es muy bueno de comer; hay culebras muchas no grandes; lagartos 
aunque no muchos, porque los indios hacen tanta fiesta dellos como 
haríamos allá con faisanes; son del tamaño de los de allá, salvo que en la 
hechura son diferentes, aunque en una isleta pequeña que está junto con 
un puerto que llaman Monte Cristo, donde estovimos muchos dias, vieron 
muchos dias un lagarto muy grande que decian que seria de gordura de 
un becerro, é atan complido como una lanza, é muchas veces salieron por 
lo matar, é con la mucha espesura se les metia en la mar, de manera que 
no se pudo haber del derecho. Hay en esta isla y en las otras infinitas 
aves de las de nuestra patria, é otras muchas que allá nunca se vieron- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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de las aves domésticas nunca se ha visto acá ninguna, salvo en la Zuruquia 
habia en las casas unas ánades, las mas dellas blancas como la nieve é 
algunas dellas negras, muy lindas, con crestas rasas, mayores que las de 
allá, menores que ánsares. Por la costa desta isla corrimos al pié de 
loo leguas porque hasta donde el Almirante habia dejado la gente, habría 
en este compás, que será en comedio ó en medio de la isla. Andando 
por la provincia dclla llamada Xamaná en derecho echamos en tierra uno 
de los indios quel otro viage habían llevado, vestido, é con algunas 
cosillas quel Almirante le habia mandado dar. Aquel dia se nos murió un 
marinero vizcaíno que habia sido herido por los caribes, que ya dije que 
se tomaron, por su mala guarda, é porque íbamos por costa de tierra, 
diósc lugar que saliese una barca á enterrarlo, ó fueron en resguarda de 
la barca dos carabelas cerca con tierra. Salieron á la barca en llegando 
en tierra muchos indios, de los cuales algunos traían oro al cuello, é á las 
orejas; querían venir con los cristianos á los navios, é no los quisieron 
traer, porque no llevaban licencia del Almirante; !os cuales desque vieron 
que no los querían traer se metieron dos dellos en una canoa pequeña, é 
se vinieron á una carabela de las que se habían acercado á tierra, en la 
cual los recibieron con su amor, á trajéronlos á la nao del Almirante, é 
dijeron, mediante un intérprete, que un Rey fulano los enviaba á saber 
qué gente eramos, é á rogar que quisiésemos llegar á tierra porque tenían 
mucho oro é le darían dello, é de lo que tenían que comer, el Almirante 
les mandó dar sendas camisas é bonetes é otras cosillas, é les dijo que 
porque iba á donde estaba Guacamari non se podría detener, que otro 
tiempo habría que le pudiese ver, é con esto se fueron. No cesamos de 
andar nuestro camino fasta llegar á un puerto llamado Monte Cristi. 
donde estuvimos dos días para ver la disposición de la tierra, porque no 
habia parecido bien al Almirante el logar donde habia dejado la gente 
para hacer asiento. Dccendimos en tierra para ver la dispusicion; habia 
cerca de allí un gran rio de muy buena agua; pero es toda tierra anegada 
é muy indispuesta para habitar. Andando veyendo el rio é tierra hallaron 
algunos de los nuestros en una parte dos hombres muertos junto con el 
rio, el uno con un lazo al pescuezo y el otro con otro al pié, esto fué el 
primero dia. Otro dia siguiente hallaron otros dos muertos mas adelante 
de aquellos, el uno destos estaba en disposición que se le pudo conocer 
tener muchas barbas. Algunos de los nuestros sospecharon mas mal que 
bien, é con razón, porque los indios son todos desbarbados, como dicho 
he. Este puerto está del lugar donde estaba la gente cristiana i 2 leguas; 
pasados dos dias alzamos velas para el lugar donde el Almirante habia 
dejado la sobredicha gente, en compañía de un Rey destos indios, que 
se llamaba Guacamari, que pienso ser de los principales desta isla. Este 
dia llegamos en derecho de aquel lugar, pero era ya tarde, é porque allí 
habia unos bajos donde el otro dia se habia perdido la nao que habia ido 
el Almirante, no osamos tomar el puerto cerca de tierra fasta que otro 





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CRISTÓBAL COLON 



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dia de mañana se desfondase é pudiese entrar seguramente; quedamos 
aquella noche no una legua de tierra. Esa tarde, viniendo para allí de 
lejos, salió una canoa en que parescián cinco ó seis indios, los cuales 
venían á prisa para nosotros. El Almirante creyendo que nos seguraba 
hasta alzarnos, no quiso que los esperásemos, é porfiando llegaron hasta 
un tiro de lombarda de nosotros, é parábanse á mirar, é desde allí desque 
vieron que no los esperábamos dieron vuelta é tornaron su via. Después 
que surgimos en aquel lugar sobredicho tarde, el Almirante mandó tirar 
dos lombardas á ver si respondían los cristianos que habian quedado con 
el dicho Guacamari, porque también tenían lombardas, los cuales nunca 
respondieron ni menos parescián huegos ni señal de casas en aquel lugar, 
de lo cual se desconsoló mucho la gente é tomaron la sospecha que en 
tal caso se debía tomar. Estando ansi todos muy tristes, pasadas cuatro 
ó cinco horas de la noche, vino la misma canoa que esa tarde habíamos 
visto, é venia dando voces, preguntando por el Almirante á un Capitán de 
una carabela donde primero llegaron; trajéronlos á la nao del Almirante, 
los cuales nunca quisieron entrar hasta que el Almirante los hablase; 
demandaron lumbre para lo conocer, 6 después que lo conocieron 
entraron. Era uno dellos primo del Guacamari, el cual los había enviado 
otra vez después que se habian tornado aquella tarde. Traían carátulas 
de oro que Guacamari enviaba en presente; la una para el Almirante é la 
otra para un capitán quel otro viage habia ido con él. Estovieron en la 
nao hablando con el Almirante en presencia de todos por tres horas 
mostrando mucho placer, preguntándoles por los cristianos que tales 
estaban; aquel pariente dijo que estaban todos buenos, aunque entre 
ellos habia algunos muertos de dolencia é otros de diferencia que habia 
contecido entre ellos, é que Guacamari estaba en otro lugar ferido en 
una pierna é por eso no habia venido, pero que otro dia vernia; porque 
otros dos Reyes, llamado el uno Caonabó y el otro Mayreni, habian 
venido á pelear con él é que le habian quemado el logar; é luego esa 
noche se tornaron diciendo que otro dia vernian con el dicho Guacamari, 
é con eso nos dejaron por esa noche consolados. Otro dia en la mañana 
estovimos esperando que viniese el dicho Guacamari , é entretanto 
saltaron en tierra algunos por mandado del Almirante, é fueron al lugar 
donde solían estar, é halláronle quemado un cortijo algo fuerte con una 
palizada, donde los cristianos habitaban, é tenían lo suyo quemado c 
derribado, é ciertas bernias é ropas que los indios habian traído á echar 
en la casa. Los dichos indios que por allí parecían, andaban muy palia- 
renos, que no se osaban allegar á nosotros, antes huían; lo cual no nos 
pareció bien, porque el Almirante nos habia dicho que en llegando á 
aquel lugar salían tantas canoas dellos á bordo de los navios á vernos que 
no nos podríamos defender dellos, é que en el otro viage ansi lo facian; 
é como agora veíamos que estaban sospechosos de nosotros no nos 
parecía bien; con todo halagándolos aquel dia é arrojándolos algunas 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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cosas, ansi como cascabeles é cuentas, hobo de asegurarse un su pariente 
del dicho Guacamari é otros tres, los cuales entraron en la barca é 
trajéronlos á la nao. Después que le preguntaron por los cristianos dijeron 
que todos eran muertos, aunque ya nos lo habia dicho un indio de los 
que llevábamos de Castilla que lo habían hablado los dos indios que 
antes habían venido á la nao, que se habían quedado á bordo de la nao 
con su canoa, pero no le habíamos creído. Fué preguntado á este pariente 
de Guacamari quien los habia muerto; dijo que el Rey de Catmabó y el 
Rey Mayreni, é que le quemaron las casas del lugar, é que estaban 
clellos muchos heridos, é también el dicho Guacamari estaba pasado un 
muslo, y él que estaba en otro lugar y que él quería ir luego allá á lo 
llamar, al cual dieron algunas cosas, é luego se partió para donde estaba 
Guacamari. Todo aquel dia lo estovimos esperando, y desque vimos que 
no venían, muchos tenían sospecha que se habían ahogado los indios que 
antenoche habian venido, porque los habían dado á beber dos ó tres 
veces de vino, é venían en una canoa pequeña que se les podría trastornar. 
Otro dia de mañana salió á tierra el Almirante é algunos de nosotros, é 
fuemos donde solia estar la villa, la cual nos vimos toda quemada é los 
vestidos de los cristianos se hallaban por aquella yerba. Por aquella hora 
no vimos ningún muerto. Habia entre nosotros muchas razones diferentes, 
unos sospechando que el mismo Guacamari fuese en la traición ó muerte 
de los cristianos, otros les parecía que no, pues estaba quemada su 
villa, ansi que la cosa era mucho para dudar. El Almirante mandó catar 
todo el sitio donde los cristianos estaban fortalecidos por quel los habia 
mandado que desque toviesen alguna cantidad de oro que lo enterrasen. 
Entretanto que esto se hacia quiso llegar á ver á cerca de una legua do 
nos parecía que podría haber asiento para poder edificar una villa porque 
ya era tiempo, adonde fuimos ciertos con él mirando la tierra por la 
costa, fasta que llegamos á un poblado donde habia siete ú ocho casas, 
las quales habian desamparado los indios luego que nos vieron ir, é 
llevaron lo que pudieron é lo otro dejaron escondido entre yerbas junto 
con las casas, que es gente tan bestial que no tienen discreción para 
buscar lugar para habitar, que los que viven á la marina es maravilla 
cuan bestialmente edifican, que las casas enderedor tienen tan cubiertas 
de yerba ó de humidad, que estoy espantado como viven. En aquellas 
casas hallamos muchas cosas de los cristianos, las cuales no se creían que 
ellos hobiesen rescatado, ansi como una almalafa muy gentil, la cual no 
se habia descogido de como la llevaron de Castilla, é calzas é pedazos de 
paños, é una ancla de la nao quel Almirante habia allí perdido el otro 
viage, é otras cosas, de las cuales mas se esforzó nuestra opinión; y de 
acá hallamos, buscando las cosas que tenían guardadas en una esportilla 
mucho cosida é mucho á recabdo, una cabeza de hombre mucho guardada. 
Allí juzgamos por entonces que seria la cabeza de padre ó madre, ó 
de persona que mucho querían. Después he oído que hayan hallado 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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muchas desta manera, por donde creo ser verdad lo que allí juzgamos; 
desde allí nos tornamos. Aquel dia venimos por donde estaba la villa, y 
cuando llegamos hallamos muchos indios que se habían asegurado y 
estaban rescatando oro; tenian rescatado fasta un marco; hallamos que 
habrán mostrado donde estaban muertos 11 cristianos, cubiertos ya de 
la yerba que habia crecido sobre ellos, é todos hablaban por una boca 
que Caonabó 6 Mayreni los habían muerto; pero con todo eso asomaban 
queja que los cristianos uno tenia tres mugeres, otro cuatro, donde 
creemos quel mal que les vino fué de zelos. Otro día de mañana, porque 
en todo aquello no habia logar dispuesto para nosotros poder hacer 
asiento, acordó el Almirante fuese una carabela á una parte para mirar 
lugar conveniente, c algunos que fuimos con él fuimos á otra parte, á do 
hallamos un puerto muy seguro é muy gentil disposición de tierra para 
habitar, pero porque estaba lejos de donde nos deseábamos que estaba 
la mina de oro, no acordó el Almirante de poblar sino en otra parte que 
fuese mas cierta si se hallase conveniente disposición. Cuando venimos 
deste lugar hallamos venida la otra carabela que habia ido á la otra parte 
á buscar el dicho lugar, en la cual habia ido Melchior é otros cuatro ó 
cinco hombres de pro. E yendo costeando por tierra salió á ellos una 
canoa en que venian dos indios, el uno era hermano de Guacamari , el 
cual fué conocido por un piloto que iba en la dicha carabela, é preguntó 
quien iba allí, al cual, dijeron los hombres prencipales, dijeron que 
Guacamari les rogaba que se llegasen á tierra, donde el tenia su asiento 
con fasta 50 casas. Los dichos prencipales saltaron en tierra con la barca 
é fueron donde él estaba, el cual fallaron en su cama echado faciendo 
del doliente ferido. Pablaron con él preguntándole por los cristianos; 
respondió concertando con la mesma razón de los otros, que era que 
Caonabó é Mayreni los habia muerto, é que á él habian ferido en un 
muslo, el cual mostró ligado; los que entonces lo vieron asi les pareció 
que era verdad como él lo dijo; al tiempo del despedirse dio á cada uno 
dellos una joya de oro, á cada uno como le pareció que lo merescia. 
liste oro facían en fojas muy delgadas, porque lo quieren para facer 
carátulas é para poderse asentar un betún que ellos facen ,» si asi no fuese 
no se asentaría. Otro facen para traer en la cabeza é para colgar en las 
orejas é narices, ansi que todavia es menester que sea delgado, pues que 
ellos nada desto hacen por riqueza salvo por buen parecer. Dijo el dicho 
Guacamari por señas é como mejor pudo, que porque él estaba ansi 
herido que dijesen al Almirante que quisiere venir á verlo. Luego que! 
Almirante llegó, los sobredichos le contaron este caso. Otro dia de 
mañana acordó partir para allá, al cual lugar llegaríamos dentro de tres 
horas, porque apenas habia dende donde estábamos allá tres leguas; ansi 
que cuando allí llegamos era hora de comer; comimos antes de salir en 
tierra. Luego que hobimos comido mandó el Almirante que todos los 
capitanes viniesen con sus barcas para ir en tierra, porque ya esa mañana 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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antes que partiésemos de donde estábamos habia venido el sobredicho su 
hermano á hablar con el Almirante, c á darle priesa que fuese al lugar 
donde estaba el dicho Guacamari. Allí fué el Almirante á tierra é toda 
la gente de pro con él, tan ataviados que en una cibdad prencipal pare- 
cieran bien; llevó algunas cosas para le presentar, porque ya habia 
recibido del alguna catidad de oro, é era razón le respondiese con la obra 
é voluntad quél habia mostrado. El dicho Guacamari asimismo tenia 
aparejado para hacerle presente. Cuando llegamos hallárnosle echado en 
su cama, como ellos usan, colgado en el aire, fecha una cama de algodón 
como de red; no se levantó, salvo dende la cama hizo el semblante de 
cortesía como él mejor sopo, mostró mucho sentimiento con lágrimas en 
los ojos por la muerte de los Cristianos, é comenzó á hablar en ello 
mostrando como mejor podia, como unos murieron de dolencia, é como 
otros se habían ido á Caonabó á buscar la mina del oro é que allí los 
habían muerto, é los otros que se los habían venido á matar allí en su 
villa. A lo que parecían los cuerpos de los muertos no habia dos meses 
que habia acaecido. Esa hora él presentó al Almirante ocho marcos y 
medio de oro, é cinco ó 600 labrados de pedrería de diversos colores, é 
un bonete de la misma pedrería, lo cual me parece deben tener ellos en 
mucho. En el bonete estaba un joyel, lo cual le dio en mucha venera- 
ción. Paréceme que tienen en mas el cobre quel oro. Estábamos presen- 
tes yo y un zurugiano de armada; entonces dijo el Almirante al dicho 
Guacamari que nosotros eramos sabios de las enfermedades de los 
hombres, que nos quisiese mostrar la herida, el respondió que le placía, 
para lo cual yo dije que seria necesario, si pudiese, que saliese fuera de 
casa, porque con la mucha gente estaba escura é no se podría ver bien; 
lo cual él fizo luego, creo mas de empacho que de gana; arrimándose a 
el salió fuera. Después de asentado, llegó el zurugiano á él é comenzó de 
desligarle; entonces dijo al Almirante que era ferida fecha con ciba, que 
quiere decir con piedra. Después que fué desatada llegamos á tentarle- 
Es cierto que no tenia mas mal en aquella que en la otra, aunque él 
hacia del raposo que le dolia mucho. Ciertamente no se podia bien deter- 
minar porque las razones eran ignotas, que ciertamente muchas cosas 
habia que mostraban haber venido á él gente contraria. Ansimesmo el 
Almirante no sabía que se hacer; parescióle, é á otros muchos que por 
entonces fasta bien saber la verdad que se debia disimular, porque 
después de sabida, cada que quisiesen, se podia del recibir enmienda. 
E aquella tarde se vino con el Almirante á las naos, é mostráronles 
caballos é cuanto ahi habia, de lo cual quedó muy maravillado como de 
cosa extraña á él; tomó colación en la nao é esa tarde luego se tornó á 
su casa; el Almirante dijo que quería ir á habitar alli con el é quería 
facer casas, y el respondió que le placia, pero que el lugar era mal sano 
porque era muy húmido, é tal era por cierto. Esto todo pasaba estando 
por intérpretes dos indios de los que el otro viage habían ido á Castilla, 



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CRISTÓBAL COLÓN 



los cuales habían quedado vivos de siete que metimos en el puerto, que 
los cinco se murieron en el camino, los cuales escaparon á uña de 
caballo. Otro dia estuvimos surtos en aquel puerto; é quiso saber cuando 
se partida el Almirante; le mandó decir que otro dia. En aquel dia vinie- 
ron á la nao el sobredicho hermano suyo é otros con él, é trajeron algún 
oro para rescatar. Ansimesmo el dia que allá salimos se rescató buena 
cantidad de oro. En la nao habia 10 mujeres de las que se habían toma- 
do en las islas de Cariby; eran las mas dellas de Boriquen. Aquel herma- 
no de Guacamari habló con ellas; creemos que les dijo lo que luego 
aquella noche pusieron por obra, y es que al primer sueño muy mansa- 
mente se echaron al agua é se fueron á tierra, de manera que cuando 
fueron falladas menos, iban tanto trecho que con las barcas no pudieron 
tomar mas de las cuatro, las cuales tomaron al salir del agua; fueron 
nadando mas de una gran media legua. Otro dia de mañana envió el 
Almirante á decir á Guacamari que le enviase aquellas mugeres que la 
noche antes se habian huido, c que luego las mandase buscar. Cuando 
fueron hallaron el lugar despoblado, que no estaba persona en él; ahi 
tornaron muchos fuerte á afirmar su sospecha, otros decían que se habría 
mudado á otra población, quellos ansi lo suelen hacer. Aquel dia estovi- 
mos alli quedos porque el tiempo era contrario para salir; otro dia 
de mañana acordó el Almirante, pues que el tiempo era contrario, que 
seria bien ir con las barcas á ver un puerto la costa arriba, fasta el cual 
habria 2 leguas, para ver si habia dispusicion de tierra para haber habi- 
tación; donde fuemos con todas las barcas de los navios, dejando los 
navios en el puerto. Fuimos corriendo toda la costa, é también estos no 
se seguraban bien de nosotros; llegamos á un lugar de donde todos eran 
huidos. Andando por él fallamos junto con las casas, metido en el monte, 
un indio ferido de una vara, de una ferida que resollaba por las espaldas, 
que no habia podido ir más lejos. Los destas islas pelean con unas varas 
agudas, las cuales tiran con unas tiranderas como las que tiran los mo- 
chadlos las varillas en Castilla, con las cuales tiran muy lejos asaz cer- 
tero. Es cierto que para gente desarmada que pueden hacer harto daño. 
Este nos dijo que Caonabó é los suyos lo habian ferido, é habian que- 
mado las casas á Guacamari. Ansí quel poco entender que los entende- 
mos, é las razones equivocas nos han traído á todos tan añascados que 
fasta agora no se ha podido saber la verdad de la muerte cié nuestra 
gente, é no hallamos en aquel puerto dispusicion saludable para hacer 
habitación. Acordó el Almirante nos tornásemos por la costa arriba por 
do habíamos venido de Castilla, porque la nueva del oro era fasta allá. 
Euenos el tiempo contrario, que mayor pena nos fué tornar 30 leguas 
atrás que venir desde Castilla, que con el tiempo contrario é la largueza 
del camino ya eran tres meses pasados cuando descendimos en tierra. 
Plugo á nuestro Señor que por la contrariedad del tiempo que no nos 
dejo ir mas adelante, hobimos de tomar tierra en el mejor sitio y dispu- 






ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



105 



sicion que pudiéramos escocer, donde hay mucho buen puerto c gran 
pesquería, de la cual tenemos mucha necesidad por el carecimiento de 
las carnes. Hay en esta tierra muy singular pescado mas sano quel de 
España. Verdad sea que la tierra no consiente que se guarde de un día 
para otro porque es caliente é húmida, é por ende luego las cosas intro- 
íatibles ligeramente se corrompen. La tierra es muy gruesa para todas 
cosas; tiene junto un rio principal é otro razonable, asaz cerca de muy 
singular agua; edificase sobre la ribera del una cibdad Marta, junto quel 
lugar se deslinda con el agua, de manera que la mitad de la cibdad, 
queda cercada de agua con una barranca de peña tajada, tal que por alli 
no ha menester defensa ninguna; la otra mitad está cercada de una arbo- 
leda espesa que apenas podrá un conejo andar por ella: es tan verde que 
en ningún tiempo del mundo fuego la podrá quemar: hasc comenzado á 
traer un brazo del rio, el cual dicen los maestros que trairán por medio 
del lugar é asentará en él moliendas c sierras de agua, é cuanto se pudie- 
ze hacer con agua. Han sembrado mucha hortaliza, la cual es cierto que 
crece mas en ocho dias que en España en veinte. Vienen aquí continua- 
mente muchos indios é caciques con ellos, que son como capitanes dellos, 
é muchas indias; todos vienen cargados de ages, que son como nabos, 
muy excelente manjar, de los cuales facemos acá muchas maneras de 
manjares en cualquier manera; es tanto cordial manjar que nos tiene á 
todos muy consolados, porque de verdad la vida que se trajo por la mar 
ha sido la más estrecha que nunca hombres pasaron, é fué ansi necesario 
porque no sabíamos qué tiempo nos haria, ó cuanto permitiría Dios que 
cstoviesemos en el camino; ansi que fué cordura estrecharnos, porque 
cualquier tiempo que viniera pudiéramos conservar la vida. Rescatan el 
oro é mantenimientos c todo lo que traen por cabos de agujetas, por 
cuentas, por alfileres, por pedazos de escudillas c de plateles. A este age 
llaman los de Caribi nabi, c los indios hage. Toda esta gente, como 
dicho tengo, andan como nacieron, salvo las mugeres de esta isla traen 
cubiertas sus vergüenzas, dellas con ropas de algodón que le ciñen las 
caderas, otras con yerbas é fojas de árboles. Sus galas dellos c dellas es 
pintarse, unos de negro, otros de blanco c colorado, de tantos visajes que 
en verlos es bien cosa de rcir; las cabezas rapadas en logares, é en loga- 
res con vedijas de tantas maneras que no se podría escrebir. En conclu- 
sión, que todo lo que allá en nuestra España quieren hacer en la cabeza 
de un loco, acá el mejor dellos vos lo terna en mucha merced. Aqui esta- 
mos en comarca de muchas minas de oro, que según lo que ellos dicen 
no hay cada una dellas de 20 ó 25 leguas; las unas dicen que son en 
Niti, en poder de Caonabó, aquel que mató los cristianos; otras hay en 
otra parte que se llama Cibao, las cuales, si place á nuestro Señor, sabre- 
mos ó veremos con los ojos antes que pasen muchos dias, porque agora 
se ficicra, sino porque hay tantas cosas de proveer que no bastamos para 
todo, porque la gente ha adolecido en cuatro ó cinco dias el tercio della, 

Cristóbal Colón, t. ii. — 14. 



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CRISTÓBAL COLON 



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crco la mayor causa dcllo ha sido el trabajo é mala pasada del camino; 
allende de la diversidad de la tierra; pero espero en nuestro Señor que 
todos se levantarán con salud. Lo que parece desta gente, es que si 
lengua toviesemos, que todos se convertirían, porque cuanto nos vecn 
facer tanto facen, en hincar las rodillas á los altares, é al Ave María, é á 
las otras devociones é santiguarse; todos dicen que quieren ser cristianos, 
puesto que verdaderamente son idólatras, porque en sus casas hay figu- 
ras de muchas maneras; yo les he preguntado que es aquello, dícenme 
que es cosa de Turey, que quiere decir del cielo. Yo acometí á querer 
echárselos en el fuego é hádaseles de mal que querían llorar; pero ansi 
piensan que cuanto nosotros traemos que es cosa del cielo, que á todo 
llaman Turey, que quiere decir cielo. El dia que yo sali á dormir en 
tierra fué el primero dia del Señor; el poco tiempo que habernos gastado 
en tierra ha sido mas en hacer donde nos metamos, é buscar las cosas 
necesarias, que en saber las cosas que hay en la tierra, pero aunque ha 
sido poco se han visto cosas bien de maravillar, que se han visto árboles 
que llevan lana y harto fina, tal que los que saben del arte dicen que 
podrán hacer buenos paños dellas. Destos árboles hay tantos que se 
podrán cargar las carabelas de la lana, aunque es trabajosa de coger, 
porque los árboles son muy espinosos; pero bien se puede hallar ingenio 
para la coger. Hay infinito algodón de árboles perpetuos tan grandes 
como duraznos. I lay árboles que llevan cera en color y en sabor é en 
arder tan buena como la de abejas, tal, que no hay diferencia mucha de 
la una á la otra. Hay infinitos árboles de trementina muy singular é muy 
fina. Ha}' mucha alquitira, también muy buena. Hay arboles que pienso 
que llevan nueces moscadas, salvo que agora están sin fruto, é digo que 
lo pienso porque el sabor y olor de la corteza es como de nueces mosca- 
das. Vi una raiz de gengibre que la traia un indio colgada al cuello. Hay 
también lináloe, aunque no es de la manera del que fasta agora se ha 
visto en nuestras partes: pero no es de dudar que sea una de las espe- 
cias de lináloes que los dotores ponemos. También se ha hallado una ma- 
nera de canela, verdad es que no es tan fina como la que allá se ha visto, 
no sabemos si por ventura lo hace el defecto de saberla coger en sus 
tiempos como se ha de coger, ó si por ventura la tierra no la lleva mejor. 
También se ha hallado mirabolanos cetrinos, salvo que agora no están 
sino debajo del árbol, como la tierra es muy húmida están podridos, 
tienen el sabor mucho amargo, yo creo sea del podrimiento; pero todo 
lo otro, salvo el sabor que está corrompido, es de mirabolanos verdade- 
ros. Hay también almástica muy buena. Todas estas gentes destas islas 
que fasta agora se han visto, no poseen fierro ninguno. Tienen muchas 
ferramientas ansi como áchas é azuelas hechas de piedra, tan gentiles é 
tan labradas que es maravilla como sin fierro se pueden hacer. El mante- 
nimiento suyo es pan hecho de raices de una yerba que es entre árbol é 
yerba, é el age, de que ya tengo dicho que es como nabos, que es muy 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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1 Igual vacío en el original. 



buen mantenimiento; tienen por especia, por lo adobar, una especia que 
se llama agi, con la cual comen también el pescado, como aves cuando 
las pueden haber, que hay infinitas de muchas maneras. Tienen otrosí 
unos granos como avellanas, buenos de comer. Comen cuantas culebras 
é lagartos é arañas é cuantos gusanos se hallan por el suelo; ansí que me 
parece es mayor su bestialidad que de ninguna bestia del mundo. Después 
de una vez haber determinado el Almirante de dejar el descobrir las 
minas fasta primero enviar los navios que se habían de partir á Castilla, 
por la mucha enfermedad que había seido en la gente, acordó de enviar 
dos cuadrillas con dos Capitanes, el uno á Cibao y el otro á Niti, donde 
está Caonabó, de que ya he dicho, los cuales fueron é vinieron el uno á 
20 dias de Enero, é el otro á 21 ; el que fué á Cibao halló oro en tantas 
partes que no lo osa hombre decir, que de verdad en mas de 50 arroyos 
é rios hallaban oro, é fuera de los rios por tierra; de manera que en toda 
aquella provincia dice que doquiera que lo quieran buscar lo hallarán. 
Trajo muestras de muchas partes como en la arena de los rios é en las 
hontizuelas, que están sobre tierra, créese que cavando, como sabemos 
hacer, se hallará en mayores pedazos, porque los indios no saben cavar 
ni tienen con que puedan cavar de un palmo arriba. El otro que fue a 
Niti trajo también nueva de mucho oro en tres ó cuatro partes; ansimesmo 
trajo la muestra dello. Ansí que de cierto los Reyes nuestros Señores 
desde agora se pueden tener por los mas prósperos é mas ricos Príncipes 
del mundo, porque tal cosa hasta agora no se ha visto ni leido de ninguno 
en el mundo, porque verdaderamente á otro camino que los navios 
vuelvan pueden llevar tanta cantidad de oro que se puedan maravillar 
cualesquiera que lo supieren. Aquí me parece será bien cesar el cuento; 
creo los que no me conocen que oyeren estas cosas, me teman por 
prolijo é por hombre que ha alargado algo; pero Dios es testigo que yo 
no he traspasado una jota los términos de la verdad. 

I lasta aqui es el trcslado de lo que conviene á nuevas de aquellas 
partes é Indias. Lo demás que venia en la carta no hace al caso, porque 
son cosas particulares que el dicho Dr. Chanca, como natural de Sevilla, 
suplicaba y encomendaba á los del Cabildo de Sevilla que tocaba á su 
hacienda y á los suyos, que en la dicha Cibdad habia dejado, y llegó 
esta á Sevilla en el mes de 1 año de 1493 años. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



(B).— Pág. 656, tomó 1." 

Memorial que en 30 de Enero de 1494 envió á eos Reyes Cató- 
licos el Almirante Don CRISTO VAL COLÓN, sobre los 

SUCESOS DEL SEGUNDO VIAJE Y NECESIDADES DE LA NUEVA 
COLONIA. 

(Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos , tomo I, pág. 373 de la segunda edición.) 



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Lo que vos Antonio de Torres, capitán de la nao Marigalante, é 
Alcaide de la ciudad Isabela, habéis de decir é suplicar de mi parte al 
Rey é á la Reina nuestros señores, es lo siguiente: 

Primeramente, dadas las cartas de creencia que lleváis de mi para 
sus Altezas, besareis por mi sus reales pies é manos, é me encomendareis 
en sus Altezas como á Rey é Reina mis señores naturales, en cuyo 
servicio yo deseo fenecer mis dias, como esto mas largamente vos 
podréis decir á sus Altezas, según lo que en mi vistes é supistes. 
Sus Altezas se lo tienen en señuelo '. 

ítem : como (miera que por las cartas que á sus Altezas escribo, y 
aun el P. Fray Buil y el tesorero, podran comprender todo lo que acá 
después de nuestra llegada se fizo, y esto harto por menudo y extensa- 
mente; con todo diréis á sus Altezas de mi parte que á Dios ha placido 
darme tal gracia para en su servicio, que hasta aquí no hallo yo menos 
ni se ha hallado en cosa alguna de lo que yo escribí y dije, y afirmé á sus 
Altezas en los dias pasados, antes por gracia de Dios espero que aun 
muy mas claramente y muy presto, por la obra parescerá, porque las 
cosas de especería en solas las orillas de la mar, sin haber entrado dentro 
en la tierra, se halla tal rastro é principios della, que es razón que se 
esperen muy mejores fines, y esto mismo en las minas del oro, porque 
con solos dos que fueron á descubrir, cada uno por su parte, sin detenerse 
allá porque era poca gente, se han descubierto tantos ríos tan poblados 
de oro, que cualquier de los que lo vieron é cojieron, solamente con las 
manos por muestra, vinieron tan alegres, y dicen tantas cosas de la 
abundancia dello, que yo tengo empacho de las decir y escribir á sus 
Altezas; pero porque allá vá Gorbalan, que fué uno de los descubridores, 
é dirá lo que vio, aunque acá queda otro que llaman Hojeda, criado del 
Duque de Medinaceli, muy discreto mozo y de muy gran recabdo, que 
sin duda y aun sin comparación descubrió mucho mas, según el memorial 
de los ríos que él trajo, diciendo que en cada uno hay cosa de no creella; 



1 En el original que volvió a recoger Antonio de Torres, y en el traslado en el Re- 
gistro del Archivo de Indias de Sevilla, las respuestas van al margen de cada capítulo. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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por lo cual sus Altezas pueden dar gracias á Dios, pues tan favorable- 
mente se ha en todas sus cosas. 

Sus Altezas dan muchas gracias á Dios por esto, y tienen en 

muy señalado servicio al Almirante todo lo que en esto ha fecho y hace. 

porque conocen que después de Dios á él son en cargo de todo lo que 

en esto han habido c llovieren; y porque cerca desto escriben mas largo. 

á su carta se remiten. 
ítem : diréis á sus Altezas , como quier que ya se les escribe, que yo 
deseaba mucho en esta armada poderles enviar mayor cantidad de oro 
del que acá se espera poder cojer, si la jente que acá está nuestra la 
mayor parte súbitamente no cayera doliente; pero porque ya esta armada 
non se podia detener acá mas, siquiera por la costa grande que hace, 
siquiera porque el tiempo es este propio para ir y poder volver los que 
han de traer acá las cosas que aquí hacen mucha mengua, porque si 
tardasen de irse de aqui non podrían volverse para Mayo los que han 
de volver, y allende desto si con los sanos que acá se hallan, asi en mar 
como en tierra en la población, yo quisiera emprender de ir á las minas 
ó rios agora, habría muchas dificultades c aun peligros, porque de aqui 
á veintitrés ó veinticuatro leguas es donde hay puertos c rios para 
pasar, y para tan largo camino, y para estar allá el tiempo que seria 
menester para cojer el oro, habría menester llevar muchos manteni- 
mientos, los cuales non podrían llevar á cuestas, ni hay bestias acá que á 
esto pudiesen suplir, ni los caminos é pasos non están tan aparejados, 
como quier que se han comenzado á adovar para que se pudiesen pasar; 
y también era grande inconveniente dejar acá los dolientes en lugar 
abierto y chozas, y las provisiones y mantenimientos que están en tierra, 
que como quier que estos indios se hayan mostrado á los descubridores 
y se muestran cada dia muy simples y sin malicia; con todo porque cada 
dia vienen acá entre nosotros, non pareció que fuera buen consejo meter 
á riesgo y á ventura de perderse esta gente y los mantenimientos, lo 
que un indio con un tirón podría hacer poniendo fuego á las chozas, 
porque de noche y de dia siempre van y vienen; á causa dellos tenemos 
guardas en el campo mientras la población está abierta y sin defensión. 
Que lo hizo bien. 

Otrosi: como habernos visto en los que fueron por tierra á descubrir 
que los mas cayeron dolientes después de vueltos, y aun algunos se 
llovieron de volver del camino, era también razón de temer que otro tal 
conteciese á los que agora irían destos sanos que se hallan, y seguirse 
hian dos peligros de alli, el uno de adolecer allá en la misma obra dó 
no hay casa ni reparo alguno de aquel cacique que llaman Caonabó, que 
es hombre, según relación de todos, muy malo y muy mas atrevido, el 
cual viéndonos allá asi desbaratados y dolientes, podría emprender lo 
que non osaría si fuésemos sanos: y con esto mismo se allega otra 
dificultad de traer acá lo que llegásemos de oro, porque ó habíamos de 



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traer poco y ir y venir cada dia, y meterse en el riesgo de las dolencias, 
ó se habia de enviar con alguna parte de la gente con el mismo peligro 
de perderlo. 

Lo hizo bien. 

Asi que diréis á sus Altezas, que estas son las cabsas verdaderas 
porque de presente non se ha detenido el armada, ni se ¡es envia oro 
mas de las muestras; pero confiando en la misericordia de Dios, que en 
todo y por todo nos ha guiado hasta aqui, esta gente convalescerá presto, 
como ya lo hace, porque solamente les prueba la tierra de algunas 
ceciones, y luego se levantan; y es cierto que si tuviesen algunas carnes 
frescas para convalescer muy presto serian todos en pié con ayuda de 
Dios, é aun los mas estarían ya convalescidos en este tiempo, empero 
que ellos convalesceran : con estos pocos sanos que acá quedan, cada dia 
se entiende en cerrar la población y meterla en alguna defensa, y los 
mantenimientos en seguro, que será fecho dentro en breves dias, porque 
non ha de ser sino albarradas, que non son gente los indios que si 
dormiendo non nos fallasen, para emprender cosa ninguna, aunque la 
toviesen pensada, que asi hicieron a los otros que acá quedaron por su 
mal recabdo, los cuales por pocos que fuesen , y por mayores ocasiones 
que dieran á los indios de haber é de hacer lo que hicieron, nunca ellos 
osaran emprender de dañarles si los vieran a buen recabdo: y esto fecho 
luego se entenderá en ir á los dichos ríos, ó desde aqui tomando el 
camino, y buscando los mayores expedientes que se puedan, ó por la 
mar rodeando la isla fasta aquella parte de donde se dice que no debe 
haber mas de seis ó siete leguas hasta los dichos rios; por forma que con 
seguridad se pueda cojer el oro y ponerlo en recabdo de alguna fortaleza 
ó torre que alli se haga luego, para tenerlo cojido al tiempo que las dos 
carabelas volverán acá, é para que luego con el primer tiempo que sea 
para navegar este camino se envié á buen recabdo. 

Que está bien, y asi lo debe hacer. 

ítem: diréis á sus Altezas, como dicho es, que las causas délas 
dolencias tan general de todos, es de mudamiento de aguas y aires, 
porque vemos que á todos arreo se extiende y peligran pocos; por consi- 
guiente la conservación de la sanidad, después de Dios, está en que esta 
gente sea proveída de los mantenimientos que en España acostumbraban; 
porque dellos ni de otros que viniesen de nuevo sus Altezas se podran 
servir si no están sanos; y esta provisión ha de durar hasta que acá se 
haya fecho simiente de lo que acá se sembrare é plantare, digo de trigo 
y cebadas é viñas, de lo cual para este año se ha fecho poco, porque no 
se pudo de antes tomar asiento, y luego que se tomó adolescieron 
aquellos poquitos labradores que acá estaban, los cuales aunque estu- 
vieran sanos tenían tan pocas bestias y tan magras y flacas, que poco es 
lo que pudieran hacer: con todo alguna cosa han sembrado, mas para 
probar la tierra, que parece muy maravillosa, para que de alli se pueda 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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esperar remedio alguno en nuestras necesidades. Somos bien ciertos, 
como la obra lo muestra, que en esta tierra asi el trigo como el vino 
nacerá muy bien; pero háse de esperar el fruto, el cual si tal será como 
muestra la presteza del nacer del trigo, y de algunos poquitos de sar- 
mientos que se pusieron, es cierto que non fará mengua el Andalucía ni 
Sevilla aqui, nin en las cañas de azúcar, según unas poquitas que se 
pusieron han prendido; porque es cierto que la hermosura de la tierra de 
estas islas, asi de montes c sierras y aguas, como de vegas donde hay 
ríos cabdales, es tal la vista que ninguna otra tierra quel sol escaliente 
puede ser mejor al parecer ni tan fermosa. 

Pues la tierra es tal, que debe procurar que se siembre lo mas que 
ser pudiera de todas cosas, y á Don Juan de Fonseca se escribe que 
envié de contino todo lo que fuere menester para esto. 
ítem: diréis, que á cabsa de haberse derramado mucho vino en este 
camino del que la flota traia, y esto, según dicen los mas, á culpa de la 
mala obra que los toneleros ficieron en Sevilla, la mayor mengua que 
agora tenemos aqui, ó esperamos por esto tener, es de vinos, y como 
quier que tengamos para mas tiempo asi bizcocho como trigo, con todo 
es necesario que también se envié alguna cantidad razonable, porque el 
camino es largo y cada dia no se puede proveer, c asimismo algunas 
canales, digo tocinos, y otra cecina que sea mejor que la que habernos 
traído este camino. De carneros vivos, y aun antes corderos y corde- 
ricas, mas fembras que machos, y algunos becerros y becerras pequeñas 
son menester, que cada vez vengan en cualquier carabela que acá se 
enviare, y algunas asnas y asnos, y yeguas para trabajo y simiente, cine 
acá ninguna destas animalias ha)' de que hombre se pueda ayudar ni 
valer. Y porque recelo que sus Altezas no se fallaran en Sevilla, ni los 
oficiales ó Ministros suyos sin expreso mandamiento no proveerán en lo 
porque agora en este primero camino es necesario que venga, porque en 
la consulta y en la respuesta se pasaría la sazón del partir de los navios 
que acá por todo Mayo es necesario que sean, diréis á sus Altezas como 
yo vos di cargo y mande, que del oro que allá lleváis, empeñándolo (5 
poniéndolo en poder de algún mercader en Sevilla, el cual distraya y 
ponga los maravedís que serán menester para cargar dos carabelas de 
vino y trigo, y de las otras cosas que lleváis por memorial, el cual 
mercader lleve ó envié el dicho oro para sus Altezas, que le vean, 
resciban y hagan pagar lo que lloviere distraído y puesto para el 
despacho y cargazón de las dichas dos carabelas , las cuales por consolar 
y esforzar esta gente que acá queda, cumple que fagan más de poder ser 
acá vueltas por todo el mes de Mayo, porque la gente antes de entrar en 
el verano vea é tenga algún refrescamiento destas cosas, en especial para 
las dolencias; de las cuales cosas acá ya tenemos gran mengua, como 
son pasas, azúcar, almendras, miel ó arroz, que debiera venir en gran 
cuantidad c vino muy poco, e aquello que vino es ya consumido é 



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CRISTÓBAL COLÓN 



gastado, y aun la mayor parte de las medecinas que de allá se trajicron, 
por la muchedumbre de los muchos dolientes; de las cuales cosas, como 
dicho es, vos lleváis memoriales asi para sanos como para dolientes, 
firmados de mi mano, los cuales cumplidamente, si el dinero bastare, ó 
á lo menos lo que mas necesario sea para agora despachar es, para que 
lo puedan luego traer los dichos dos navios, y lo que quedare procurareis 
con sus Altezas que con otros navios venga lo mas pronto que ser 
pudiere. 

Sus Altezas enviaron A mandar á Don Juan de Fonseca que 
luego Iiaga información de los que hicieron ese engaño en los toneles. 
y de sus bienes haga que se cobre todo el daño que vino en el vino, con 
las costas; y en lo de las cañas vea como las que se enviaren sean 
buenas , y en las otras cosas que aqui dice que las provea luego. 
ítem: diréis á sus Altezas que á cabsa que acá no hay lenguas por 
medio de la cual á esta gente se pueda dar á entender nuestra sancta fé, 
como sus Altezas desean, y aun los que acá estamos, como quier que se 
trabajará cuanto pudieren, se envían de presente con estos navios de los 
caníbales asi hombres como mujeres, y niños y niñas, los cuales sus 
Altezas pueden mandar poner en poder de personas con quien puedan 
mejor aprender la lengua, ejercitándolos en cosas de servicio, y poco 
á poco mandando poner en ellos algún mas cuidado que en otros 
esclavos, para que deprendan unos de otros, que no se hablen ni se vean 
sino muy tarde, que mas pronto deprenderán allá que no acá; y serán 
mejores intérpretes, como quier que acá non se dejará de hacer lo que se 
pueda; es verdad que como esta gente platican poco los de una isla con 
los de otra, en las lenguas hay alguna diferencia entre ellos según como 
están mas cerca ó mas lejos; y porque entre las otras islas las de los 
caníbales son mucho grandes y mucho bien pobladas, parecerá acá que 
tomar dellos y dellas y enviarlos allá á Castilla non seria sino bien, 
porque quitarse hian de una vez de aquella inhumana costumbre que 
tienen de comer hombres; y allá en Castilla entendiendo la lengua muy 
mas presto rescibirian el bautismo y farian el provecho de sus ánimas; ' 
aun entre estos pueblos que non son destas costumbres, se ganaría gran 
crédito por nosotros viendo que aquellos prendiésemos y enviaremos, 
de quien ellos suelen rescebir daños, y tienen tamaño miedo que dei 
nombre solo se espantan; certificando á sus Altezas que la venida é 
vistas desta flota acá en esta tierra asi junta y hermosa, ha dado muy 
grande autoridad á esto; y muy grande seguridad para las cosas veni- 
deras, porque toda esta gente de esta grande isla y de las otras, viendo 
el buen tratamiento que á los buenos se fará y el castigo que á los malos 
se dará, verná á obediencia prestamente para poderlos mandar como 
vasallos de sus Altezas. Y como quier que ellos agora, do quier que 
hombre se halle non solo hacen de grado lo que hombre quiere que 
fagan, mas ellos de su voluntad se ponen á todo lo que entienden que 



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ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



113 



nos pueda placer; y también pueden ser ciertos sus Altezas que non 
menos allá entre los cristianos príncipes les haber dado reputación grande 
la venida desta armada por muchos respetos, asi presentes como veni- 
deros, los cuales sus Altezas podran mejor pensar y entender que non 
sabría yo decir. 

Pe a i- le liéis lo que acá ha habido en lo de los Caníbales que acá 

vinieron. 

Que está muy bien, y asi lo debe hacer; pero que procure allá. 

como si ser pudiere , se reduzgan á nuestra sánela fe católica, y asi 

mismo lo procure con los de las islas donde está. 
ítem: diréis á sus Altezas, que el provecho de las almas de los dichos 
cámbales, y aun destos de acá, ha traído el pensamiento que cuantos 
mas allá se llevasen seria mejor; y en ello podrían sus Altezas ser servidos 
desta manera: que visto cuanto son acá menester los ganados y bestias 
de trabajo para el sostenimiento de la gente que acá ha de estar, y bien 
de todas estas islas, sus Altezas podran dar licencia ó permiso á un 
número de carabelas suficiente que vengan acá cada año y trayan de los 
dichos ganados y otros mantenimientos y cosas para poblar el campo y 
aprovechar la tierra, y esto en precios razonables, á sus costas de los 
que las trujieran, las cuales cosas se las podran pagar en esclavos destos 
caníbales, gente tan fiera y dispuesta y bien proporcionada y de muy 
buen entendimiento, los cuales quitados de aquella inhumanidad creemos 
que serán mejores que otros ningunos esclavos, la cual luego perderán que 
sean fuera de su tierra, y de estos podran haber muchos con las fustas 
de remos que acá se entienden de hacer; fecho empero presupuesto, que 
cada una de las carabelas que viniesen de sus Altezas pusiesen una 
persona fiable, la cual defendiese las dichas carabelas que non descen- 
diesen á ninguna otra parte ni isla, salvo aqui, donde ha de estar la carga 
y descarga de toda la mercaduría, y aun destos esclavos que se llevaren, 
sus altezas podrían haber sus derechos allá; y desto traeréis ó enviareis 
respuesta, porque acá se hayan los aparejos que son menester con mas 
confianza, si á sus Altezas pareciere bien. 

En esto se ha suspendido por agora hasta que venga otro camino 

de allá , y escriba el Almirante lo que a esto le paresciere. 
ítem: también diréis á sus Altezas, que mas provechoso es y menor 
costa fletar los navios como los fletan los mercaderes para Flandes por 
toneladas, que non de otra manera; por ende que yo vos di cargo de 
fletar á este respecto las dos carabelas que haveis luego de enviar; 
y asi se podrá hacer de todas las otras que sus Altezas enviasen si de 
aquella forma se teman por servidos; pero non entiendo decir esto de las 
que han de venir con su licencia por la mercaduría de los esclavos. 

Sus Altezas mandan á Don Juan de Fonscca que en el fletar de 

las carabelas tenga esta forma si ser pudiere. 
ítem: Diréis á sus Altezas que á causa de excusar alguna mas costa, 








Cristóbal Colón, t. ii. 



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CRISTÓBAL COLÓN 





==,, yo merqué estas carabelas que lleváis por memoria para retenerlas acá 
IkíC^^O^j/ 'II con es ^s dos naos, conviene á saber, la Gallega y esa otra Capitana, de 
la cual merque por semejante del Maestre della los tres ochavos, por el 
precio que en el dicho memorial destas copias lleváis firmado de mi 
mano, los cuales navios non solo darán auctoridad y gran seguridad á la 
gente que ha de estar dentro y conversar con los indios para cojer el oro, 
mas aun para cualquier otra cosa de peligro que de jente extraña pudiese 
acontecer, allende que las carabelas sean necesarias para el descubrir de 
la tierra firme y otras islas que entre aquí é allá están; y suplicareis á sus 
Altezas que los maravedís que estos navios cuestan manden pagar en los 
tiempos que se les ha prometido, porque sin dubda ellos ganaran bien su 
costa, según yo creo y espero en la misericordia de Dios. 

El Almirante lo hizo bien . y decirle heis como acá se pagó al 
que vendió la nao. y mandaron á Don Juan de Fonseca que pague lo 
de las carabelas que el Almirante compró. 

ítem: diréis á sus Altezas y suplicareis de mi parte cuanto mas 
humildemente pueda, que les plega mucho mirar en lo que por las cartas 
y otras escripturas verán mas largamente tocante á la paz é sosiego é 
concordia de los que acá están , y que para las cosas del servicio de sus 
Altezas escojan tales personas que non se tenga recelo dellas, y que 
miren mas á lo porque se envían que non a sus proprios intereses, y en 
esto, pues que todas las cosas vistes é supistes, hablareis y diréis á sus 
.Altezas la verdad de todas las cosas como las comprendistes, y que la 
Provisión de sus Altezas que sobre ello mandaren fazer venga con los 
primeros navios, si posible fuere, á fin que acá non se hagan escándalos 
en cosa que tanto vá en el servicio de sus Altezas. 

Sus Altezas están bien informados desto. y en todo se proveerá 
como conviene. 

ítem : diréis á sus Altezas el asiento desta ciudad c la fermosura de 
la provincia alrededor como lo vistes y comprendistes, y como yo vos 
fice alcayde della por los poderes que de sus Altezas tengo para ello, á 
las cuales humildemente suplico que en alguna parte de satisfacción de 
vuestros servicios tengan por bien la dicha provisión, como en sus 
Altezas yo espero. 

A sus Altezas place que vos seáis Alcayde. 

ítem: porque Alosen Pedro Margante, criado de sus Altezas, ha 
bien servido, y espero que asi lo hará adelante en las cosas que le fueren 
encomendadas, he habido placer de su quedada aqui, y también de 
Gaspar y Beltran por ser conocidos criados de sus Altezas para los poner 
en cosas de confianza; suplicareis á sus Altezas que en especial á Mosen 
Pedro, que es casado y tiene hijos, le provean de alguna encomienda en 
la orden de Santiago, de la cual él tiene el hábito, porque su mujer é 
hijos tengan en que vivir. Asimismo haréis relación de Juan Aguado, 
criado de sus Altezas, cuan bien é dilijentemente ha servido en todo lo 





ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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que le ha seido mandado; que suplico á sus Altezas á él é á los sobre- 
dichos los hayan por encomendados é por presentes. 

Sus Altezas mandaron asentar á Alosen Pedro treinta mili mara- 
vedís cada año, y á Gaspar y Beltran quince mili maravedís cada año 
desde hoy ij de Agosto de pq en adelante, y asi les haga pagar el 
Almirante en lo que allá se lloviere de pagar, y don Juan de Fon seca 
en lo que acá se hoviere de pagar; y en lo de Juan Aguado sus Altezas 
habrán memoria del. 
ítem: diréis á sus Altezas el trabajo que el Doctor Chanca tiene con 
el afruente de tantos dolientes, y aun la estrechura de los mantenimientos, 
é aun con todo ello se dispone con gran dilijencia y caridad en todo lo 
que cumple á su oficio; y porque sus Altezas remitieron á mí el salario 
que acá se le habia de dar, porque estando acá es cierto quél no toma ni 
puede haber nada de ninguno, ni ganar de su oficio como en Castilla 
ganaba, ó podría ganar estando á su reposo é viviendo de otra manera 
que acá no vive; y asi que como quiera que él jura que es mas lo que 
allá ganaba allende el salario que sus Altezas le dan, y non me quise 
extender mas de cincuenta mili maravedís por el trabajo que acá pasa 
cada un año mientras acá estoviera, los cuales suplico á sus Altezas le 
manden librar con el sueldo de acá, y eso mismo, porque él dice y afirma 
que todos los físicos de vuestras Altezas que andan en reales, ó seme- 
jantes cosas que estas, suelen haber de derecho un dia de sueldo en todo 
el año de toda la gente: con todo he seido informado, y dícenme que 
como quier que esto sea, la costumbre es de darles cierta suma tasada á 
voluntad y mandamiento de sus Altezas en compensas de aquel dia de- 
sueldo. Suplicareis á sus Altezas que en ello manden proveer, asi en lo 
del salario como dcsta costumbre, por forma que el dicho doctor tenga 
razón de ser contento. 

A sus Altezas place desto del doctor Chanca . y que se le pague 
esto desde que l Almirante ge lo asentó, y que ge los pague con lo del 
sueldo. 

En esto del dia de los físicos, non lo acostumbran haber sino donde 
el Rey nuestro Señor está en persona. 
ítem: diréis á sus Altezas de Coronel, cuanto es hombre para servir 
a sus Altezas en muchas cosas, y cuanto ha servido hasta aqui en todo 
lo necesario, y la mengua que del sentimos agora que está doliente, y 
que sirviendo de tal manera es razón qu' el sienta el fruto de su servicio, 
non solo en las mercedes para después, mas en lo de su salario, en lo 
presente, en manera qu' él é los que acá están sientan que los aprovecha 
el servicio, porque segund el ejercicio que acá se ha de tener en cojer 
este oro, no son de tener en poco las personas en quien tanta dilijencia 
hay: y porque por su habilidad se proveyó acá por mí del oficio de 
alguacil mayor destas Indias, y en la provisión vá el salario en blanco, 
que suplico á sus Altezas gelo manden henchir como mas sea su servicio, 



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CRISTÓBAL COLÓN 






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mirando sus servicios; confirmándole la provisión que acá se le dio é 
proveyéndole de al de juro. 

Sus Altezas mandan que le asienten ijooo maravedís cada año 
mas de su sueldo, á que se le paguen cuando le pagaren su sueldo. 
Asimismo diréis á sus Altezas como aqui vino el bachiller Gil García 
por alcalde mayor é non se le ha consignado ni nombrado salario, yes 
persona de bien y de buenas letras, é dilijentc, é es acá bien necesario; 
que suplico á sus Altezas le manden nombrar é consignar su salario, por 
manera que él se pueda sostener, é se le sea librado con el dinero del 
sueldo de acá. 

Sus Altezas le mandan asentar cada año 20.000 maravedís en 

tanto que allá estuviere, y mas su sueldo, y que gelo paguen cuando 

pagaren el sueldo. 

ítem: diréis á sus Altezas, como quier que ya gelo escribo por las 

cartas, que para este año non entiendo que sea posible ir á descubrir 

hasta que esto destos rios que se hallaron de oro sea puesto en el asiento 

debido a servicio de sus Altezas, que después mucho mejor se podrá 

facer, porque no es cosa que nadie lo pudiese facer sin mi presencia 

a mi grado, ni a servicio de sus Altezas, por muy bien que lo ficiese, 

como es en dubda según lo que hombre vee por su presencia. 

Trabaje como lo mas preciso que se pueda se sepa lo adito de 
ese oro. 
ítem : diréis á sus Altezas como los escuderos de caballo que vinieron 
de Granada, en el alarde que ficieron en Sevilla mostraron buenos 
caballos; é después al embarcar yo no los vi porque estaba un poco 
doliente, y metiéronlos tales quél mejor dellos non parece que vale dos 
mili maravedís, porque vendieron los otros y compraron estos y esto fué 
de la suerte que se hizo lo de mucha gente que allá en los alardes de 
Sevilla yo vi muy buena; parece que Juan de Soria después de dado el 
dinero del sueldo, por algún interese suyo, puso otros en lugar de aquellos 
que yo acá pensaba fallar, y fallo gente que yo nunca habia visto: en esto 
ha habido gran maldad, de tal manera que yo no sé si me queje del 
solo; por esto, visto que á estos escuderos se ha lecho la costa hasta 
aqui, allende de sus sueldos, y también á sus caballos, y se hace de 
presente, y son personas que cuando ellos están dolientes, ó non se les 
antoja, non quieren que sus caballos sirvan sin ellos mismos; sus Altezas 
non quieren que se les compren estos caballos, sino que sirvan á sus 
Altezas, y esto mismo no les parece que deben servir ni cosa alguna sino 
a caballo; lo cual agora de presente non face mucho al caso, é por esto 
parece que seria mejor comprarles los caballos, pues que tan poco valen 
y non estar cada dia con ellos en estas pendencias, por ende que sus 
Altezas determinen esto como fuere su servicio. 

Sus Altezas mandan á don Juan de Fonseca . que se informe 
desto de estos caballos, y si se hallare que es verdad que hicieron este 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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engaño, lo envíen á sus Altezas porque lo mandaran castigar; y también 
se informe ¿leso que dice de la otra gente , y envié la pesquisa á sus 
Altezas: y en lo destos escuderos sus Altezas ma>idan que estén allá y 
sirvan, pues son de las guardas y criados de sus Altezas ; y á los escu- 
deros mandan sus Altezas que den los caballos cada vez que fuere 
menester y el Almirante lo mandare , y si algún daño recibieren los 
caballos yendo otros en ellos, por medio del Almirante mandan sus 
Altezas que ge lo paguen. 
ítem: diréis á sus Altezas como aquí han venido mas de doscientas 
personas sin sueldo, y hay algunos dellos que sirven bien, y aun los otros 
por semejante se mandan que lo hagan ansí; y porque para estos primeros 
tres años será gran bien que aqui estén mili hombres para asentar y 
poner en muy grand seguridad esta isla y rios de oro, aunque hoviere 
cient de á caballo non se perdería nada, antes parece necesario, aunque 
en estos de caballo' fasta que oro se envíe sus Altezas podran sobreseer: 
con todo á estas doscientas personas que vienen sin sueldo, sus Altezas 
deben enviar á decir si se les pagará sueldo como á los otros sirviendo 
bien, porque cierto son necesarios, como dicho tengo para este co- 
mienzo. 

De estas doscientas personas que aqui dice que fueron sin sueldo. 

mandan sus Altezas que entren en lugar de los que lian faltado y 

faltaren de los que iban á sueldo, seyeudo hábiles y á contentamiento 

del Almirante , y sus Altezas mandan al Contador que los asiente en 

lugar de los que faltasen como el Almirante lo dijere. 

ítem: porque en algo la costa desta gente se puede aliviar con 

industria y formas que otros Príncipes suelen tener en otras, lo gastado 

mejor que acá se podría excusar, paresce que seria bien mandar traer en 

los navios que vinieren , allende de las otras cosas eme son para los 

mantenimientos comunes, y de la botica zapatos y cueros para los mandar 

facer; camisas comunes y de otras; jubones, lienzo, sayos, calzas, paños 

para vestir en razonables precios; y otras cosas como son conservas que 

son fuera de raciones y para conservación de la salud, las cuales cosas 

toda la gente de acá rescibiria de grado en descuento de su sueldo; y si 

allá esto se mercase por ministros leales y que mirasen al servicio de sus 

Altezas, se ahorraría algo: por ende sabréis la voluntad de sus Altezas 

cerca desto, y si les paresciere ser su servicio, luego se debe poner 

por obra. 

Por este camino se solía fazer fasta que mas escriba el Almirante 

sobre esto, y ya enviaran á mandar á Don Juan de Fonseca con Jimctio 

de Briviesca que provea en esto. 

ítem: también diréis á sus Altezas, que por cuanto ayer en el alarde 

que se tomó se falló gente muy desarmada, lo cual pienso que en parte 

contesció por aquel trocar que allá se fizo en Sevilla ó en el puerto 

cuando se dejaron los que se mostraron armados, y tomaron otros que 



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CRISTÓBAL COLÓN 









daban algo á quien los trocaba, paresce que seria bien que se mandasen 
traer doscientas corazas, y cient espingardas y cient ballestas, y mucho 
almacén, que es la cosa que mas menester habernos, y de todas estas 
armas se podran dar á los desarmados. 

Ya se escribe á Don Juan de Fonseca que provea en esto. 
ítem : por cuanto algunos oficiales que acá vinieron como son alba- 
ñiles y de otros oficios, que son casados y tienen sus mujeres allá, y 
querrían que allá lo que se les debe de su sueldo se diese á sus mujeres ó 
á las personas á quien ellos enviaren sus recábelos, para que les compren 
las cosas que acá han menester; que á sus Altezas suplico les mande 
librar, porque su servicio es que estos estén proveídos acá. 

} 'a enviaron á mandar sus Altezas á don Juan de Fonseca que 

provea en esto. 
ítem: porque allende las otras cosas que allá se envían á pedir por 
los memoriales que lleváis de mi mano firmados, asi para mantenimientos 
de los sanos como para los dolientes, seria muy bien que se lloviesen de 
la isla de la Madera cincuenta pipas de miel de azúcar, porque es el mejor 
mantenimiento del mundo y mas sano, y non suele costar cada pipa sino 
á dos ducados sin el casco; y si sus Altezas mandan que á la vuelta pase 
por allí alguna carabela las podrá mercar, y también diez cajas de azúcar, 
que es mucho menester, que esta es la mejor sazón del año, digo entre 
aqui é el mes de Abril para fallarlo, é haber dello buena razón, y podríase 
dar por orden mandándolo sus Altezas, é que non supiesen allá para 
donde lo quieren. 

Don Juan de Fonseca que provea en esto. 
ítem: diréis á sus Altezas, por cuanto aunque los ríos tengan en la 
cuantidad que se dice por los que lo han visto, pero que lo cierto dello es 
quel oro non se enjendra en los rios mas en la tierra, qu' el agua topando 
con las minas lo trae envuelto en las arenas, y porque en estos tantos 
rios se han descubierto, como quiera que hay algunos grandecitos, hay 
otros tan pequeños que son mas fuentes que no rios, que no llevan de 
dos dedos de agua, y se falla luego el cabo donde nascen; para lo cual 
non solo serán provechosos los lavadores para cojerlo en el arena, mas 
los otros para cavarlo en la tierra, que será lo mas especial é de mayor 
cuantidad; é porque esto será bien que sus Altezas envíen lavadores, é 
de los que andan en las minas allá en Almadén, porque en la una manera 
y en la otra se fagan el ejercicio, como quier que acá non esperaremos á 
ellos, que con los lavadores que aqui tenemos, esperamos con la ayuda 
de Dios, si una vez la gente está sana, allegar un buen golpe de oro 
para las primeras carabelas que fueren. 

A otro camino se proveerá en esto cumplidamente: en tanto mandan 

sus Altezas á don Juan de Fonseca que envié luego los mas minadores 

que pudiere haber, y escriben al Almadén, que de alli tomen los que 

mas pudieren y los envíen. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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ítem: Suplicareis á sus Altezas de mi parte, muy humildemente, 
que quieran tener por muy encomendado á Villacorta, el cual, como 
sus Altezas saben, ha mucho servido en esta negociación, y con muy 
buena voluntad, y según le conozco persona dilijente y afecionada á su 
servicio; rescebiré merced que se le de algún cargo de confianza, para 
lo cual él sea suficiente, y pueda mostrar su deseo de servir y diligencia, 
y esto procurareis por forma que el Villacorta conozca por la obra que 
lo que ha trabajado por mí en lo que yo le hove menester le aprovecha 
en esto. 

Asi se hará. 
ítem : que los dichos Mossen Pedro y Gaspar y Beltran y otros que 
han quedado acá, trajieron capitanías de carabelas, que son agora 
vueltas, y non gozan del sueldo; pero porque son tales personas que se 
han de poner en cosas principales y de confianza, non se les ha determi- 
nado el sueldo que sea diferenciado de los otros: suplicareis de mi parte 
á sus Altezas determinen lo que se les ha de dar en cada un año, ó por 
meses como mas fueren servidos. Fecho en la ciudad Isabela á treinta 
dias de Enero de mili quatrocientos é noventa é quatro años. 

Ya está respondido arriba : pero porque en el dicho capitulo que en 
esto habla dice que gozan del salario, desde agora mandan sus Altezas 
que se les cuenten á todos sus salarios desde que dexaron las capi- 
tanías. 

(Archivo General de Indias. — Registro de cédulas y Provisiones Reales de Fernando 
Alvarez. — Patronato Est. 1, Caj. i, 8 á 10. 



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(O).— Pág. 675, tomo i.°. 

Instrucciones que envió CRISTÓBAL COLON Á mosén Pedro 
Margarite, cuando en 9 de Abril de 1493 le mandó salir á 
reconocer los territorios de la isla española. 



Este es un traslado bien c fielmente sacado de una Instrucción escrita 
en papel que el muy magnífico Señor D. CRISTÓBAL COLÓN, Almirante 
mayor del mar Océano, é Visorey é Gobernador perpetuo de la Isla de 
San Salvador, é de todas las otras Islas é Tierra-firme de las Indias descu- 
biertas é por descubrir, é Capitán General del Mar por el Rey é la Reina, 
nuestros Señores, dio á Moscn Pedro Margarite; el tenor de la cual es 
este que se sigue: 

Primeramente: que luego que vos fuere dada é entregada la dicha 
gente por Hojeda, la recibáis según é en la manera que la él lleva, é asi 
rescibida, ordenéis las batallas que segund la disposición de la tierra os 



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CRISTÓBAL COLÓN 



paresciere ser necesarias, é las deis é entreguéis a las personas con 
nombre de Capitanes que viéredes que las deben llevar, é que sirvan al 
Rey é á la Reina, nuestros Señores, c vos obedezcan é cumplan lo que 
les dijéredes c mandáredes de parte de sus Altezas é de la mia, por 
virtud de los poderes que para ello tengo de sus Excelencias. 

ítem; por alguna experiencia que se tiene del andar de esta tierra, 
se escriben aqui bajo algunas cosas que son necesarias de hacer: con 
todo, porque vos andaréis otras provincias ó lugares de las que se han 
experimentado, puesto que todo es una costumbre é una manera de la 
gente, se os deja cargo que vos como presente acrecentéis ó quitéis de 
esto que aqui abajo se escribiere como á vos os paresciere al tiempo é á 
la dispusicion de la tierra; porque la primera intención desto en que vais 
con toda esta gente que aqui se escribirá toda esta isla, y reconozcáis las 
provincias de ella y la gente y las tierras y lo que en ellas hay, y en 
especial toda la provincia de Cambao, porque de todo puedan el Rey é 
la Reina, nuestros Señores, ser bien informados, y de aqui de esta ciudad 
se os enviarán é proveerá de todas las cosas que fueren necesarias. 

Primeramente, de aqui se os envían diez y seis de caballo, é dos- 
cientos é cincuenta escuderos 6 ballesteros, é ciento é diez espingarderos, 
é veinte Oficiales. 

De esta gente habéis de hacer tres batallas; la una para vos, y las 
otras dos dellas á dos personas, que serán las que á vos, mejor parescieren 
ser suficientes para el tal cargo, á las cuales dad la parte de gente á cada 
uno que os paresciere. 

La principal cosa que habéis de hacer es guardar mucho á los Indios, 
que no les sea fecho mal nin daño, ni les sea tomada cosa contra su 
voluntad, antes resciban honra, c sean asegurados de manera que no 
se alteren. 

Y porque en este camino que yo hice á Cambao acaesció que algún 
Indio hurtó algo, si halláredes que algunos dellos furten, castigadlos 
también cortándoles las narices y las orejas, porque son miembros que 
no podrán esconder, porque con esto se asegurará el rescate de la gente 
de toda la isla, dándoles á entender que esto que se hizo á los otros 
Indios fue por el furto que hicieron, y que á los buenos les mandarán 
tratar muy bien, y á los malos que los castigan. 

Porque agora la gente no podrá llevar tanto mantenimiento desto 
nuestro como es necesario para el tiempo que han de estar fuera, allá 

van 1 N y N los cuales llevan mercadurías, descuentas é 

cascabeles é otras cosas, y llevan mandado, como por virtud de la 
presente les mando, que por el pan é vituallas que se hallaren á comprar 
las paguen con las dichas mercadurías, teniendo cuenta dellas, poniendo 



1 Igual vacío en el original. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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el día y el lugar donde las hallaren, y que todo lo que dieren de las 
dichas mercadurías sea en presencia de la persona que estuviere por el 
Teniente de los Contadores mayores, para que solamente tengan razón é 
cuenta de ello. 

ítem mas; debéis ordenar de dar veinte y cinco hombres á Arriaga, 
si aqui yo no se los doy antes que se parta, y él tenga cargo de ir junta- 
mente con esos tres á proveer de todos los mantenimientos para toda la 
hueste, porque no haya causa que ninguna persona, de cualquier grado ó 
condición que sea, vaya á rescatar cosa ninguna de los Indios y los hacer 
dos mil enojos; y es cosa que es mucho contra la voluntad y deservicio 
del Rey c de la Reina, nuestros Señores, porque sus Altezas desean mas 
la salvación de esta gente porque sean Cristianos, que todas las riquezas 
que de acá puedan salir, asi que bien proveido va, y se debe de contentar 
cada uno que sus Altezas les manden pagar para comer y otras cosas 
que necesarias vos fuesen. 

Y si por ventura no se hallare de comer por compra, que vos Mosen 
Pedro lo proveáis, tomándolo lo mas honestamente que podáis halagando 
los Indios. 

Desto de Cahonaboa, mucho querria que con buena diligencia se 
toviese tal manera que lo pudiésemos haber en nuestro poder, y por eso 
debéis tener esta manera según mi albedrio : enviar una persona con diez 
hombres que sean muy diestros, que vayan con un presente de ciertas 
cosas que allá llevan los sobredichos que llevan el rescate, halagándole y 
mostrándole que tengo mucha gana de su amistad y que le enviaré otras 
cosas, y quel nos envié del oro, haciéndole memoria como estáis vos ahi 
y que os vais holgando por esa tierra con mucha gente, y que, tenemos 
infinita gente, y que cada dia verná mucha mas, y que siempre yo le 
enviaré de las cosas que trairan de Castilla, tratallo asi de palabras hasta 
que tengáis amistad con él , para podelle mejor haber. Y no debéis curar 
agora de ir á Cahonaboa con la gente, salvo enviar á Contreras, el cual 
vaya con las diez personas, y se vuelvan á vos con la respuesta á do 
quiera que se supiere que estéis; y rescibida la embajada, podréis enviar 
otra vez y otra, fasta que el dicho Cahonaboa esté asegurado y sin recelo 
que le habéis vos de hacer mal; y después tener la forma para prendellc 
como mejor os parescicrc, y según la forma que él habrá entendido por 
la relación del dicho Contreras, haciendo el dicho Contreras lo que vos le 
dijerédes é no excediendo dello. 

La manera que se debe tener para prender á Cahonaboa, reservando 
á lo que allá se hallará después, es esta. 

Quel dicho Contreras trabaje mucho con él, é tenga manera que 
Cahonaboa vaya á hablar con vos, porque seguramente se haga su 
prisión; é porque él anda desnudo é seria malo de detenerle, é si una 
vez se soltase é se fuyesc no se podria asi haber á las manos por la 
dispusicion de la tierra, estando en vistas con él, hacedlc dar una camisa 



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Cristóbal Colón, t. ii. — 16. 



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CRISTÓBAL COLÓN 






y vestírsela luego, y un capus, y ceñille un cinto y ponclle una toca, por 
donde le podéis tener é no se vos suelte. E también debéis prender á los 
hermanos suyos que con él irán; y si por caso el dicho Cahonaboa 
estoviere indispuesto que no pueda ir á estar con vos, tened manera con 
él que dé por bien vuestra ida á él; é antes que vos á él lleguéis, el dicho 
Contreras debe ir primero por le asegurar, diciéndole que vos vais á él 
por le ver é conoscer, é tener con él amistad, porque yendo vos con 
mucha gente podría ser que tomase recelo é se pornia á ir por los montes, 
é errariades la presa; pero todo se remite á vuestra buena discreción para 
que fagáis según que mejor os paresciere. 

ítem; debéis mucho mirar que la justicia sea mucho temida, y que 
el que vuestro mandamiento pasare sea castigado muy bien, porque si 
de otra manera pasase, por la gente se podría recrecer que se perdiese 
toda la hueste é se desmandaría, é no vos podriades asi aprovechar de la 
gente, é farian daño; é los Indios, viéndolos asi desmandados é descon- 
certados por el mal recabdo que ternian, como estos Indios sean cobardes 
ó no dan la vida á ninguno por puro temor, fallándolos de dos en dos, ó 
tres en tres, podría ser que tomasen atrevimiento de los matar; asi que 
por esto é por otras cosas es bien que seades muy bien obedescido, é se 
cumpla en todo lo que mandáredes, é ninguno no salga de vuestro 
mandamiento, avisándoos que no hay tan mala gente como cobardes, que 
nunca dá la vida á ninguno; asi que si los Indios hallasen un hombre ó 
dos desmandados no seria maravilla que los matasen. 

ítem; pues con el ayuda de nuestro Señor habéis de andar mucha 
tierra, será bien é en todo caso, por do quiera que fuérades, por todos 
los caminos ó sendas, faced poner cruces altas y mojones, y asimismo 
cruces en los arboles y cruces en los logares que son convenientes, é do 
no se puedan asi caer, porque allende ques razón que asi se faga, pues, 
loado Dios, la tierra es de Cristianos, aprovechareis mucho por la 
perpetua memoria que dcllas se habrá, é aun faciendo poner en algunos 
árboles altos é grandes los nombres de sus Altezas. 

ítem mas; porque me paresce bien que toda esta gente vaya agora 
con Hojeda hasta Cambao, y que de alli la rescibais vos toda, y al 
comienzo de vuestro camino á Yamahuix, y dende llevareis el camino 
donde os paresciere para ver el término de Cambao; y porque los 
caballos, según nos informaron el otro dia Gaspar y los otros que fueron 
a Yamahuix, no pueden pasar de Santo Tomas adelante por el mal 
camino, debeislos de dejar en Santo Tomas, y dar cargo de ellos á un 
escudero de los de las guardas, que tenga el suyo alli también, ó de otra 
persona que os paresciere que mejor lo haya de saber, que haga cuidar 
destos caballos juntamente con mucha diligencia, tanto é mas que si 
fuesen suyos, porque ya vedes cuanto nos va en tenerlos buenos, y si 
hallásedes tierra para que viésedes, pudiésedes enviar por ellos para 
proveeros y serviros. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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Para lo cual todo que suso dicho es, é para cada una cosa é parte 
dello, é para lo que á ello anejo é dependiente, vos do é concedo el mismo 
poder que yo he de sus Altezas de Viso Rey é Capitán General destas 
indias por la presente, bien asi como si el dicho poder aquí fuese inserto 
é incorporado; é por virtud del dicho poder de parte de sus Altezas 
mando á la gente que con vos fuere de aqui adelante, que obedezcan vues- 
tros mandamientos, é fagan todo lo que vos les dijcredes é mandáredes 
de parte de sus Altezas, como farian bien asi como si yo ge lo mandase, 
so las penas que les vos pusiéredes, las cuales esecutad en las personas é 
bienes de los que lo contrario hicieren. Fecha en la cibdad Isabela, que 
es en la Isla Española en las Indias, á nueve dias del mes de Abril, año 
del Nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos 
noventa y cuatro años. =7:7 Almirante. = Por su mandado la fice escribir. 
= Diego de Peñalosa. = Testigos que fueron presentes á ver leer é con- 
certar este dicho treslado de la dicha Carta original de Instrucción, 
Francisco de Madrid, vecino dende; é Francisco de San Miguel, vecino 
de Ledesma; é Miguel de Cas de Dios, vecino de Jaca; c Alonso de 
Ledesma, vecino dende. ==E yo Diego de Peñalosa, Escribano del Rey é 
de la Reina, nuestros Señores, á mandamiento del Señor Almirante, la 
fice escribir é concerté, por ende fice aqui este mi signo. = En testimonio 
de verdad. = /J>/7<'v; de Peñalosa. 



(D). — Pág. 681, tomo i.° 

Escritura de Fray Román del orden de San Gerónimo, de la 
antigüedad de los indios, la qual, como sujeto que sabe su 
lengua, recojió con dilijencia de orden del almirante. 



Yo fray Román, pobre heremita, del orden de San Gerónimo, 
escribo lo que he podido entender y saber de la creencia é idolatría de 
los Indios, y como observaban sus Dioses, de orden de el Ilustre Señor 
el Almirante, Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme de las 
Indias, de lo cual trataré en la presente escritura. 

Cada uno de los indios observa particular modo y superstición en 
adorar los ídolos que tienen en su casa, que llaman Cemines: Creen que 
haya como en el cielo, ente inmortal, y que nadie puede verle, y que 
tiene madre, y no principio, á este llaman Jocahiitiague Maorocon, y á 
su madre Atubei , Jemao, G /tasar. Apito é Zuimaco, que son cinco 
nombres. Estos de que yo escribo son de la isla Española, porque de las 
otras islas no sé cosa alguna por no haberlas visto jamas. Saben asimismo 






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CRISTÓBAL COLÓN 









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de que parte vinieron, y de donde tuvo orijen el Sol y la Luna, y como 
se hizo el mar y donde van los difuntos. Creen que los muertos se les 
aparecen cuando vá uno solo, pero no cuando muchos juntos; todo esto 
les han hecho creer sus pasados, porque ellos no saben leer ni contar 
hasta diez. 

CAPÍTULO I. — De que parte vinieron los judíos y en que modo. — 
La Española tiene una provincia llamada Caanau, en la cual hay una 
montaña que se llama Canta donde hay dos cuevas, llamada la una 
Cacibagiagua, y Amaiauba la otra. De Cacibagiagua salió la mayor 
parte de la gente que pobló la isla. Cuando estaban en la cueva tenían 
guarda de noche, la cual estaba encomendada á uno que se llamaba 
Marocael; este habia tardado en venir un dia á la puerta, dicen que el 
Sol se le llevó; viendo que el Sol se le habia llevado á este por su mala 
guardia se cerraron las puertas y se transformó en piedra cerca de ella. 
Dicen mas, que á otros, habiendo ido á pescar, los cogió el Sol y se 
volvieron árboles, que ellos llaman jobos y nosotros mirabolanos. 

El motivo porque Marocael velaba y hacia la guardia á la puerta, 
era para mirar á que parte quería enviar la gente ó repartirla, y por su 
tardanza se les causó mucho mal. 

Cap. II.- — Como se dividieron los hombres y las mujeres. — Sucedió 
que uno que tenia por nombre Guagugiona dijo á otro que se llamaba 
Jadruvaba, que fuese á coger una hierba llamada digo, con que se lim- 
pian el cuerpo cuando van a lavarse; á este le cogió el Sol en el camino 
y se volvió pájaro, que canta por la mañana como el ruiseñor y se 
llama Giahuba Bagiael. Viendo Guagugiona que no volvia el que habia 
ido á coger la hierba digo, determinó salir de la cueva Cacibagiagua. 

Cap. III. — Resolvió partirse Guagugiona irritado, viendo que no" vol- 
vían los que habia enviado á coger el digo para lavarse, y dijo á las 
mujeres: dejad á vuestros maridos, y vamonos á otras tierras y llevémonos 
muchas joyas , dejad á vuestros hijos, y llevémonos solamente las hierbas 
con nosotros y después volveremos por ellos. 

Cap. IV. — Partió Guagugiona con todas las mujeres y anduvo bus- 
cando otros paises, llegó á Matinino donde dejó á las mujeres de repente, 
y se fué á otra región llamada Guaniu. Las mujeres habían dejado los niños 
cerca de un arroyo, y cuando empezó á afligirlos la hambre , dicen que 
lloraban y llamaban á las madres que se habían ido, que los padres no 
podían remediarlos y hambrientos clamaban á las madres diciendo 
Mama: pero verdaderamente pidiendo la teta, y asi llorando y pidiendo 
la teta decían Too, Too, como quien pide con gran deseo y por mucha 
incomodidad. Entonces fueron transformados en animalillos como enanos, 
que se llaman Tona , porque pedían teta, y que de este modo quedaron 
sin mujeres todos los hombres. 

Cap. V. — Que llevaron después otra vez mujeres de la Española. — 
La isla llamada Española, que antes se llamaba Aiti , y asi se llama- 






ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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ban los habitadores de ella; y aquella y las demás islas, los llamaban 
Bouhi; pero como los indios no tienen escritura ni letras no pueden dar 
razón del modo que han sabido esto de sus pasados; y asi no se con- 
forman en lo que cuentan ni aun se puede escribir con orden lo que 
refieren. Cuando se iba Guagugiona el que llevaba las mujeres llevó las 
de su cacique también, que se llamaba Anacacugia, engañándola como 
engañó á los demás. Y ademas un cuñado de Guagugiona Anacacugia, 
que iba con él, entró en el mar, y dijo el dicho Guagugiona á su cuñado 
estando en la canoa; mira que hermoso Cobo está en el agua (el cobo es 
el caracol marino) y mirando el agua para ver el Cobo le agarró por los 
pies Guagugiona su cuñado y le arrojó al mar, y asi tomó para si todas 
las mujeres, y dejó las de Matinino, donde se dice que hoy no hay mas 
que mujeres, y el se fué á otra isla que se llama Guanin, y se llamó asi 
por lo que llevó de ella cuando fué allá. 

Cap. VI. — Que Guagugiona volvió á Cauta, de donde habia sacado 
las mujeres. — Dicen, que estando Guagugiona en la tierra donde habia 
ido, vio una mujer que habia dejado en el mar, de que tuvo gran placer, 
y al instante buscó muchos lavatorios, para lavarse, por estar plagado 
del mal, que llamamos francés; metióse después en una Guanaba . que 
significa sitio apartado, donde sanó de sus llagas. Después ella le pidió 
licencia para irse, y él se la dio. Esta mujer se llamaba Guabonito y 
Guagugiona se mudó el nombre llamándose después Biberoci Guagugiona. 
al cual dio Guabonito muchos Guaninis y sartas de piedrecillas para que 
se las atase en los brazos, porque en aquella tierra son las gargantillas de 
piedras que se parece mucho al mármol, y las traen atadas en los brazos 
y en las gargantas, y los guaninis en las orejas, haciéndose los agujeros 
en ellas cuando niños, y son de metal de florin. Dicen que el principio de 
estos guaninis fueron Guabonito, Albeborael, Guagugiona y el padre 
de Albeborael. Quedóse en la tierra Guagugiona con el padre que 
le llamaba Hiauna. Su hijo de parte de padre se llamaba Hia Guaili 
Guanin, que quiere decir hijo de Hiauna; y desde entonces se llamó y 
hasta hoy se llama Guanini. Mas como no tienen letras ni escrituras no 
saben contar bien estas fábulas, ni yo puedo escribirlas bien, por lo cual 
me persuado á que trabuco las cosas y pongo primero lo que habia de 
ser lo último, y¿ú fin lo primero; pero todo lo que confusamente escribo 
lo cuentan ellos asi, y asi lo extiendo de la misma forma que lo he sabido 
de los indios del pais. 

Cap. VII. — Como fueron mujeres otra vez á la isla de Aiti ó lispa- 
ñola. — Dicen que un dia fueron á lavarse los hombres, y que estando en 
el agua llovía mucho, y tenían gran deseo de tener mujeres; y muchas 
veces cuando llovia iban á buscar las huellas de las suyas, sin poder 
hallar nueva alguna de ellas, sino aquel dia que lavándose, dicen que 
vieron caer de algunos árboles por entre las ramas cierta especie de 
personas, que no eran hombres ni mujeres, ni tenían naturas ni de unos 



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CRISTÓBAL COLON 




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ni de otros; que fueron á cojerlas y huyeron como águilas, por lo cual 
llamaron de orden del cacique tíos ó tres hombres, viendo que no podían 
cojerlas, para que las aguardasen y buscasen, para cada un indio cara- 
cacol, que tenia muy ásperas las manos, y que asi las tendrían estrecha- 
mente sin que se les escurriesen; dijeron al cacique que había cuatro de 
estos caracacoles y los llevaron. Es el caracaracol una enfermedad como 
tina que causa gran aspereza en el cuerpo. En efecto las cojieron, y 
habiendo tenido consejo sobre el modo de hacer estas personas mujeres, 
por faltarles naturaleza de ellas y de ellos, buscaron un pájaro que se 
llama Iuriri, llamado antiguamente Iuriri Cahuvaial el cual agujerea los 
árboles y en nuestra lengua se llama Pico. 

Cap. VIII. — Como hallaron remedio para que fuesen mujeres. — 
Cojieron aquellas personas y las ataron de pies y manos, y al pajaro 
al cuerpo en sitio tan proporcionado, que pensando que eran árboles 
las personas, picando, formó la naturaleza de la mujer que le faltaba. 
De este modo dicen los indios que tuvieron mujeres, según cuentan 
los mas ancianos; pues yo escribo en resumen por no haber tenido 
papel bastante, y asi no podré poner en el lugar donde debe estal- 
lo que apunté en lugar diverso, pero con todo esto no he errado, porque 
creen los indios todo lo que vá expresado, como vá escrito. Volvamos 
ahora á aquello que debíamos haber puesto primero, esto es á la opinión 
que los indios tienen en cuanto al origen y principio del mar. 

Cap. IX. — Como dicen fué hecho el mar. — Hubo un hombre llamado 
Jaia . de quien no saben el nombre propio, y su hijo se llamaba Jaiael, 
que quiere decir hijo de Jaia. Queriendo Jaiael matar á su padre', este lo 
mandó desterrar, y lo estuvo cuatro meses, al cabo de los cuales le mató 
su padre, y metió los huesos en una calabaza, la cual colgó en el techo 
de su casa y alli estuvo algún tiempo. Sucedió que un dia dijo Jaia á su 
mujer, con deseo de ver su hijo: Quiero ver nuestro hijo Jaiael, en lo 
cual convino; y habiendo alcanzado la calabaza la abrió para ver los 
huesos de su hijo, y salieron de ella muchos peces grandes y chicos. 
Viendo los padres que los huesos se habían convertido en peces determi- 
naron comérselos. Dice que un dia habiendo ido Jaia á sus conichis, que 
quiere decir posesiones, que eran su patrimonio, fueron cuatro hijos de 
una mujer que se llamaba Itiva Tahuvava, todos de un vientre y jeme- 
Ios, pues habiendo muerto de parto la abrieron y sacaron del vientre los 
cuatro hijos, y el primero fue Caracaracol , que quiere decir Roñoso; el 
cual Caracaracol se llamaba Dimivan; los otros no tenían nombre. 

Cap. X. — Estos cuatro hijos de Itiba Eahuvava fueron juntos por la 
calabaza de Jaia, en la cual estaba su hijo Jaiael, que se habia transfor- 
mado en pez, pero ninguno se atrevió á llegar á ella sino Dimivan Caraca- 
racol, que la alcanzó y todos se hartaron de peces; pero cuando estaban 
comiendo, sintieron que venia Jaia de sus heredades, y queriendo en este 
aprieto volver á colgar la calabaza, lo hicieron tan mal que cayó en tierra 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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y se rompió; dicen que fué tanta el agua que salió de aquella calabaza 
que llenó toda la tierra, y con ella salieron muchos peces, y de aqui dicen 
que tuvo origen el mar. Salieron estos de allí, y encontraron con un 
hombre que se llamaba Conel, el cual era mudo. 

Cap. XI. — De lo que pasó á los cuatro hermanos cuando huyeron de 
Jala. — Estos, luego que llegaron á la puerta de Basamanaco, y sintieron 
(¡tic llevaba cazabí, dijeron, Aiamacavo Guartocoel, que quiere decir conoz- 
camos este abuelo nuestro; asimismo Dimivan Caracaracol viendo á sus 
hermanos delante de sí, entró dentro para ver si podia tomar algún 
cazabí, el cual cazabí es el pan que se come en aquella tierra. Habiendo 
entrado Caracaracol en casa de Aiamacavo, le pidió cazabí, que es el pan 
referido, y él se echó mano á la nariz y le tiró una calabaza en las espaldas, 
que estaba llena de cogioba que habia hecho aquel dia. Es la cogioba 
cierto polvo que toman algunas veces para purgarse y otros efectos, como 
se dirá adelante. Témanla con una caña larga como medio brazo, y 
meten un extremo en la nariz y otro en el polvo, y asi lo sorben por la 
nariz, lo cual les hace purgar grandemente; y le dio aquella calabaza por 
pan, y se fué muy irritado porque se lo pedian. 

Volvióse Caracaracol á sus hermanos y contó lo que le habia suce- 
dido con Baiamanicoel , y el golpe que le dio con la calabaza en las 
espaldas y que le dolia mucho. Entonces los hermanos le miraron las 
espaldas y las vieron muy hinchadas, y creció tanto la hinchazón que 
estuvo para morir, por la cual buscaron modo de abrirla y no pudieron, 
y tomando un hacha de pedernal la abrieron, y salió fuera una tortuga 
viva, y asi fabricaron su casa y llevaron á ella la tortuga. De esto no he 
sabido mas, y para entenderlo ayuda poco lo que hemos escrito. 

Mas dicen, que el sol y la luna salieron de una cueva que está en la 
tierra de un cacique llamado Maucia Fiouel: á la cueva llaman Jovovava 
y la tienen en mucha estimación, y toda pintada á su modo de follajes y 
cosas semejantes, sin figuras. Habia en esta cueva dos Cernís de piedra 
del tamaño de medio brazo, y parecía que sudaban, á los cuales tenían 
en gran veneración; y cuando no llovía dicen que iban á visitarlos y al 
punto llovia; el uno de ellos se llamaba Boiniael y el otro Jlíaroio. 

Cap. XII. — Como dicen que andan vagando los muertos y como son. 
y de lo que hacen. — Creen que hay un lugar adonde van los muertos, 
que se llama Coaibai, y está en la misma isla á la parte que llaman 
Soraia. El primero que estuvo en Coaibai dicen que fué uno que se 
llamaba Jíachetaurie Guanana, que era Señor de dicho Coaibai casa 
y habitación de los difuntos. 

Dicen que por el dia están encerrados y por la noche salen á diver- 
tirse, y que comen un cierto fruto llamado guabaca el cual tiene el sabor 

de que el dia están y á la noche se convertían en fruta, y hacen 

fiestas y van en compañía de los vivos. 

CAP. XIII. — De la forma con que se tratan los muertos. — 





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CRISTÓBAL COLÓN 



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Y para conocerlos observan este orden, que con las manos les tocan 
las tripas, y si no les hallan ombligo, dicen que está opcrito que quiere 
decir muerto; porque dicen que los muertos no tienen ombrigo; y 
asi algunas veces se hallan engañados, pues no mirando á esto cogen 
algunas mujeres de la compañía, y cuando piensan tenerlas abrazadas no 
hallan nada, porque desaparecen de repente, y hasta hoy creen lo referido. 
Llaman á la persona que está viva Goeiz, y después de muerta la llaman 
Opia. liste Goeiz dicen que se aparece muchas veces, asi en torma de 
hombre como de mujer; y afirman que si dá con hombre, que quiere 
reñir con él, que en empezando á luchar desaparece, y que el hombre 
echaba los brazos en otra parte, sobre algunos árboles de los cuales 
quedaba colgado, lo cual creen todos, grandes y pequeños, y que se les 
aparece en forma de su padre, madre, hermano, pariente, y en otras formas. 
El fruto que dicen que comen los muertos es del tamaño del melacoton; 
y estos muertos no se aparecen de dia sino de noche, por lo cual si se 
arriesga alguno á andar solo de noche lleva gran miedo. 

CAP. XIV. — De donde procede lo referido y porque lo creen. — 
I lay algunos hombres que viven y practican entre ellos, y llámanlos 
Bohutis, los cuales hacen muchos engaños, como se dirá luego. Hácenlos 
creer que hablan con los muertos, y que saben cuanto sucede, y todos 
sus secretos, y que cuando están enfermos los curan y arrancan el mal, 
y asi los engañan porque yo he visto parte clcstas cosas por mis propios 
ojos, como de las otras cosas que contaré. Diré solamente lo que he 
sabido de muchos, especialmente de los principales, á los cuales he 
tratado mas que á otros. Puesto que, como los moros, tienen la ley 
reducida á canciones antiguas, y cuando quieren cantarlas tocan cierto 
instrumento, que llaman Baiohabao, el cual es de palo y cóncavo, fuerte 
y muy sutil, de medio brazo de largo y otro medio de ancho, y la parte 
donde se toca está en forma de tenazas de herrador y la otra parte es 
como una porra, de manera que parece una calabaza de cuello largo. 
Este instrumento tocan que tiene tanto sonido que se oye una legua, y 
cantan á él las canciones que saben de memoria, y le tocan los hombres 
principales, aprendiendo los muchachos á tocarle y cantar á él, dentro 
según su costumbre. Pasemos ahora á tratar muchas cosas, acerca de las 
ceremonias y costumbres de los jcntilcs. 

CAP. XV. — De las observaciones de estos indios BUIIUITIIIU, y como 
Jiacen profesión de medicina, y enseñan á la jente , y la engañan en las 
curas. — Todos, ó la mayor parte de los indios de la Española, tienen muchos 
Ccmines de diversas maneras. Unos tienen los huesos de su padre, de su 
madre, parientes y pasados, los cuales son de piedra ó madera, y tienen 
muchos de dos formas, algunos que hablan y otros que hacen nacer lo 
que comen; otros que hacen llover; otros que haga aire; lo cual creen 
aquellos ignorantes que hagan aquellos ídolos, ó mas propiamente 
demonios, porque no tienen conocimiento de nuestra santa fé. Cuando 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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alguno está enfermo le llevan al Buhuitihu, que es el médico referido, el 
cual tiene obligación á guardar la dieta que el enfermo, y á traer la cara 
como si lo estuviera, lo cual se hace en el modo que ahora sabréis. Es 
menester que el también se purgue como el enfermo, y para purgarse 
toman el polvo cohoba sorbiéndole por las narices, que los emborracha 
de modo que no saben lo que se hacen, y dicen muchas cosas fuera de 
razón, afirmando que hablan con los cernís, y que por ello les ha venido 
una enfermedad. 

Cap. XVI. — De lo que hacen los Buhuitihu. — Cuando van á visitar 
algún enfermo, antes de salir de su casa se ponen negra toda la cara con 
hollin ó carbón, para hacer creer al enfermo lo que le pareciere en cuanto 
á su enfermedad; toman después algunos huesecillos y un poco de carne, 
y envolviendo todo esto en alguna cosa para que no se caiga, se lo 
meten en la boca cuando ya el enfermo está purgando con el polvo que 
hemos dicho. 

En entrando el médico en la casa del enfermo, se sienta, y callan 
todos, y si hay muchachos los echan fuera, porque no metan ruido ni 
impidan hacer su oficio al Buhuitihu, sin quedar en la casa mas de uno ó 
dos principales: estando asi solos toman alguna hierba de la Joia, ancha, 
y otra hierba envuelta en una hoja de cebolla, de media cuarta de ancho; 
la una de dichas joias es la que comunmente traen todos, y la comen 
después de haberla traido fregándola entre las manos, y se la echan en la 
boca de noche para vomitar lo que han comido y que no les haga mal , y 
entonces empiezan el canto, y encendiendo una luz sacan el jugo. 

Hecho esto, y estando quieto un poco, se levanta el Buhuitihu y vá 
hacia el enfermo, que está sentado solo enmedio de la casa, como se ha 
dicho, y le dá dos vueltas al rededor como quiere. Después se pone 
delante de él y le coje de las piernas, palpándole los muslos y las piernas 
hasta los pies. Después tira fuertemente, como que quiere desollar alguna 
cosa, y de alli se vá á la salida de la casa y cierra la puerta, y habla 
diciendo: Vete al monte , ó al mar, ó adonde quiere decir, y con un soplo 
como quien sopla una paja, se vuelve otra vez, pone las manos juntas, 
cierra la boca, y le tiemblan las manos como cuando hace gran frió; 
sóplase las manos por encima, y tira á sí el aire como cuando se chupa 
el meollo de un hueso, y vá chupando hasta el enfermo por el cuello, 
estómago, espaldas, manos, barriga, ó por muchas partes del cuerpo. 
Hecho esto empieza á toser y á hacer gestos, como si hubiera habido 
una cosa amarga, y escupe en su mano lo que hemos dicho que se echó 
en la boca en su casa ó en el camino, y si es cosa de comer dice al 
enfermo: — Advierte , que tu lias comido alguna cosa que te ha causado el 
mal, que padeces; mira como te lo he sacado del cuerpo, que tu cernís te lo 
halda metido en el cuerpo, porque no le luciste oración, ó no le fabricaste 
algún templo, ó no le diste alguna heredad; y si es piedra le dice, guár- 
dala muy bien: y algunas veces tienen por cierto que aquellas piedras 



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son buenas y ayudan mucho á que paran bien las mujeres, y las guardan 
con mucho cuidado envueltas en algodón en una ccstilla, y las dan á 
comer de lo que comen, y lo mismo hacen con los cernís que tienen en 
casa. Los días de función solemne llevan mucha comida de carne, pescado, 
pan y otras cusas y lo ponen en casa del cernís, para que coma el ídolo 
de ello, y el dia siguiente después de haber comido el cernís, vuelven todo 
lo que aya á sus casas, y asi los ayuda Dios como comen los cernís de 
aquello y no de otra cosa, siendo los cernís compuestos de piedra ó palo. 

Cap. XVII. — Como algunas veces se han engañado los dichos médi- 
cos. — Después que han hecho las referidas cosas, sin embargo de las 
cuales el enfermo se muere, si tiene muchos parientes el muerto ó es 
Señor de vasallos, y que pueden resistir contra el dicho Buhuitihu, que 
quiere decir médico porque los que pueden poco no se atreven á con- 
tender, el que le quiere hacer mal hace esto. 

Queriendo saber si el enfermo murió por culpa del medico, ó no 
guardó la dieta como él le mande'), toman una hierba que se llama G/teio. 
gruesa y ancha, que tiene las hojas semejantes al basilicon, la cual por 
otro nombre se llama Zachon, sacan el zumo de la hoja, cortan las uñas 
al muerto y los cabellos de la frente y entre dos piedras los hacen polvo, 
el cual mezclan con el zumo de la hierba referida y se lo hacen beber al 
muerto, por la boca ó las narices, preguntándole si el médico ocasionó su 
muerte, y si guardó la dieta, y esto se lo preguntan muchas veces hasta 
que el muerto habla tan claramente como si estuviera vivo: de suerte que 
responde á todo lo que le preguntan, diciendo que el Buhuitihu no 
observó la dieta, y que entonces ocasionó su muerte; y dicen que el 
médico le pregunta si está vivo, y como habla tan claramente? — y él 
responde que está muerto. Después que han sabido lo que quieren lo 
vuchén a la sepultura, de la cual le habían sacado antes para saberlo 
que querían. 

También tienen otro modo de ejecutar lo referido para saber lo que 
quieren. Toman el muerto y hacen un gran fuego semejante al de los 
carboneros cuando hacen carbón, y cuando la leña está hecha brasas 
echan el muerto en aquella gran hoguera y le tapan con tierra, como 
el carbonero cubre el carbón, y le dejan estar alli el tiempo que les da la 
gana, y estando de este modo le preguntan lo mismo que queda referido, 
y responde el muerto que no sabe nada; pregúntanle esto diez veces 
y los responde, después no habla mas el muerto: pregúntanle si está 
muerto, pero él no vuelve á hablar palabra. 

CAP. XVJII. — Como se vengan los parientes sabida la respuesta de 
los muertos. Como saben lo que quieren de los que queman y como se 
vengan. — Júntanse un dia todos los parientes del muerto y esperan el 
Buhuitihu que le asistió, y le dan tantos palos que le rompen las pier- 
nas, brazos y cabeza, de suerte que le machacan todo, y le dejan asi, 
creyendo que es muerto; por la noche dicen que vienen muchas culebras 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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de diversas maneras, blancas, negras, verdes y de otras muchas colores, 
y lamen la cara y todo el cuerpo del dicho médico que dejaron por 
muerto, y asi queda dos ó tres dias: mientras está alli dicen que los 
huesos de las piernas y de los brazos vuelven á juntarse y se sueldan, y 
que se levanta y vuelve andando poco á poco á su casa, y los que le ven 
le preguntan, diciéndole: ¿No estabas tu muerto: — Y él responde que 
los cemines habían venido en su socorro en forma de culebras; y los 
parientes del muerto muy irritados, porque creían haber vengado la 
muerte de su pariente, al verle vivo se desesperan, y procuran haberle á 
las manos para matarle, y si le pueden cojer otra vez le sacan los ojos y 
los testículos, porque dicen que ninguno de estos médicos puede morir 
por muchos palos y heridas que le den, si no hacen esto. 

Cuando descubren el fuego, el humo sube hacia arriba hasta que le 
pierden de vista, y rechina al salir del horno, vuelve después hacia abajo 
y entra en casa del Buhuitihu, y al instante enferma porque no guardó 
dieta, y se llena todo de llagas, y se pela todo el cuerpo, lo cual tienen 
por señal de no haber guardado dieta y haberse muerto el enfermo por 
esto; y asi procuran matarle, como se ha dicho del otro: esto es lo 
que suelen hacer en estos casos. 

Cap. XIX. — Como hacen y tienen los cernís de piedra ó de palo. ■ — 
Los de palo se hacen de este modo. Cuando alguno camina dice que vé 
algún árbol el cual mueve la raíz, se para el hombre con gran miedo y le 
pregunta lo que es aquello, y le responde: — Yo me llamo Buhuitihu, y 
ese te dirá quien soy yo.- — Va el indio al médico y le dice lo que ha visto, 
y el bruto hechicero va corriendo al instante al árbol de que le ha 
hablado el otro y se sienta junto á él y toma la cogioba, como hemos 
dicho en la historia de los cuatro hermanos. Hecha la cogioba se levanta 
en pié, y refiere todos sus títulos como si fueran de un gran señor, y le 
pregunta: — Dime : quien eres.- ¿Y qué haces aquir ¿ Qué quieres de mir 
¿ Porque me has hecho llamar? Dime si quieres que te corte ó venirte 
conmigo que yo te daré una casa y una heredad. — Entonces el árbol 
ó cernís, hecho ídolo ó diablo, le responde diciéndole la forma en que 
quiere que lo haga , y él le corta y labra en el modo que le ha ordenado; 
le fabrica su casa con la posesión y le hace la cogioba muchas veces al 
año cuando le hace la oración para agradarle, y preguntar ó saber 
algunas cosas malas ó buenas del dicho cernís, y también para pedirle 
riquezas. 

Cuando quieren saber si alcanzan victoria de sus enemigos, van 
á una casa donde no entran mas de los indios principales, y su señor, que 
es el primero que hace la cogioba y toca, y en tanto que hace la cogioba 
ninguno de los que están en su compañía habla, hasta que el cacique 
acaba de hacerla; en habiendo acabado hace su oración, está un poco de 
tiempo con la cabeza vuelta y los brazos sobre las rodillas; luego alza la 
cabeza mirando al cielo, y habla; entonces todos le responden á un 






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tiempo en voz alta, y habiendo hablado todos dando gracias, cuenta 
la visión que ha visto embriagado con la cogioba que habia tomado pol- 
las narices, la cual se sube á la cabeza, y dice haber hablado con el 
cernís, y que han de alcanzar victoria, ó que huirán los enemigos, ó que 
habrá gran mortandad, ó guerras ó hambre, según lo que se le ocurre 
estando borracho. Considerad como tendrá el juicio y la cabeza, porque 
ellos mismos dicen que les parece que van las cosas vueltas de arriba 
abajo, y que los hombres andan con la cabeza, los pies hacia el cielo. 
Esta cogioba la hacen también á los cernís de piedra y de palo, como á 
los cadáveres que hemos dicho arriba. 

Son los cernís de piedra de diversa manera, algunos dicen que son 
los que sacan los médicos del cuerpo á los enfermos, y tienen por seguro 
que son los mejores para hacer parir las preñadas; hay otros que hablan, 
que tienen figura de un nabo gordo, con las hojas extendidas por tierra y 
largas como las de las alcaparras, las cuales regularmente tienen forma de 
hojas de olmo. Otras tienen tres puntas y creen ser producidas de la 
yuca, son semejantes al rábano; y otras tienen seis ó siete puntas, que 
no sé a que compararlas, por no haber visto alguna semejante á ellas en 
España ni en otra parte. El tallo de la yuca es de un estado de alto. 
Digamos ahora de la creencia que tienen en lo que toca á los ídolos y a 
los cemines, y de los grandes engaños que reciben de ellos. 

Cap. XX. — De los cernís Bugia y Aiba. — Dicen que cuando hubo 
aqui guerras quemaron al cernís Bugia, y lavándole después con zumo de 
yuca le crecieron los brazos y el cuerpo y le nacieron los ojos otra vez; la 
yuca era pequeña, y con el agua y el zumo referido le lavaban para que 
engordase, y afirman que daba enfermedades á los que habían hecho este 
cernís, por no haberle llevado de comer yuca. Tenia por nombre este 
cernís Braidama, y cuando alguno enfermaba llamaban al Buhuitihu y le 
preguntaban de que habia procedido la enfermedad, y respondía que 
Braidama le habia enviado de comer con los que tenían cuidado de 
su casa; y esto decia que se lo habia dicho el cernís Braidama. 

Cap. XXI. — De el ce mis Guamorete. — Dicen que cuando hicieron 
la casa de Guamorete, el cual era hombre principal, pusieron un cerní 
que él tenia y se llamaba Corocote, encima de la casa, y cuando tenian 
guerra entre ellos y los enemigos de Guamorete abrasaron la casa en que 
estaba Corocote, dicen que entonces se levantó en alto el cernís y se fué 
á distancia de un tiro de ballesta, y que cuando estaba sobre líi casa 
bajaba y dormía con las mujeres, y después de muerto Guamorete vino 
el cerní á poder de otro cacique, y todavia dormia con ellas; y dicen mas 
que en la cabeza le nacieron dos coronas por lo cual decían : pues que él 
tiene dos coronas cierto es ser hijo de C orocote. y esto lo tenian por ciertí- 
simo. Después tuvo este cerní otro cacique llamado Guatabanex, y su 
lugar se llamaba Sacaba. 

Cap. XXII. — De otro cernís que se llamaba Opigielguo-eiran. — Este 






ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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le tenia un hombre principal que se llamaba Cavavaniovava, que tenia 
muchos vasallos. Dicen que este cernís tenia cuatro pies como de perro, 
y es de palo, y que muchas veces por la noche salia fuera de casa y se 
iba á las selvas, donde iban á buscarlo y le traían atado con sogas, pero 
él volvia á las selvas; y cuando los cristianos llegaron á la Española dicen 
que se escapó y se fué á una laguna y que por las huellas le siguieron, 
pero no le vieron mas, ni saben otra cosa de esto. Como lo compré 
lo vendo. 

Cap. XXIII. — De otro cernís que se llama Guabancex. — Este Guaban- 
cex estaba en tierras de un gran cacique de los mas principales llamado 
Aumatex, el cual cernís es mujer y dicen que tiene otros dos en su 
compañía, y el uno es Pregonero, y el otro Recojedor y Gobernador de 
las aguas, y cuando Guabancex se enfurece dicen que hace mover el 
viento y el agua y hecha por tierra las casas, y derriba los árboles; este 
cernís dicen que es muger y hecho de piedra de aquel pais y los otros 
dos que estaban en su compañía, el uno se llamaba Guatauva, y es 
Pregonero, porque van los dos por mandato de Guabancex á que todos 
los cemines de aquella provincia ayuden á hacer mucho viento y agua. 
El otro se llama Coatrisquía, que dicen recoje las aguas en los valles 
entre las montañas, y después las deja correr hasta que con las avenidas 
destruyen el pais: lo cual tienen ellos por muy cierto. 

Cap. XXIV. — De lo que creen de otro cernís, que se llanta Taragu- 
vael. — Este cernís es de un principal cacique de la Española y es ídolo 
á quien dan diversos nombres, el cual fué hallado del modo que contaré. 
Dicen que en los tiempos pasados, no saben cuanto ha, un clia andando 
á caza, dieron con cierto animal que huyendo corrieron tras él y se les 
metió en un hoyo, y cstándole mirando, vieron una viga que parecía que 
estaba viva; viendo esto el cazador fué á avisar á su señor, que era caci- 
que y padre de Guaíaronel, y le dijo lo que habia visto; fueron allá 
y hallaron lo que el cazador decia, y junto aquel tronco le fabricaron 
una casa. Dicen que sale de ella diversas veces, y va al sitio de donde le 
habían traido, ó cerca del, por lo cual el señor referido ó su hijo Guaíaro- 
nel le enviaron á buscar y le hallaron escondido, y otra vez le ataron y le 
metieron en un saco, y con todo esto andaba como antes, lo cual tiene 
por cosa certísima aquella gente ignorante. 

Cap. XXV. — De lo que afirmaban. — Uno de estos caciques se 
llamaba Cacibaquel, padre del dicho Guarionel, y el otro Gamanacoel; 
decían que aquel Gran Señor que está en el cielo, como en el principio 
del libro va escrito, es Cazibú, que hizo una abstinencia en este lugar, que 
comunmente hacen todos los indios, porque están encerrados seis ó siete 
dias, sin comer otra cosa que zumo de yerbas con el cual se lavan 
también. Acabado este tiempo toman alguna cosa que les sirve de 
alimento, y mientras han estado sin comer aseguran haber visto alguna 
cosa que desean, por la debilidad que tienen en el cuerpo y la cabeza, y 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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todos hacen este ayuno á honra de los cemines que tienen, por saber 
si alcanzarán victoria de sus enemigos, o para adquirir riquezas, ó por 
cualquier otra cosa que desean; y dicen que este cacique, habiendo 
hablado con Yocawaghama , le habia dicho que cualquiera que después 
de su muerte quedase vivo gozaría poco su dominio, porque veria en su 
tierra una gente vestida la cual habia de dominarlos y matarlos y hacer 
que se muriesen de hambre; ellos pensaron primero que estos habían 
de ser los caníbales, pero considerando que no hacían otra cosa mas de 
hurtar y huir, presto creyeron que seria otra gente la que decia el cernís; 
ahora creen que éste es el Almirante y la gente que trae consigo. 

Quiero ahora contar lo que vi y pasó cuando yo y otros frailes 
vinimos de Castilla, y yo Fray Román, pobre eremita, quedé y me fui á 
la Madalena á una fortaleza la cual hizo fabricar don CRISTÓBAL COLÓN, 
Almirante, Virey y Gobernador de las islas y de la tierra firme de las 
Indias, por mandato del Rey clon Fernando y de la Reina Doña Isabel, 
nuestros Señores. 

Estando, pues, en aquella fortaleza en compañía de Artiaga, capitán 
de ella, por mandado de don CRISTÓBAL COLON, quiso Dios iluminar con 
la lumbre de Santa Fé católica toda una casa de la jente principal de la 
dicha provincia Madalena, la cual se llamaba antes Marolís y el señor de 
ella Guavavoconel, que quiere decir Guavaenechin; en esta casa viven sus 
criados ó servidores y favorecidos, que por sobrenombre tienen el de 
Jauva Variú, y en todos eran diez y seis personas, parientes todos, 
y entre ellos cinco hijos varones; de estos uno murió y los otros cuatro 
recibieron el agua del santo bautismo, y creo que murieron mártires, 
como se vio en su muerte y constancia. El primero que recibió la muerte, 
ó el agua santa del bautismo fué un indio llamado Gunticaba, que 
después se llamó Juan. Este fué el primer cristiano que padeció cruel 
muerte, y cierto me parece que la tuvo de Mártir, porque he oido algu- 
nos que se hallaron en ella que decia: — Dios, aboriadacha, que quiere 
decir — Yo soy siervo de Píos: — y así murió su hermano Antonio, y con 
él otro diciendo lo mismo que él. Toda la jente de esta casa estuvo en 
mi compañía, y hacían cuanto me agradaba; los que quedaron vivos y 
viven hoy, son cristianos, por ahora del referido don CRISTÓBAL COLON, 
y ahora hay muchos mas cristianos, por la gracia de Dios. 

Digamos ahora lo que nos sucedió en la isla de la Madalena. I lailán- 
dome en ella vino el dicho señor Almirante en socorro de Artiaga, y de 
algunos cristianos que estaban sitiados por los enemigos, subditos de un 
cacique que se llamaba Caonao, y me dijo el Almirante, que en la 
provincia de la Madalena, Marolís, tenia diversa lengua de la otra, y que 
no la entendían en toda la tierra, pero que yo fuese á estar con otro 
cacique, llamado Guarionex, señor de mucha jente, cuya lengua se 
entendía por toda aquella tierra, con lo cual de su orden me fui á estar 
| con el dicho Guarionex; aunque es verdad que yo dije al señor Gober- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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nador Don CRISTÓBAL COLON : — ¿ Señor, como quiere V. S. que yo vaya 
á estar con Guarionex. no sabiendo otra lengua que la del Marolisr Déme 
V. S. licencia para que venga conmigo alguno de los de Huhuici, 
que después fueron cristianos y sabian ambas lenguas, lo cual me 
concedió y me dijo que llevase conmigo á quien yo mas quisiese; y Dios 
por su bondad me dio por compañero el mejor de los indios, y el mas 
práctico en la santa fé católica, y después me lo quitó; Dios sea bendito 
que me le dio y me le quitó, que verdaderamente yo le tenia por muy 
buen hijo y hermano, y era el Juai Cabana que después fué cristiano y 
se llamó Juan. De las cosas que pasamos aqui, yo pobre ermitaño no 
diré cosa alguna, y como partimos yo y Juai Cabana, y fuimos á la 
Isabela, y esperamos al señor Almirante hasta que volvió del socorro 
que dio á la Madalena, y luego que llegó fuimos adonde nos habia man- 
dado en compañía de uno que se llamaba Juan de Agiada, á cuyo cargo 
estuvo una fortaleza quel Gobernador Don Cristóbal Colon hizo 
fabricar á media legua de donde nosotros habíamos de residir, y mandó 
el señor Almirante á el dicho Juan de Agiada que nos diese de comer de 
lo que tenia en la fortaleza, la cual se llamaba la Concepción; estuvimos 
con aquel cacique Guarionex dos años enseñándole siempre nuestra santa 
fé católica y las costumbres de los cristianos. Al principio mostró buena 
voluntad, y dio esperanzas de hacer todo lo que quisiésemos y de ser 
cristiano, diciendo que le enseñásemos el Padre Nuestro, el Ave Marta y 
el Credo, que aprendieron muchos de la casa, y él cada mañana decia sus 
oraciones y hacia que las dijesen todos los de su familia; pero después se 
enfadó y dejó este buen propósito por culpa de otros principales de la 
tierra, que le reprendían que queria obedecer á la Ley cristiana, siendo 
asi que los cristianos eran perversos y le tenian tomada su tierra por 
fuerza, por lo cual le aconsejaban que no cuidase mas de las cosas de los 
cristianos, sino que se concordasen y conjurasen á matarlos, porque no 
era posible satisfacerlos, y habían determinado no seguir sus acciones en 
modo alguno. 

Viendo nosotros que se distraía, y que olvidando lo que le habíamos 
enseñado, resolvimos dejarle é irnos adonde pudiésemos hacer mas fruto, 
enseñando á los indios y amaestrándolos en las cosas de la santa fé. Y 
asi fuimos á otro cacique principal, el cual nos mostraba buena voluntad 
diciendo queria ser cristiano, el cual se llamaba Maviatue. Al segundo 
dia que partimos del pueblo y habitación de Guarionex para ir á la tierra 
del referido Maviatue, yo Fray Román Pane, pobre eremita , y Fray Juan 
Borgoñon del orden de San Francisco, y Juan Mateo, el primero que 
recibió el bautismo en la Española, la jente de Guarionex fabricaba una 
casa cerca de otra de la Oración en que dejamos algunas imájenes, para 
que se arrodillasen y rezasen delante de ellas, y tuviesen este consuelo 
los catecúmenos, que eran la madre, hermanos y parientes del dicho Juan 
Mateo, primer cristiano á quien se juntaron otros siete, y después todos 






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los de su casa se hicieron cristianos y perseveraron en el buen propósito, 
según nuestra santa fé; de manera que toda la casa referida quedaba en 
guarda de la de Oración y de algunas posesiones que yo habia labrado 
y hecho labrar. 

Habiendo quedado estos en guarda de la dicha casa, el segundo dia 
después que partimos fueron seis hombres á ella, y de orden de Guarionex 
les dijeron á los siete catecúmenos que habían quedado en custodia que 
tomasen las imájenes que Fray Román les habia dejado para guardar, y 
las rompiesen y descuartizasen; porque habiéndose ido Fray Román y 
sus compañeros no sabrían este hecho. Aquellos seis criados de Gua- 
rionex que fueron á la casa de oración, hallaron seis niños que la hacían 
guarda, y temiendo lo que después les sucedió, los muchachos adiestrados 
dijeron que no querían que entrasen; mas ellos entraron por fuerza, y 
quitaron y se llevaron las imájenes. 

Cap. XXVI. — De lo que sucedió con las Imágenes; el milagro que 
Dios hizo para mostrar su poder. — Luego que salieron de la casa de 
la Oración las enterraron y las pisaron encima, diciendo: — Ahora 
serán buenos y grandes sus frutos: y esto porque hicieron esta maldad 
en un campo bien labrado, diciendo: que seria bueno el fruto de lo que 
estaba sembrado allí , todo por vituperio. Visto esto por los muchachos 
que guardaban la casa de oración por orden de los catecúmenos, fueron 
luego a sus mayores que estaban en sus haciendas, y les dijeron que la 
jente de Guarionex habia destrozado y vituperado las imájenes; oido esto 
por ellos dejaron lo que estaban haciendo y fueron gritando á hacerlo 
saber á Don Bartolomé Colon, que entonces tenia el Gobierno por su 
hermano el Almirante que habia vuelto á Castilla; el cual como á Virrey 
y Gobernador de la isla fulminó proceso contra los malhechores, y sabida 
la verdad hizo quemar los delincuentes; pero no por eso los demás sub- 
ditos depusieron el mal ánimo de matar un dia á los cristianos, señalando 
en el que iban á pagar el tributo; pero ese mismo dia, descubierta su 
traición, fueron presos todos los que iban conjurados; y sin embargo, 
perseveraron en el mismo propósito, dando muerte á cuatro hombres, y 
Juan Mateo, y Antonio su hermano, los cuales habían sido bautizados; 
y después fueron donde estaban las imágenes y las hicieron pedazos. 

Pasados algunos dias mandó el señor de aquel campo sacar el ají, 
que son raices semejantes á los nabos y á los rábanos, y en el lugar donde 
estaban enterradas las imájenes habían nacido dos ó tres ajís, como si los 
hubiesen puesto uno encima de otro en forma de cruz: ni era posible que 
hombre alguno hallase cosa semejante; pero la encontró la madre de 
Guarionex, que era la peor mujer que yo conocí en aquellas partes, la 
cual lo tuvo por gran milagro; y dijo al castellano de la fortaleza de la 
Concepción : — Dios ha hecho este milagro donde estuvieron enterradas 
las imájenes, y él sabe porqué. Digamos ahora como se hicieron cristianos 
los primeros que recibieron el santo bautismo, y lo que es necesario 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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ejecutar para hacerlos cristianos á todos. Es cierto que la isla tiene gran 
necesidad de jente para castigar los señores que no quieren entrar en que 
aquellos pueblos entiendan las cosas de la santa fé católica y dejarlos 
enseñar, y puedo decir con verdad que ni pueden ni saben contrade- 
cirlos, y que me he fatigado por saberlo para tener certidumbre de ello, 
como se colejirá de lo que hasta ahora hemos referido, y al buen enten- 
dedor bastan pocas voces. 

Los primeros cristianos de la isla Española son los que hemos dicho 
arriba; conviene á saber, Guanavariu, en cuya casa habia diez y siete 
personas que todas se bautizaron, haciéndoles conocer que hay un 
Dios el cual hizo todas las cosas y crió el cielo y la tierra, lo cual fácil- 
mente creían; pero con otros habia necesidad de mas eficacia é ingenio, 
porque no todos somos de una misma naturaleza, puesto que si aquellos 
tuvieron buen principio y mejor fin, no les sucedería á otros asi, porque 
suelen empezar bien y después se burlan de lo que les han enseñado, por 
lo cual se necesita de fuerza y de castigo. El primero que recibió el 
santo bautismo en la isla Española fué Juan Mateo que se bautizó el dia 
del Evangelista San Mateo del año 1496, y después toda su casa, donde 
hubo muchos cristianos; hubiera mas si hubieran tenido personas que los 
enseñasen y que los refrenasen; y si alguno pregunta porque tengo por 
tan fácil este negocio, digo que porque lo he visto por experiencia, y 
especialmente en un cacique principal llamado Mahuviativirc, el cual ha 
mas de tres años que continua en la buena voluntad de querer ser cris- 
tiano, y ofrece que no tendrá mas de una mujer, porque suelen tener dos 
y tres, y los principales diez, quince y veinte. Esto es lo que yo he podido 
comprender y saber acerca de las costumbres y ritos de los indios de la 
Española por la dilijencia de que he usado, por lo cual no pretendo 
ninguna utilidad espiritual ó temporal: plegué á Dios Nuestro Señor que 
si esto es para su servicio, me dé gracia para poder perseverar, y sino me 
quite el entendimiento. 

Fin de la obra del pobre eremita Román Pane. 



Desde la vez primera que repasamos esta interesante Memoria, la 
más antigua que de los ritos, ceremonias y creencias de los indios de 
Haití se escribió, y por persona que vivió entre ellos familiarmente durante 
mucho tiempo, é intervino en los primeros pasos de la propagación del 
cristianismo en aquella isla, vimos con pesar que su contexto mismo 
revela graves defectos que no pueden atribuirse al autor. A veces falta 
el sentido, á veces se nota claramente una laguna cuya extensión é 
importancia no pueden calcularse. No sabemos si Alonso de Ulloa al 
traducir en italiano el original de don Fernando Colón entendió mal lo 
que decía fray Román, cuyo lenguaje debía ser bastante rudo, y si 
después en la reversión castellana hecha quizá no por don Andrés Gon- 
zález Barcia, sino de su orden, se aumentaron aquellos defectos. En 



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nuestro deseo de dar á los lectores de esta obra un texto más correcto, y 
quizá también la obra más completa, hemos practicado muchas diligencias 
en el Archivo General de Indias, en Sevilla, en la Colombina, y en varias 
Bibliotecas y Archivos de Madrid, no habiendo tenido la buena suerte 
de encontrar ni un sólo traslado de la Escritura de fray Román Pane, para 
poder hacer el cotejo con la de González Barcia, que textual hemos 
copiado. 



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(E). — Pág. 698, tomo i.° 

Testimonio de haber reconocido la tierra-firme, creyendo que 
lo era la isla de cuba, por el escribano fernán!) pérez 
de Luna. 



En la carabela Niña, que ha por nombre Santa Clara, Jueves doce 
dias del mes de Junio, año del Nascimiento de nuestro Señor Jesucristo de 
mil é cuatrocientos é noventa é cuatro años, el muy magnífico Señor 
1). CRISTÓBAL COLON, Almirante mayor del mar Océano, Visorey é 
Gobernador perpetuo de la isla de San Salvador, é de todas las otras 
islas é tierra-firme de las Indias descubiertas é por descubrir por el Rey 
é la Reina, nuestros Señores, é su Capitán general de la mar, requirió á 
mi Eernand Pérez de Luna, Escribano público del número de la Cibdad 
Isabela, por parte de sus Altezas, que por cuanto él habia partido de la 
dicha Cibdad Isabela con tres carabelas por venir á descubrir la tierra- 
firme de las Indias, puesto que ya tenia descubierto parte della el otro 
viaje que acá primero habia hecho el año pasado del Señor de mil é 
cuatrocientos é noventa é tres años, y no habia podido saber lo cierto 
dello; porque puesto que andoviese mucho por ella non habia fallado 
personas en la costa de la mar que le supiesen dar cierta relación dello, 
porque eran todos gente desnuda que no tiene bienes propios, ni tratan, 
ni van fuera de sus casas, ni otros vienen á ellos, segund dellos mismos 
supo, y por esto no declaró afirmativo que fuese la tierra-firme, salvo que 
lo pronunció dubitativo, y la habia puesto nombre la Juana, a memoria 
del Príncipe D. Juan nuestro Señor, y agora partió de la dicha Cibdad 
Isabela á veinte y cuatro dias del mes de Abril, é vino á demandar la 
tierra de la dicha Juana mas propinca de la isla Isabela, la cual es fecha 
como un girón que va de Oriente á Occidente, y la punta está de la parte 
de Oriente propinca a la Isabela veinte é dos leguas, y siguió la costa 
della al Occidente de la parte del Austro para ir á una isla muy grande a 
que los Indios llaman Jamaica, la cual falló después de haber andado 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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mucho camino, y le puso nombre la isla de Santiago, y anduvo la costa 
toda della de Oriente á Occidente, y después volvió á la tierra-firme, a 
que llama la Juana, al lugar que el habia dejado, y siguió la costa della 
al Poniente muchos dias, atanto que dijo que por su navegación pasaba 
de trescientas é treinta é cinco leguas desde que comenzó entrar en ella 
fasta agora, en el cual camino conoció muchas veces, y lo pronunció, 
que esta era tierra-firme por la fechura é la noticia que de ella tenia, y el 
nombre de la gente de las Provincias, en especial la provincia de Mango; 
y agora, después de haber descubierto infinitísimas islas que nadie ha 
podido contar del todo, y llegando aquí á una población, tomó unos 
indios, los cuales le _dijeron que esta tierra andaba la costa de ella al 
Poniente mas de veinte jornadas, ni sabían si allí hacia fin, que fasta 
donde llegaba determinó de andar mas adelante algo, para que todas las 
personas que vienen en estos navios, entre los cuales hay Maestros de 
cartas de marear y muy buenos Pilotos, los mas famosos que el supo 
escoger en la armada grande qué) trajo de Castilla, y porque ellos viesen 
como esta tierra es grandísima, y que de aquí adelante va la costa della 
al mediodía, asi como les decia, anduvo cuatro jornadas mas adelante 
porque todos fuesen muy ciertos que era tierra-firme, porque en todas 
estas islas é tierras no hay pueblo á la mar, salvo gente desnuda que se 
vive de pescado, y nunca van en la tierra adentro, ni saben que sea el 
mundo, ni del cuatro leguas lejos de sus casas, y creen que no ha)' en 
el mundo salvo islas, y son gentes que no tienen ley ni seta alguna, salvo 
nacer y morir, ni tienen ninguna polccia porque puedan saber del mundo; 
y porque después del viage acabado que nadie no tenga causa con 
malicias, ó por mal decir y apocar las cosas que merecen mucho loor, 
requirió á mi el dicho Escribano el dicho Señor Almirante, como de 
suso lo reza, de parte de sus Altezas, que yo personalmente con buenos 
testigos fuese á cada una de las dichas tres carabelas é requiriese al 
Maestre c compaña, á toda otra gente que en ellas son publicamente, 
que dijesen si tenían dubda alguna que esta tierra no fuese la tierra-firme 
al comienzo de las Indias y fin á quien en estas partes quisiere venir de 
España por tierra; c que si alguna dubda ó sabiduría dello toviesen que 
les rogaba que lo dijesen, porque luego les quitaría la dubda, y les faria 
ver que esto es cierto y qués la tierra-firme. E yo así lo cumplí y requerí 
publicamente aquí en esta carabela Niña al Maestre é compaña, que son 
las personas que debajo nombrare á cada uno por su nombre y de donde 
es vecino, c asimismo en las otras dos carabelas suso dichas requerí á los 
Maestres é compaña, y así les declare por ante los testigos abajo nom- 
brados; todo así como el dicho Señor Almirante á mi habia requerido yo 
requerí, á ellos, y les puse pena de diez mil maravedís por cada vez que 
lo que dijere cada uno que después en ningún tiempo el contrario dijese 
de lo que agora diría, é cortada la lengua; y si fuere Grumete ó persona 
de tal suerte, que le darían ciento azotes y le cortarían la lengua; y todos 



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CRISTÓBAL COLÓN 







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así requeridos en todas las dichas tres carabelas, cada una por si con 
mucha diligencia, miraron los Pilotos, é Maestres, c Marineros en sus 
cartas de marear, y pensaron y dijeron lo siguiente: 

Francisco Niño, vecino de Moguer, Piloto de la carabela Niña, dijo 
que para el juramento que habia hecho, no oyó ni vido isla que pudiese 
tener trescientas é treinta é cinco leguas en una costa de Poniente á 
Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora que la tierra 
tornaba al Sur Suduest y al Suduest y Oest, y que ciertamente no tenia 
dubda alguna que fuese la tierra-firme; antes lo afirma y defendería ques 
la tierra-firme y no isla, y que antes de muchas leguas, navegando por la 
dicha costa, se fallaría tierra adonde tratan gente política de saber, y que 
saben el mundo &c. 

ítem : Alonso Medel, vecino de Palos, Maestre de la carabela Niña, 
dijo que para el juramento que habia hecho, que nunca oyó ni vido isla 
que pudiese tener trescientas é treinta é cinco leguas en una costa de 
Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora que la 
tierra tornaba al Sur Suduest, y al Suduest y Oest, y que ciertamente 
no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme; antes lo afirmaba y 
defendía que es la tierra-firme y no isla, y qu.e antes de muchas leguas, 
navegando por la dicha costa, se fallaría tierra, adonde tratan gente polí- 
tica de saber y que saben el mundo &c. 

ítem: Jhoan de la Cosa, vecino del Puerto de Santa María, Maestro 
de hacer Cartas, Marinero de la dicha carabela Niña, dijo que para el 
juramento que habia hecho, que nunca oyó ni vido isla que pudiese tcner 
trescientas treinta y cinco leguas en una costa de Poniente á Levante, y 
aun no acabada de andar; y que veia agora que la tierra-firme tornaba al 
Sur Suduest y al Suduest y Oest, y que ciertamente no tenia dubda 
alguna que fuese la tierra-firme, y antes lo afirmaba y defenderia que es 
la tierra-firme y no isla; y que antes de muchas leguas, navegando por 
la costa, se fallaría tierra adonde trata gente política de saber, y que sabe 
el mundo &c. 

ítem: todos los Marineros é Grumetes, é otras personas que en la 
dicha carabela estaban, que algo se les entendía de la mar, dijeron á una 
voz todos públicamente, é cada uno por sí, que para el juramento que 
habían hecho, que aquella era la tierra-firme, porque nunca habían visto 
isla de trescientas treinta y cinco leguas en una costa, y aun no acabada 
de andar; y que ciertamente no tenían dubda dcllo ser aquella la tierra- 
firme, é antes lo afirmaban así; los cuales dichos Marineros c Grumetes 
son los siguientes, é nombrados de la manera que se sigue: Johan del 
Barco, vecino de Palos, Marinero; Morón, vecino de Moguer; Francisco 
de Lepe, vecino de Moguer; Diego Beltran, vecino de Moguer; Domingo 
Ginoves; Estefano Veneciano; Juan de España Vizcaíno; Gómez Calafar, 
vecino de Palos; Ramiro Pérez, vecino de Lepe; Mateo de Morales, 
vecino de San Juan del Puerto; Gonzalo Vizcaíno, Grumete; Alonso de 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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Huelva, vecino dende, Grumete; Francisco Ginoves, vecino de Córdoba; 
Rodrigo Molinero, vecino de Moguer; Rodrigo Calafar, vecino de Car- 
taya; Alonso Niño, vecino de Moguer; Juan Vizcaíno. 

ítem: Bartolomé Pérez, vecino de Rota, Piloto de la carabela de 
San Juan , dijo que para el juramento que habia hecho, que nunca oyó ni 
vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas en una costa 
de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora 
que la tierra-firme tornaba al Sur Suducst y al Suest y Est, y que cierta- 
mente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme; antes lo afirmaba 
y defenderia que es la tierra-firme y no isla, y que antes de muchas 
leguas, navegando por dicha costa, se fallaría tierra adonde trata gente 
política de saber, y que saben del mundo &c. 

ítem: Alonso Pérez Roldan, vecino de Málaga, Maestre de la dicha 
carabela de San Juan, dijo que para el juramento que habia hecho, que 
nunca oyó ni vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas 
en una costa de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que 
veia, agora que la tierra-firme tornaba al Sur Suduest y al Suest y Est, 
y que ciertamente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, antes 
lo afirmaba y defenderia ques la tierra-firme y no isla, y que antes de 
muchas leguas, navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde 
tratan gente política de saber, y que saben el mundo &c. 

ítem: Alonso Rodríguez, vecino de Cartaya, Contramaestre de la 
dicha carabela San Juan, dijo que para el juramento que habia hecho, 
que nunca oyó ni vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco 
leguas en una costa de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; 
y que veía agora que la tierra-firme tornaba al Sur Suducst y al Suest y 
Est, y que ciertamente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, 
antes lo afirmaba y defendería ques la tierra-firme y no isla, y que antes 
de muchas leguas, navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde 
tratan gente política de saber, y que saben el mundo &c. 

ítem: todos los marineros 6 Grumetes, é otras personas que en la 
dicha carabela de San Juan estaban, que algo se les entendía de la mar, 
dijeron á una voz todos públicamente, c cada uno de por sí, para el 
juramento que habían hecho, que aquella era la tierra-firme, porque 
nunca habían visto isla de trescientas treinta y cinco leguas en una costa 
y aun no acabada de andar; y que ciertamente no tenian dubda dello ser 
aquella la tierra-firme, antes lo afirmaban ser así; los cuales dichos Mari- 
neros c Grumetes son los siguientes, é nombrados en la manera que se 
sigue: Johan Rodríguez, vecino de Ciudad-Rodrigo, Marinero; Sebastian 
de Ayamontc, vecino dende, Marinero; Diego del Monte, vecino de 
Moguer, Marinero; Francisco Calvo, vecino de Moguer, Marinero; Juan 
Domínguez, vecino de Palos, Marinero; Juan Albarracin, vecino del 
Puerto de Santa María, Marinero; Nicolás Estefano, Mallorquín, Tone- 
lero; Cristóbal Vivas, vecino de Moguer, Grumete; Rodrigo de Santander, 





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CRISTÓBAL COLÓN 



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vecino dcnde, Grumete; Johan Garcés, vecino de Beas, Grumete; Pedro 
de Salas, Portugués, vecino de Lisboa, Grumete; Hernand López, vecino 
de Huelva, Grumete. 

ítem : Cristóbal Pérez Ni-ño, vecino de Palos , Maestre de la carabela 
Cardera, dijo que para el juramento que habia hecho, que nunca oyó ni 
vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas en una costa 
de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora 
que la tierra-firme tornaba al Sur Suduest y al Suest y Est, y que cierta- 
mente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, antes lo afirmaba 
y defendería ques la tierra-firme é no isla, y que antes de muchas leguas, 
navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde tratan gente 
política de saber y que saben el mundo &c. 

ítem: Tenerin Ginoves, Contramaestre de la dicha carabela Cardera, 
dijo que para el juramento que habia hecho, que nunca oyó ni vido isla 
que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas en una costa de 
Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora que la 
tierra-firme tornaba al Sur Suduest y al Suest y Est, y que ciertamente 
no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, antes lo afirmaba y lo 
defendería ques la tierra-firme c no isla; y que antes de muchas leguas, 
navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde tratan gente 
política de saber, y que saben el mundo &c. 

ítem: Gonzalo Alonso Galeote, vecino de Iluelva, Marinero de la 
dicha carabela Cardera, dijo que para el juramento que habia hecho, que 
nunca oyó ni vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas 
en una costa de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que 
veia agora que la tierra-firme tornaba al Sur Suduest y al Suest y Est, 
y que ciertamente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, antes 
lo afirmaba y lo defendería ques la tierra-firme é no isla, y que antes de 
muchas leguas, navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde 
tratan gente política de saber, y que saben el mundo &c. 

ítem: todos los Marineros é Grumetes, c otras personas que en la 
dicha carabela Cardera estaban, que algo se les entendía de la mar, 
dijeron á una voz todos públicamente, c cada uno por sí, que para el 
juramento que habían hecho, que aquella era la tierra-firme, porque 
nunca habían visto isla de trescientas treinta y cinco leguas en una costa 
y aun no acabada de andar; y que ciertamente no tenian dubda dello ser 
aquella la tierra-firme, antes lo afirmaban ser así; los cuales dichos Mari- 
neros é Grumetes son los siguientes, é nombrados en la manera que se 
sigue: Juan de Jerez, vecino de Mogucr, Marinero; Francisco Carral, 
vecino de Palos, Marinero; Gorjon, vecino de Palos, Marinero; Johan 
Griego, vecino de Genova, Marinero; Alonso Pérez, vecino de Huelva, 
Marinero; Juan Vizcaíno, vecino de Cartaya, Marinero; Cristóbal Loren- 
zo, vecino de Palos, Grumete; Francisco de Medina, vecino de Mo- 
guer, Grumete; Diego Leal, vecino de Moguer, Grumete; PVancisco 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



143 



Niño, vecino de Palos, Grumete; Tristan, vecino de Valduerna, Gru- 
mete. 

Testigos que fueron presentes á ver jurar á todos é á cada uno por 
sí de los suso dichos, segund y en la manera que de suso se contiene, 
Pedro de Terreros, Maestre sala del dicho Señor Almirante; é Iñigo 
López de Zúñiga, trinchante, criados del dicho Señor Almirante; é Diego 
Tristan, vecino de Sevilla; é Francisco de Morales, vecino de Sevilla, &c. 



En la cibdad Isabela, Miércoles catorce dias del mes de Enero, año 
del Nascimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos 
noventa y cinco años, el dicho Señor Almirante mandó á mi Diego de 
Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é ele la Reina, nuestros Señores, 
é su Notario público en la su Corte é en todos los sus Reinos é Señoríos, 
que catase los registros c protocolos de Fernand Pérez de Luna, Escribano 
público del número de la dicha cibdad, defunto que Dios haya, que en mi 
poder habían quedado por virtud de un mandamiento por el dicho Señor 
Almirante á mi el dicho Diego de Peñalosa dado, firmado de su nombre, 
para que yo pudiese sacar de los dichos registros é protocolos cualquier 
escritura que a mi fuese demandada autorizadamente; por el cual dicho 
mandamiento yo fui requerido por parte del dicho Señor Almirante mi- 
rase los dichos registros é protocolos del dicho Fernand Pérez de Luna, 
en los cuales fallaría el dicho requerimiento que aquí en esta escriptura va 
declarado, é ge lo diese firmado é signado con mi signo en pública forma 
de manera que faga fe, por cuanto se entiende aprovechar del en algún 
tiempo que le convenga. E yo Diego de Peñalosa, Escribano suso dicho, 
por virtud del dicho mandamiento que del dicho Señor Almirante tengo 
para sacar cualesquier escripturas en limpio, autorizadamente, que hayan 
pasado ante el suso dicho Fernand Pérez de Luna, Escribano defunto 
que Dios haya, eme en mi poder están, lo fice escribir é saqué en limpio 
é conforme, é signé de mi signo á tal. En testimonio de verdad. 

Diego de Peñalosa. 









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(F). — Pág. 723, tomo 1." 

La enfermedad de las Indias que contrajo 
mosén Pedro Margarit. 



El origen de la enfermedad que entonces llamaron bubas, y que 
parece vino de las Indias Occidentales , ha dado lugar á grandes discu- 
siones entre eminentes profesores de las ciencias médicas, que se han 



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144 



CRISTÓBAL COLÓN 



consagrado á escribir su historia , sosteniendo algunos era conocida desde 
la más remota antigüedad, alegando textos de autores que se suponían 
contener indicaciones de su existencia, como sucede con el que incluyó 
Lonjino en su Tratado de la Sublimidad '. y comentaron tan ampliamente 
Mr. Dacier y el célebre Nicolás Boileau; afirmando otros que con sus 
caracteres y síntomas especiales no había sido visto ni estudiado caso 
alguno anteriormente á la vuelta de CRISTÓBAL COLÓN de su primer 
viaje. Incompetentes para tratar cuestión que tantas controversias ha 
suscitado entre especialistas de gran reputación, nos limitábamos á 
reproducir en esta Aclaración el curioso capítulo que Gonzalo Fernández 
de Oviedo consagra al mal de las bubas; pero por gran felicidad de los 
lectores de nuestro libro, podemos enriquecerlo en esta parte con citas 
de la Historia de la Sífilis que ha escrito nuestro docto amigo, el cono- 
cido y reputado escritor Excmo. Sr. D. José Gutiérrez de la Vega, quien 
como persona tan competente é ilustrada la presenta bajo un punto de 
vista claro, y con todos los antecedentes que pueden desearse. Con el 
capítulo de Oviedo y el erudito tratado del señor Gutiérrez de la Vega, 
quedan reunidas, á nuestro entender, cuantas noticias son necesarias en 
obra de esta naturaleza, sobre cuestión que, aunque se enlaza directa- 
mente con el asunto de ella, no es, por su condición especial, parte inte- 
grante de la historia. — Dice así Oviedo l : 

«Pues que tanta parte del oro destas Indias ha pasado á Italia é 
Francia, y aun á poder assi mesmo de los moros, y enemigos de España, 
y por todas las otras partes del mundo, bien es que como han gocado de 
nuestros sudores, los alcance parte de nuestros dolores é fatigas, porque 
de todo á lo menos por la una ó por la otra manera, del oro ó del trabajo, 
se acuerden de dar muchas gracias á Dios, y en. lo que les diere placer ó 
pesar se abrasen con la paciencia del bienaventurado Job, que ni estando 
rico fué soberbio, ni seyendo pobre é llagado impaciente: siempre dio 
gracias á aquel soberano Dios nuestro. Muchas veces en Italia me reia, 
oyendo á los italianos decir el mal francés , y á los franceses llamarlo el 
mal de Ñapóles; y á la verdad los unos y los otros le acertaran el nombre, 
si le dixeran el mal de las Indias, y que esto sea así la verdad, enten- 
derse ha por este capítulo y por la experiencia grande que ya se tiene 
del palo sancto, y del guayacan, con que especialmente esta terrible 
enfermedad de las búas mejor que con ninguna otra medicina se cura é 
guaresce; porque es tanta la clemencia divina, que adonde quiere que 
permite por nuestras culpas nuestros trabajos, allí á par dellos quiere que 
estén los remedios con su misericordia. Dcstos dos árboles se dirá en el 



1 Historia general, libro II, cap. XIV. — «De dos plagas ó passiones notables y peli- 
grosas que los chripstianos é nuevos pobladores destas Indias padescieron é hoy padescen 
algunos. Las quales passiones son naturales destas Indias, é la una dellas fué transferida é 
llevada á España y desde allí á las otras partes del mundo.» 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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libro X, cap. II: agora sépase como estas búas fueron con las muestras 
del oro destas Indias, desde aquesta isla de Haytí ó Española. 

»En el precedente capítulo dixe que volvió CüLON á España el año 
de mili é quatrocientos é noventa é seis, é assi es la verdad después de 
lo qual vi é hablé á algunos de los que con él tornaron á Castilla, assi 
como el comendador Mossen Pedro Margante é a los comendadores 
Arroyo é Gallego, é á Gabriel de León é Juan de la Vega, é Pedro 
Navarro, repostero de camas del principe don Juan, mi señor, é á los mas 
de los que se nombraron, donde se dixo de algunos criados de la casa 
Real que vinieron en el segundo viaje é descubrimiento destas partes. 
A los cuales y á otros oy muchas cosas de las destas islas, é de lo que 
vieron é padescieron y entendieron del segundo viaje, allende de lo que 
fué informado dellos, é otros del primero camino, assi como de Vicente 
Yañez Pincon, que fué uno de los primeros pilotos de aquellos tres 
hermanos Pincones de quien queda hecha mención; porque con este yo 
tuve amistad hasta el año de mili é quinientos é catorce que él murió. 
E también me informé del piloto Hernán Pérez Matheos, que al presente 
vive en esta cibdad, que se halló en el primero é tercero viajes, que el 
Almirante primero don CHRIPSTOBAL CüLON fizo á estas Indias. Y también 
he ávido noticia de muchas cosas desta isla de dos hidalgos que vinieron 
en el segundo viaje del Almirante, que hoy dia están aquí y viven en 
esta cibdad, que son Juan de Rojas é Alonso de Valencia, y de otros 
muchos, que como testigos de vista en lo que es dicho, tocante á esta 
isla y á sus trabajos, me dieron particular relación. Y mas que ninguno 
de todos los que he dicho, el comendador Mossen Pedro Margante, 
hombre principal de la casa real, y el Rey Cathólico le tenia en buena 
estimación. Y este caballero fué el que el Rey é la Reyna tomaron por 
principal testigo, é á quien dieron mas crédito en las cosas que acá avian 
pasado, en el segundo viaje de que hasta aquí se ha tratado, liste caba- 
llero Mossen Pedro andava tan doliente é se quexava tanto, que también 
creo yo que tenia los dolores que suelen tener los que son tocados desta 
passion, pero no le vi búas algunas. E dende á pocos meses, el año 
susodicho de mili é quatrocientos é noventa é seis, se comencé á sentir 
esta dolencia entre algunos cortesanos; pero en aquellos principios era 
este mal entre personas baxas é de poca auctoridad, é assi se creia que 
le cobraban allegándose á mujeres públicas, é de aquel mal tracto libidi- 
noso; pero después extendióse entre algunos de los mayores é mas 
principales. 

»Fué grande la admiración que causaba en quantos lo vian, assi por 
ser el mal contajioso y terrible, como porque se morían muchos desta 
enfermedad. E como la dolencia era cosa nueva, no la entendían ni 
sabían curar los médicos, ni otros por experiencia consejar en tal trabajo. 
Siguióse que fué enviado el Gran Capitán Goncalo Fernandez de Córdoba 
á Italia con una hermosa y gruesa armada por mandado de los Cathó- 



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Cristóbal Colón, t. ii. 



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146 



CRISTÓBAL COLON 



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lieos Reyes, é como su Capitán jeneral, en favor del Rey Fernando, 
segundo de tal nombre en Ñapóles, contra el Rey Carlos de Francia, que 
llamaron de la cabeca gruesa; y entre aquellos españoles fueron tocados 
desta enfermedad, y por medio de las mujeres de mal trato é vivir, se 
comunicó con los italianos é franceses. Pues como nueva tal enfermedad 
allá se avia visto por los unos ni por los otros, los franceses comentáronla 
á llamar mal de Ñapóles, creyendo que era proprio de aquel reyno; c los 
napolitanos, pensando que con los franceses avia ydo aquella passion, 
llamáronla mal francés, é assi se llama después acá en toda Italia; porque 
hasta que el Rey Charles passó á ella, no se avia visto tal plaga en 
aquellas tierras. Pero la verdad es que de aquella isla de Hay ti ó Espa- 
ñola passó este trabajo á Europa segund es dicho; y es acá muy ordinario 
á los indios, é sábense curar é tienen muy excelentes hierbas, é árboles 
é plantas apropiadas a esta é otras enfermedades, assi como el guayacan, 
(que algunos quieren decir que es hebeno) y el palo sancto, como se dirá 
quando de árboles se tratare. Assi que de las dos plagas peligrosas que 
los chripstianos é nuevos pobladores destas Indias padescieron 6 hoy 
algunos padescen, que son naturales passiones desta tierra, esta de las 
búas es la una, é la que fué transferida é llevada á España, é de allí á las 
otras partes del mundo, sin que acá faltasse la misma. Assi que, conti- 
nuando el propósito de los trabajos de Indias , dígase la otra passion que 
se propuso de las niguas. 

El interesante trabajo del señor Gutiérrez de la Vega, ha de satis- 
facer mucho más la natural curiosidad de los lectores. 

Hace siglos que los historiadores no han podido ponerse de acuerdo 
sobre la antigüedad y procedencia de la sífilis, y sin embargo, hace ya 
cerca de cuatrocientos años que el origen de esta terrible enfermedad 
viene guardando relación directa con la historia de América, y con el 
descubrimiento del Nuevo-Mundo, por cuya circunstancia nos vemos obli- 
gados á tratar de semejante cuestión. 

Muchos y muy doctos historiadores le dan un origen tan remoto que 
se pierde en ia oscuridad de los tiempos, mientras que otros muchos y 
muy doctos también, la consideran traída por la tripulación de CR1S- 
tíéüu TÓBAL Colón en su primer viaje de vuelta de la isla Española en el año 
1493. Autores españoles contemporáneos nuestros, como don Anastasio 
Chinchilla en sus Anales Históricos de la Medicina . y don Antonio Her- 
nández Morejón en su Historia Bibliográfica de la Medicina Española, 
continúan en desacuerdo sobre este punto; y posteriormente don José 
Gutiérrez de la Vega en su Historia de la Sífilis, trayendo á cuento todo 
cuanto han dicho los escritores antiguos y modernos, opinó que debía 
resolverse la cuestión en el sentido del origen americano de dicha enfer- 
medad. 

A esta opinión se inclinan también, citando al señor Gutiérrez de la 



íAvíásívi 






ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



147 



Vega, don José Amador de los Ríos en la / T ida y escritos del Capitán 
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, primer cronista de Indias, (ca- 
pítulo V, nota 43), y don Modesto Lamente en su Historia General de 
España (Parte II, libro IV, capítulo XI). 

Efectivamente, en la segunda edición de la dicha Historia de la 
Sífilis, mucho más extensa que la primera, publicada por la Biblioteca 
Universal de don Ángel Fernández de los Ríos, Sección Médica, tomo I, 
en folio, año 1852, dice el señor Gutiérrez de la Vega en el capítulo VII 
lo que sigue : 

« Por de pronto notemos que este escritor (se alude al señor 
Hernández Morejón) reconoce el silencio de los médicos griegos, romanos 
y árabes sobre dicha enfermedad, ó lo que es lo mismo, el ningún valor 
que tienen los documentos que de ellos se han tomado; y advirtamos en 
seguida que no solamente en ese silencio se fundan los partidarios del 
venéreo americano, puesto que cuentan , no tan sólo con la autoridad 
respetable de Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista de Indias, y testigo 
ocular de la llegada del venéreo á España en 1493, por padecerlo algunos 
de los de la tripulación de CRISTÓBAL COLÓN, sino también con la del 
sabio médico sevillano (fué natural de Baeza, pero se le llama así por 
haberse establecido en Sevilla, y haber publicado aquí su libro) Rodrigo 
Ruiz Díaz de la Isla, autor de una grande obra de altísima importancia 
en la historia de la enfermedad de que tratamos, y en la cual como 
profesor eminente y como testigo irrecusable, se expresa de esta ma- 
nera : 

« Del orijen y nascimiento de este morbo serpentino de la Isla Espa- 
ñola, y de como fué hallado y apárese ido y de su propio nombre. — Prugo á 
la divina justicia de nos dar y enviar dolencias ignotas, nunca vistas ni 
conoscidas, ni en libros de medicina halladas, así como fué esta enfer- 
medad serpentina. La cual fue aparescida y vista en España en el año 
del Señor de mil cuatrocientos y noventa y tres años en la ciudad de 
Barcelona; la cual ciudad fué inficionada, y por consiguiente toda la 
Europa y el universo, de todas las partes sabidas y comunicables; el cual 
mal tuvo su orijen y nascimiento de siempre en la isla que agora es 
nombrada Española, según que por muy larga y cierta experiencia se ha 
fallado. Y como esta isla fué descubierta y hallada por el Almirante Don 
Cristóbal Colon, al presente teniendo plática y comunicación con la 
gente de ella, é como él de su propia calidad sea contagioso, fácilmente 
se les apegó, y luego fué visto en la propia armada; y como fuese 
dolencia nunca por los españoles vista ni conoscida, aunque sentían 
dolores, y otros efectos de la dicha enfermedad, imponíanlo á los trabajos 
de la mar y otras causas, según que á cada uno le parescia. Y á tiempo 
que el Almirante don CRISTÓBAL COLON llegó á España estaban los 
Reyes Católicos en la ciudad de Barcelona; y como les fuese á dar cuenta 
de sus viajes y de lo que había descubierto, luego se empezó a inficionar 






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148 



CRISTÓBAL COLÓN 



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la ciudad y á se extender la dicha enfermedad, según que adelante se vido 
por larga experiencia ; y como fuese dolencia no conoscida y tan espan- 
tosa, los que la veian acojíanse á hacer mucho ayuno, devociones y 
limosnas, que nuestro Señor los quisiese guardar de caer en tal enfer- 
medad. E luego al año siguiente de mil y cuatrocientos y noventa y 
cuatro años, el Cristianísimo Rey Carlos de Francia, que al presente 
reinaba, ayuntó grandes gentes y pasó á Italia; y al tiempo que por ella 
entró con su hueste iban muchos españoles en ella inficionados de esta 
enfermedad, y luego se empezó á inficionar el real de la dicha dolencia; 
y los franceses, como no sabían lo que era , pensaron que de los aires de 
la tierra se les apegaba, los cuales pusiéronle mal de Ñapóles. E los 
italianos y napolitanos, como nunca de tal mal tuviesen noticia, pusié- 
ronle mal francés; y de allí adelante según fué cundiendo, así le fueron 
imponiendo el nombre cada uno, según parescia que la enfermedad traia 
su orijen. 

»En Castilla le llamaban bubas, y en Portugal le impusieron mal de 
Castilla, y en la India de Portugal le llamaron los indios mal de los por- 
tugueses; los indios de la isla Española antiguamente, así como acá 
decimos bubas, dolores y apostemas y úlceras, así llaman ellos esta enfer- 
medad guaynaras, y Jupas, y taynastizas ; yo le pongo morbo serpentino 
de la isla Española, por no salir del camino por donde el universo le 
imponía cada uno el nombre que le parecía que la enfermedad traia su 
principio, y por esto le pusieron los franceses mal de Ñapóles, los italia- 
nos mal francés, los portugueses mal de Castilla, los castellanos mal 
gálico, y los indios de Arabia, Persia é India mal de Portugal. (Tractado 
llamado f rudo de Todos los Santos, contra el mal serpentino venido de la 
Isla Española, fecho y ordenado en el grande y famoso Hospital de Todos 
los Santos de la insigue y muy nombrada ciudad de Lisboa. Dirigido al 
muy alto y poderoso Señor Don Juan el tercer de este nombre, por Ruiz 
Diaz de Isla, vecino de Sevilla. — Sevilla 1542, cap. I). La primera edición 
de esta obra se hizo también en Sevilla, en casa de Dominico Relar- 
tés, 1539, en folio, letra gótica.» 

Dicen algunos partidarios de la antigüedad de la sífilis, que ya el 5 de 
Abril de 1489, en una carta que Pedro Mártir de Angleria escribió desde 
Roma á Pedro Arias Barbosa, catedrático de lengua griega en Salamanca, 
le hablaba del mal de las bubas. Aunque la fuerza y la autoridad de la 
carta está muy bien combatida por el Sr. Chinchilla en su obra citada, 
tomo I, pág. 394 y siguientes, el mismo Rodrigo, ó Rui Díaz de Isla se 
anticipa á dar noticia de la existencia del nombre de bubas diez años 
antes de aquel en que se aplicó á la sífilis, es decir, desde 1483, puesto 
que escribe lo siguiente al folio j6: 

«Asimismo en Castilla la impusieron á esta enfermedad bubas; la 
causa fué de esta manera: que obra de diez años antes que esta enferme- 
dad fuese aparescida, no sabian las mugeres echar otra maldición á sus 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



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hijos y criados sino de malas bubas mueras; tollido te veas de bubas: ma- 
las bubas te coman los ojos, y otras maldiciones semejantes: y al cabo de 
obra de diez años que traian este vocablo en la boca, vino esta enferme- 
dad ; y como fascia estos efectos de morirse y tollirse los hombres y 
comerse las caras, hubo lugar de quedar esta enfermedad con aqueste 
nombre. » 

Partiendo del testimonio fehaciente de Rodrigo Ruíz Díaz de Isla 
concluye el señor Gutiérrez de la Vega de esta manera: 

«¿Cómo aventurar la creencia de que un médico tan sabio, tan jui- 
cioso, cuya obra es de tanta importancia, hubo de mentir á sabiendas 
cuando pudieran haberle impugnado en sus días, destruyendo su reputa- 
ción con un odioso mentís, que tanto ha lastimado siempre á los españo- 
les, y mucho más á los de aquella época? 

»Muy distantes nosotros de tan injustificable suposición, damos 
entera fe á lo que dice el médico sevillano, acorde con lo que tam- 
bién escribe Gonzalo Fernández de Oviedo, otro de los testigos ocu- 
lares. 

»Así pues, nuestra opinión es, como ya hemos manifestado, que el 
venéreo fué traído de América por los que en compañía de CRISTÓBAL 
Colón, en el mes de Marzo de 1493, regresaron de su primera expedición, 
verificada en Agosto de 1492. 

»Aquel miserable bajel, que llegó por fin á la embocadura del Tajo 
después de haber estado expuesto á sufrir el más doloroso naufragio, en 
medio de una deshecha tempestad á su vuelta de la Isla Española; aquel 
miserable bajel en que tornaba de su gloriosa expedición el célebre Almi- 
rante genovés, perdido en alta mar entre las furiosas olas, fué el que trajo 
a España las dos cosas más grandes que conoció aquel siglo: la fausta 
noticia de que Dios había escondido un mundo al otro lado de los mares, 
para premiar las altas hazañas de los Reyes Católicos Fernando V é Isa- 
bel I, y la terrible nueva de que también había guardado el más cruel 
azote para las gentes disolutas. Cristóbal Colón, el hombre más grande 
de aquella época, fué el enviado por el Altísimo para traer al antiguo 
mundo el magnífico premio para los buenos y el terrible castigo para los 
malos. » 

Basta ya con lo dicho, porque no exige más la índole de la presente 
obra. — Réstanos tan sólo añadir que el señor Gutiérrez de la Vega, nues- 
tro amigo y paisano, en su última y breve residencia en Sevilla, nos ha 
afirmado que sostiene hoy la misma opinión que publicó hace ya cuarenta 
años en la primera edición de su obra. Y eso que en este largo período 
de tiempo, y en su laboriosa vida de escritor y de hombre público, ha 
podido rectificar sus primeros estudios aun en la misma América; pues si 
en España ha desempeñado los más elevados cargos públicos, siendo Go- 
bernador de Madrid y Consejero de Estado, entre otros, en la perla de 
nuestras Antillas, ha ocupado los tres más altos puestos civiles, de Go- 





150 



CRISTÓBAL COLÓN 



bernador de la Habana, Director general de Administración civil de la 
isla de Cuba c Intendente General de Hacienda de la misma; y de aquí 
su afición de americanista y su rica biblioteca cubana. 



(G-) .— Pág. 68 



Correcciones del P. Fray Bartolomé de las Casas de algunos 

ERRORES EN OUE INCURRE GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO. 



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En los importantes acontecimientos que ocurrieron en la isla Espa- 
ñola durante el viaje del Almirante á Cuba y á Jamaica desde el 24 de 
Abril al 29 de Septiembre del año 1494, y en sus consecuencias hasta la 
salida del mismo para España el 16 de Marzo de 1496 en compañía de 
Juan Aguado, hay grandes inexactitudes en la relación escrita por el 
cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que han sido causa de que 
incurran en el mismo error casi todos los historiadores. El P. Las Casas, 
no solamente los refiere con mayor verdad, apoyándose en los documentos 
originales que poseía y le sirvieron siempre de fundamento, sino que, 
habiéndose impreso en Sevilla los primeros libros de la Historia de 
Oviedo, cuando él se encontraba escribiendo la suya, consagró un capí- 
tulo, que es el CIX de la Parte Primera, á la impugnación del relato que 
aquél hace, justificando á la vez su propia narración. 

Siendo tan interesantes sus declaraciones, insertamos aquí como 
Aclaración la última parte del indicado capítulo. 

Escribe de la vuelta de CRISTÓBAL COLÓN á España en compañía 
del repostero Aguado, contando que muchos decían que los Reyes le 
escribieron, en carta que le llevó él mismo, dándole orden de regresar. Y 
en este punto dice: 

«Pero que los Reyes le escribiesen eme fuese á Castilla, nunca hom- 
bre lo supo, ni tal he podido descubrir; antes por cosas que pasaron 
entre el Almirante y Juan de Aguado, públicas, que yo he visto en 
probanzas con autoridad de Escribanos, parece el contrario, porque el 
Almirante decia publicamente: «yo quiero ir á Castilla á informar al Rey 
é á la Reina, nuestros señores contra las mentiras que los que allá han 
ido les han dicho,» y no tuve yo á Juan Aguado por tal, que si él tuviera 
tal carta ó noticia della, que no le dijera cuando reñían y él se desme- 
suraba contra el Almirante, que iba á Castilla á su pesar, porque los 
Reyes así lo querían. Al menos parece por esta razón claro un error 
que dice en su Historia, entre otros muchos, Gonzalo Hernández de 
Oviedo, en el cap. 13 del II libro, donde dice, que desde á pocos dias 
que llegó Juan Aguado, apregonada la creencia de los Reyes, y ofrecidos 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



151 



los españoles á le favorecer en lo que de parte de los Reyes se dijese, 
dijo al Almirante que se aparejase para ir á España, lo cual dice que el 
Almirante sintió por cosa muy grave, é vistióse de pardo como fraile y 
dejóse crecer la barba, y que fué en manera de preso, puesto que no fué 
mandado prender; y que mandaron los Reyes también llamar al dicho 
padre fray Buil y á Mosen Pedro Margante, y á otros que allí cuenta, 
que fuesen á Castilla entonces cuando el Almirante fué. Dice mas, que 
venido el Almirante de descubrir á Cuba y Jamaica, y pasados dos meses 
y medio, mandó llamar á Mosen Pedro Margante, que era Alcaide de la 
fortaleza de Santo Tomás, y á otros que estaban con él, y venidos á esta 
ciudad de Santo Domingo, donde por la fertilidad y abundancia de la 
tierra se separaron y cobraron salud, y después que todos fueron juntos, 
comenzaron á tener discordias entre sí el Almirante y el padre fray Buil; 
y que ovieron estas discordias principio, porque el Almirante ahorcó á un 
aragonés que se llamaba Gaspar Eerrim, por lo cual, cuando el Almirante 
hacia cosa que al fray Buil no plugiese, ponia entredicho y cesación del 
divino oficio; el Almirante quitaba la ración al fray Buil y á su familia, y 
que Mosen Pedro y los otros los hacian amigos; pero que duraba el 
amistad pocos dias: todo esto dice Oviedo en el susodicho capítulo. Que 
todo sea falso cuanto cerca dcsto dice, no serán menester muchos testigos, 
pues parecerá por muchas cosas arriba dichas ; lo uno, porque cuando el 
Almirante partió para descubrir, aún no habia, en obra de cinco meses 
que estuvo en esta isla después que llegó de España y enfermó, ahor- 
cado hombre ninguno, ni nunca oí que tal del se dijese, ni en las culpas 
que le opusieron después y hombres que le acusaron que ahorcó, y 
nombrados, el catálogo de los cuales yo vide y tuve en mi poder, pero 
nunca tal hombre vi nombrado entre ellos; lo otro, porque como arriba 
en los capítulos 99 y ico pareció, cuando el Almirante llegó á la Isabela 
de descubrir á Cuba y Jamaica, que fué á 29 de Setiembre del mismo 
año de 1494, ya eran idos el dicho padre fray Buil y Mosen Pedro Mar- 
gante, y otros, á Castilla, sin licencia del Almirante; luego no tuvieron 
pendencias ni discordias el Almirante y el padre fray Buil, para que el 
uno descomulgase y pusiese entredicho, y el otro negase las raciones y 
la comida al padre fray Buil y á su familia; lo otro, porque Oviedo dice, 
que pasados dos meses y medio, poco mas ó menos , el Almirante envió 
á llamar á Don Pedro Margarite, y no tornó en sí de la enfermedad con 
que tornó del dicho descubrimiento de Cuba, en cinco meses, como 
parece arriba en el capítulo 100; lo otro, porque Oviedo dice que vino el 
Almirante, del dicho descubrimiento, aquí á este puerto de Santo Do- 
mingo, y no vino sino á la Isabela, porque este puerto aun no se sabia 
si lo habia en el mundo, ni jamas antes el Almirante lo habia visto hasta 
el año de 1498 que volvió de Castilla, y descubierta ya por él tierra firme, 
según que parecerá abajo; lo otro, porque dice Oviedo que llegó el 
Adelantado Don Bartolomé Colon á este puerto, dia de Santo Domingo, 



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CRISTÓBAL COLON 



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á 5 de Agosto de 1494, y esto parece manifiesto ser falso, porque él llegó 
á esta isla en 14 dias de Abril del mismo año 94, antes que el Almirante 
viniese de descubrir á Cuba, como parece en el capítulo 101 , y no habia 
de volar luego á este puerto en tres meses, sin ver al Almirante, ni sin 
tener cargo alguno, como si hubiera rebeládosele estando en Castilla. Lo 
que dice de Miguel Diaz, que huyó del Adelantado por cierta travesura, 
y vino á parar aquí á este puerto y provincia, pudo ser, pero nunca tal 
oí, siendo yo tan propincuo a aquellos tiempos; mas de tener por amiga 
á la cacica ó señora del pueblo que aquí estaba, y rogarle que fuese á 
llamar á los cristianos para que se pasasen de la Isabela á vivir aquí, es 
tan verdad, como ser el sol obscuro á mediodía. Donosa fama los espa- 
ñoles, por sus obras tan inhumanas tenian, para que la cacica, ni hombre 
de todos los naturales desta isla los convidasen á venir á vivir á su tierra, 
antes se quisieran meter en las entrañas de la tierra por no verlos ni 
oírlos. Así que, todo esto es fábula y añadiduras que hace Oviedo suyas, 
ó de los que no sabian el hecho, que se lo refirieron, finjidas; lo que desto 
yo puedo decir, es, que dejó mandado el Almirante cuando se partió 
esta segunda vez á Castilla, que el Adelantado enviase á Francisco de 
Garay y á Miguel Diaz á que poblasen á Santo Domingo, y esto siento 
ser mas verdad, vistos mis memoriales que tengo de las cosas que acae- 
cieron antes que yo viniese, de que, los que las vieron ó supieron y 
tuvieron por ciertas, me informaron. Lo postrero, porque dice Oviedo 
que el Almirante, y el padre fray Buil, y Mosen Pedro Margante, y 
Bernal de Pisa, y otros caballeros fueron juntos en la misma flota a 
Castilla; esto no es así, según parece claramente por todo lo dicho, y 
mucho menos es verdad que el Almirante fuese a manera de preso, 
porque aun no estaban tan olvidados en los corazones de los católicos 
Reyes sus grandes y tan recientes servicios.» 

Las fechas de la llegada del Adelantado á la isla Lspañola, como las 
de la salida de fray Bernal Boil y Pedro Margarit y el regreso de COLÓN 
de su costeo de Cuba y Jamaica, constan en documentos oficiales que 
en el texto quedan referidos en sus oportunos lugares, y demuestran 
la exactitud de la narración que hace el P. Las Casas, y la justicia y 
razón con que corrige los errores de Gonzalo Fernández de Oviedo, que 
indudablemente por dar oídos á personas que no habían tomado parte en 
los sucesos, incurrió en graves errores en estos puntos y en otros no 
menos importantes. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



153 



(H).-Pág. 71 



l-J 



Documentos relativos á las diferencias entre don Juan de 
Fonseca, Obispo de Badajoz, y don Diego Colón, hermano 
del Almirante. 

(Registro de Hernand' Alvarez. — Archivo general de Indias, Patronato Est. 1, Caj. 2, leg. 1 / 9 ). 



I 



Carta particular de los Reyes Católicos al Obispo de Badajoz encargándole 
conteste á don Diego Colón , y escriba al Almirante en términos que le 
dejen satisfecho. 



El Rey é la Reyna: Rclo. in Christo Padre Obispo: por servicio 
nuestro que fableis con el hermano del Almirante de las Indias, que ende 
vino, y le procuréis dar todo contentamiento: é con los que van en esas 
carabelas que agora han de partir escribiréis al Almirante todo lo que os 
paresciere para apartar cualquiera resabio que con vos tenga; y de los IS 
que agora vinieron de las Indias procurareis saber lo que debéis fazer 
para dar contentamiento al Almirante, y que sea de vos saneado, y 
aquello fazed.- — Fecha en Madrid á cinco dias de Mayo de noventa é 
cnicn años. yJlllfeg 



\. 



II 



Real cédula ordenando á don Juan de Fonseca no se pida á 
don Diego Colón el oro que para si trajo. 



El Rey é la Reina: Rdo. in Christo Padre Obispo de Badajoz, é del 
nro. consejo: Nos vos mandamos que non pidáis ni demandéis á Don 
Diego Colon cierto oro que diz que trajo de las Indias para sí, por cuanto 
nos le fazemos merced dello; y si gelo haveis tomado fazed que se lo 
vuelvan luego. — De la villa de Madrid á cinco dias del mes de Mayo de 
noventa y cinco años. 



III 



Carta de los Reyes al Obispo de Badajoz, recordándole la orden anterior, 
y que don Diego Colón vaya donde quisiere. 

El Rey é la Reina: Rdo. in Christo Padre Obispo: Vimos vuestra 
letra, y cerca de lo que toca á Don Diego Colon, hermano del Almirante 

Cristóbal Colón, t. ii. — 20. 



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154 



CRISTÓBAL COLÓN 



de las Indias, ya habréis recebido una carta Nra. por la cual vos escre- 
bimos que non le pidiercdcs el oro que agora él trajo de las Indias, mas que 
gelo dcjáredes para su costa: aquello cumplid según que vos lo escri- 
bimos. Y porque nos dicen que después que han scido las cosas de Italia 
está de propósito de non ir allá, es muy bien que non debe ir allá, si él 
quisiere irse á su hermano el Almirante, ó venirse acá, ó estarse ende, 
faga lo qu' él quisiere. — De Arévalo á primero de Junio de noventa é 
cinco años. 



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Para completar el conocimiento del carácter del Obispo, que bien 
claramente se desprende del contenido de los anteriores documentos, 
terminaremos esta Aclaración con algunas apreciaciones de las que sobre 
aquel funesto personaje hace el ilustre historiador Washington Irving: 

«La singular malevolencia manifestada por el obispo Juan Rodríguez 
de Fonseca hacia COLÓN y su familia, causa principal aunque secreta de 
sus infortunios, se ha citado frecuentemente en esta obra. Se originó, 
como se ha dicho, en alguna disputa de las suscitadas entre el Almirante 
y Fonseca en Sevilla, en 1493, respecto á la dilación en armar la flota 
para el segundo viaje, y al número de criados que debía lleva el Almi- 
rante. Fonseca recibió una carta de los soberanos reprobando tácitamente 
su conducta, y mandándole mostrar todas las atenciones posibles á los 
deseos de COLÓN, y hacer que se le tratase con honor y deferencia. 
Fonseca no olvidó jamás esta afrenta, y lo que era para él lo mismo, no 
la perdonó jamás. Su ánimo parece haber sido de aquella desgraciada 
especie que no tiene bálsamo alguno mitigador, y en que si llega á 
hacerse una herida se mantiene por siempre abierta. La hostilidad así 
producida continuó con ascendente virulencia durante toda la vida de 
COLÓN, y á su muerte se transfirió á sus hijos y sucesores. Fsa animosidad 
infatigable se ha ilustrado en el discurso de la presente obra con hechos y 
observaciones tomados de autores, algunos de ellos contemporáneos de 
Fonseca, pero á quienes refrenaban aparentemente motivos de prudencia, 
para no dar salida á la indignación que evidentemente sentían. Hoy 
mismo se abstendría un historiador español de expresar libremente su 
sentir en este asunto, para que no le detuviesen su obra los censores de 
la imprenta. Así Fonseca se ha librado de mucha parte del odio general 
que su conducta merece. 

»Fste prelado tuvo la superintendencia en jefe de los Negocios colo- 
niales de España bajo Fernando é Isabel y también bajo el Emperador 
Carlos V. Era hombre activo é inteligente, pero soberbio, pérfido y 
egoísta. Su administración no tiene huellas de una política liberal y 
expansiva, pero está llena de rasgos de bajeza y arrogancia. Se opuso 
á las benéficas intenciones de Las Casas para mejorar la condición de los 
indios, y obtener la abolición de los repartimientos, tratándole con per- 
sonal altivez y aspereza. Se da por razón que Fonseca se estaba enrique- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



155 



cienclo con aquellos abusos y que tenía numerosos míseros indios en 
esclavitud para beneficiar sus posesiones coloniales. 

» Mientras se hallaba pronto el Obispo á proteger vagos aventureros 
que á su favor salían, jamás tuvo virtud ni entendimiento para apreciar 
los caudillos ilustres como Colón ó Cortés.» 

«Fonseca, en virtud de su empleo de superintendente de los negocios 
de Indias, y probablemente para halagar su propia animosidad contra 
COLÓN, había detenido una cantidad de oro, que don Diego, el hermano 
del Almirante, traía por su propia cuenta. Los soberanos le escribieron 
repetidas veces mandándole no detener el oro, ó si lo había hecho que lo 
volviese sin demora con explicaciones satisfactorias, y que le escribiese 
á Colón en términos que pudiera apaciguar la carta el resentimiento que 
debió haberle causado su conducta. Se le mandó también consultar á 
los recién venidos de la Española sobre el modo de complacer al Almi- 
rante, y que tratase de conseguirlo en todas sus disposiciones. Sufrió 
Fonseca una de las más severas humillaciones que pueden herir á la 
arrogancia; la de verse obligado á dar satisfacción por la altivez de sus 
procedimientos. Pero esto mismo avivó la malquerencia que había conce- 
bido contra el Almirante y su familia. Por desgracia su cargo público y 
la confianza real de que tan injustamente gozaba, le dieron ocasiones de 
satisfacerles después por mil insidiosas vías.» 

«Fonseca murió en Burgos en 4 de Noviembre de 1524, y se enterró 
en Cora.» 

( Vida y viajes de Cristóbal Colón , por Washington Irving, traducida al castellano por don 
José García de Villalta. Madrid, 1834. Libro VIH, cap. VIH, y Apéndice núm. 32). 



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1 6o 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Se detuvo en Cádiz Cristóbal Colón descansando de 
las fatigas del viaje, y reponiendo las fuerzas, que harto lo 
había menester, habiendo sufrido tanto, así de ánimo como 
de cuerpo, desde mucho tiempo antes de salir de la isla 
Española. En el momento de la llegada escribió' á los Reyes 
Católicos dándoles noticia de ello, y algunos días después, 
va con ma\ror tranquilidad, les envió' informacio'n completa, 
cuanto por escrito podía hacerse, para ir previniendo su 
ánimo contra los calumniosos informes que habían de darles, 
haciéndoles también relacio'n exacta de los sucesos de la isla 
para que, conociéndolos detalladamente, pudieran servir de 
base á su juicio. 

Libre } r a de este cuidado, se dedico' á ordenar su marcha, 
que desde luego se propuso emprender á cortas jornadas, 
no solamente para esperar la respuesta de los Reyes, sino 
consultando la salud de los indios que consigo traía en 
bastante número, y que habían sufrido con las molestias del 
viaje, muriendo muchos de ellos en la travesía y encon- 
trándose otros enfermos y muy debilitados. 

El Almirante había traído consigo, como en el primer 
viaje, las muestras de aquellos productos del hemisferio 
occidental que pudieran llamar la atención del público y 
mantener viva la curiosidad, al decir del historiador William 
Prescott. En su tránsito por Andalucía estuvo algunos días 
hospedado en el agradable albergue del buen cura Andrés 
Bernáldez, que en su historia de los Reyes Cato'licos cuenta 
con marcada satisfacción el espectáculo que ofrecían los 
caciques indios que iban en la comitiva de Colón, adornados 
con collares de gran valor y coronas de oro y de piedras , y 






LIBRO CUARTO. — CAPITULO PRIMERO 



161 



con otras galas propias de su país. Entre otras muchas 
cosas hace mencio'n especial de los cinturones de algodón y 
casquetes de madera en que había bordadas y grabadas 
figuras de diablos, unas veces en su propia semejanza, y 
otras en figura de gato ó de lechuda; de donde se infiere «que 
hay razo'n para creer que el diablo se aparece á los isleños 
en estas formas; y que todos ellos son idolatras que tienen 
entregadas sus almas á Satanás l .» 

Efectivamente, durante todo el camino, que por el rigor 
de la estacio'n se hizo con mucha pausa, tuvo Colón muy 
buen cuidado de ir haciendo muestra y alarde, en cuantas 
ocasiones se presentaban , de todas las cosas extrañas proce- 
dentes del Nuevo Mundo, que había traído, y eran dignas de 
llamar la atencio'n del vulgo, y propias para dar idea de la 
mucha riqueza que aquellas regiones encerraban ; pues sabía 
muy bien que ese era el medio mejor de prevenir los ánimos 
á su favor y neutralizar las malas noticias que los adver- 
sarios de su descubrimiento habían propalado. 

No se equivocaba el grande hombre: su empresa se 
miraba desde un punto de vista muy bajo, sin que la gene- 
ralidad de los hombres hubieran alcanzado su importancia, 
y no había otro deseo que el de saber si podría sacarse 
mucho oro, y traer ricos productos de aquellos lejanos 
países. 

Al llegar el Almirante á la villa de los Palacios, distante 
cinco leguas de la ciudad de Sevilla, salió' á recibirlos el cura 
Andrés Bernáldez, hombre muy erudito y curioso, que 
desde sus más tiernos años había tenido la costumbre de 
reunir y apuntar los hechos que en España ocurrían y 
llegaban á su noticia , y hacía algún tiempo se dedicaba á 
escribir la historia de los Reyes de Castilla y Arago'n. 
Hospedo' á Colón en la casa rectoral, y con él á los princi- 



Cir^-v^>§£¿Í! 



1 Bernáldez. — Historia délos Reyes Católicos, cap. CXXXI. 

Prescott. — Historia del reinado de los Reyes Católicos, Parte II, cap. VIL 

Cristóbal Colón, t. ii. — 21. 



IÓ2 



CRISTÓBAL COLÓN 



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pales de la comitiva; procurando alojamiento co'modo en el 
pueblo á todos los demás que le acompañaban. 

Agrado, sin duda, á Cristóbal Colón el trato del 
excelente cura: le encanto' su franqueza y se prendo' de su 
saber, pues se detuvo en su casa por algunos días, espe- 
rando la respuesta de los Reyes á sus cartas, y después de 
haber conferenciado con él sobre diferentes puntos le dejo' en 
depo'sito muchos papeles importantes. 

Entre las pepitas de oro y los objetos preciosos que 
Andrés Bernáldez tuvo en sus manos, refiere como el prin- 
cipal de todos y el más importante, una gran cadena de oro 
que había sido presea y adorno del difunto cacique Caonabo', 
y luego hacía Colón que se pusiera el hermano á la entrada 
en las poblaciones. Era formada de gruesos eslabones y 
pesaba seiscientos castellanos, equivalentes á unos tres mil 
doscientos duros, cien onzas de oro. 

Al llegar á Sevilla recibió' el Almirante un correo que 
le traía carta de los Reyes escrita en Almazán el 12 de Julio, 
y concebida en estos términos: 



V v ' "r" 



«Por el Rey é la Re3ma: á Don Cristóbal Colon su 
Almirante, Visorey é Gobernador de las Indias del mar 
Occéano l . 

«El Rey é la Reyna: don Christobal Colon nuestro 
Almirante, Visorey é Gobernador de las Indias del mar 
Occéano: Vimos vuestra letra que con este correo nos en- 
viastes, y mucho placer habernos tenido de vuestra venida 
ende, la cual sea mucho en buen hora: } T después que este 
vino, llego' el mensagero que nos enviastes, 3^ ovimos plazer 
de saber largamente lo que con él nos escribistes, y pues 
decís que seréis acá presto, debe ser vuestra venida cuando 
os paresciere que no os dé trabajo, pues que en lo pasado 



1 Original en el Archivo de la casa de Veragua. — Navarrete. — Colección 
de viajes , tomo II, Doc. núm. CI. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



163 



habéis trabajado. De Almazan á doce dias de Julio de no- 
venta y seis años. 



Yo el Rey. 



Yo la Reyna. 



Por mandado del Rey é de la Reyna. — Fernand Al- 
vare%. » 



El contenido de esta carta causo' grata impresión en el 
ánimo del Almirante; pues bien dejaba conocer que el efecto 
producido por los informes de Aguado y de los que con él 
habían ido á la corte no había sido muy decisivo. Y en H 
verdad , no hay noticia alguna de que por las escrituras y fjj 
declaraciones que aquél traía, se tomara medida de ninguna 
clase que pudiera molestar á Colón, como tampoco se había 
dado gran crédito anteriormente á los dichos del P. Boil y 
de Pedro Margarit. Hubieron de conocer los Reyes que Juan 
Aguado se había excedido de las facultades que le conce- 
dieron y no había cumplido bien el encargo de confianza que 
llevaba; á lo cual contribuyo' indudablemente la informacio'n 
misma , pues por los datos con que se hizo se comprende 
había de verse claramente su parcialidad: el exceso mismo 
del encono hacía nacer la desconfianza, que éste es siempre 
el efecto de las malas pasiones cuando se ponen al descu- 
bierto. 

Desde Sevilla continuo' el Almirante sus jornadas á 
Co'rdoba, subiendo hasta Burgos, donde se encontraban los 
Consejos; porque los Reyes, desde Almazán, habían salido 
en distintas direcciones, yendo don Fernando á Gerona 
para organizar las fuerzas que cubrían la frontera en vista 
de la actitud del rey de Francia, que iba á sostener con las 
armas sus pretensiones al reino de Ñapóles ; y la reina Cato'- 
lica se dirigió' al puerto de Laredo, en Vizcaya, para des- 
pedir á la infanta doña Juana que iba á contraer matrimonio 
con el archiduque don Felipe, hijo del emperador Maximi- 
liano. La escuadra en que se embarcaba la infanta era 










1 64 



CRISTÓBAL COLÓN 







poderosa: componíase de ciento treinta barcos, y llevaba á 
bordo más de veinticinco mil soldados, para evitar toda 
contingencia por el estado de guerra con Francia. Tan 
numerosa armada necesito larga preparación, llevando el 
doble objeto de conducir á Flandes á doña Juana, y traer á 
España á la infanta Margarita, hermana del Archiduque, 
cu3 T a boda con el príncipe don Juan, primogénito de los 
Reyes Cato'licos, estaba también concertada. 

La armada fué bajo el mando del Almirante de Castilla, 
3^ no pudo salir de los puertos españoles hasta mediados de 
Septiembre, poniéndose entonces la reina doña Isabel en 
camino para Burgos, donde llego' ya entrado el mes de 
Octubre. Pocos días antes que la Reina había llegado allí 
Cristóbal Colón, que se apresuro' á besarle las manos, y doña 
Isabel se holgó mucho de su venida, porque después de tan 
contradictorias nuevas, deseaba saber noticias ciertas de las 
islas y tierras de Occidente, y de la persona del descubridor. 



II 



Reunidos en Burgos los Re} T es Católicos, recibieron con 
frecuencia al Almirante, y le hicieron mucha honra; mos- 
trándole mucha alegría y gran clemencia y benignidad. 
«Dioles cuenta muy particular del estado en que estaba la 
isla Española, del descubrimiento de Cuba y Jamaica, } r de 
las otras muchas islas que descubiertas dejaba, y de lo que 
en aquel viaje habia pasado, y de la disposición dellas, y lo 
que de cada una sentia y esperaba; dio' también á Sus 
Altezas noticia de las minas del oro y de las partes donde 
las habia hallado. Hízoles un buen presente de oro, por 
fundir, como de las minas se habia cogido, dello menudo, 
dello en granos como garbanzos, y dello mayores los granos, 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



165 



según se dijo, que habas, y algunos como nueces; presen- 
tóles muchas guaycas o' carátulas de las que arriba dijimos, 
con sus ojos y orejas de oro, y muchos papagayos y otras 
cosas de los indios, todo lo cual con mucha alegría los Rej^es 
recibieron, 3^ daban á Nuestro Señor, por todo, muchas 
gracias, y al Almirante tenérselo todo en servicio, y en seña- 
lado servicio, en palabras y honrarle se lo mostraban. De 
cada cosa de las dichas, muchas particularidades y dudas le 
preguntaban, y á todas el Almirante les respondia, y con 
sus respuestas les satisfacía y contentaba.» 

Este sencillo relato tiene tal sello de autenticidad que lo 
creemos la verdad misma. Las explicaciones de Cristóbal 
Colón, la historia que de sus labios escucharon los Re3 r cs 
Cato'licos no les dejaron lugar á dudas; no vacilaron ni un 
momento. Entre la palabra noble del Almirante y los cuentos 
y hablillas de sus enemigos no podía caber comparacio'n. El 
rey don Eernando vio' con claridad la gran importancia del 
descubrimiento y los resultados que podía esperar de él para 
la grandeza de su reinado; doña Isabel, siempre llena de 
afecto al Almirante y apasionada por la conversio'n á la fe 
cato'lica de pueblos que parecían tan numerosos, sintió' rea- 
nimadas sus fuerzas, y tanto uno como otro, sin darse cuenta 
tal vez de ello, decidieron consagrar toda su atención al 
descubrimiento de nuevas tierras, 3^ al fomento de las 
colonias 3 T a establecidas. 

Es verdaderamente satisfactorio el ver que en este 
momento de su llegada á la corte todas las sombras se disi- 
paron al eco de la voz del Almirante. La verdad volvió' á 
resplandecer clara, ahogando con su luz las sombras de la 
envidia. ¡Con cuánto gusto leemos en la obra del P. Las 
Casas la expresio'n del desprecio que sufrieron los detractores 
del grande hombre ! — « De las informaciones que Juan 
Aguado trujo, dice, 3^ hizo á los Re3 T es contra el Almirante, 
mu3^ poco se airaron ; y asi no hay que mas contar ni gastar 
tiempo de Juan Aguado.» — 






1 66 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Como era natural se accedió inmediatamente á cuanto 
el Almirante pidió' como necesario para socorrer las necesi- 
dades de la colonia y procurar sus adelantos, así como á 
cuanto indico que debía facilitársele para hacer nuevos viajes 
y descubrir otras tierras. Limito por entonces su exigencia 
á que se le dieran medios para equipar ocho buques , entre 
mayores y menores , bien abastecidos y pertrechados de 
cuanto la experiencia había acreditado como necesario para 
el objeto á que se destinaban ; puesto que dos de los de 
mayor porte debían salir inmediatamente para la isla Espa- 
ñola á llevar al Adelantado lo que era más indispensable 
para sostener la colonia y los nuevos establecimientos, y 
emprender la explotación del oro en Hayna; y las otras seis 
habían de ir por otro rumbo, bajo sus o'rdencs, á descubrir 
en la tierra firme todo lo más que se pudiera. A todo acce- 
dieron sin dificultad los soberanos , porque sus cuidados y 
buena voluntad eran muy decididos. 

Por desgracia las circunstancias en aquellos momentos 
no eran favorables á que se ejecutase con prontitud lo que 
se mandaba. El gasto era de bastante importancia y el erario 
estaba más que exhausto, empeñado por muchas empresas 
de diversa índole. 

De una parte el pensamiento político de los Re3 T es 
Cato'licos, la idea que empezaron á llevar á ejccucio'n y que 
exigía grandes dispendios había empezado á realizarse. Si 
hubieran podido llevarla á término, si el éxito hubiera 
coronado la obra, incalculable es la preponderancia que 
hubiera tomado la monarquía española en los destinos de 
Europa, y como hubieran marchado los sucesos posteriores 
de la civilización en estos países occidentales, y aun en 
muchos de los del Norte. Meditaron, 3^ estuvieron mu}^ pró- 
ximos á conseguirlo, ganar la influencia de las naciones más 
poderosas por medios pacíficos, pero mucho más seguros que 
aquellos en que se emplea la violencia; por los enlaces de sus 
hijos, cuya mano empezaba á ser solicitada con afán por 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



167 



muchos monarcas, y para ello tenían que sostener nume- 
rosos y hábiles diplomáticos en todas las cortes, para que 
nunca lo imprevisto viniera á trastornar sus planes. Va 
hemos indicado los recíprocos matrimonios concertados entre 
el archiduque don Felipe y su hermana doña Margarita con 
la princesa Juana y el príncipe don Juan. Ambos casa- 
mientos se verificaron; y aunque la Providencia, en sus altos 
designios dispuso que fueran de corta duración, muriendo 
en la flor de su edad don Felipe el Hermoso y el príncipe 
donjuán, la trascendencia de aquel pensamiento se reflejo' 
en la grandeza de que se vio' rodeado Carlos I de España, 
debida más á ser nieto de los Reyes Cato'licos que á su 
imperio de Alemania. Para los viajes que originaron los 
matrimonios de los Príncipes ya queda dicho el lujo y pompa 
que desplegaron nuestros Reyes. No cabe en nuestro cuadro 
hablar por extenso del pensamiento político de aquel gran 
reinado, mas para indicar siquiera las causas del empobre- 
cimiento del tesoro en el momento que historiamos, recor- 
daremos que, siguiendo aquellos propo'sitos , don Fer- 
nando y doña Isabel concertaron el casamiento de su hija 
doña Catalina con el príncipe de Gales, y el de la prin- 
cesa doña Isabel con el príncipe don Juan de Portugal, 
primogénito del rey don Alfonso, cuyos conciertos causaron 
también gastos de consideracio'n, y muy continuos. Verda- 
deramente, si la muerte no hubiera venido á perturbar 
aquellos proyectos, inutilizando mucha parte de ellos, no es 
posible calcular hoy cuál hubiera sido su resultado en la 
política europea, ni la marcha de los sucesos en toda la época 
posterior. 

A estos grandes dispendios se unían otros muchos ma- 
yores para sostener en pie de guerra los ejércitos de Italia y 
del Rosello'n, o' sea el que estaba acantonado también en el 
Principado de Cataluña, en la previsio'n de que se declarase 
la guerra con Francia por las pretensiones al reino de 
Ñapóles. Estas tropas eran las que había ido á inspeccionar 







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CRISTÓBAL COLON 



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personalmente el Rey don Fernando en su viaje á Gerona. 
Las de Italia estaban al mando de Gonzalo Fernández de 
Co'rdoba, y bien sabido es cuántas glorias ilustraron aquel 
período de nuestra historia, y cuántos sacrificios impuso á 
España el sostenimiento de las escuadras para sostener la 
comunicacio'n con aquel ejército. 

El espíritu público tampoco se mostraba entonces tan 
propicio 3^ decidido por los descubrimientos. El entusiasmo 
producido por el regreso de Colón al puerto de Palos y su 
presentación en Barcelona, se había resfriado; la atmosfera 
favorable cambio' en adversa en unos , en indiferente en 
muchos, y se hacía alarde de mirar con prevención y des- 
confianza cualquier noticia que se extendía de la existencia 
de riquezas al otro lado de los mares. Tres años habían 
bastado para que se gastase aquella admiracio'n profunda; 
para que la imaginación popular se habituase á oir hablar 
de prodigios y de novedades, y no se manifestara ya sorpren- 
dida por acontecimiento alguno. Cuando entra la sospecha, 
cuando se da cabida á la duda, el interés concluye muj' luego 
y las malas pasiones empiezan á mostrar sus insidiosas ase- 
chanzas. La popularidad de Cristóbal Colón había sufrido 
rudos golpes en aquellos tres años transcurridos. Los envi- 
diosos, que habían callado vencidos por el esplendor de su 
gloria en 1493, aprovechaban la ocasio'n de humillar á aquel 
cayo triunfo les había subyugado, y se gozaban en sembrar 
la desconfianza y propalar todos los rumores que podían 
perjudicar al descubrimiento. 

No encontraban los pro}^ectos de nuevas expediciones el 
a P°3 7 ° <l ue P or todos se le había prestado años antes : ni 
hallaban eco las noticias de las riquezas del Nuevo Mundo, ni 
las descripciones de sus inmensos bosques y de sus ríos con 
arenas de oro corrían aumentadas por el entusiasmo. Con 
sonrisa de incredulidad y manifestaciones de desagrado eran 
recibidas las nuevas, aunque vinieran acompañadas de prue- 
bas que las acreditasen. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



169 



III 






Entre los muchos obstáculos . que las circunstancias 
acumulaban, para que no pudieran hacerse con prontitud los 
despachos de las expediciones, puede contarse también la 
mala voluntad del obispo Fonseca , que era entonces el en- 
cargado de todo lo concerniente á los asuntos de Indias ; pues 
aunque los Reyes, quizá por conocer el carácter y condicio'n 
de aquel eclesiástico, favoreciendo á un tiempo al Almirante 
y á las nacientes colonias, y tomando pretexto de haber sido 
elevado á la dignidad episcopal el Arcediano de Sevilla, 
encargaron por algún tiempo á Antonio de Torres la super- 
intendencia de la Contratación, esto duro' poco tiempo y 
Fonseca volvió' á hacerse cargo de aquel puesto. 

En él procuro' siempre mortificar á Cristóbal Colón, 
poniendo dificultades á cuanto proponía. Bajo' el Almirante 
desde Burgos á Sevilla, y en esta ciudad, cumpliéndolas 
o'rdenes de los Reyes, empezó' inmediatamente á ocuparse 
en los preparativos para el tercer viaje. Quisiéramos poseer 
datos auténticos para poder historiar la serie de contradic- 
ciones que fueron oponiendo el Obispo y sus dependientes á 
la adquisición y aprovisionamiento de los buques: los encon- 
tramos indicados en todas partes ; pero no se detallan en 
ninguna, por más que se dejen conocer perfectamente. Bien 
claramente los señala don Diego Ortiz de Zúñiga, cuando 
dice l : 

((Año 1496. — En esta segunda vez, venido á Castilla el 
Almirante Don Christobal Colon, y aviendo recebido de los 
Reyes, con satisfacción de sus procederes, y mercedes dignas 



Anuales eclesiásticos y seculares, etc. — Madrid, 1776. 
Cristóbal Colón, t ii. — 22 



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algunas ordenes para su tercer viaje, se detuvo mucho en 
Sevilla, porque Don Juan Rodríguez de Fonseca, su Dean, 
que avia ascendido á Obispo de Badajoz, se avia apartado de 
esta superintendencia y entrado en ella Antonio de Torres, 
no dándola expediente, se bolvio' á encargar al Obispo, que 
poco afecto al Almirante, se lo retardo' con embaraeos hasta 
30 de Mayo de el año siguiente.» 

Sufría, sin embargo, con mucha prudencia el Almirante 
todas las dilaciones, por las señaladas muestras de favor y 
de afecto que continuamente recibid de los Reyes Cato'licos 
durante toda su permanencia en España. La simple enume- 
ración de las mercedes que le hicieron, bastaría para desva- 
necer los cargos de ingratitud, y de prevenciones injustifica- 
das que abrigara don Fernando contra Colón, al decir de 
alguno de sus detractores. Ya hemos visto que en 23 de 
Abril del mismo año 1497 confirmaron todos los capítulos y 
mercedes del contrato que se estipulo' en Santa Fe, antes que 
fuese á descubrir, y le habían ratificado en la ciudad de 
Barcelona l . En dos capítulos consecutivos de su Historia 2 , 
se ocupa el P. Las Casas de las mercedes que los Reyes dis- 
pensaron á Colón en este año de 1497, y empieza por estas 
significativas palabras: — «Los cato'licos Reyes, como muy 
agradescidos y virtuosísimos príncipes, cognosciendo el gran 
servicio que habían del Almirante recibido, y vistos y consi- 
derados sus grandes trabajos y el poco provecho que había 
hasta entonces habido, hiriéronle nuevas mercedes en todo 
aquello que él les suplico', y aun otras que él no habia pedi- 
do, allende que le confirmaron de nuevo las viejas que le 
habían hecho, y todos sus privilegios al principio concedi- 
dos ...» 

«En verdad logro' cumplidamente sus deseos, dice Mu- 
ñoz. Nueva confirmación de sus privilegios; declaración de 



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1 Véase en las Aclaraciones y documentos del Libro II, ( L) pág. 584. 

2 Historia de las Indias, lib. I, caps. CXXIV y CXXV. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



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los derechos y fueros del Almirantazgo de Indias, insertas en 
ella las cláusulas del título del Almirante de Castilla con I 
quien se le igualo': condonacio'n de las sumas con que debiera 
haber contribuido á los gastos hechos por causa de sus em- 
presas, y merced de cuanto había recibido y aprovechádose; 
otra merced, que por tres años venideros gozase la ochava y 
décima de las ganancias sin poner costa alguna, con la gracia 
de que su ochava se sacase de la suma total antes de deducir 
las costas. Obtuvo además facultad de instituir mayorazgo, 
como lo hizo inmediatamente. Y obtuviera la propiedad 
perpetua de setenta y cinco leguas de terreno en la isla Es- 
pañola, que quisieron concederle los Reyes, con título de 
Marqués o' Duque, á no rehusar tan exhorbitante merced por 
miedo de la cavilación y maledicencia.» 

En 23 de Abril de aquel mismo año de 1497, J para 
que siempre quedase perpetua memoria de los grandes ser- 
vicios y hechos del Almirante, se le concedió' facultad real 
para que pudiera proceder á la institución de uno o' muchos 
Mayorazgos, que pasaran á la familia dándole brillo y 
esplendor; y queriendo demostrar todavía más los Soberanos 
su afecto á Colón extendiendo las muestras de su aprecio á 
toda la familia, en 22 de Julio nombraron á Don Bartolomé 
Colo'n Adelantado de las Indias, título que, como ya dijimos, 
conservo' hasta su muerte. 

Gran significacio'n tiene este nombramiento del Adelan- 
tado. Los Re} 7 es Católicos habían visto con cierto disgusto 
la designación que para aquel cargo había hecho el Almi- 
rante, á favor de su hermano, cuando en el mes de Septiembre 
de 1494 llego' enfermo á la ciudad de Isabela. Aquel nom- 
bramiento fué conceptuado como una usurpacio'n de atribu- 
ciones, como una extralimitacio'n á lo menos, por los enemi- 
gos de Cristóbal Colón, y así lo anunciaron en todas partes 
procurando presentarlo bajo el aspecto más desfavorable. Al 
ratificar los Reyes aquel nombramiento, reconocían las cua- 
lidades que concurrían en don Bartolomé para desempeñar 



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172 



CRISTÓBAL COLÓN 



el cargo, y robustecían con el peso de su autoridad aquella 
primera designación hecha por el Almirante cerrando el paso 
á todas las hablillas y cabalas de los maldicientes. 



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Los Reyes Cato'licos tenían verdadera convicción de la 
importancia del descubrimiento de las Indias, y deseaban 
que la memoria de aquel acontecimiento se perpetuase por 
medio de un mayorazgo que hiciera ilustre la familia del 
descubridor; Cristóbal Colón, por su parte, lleno del pen- 
samiento de su elevada misión, creía en la grandeza de la 
obra que había realizado, y se apresure) á fundar, aunque 
entonces poco o nada poseía, usando de la facultad que se le 
concedía, y con la esperanza de dotar á sus sucesores con 
pingües rentas. 

Encontrándose en Sevilla en 22 de Febrero del año si- 
guiente de 1498, llamo' el Almirante á su casa en la collación 
de la Santa Iglesia, al Escribano público Martín Rodríguez, 
le exhibió' la Real cédula de licencia, y usando las facultades 
que se le concedían, instituyo el Mayorazgo que todavía per- 
manece como timbre de la gloria de España, esperando en 
aquel alto Dios que se haya de haber antes de grande tiempo 
buena é grande renta de las dichas islas é tierra firme, que ha- 
bían de constituir la dotación de los sucesores. 

Llamo' á sucesio'n á su hijo primogénito Don Diego, y 
si fallecía sin sucesio'n á su hijo natural Don Fernando, y así 
sucesivamente señalo' el orden de varones descendientes por 
línea recta de él o' de sus hermanos; — «El eual Mayorazgo en 
ninguna manera lo herede mujer ninguna, salvo si aquí ni en otro 
cabo del mundo non se fallare hombre de mi linage verdadero, 
que se hoviese llamado y llamase él y sus antecesores de Colon.» 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO PRIMERO 



173 



Dispuso que tanto su hijo don Diego como los que á 
él sucedieran habían de usar el escudo de sus armas, tal 
como él lo dejase, sin entreverar mas ninguna eosa que ellas; 
sellando con el sello de las mismas, y sin firmar más que con 
el título de El Almirante, aunque ganase otros títulos o' el 
Re}- se los diera. 

Haciendo distribución de la renta, agracio' en primer 
término con la cuarta parte de ella á su hermano don Barto- 
lomé Colo'n, hasta que completase de renta propia un cuento 
de maravedís ; destino' otra parte al sostenimiento de indivi- 
duos pobres de la familia y otros objetos piadosos, y mando' 
que su hijo don Diego, o' la persona que heredase el ma3 T o- 
razgo, sostuviera siempre en la ciudad de Genova persona del 
apellido de Colo'n, que tuviera allí casa abierta y mujer, y 
que le ayudara á vivir con comodidad para que no faltase 
de allí el domicilio, pues había tenido raíz la familia, y 
nacido el fundador. Encargo que los sucesores depositaran 
cuantas sumas les fuera posible en el banco de San Jorge 
para ayudar en cualquier tiempo que se intentara la con- 
quista del Santo Sepulcro y la ciudad de Jerusalén, 6 hacerlo 
por sí cuando tuvieran caudal bastante; porque los Reyes si 
no pudieran hacerlo de darán el ayuda y aderezo como á cria- 
do y vasallo que lo hará en su nombre.)) 

Es verdaderamente notable la cláusula que se refiere al 
caso de cisma en la Iglesia Cato'lica; recordando sin duda el 
de los tres Papas, cin T os perniciosos resultados se tocaban 
todavía en tiempo de Cristóbal Colón. Dice así: 

(dtem: mando al dicho don Diego, d á quien poseyera el 
dicho Mayorazgo, que si en la Iglesia de Dios, por nuestros 
pecados, naciere alguna cisma, o' que por tiranía alguna per- 
sona, en cualquier grado o' estado que sea o' fuere, le quisiere 
desposeer de su honra y bienes, que so la pena sobredicha 
se ponga á los pies del Santo Padre, salvo si fuere herético 
(lo que Dios no quiera) la persona o' personas se determi- 
nen é pongan por obra de le servir con toda su fuerza é renta 







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CRISTÓBAL COLON 



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é hacienda, y en querer librar el dicho cisma, é defender que 
non sea despojada la Iglesia de su honra y bienes.» 

Son muchos los encargos que confía á los sucesores de 
su Mayorazgo; y como medio de asegurar el cumplimiento y 
que no puedan caer en olvido, manda á todos «que cada vez 
y cuantas veces se ovieren de confesar, que primero muestren 
este compromiso, o' el traslado del á su confesor, y le ruegue 
que le lea todo, porque tenga razón de le examinar sobre el 
cumplimiento del, y sea causa de mucho bien y descanso de 
su ánima. » 



V 



La favorable acogida que le habían dispensado los 
Reyes y las distinciones de que le hicieron objeto, ayudaron 
al Almirante á llevar con paciencia las dilaciones, los entor- 
pecimientos, los obstáculos de todas clases que se encontra- 
ron para cumplir las ordenes de preparar los ocho buques 
que debían destinarse á su tercer viaje. 

Al cabo, ya. en el mes de Octubre, se le mandaron dar 
seis millones de maravedís destinados al apresto, dotación y 
aprovisionamiento de su pequeña escuadra: los dos de ellos, 
para pagar la gente; y los otros cuatro, para flete de los 
buques, municiones, víveres y cuanto era necesario. Grave 
dificultad fué la de hacer libramiento de aquella suma, dades 
los apuros del tesoro ; pero para cobrarlos hubo may ores 
trabajos y angustias, por fatales circunstancias. 

La guerra con Francia había tomado incremento: des- 
pués del cerco de la villa de Salsas, en el Rosello'n, vio el 
Rey don Fernando la necesidad de poner en pie de guerra 
mayor número de hombres, y fortalecer á Perpiñán, y trope- 
zaba con la urgencia de estos socorros 3^ escasez de fondos, 



LIBRO CUARTO. — CAPITULO PRIMERO 



175 



cuando á 29 de Octubre llego de vuelta á Cádiz con sus tres 
barcos el piloto Pero Alonso Niño, y en lugar de dirigirse 
desde luego á la corte para dar cuenta de su viaje, se con- 
tento' con escribir al obispo de Badajoz que había hecho un 
viaje feliz, y se dirigió' á Moguer á visitar á su familia, 
llevándose los despachos y cartas que traía del Adelantado 
para los Reyes y para el Almirante. 

En aquella carta que escribió' Pero Alonso Niño, pedía 
albricias por el feliz suceso de la expedicio'n, y porque traía 
gran cantidad de oro. Con tal nueva, y por atender á todo 
con eficacia y puntualidad, dispuso el Rey de los seis millones 
de maravedís que debía recibir el Almirante, y dio orden 
de que á éste se le entregase igual suma de la que conducía 
el piloto Niño. 

Grande fué el desencanto de todos, é incalculable el 
perjuicio para Colón y para el negocio del Nuevo Mundo, 
cuando al entregar su relacio'n Pero Alonso Niño al obispo 
Fonseca, se tuvo conocimiento de que el oro que traía era 
muy poco, y la parte principal del cargamento era de indios, 
que habían de venderse como esclavos y producir mucho 
oro, según la hiperbólica frase del piloto, que daba ya por 
realizada la venta. Mucho disgusto causo' á los Reyes, y no 
menor á Colón tan lamentable equivocación; pero el mal 
estaba hecho, y aunque con verdadero interés se quisieron 
evitar las consecuencias, la dilacio'n fué larga y el efecto 
causado en la opinio'n por la carta del piloto desastroso. 

Volvió á trabajar con nuevo empeño el Almirante para 
que se le fueran entregando los seis millones que antes se le 
libraran, y se destinaron á lo de Perpiñán; y en cuanto pudo 
obtener la cobranza de algunas cantidades, las empleo' en 
abastecer dos de las ocho naves que se le habían concedido, 
llenándolas de provisiones, é hizo embarcar en ellas noventa 
hombres útiles, trabajadores del campo, hortelanos y oficiales 
de todos los oficios, con algunos peones, y bajo el mando de 
Pero Hernández Coronel, el alguacil mayor de la isla, las 








176 



CRISTÓBAL COLÓN 



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'A. 



envió en seguida al Adelantado, conociendo mejor que nadie 
la gran necesidad que allá debían padecer. 

Llevaba Coronel cartas del Almirante para su hermano, 
dándole cuenta de lo ocurrido después de su llegada á Cádiz, 
narrándole los favores de los Reyes, y las dificultades que 
había tenido que vencer. Pinta con tan vivo color el trabajo 
sufrido por la mala explicacio'n de Pero Alonso Niño, que no 
puede comprenderse de ninguna manera su sufrimiento 
mejor que trasladando ese párrafo de su carta, que por 
casualidad nos ha conservado en su historia el P. Las 
Casas. 

« Sabe nuestro Señor cuantas angustias por ello he pasado, 
por saber como estariades; asi que estos inconvenientes, bien que 
yo los diga, prolijos, con péndola, muchos mas fueron cu ser, á 
tanto que me hicieron aborrir la vida por la gran fatiga que yo 
sabia en que eslariades; en la cual me debéis de contar con vos 
juntamente , porque, cierto, bien que yo estuviese acá absenté, allá 
tenia y tengo el ánima presente , sin pensar en otra cosa alguna, 
de contino, como uro. Señor dello me es testigo, ni creo que vos 
pongáis ni vuestra ánima duda en ello, porque, allende la sangre 
y grande amor, el efecto del caso y la calidad del peligro y tra- 
bajo, en tan longincuas parles, amonesta y coustriuge mas el 
espirita y sentido á doler cualquier fatiga que allá se puede ima- 
ginar, que no si fuese en otra parle. Aprovecharía mucho á esto 
si este sufrimiento se sufriese por cosa que redundase al servicio 
de nuestro Señor, por el cual deberíamos trabajar con alegre 
ánimo; ni desayudarla á pensar que ninguna cosa grande se puede 
llegar á efecto salvo con pena, y asimismo consuela á creer que 
todo aquello que se alcanza trabajosamente se posee y cuenta con 
mayor dulzura. Mucho habria que decir en esta causa, mas porque 
de vos no es la primera que hayáis pasado, ni yo visto, dejaré 
para hablar en ello mas despacio y de palabra » 

Despachadas aquellas dos primeras embarcaciones al 
mando de Fernández Coronel , los entorpecimientos, las 
dificultades fueron aún mayores, tardando el Almirante más 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO PRIMERO 



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de tres meses en pertrechar y aprovisionar las seis restantes 
para poder darse á la vela. 

Luchaba con la falta de recursos, pero también trope- 
zaba con la falta de hombres que estuvieran dispuestos á 
embarcarse: retraídos en su mayor parte por las noticias 
desfavorables (pie habían circulado, sobre el estado de los 
colonos en la isla Española, y los muchos trabajos que allí 
se padecían; contribuyendo en gran manera á que no se 
allanasen todos los obstáculos la falta de armonía y buena 
inteligencia entre Cristóbal Colón y el obispo de Badajoz, 
que si hubieran estado unidos v hubieran ayudado mutua- 
mente, la empresa hubiera terminado en más breve plazo y 
de mejor manera. 

No se habían mirado bien desde un principio, pero 
después de la vuelta de don Diego Colón, y á virtud de las 
órdenes repetidas de los Reyes para que Fonseca le devol- 
viera el oro que le había intervenido y le procurase contentar 
en cuanto fuera de su agrado, é igualmente á clon Cristóbal, 
se hicieron más patentes el rencor y la mala voluntad del 
Obispo, y en la ocasión del despacho de los buques para este 
tercer viaje se significó el odio hasta tal punto, que sus 
dependientes y factores tomaron también parte descarada- 
mente en contra del Almirante, contrariando todos sus 
deseos, poniendo dificultad á todas sus disposiciones, y 
haciéndole sufrir tantas molestias, tantos sinsabores, tantos 
desaires, que por venir de personas de poco valer eran aun 
más sensibles y dolorosos, que agotaron la paciencia del 
grande hombre, llevándole al extremo de demostrar su enojo 
de una manera violenta y muy contraria á su carácter, según 
veremos en seguida. 



Cristóbal Colón, t. ii. — 23. 



1 8o 



CRISTÓBAL COLON 






Las necesidades de la colonia eran muy conocidas por 
Cristóbal Colón, y su pensamiento constante era reme- 
diarlas, y en lo posible prevenirlas. Animado por el conven- 
cimiento de que los Monarcas miraban con gran interés el 
descubrimiento, y deseaban fomentar la colonización, les 
dirigid una Memoria, que hasta ahora no se ha publicado en 
España, aunque es por muchos títulos importante. Se 
conserva autógrafa y firmada por el inmortal navegante, y 
la guardaba como preciada joya, que era la capital de su 
colección de autógrafos, el teniente general don Eduardo 
Fernández San Román, marqués de San Román, á cuya 
afetuosa amistad debemos la copia que hoy disfrutarán los 
apasionados á estos estudios '. Antes la ha hecho imprimir 
en Francia el tantas veces citado colombista Mr. Ilenry 
Ilarrisse 2 ; pero nuestra copia tendrá además el mérito espe- 
cialísimo de llevar una reproducción fotográfica de la última 
página, donde se encuentra la firma del Almirante, tal cual 
la verán nuestros lectores, } r á ella nos referimos en la Achi- 
rdad/i (d) de la introducción á esta obra 3. 

Como puede observarse, este Memorial carece de fecha; 
pero de su lectura se desprende el conocimiento de que fué 
formado antes de mediar el año 1497; } r la conviccio'n se 
robustece al comparar sus peticiones con las resoluciones de 
los Reyes contenidas en la instrucción fecha 15 de Junio de 



1 Al fallecimiento del ilustre general, pasó el precioso autógrafo con todos 
sus libros, que formaban riquísima colección, á la Biblioteca de la Real Academia 
de la Historia, á quien dejó tan importante legado. 

8 Christophe Colomb, son origine, sa vie, etc., tome II, pág. 528. 

1 Véase en el tomo I, pág. CXXIV. 






LIBRO CUARTO.— CAPITULO II 



181 



aquel año ', que fueron tomadas, sin duda alguna, teniendo 
en consideración lo reclamado por el Almirante. Véase el 
texto de este autógrafo desconocido : 

«Memorial que presentó Cristóbal Colón á los Reyes 
Católicos sobre las cosas necesarias para abastecer 
las Indias. 

Vuestras altezas mandaron que se I3 7 ziesse memorial de 
las cosas que eran menester para ser bastecidas las 3 T ndias y 
segund my parescer, es menester lo syguyente. 

Primeramente 

Seys Navios para quatrocientos o' quinientos ombres 
que son menester para sojudjar la isla española, segund m} r 
parescer, y destos ay en la dicha ysla quatro navyos, los dos 
son de Vuestras altezas, y elluno, que se llama la n} 7 ña es la 
m}'tad de V. A. y la mytad m3 r o, el otro que se llama la 
vaquenno es la nvytad de Vuestras Altezas é la otra mytad 
de una byuda vecyna de Palos. 

Y destos dos navios que faltan para ser seys es menester 
sean de ciento é veynte toneles cada uno por suplir la falta 
de los otros que son mas pequeños, y serán mas baratos 
comprar que no fletarlos, y ansy mesmo los marineros que 
sean abydos á sueldo y no por su flete porque será mas 
barato 3 r mejor servidos. 

Y para los abituallar y ser la gente mantenida es me- 
nester que sea desta manera, la tercia parte del \ r yzcocho 
que sea bueno 3 r l:>3 7 cn sazonado, 3 T que no sea añejo porque 
se pierde la ma} T or parte clello, 3 T la tercia parte que sea de 
faryna salada, 3 r que se sale al tiempo de moler, y la tercia 
parte de trigo. 

Mas es menester vyno, 3^ tocino, y aceyte, y vynagre 
e queso, e garbancos, e lantejas, é habas, e pescado 





1 Véase en las Aclaraciones y documentos (A). 




182 



CRISTÓBAL COLÓN 




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salado, c redes para pescar, é myel e arroz, é almendras 
é pasas. 

Mas, para los navyos ser reparados es menester pez. 
é estopa, é clavos, e sebo, é manguetas, é fyerro é pe- 
llejos. 

Mas, entre la gente que fuere en los navyos son me- 
nester estos oficiales que son calafates, é carpynteros, é 
toneleros, e asserradores , e serrador e syherras, e se llevar 
es mas barato. 

Y mas es menester que los navyos que lleven ganado 
ansy obejuno como vacuno é cabruno, y esto que sea nuevo, 
y puedenlo tomar en las yslas de Canaria porque se abra 
mas barato é es mas cerca. 

Es mas menester que se lleve para su vestuario lienzo é 
paño é calzado, filo, agujas, fustán, cañamazo, bonetes, e 
para los caballos sillas é frenos é espuelas. 

Es mas menester para los navyos que fueren como para 
la gente que allá residiere ans} r armas lombardas para los 
navyos, é lanzas, é espadas, é puñales, e vallcstas, é made- 
xuelas para las vallcstas, é almacén para las vallcstas. 

Ansy mesmo de las cosas que son menester para curar 
los enfermos el padre fray Juan informará á vuestras altezas 
de lo que será menester. 

Sy estas cosas suso dichas se ovyeren de dar por ración 
es menester que sea puesta una persona de buena conciencia 
para que de á cada uno su derecho no quitándole, nada que 
le pertenece, é sy se acordase que no sea por ración es 
menester se les haga allá alguna pagua de su sueldo en 
dinero para lo que ayan de comprar. 

Ansy mesmo es menester una persona que sea de buena 
conciencia y guarde á cada uno su justicia, y que los trate 
ansy como es menester: porque si los que oy lo tienen lo 
posseen de aqui adelante no digo los christianos mas los 
yndios dejarán la tierra porque son tratados ansy los unos 
como los otros mas siguiendo la crueldad que la razón y la 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO II 



183 



justicia, y porque ay muchos de los que allá están que 
querrán abecyndar es menester quel qu' el tal cargo llevare 
lleve poder para los facer aquel partido y dar libertad 
segund viere q' es menester. 

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:Xpo FERENS.» 

A todo accedieron los Reyes, dando además muchas 
útiles prevenciones que eran muestras significativas de su 
atencio'n y buen deseo. Pero en la ejecución empezaron las 
mayores dificultades. Cristóbal Colón encontró en la mala 
voluntad de don Juan de Fonseca un entorpecimiento á cada 
paso, y muchas dilaciones para el cumplimiento de cada una 
de sus o'rdenes. En Sevilla, donde se aprestaban los barcos 
y se reunían las provisiones, extremaban sus malas artes los 
dependientes de la contratación, que todos recibían inspira- 
ciones del Obispo, y solamente pensaban en agradarle procu- 
rando molestias al extranjero. 

Indudablemente sentía mucho el Almirante los grandes 
obstáculos que se oponían á sus planes, y dilataban sin razón 
alguna el despacho de la expedicio'n, tan necesaria por todos 
conceptos; pero mayor disgusto debían causarle los modales 
desatentos de aquellos bajos dependientes, que engreídos por 
la proteccio'n del Obispo , desconocían su autoridad y le 
trataban de una manera tan inconveniente, y que formaba 
tan notable contraste con las atenciones que les dispensaban 
los Rej'es. Todos emulaban en la innoble tarea de hacer 
poco caso de la persona de Cristóbal Colón, de contrariar 
sus deseos; pero por la grosería de sus acciones, por lo 
repetido de sus desaires, hubo de señalarse entre ellos un 
hombre de baja extracción, de no muy limpios antecedentes, 
entrometido y ligero, que desempeñaba el cargo de inter- 
ventor por Fonseca, llamado Jimeno de Briviesca. 



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No podemos satisfacer la natural curiosidad de nuestros 
lectores, refiriendo las causas detalladamente, porque no se 
han conservado jDor ningún historiador los actos de tan ruin 
personaje. Parece que no debía ser cristiano viejo, único 
dato que consigna el obispo de Chiapa sobre este antipático 
empleado, que tantos desconsuelos y aflicciones produjo á 
Colón. La operación de cargar los seis navios fué laborio- 
sísima, dificilísima, porque los oficiales de Fonseca dándose 
aires de autoridad, ensoberbecidos y orgullosos, ponían á 
todo impedimentos y cumplían mal y de mala manera las 
ordenes del Almirante, causándole graves enojos, continuas 
zozobras, grandes molestias y fatigas. El tal Jimeno de 
Briviesca como persona de baja extracción y escasos prin- 
cipios, era el más audaz y formaba como el centro de los 
envidiosos de Colón y aduladores de Fonseca. Sus indignas 
provocaciones, sus continuos desprecios herían más por salir 
de tan vil persona; y nada demuestra tanto su alcance, y 
cuánta sería su tenacidad, como el estado de irritación á que 
condujeron al Almirante, cu3 r o dominio sobre sí mismo era 
grande, y que tantas veces puso á prueba su paciencia 3^ 
su fuerza de voluntad en los azarosos trances de su exis- 
tencia. 

Pero no era fácil contenerse ante aquel grosero sujeto. 
Después de haber sido por espacio de muchos meses constante 
adversario de Cristóbal Colón, haciendo alarde de desobe- 
diencia á sus mandatos 3^ de menosprecio á su persona, 
continuo vejándole hasta el último instante, sin abandonar 
su triste papel ni aun en el momento mismo del embarque. 

Trasladóse Colón con todos sus oficiales 3 T criados, con 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO II 



185 



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los sacerdotes y frailes que debían acompañarle, y con otra 
multitud de operarios á Sanlúcar de Barrameda en los 
últimos días del mes de Mayo del año 1498. De allí debía 
partir la tercera expedicio'n; y aunque la empresa de las 
Indias había decaído mucho en el concepto público, y eran 
muchas las personas que llevadas por los informes de los 
enemigos del Almirante, se hacían eco de sus calumnias, y 
propalaban la idea de que el descubrimiento nada produciría, 
ni servía para otra cosa que para arruinar el tesoro español 
sirviendo á la ambicio'n de aquel extranjero, todavía fueron i 
muchos los amigos que también concurrieron á aquel puerto 
para darle su postrera despedida. 

Fué entre ellos también Jimcno de Briviesca, siguiendo 
en la misma playa y á vista de todos en sus sarcásticas 
provocaciones, en sus burlas soeces. Ya se dirigía el Almi- 
rante á su buque, cuando fué objeto de un nuevo insulto; y 
agotado el sufrimiento, cegado por la indignacio'n, olvido' 
por un momento la dignidad de su posicio'n, la prudencia 
de su conducta y cogiendo del cuello á Jimeno le arrojo' 
violentamente al suelo y le dio' de puntapiés, desahogando 
así su comprimida indignacio'n, y descargando sobre aquel 
malvado la señal del más profundo desprecio. 

Juzgan unos historiadores que el suceso tuvo lugar en 
la playa; otros aseguran que fué sobre el puente mismo de 
la nave capitana, y que allí se atrevió' Briviesca á repetir sus 
frases despreciativas. Lo que parecía natural, teniendo en 
cuenta el carácter de las personas y los antecedentes } y a refe- 
ridos, es que semejante acto no hubiera tenido consecuencias, 
y hubiera pasado como leve y condigno castigo de tanta 
indignidad contra la autoridad del Almirante de las Indias. 
Pero Jimeno de Briviesca era oficial del obispo de Badajoz, 
y éste tuvo buen cuidado de dar graves proporciones al 
asunto, y que llegara á oídos de los Rc3 7 es bajo un punto de 
vista exagerado, y se presento' como prueba del carácter 
violento, cruel y dominante de Cristóbal Colón. La odiosa 

Cristóbal Colón, t. ii.— 24. 



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cabala produjo el apetecido resultado: — «á mi parecer, dice 
el P. Las Casas, por esta causa principalmente, sobre otras 
quejas que fueron de acá, y cosas que murmuraron del y 
contra él los que bien con él no estaban, y le acumularon, 
los Re} T es indignados proveyeron de quitarle la gobernación, 
enviando al Comendador Francisco de Bobadilla, que esta 
isla y todas estas tierras gobernase; y bien lo temió' él, como 
parece por un capítulo de la carta primera que escribió' á los 
Reyes desque llego' á esta isla, donde dice: 

También suplico á Vuestras Alteras, que manden á las per- 
sonas que cu l i endeu en Sevilla en esta negociación, que no le sean 
contrarios y no la impidan; yo no se lo que allá pasaría Ximeno, 
salvo que es de generación que se ayudan á muerte y vida é yo 
ausente y invidiado extranjero: no me desechen Vuestras Alteras, 
pues que siempre me sostuvieron.)) 



III 



A r encidas todas las dificultades que habían prolongado 
por espacio de dos años casi cabales su permanencia en 
España, se hizo el Almirante á la vela para su tercer viaje 
saliendo de Sanlúcar de Barrameda, miércoles 30 de Ma3'o 
del año 1498. Llevaba seis barcos de diferente porte, cuatro 
de los llamados naos, de unas cien toneladas 3^ dos carabelas. 
Comenzó su Diario en nombre de la Santísima Trinidad, 
como tenía por costumbre, 3^ ofreció' poner bajo su advo- 
cacio'n la primera tierra que descubriese. 

La guerra estaba declarada con Francia , 3^ tuvo noticia 
de que una escuadra de esta nacio'n cruzaba en las aguas del 
Cabo San Vicente; puso por tanto el rumbo directo á la isla 
de Madera, con la intencio'n de dirigirse mucho más al Sur 
que en los viajes anteriores, para subir al ecuador buscando 



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LIBRO CUARTO.— CAPITULO II 



187 



los países que los habitantes de la isla Española le habían 
indicado como muy ricos y populosos, que debían encon- 
trarse en aquella direccio'n, según sus cálculos. 

Arribo' á la isla de Porto Santo el jueves 7 de Junio, y 
allí se detuvo para renovar la provisio'n de agua y leña. Su 
llegada produjo gran pánico, creyendo los moradores que 
era una escuadra francesa la que se aproximaba, por lo que 
habían empezado á huir al interior llevando consigo cuanto 
podían. El Almirante oyó' misa y volvió' á sus naves. Llego' 
á Madera el domingo 10, y permaneciendo allí seis días com- 
pletando las provisiones necesarias, llego' el martes 19 á vista 
déla Gomera. Estaba anclado en el puerto un buque corsario 
francés, con dos embarcaciones españolas que había apresado 
3^ conducido allí dos días antes. 

La vista de los barcos españoles le hizo abandonar una 
de las presas y hacerse al mar con la otra, dejando también 
en tierra por la precipitacio'n con que aparejo, una parte de 
los franceses de su tripulacio'n. Cristóbal Colón fondeo' 
tranquilamente, sin sospechar pudiera ser corsario el buque 
que había visto darse á la vela; pero informado de su con- 
dicio'n, y de que llevaba aprisionada una nave castellana, 
envió' en su seguimiento los tres barcos más veleros de su 
escuadra. No tardaron mucho en dar caza á los fugitivos, 
pues vieron con sorpresa que los dos buques volvían hacia el 
puerto; y era que seis españoles que iban á bordo prisio- 
neros, notando la falta de los corsarios que habían quedado 
en tierra, y que otros buques españoles venían en su auxilio, 
arremetieron á los franceses que los custodiaban, los mania- 
taron y volvían con ellos al encuentro del Almirante. Este 
devolvió' los buques á sus capitanes, y dejo' en la isla en 
poder del Gobernador á los seis franceses prisioneros para 
que los canjease por otros españoles de los que llevaba el 
corsario. 

El 21 de Junio salió de la Gomera, y se dirigió' á la isla 
de Hierro, con el firme propo'sito de continuar en la dirección 



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que se había trazado, bajando hasta las islas de Cabo Verde 
para llegar á la gran parte de tierra firme que suponía 
fundadamente había de encontrar al Sur de todo lo que antes 
había descubierto. 



IV 



Al llegar á este punto encontramos ya mcncio'n expresa 
de hallarse establecido en España, y ocupando puesto de 
cierta importancia otro pariente del Almirante. Juan Antonio 
Colombo, que era su primo hermano, según los datos más 
atendibles. 

Al salir de la isla Gomera , determino' Cristóbal Colón 
dividir en dos partes su reducida escuadra , enviando desde 
luego tres de sus barcos en derechura á la isla Española, 
atento siempre á proveer á los colonos de víveres de refresco, 
cuya falta se hacía sentir con tanta fuerza, como él por 
experiencia sabía , y para que sus hermanos y todos los 
españoles que allá estaban, tuvieran noticia de su salida y de 
que andaba ya. en descubrimiento por aquellos mares de 
Indias. Puso por capitán de uno de los barcos que envió' 
directamente «á un Pe<ilro de Arana, natural de Co'rdoba, 
hombre muy honrado, y bien cuerdo, el cual yo muy bien 
cognoscí, dice Fray Bartolomé de las Casas r , hermano de 
la madre de Don Hernando Colo'n, hijo segundo del Almi- 
rante, y primo de Arana, el que quedo' en la fortaleza con 
los treinta y ocho hombres, que hallo' á la vuelta muertos el 
Almirante; el otro capitán del otro navio, se llamo' Alonso 
Sánchez de Carbajal, Regidor de la ciudad de Baeza, hon- 
rado caballero. El tercero, para el otro navio, fué Juan 



Historia de las Indias , cap. CXXX. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO II 



189 



Antonio Calumbo, ginovés, deudo del Almirante, hombre muy 
capa\ y prudente, y de autoridad, con quien yo tuve frecuente 
conversación; diólcs sus instrucciones según convenia, y en 
ellas les mando', que, una semana uno, otra semana otro, 
fuese cada uno Capitán general de todos tres navios, 
cuanto á la navegación y á poner farol de noche , que es una 
lanterna con lumbre que ponen en la popa del navio, para 
que los otros navios sepan y sigan por donde vá y guia la 
Capitana.» 

Aunque incidentalmente y á otro propo'sito, } T a hemos 
dado noticia de la venida á España de este Juan Antonio 
Colo'n o' Colombo I , al referir que según documento notarial, 
cuya fecha se había citado con error manifiesto, tres herma- 
nos Juan, Mateo y Amighetto se habían unido para sufragar 
los gastos á fin de que uno de ellos viniera á España á visitar 
á Cristoforo Colombo, Almirante. Los tres hermanos eran 
hijos de Antonio Colombo, según lo consignado en el mismo 
documento; pues este Antonio, según otro documento que 
abajo mencionaremos, vivía con sus hermanos en la calle de la 
Puerta de San Andrés, en Genova, y allí moraba también 
Doménico Colombo, que debía ser uno de los hermanos del 
Antonio, resultando que Cristóbal y Juan Antonio Colo'n 
eran primos hermanos. 

Negando como siempre, y siguiendo su especial sistema, 
aunque sin alegar prueba alguna, y fundado tan so'lo en que 
no ha podido descubrir porqué lado sea el parentesco, ha 
colocado Mr. ílenry Harrisse á Juan Antonio Colombo entre 
los parientes supuestos del Almirante. Parecería á cualquiera 
que debía ser bastante el testimonio del P. Las Casas, que 
dice haber tenido con él frecuente conversación, y asegura que 
era deudo del Almirante, vías no es así, ni encontramos la 
razo'n en que el señor Harrisse se funda, por lo que vamos á 
traducir íntegro su razonamiento: 






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1 Véase la página 20 del tomo I. 




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ajuan Antonio Colombo, comandante, o' tan so'lo coman- 
ditario ' de uno de los buques de la tercera expedición de 
Cristóbal Colón en 1498, es designado por el P. Las Casas, 
que le conocía personalmente, como genovés y pariente del 
Admirante 2 . Nosotros no hemos podido descubrir en qué 
grado ni porqué rama. 

«Los documentos es cierto que mencionan en 1459 y 
1466 á un Antonio Colombo que fabricaba cu Quinto, y vivía 
justamente en la puerta de San Andrés 3, pero éste no puede 
ser aquél de que aquí se trata, porque el Antonio de los 
actos notariales, que había venido al mundo antes de 1434, 
pues que ya hace actos de mayor de edad en 1459, habría 
tenido á la edad de sesenta y cuatro años el mando de un 
buque en una expedicio'n de las más peligrosas. Y por otra 
parte, no nos cansaremos de repetirlo, en crítica histórica la 
homonimia es un factor extremadamente incierto. Notaremos 
únicamente, que don Diego Colo'n, hermano del Almirante, 
lego' á un llamado Juan Antonio Colon cien castellanos de 
oro 4 , sin calificarlo sin embargo de pariente, y sin indicar 
la causa de tal liberalidad.» 

Nada, ni una palabra más, escribe sobre esto el crítico 
anglo-americano. Y pudo bien haber considerado que no 
está aquí sola la condición de homo'nimo para tener á Juan 
Antonio por pariente cercano á Cristóbal Colón, por deudo 
suyo, pues la apoya la respetable autoridad del P. Las 
Casas, y las circunstancias atendibles de haber morado su 
padre en la misma puerta de San Andrés, y haber sido él 



1 Al parecer mercader. — Navarrcte, tomo II, pág. 243. 

2 El tercero para el otro navio, fué Juan Antonio Columbo, ginovés, deudo 
del Almirante , hombre muy capaz y prudente , y de autoridad, con quien yo tuve 
frecuente conversación. 

Las Casas, Historia de las Indias, lib. I, cap. CXXX, tomo II, pág. 221. 

3 Litterar. Communis. Ms. Registro 9,1459 — 1 de Agosto citado por 
M. Desimoni Scopritori Genovesi, pág. 47. 

4 Mando que se den á Juan Antonio Colon cient castellanos de oro, é que se 
les den de los bienes é fazienda del dicho Señor Don Diego Colon que tiene en las 
Judias, porque esta fué su voluntad. — Testamento de Diego Colón. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO II 



191 



agraciado por Cristóbal Colón con el mando de un buque, 
y por su hermano don Diego con un estimable legado. 

Impugna la duda manifestada por Mr. Harrisse el docto 
Pro'spero Peragallo, y después de leído su trabajo nada 
queda que desear. 

«Pero vengamos, dice, al punto de los parientes del 
Almirante. Lmo de estos, según es sabido, llamado Juan 
Antonio Colombo, mando' un barco en la tercera expedicio'n; 
y como pariente de Cristóbal se le menciona no solamente 
en los Apuntes (Historie) sino también por Las Casas que lo 
trato' mucho: — Juan Antonio Colombo, Ginovés, deudo del 
Almirante, hombre mu}^ capaz y prudente y de autoridad, 
con quien yo tuve f recítenle conversación l . — 

»¿Qué cosa moralmente más cierta? Aquí no tenemos 
ya la afirmacio'n de un hombre que refiere un dicho que no 
ha escuchado, y habla de una persona á quien no conoce, 
como en el caso de García Plernándcz, sino que estamos en 
presencia de un testigo que declara la calidad de un amigo 
su} 7 o, con el que tuvo intimidad. ¿Hay diferencia? 

»Pues á pesar de todo, Juan Antonio Colombo es colo- 
cado, sin miramiento alguno, por el señor Harrisse entre los 
parientes supuestos del Almirante — parents supposés — -Y la 
razo'n de esto es, según el crítico, porque — no hemos podido 
descubrir en qué grado ni porqué rama era pariente 2 . — 
Y desde el momento que el crítico no ha logrado descubrir 



1 V. Historia de las Lidias, lib I, cap. CXXX. — No obstante que Las 
Casas dice que Juan Antonio mandaba el navio, nuestro crítico osó escribir que 
era comandante ó simplemente comanditario; aduciendo como nota que Nava- 
rrete había dicho que era al parecer mercader: como si Juan Antonio no pudiera 
ser al mismo tiempo negociante y capitán de mar, como tantos otros. Por otra 
parte, entre comandante y comanditario (ó sobre-cargo ) hay á bordo inmensa 
diferencia; y todos los historiadores, incluso Navarrete, dicen que comandante 

de un navio era Juan Antonio. — Mandaban los tres navios y Juan Antonio 

Colombo, etc., (V. Colección, tomo I, pág. 394). Y dejo de notar el absurdo de 
hacer que Cristóbal pusiera á bordo un comanditario, cuando los buques per- 
tenecían al Rey; y no se hacían en ellos negocios de comercio por cuenta de 
particulares, ni aun de los mismos Reyes, para hablar con propiedad. 

1 V. Crist. Colomb., tomo II, pág. 392. 




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esto, es claro que le es lícito negar crédito al testimonio de 
Las Casas, o' al menos, ponerlo en cuarentena. La elevacio'n 
y la profundidad de tales alegaciones es tanta, que fijando 
en ellas los ojos, causan desvanecimiento. Por eso no hacemos 
más que indicarlas á nuestros lectores. 

— Notemos únicamente, añade el crítico, que Diego, 
hermano de Cristóbal, legó á un tal Juan Antonio Colombo 
cien castellanos de oro, sin calificarle, sin embargo, de 
pariente 1 . — 

»¡.Mal, muy mal notado! Quien escribió' el testamento, 
y por lo tanto el legado al Juan Antonio Colombo, fué el 
P. Corrido, por la imposibilidad del clon Diego y en virtud 
de plenos poderes que le había conferido, como resulta de 
los documentos. Y por eso el monje Cartujo habla siempre 
en la disposicio'n testamentaria en nombre propio, aunque 
como fiduciario de don Diego, fugo é otorgo son estas... item 
mando que se den á Juan Antonio Colon cien castellanos de 

oro, é que se los den de los bienes porque esta fué su 

voluntad del dicho Señor Don Diego 2 . — 

»No siendo, pues, don Diego, sino una tercera persona 
la que escribió' aquella cláusula, el ingenuo notemos del 
crítico puede ir á hacer compañía á otras análogas observa- 
ciones suyas. 

»Con licencia, pues, de nuestro escritor, o' sin ella, con- 
tinuaremos, por tanto, diciendo con Las Casas, que el capitán 
marino Juan Antonio Colombo, era, sin duda alguna, 
pariente del Almirante , por más que no podamos en la 
actualidad conocer con fijeza en qué grado lo fuese. 

»Sin embargo, queremos exponer alguna conjetura 
nuestra á este propo'sito ; esperando saber la opinio'n de las 
personas más competentes en este orden de conocimientos. 

«¿Dominico, el padre del Almirante, tuvo un hermano 



1 Crist. Colomb., tomo II, pág. 393. 

2 V. ibid., tomo II, Apéndice B., págs. 469, 470, 476. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO II 



193 



que se llamase Antonio? En un acta de Genova, fecha 20 de 
Abril de 1448, descubierta por el marqués de Staglieno l , 
aparece que un Domeneghino Colombo, hijo de Juan, tenía 
un hermano llamado Antonio, y una hermana llamada Bau- 
tistina, mujer de Pascual Fritalo. ¿Nos encontraremos quizá 
ante la familia del Almirante? Para Harrisse esto es cierto; 
tanto que dice que el Antonio y la Bautistina eran tío y tía 
de Cristóbal 2 . Y en vista de esto nada tiene improbable 
que nuestro Juan Antonio Colombo, fuera hijo del dicho 
Antonio, y por lo tanto primo del Almirante. 

»Pero aquí surge una dificultad que anularía á la vez 
las inducciones del señor Harrisse 3^ mis propias conjeturas; 
y me juzgo en el deber de exponerla, esperando el fallo de 
los genealogistas colombinos. El acta antes citada de 20 de 
Abril de 1448, consigna que los hermanos Dominico y 
Antonio Colombo eran habitadores villa Quinti. Pues el señor 
Harrisse asegura á su vez que Dominico Colombo habito' en 
Genova — sin interrupcio'n desde 1439 á 1491 3 - — ¿Co'mo 
conciliaremos esto? No hay más medio que el de admitir 
que Dominico Colombo tuvo simultáneamente dos casas 
abiertas. En la duda, y hasta nuevas aclaraciones, dejaré 
en suspenso mi conjetura y me acojo á otra. 

»E1 signor Desimoni encontró' que los cartularios ava- 
riarum citaban en el año 1459 á un Antonias Columbas ct 
[r aires, en la calle fuera de la puerta de San Andrés 4. Y ya 
sabemos que Dominico Colombo, padre de Cristóbal, estaba 
igualmente establecido — extra portam sancti Andrea 5. — Seme- 
jante coincidencia de domicilio nos inclina á sospechar que 
ciertamente Domingo tenía cuando menos un hermano que 



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1 V. ChristopJie Colomb, tomo I, pág. 186, y tomo II, págs. 404, 405. 

2 Ibid.y torno I, págs. 186, 189. 

3 Ya lo hemos citado antes. — El crítico, sin embargo, estaba tan desme- 
moriado que en el tomo I, pág. 237, había dicho: — en Mayo de 147 1 Domi- 
nico Colombo estaba establecido en Savona Inicia tres años. 

k V. Sugli Scoprit. Genov. — Nel Giornale Ligar. Anno I, pág. 238. 

8 V. Christ. Colomb., tomo II, Apéndice págs. 410, 411, y tomo I, pág. 208. 







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194 



CRISTÓBAL COLÓN 



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se llamaba Antonio, y que los dos hermanos tenían una casa 
de tráfico. 

»Tal sospecha viene también á confirmarse por otra acta 
descubierta asimismo por el marqués Staglieno. De esa acta 
debemos notar, que con fecha 1 1 de Octubre de 1496, tres 
hijos de Antonio Colombo, de Quinto, nombrados Juan, 
Mateo y Amigheto, convinieron en sufragar los gastos para 
que uno de ellos pasara á visitar á Cristóbal Colón, Almi- 
rante del Rey de España l . Si no hubieran sido parientes es 
seguro que no se hubieran impuesto aquel sacrificio. Y el 
encargado después de hacer el viaje debió' ser naturalmen- 
te el mayor de los tres hermanos, es decir, Juan. ¿Acaso 
sería éste nuestro Juan Antonio? Conviene la edad: porque 
teniendo aquél en 1460 2 catorce años, llegaba á unos cin- 
cuenta en 1 496 ; 3^ por otro lado sabemos que obtuvo el 
mando de una nave en el tercer viaje del Almirante el 30 de 
Mayo de 1498. 

» Todos los indicios concurren, por tanto, á demostrar 
que Juan Antonio era primo de Cristóbal Colón.» 

Esta conclusión es la misma que nosotros hemos adu- 
cido, y dejamos consignada desde luego. Creemos que, sin 
comprometer en lo más mínimo la formalidad de la historia, 
3^ en vista de los documentos repetidamente expuestos, puede 
decirse que Juan Antonio Colombo, hijo de Antonio, el tío 
carnal de Cristóbal, paso' á España comisionado por sus 
hermanos Mateo 3^ Amigheto en 1496; que protegido por su 
primo, que había llegado á Cádiz y Burgos de regreso de su 
segundo viaje, permaneció dos años en su compañía, y pro- 
bablemente ayudándole, cuando en Mayo de 1498 fué desig- 
nado para mandar uno de los buques de la tercera expedición, 
y enviado después en 16 de Junio directamente á la isla 
Española con otros dos capitanes de la confianza del Almi- 



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Jll ' V. Alcuni N. Docum. 6r. nel Giornale Lig.¡ anno XIV, págs. 252, 253. 

1 V. íbid., págs. 253, 254. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO II 



195 



rante ; y es de suponer que continuo en buenas relaciones 
con sus primos, por lo que clon Diego le agracio' en su testa- 
mento con la manda de cien castellanos. 

El 21 de Junio, al salir de la Gomera, los tres buques 
mandados por Sánchez Carvajal, por Arana y por Colombo. 
tomaron el rumbo que les había mandado seguir el Almi- 
rante; y éste, con un navio de mayor porte y dos carabelas, 
se dirigió' á las islas de Cabo Verde con objeto de completar 
allí sus provisiones, y recoger algún ganado de cría para 
aclimatarlo en la isla Española. 



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Desde este momento vuelve á dividirse segunda vez 
la atencio'n hacia tres puntos diferentes : la flotilla en que 
Cristóbal Colón navegaba para nuevos descubrimientos ; el 
estado de la colonia en la isla Española, cu} r o gobierno 
había quedado á cargo del Adelantado don Bartolomé Colo'n, 
y lo que sucedía en la corte de España y en la casa de 
Contratado' n de Sevilla, á consecuencia de las noticias que 
llegaban de las Indias; del empeño de muchos navegantes en 
armar para hacer descubrimientos, y de las intrigas que se 
formaban contra el Almirante. Como cada uno de aquéllos 
tiene su carácter peculiar y su particular interés , consulta- 
remos la claridad tratándolos por separado, y procurando 
ponerlos en relación con toda exactitud en el momento que 
tienen mayor contacto, y se reúnen para formar el debido 
encadenamiento. 

Desde las Canarias, siguiendo el rumbo estudiado, 
como dejamos dicho, para subir hasta la línea equinoccial, 
donde abrigaba la esperanza de encontrar clima muy be- 
nigno y grandes riquezas, según se desprendía de un informe 
del insigne lapidario Jaime Eerrer que le habían remitido 
los Re} T es Cato'licos, navego' directamente á las islas de Cabo 
Verde, nombre que, según la atinada frase de clon Juan B. 
Muñoz, pudo dárselas por antífrasis, pues solamente son 
notables por su aridez y soledad, sin ostentar riqueza de 
vegetado' 11 ni productos abundantes, como de su nombre 
podría esperarse. El 27 de Junio dio' fondo en la isla nom- 
brada Buena Vista, con el intento de recoger algunas cabras 
monteses que eran allí muy abundantes, y cuya carne 
resistía mucho y se conservaba sana en condiciones de buena 
alimentacio'n durante largo tiempo. En aquel puerto apenas 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



199 



encontraba hombres útiles de quienes valerse. La mayor 
parte de los que circulaban por sus tristes calles eran pobres 
leprosos, enfermos más o' menos graves, que concurrían á 
ella de muchos puntos distantes, especialmente de Portugal, 
á buscar la salud alimentándose con la carne de las tortugas, 
cu3^a pesca era allí copiosa, y lavándose con su sangre; que 
este tratamiento se creía entonces el más eficaz contra enfer- 
medad tan horrible. No pudo hacer provisión bastante de 
carne ni en aquella isla, ni en la de Santiago, únicas de aquel 
grupo donde se detuvo. Levo' anclas de esta última el 5 de 
Julio, y marco' una direccio'n Sudoeste caminando al ecua- 
dor durante muchos días hasta llegar al 5 grado de 
latitud Norte. 

Nada notable había ocurrido hasta entonces á bordo : el 
viaje era feliz, y llevaban adelantadas más de doscientas 
leguas desde las islas de Cabo Verde, 3-cndo siempre delante 
de todas las embarcaciones la carabela que nombraban 
Correo, quizá por sus buenas condiciones marineras, cuando 
empezó' á faltar el viento constante que les favorecía, sobre- 
viniendo á poco una calma completa, tan absoluta, que el 
mar parecía un espejo bruñido, y en los buques permanecían 
clavados, durmiendo á lo largo de los mástiles, lo mismo las 
velas que las banderas. Habían entrado en aquella región 
ecuatorial que los marinos denominan calmosa, donde neu- 
tralizándose los vientos de ambos hemisferios no se percibe 
ráfaga alguna que pueda ayudar á la navegación durante 
largos períodos de tiempo. 

Aquella calma causo' gran pavor á los marineros; pero 
mayor angustia les produjo el insufrible calor que empe- 
zaron á experimentar, que no era comparable por su inten- 
sidad con otro alguno. «Allí me desamparo' el viento, escribe 
el mismo Almirante l , y entré en tanto ardor y tan grande 



1 Relación del tercer viaje, enviada á los Reyes Católicos por Cristóp, ai. 
Colón, desde la isla Española. — Navarrete. Colección de viajes, tomo I, pág. 391 
de la sesrunda edición. 



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que creí que se me quemasen los navios y gente, que todo 
de un golpe vino tan desordenado que no habia persona que 
osase descender debajo de cubierta á remediar la vasija y 
mantenimientos.» «En el mismo paralelo debia de ir el 
Almirante, dice el P. Las Casas, o por mejor decir, meri- 
diano, que llevo' Ilannon, capitán de los cartagineses con su 
flota, que saliendo de Cádiz y pasando al Océano, á la 
siniestra de Libia o Etiopia, después de treinta dias, yendo 
hacia el Mediodía, entre otras angustias que paso, fué tanto 
el calor y fuego que padeció', que parescia que se asaban; 
oyeron tantos truenos y relámpagos, que los oidos les ator- 
mentaban y los ojos les cegaban, y no parescia sino que 
llamas de fuego caían del ciclo...» 

Después de algunos días de conservarse la atmosfera 
brumosa y cargada, apareció el sol brillante, espléndido, 
derramando sus rayos ardientes que no eran mitigados por 
ningún movimiento del aire. El ambiente era ele fuego; los 
objetos parecían incandescentes; la madera semejaba estar á 
punto de arder. Saltaban los aros de los toneles corriendo el 
líquido que contenían, y era imposible respirar. Con la 
calma el calor era intolerable. Después de ocho días de 
mortales angustias, algunas lluvias hicieron renacer las espe- 
ranzas, soplo' un poco el deseado viento y pudieron continuar 
la navegacio'n, aunque sin adelantar con la rapidez que 
todos deseaban. Las maniobras se hacían con suma dificultad 
porque el excesivo calor había atacado las fuerzas de los 
marineros, cayendo todos en un estado de laxitud muy 
pro'ximo á la postracio'n. La gota mortificaba al Almirante, 
sucediéndose los accesos casi sin interrupcio'n , y dudando 
encontrar tierra en aquella direccio'n, vario' el rumbo en 
demanda de las islas caribes, visitadas en el viaje anterior, 
que según sus cálculos debían encontrarse hacia el Sud- 
oeste. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



201 



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Desde el 13 al 31 de Julio las angustias fueron cons- 
tantes, pues el estado de la tripulación era desesperado; 
necesitaban algún descanso, y lejos de obtenerlo empezaron 
á escasear las provisiones, y especialmente el agua por causa 
de las pérdidas que habían sufrido de las pipas que se ver- 
tieron; cuando ya en aquel día llegaba al extremo la ansiedad 
de todos, señaladamente la de Colón, que sufría por la 
suerte de cuantos estaban á sus ordenes, uno de los mari- 
neros del servicio del Almirante, que se nombraba Alonso 
Pérez, subió' á la gavia del palo mayor y descubriendo las 
cimas de algunas montañas dio' la voz de tierra. Xo es 
posible pintar el electo que aquel grito mágico produjo en 
las tripulaciones. Aproximándose distinguieron tres montes 
casi iguales, cuyas altas cumbres se destacaban perfecta- 
mente entre el limpio azul del horizonte, uniéndose en su 
base. 

Cristóbal Colón. cu\-a fe religiosa era tan exaltada en 
ciertas ocasiones y que había ofrecido consagrar á la Santí- 
sima Trinidad la primera tierra que descubriese en este 
viaje, no pudo menos de encontrar una misteriosa signi- 
ficación en la forma de aquella primera montaña que á su 
vista se ofrecía. La isla recibió' el nombre de Trinidad, que 
conserva todavía. 

Siguieron por mucho tiempo la costa buscando un buen 
puerto, que no se descubría á la vista, pues por todas partes 
se presentaba llena de rocas; doblaron la punta oriental, que 
el Almirante llamo' de la Galera, porque tiene el aspecto la 
peña que la forma de un pequeño buque con su vela levan- 
tada, y por aquel nombre la conocen aún los marinos; y 
Cristóbal Colón, t. n. — 26. 



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202 



CRISTÓBAL COLÓN 





luego fueron las barcas á tierra para reponer la provisio'n de 
agua, de que tanta necesidad sentían, aunque solamente 
pudieron llenar una cuba, volviéndose á bordo. 

Algunas leguas andadas dieron fondo y desembarco la 
gente en la proximidad de un cabo que se nombro' de la 
Playa, } r habiendo tomado cantidad de agua, continuaron 
costeando á la punta del Arenal , por no encontrar en 
cuanto la vista alcanzaba personas con quien comunicar, 
ni caseríos adonde poderse dirigir para obtener noticias 
del país. 

Las tierras de la orilla eran bajas y poco accidentadas, 
abrazando la vista un horizonte bastante dilatado hasta la 
falda de las montañas que se descubrían á lo lejos; desde 
que empezaba la altura se veían espesas y frondosas arbo- 
ledas y muchas casas o' bohíos que le prestaban animado 
aspecto. De ellas vieron descender á muchos indios que 
entrando en sus canoas se dirigían llenos de admiracio'n y 
haciendo mil demostraciones hacia las carabelas; pero no 
consintieron en aproximarse, ni menos subir á bordo, á pesar 
de las señales de amistad que se les hicieron, ni por haberles 
mostrado muchos objetos de los que ya se sabía por expe- 
riencia llamaban tanto la atención de todos los isleños. 
Viendo la inutilidad de aquellos medios, ideo' el Almirante 
otro que le pareció' más eficaz, disponiendo que en el castillo 
de popa hicieran una pequeña fiesta los marineros, cantando 
y bailando al son del tamboril y la dulzaina , como en las 
fiestas populares de España ; pero el efecto fué al contrario 
de lo que se esperaba. 

Al escuchar los indios el sonido de los instrumentos 
pareció' que oían una señal de combate. Acudieron á sus 
arcos y poblaron los aires de flechas lanzadas contra las cara- 
belas, en las que no causaron daño alguno, quedando 
muchas clavadas en la obra muerta. Dispararon sus arca- 
buces dos soldados, y aquella demostración fué bastante para 
imponerles respeto. Al oir las detonaciones arrojaron las 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO III 



203 



armas y se quedaron suspensos, contemplando ato'nitos 
aquellos hombres que vestidos de acero brillante que refle- 
jaba los rnyos del sol, disponían del trueno y del rayo, que 
no menos les parecieron los tiros de la po'lvora. Después se 
aproximaron y empezaron á rescatar, depuesta, al parecer, 
toda idea de hostilidad , que sin saber porqué causa les 
habían inspirado las canciones y música de los soldados 
españoles. 

En los productos que ofrecieron no había gran diferencia 
de los que se habían visto anteriormente, por lo que Colón 
no fijo' mucho en ellos su atencio'n, deteniéndola con mayor 
cuidado en los indígenas que subían á bordo. Era su color 
más claro que el de los isleños de Guadalupe 3^ de la Española, 
los cabellos menos lacios, más flexibles y sedosos, y tanto 
los hombres como las mujeres parecían más altos y hermosos, 
mejor proporcionados, cualidades todas que contrariaban las 
ideas que él llevaba de encontrar razas muy semejantes á las 
del África ecuatorial, de tez negra o' muy oscura, de cabellos 
crespos ensortijados 3^ de cuerpos un tanto deformes. 

Desembarcaron los marineros 3^ soldados para descansar 
algún tiempo de las molestias de á bordo, y completaron la 
provisión de agua abriendo pozos en la arena, pues no 
encontraron arroyos en las cercanías. El i.° de Agosto, 
estando en observacio'n desde el castillo de popa de su nave, 
anclada en lo que se llamo' punta del Arenal, porque el 
surgidero le parecía peligroso á causa de las corrientes con- 
trarias que en aquel paraje observaba, formadas por el 
estrecho que hace con la isla del Gallo, á que puso el nom- 
bre de Boca de la Sierpe, descubrió' á lo lejos, en dirección 
Sur, una tierra elevada, que supuso ser otra isla de ma3 7 or 
extensión, que se propuso visitar en seguida 3^ que señalo' con 
la denominacio'n de isla Santa. Entre la punta de la isla 
Trinidad y otra que formaba la extremidad de la tierra 
frontera, quedaba un paso mucho más difícil, por la fuerza 
que allí tomaban las aguas y la multitud de escollos, y aquel ^ 





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CRISTÓBAL COLÓN 




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estrecho recibió del Almirante el nombre de la Boca del 
Dragón , pues parecían ambos cabos las fauces abiertas de 
una enorme boca dispuesta á devorar cuantas embarcaciones 
se atrevieran á intentar el paso. Decidido, sin embargo, el 
Almirante á doblar el cabo y penetrar en aquel mar tran- 
quilo, al parecer, que al sudoeste se descubría, mando' que 
varios botes hicieran los sondeos, } T encontrando seguro el 
camino, paso' y se dirigió' á la que estimaba isla, y no era 
sino el continente, la verdadera tierra firme, que entonces 
por vez primera contemplaron sus ojos, y holló' con su planta 
sin duda alguna. 



III 



Y aquí se presenta la ocasio'n de examinar en su lugar 
propio la duda que hace años promovió' un distinguido 
americanista de la república de Honduras. ¿Desembarco' 
Cristóbal Colón en tierra firme del territorio americano? 
El aludido literato, que lo era don Marco Aurelio Soto, con- 
sulto' sobre este punto al historiador de la América Central 
don José Afilia *, y de sus conceptos aparece que el hecho no 
está completamente justificado, por lo cual el señor Soto, 
Presidente entonces de aquella república, no podría dar el 
nombre de Cristóbal Colón á un departamento de la costa 
de Trujillo, según deseaba. Mas hay que notar, que aquellos 
doctos americanos fijaron el punto de partida de sus investi- 
gaciones en el cuarto viaje del Almirante, en el cual también 
puede creerse que puso los pies en el continente: pero el señor 
don Cesáreo Fernández Duro al entrar en el examen de esta 



1 .• Desembarcó Cristóbal Colón en tierra firme del continente americano? 
Tegucipalpa. — Tipografía nacional, 1882. 34 páginas en 4." 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



205 



cuestión, con cuantos datos pudo recoger en los documentos 
remitidos del Archivo de Indias de Sevilla ' al cuarto con- 
greso de americanistas, empezó' por asentar con verdadero 
conocimiento, que el primer desembarco de Colón en la 
costa de Paria debe buscarse en el tercer viaje, cuando por 
vez primera descubrió', costeo' y reconoció' la tierra firme 
desde el i.° al 17 de Agosto de 1498. 

Y en efecto, siguiendo paso á paso el itinerario que, 
copiado casi á la letra del original, inserta el P. Las Casas, 
se ve que paso aquellos días reconociendo la costa de tierra 
firme desde las bocas del Orinoco hasta el confín de Paria, 
en «aquel golfo cercado de tierra firme por una parte y por 
otra de la isla de la Trinidad)) creyendo siempre que aquella 
que llamo' isla Santa, lo era en efecto, y lo mismo las que 
denomino' de Gracia, Punta Seca. Punta Llana. Isabela y 
otras cuya localidad no puede comprobarse hoy, pues eran 
cabos de la costa continental, separados por los brazos del 
río. Imposible parecerá que en todos aquellos días no bajara 
á tierra el Almirante, cuando tantos motivos tuvo para 
hacerlo; y aunque es cierto que consigna en varias ocasiones 
que iba muy molesto de la gota, y de la enfermedad de los 
ojos, que del continuo velar y de la fuerza del viento se le 
irritaron á tal punto que se le cubrieron de sangre, como él 
dice, bien parece de sus expresiones que en más de una 
ocasio'n bajo' á tierra para reconocer. 

((Estando en esta punta del Arenal, escribe el P. Las 
Casas, que es fin de la isla de la Trinidad, vido hacia el 
Norte cuarta del Nordeste, á distancia de quince leguas, un 
cabo o' punta de la misma tierra firme, y esta fué la que se 
llama Paria. El Almirante, creyendo que era otra isla dis- 
tinta, púsola nombre la isla de Gracia Envió' á tierra las 



1 Colón y Pinzón. — Informe relativo á los pormenores del descubrimiento 
del Nuevo Mundo..., por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro. — Madrid. 
Tello, 1889. 



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CRISTÓBAL COLON 




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lanchas, y hallaron pescado 3^ fuego, y rastro de gente, y 
una casa grande descubierta: de allí anduvo ocho leguas, 
donde hallo' puertos buenos. Esta parte desta isla de Gracia 
dice (el Almirante) ser tierra altísima, y hace muchos valles. 
y todo debe de ser poblado, dice él, porque lo vicio todo 
labrado; los ríos son muchos, porque cada valle tiene el 
suyo de legua á legua : hallaron muchas frutas y unas como 
uvas y de buen sabor, y mirabolanos muy buenos, y otras 
como manzanas, y otras, dice, como naranjas, y lo de dentro 
es como higos; hallaron infinitos gatos paules; las aguas, 
dice, las mejores que vieron.» 

Todo esto parece dicho de ciencia propia. Más ade- 
lante dice: — «Navego' á un ancón, lunes 6 dias de Agosto 

cinco leguas, donde salió y vido gente » Pero contra estas 

y otras indicaciones se nota siempre la falta de la expresio'n 
clara precisa de haber desembarcado ; la cual tampoco se 
encuentra en la mencionada Relución del tercer viaje, que 
Colón remitió' desde la isla Española. Las ceremonias oficia- 
les eran siempre las mismas, y el no hacerse mencio'n de 
ellas, como se acostumbraba en todas ocasiones, vendrá á 
demostrar que el Almirante visito' en esta expedición la tierra 
firme, aunque no tomo posesio'n de ella, lo cual no parece 
admisible. Pero aun admitiendo que no practico' tales actos, 
todavía quedan datos bastantes para dudar; aún puede creer- 
se que desembarco', y quizá no una vez sola, en la costa de 
Paria, en los primeros días del mes de Agosto de 1498. 

Relativamente á un desembarco y toma de posesio'n en 
la costa de Honduras, en la punta que denomino' Caxinas, 
donde ho} T se encuentra la ciudad de Truxillo, en su cuarto 
viaje, año 1502, que es el punto en que toman la cuestio'n 
los distinguidos americanos que antes citábamos, los señores 
Soto y Milla, la trataremos en su lugar oportuno cuando 
de aquel último viaje del Almirante nos ocupemos, porque 
tenemos fundado motivo para esperar que mientras tanto se 
esclarezca con algún dato importante aquella duda. 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO III 



207 



IV 



En el punto de que tratábamos, o sea de los pasos y 
reconocimiento de la costa de Paria, en este tercer viaje, el 
P. Las Casas en los capítulos de su obra que á ello dedica l , 
inserta muchos trozos desconocidos del Diario de Colón, que 
sería mu}f conveniente entresacar, toda vez que aquel docu- 
mento no se ha encontrado hasta ahora, y especialmente los 
indicados capítulos, que siguen con fidelidad su contexto, 
copiando muchas veces sus propias palabras. 

No cabe en este lugar esa interesante recopilación; mas 
cuando no todos, hemos de referir alguno, porque se en- 
cuentra en íntima relación con otros hechos posteriores y de 
cierta gravedad en la historia del descubrimiento. Surgió' 
adonde Hamo' los Jardines, que eran las más hermosas tierras 
que había visto y las más pobladas , donde encontró' gentes 
vestidas, aunque de una manera particular, con pañizuelos 
de algodo'n; y de aquellas gentes algunos traían hojas de 
oro al cuello, y le dijeron que por allí había mucho y de él 
hacían espejos; pero esto debía ser mala inteligencia, porque 
no los entendían ni una palabra. Vieron á un indio que 
tenía un grano de oro tan grande como una manzana. — 
«Vinieron unas mujeres que traían en los brazos sartales de 
contezuelas, y entre ellas perlas o' aljófar, finísimas — 
Pregunto' el Almirante á los indios donde las hallaban o 
pescaban 2 , y mostráronle de las nácaras donde nacen, y 
respondiéronle por bien claras señas, que nacian y se cogían 



1 Desde el capítulo CXXX al CXLIX de la Historia de las Indias. 

El Almirante dice en su Relación: — «También les pregunté donde 
cogían las perlas, y me señalaron también que al Poniente y al Norte, detrás 
desta tierra donde estaban.» 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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hacia el Poniente detras de aquella isla que era el cabo de la 
playa de la Punta de Paria y tierra firme, que creia ser isla: 
y decian verdad , que veinticinco o' treinta leguas de allí, 
hacia el Poniente, está la isla de Cubagua, de que luego se 
dirá, donde las cojian.» 

Rescato' Cristóbal Colón cuantas perlas pudo, para 
enviarlas á los Reyes, como lo hizo luego desde la isla 
Española, porque eran finísimas y muy blancas; siendo éstas 
las primeras que del continente americano se vieron en 
Sevilla, y moviendo la codicia del obispo de Badajoz fueron 
motivo para que se aprestara la expcdicio'n que mando 
Alonso de Ojeda, con destino á la costa de Paria; en uno de 
cuyos buques se embarco' por vez primera el florentino Amé- 
rigo Vespuche o' Vespucio, que hasta entonces había sido 
factor de una casa de comercio. 

Después de las muestras de oro que Colón había 
enviado á los Reyes, lo que llamo' la atencio'n más poderosa- 
mente y dio' nueva importancia á las riquezas que se espe- 
raban de las Indias Occidentales, fueron las perlas del golfo 
de Paria. Se miraba todavía el descubrimiento bajo un punto 
de vista harto mezquino ; nadie paraba mientes en la gran 
extensio'n de las islas descubiertas , ni en la feracidad de los 
terrenos, ni en la multitud y abundancia de las especias y 
productos, que tanta riqueza podían proporcionar aumen- 
tando los objetos de comercio, y acrecentando la importancia 
de la marina; solamente el oro y las piedras preciosas se 
estimaban en aquellos momentos como dignos de los trabajos 
y de los gastos que se habían hecho para el descubrimiento. 
Pero entonces se hubiera querido tocar el provecho inmedia- 
tamente, ver llegar á cada viaje las carabelas cargadas de 
oro; y como esto no sucedía, ni era posible que sucediera, 
los émulos de Colón, sus enemigos, ponderaban los gastos 
y desacreditaban la empresa llevando á tal extremo sus vati- 
cinios, que auguraban se consumirían en viajes improducti- 
vos é inútiles todas las rentas del tesoro español. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



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Es digno de trasladarse en este lugar el razonamiento 
que sobre estas hablillas propaladas para rebajar su crédito, 
dirigió' á los Re3 7 es, por ser también un escrito de su mano 
de los que hoy no se conservan. 

«Nuestro Señor me guie por su piedad y me depare 
cosa con que él sea servido y Vuestras Altezas hayan mucho 
placer; y, cierto, débenlo de haber, porque acá tienen cosa 
tan notable y real para grandes Príncipes, 3' es gran 3 T erro 
creer á quien les dice mal desta empresa, salvo aborrecerles, 
porque no se halla que Principe haya habido tanta gracia 
de Nuestro Señor, ni tanta victoria de cosa tan señalada, y 
dé tanta honra á su alto Estado y reinos, y por donde pueda 
recibir Dios eterno más servicios, 3^ la gente de España más 
refrigerio 3' ganancias; que visto está que hay infinitas cosas, 
y bien que agora no se conozca esto que 3^0 digo, verná 
tiempo que se contará por grande excelencia, y á grande 
vituperio de las personas que á Vuestras Altezas son contra 
esto, que bien que hayan gastado algo en ello, ha sido en 
cosa más noble 3^ de mayor estado que haya sido cosa de otro 
Príncipe hasta agora, ni era de se quitar de ella secamente, 
salvo proceder 3^ darme ayuda 3 7 favor, porque los reyes de 
Portugal gastaron y tuvieron corazón para gastar en Guinea, 
fasta cuatro o' cinco años, dinero y gente, primero que reci- 
biesen provecho, y después les deparo' Dios ganancias y oro. 
Que, cierto, si se cuenta la érente del reino de Portugal y las 
personas de los que son muertos en esta empresa de Guinea, 
se fallaria que son mas de la mitad del reino; y, cierto, 
fuera grandísima grandeza atajar una renta en España, que 
se gastase en esta empresa, que ninguna cosa dejaran Vues- 
tras Altezas de ma3^or memoria, y miren en ello; y que 
ningún Príncipe de Castilla se halla, o' yo no he hallado por 
escrito ni por palabra, que haya ganado jamás tierra alguna 
fuera de España, y Vuestras Altezas ganaron estas tierras 
que son otro mundo, y adonde habrá la cristiandad tanto 
placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrecentamiento. j^^jl^lfS 

Cristóbal Colón, t ii.— 27. 



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Todo esto digo con muy sana intincion, y porque deseo que 
Vuestras Altezas sean los mayores señores del mundo, digo 
señores de todo él ; y sea todo con mucho servicio y conten- 
tamiento de la Santísima Trinidad, porque en fin de sus 
dias hayan la gloria del Paraíso, y no por lo que á mi propio 
toca, que espero en su alta Majestad, que Vuestras Altezas 
presto verán la verdad dello, y cuál es mi cudicia.» 

Intrigas y calumnias de otro género, y las desgracias 
que por las malas pasiones, y por los excesos de los mismos 
jefes que allá se enviaban se originaron en la colonia, fueron 
causa de la desgracia del Almirante, y de que se le cortase 
el hilo de sus buenos deseos; pero en honra de los Reyes 
Católicos debe repetirse que nunca dieron oídos á las murmu- 
raciones y calumnias de sus interesados consejeros; su elevada 
inteligencia nunca midió' por tan bajo nivel la importancia 
de la empresa, que fué la más alta gloria de su gloriosísimo 
reinado; y la mejor prueba de ello la dejo' consignada el mismo 
Cristóbal Colón en elocuentes palabras que se encuentran 
al fin de la relacio'n de su tercer viaje, antes citada '. 

«Todo esto dije, escribe, y no porque crea que la 
voluntad de Vuestras Altezas, sea salvo proseguir en ello en 
cuanto vivan, y tengo por muy firme lo que me respondieron 
Vuestras Altezas una vez que por palabras le decia esto; no 
porque yo hoviese visto mudamiento ninguno en vuestras Alteras, 
salvo por temor de lo que yo oía il estos que yo digo: y titulo da 
una gotera de agua en una piedra que le hace un agujero; y 
vuestras Altezas me respondieron con aquel corazón que se 
sabe en todo el mundo que tienen, y me dijo que no curase 
de nada de eso, porque su voluntad era de proseguir en esta 
empresa y sostenerla, aunque no fuese sino piedras y peñas, 
y quel gasto que en ello se hacia que lo tenia en nada, que en otras 
cosas no tan grandes gastaban mucho mas, y que lo tenían todo 
por mu}^ bien gastado, lo del pasado y lo que se gastase en 



1 Navarrete — Colección de viajes, tomo I, pág. 412 de la segunda edición 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



211 



adelante, porque creían que nuestra sancta fé catholica seria 
acrecentada y su real señorío ensanchado, y que no eran 
amigos de su real estado aquellos que les maldecían desta 
empresa » 

El P. Las Casas haciendo serias reflexiones sobre el 
párrafo que arriba dejamos inserto, dice que á Colón, como 
hombre de gran prudencia, le daba Dios claro conocimiento 
para que acertase en lo que estaba por venir, pues decía 
bien: — asi que agora non se cognosce lo que yo digo, venia 
tiempo que se contará por gran eseelencia.» Y al llegar á tales 
palabras del Almirante exclama lleno de entusiasmo: «¿Qué 
se podrá contar en todo lo poblado del mundo, en este 
género, que se iguale con lo sucedido y procedido en las 

Indias y de las Indias en nuestros tiempos? lo cual todo, 

antes y después de su descubrimiento era estimado por vaní- 
simo é increíble; pero, como dije, dábalo Dios á cognoscer 
y á decir antes que se cumpliese, al que para lo principiar y 
mostrar con el dedo habia elejido.» 

En el cerebro del Almirante se unía á una granelísima 
inteligencia la fuerza de una imaginación poderosa: cuali- 
dades que bien comprendidas nos ofrecen la explicacio'n de 
todos los actos de su vida. No haremos en este lugar más 
que las indicaciones necesarias sobre la combinación extraña 
que ofrecen á veces el entendimiento y la fantasía de Cris- 
tóbal Colón, cuando fcno'mcnos de la naturaleza, descono- 
cidos antes, se presentaban á su contemplación; cuando en 
las nuevas zonas que recorría sucesos extraordinarios fijaban 
su atencio'n, meditaba con profundidad, estudiaba con dete- 
nimiento, y por la elevación de su inteligencia llegaba á 
explicarse de una manera siempre aproximada á la verdad, o' 
muy en camino de alcanzarla, la causa de aquellas novedades. 
Pero su facultad creadora nunca estaba en reposo, mezclando 
siempre rasgos de imaginación elevada y soñadora á las más 
graves concepciones. Y este conocimiento de la fuerza intui- 
tiva nos pone en claro los fundamentos de muchas de sus 



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teorías, de sus pensamientos algo fantásticos y de sus exa- 
gerados ideales. 

Ya le hemos visto, lleno siempre de la idea de haber 
tocado á los últimos límites del Asia, creerse en los dominios 
del Gran Kan, y en la proximidad de las maravillosas 
ciudades descritas por Marco Polo, donde el viajero vene- 
ciano dejo' correr sin rienda las exageraciones más enormes. 
Al encontrarse en islas nada cultas, ante pobladores salvajes, 
desnudos y sin vislumbre alguna de civilizacio'n , trae á su 
memoria otros datos y se juzga haber llegado al extenso 
archipiélago que se decía rodeaba las extremidades de la 
India Oriental. Bastaba una semejanza de nombre, una de- 
sinencia en algunas sílabas de las pronunciadas por aquellos 
indígenas cu} t o idioma no conocía, para deducir conse- 
cuencias favorables á sus propo'sitos, como ya se ha notado 
repetidas veces. 

Estando en la punta del Arenal , de la isla de la Tri- 
nidad , vio' por primera vez la tierra firme, y al primer cabo 
que de ella pudo divisar le dio' por nombre el de isla de 
(iracia; viendo luego otro más adelante, le denomino isla 
Sancta , 3- al penetrar en aquella especie de golfo, y rescatar 
algunas perlas con los naturales, juzga que si estas nacen, 
según la opinión de Plinio, del rocío que cae en las ostras 
abiertas y preparadas para recibirlo, — «allí hay mucha 
razón para las haber, porque allí cae mucha rociada y hay 
infinitísimas ostras y muy graneles, y porque allí no hace 
tormenta, sino la mar está siempre sosegada, señal de lo cual 
es haber los árboles hasta entrar en la mar. que muestran 
nunca estar allí tormenta, y cada rama de los árboles que 
entran (y están también ciertas raices de árboles en la mar, 
que según la lengua desta española se llaman mangles) 
estaban llenos de infinitas ostras, y tirando de una rama sale 

llena de ostras á ella pegadas » 

Por último, estando en aquel golfo que llamo' de la 
Ballena, formado de una parte por la isla de la Trinidad y 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



213 



por otra por la costa de tierra firme, vino una tan gran 
corriente de la ¡Darte del Sur, como pujante avenida, con 
tan grande estruendo y ruido que en todos puso espanto, y 
chocando las aguas se levantaron haciendo una gran loma, 
que puso en gravísimo peligro las naves. Pasado aquel miedo, 
que con terror recordaba siempre el Almirante, noto' con 
ma}'or asombro que en aquel mar había venas o' corrientes 
de agua dulce; y pensando con harta sagacidad que debía 
ser producido aquel fenómeno por la corriente de un gran 
río que bajara despeñado de grandísima altura, imagino' 
que el mundo, aunque redondo, no era completamente esfé- 
rico sino que hacia la parte del Ecuador podía formar la 
hechura de una pera de cuya parte superior descendieran las 
aguas que con fuerza tal entraban en el Océano. Pero aún 
fué más adelante, pues no podía separar su imaginación por 
mucho tiempo de la grandeza de aquella agua dulce, } T dán- 
dose á pensar mucho en ello y hallando sus razones, vino á 
parar en la opinión de que hacia aquella parte debió' hallarse 
el Paraíso terrenal, y así lo escribió' á los Re3 T cs al noti- 
ciarles aquella novedad que había encontrado en el golfo. 

Pasta por ahora con la expresión de estas ilusiones del 
Almirante, tan propias de su carácter, y que tanto sirven 
para comprender como de todas las cosas y de todos los 
sucesos formaba un concepto grande y elevado, hasta el 
punto de añadir siempre algo de fantástico en sus conse- 
cuencias á todos los sucesos que á su estudio se ofrecían. 
Como ellas demuestran cuan penetrado estaba Cristóbal 
Colón de la grandeza de su obra, y sus sueños y teorías 
partían siempre de un supuesto cierto y razonable, posible 
será que nos ocupemos más adelante de este importante 
asunto. 




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En medio de tantos trabajos, y del interés que al Almi- 
rante ofrecía el reconocimiento de la costa de Paria , nunca 
olvidaba el largo tiempo que había transcurrido desde su 
salida de Sanlúcar de Barrameda, sin tener noticia alguna 
de la isla Española. Abrigaba la confianza de que con los 
medios de que allí se disponía, y dadas las condiciones de 
carácter del Adelantado, la colonizacio'n continuaría con 
arreglo á sus instrucciones , y no eran de temer grandes 
desastres. Pero á pesar de todo, siempre recordaba con 
inquietud los sucesos de la isla; y aunque con los socorros 
que desde Canarias había enviado á su hermano, y no 
dudaba hubieran llegado oportunamente, podía estar algo 
más tranquilo, deseaba cerciorarse por sí mismo del estado 
de la colonia, y de lo que hubiera progresado durante su 
larga ausencia. 

Llevaba, además, á bordo gran provisión de víveres, de 
que suponía fundadamente debían tener mucha necesidad en 
la Española, y como los accidentes del viaje habían sido 
tantos, se habían padecido los grandes calores de la línea, y 
llevaban de embarcados cerca de tres meses en tan malas 
condiciones, estaban en peligro de dañarse perdiendo aquel 
socorro tan necesario, y que tantos trabajos y disgustos le 
había costado reunir. 

Estas y otras razones trabajaban siempre en su ánimo; 
y conociendo que por entonces no era posible seguir mucho 
más adelante en el descubrimiento, ni desembarcar la gente 
bastante en la costa de Paria para reconocer la tierra firme, 
porque los buques de que disponía no eran á propo'sito, ni 
los hombres que llevaba tenían lo necesario para aquella 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



215 



nueva expedición , y como además se encontraba cansado y 
enfermo, muy molesto con la oftalmía, que desde mucho 
tiempo le aquejaba, determino' tomar el camino de la isla 
Española lo más directamente que pudiera ser. 

Adoptada esta rcsolucio'n, y con el designio de que su 
hermano Bartolomé viniera inmediatamente con una flotilla 
dotada de todos los recursos precisos á reconocer aquella 
tierra, que él apenas había podido ver ligeramente, zarpo' 
desde la ensenada que Hamo' los Jardines, en direccio'n al 
estrecho temible que formaban la punta de Paria y la Tri- 
nidad, y que había denominado Boca del Dragón, distante, 
al parecer, unas cuarenta leguas. La capitana era muy 
pesada, y demasiado grande para aproximarse mucho á la 
costa sin riesgo; por lo cual envió' delante las dos carabelas 
para reconocer el terreno, bajando á las embocaduras de 
aquel gran río, cuyas corrientes de agua dulce tanto habían 
preocupado su atencio'n, viniendo á fijarse en que á su 
izquierda dejaba un gran continente de extensión infinita 
donde aquél tomaría su origen, y debía aumentar con otros 
caudales que descendieran de elevadas montañas , todo lo 
cual era de gran interés conocer y estudiar en viajes suce- 
sivos. El 12 de Agosto llegaron los buques á la punta de 
Paria y el 13, con viento favorable, se dirigieron al estrecho 
para salir al mar libre y tomar rumbo á la Española; pero 
en momento crítico ceso' el viento, las naves quedaron 
paradas en medio de la calma, y las aguas del golfo, co- 
rriendo impetuosamente, se entrechocaban con las del mar, 
poniéndoles en un trance peligroso semejante al que ante- 
riormente habían pasado ; pero que termino' pronto y con 
feliz resultado, pues venciendo las corrientes interiores comu- 
nicaron nuevo impulso á las embarcaciones echándolas al 
mar, como deseaban. 

Dejo' por el Nordeste las islas que llamo' Asuncio'n y 
Concepcio'n y salió' á tnda vela á la dilatada extensión del 
mar por junto á la isla .Sola; y perdiendo muy pronto de 



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vista las islas llamadas de los Testigos, la de la Guarda y la 
de los Frailes, después de cineo días de navegación llego en 
la noche del 19 de Agosto á la proximidad de las costas de 
la Española, cincuenta leguas más abajo de ia desemboca- 
dura del Ozama. Asienta en su diario con la mayor exactitud 
las distancias recorridas, y el rumbo que seguía, y que 
habiendo navegado más de doscientas leguas desde la Boca 
del Drago'n, descubrid una pequeña isla en la que sobresale 
una elevada peña que le hizo dar el nombre de Alto velo, 
pasando desde allí á otra mayor, que creyó' erradamente era 
la que en su segundo viaje llamo' de Santa Catalina: pero 
como dice el mismo Almirante, las corrientes le habían 
llevado mucho más abajo de lo que juzgaba, según la 
direccio'n que había puesto, y como por la noche acortaba 
las velas, por temor á los bajos, y los vientos le eran de 
costado, lo habían hecho decaer bajando hasta la isla á que 
abordo', y se llamo' la Bcütd, poco distante de la costa Sur 
de la isla Española. 

Envió' luego el Almirante las barcas á tierra para que 
procurasen algunos indios con que poder enviar al Adelan- 
tado la noticia de su arribo; pero aunque éstos vinieron y 
recibieron el encargo, el lunes 20 de Agosto vieron venir 
con direccio'n á la isla una carabela, } T á poco se había 
reunido con las que allí estaban fondeadas, y bajando á una 
barca don Bartolomé paso' á bordo de la capitana y tuvieron 
la satisfaccio'n de abrazarse los dos hermanos. Parece que en 
Santo Domingo estaban en constante observación, esperando 
el regreso del Almirante, porque ya sabían, por las carabelas 
que envió directamente desde Canarias, se encontraba en 
aquellos mares, y sin duda vieron pasar á lo lejos los tres 
buques y salieron en su busca siguiendo la direccio'n cjue 
llevaban. 

Poco después emprendieron la marcha hacia el puerto 
de la nueva ciudad de Santo Domingo, fundada por el Ade- 
lantado y que el Almirante aún no conocía; y aunque la 






LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO III 



217 



travesía no era larga, las corrientes contrarias la hacían en 
extremo difícil, por lo que no pudieron entrar en aquél hasta 
el viernes 31. Había salido Cristóbal Colón para España 
en 10 de Marzo de 149o, y volvía á los dos años y medio 
después de haber descubierto las costas del continente. 




Cristóbal Colón, t ii.— 28 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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El primer cuidado de don Bartolomé Colo'n fué dar 
cuenta á su hermano de cuanto había hecho en el dilatado 
tiempo de su ausencia para el adelanto de la colonización, 
y de los sucesos que habían ocurrido, que en verdad eran 
harto deplorables. 

En cumplimiento de las o'rdenes que el Almirante le 
dejara á su partida, y por las instrucciones que luego á su 
llegada á España le remitió' por medio de Pedro Alonso 
Niño, salió' el Adelantado de Isabela al frente ele una nume- 
rosa expedicio'n compuesta de más operarios que soldados, 
aunque también llevaba muchos de éstos para la debida 
seguridad, pertrechados con todo lo necesario para establecer 
residencias y puntos fortificados en todos aquellos lugares 
donde pareciera conveniente, en la parte Sur de la isla, que 
por primera vez iba á recorrer y examinar, según los deseos 
del Almirante. 

Llego' á las minas de San Cristóbal y allí se detuvo por 
espacio de algunas semanas para dejar en buen estado una 
fortaleza que construyo', y á la que dio' el mismo nombre, 
para que en ella se acogieran los mineros, y tuvieran pro- 
teccio'n para sus personas y lugar seguro donde custodiar el 
oro que obtuvieran de sus trabajos. Tuvo allí ma}^ores 
noticias de un lugar fértilísimo y muy apropiado para esta- 
blecer poblacio'n á la embocadura del río llamado Ozama, en 
los dominios de aquella cacica que había sido causa del 
conocimiento de las minas de Hayna. Bajo' el Adelantado á 
la costa, y entrando en canoas por el río, practico' los sondeos 
para medir la profundidad y conocer la clase de buques que 
podrían entrar en el puerto, encontrándolo muy superior á 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



221 



sus esperanzas, pues calculo podrían entrar barcos de más 
de trescientas toneladas. Señalo lugar desde luego á la parte 
de oriente del Ozama, para que se trazara la poblacio'n, y dio' 
principio á la construccio'n de una fortaleza de tapias para su 
defensa, dando á la nueva ciudad el nombre de Santo Do- 
mingo, que después fué extensivo á toda la isla, y que con- 
servo' aún después de su traslacio'n á la otra margen del 
río, dispuesta en el año 1502 por el comendador Nicolás de 
Ovando. 

Suponen algunos historiadores que dio' aquel nombre á 
la poblacio'n en memoria de su padre Domingo Colo'n; otros 
infieren que quiso se llamase así, porque aporto' en aquel 
lugar en día de Santo Domingo, y alguno juzga que sola- 
mente por ser domingo el día en que comenzó la edificacio'n, 
fué bautizada con aquel nombre. x El Almirante deseo' que 
se llamara la Nueva Isabela ; pero el nombre no prevaleció', 
acostumbrados como estaban ya á nombrarla Santo Domingo. 

Alando' venir de Isabela el Adelantado toda la gente útil 
para activar la construccio'n de la nueva ciudad, procurando 
al mismo tiempo separar de aquel sitio, donde tantas enfer- 
medades se padecían, el mayor número de hombres posible; 
y cuando ya las obras estaban en buena marcha, adelantando 
con regularidad y rapidez, él se dispuso para otra expe- 
dicio'n más importante y de la que se prometía, como en 
efecto logro', los más favorables resultados. 

Siguiendo la costa, guiado por algunos indios, se enca- 
mino' don Bartolomé al territorio de Naraguá, donde era 
señor de una grandísima parte de la isla el cacique Behechio, 
á cuyo lado se encontraba su hermana, la célebre Anacaona, 
mujer que había sido del no menos célebre Caonabo', y que 
al ser éste aprisionado por Alonso de Ojeda, se había refu- 
giado al territorio de su hermano. Al llegar á las orillas del 




1 Christophe Colomb, les corsés, et le Gouvemement f raneáis, par Henry 
Harrisse. — París, H. Welter, editeur, 1890, pág. 21. 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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caudaloso río Neyba, situado á unas treinta leguas de Santo 
Domingo, encontraron acampado á la otra margen al cacique 
con numeroso ejército de indios, dispuesto á impedir el paso. 
No entraba en los cálculos de Bartolomé Colo'n reñir batallas, 
sino ganar aliados 3^ procurar le pagasen tributos, que á la 
vez que proporcionaran subsistencias para la colonia, pudie- 
ran servir para enviar á España productos que ayudaran á 
sostener viva la idea de la riqueza de los países nuevamente 
hallados. 

Trato', pues, amistosamente con Behechio, manifes- 
tándole que su propo'sito no era más que visitar sus dominios 
y asegurarles la proteccio'n de los poderosos Reyes de Cas- 
tilla; y los sencillos indios, candorosos como niños, y cual 
si tuvieran 3-a grandes prendas de los cristianos y fuera 
imposible faltarles la palabra, según dice el P. Las Casas, 
disponen que salga toda la corte á recibir al Adelantado con 
gran fiesta y gala, haciendo á los españoles todas las alegrías 
que solían hacer á sus Re} T es, 3^ aún muchas más. De regoci- 
jo en regocijo fueron llevados hasta Xaraguá, capital de los 
Estados de aquel poderoso cacique, 3^ 3 r a en las inmediaciones. 
— «salen infinitas gentes, y muchos señores y nobleza que se 
ayuntaron de toda la provincia, con el rey Behechio 3 r la 
reina su hermana Anacaona, cantando sus cantares 3^ haciendo 
sus bailes, que llamaban areitos, cosa muy' alegre 3 r agra- 
dable para ver, cuando se ayuntaban muchos en número 
especialmente; salieron delante treinta mujeres, las que tenia 
por mujeres el Re3 T Behechio, todas desnudas en cueros, solo 
cubiertas sus vergüenzas con unas medias faldillas de algo- 
don, blancas 3^ muy labradas en la tejedura dellas, que 
llamaban naguas, que les cubrían desde la cintura hasta 
media pierna; traían ramos verdes en las manos; cantaban 
y bailaban 3 T saltaban con moderación como á mujeres 
convenía, mostrando grandísimo placer, regocijo, fiesta 3^ 
alegría. Llegáronse todas ante Don Bartolomé Colo'n. 3 r , las 
rodillas hincadas en tierra, con gran reverencia, dánle los 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



223 



ramos y palmas que traían en las manos; tocia la gente g 
demás, que era innumerable, hacen todos grandes bailes y \__ 
alegrías, y con toda esta fiesta y solemnidad, que parece no 
poder ser encarecida, llevaron á Don Bartolomé Colo'n á la 
Casa real o' palacio del Rey Behechio. donde }^a estaba la 
cena bien aparejada según los manjares de la tierra, que era 
pan de cacabí é hutías (los conejos de la isla) asadas é 
cocidas, é infinito pescado de la mar y del rio que por 
allí pasa. » 



II 



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Concluidas las fiestas entre las que hubo alguna muy 
notable, porque tenía mucha semejanza con los torneos y 
juegos de cañas que en aquel tiempo eran muy comunes en 
todos los pueblos de Europa, y bien agasajados los españoles 
por el cacique y por su hermana, don Bartolomé Colo'n 
aprovecho' el tiempo en referir á ambos la grandeza de los 
Reyes de Castilla , á cuyos reinos había venido entonces el 
Almirante para regresar á la isla con mayores fuerzas, y con 
muchos barcos para cargar los productos que en calidad de 
tributo habían de entregar todos los señores territoriales de 
la isla, como reconocimiento de vasallaje á tan poderosos 
Monarcas , y por los beneficios que de su proteccio'n habían 
de recibir. ¡ Cuan diferentes habían de ser en el porvenir, 
no muy lejano, las consecuencias de aquellos lisonjeros 
ofrecimientos! ¡Cuántos males se presentaban para aquellos 
inofensivos indígenas bajo la dulce apariencia del trato y 
comunicacio'n con hombres más civilizados! 

Behechio era el cacique principal, el más poderoso entre 
los cinco más nombrados en Ilaytí, según ya hemos dicho; 
su territorio era el más extenso, y comprendía las comarcas 



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CRISTÓBAL COLON 



más fértiles 3^ más pobladas, siendo los indios de aquel país, 
que por ocupar un extremo casi aislado tenía menos trato 
con los demás, los más cultos relativamente, y de costumbres 
tan dulces y moderadas como los de Guacanagarí. Sin tener 
la fama de temeridad y arrojo que distinguía á Caonabo', el 
caribe de las montañas, era muy respetado por el gran 
número de hombres de que disponía, y por las condiciones 
de su carácter firme, aunque bondadoso y apacible. Por todas 
sus cualidades era el cacique Behechio tipo del indio sencillo, 
sin doblez ni desconfianza ; y como su señorío estaba á larga 
distancia del teatro de los sucesos que hasta aquel momento 
se habían desarrollado en la isla, desde la primera llegada de 
los españoles, no tenía hacia éstos odio ni prevenciones, 
aunque ya conocía su poder por la prisión de Caonabo' y 
por las exageradas noticias que otros indios fugitivos de la 
Vega y del Marién le habían comunicado. 

Vivía con el cacique su hermana Anacaona, muy notable 
mujer, muy prudente, muy graciosa y palanciana, en sus 
fablas según el P. Las Casas, y amicísima de los cristianos; 
y aunque éstos habían preso á su esposo Caonabo', priván- 
dola de su territorio de la Maguana, no parecía que les 
guardaba rencor, y antes profesaba cierta admiracio'n hacia 
aquellos hombres, que tal vez juzgaba superiores, y á los que 
su imaginacio'n exaltada y novelesca revestía de cualidades 
extraordinarias. Al venirse á morar al lado de su hermano, 
se había rodeado de una pompa muy en armonía con sus 
gustos y carácter; y al saber la llegada del Adelantado á los 
dominios de su hermano, puso en juego toda la influencia 
que con él tenía, para que no opusiera resistencia ni pelease 
con tan temibles adversarios, procurando más bien ganarse 
su amistad y contar con su apoyo en las eventualidades del 
porvenir. Tal era aquella india, notable según todos los 
españoles que la conocieron, por su hermosura, su gracia y 
su discrecio'n. El cronista Antonio de Herrera se ocupa de 
ella en varias ocasiones, y siempre con elogio, reconociendo 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO IV 



225 



que la adornaban prendas relevantes y que no mereció' la 
triste suerte que la depararon los españoles. 

Behechio y Anacaona escucharon con profundo pesar 
las palabras del Adelantado. No repugnaban declararse 
tributarios de los Monarcas de España, ni reconocerlos por 
señores; pero sabedores de que nuestros soldados habían 
llegado á las montañas de Cibao con el único propo'sito de 
buscar oro en las minas y en los ríos, creían que Colón no 
se contentaría sino con grandes cantidades de oro, y mani- 
festaron tristemente que en todos sus Estados no se cogía ni 
un grano de tan codiciado metal. 

« — ¿Co'mo puedo } r o dar tributo, dijo al Adelantado, 
que en todo mi reino ni en alguna parte ni lugar del nace ni 
se coge oro, ni saben mis gentes que se es? — Respondió Don ¡j&Qr- 
Bartolomé Colo'n. — No queremos ni es nuestra intención 
imponer tributo á nadie , que no sea de aquellas cosas que 
tengan en sus tierras y puedan bien pagar ; de lo que en 
vuestra provincia y reinos sabemos que abundáis, que es 
mucho algodón y pan cacabí , queremos que tributéis , é de 
lo mas que en esta tierra hobiese, pero no de lo que 
no hay. — )) 

Contento' mucho al cacique esta explicacio'n, y se mostró 
satisfecho de poder pagar tributo, como lo habían convenido ItGI^" 
otros muchos señores de la isla, mostrando deseos de dar 
aún más de lo que se le pidiera, á cu} t o efecto dio o'rdenes 
inmediatamente á muchos de los caciques menores que de él 
dependían, para que en los terrenos más á propo'sito sem- 
brasen cuanto cacabí fuera posible, é hicieran grandes plan- 
taciones de algodón. 

El atraerse la amistad de Behechio era de gran interés 
para los españoles, pues les aseguraba poder atravesar en 
paz más de la quinta parte de la isla, y utilizar sus pro- 
ductos; y por tanto, en el punto en que estuvo seguro de su 
buena voluntad, dispuso el Adelantado su regreso á Isabela, 
pues le tenía con gran cuidado lo que hubiera podido ocurrir 
Cristóbal Colón, t. ii — 29. 






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allá por la falta de víveres y las enfermedades. Por las 
montañas de Cibao bajo' á la Vega Real 3' la atravesó en 
toda su extensión, deteniéndose muy poco en aquella larga 
expedicio'n de ochenta leguas, y sin dar más que el necesario 
descanso á sus soldados. El estado en que encontró' la ciudad 
era verdaderamente desconsolador. 



III 



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Las enfermedades habían aumentado; habían fallecido 
más de trescientos españoles y muchísimos indios, cuyos 
cadáveres, medio insepultos en los alrededores de Isabela, 
infestaban el aire } T ocasionaban el aumento de las dolencias, 
haciéndolas también más graves. La mala alimentacio'n y la 
miseria contribuían igualmente á empeorar cada vez más la 
situacio'n, pues agotados los víveres de muchas clases, } T 
dañados los de otras, tenían que acudir á los productos del 
país; y como las inmediaciones de Isabela estaban devas- 
tadas completamente y nada producían, y los indios se 
habían retirado en gran número á otros territorios lejanos, 
los unos huyendo del hambre que los aquejaba, los otros por 
temor } T por odio á los españoles, las subsistencias faltaban 
en absoluto, y una verdadera calamidad amenazaba á aquel 
establecimiento que tan favorablemente había empezado, 
y con tantas ilusiones y esperanzas había fundado el Almi- 
rante. 

Llegaban los colonos al extremo que devoraban cuantos 
animales podían cazar, sin reparar en sus clases: y cuando 
ya hutías, perros, lagartos y sabandijas de todas especies se 
iban agotando y escaseaba su. caza, muchos de ellos se deci- 
dieron á comer las iguanas, á las que hasta entonces habían 
mostrado gran repugnancia y asco, á pesar de ver lo mucho 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



227 



que las apreciaban los indígenas. El hambre se pintaba en 
tocios los semblantes, las huellas de las enfermedades no se 
borraban de los rostros de los convalecientes, y el abati- 
miento era general en todos. Tal fué el cuadro que encontró' 
el Adelantado á su llegada á Isabela. 

Desde luego dedico' toda su actividad al remedio de 
tantos males. Hizo salir de la ciudad á cuantos convalecientes 
podían soportar el viaje, y los repartió' en las casas fuertes 
que se habían fundado desde Isabela á Santo Domingo. 
A muchos enfermos, y á los que estaban más delicados, les 
hizo llevar á los sitios más saludables de la Vega, para que 
vivieran entre los indios á fin de que los alimentasen y cui- 
dasen, y distribu}^' entre todos la mayor cantidad que pudo 
de cacabí y frutos del país que en abundancia llevaba de su 
expedicio'n á Xaraguá ; con cu} r as medidas, y con las noticias 
que los soldados traían de los recursos que habían de sacar 
de los territorios de Behechio y del mucho oro que se 
encontraba en las minas de San Cristóbal, los más decaídos 
cobraron ánimo, renaciendo la esperanza de mejorar del todo 
la situacio'n, mientras llegaban también nuevos socorros de 
España. 

La tranquilidad que estas medidas produjeron, fué, sin 
embargo, de corta duración. Ocupando á todos los hombres 
útiles que quedaban en Isabela, había dispuesto el Adelan- 
tado la construcción de dos carabelas en condiciones á pro- 
posito para costear la isla en todas direcciones, y poder 
atender con rapidez y con menor cansancio de sus soldados 
á todos los puntos donde hubiera que cobrar los tributos ó 
que por cualquier causa reclamasen su presencia. Mientras 
se ocupaban en aquel trabajo, y en mejorar algún tanto los 
edificios de Isabela, haciendo más saludable la habitacio'n en 
ellos, recibió' noticias de que descontentos los indios de la 
Vega por la carga que se les había impuesto de socorrer á 
los soldados enfermos, y mal avenidos con aquellos molestos 
huéspedes, que con su conducta les recordaban los suíri- 



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mientos que años antes les habían causado los de Pedro 
Margarit, habían acudido al cacique Guarionex, excitándole 
á que se pusiera al frente de los demás caciques, y por medio 
de un golpe atrevido, congregando en la Vega el mayor 
número de indios armados que se pudiera reunir, destruyese 
en una sola jornada á todos los españoles que por ella anda- 
ban diseminados, incendiase las fortalezas, y librase á la isla 
de sus opresores, que amenazaban destruirlos á todos ellos á 
poco que allí permanecieran. Tanto clamaron por la guerra; 
de tal manera justificaban sus quejas y temores, y eran tan 
numerosos los que pedían, que Guarionex, á pesar de su 
carácter apacible y un tanto indeciso, y de que por entonces 
no tenía resentimiento alguno con los españoles, temió que 
por su negativa eligieran otro caudillo, y ofreció ponerse al 
frente de la nueva coalicio'n. 

La ocasio'n era propicia. Enfermos la mayor parte de 
los españoles y alejados de sus jefes, no eran de temer como 
cuando estaban reunidos y organizados: las fortalezas con- 
taban con muy reducido número de defensores, y el Ade- 
lantado había pasado un mes antes por la Vega, con direc- 
ción á la nueva ciudad de Santo Domingo, dejando solamente 
en Isabela veinte hombres de armas y unos pocos trabaja- 
dores ocupados en la obra de las carabelas. Era preciso dar 
el golpe con la mayor rapidez, para no exponerse al peligro 
de que la llegada de nuevos buques trajera de España víveres 
y refuerzos, y diera mayores alientos y medios de resistencia 
á los enemigos. 

Catorce caciques subalternos fueron llegando á la Vega 
con gran número de indios, para ponerse á las o'rdenes de 
Guarionex; pero su reunio'n no pudo ser tan secreta que no 
la notasen los españoles que guarnecían el fuerte de la Con- 
cepcio'n, que para prevenir un golpe de mano mandaron 
aviso á los del de Bonao, y éstos comunicaron la noticia al 
Adelantado. «Quiero contar, dice el P. Las Casas, una 
industria que tuvo un indio mensajero, que creo que fué esta 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



229 



vez, para salvar las cartas que llevaba de los cristianos de la 
Concepción á los del Bonao. Diéronselas metidas en un palo 
que tenían para aquello, hueco por una parte, y como los 
indios 3 r a tenían experiencia de que las cartas de los cris- 
tianos hablaban , ponían diligencia en tomarlas : el cual como 
cayo' en manos de las espías, que los caminos tenían toma- 
dos, fué cosa maravillosa la prudencia de que uso', que no 
fué á la del Rey David muy desemejable. Hízose mudo y 
cojo; mudo, para que no le pudiesen constreñir á que lo que 
traía, o' de donde venia, o' que hacían o' pensaban hacer los 
cristianos hablase; y cojo, porque el palo en que iban las 
cartas, que finjia traer por bordón necesario, no le quitasen; 
finalmente, hablando y respondiendo por señas, y cojeando 
como que iba á su tierra con trabajo, hobo de salvarse á sí é 
las cartas que llevaba, las cuales si le tomaran y á él pren- 
dieran d mataran, por ventura no quedara de los cristianos 
derramados por la Vega, y aun de los de la fortaleza de la 
Concepción hombre vivo ni sano.» 

Con la actividad y la intrepidez propias de su carácter 
acudió' don Bartolomé Colo'n al socorro de los suyos. Llega 
al Bonao. y en una sola marcha, de noche, 3^ cautelosamente, 
recorre las diez leguas que le separan de la Concepcio'n. 
Reúne, sin tomar descanso, cuantos españoles encontró' á su 
paso, sanos y enfermos, 3 r cae de improviso sobre los indios, 
aprovechando su costumbre de no combatir de noche. Fué 
aquella una gran victoria, aunque no puede llamarse batalla 
al suceso. La derrota de los indios fué completa, } T su 
dispersio'n inmediata , que atemorizados huyeron á guare- 
cerse en los montes. Murieron muchos en la acometida, 
quedando prisioneros infinitos, entre ellos varios ele los ca- 
ciques y el mismo (iuarionex, que fueron encerrados en 
la fortaleza de la Concepcio'n. «Mataron á muchos señores 
de los presos, de los que les pareció' que habían sido los 
primeros movedores, no cotí otra pena segiin yo no dudo, 
sino con quemarlos vivos, porque esta es la que comunmente, y 



2sO 



CRISTÓBAL COLÓN 





siempre y delante de mis ojos yo vide muy usada, dice el P. Las 
Casas.» 

Al siguiente día se presentaron más de cinco mil indios 
desarmados y llorosos, pidiendo con graneles alaridos y 
súplicas les entregasen á su cacique Guarionex y á los otros 
señores, con grandes promesas de sumisio'n y acatamiento á 
los españoles. Era naturalmente compasivo don Bartolomé 
Colo'n y generoso después de la victoria. Le conmovieron 
las muestras de respeto 3^ amor de aquellos vasallos á su 
señor; y conociendo muy bien la impresio'n favorable que 
en ellos había de producir un acto de clemencia, después 
del rigor ya usado, puso en libertad al cacique y á los que 
con él habían sido aprisionados. 

Pacificada la Vega, que era la comarca más importante 
de la isla por su abundante producción, procuro' el Adelan- 
tado se pusieran en mejor estado de resistencia las fortalezas, 
para prevenir la repeticio'n de peligros como el que acababa 
de conjurar; pero apenas empezada la obra, llegaron algunos 
indios mensajeros de Behechio y Anacaona, para anunciar 
que estaban va preparados los tributos y podían pasar á 
recogerlos. Tal noticia causo' gran satisfaccio'n á don Barto- 
lomé, que en seguida puso en movimiento sus tropas para 
regresar á Xaraguá. 

Los soldados también acogieron con júbilo la noticia de 
una nueva expedicio'n á aquella rica comarca, cuyas alabanzas 
habían escuchado muchas veces de los que allá habían ido, 
} T cuyas delicias envidiaban. Mal vestidos, mal alimentados 
y con poca salud la mayor parte de ellos, esperaban mejorar 
en todo y vivir con más holgura y comodidad en aquel 
extremo de la isla donde todavía eran respetados los espa- 
ñoles. La marcha fué, pues, alegre y animada, atravesando 
en pocos días la Vega y las montañas y llegando todos, con 
las mejores esperanzas, al territorio donde empezaban los 
dominios de Behechio. 

La acogida que el cacique y los indios dispensaron al 






LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



231 



Adelantado no fue menos cordial que la que antes le habían 
hecho. Los soldados estaban admirados 3^ llenos de satis- 
faccio'n : los indios agasajaban cuanto era posible á sus 
huespedes ; les proporcionaban un continuo banquete , que 
no por ser sencillo y natural, de frutos del país, pescado y 
aves , era menos abundante ; y al verse tratados con tanto 
afecto, en medio de aquellas arboledas que parecían hermo- 
sísimos jardines, y en clima tan apacible, bien quisieran los 
españoles continuar allí sin volver á la lucha 3^ á la escasez 
de que acababan de salir. 

La cantidad de algodo'n reunida para el tributo era 
extraordinaria: habían contribuido á ella treinta caciques 
tributarios de Behechio. que quiso con tanta esplendidez dar 
pruebas de su buena amistad, 3^ al mismo tiempo poner de 
manifiesto la fertilidad de sus tierras. Una casa se lleno' de 
algodo'n, y ofreció' además el generoso cacique todo el cacabí 
que pudieran necesitar los cristianos, para no experimentar 
nuevas necesidades por falta de alimentos. 

El Adelantado agradeció' verdaderamente aquellas de- 
mostraciones de afecto 3 T de lealtad . 3^ envió' emisarios á 
Isabela á su hermano don Diego para que mandase á 
Xaraguá una de las carabelas, que 3 T a debía estar concluida, 
para que cargase las especies cobradas como tributo. 

En tanto que la carabela llegaba, continuaron el cacique 
y su hermana obsequiando cuanto más era posible al Ade- 
lantado, 3 T los demás hacían lo mismo con los soldados, que 
viéndose en aquel país delicioso 3 r abundante, entre indios 
gallardos que con tanto amor les trataban 3^ hermosas 
mujeres por todo extremo obsequiosas, se juzgaron llegados 
á las delicias del paraíso. Las grandezas de Anacaona, su 
lujo y sibaritismo; la riqueza de sus palacios 3^ las infinitas 
minuciosidades de su vida, ocupan muchas veces á los primi- 
tivos historiadores de Indias. Era la reina india la más 
sobresaliente entre todas por su belleza ; notable por su 
discrecio'n 3 r agradable trato; de conversacio'n amena 3 r llena 



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de rasgos de ingenio, que parecían extraños en la poca ó 
ninguna educacio'n de una salvaje criada en los bosques. 
Tenía mucha gracia y atractivo, unidos á la altivez que la 
correspondía usar como esposa de un cacique respetado y 
hermana de otro igualmente poderoso ; pero aunque en las 
relaciones con sus vasallos sabía mostrarse orgullosa y 
grave, al decir de Gonzalo Fernández de Oviedo, era otra 
su conducta con los españoles, siendo con ellos fácil y amable 
con exceso, contribuyendo todo á hacer más agradable la 
estancia de los españoles en aquella comarca. 

Llego' la carabela que el Adelantado había mandado 
viniese, y fué á dar fondo en aquella gran ensenada que se 
forma entre los' cabos de San Nicolás y del Tiburón. El 
punto donde anclo la carabela distaba poco más de dos 
leguas de la residencia de Behechio, } T sabido por los indios 
su arribo, corrieron en gran muchedumbre á la pla}^a para 
admirar la gran canoa de los cristianos, y volvieron á la 
población llenos de asombro, refiriendo con grandes exage- 
raciones el prodigio que habían visto sobre las aguas, con lo 
cual se movieron otros, y fueron todos á gozar de tan 
extraordinario espectáculo. No se lleno' menos de curiosidad 
Anacaona, que como mujer y curiosa, deseaba vehemente ver 
aquella maravilla, y á sus instancias decidió' el cacique ir á 
visitar la carabela. 

Partieron todos en unio'n de don Bartolomé Colon, é 
hicieron noche en una reducida poblacio'n que se encontraba 
á la mitad del camino; era como una residencia especial de 
recreo, donde Anacaona tenía reunidos todos aquellos primo- 
res de su ma} T or gusto, 3^ en la que pasaba largas temporadas 
entregada á vivir en medio de objetos preciosos y sin más 
ley que su capricho. Si hemos de dar crédito á los historia- 
dores contemporáneos, había en aquel palacio un refina- 
miento de lujo mu3 r superior á todo lo que pudiera esperarse 
encontrar entre salvajes. Los muebles estaban maravillosa- 
mente labrados: las vasijas de diversas formas 3 T colores, en 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



233 



que se criaban plantas hermosísimas, llamaban la atención 
por su primorosa manufactura, y en tejidos de blanquísimo 
algodón era tanta la variedad, que sorprendió' á los españoles, 
pues en ningún otro punto de la isla habían visto nada que 
se le pareciera ni aún remotamente. Tal vez un impulso de 
vanidad femenina movió' á Anacaona para llevar al Adelan- 
tado y á los suyos á que admirasen las preciosidades que 
atesoraba en su palacio favorito. «Presento' esta señora á 
Don Bartolomé muchas sillas, las mas hermosas, que eran 
todas negras y bruñidas como si fueran de azabache; de 
todas las otras cosas para servicio de mesa, y naguas de 
algodón (que eran como unas faldillas que traían las mujeres 
desde la cinta hasta media pierna, tejidas y con labores del 
mismo algodón) blanco á maravilla, cuantas quiso llevar y 
que mas le agradaban. Dio'le cuatro ovillos de algodón 
hilado que apenas un hombre podia uno levantar...» 

Llegados á la playa quedaron los indios mudos de 
admiracio'n al ver aquel gran barco, que á ellos semejaba 
una enorme ave con descomunales alas, que causaban asom- 
bro, y que gallardamente se movía sobre las aguas. Habían 
preparado al cacique y á su hermana sus mejores canoas, 
pero ellos no quisieron separarse del Adelantado, y en la 
barca de éste entraron para dirigirse con él á la carabela. 
En las demás falúas 3^ canoas iban mezclados los soldados 
españoles con infinidad de indios, que también querían con- 
templar de cerca aquel monstruo, cu va extraña forma movía 
su curiosidad. Otros muchos permanecieron en tierra, no 
osando en su candidez acercarse al buque. Al ponerse en 
movimiento las barcas, la carabela hizo salvas, disparando 
varias lombardas, á cu} t o estampido se sobrecogieron los 
indios, palidecieron los más audaces, y muchos quisieron 
arrojarse al mar temiendo que el cielo se les venía encima. 
Tembló Behechio, y cayo' desmayada Anacaona en brazos del 
Adelantado; pero al ver la sonrisa de éste y la tranquilidad 
de su semblante, presto se recobraron. «Llegados, como 

Cristóbal Colón, t. ii.— t,o 



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234 



CRISTÓBAL COLÓN 



dicen los marineros al bordo, que es junto á la carabela, 
comienzan á tañer un tamborino y la flauta y otros instru- 
mentos que allí llevaban, y era maravilla como se alegraban: 
miran la popa, miran la proa; suben arriba, descienden 
abajo; están como ato'nitos, espantados.» 

En su sencillez todo lo veían, todo lo admiraban, en todo 
ponían las manos, como niños que nunca han visto un objeto 
tan curioso. No escapan de tales movimientos el cacique 
mismo y su hermana; y el Adelantado, para colmar su ad- 
miracio'n , manda desplegar las velas, y el buque se pone en 
movimiento conduciéndolos mar afuera. Terminado el paseo, 
toman de nuevo el camino para Xaraguá, y en tanto los 
indios cargan la carabela de cuanto podía contener de cacabí 
y de algodo'n, llevando también muchas de aquellas preciosas 
sillas y muebles con que Anacaona obsequio' á don Barto- 
lomé Colo'n. 

Despachada la embarcacio'n para que se dirigiese á Isa- 
bela, dispuso también el Adelantado su partida, para llegar al 
mismo tiempo á aquella ciudad, y cuidar de poner en segu- 
ridad el tributo hasta que pudiese enviarlo á España. El 
cacique y su hermana se mostraron afligidísimos por su 
marcha, rogándole se detuviera entre ellos algún más 
tiempo; significando deseos la novelesca Anacaona de se- 
guirlos en su viaje; pero al cabo se resignaron, contentos 
con la promesa que don Bartolomé les hizo de volver á 
residir algún tiempo en su ciudad. 



IV 



No puede dejar de admirarse, dice con sobrada razón 
Washington Irving, el tino, el talento de Bartolomé Colo'n 
en el tiempo que tuvo el gobierno de la Española. Vigilante 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



235 



y activo, se encontraba en todas partes donde era necesaria 
su presencia, 3^ sin descansar un punto, cruzo' de una á otra 
provincia en todas direcciones, dejando con su valor y su 

moderacio'n amigos y aliados muy poderosos Si sus 

prudentes medidas hubieran sido secundadas por los que 
estaban bajo su mando, el país hubiera prosperado desde 
luego y las utilidades para la metro'poli hubieran sido inme- 
diatas ; pero sus nobles esfuerzos, lo mismo que las sabias 
o'rdenes del Almirante, se vieron siempre esterilizados por las 
malas pasiones de los españoles que debían secundarlos. 

A su llegada á Isabela, encontró' nuevas complicaciones 
y motivos de profundos disgustos, origen de graves males 
para la colonia. 

Por insignificantes motivos, que en apariencia no tenían 
importancia, aunque en el fondo de los mismos latían odios 
mal disimulados, se declaro' el Alcalde mayor Francisco 
Roldan en desavenencia con don Diego Colo'n, y comenzó' á 
formar un partido que no prestase obediencia á sus manda- 
tos. Funestos precedentes había tenido tal conducta, que ya 
habían producido consecuencias desastrosas, y el ejemplo se- 
guido debía tenerlas aún más desventuradas. 

Parece en verdad que Cristóbal Colón, que tantos 
altos dones había recibido del cielo, no contaba con el de 
conocer á los hombres. Derramaba beneficios y recogía 
ingratitudes. Casi todos aquellos sujetos que recomendó á 
los Reyes, o' en quienes deposito' su confianza, se volvieron 
en contra su} r a, y se convirtieron en enemigos del que tan 
noblemente ponderaba sus servicios para que fuesen amplia- 
mente recompensados. Ya hemos visto el pago que dieron á 
sus favores el P. Boil, Pedro Margarit, el repostero Aguado, 
y otros muchos de aquellos que por buenos mencionaba en 
su Memorial primero á los Reyes. Francisco Roldan era un 
pobre escudero, criado del Almirante, vivo y de ingenio, 
aunque no letrado, á quien en un principio nombro' Alcalde 
de Isabela; y como desempeñaba bien el cargo, antes de par- 




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CRISTÓBAL COLON 






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tirse para España,-le dejo por Alcalde mayor, para el ejercicio 
de la justicia en toda la isla, confiando en que haría cuanto 
pudiera para cumplir bien con su obligación. Y tal vez 
no hubiera tenido motivo de arrepentirse si su ausencia no 
se hubiera prolongado tanto. Viéndose por largo tiempo con 
un alto empleo, muy superior á sus merecimientos, nació' en 
su corazo'n un sentimiento de envidia al verse sometido á la 
autoridad de don Diego Colon, á quien no tenía el respeto 
que á su hermano, y la emulacio'n le movió' á querer igua- 
larse con él y á que se le tributasen los mismos honores. 

Llegada la carabela que desde Xaraguá envió' el Ade- 
lantado con el cargamento de algodón y pan, dispuso don 
Diego que la dejasen varada en tierra, temeroso siempre de 
que algunos díscolos } T descontentos pudieran apoderarse de 
ella, y regresasen á España como antes lo habían hecho 
otros. Este fué el pretexto que tomo' Roldan para empezar á 
mover la gente, dieiéndoles que los hermanos del Almirante 
no querían que se supieran los trabajos que allí se pasaban, 
ni enviar las carabelas á Castilla, porque esperaban la 
llegada de aquél , para alzarse con la soberanía de la isla, 
y tenerlos á todos sometidos á su voluntad, obligados por el 
hambre. Con estos razonamientos y otros no menos absurdos, 
pero que lisonjeaban las pasiones dé los colonos, logro' Rol- 
dan que exigieran con repetición y en forma violenta y de 
tumulto á don Diego que se botasen al agua las carabelas. 

Creyendo aquél quitar fuerza á Roldan separándolo de 
Isabela, discurrió' enviarle á la fortaleza de la Concepción 
con un corto destacamento, bajo pretexto de auxiliar á los 
soldados que allí estaban amenazados por los indios. La 
medida fué contraproducente, como podía esperarse. Don 
Diego Colo'n no tenía fuerzas ni energía para castigar á 
Roldan, y cscogito un medio para inutilizar sus planes, que 
era á todas luces impolítico, porque alejaba al rebelde de la 
vigilancia de la autoridad y le daba medios para continuar 
en su propaganda. El resultado se toco' muv luego. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



2¿7 



Fue el Alcalde con sus soldados al pueblo de un cacique 
llamado Marque, situado á corta distancia de la Concepcio'n, 
y allí, constituyéndose descaradamente en jefe de los insu- 
rrectos, fueron á unírseles algunos más de los que no habían 
osado declararse en Isabela, y otros muchos de los convale- 
cientes que andaban diseminados por la Vega. Los que 
permanecieron fieles á sus juramentos, abandonaron á Rol- 
dan y se acogieron al fuerte de la Concepcio'n, donde dieron 
noticia de cuanto sucedía. 

Entonces los sublevados, ya. decididos á arrostrarlo 
todo, regresaron á Isabela, se apoderaron violentamente de 
las llaves de los almacenes del Re} T , quitándolas á un criado 
de don Diego Colo'n que las guardaba, y tomaron armas y 
víveres cuantos quisieron, saliendo en triunfo } T con grandes 
voces de ¡viva el Rey! á cometer ma3 T ores excesos. Quiso 
remediar el mal don Diego Colo'n, saliendo con algunos 
hombres de armas al encuentro de los amotinados; pero ni 
su carácter era á proposito para combatir, ni tenía confianza 
en la fidelidad de la gente que mandaba, por lo que habién- 
dose presentado ante el almacén que saqueaban y vista la 
actitud resuelta de Roldan, se recogió' con los suyos á la 
fortaleza hasta que aquél salió' de la ciudad. 

El mal que habían causado era gravísimo. Los víveres 
almacenados eran pocos, y se distribuían con el mayor rigor 
3^ por raciones bien cortas, para que no se consumieran 
enteramente antes de que llegaran los repuestos que de 
España se aguardaban ¡Dor momentos; y los sublevados los 
repartieron sin orden ni concierto, 3^ se llevaron cuantos 
pudieron, dejando comprometida la existencia de todos los 
que quedaban en la ciudad. De allí se dirigieron á los 
cercados y mataron vacas 3^ ovejas de las que estaban desti- 
nadas á la cría, llevándose también los caballos que podían 
servirles. 

Casi á un tiempo regresaron á Isabela el Adelantado y 
Francisco Roldan. La presencia de don Bartolomé fué una 



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23* 



CRISTÓBAL COLÓN 










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gran contrariedad para éste; pero envalentonado ya. con la 
obediencia de los que le seguían, y comprendiendo que se 
había comprometido demasiado para poder volver atrás, 
permaneció' retirado con los suyos, y procurando sacar 
partido de cuantas circunstancias podía aprovechar para 
desacreditar á los Colones, y presentarlos como hombres 
crueles y vengativos, y con el designio de que algunos que 
se reconocían culpables por complicidad con los rebeldes, 
se pasaran resueltamente á su bando por temor al castigo. 

Parece que Roldan temía efectivamente á don Bartolomé 
Colo'n. Hasta parece que abrigo' la idea de asesinarlo. La 
ocasio'n fué la siguiente. Por lo mismo que el principio de 
autoridad estaba tan relajado, procuro' el Adelantado no dar 
muestra alguna de temor ni de debilidad, y administrar 
justicia rectamente para escarmiento de todos; y habiendo 
probado que tenía parte en algunos delitos un tal Barahona, 
de los del partido de Roldan, fué condenado á muerte seña- 
lándose día para ejecutarlo. El momento pareció' oportuno 
al Alcalde mayor, y reunió' á sus más atrevidos partidarios 
para que. en el momento de presentarse el reo en público, 
acometieran los unos á la guardia que le custodiaba y los 
otros dieran muerte al Adelantado. A instancias de muchos 
españoles fué perdonado Barahona, y no tuvieron los conju- 
rados ocasio'n de llevar á efecto su maldad; pero sospecharon 
que tal vez sus planes se habían traslucido, y salieron preci- 
pitadamente de la ciudad dirigiéndose de nuevo á la Vega. 

Nada deseaba tanto Roldan como aumentar su hueste, 
por lo que se dirigió' al pueblo donde habitaba el cacique 
Guarionex; allí se hallaba el capitán García de Barrantes 
con treinta soldados, á los que se proponía atraer á su 
partido; pero no pudo conseguirlo por la entereza del jefe, 
que se encerró' en una casa fuerte é intimo' á Roldan que se 
retirase. 

Encamináronse los rebeldes al fuerte de la Concepción, 
donde ya estaban sobre aviso, y el alcaide Miguel Ballester 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



239 



rechazo todas sus proposiciones, y despacho' cartas á don 
Bartolomé para que acudiese al peligro. A poco tiempo se 
presento' el Adelantado en la Concepcio'n con cuantos 
hombres tenía disponibles, y reunidas sus fuerzas con las de 
Ballester, muy superiores en número y en disciplina á las de 
los insurrectos; sabedor de que éstos se encontraban en una 
poblacio'n mu} T próxima, se dirigió' á ella con ánimo de 
reducir de una vez á Roldan á la obediencia, antes de que 
llegase á la isla el Almirante, cu} r a venida juzgaba no podía 
tardar, y encontrase en ella tanto desorden y tantas desven- 
turas. 

Bien conoció' Roldan la desventaja de su posicio'n en 
aquellos momentos, y aunque en las conferencias que tuvo 
con el Adelantado, bajo pretexto de atender á su propia 
seguridad, se resistió' á entregar las armas y á separarse de 
su gente, insistiendo también en la petición de que se botara 
al agua la carabela, que había sido el principio de la 
rebelio'n, se allano' á pasar á residir en el punto de la isla 
que se le señalase, en tanto que venía de España orden de 
lo que debería hacerse, o' juez que dirimiese la contienda 
pendiente entre su autoridad y la de los Colones. 

Don Bartolomé entonces le dijo que pasara á las tierras 
de un cacique bautizado } r a con el nombre de Diego Colon; 
pero Roldan, bien fuera porque nunca había pensado en 
cumplir lo que ofrecía, bien porque conoció' que cediendo se 
colocaba 3 T a en posicio'n de subdito, y perdería en concepto 
de todos, se negó' resueltamente á la obediencia, alegando 
que en aquel país no se había sembrado nada por los indios, 
ni encontraría medios de sustentar á sus compañeros. Ante 
esta negativa, el Adelantado le exonero' del cargo de 
Alcalde ma} T or, por desacato á sus ordenes dadas en repre- 
sentación de la autoridad Real, y le mando' que se apartase 
de su gente. 

Rodeado de hombres en quienes no podía confiar dema- 
siado, amenazado por las asechanzas de los traidores, 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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— I viviendo en continua zozobra , sin descansar un punto, 
recorrió el Adelantado varios lugares de la Vega para pro- 
porcionarse subsistencias y recoger algunos de los enfermos 
que habían convalecido con la variación y con la abundancia 
de alimentos; recogiéndose luego con todos á la Concepcio'n, 
único punto donde se vivía con seguridad y con orden, 
erradas á la lealtad y severo carácter del catalán Miguel 
Ballester, Aún allí intento nuevas perfidias Francisco Rol- 
dan; pero el Adelantado y Ballester fueron avisados á tiempo 
por Gonzalo Gómez Collado. 3^ desbarataron todos los planes 
de aquel miserable. 

En vista de la inutilidad de sus esfuerzos, se retiraron 
los rebeldes á los territorios del cacique Manicotex , donde 
aumentaron sus filas por habérseles reunido Adrián Mojica, 
Pedro Valdivieso y Diego Escobar, alcaide del fuerte de la 
Magdalena con otros seis ú ocho soldados. Todos vivían en 
el mayor desorden, sin freno ni disciplina, satisfaciendo 
todos sus caprichos y maltratando cruelmente á los indios, 
que los sufrían atemorizados. 

En tal situacio'n llego' al puerto de Santo Domingo el 
3 de Febrero de 1498 Pedro Hernández Coronel con las dos 
carabelas que el Almirante había despachado con los víveres 
que cre3 7 o' de imiyor urgencia, y las cartas ¡Dará don Parto- 
lomé en que le daba cuenta de los favores que los Re} T es le 
dispensaban y la atcncio'n que concedían á todos los asuntos 
de la colonia, y le remitía el título de Adelantado que le 
habían conferido; con lo que su oficio ejercido hasta entonces 
por el nombramiento que hiciera su hermano, cobraba nueva 
legitimidad } r fuerza, como emanado directamente de los 
Soberanos. 

A tiempo llegaron estas favorables nuevas. Rodeado de 
peligros y de angustias don Bartolomé, 3^ reducido al 
extremo ((esperando cada dia, como dice fray Bartolomé de 
las Casas, cuando habia de ir Francisco Roldan á cercarlo, 
como Dios en esta vida no da todos los trabajos juntos, sino 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IV 



241 



siempre, conociendo nuestra flaqueza, con alguna interpo- 
lación, quiso dar algún resuello á Don Bartolomé Colon y á 
los que con él estaban Rescibio' el Adelantado Don Bar- 
tolomé, ya constituido Adelantado, grandísimo favor y 
alegria, y los que le seguian, como si resucitaran de muerte 
á vida.» Comprendiendo el efecto moral que las noticias de 
España y los despachos de los Reyes podían causar en los 
insurrectos, envió' inmediatamente al mismo Pedro Her- 
nández Coronel, que era Alguacil mayor de la isla, hombre 
prudente y de confianza, y que por haber estado ausente 
desde antes que comenzara la sublevación, no tenía enemistad 
ni odios con Roldan, para que se avistase con éste, y lo 
redujese á la obediencia y servicio de los Reyes, poniendo 
término al calamitoso estado en que se encontraba la admi- 
nistracio'n de la colonia. Esta era la misio'n ostensible y de 
paz que el Adelantado confio' al Alguacil mayor, ofreciendo 
al propio tiempo el olvido de los pasados excesos; pero en 
realidad, Colo'n se prometía ma} T or resultado, de lo que 
aquél pudiera decir como testigo presencial de lo que 
sucedía en la corte de España, y del pro'ximo regreso del 
Almirante. 

Lo mismo entendieron los jefes de la insurreccio'n , y 
no consintieron que Coronel se comunicase con su gente, 
sino que con amenazas y casi por fuerza le llevaron adonde 
Roldan se encontraba, y enterado aquél de su misión le 
contesto' con altivez, despidiéndole de una manera desabrida, 
sin allanarse á cosa alguna. Sin embargo, no dejaron de 
producir efecto las palabras que en la conferencia se cru- 
zaron, pues Francisco Roldan abandono' toda idea de agre- 
sio'n y emprendió' la marcha á Xaraguá, donde todos los 
soldados querían ir, llevados de las agradables pinturas que 
de su fertilidad y abundancia habían hecho los que allá 
estuvieron anteriormente. 

El Adelantado se dirigió á Santo Domingo á poner en 
seguridad las provisiones y todos los efectos que en las cara- 
Cristóbal Colón, t. ii.- 31. 






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CRISTÓBAL COLON 



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belas habían llegado, y distribuyo de la manera más opor- 
tuna los noventa hombres que á su bordo venían, enviando 
desde luego á las minas de San Cristo'bal á todos los que 
parecieron útiles para aquellos trabajos . y colocando otros 
en las diferentes obras que se hacían en la nueva ciudad. 
Por desgracia no todos eran á propo'sito para la colonia; 
muchos de ellos, criminales á quienes se había indultado 
para que pasasen á Indias , se comprendía desde luego que 
antes habían de servir para formar en las filas de los que 
alborotaban, que en las de los trabajadores. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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Otro mal tan grave y quizá mayor aún que el que 
produjo con su insubordinacio'n , causo' Francisco Roldan en 
la desorganizacio'n de la isla, sembrando la discordia lo 
mismo entre los españoles que entre los indios. A los sol- 
dados, después de una vida licenciosa y desordenada, les 
ofrecía libertad para recoger oro sin pagar la parte que al 
Estado y al Almirante pertenecía; á los indios, agobiados 
con el tributo que no podían pagar, por su ignorancia para 
beneficiar las minas y su poca disposición al trabajo, los 
incitaba á la rebelión, les aconsejaba que no pagasen y les 
ofrecía apoyo contra las autoridades legítimas. Tal conducta 
era verdadera y claramente criminal, y el Adelantado, 
viendo la inutilidad de cuantos medios se habían usado para 
la conciliación, determino procesar á Roldan y á cuantos le 
seguían para que sufrieran el castigo de sus delitos. Los 
llamo' por pregones, los persiguió' en rebeldía, y al cabo los 
declaro reos de traicio'n, habiendo recibido declaraciones de 
las personas más respetables, y de los oficiales nombrados 
por los Reyes, que justificaban los excesos cometidos y los 
cargos gravísimos que contra el Alcalde mayor aparecían. 
Prudente, sin embargo, y mesurado, sabiendo que Roldan 
le recusaba como juez parcial, y le denostaba como á extran- 
jero, se limito' á concluir el proceso, y espero' ocasión de 
remitirlo á España para que tuvieran los Re3^es conoci- 
miento de todo, é impusieran la pena á que se había hecho 
acreedor. 

Urgente necesidad había, por muchas razones, de extir- 
par aquella mala semilla que los insurrectos habían espar- 
cido entre los indios de la Vega, reduciéndolos de nuevo á 



LIBRO CUARTO— CAPÍTULO V 



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obediencia y á que contribuyesen con los tributos, para lo 
cual el Adelantado reunió' cuantos soldados pudo y algunos 
caballos, disponiéndose á recorrer otra vez aquel territorio 
en todas direcciones, dejando establecido de nuevo el imperio 
de la autoridad. Mas antes de que esto sucediera recibid 
aviso de que el cacique Guarionex con toda su familia había 
desaparecido de la Vega, y tomando su ausencia como señal 
de nueva insurreccio'n , dispuso con la mayor celeridad la 
marcha. 

La causa de la desaparicio'n del cacique no era, sin 
embargo, la que se suponía, sino otra muy diferente. No era 
tolerable, en verdad, la suerte de aquellos infelices indios, 
que escarmentados en todos sus intentos de resistencia, tenían 
que sufrir constantemente las vejaciones, los excesos, los 
malos tratamientos de que eran objeto, sin tener ni aun el 
triste derecho de quejarse de sus opresores. La situacio'n era 
más lastimosa desde que tomo cuerpo la insurrección de 
Roldan; porque un día aparecían en la Vega los soldados 
leales exigiendo y tomando cuantas provisiones encontraban, 
y á poco llegaba Roldan con los suyos, haciendo las mayores 
violencias por reunir lo que ya no era posible darles, por 
habérselo llevado los que antes vinieron. Los indios esti- 
mulaban á veces al cacique á que tomase venganza ; y Gua- 
rionex, que veía los males de los suyos y no tenía carácter 
para poner el remedio, temeroso de verse comprometido en 
nueva guerra, tomo' el partido de escapar con su familia, y 
acogerse á las montañas de Cigua}^, lejos del alcance de los 
españoles, y bajo la proteccio'n del poderoso cacique Mayo- 
banex, jefe de las tribus montañesas. 

Bartolomé Colo'n llego' á la Vega con noventa hombres 
escogidos y algunos caballos. Informado de la huida de 
Guarionex, atravesó' la Vega en toda su extensio'n dirigién- 
dose á Ciguay, donde encontró' á aquellos indios de feroz 
aspecto, con los cabellos largos y crespos que les caían hasta 
la cintura, y armados de flechas y palos duros á manera de 



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CRISTÓBAL COLÓN 








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lanzas, que habían peleado por primera vez con los españoles 
en el golfo que el Almirante llamo' de las Flechas, por la nube 
de ellas en que se vieron envueltos sus marineros. Más que 
una batalla trabo' con ellos el Adelantado una escaramuza, 
pues aunque en gran número y con horrible destemplada 
gritería cayeron sobre sus soldados, basto' una carrera de 
los de á caballo para que huyeran á los montes, dejando 
muchos heridos. Aleccionados por la experiencia, y temiendo 
la acometida de los caballos, permanecieron ocultos en los 
bosques, y desde allí lanzaban sus Hechas contra los espa- 
ñoles que se acercaban, ocultándose cuidadosamente en la 
espesura. 

Tuvo noticias el Adelantado de que á pocas leguas 
estaba la poblacio'n donde residía Mayobanex, y le envió' 
algunos de los indios que había hecho prisioneros, para que 
supiera que no iba á hacerle guerra, ni daño alguno, sino 
á dejar entablada amistad con él y que reconociera vasallaje 
á los Reyes de España, y á que le entregase al cacique 
Guarionex , enemigo de los españoles, con lo cual demos- 
traría su amistad, pues de no entregarlo destruiría su 
pueblo. El generoso cacique, fiel á los deberes de la hospi- 
talidad, contesto' á los mensajeros con dignidad impropia de 
un salvaje: — «Decidles á los cristianos, que Guarionex es 
hombre bueno y virtuoso; nunca hizo mal á nadie, como es 
público y notorio, y por eso dignísimo es de compasio'n; de 
ser en sus necesidades y corrimiento ayudado, socorrido y 
defendido; ellos, empero, son malos hombres, tiranos, que 
no vienen sino á usurpar las tierras ajenas, y no saben sino 
derramar la sangre de los que nunca los ofendieron, y por 
eso, decidles que ni quiero su amistad, ni verlos, ni oirlos, 
antes, en cuanto yo pudiere, con mi gente, favoresciendo 
á Guarionex, tengo de trabajar de destruirlos y echarlos 
desta tierra.» 

Con esta respuesta volvió' don Bartolomé Colo'n á com- 
batir á los cigua3 7 os, tomándoles y destruyéndoles sus ha- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



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ciendas; aunque deseando no causarles mayores daños, les 
envió' nuevamente algunos mensajeros proponiendo paz y 
amistad , pero siempre bajo el supuesto de que entregase 
al cacique de la Vega. Los indios, que temían con razo'n á 
las armas de los españoles, enterados de que la guerra no 
era contra su tierra , propusieron á Mayobanex entregase al 
fugitivo; pero éste se resistió' con inaudita constancia, 
prefiriendo ver asolado su territorio á entregar al atribulado 
Guarionex, que se había acogido á su protección; y para 
evitar que los ciguayos vacilaran, é insistieran en que se 
entregase al cacique por oir las palabras de los españoles, 
dispuso se diera muerte á todo emisario que viniera del 
campo del Adelantado, sin escuchar su mensaje, para cuyo 
efecto destaco' muchos hombres de los de su mayor confianza. 

Avanzando siempre, aunque con mucho trabajo, por la 
montaña, y encontrándose á corta distancia de la población 
donde estaba Ma}^obanex con el ma} T or número de sus sub- 
ditos armados, volvió' á enviar el Adelantado otros dos 
indios para evitar el derramamiento de sangre, caminando 
él en su seguimiento con cuatro soldados á caballo y algunos 
infantes. Dieron los mensajeros indios en la emboscada de 
los ciguayos, y cuando llego' el Adelantado los encontró' 
muertos , por lo cual mando' adelantar en seguida el grueso 
de sus soldados para caer sobre la poblacio'n. 

Al ver la acometida de los españoles, los indios desam- 
pararon á Mayobanex, diciéndole que no querían exponer 
sus vidas 3^ haciendas por defender al cacique de la Vega; y 
viéndose aquél sin medios para resistir hu}^o' con toda su 
familia á ocultarse en lo más fragoso de la montaña. 

Dura era la vida de los españoles entre los ciguayos; 
penosísimas las marchas por entre los bosques. La expe- 
dicio'n no fué mu}^ larga, pero sí muy trabajosa; hasta que 
habiendo podido descubrir la residencia del cacique Ma}^o- 
banex por haber aprisionado á unos cigua3^os que salían á 
llevarle provisiones, lograron hacerle prisionero. 



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CRISTÓBAL COLON 



El ardid de que se valieron para apoderarse de su 
persona fué tan ingenioso como atrevido. «Doze castellanos 
se ofrecieron de ir por él, dice el cronista Herrera. Desnu- 
dáronse 3^ untáronse los cuerpos con cierta tinta negra ,. y 
parte de colorado, que es una fruta de árboles que se llama 
Bixa, lo qual usan hazer los indios cuando andan en la 
guerra, o' por el campo por defenderse del sol con la corteza 
que haze. Tomaron sus guias, y llegaron á donde Mayo- 
banex estaba con mujer, hijos y poca familia, bien descuy- 
dados. Echaron mano á las espadas, que llevaban envueltas 
en las hojas de palmas, que llamauan Yaguas, y le pren- 
dieron, y con su mujer y hijos los lleuaron á Don Barto- 
lomé, con los quales se fue á la Concepción.» 

Pocos días después el hambre obligo' á Guarionex á 
bajar de las montañas á pedir alimento á los ciguayos, y 
como éstos le tenían poca voluntad por considerarle causa 
de todos sus males y de la prisio'n de su cacique , dieron 
aviso de su presencia al Adelantado, el cual lo hizo prender 
y lo llevo' también á la fortaleza. 

Entre los prisioneros se encontraba una prima hermana 
del cacique Mayobanex, que se decía era la más hermosa 
mujer de cuantas en la isla se habían visto, aunque en ella 
hubo muchas de hermosura señalada, según afirma el padre 
Las Casas. Lleno de pena su marido, no podía resistir á 
la idea de ver en prisio'n á su mujer. El amor le dio' esfuerzo 
para presentarse en el fuerte de la Concepcio'n , y con expre- 
sivas frases y ademanes de dolor pidió rendidamente al 
Adelantado le devolviera á su mujer, ofreciéndose incondi- 
cionalmente á su servicio. Movido á piedad don Bartolomé, 
puso en libertad á la hermosa india; y su generoso proceder 
fué tan agradecido por los salvajes, que á pocos días se 
presento' en la Concepcio'n aquel hombre seguido de cuatro 
o' cinco mil indios, llevando todos en las manos los instru- 
mentos que usaban para labrar la tierra, á que llamaban 
coas, pidiendo se le señalase sitio bastante extenso en la Vega 



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donde hacer una labranza de pan para los españoles; y tal 
trabajo hicieron, y con tanta constancia, en quince o' veinte 
días que allí estuvieron, que podía valer treinta mil caste- 
llanos al tiempo de la recoleccio'n, según asienta Antonio 
de Herrera. 

Movidos por aquel ejemplo, y muy confiados en la 
clemencia del Adelantado, acudieron en gran tropel los 
ciguayos á prestar obediencia, ofreciendo crecidos donativos 
de cuanto tenían, y pidiendo con vehementes súplicas la 
libertad de su cacique. Siguiendo su conducta de benevo- 
lencia y generosidad, que era á un tiempo la más política, 
porque conciliaba los ánimos y hacía renacer los sentimientos 
de afecto á los españoles en el corazo'n de los indios, puso en 
libertad Colo'n á toda la familia de Mayobanex, sin exceptuar 
á la reina 3^ á sus hijos: pero no pudieron obtener que les 
devolviese al cacique, porque razones de ma3 T or gravedad 
creyó' que se oponían á dar aquel paso. 



II 



IIu3 T o' Francisco Roldan con sus hombres al territorio 
de Xaraguá, porque las delicias 3 T abundancia que contaban 
haber gozado allí los que fueron antes con el Adelantado, 
despertaban el deseo de los soldados, y los atraían hacia el 
señorío del gran cacique 3^ de su hermana de quien tantas 
maravillas se narraban; aunque en realidad Roldan se llevaba 
una segunda intencio'n, que para él era más importante, la 
de separar á su gente de los alrededores de Santo Domingo 
donde acababan de llegar las carabelas de España, 3^ donde 
temía pudieran venir otras más en breve plazo. Porque 
conociendo á los su3 T os, desconfiaba del efecto que pudieran 
producir las noticias que traían del favor que gozaba el 

Cristóbal Colón, t. ii. — 32. 



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CRISTÓBAL COLÓN 









Almirante con los Reyes , y los refuerzos que se disponían á 
enviar á la Española, y ma3 r or temor le infundía la idea de 
que hombres como Pedro Fernández Coronel y Miguel 
Ballester, pudieran entrar en conferencias con sus soldados 
y pintándoles con sus verdaderos colores la traición que 
cometían, convencerlos á que le abandonaran. Accediendo, 
pues, al parecer, á los deseos de todos de visitar á Xaraguá, 
conjuraba también aquel peligro que podía acabar con sus 
fuerzas. 

Los daños y los graves males que aquella soldadesca 
indisciplinada causo' en el reino de Behechio, no es posible 
narrarlos, ni menos encarecerlos. A su antojo, y para satis- 
facer todos sus caprichos se servían sin compasio'n de los 
indios y de sus hijos, les tomaban sus mujeres, y les exigían 
cuanto tenían reunido para pagar el tributo contra cuya im- 
posicio'n declamaban, y contra cu}ro pago animaban la resis- 
tencia de los indios. 

Mas á pesar de tanta licencia y desenfreno tampoco se 
encontraban bien los insurrectos en Xaraguá cuando } 7 a estu- 
vieron allá algún tiempo, pues empezaban á carecer de 
muchas cosas, especialmente de ropas. Inopinadamente se 
encontraron con un refuerzo de hombres muy á proposito 
para engrosar sus filas, y con víveres, ropas 3^ armas, de 
que mucha necesidad empezaban á sentir. 

Los tres buques que el Almirante había despachado 
desde Canarias directamente á la isla Española, según antes 
dijimos, o' por ignorancia o mala direccio'n de los pilotos, o 
porque la fuerza de las corrientes las desviase de su rumbo, 
perdieron mucho tiempo en el viaje, y deseando arribar al 
puerto de Santo Domingo, fueron á parar cerca de doscientas 
leguas más abajo en la costa de Xaraguá, en las inmedia- 
ciones del sitio donde se encontraba Francisco Roldan. 

La sorpresa de éste y de los suyos fué grandísima, y no 
menor su miedo, al ver aquellas tres embarcaciones, nuevas 
en aquellos mares, sospechando si á bordo vendría el Almi- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



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rante ya. instruido de sus excesos. Queriendo salir de dudas 
se dirigieron á la playa , que apenas distaba dos leguas , y 
con la mayor audacia entablaron conversacio'n con los capi- 
tanes y pasaron á bordo para tener noticias de España y del 
Almirante; presentándose ante Arana, Carvajal y Juan 
Antonio Colombo, como destacamento enviado por el Ade- 
lantado á aquel extremo de la isla para buscar provisiones. 

Yolvio'se Roldan á tierra con sus hombres sin haber 
dejado conocer á bordo su desobediencia á la autoridad; mas 
como los tres capitanes, viendo la mucha dificultad que 
ofrecía el navegar en contra de las corrientes, acordaron 
que la gente trabajadora, que iba á sueldo, marchase por 
tierra á Santo Domingo con propo'sito de que llegasen más 
pronto, muy luego se descubrió' la condicio'n de los insu- 
rrectos. Salieron á tierra cuarenta hombres con sus ballestas, 
lanzas y espadas, al mando de Juan Antonio Colombo, y al 
punto los rodearon Roldan y sus soldados, amonestándoles 
que no se fueran; que en Santo Domingo se sufrían grandes 
privaciones y se pasaba vida estrechísima, trabajando mucho 
sin utilidad, al paso que en el territorio donde se encontra- 
ban, libres de la tiranía y crueldades del Adelantado, satis- 
facían todos sus caprichos y liviandades. No fueron nece- 
sarios grandes esfuerzos. 

La mayor parte de aquellos colonos era de la clase de 
delincuentes á quienes se remitía la pena para estimularlos á 
que pasasen á las Indias , y fácilmente se decidieron á abra- 
zar aquella vida que se acomodaba más con sus antecedentes. 
De los cuarenta que desembarcaron con Colombo, solamente 
ocho permanecieron al lado de su capitán; y aunque éste, 
impulsado por la conciencia de su deber, y con valor y 
entereza reprocho' á Roldan su conducta, acusándole del 
perjuicio que causaba al servicio de los Reyes, nada pudo 
conseguir, y volvió' á las naves con ocho hombres dejando 
los demás con los sublevados. 

Mucho sintieron los capitanes el engaño en que habían 



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sido envueltos por Roldan , y no teniendo bastantes antece- 
dentes de lo sucedido hasta entonces en la isla, quisieron 
~>3| buscar algún remedio, bajando Alonso Sánchez de Carvajal 
ÉÉ» á conferenciar con los rebeldes, con la esperanza de redu- 
cirlos á la obediencia. Trabajo' con la mejor fe y decisio'n el 
noble capitán, y aunque nada pudo conseguir por entonces, 
descubrió', sin embargo, las opuestas tendencias que ya 
dividían los ánimos en el campo de Roldan, y comprendiendo 
que de ellas podría sacarse partido para la pacificación de 
la isla, resolvió' quedarse entre los insurrectos, escuchar sus 
llamados agravios, y presentarse como mediador, juzgando, 
con buen acierto, que su mediacio'n podía influir en que ter- 
minara aquel funesto estado de cosas. 

Despidió, pues, á los dos capitanes Pedro de Arana y 
Juan Antonio Colombo, que con las tres carabelas se diri- 
gieron á Santo Domingo; y él se propuso hacer el mismo 
viaje por tierra, llevando hacia la capital á Francisco Roldan 
y á su gente, con el objeto de que hubiera mayor facilidad 
en las negociaciones. Aunque por el momento no consiguió 
Carvajal el objeto que se proponía, aquel primer trato suyo 
con los insurrectos, y la confianza que en él comenzaron á 
tener conociendo su integridad y prudencia, fueron el prin- 
cipio de la reduccio'n de Francisco Roldan después de tantos 
deso'rdenes. 

Terminaremos esta parte de la rebelio'n, que comprende 
hasta el desembarco del Almirante en Santo Domingo, con la 
apreciacio'n de un historiador contemporáneo: Herrera atri- 
buye esta sublevacio'n , dice, á la ambicio'n y al carácter 
díscolo de Roldan: Oviedo parece quiere cargar la culpa al 
rigor excesivo é insufrible altanería del Adelantado. «Des- 
pués de estas victorias con el Adelantado (las que logro' de 
los indios) dice en el Libro III, cap. II de su Historia de 
Indias, parecía que se le habia trocado la condición; porque 
se mostró' muy riguroso con los cristianos de allí adelante, 
en tanta manera que no le podían sofrir algunos, en especial 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



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Roldan Giménez, que avia quedado por Alcalde mayor del 
Almirante. Al qual el Adelantado no hazia la cortesía o' 
tratamiento de que él pensaba ser merecedor; ni el Roldan 
consentia que en las cosas de justicia fuese el Adelantado 
tan absoluto como queria serlo, y desta causa ovieron malas 
palabras, y el Adelantado le trato' mal, y, según algunos 
dicen, puso o' quiso poner las manos en él.» Oviedo siempre 
parece que se inclina en contra de los Colones. Sin poner en 
duda la severidad de don Bartolomé falta saber si fué nece- 
saria. El mismo Oviedo dice en el capítulo siguiente que 
muchos castellanos querían la guerra, y no poblar la tierra 
sino darle un repelón, y volverse donde los esperaban y 
deseaban acabar sus días. Don Bartolomé no podía consentir 
en el saqueo y destruccio'n del país; .sin embargo, debió' haber 
para estos sucesos alguna falta de su parte, pues al hablar 
de las causas de ellos, su sobrino don Hernando se contenta 
con decir que el gobernador y el alcalde mayor no se lle- 
vaban bien. 

No refuta las palabras de Oviedo, como hizo en otra 
ocasio'n en que habla de hechos que le pareció' conspiraban á 
rebajar el mérito de su padre, á cuya defensa salió' con 
bastante acritud; porque don Hernando no era amigo de 
Oviedo, á causa de creerle demasiado deferente al partido de 
los émulos de su familia. Uno de los amigos que tuvo entre 
ellos, fué el tesorero Miguel de Pasamonte, el que tantos 
disgustos hizo experimentar al segundo Almirante don Diego 
Colo'n; y de él hace muchos elogios en su Historia natural de 
las Indias, libro III, cap. XII *. 



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1 Noticias de don Bario/orné Colón, hermano del Almirante, por don 
Eustaquio Fernández de Navarrete. — Ilustración II. 






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CRISTÓBAL COLÓN 




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Verdaderamente la vida de don Bartolomé Colon había 
sido agitada y laboriosa desde el momento mismo en que su 
hermano salió' para España el 10 de Marzo de 1496. En 
marcha constante; en continua agitacio'n; atendiendo por 
una parte á la sumisio'n de los indios, y á cuidar de que 
acudiesen con los tributos, y por otra teniendo que desconfiar 
de muchos de los que le rodeaban y debían ser sus más fieles 
auxiliares ; sin provisiones bastantes para atender él la sub- 
sistencia de sus tropas, ni medios de curar á los muchos 
enfermos que la mala alimentación y la influencia del clima 
ocasionaban, amenazado por todas partes de mil peligros, 
calamidades } r contratiempos , bien puede tenerse por muy 
cierto lo que decía á los Reyes en su Memorial, fcha en 
Granada á 10 dé Octubre de 1501, de que a estovo siete unos 
en la dicha conquista, é jura que los cinco no durmió en cuma, ni 
desnudo, é siempre la muerte al lado, é sufrido muchas nescesida- 
des que se debían de saber » 

Angustiosa era la situacio'n en muchos lugares de la isla 
y porque á consecuencia de la guerra, y por haberse huido 
los indios hacia las montañas, no se había hecho siembra, y 
el hambre aparecía con todos sus horrores, amenazando lo 
mismo á los naturales que á los españoles: formaban pavo- 
roso cuadro tantas calamidades, y el Adelantado, incansable, 
previsor y activo, procuraba el remedio por cuantos medios 
estaban á su alcance. Poco tiempo después de las prisiones 
de Mayobanex y Guarionex, cuando más en apuro se encon- 
traba, pensando con amargura en la falta de socorros de 
España, recibió' aviso del puerto de que á larguísima dis- 
tancia, muy adentro en el mar, se habían divisado algunas 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



255 



velas en dirección al Sur, 3^ no dudando que pudiera ser el 
Almirante, que, según las noticias que antes había traído 
Fernández Coronel, debía encontrarse ya por aquellos mares, 
se embarco' en una de las carabelas que estaban en el puerto 
y salió' á su encuentro, alcanzándolas, como hemos dicho, 
entre la costa de la Española 3^ la isla llamada Beata, 3 r allí 
tuvo lugar la reunio'n de los dos hermanos después de treinta 
meses de separacio'n. 

Las provisiones que el Almirante traía, aunque bas- 
tante deterioradas en alguna parte, eran abundantes 3 T lleva- 
ron auxilio á muchas necesidades. Pero todos los sucesos 
que dejamos narrados y que don Bartolomé puso en conoci- 
miento de su hermano, 3 7 las noticias que llegaron de Isabela 
3 T de las comarcas adyacentes, llenaron de confusio'n su ánimo 
y acibararon todo el placer de su llegada. 

Meditando la mejor manera de reducir á los rebeldes y 
procurar el orden en la isla, sin que sufriera menoscabo su 
autoridad, y también para conocer los medios de que podría 
usar para justificar en España 3^ ante los R^es la conducta 
del Adelantado y su prudencia en cuanto había sucedido, 
llamo' ante sí el Almirante los procesos incoados por los 
Alcaldes, instruyéndose de todas las declaraciones recibidas, 
de la calidad de los sujetos que las habían prestado, 3^ de 
cuanto podía contribuir al esclarecimiento de la verdad. 

Dudoso se encontraba ante el cúmulo de dificultades 
que por todas partes se presentaban á su consicleracio'n, 
cuando llegaron al puerto de Santo Domingo las tres embar- 
caciones que desde Canarias había enviado el Almirante con 
el deseo de que anticiparan su llegada, y que por desgracia 
de todos se habían retrasado tanto, tocando antes, según ya 
se expuso, en aquella parte de la isla donde estaban Roldan 
y los suyos. Juan Antonio Colombo 3 r Pedro de Arana 
dieron cuenta de cuanto había sucedido, y refirieron como 
habían dejado cuarenta hombres con los insurrectos, y algu- 
nas armas que con engaño les habían tomado, con cu3^as nue- 



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CRISTÓBAL COLÓN 



vas se aumento el disgusto y crecieron las dificultades para 
poner en práctica los pensamientos de concordia que abri- 
gaba el Almirante. 

Pero pasados, pocos días llego' por tierra desde Xaraguá 
Alonso Sánchez de Carvajal, que se había ganado con sus 
prudentes consejos la confianza de Francisco Roldan, y trajo 
informes que parecían favorables á la solucio'n que se deseaba. 
No excusaba Roldan abiertamente el entrar en inteligencias; 
pero siguiendo en su plan , insistía en no entenderse con el 
Adelantado, á quien creía, o' afectaba creer, su enemigo 
declarado ; y juzgando por las noticias recibidas que el 
Almirante no podía tardar en presentarse en la isla Espa- 
ñola, dispuso su marcha al Bonao, para estar más cerca de 
su residencia y que con mayor facilidad pudieran seguirse 
los tratos, situándose con sus gentes á unas veinte leguas de 
Santo Domingo. 



IV 



Cristóbal Colón se propuso aprovechar inmediata- 
mente aquellas favorables disposiciones, fomentadas por Car- 
vajal, accediendo cuanto era posible á los deseos manifestados 
por muchos de los compañeros de Roldan; y al mismo 
tiempo que dio' aviso al veterano alcaide de la Concepcio'n, 
Miguel Ballester, para que estuviera prevenido contra los 
peligrosos vecinos que iban á establecerse en las' cercanías, 
hizo publicar en 12 de Septiembre que en nombre de sus 
Altezas daba licencia á todos los que quisieran volver á 
Castilla, y que les daría los bastimentos necesarios y navios 
para que se fueran. 

Como el regresar á España era el mayor deseo de 
muchos de los colonos, y había sido el pretexto primitivo 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



257 



para la insurrección, fue altamente político aquel paso del pj 
Almirante, y lo acogieron con alegría los que ya no podían 
soportar las penalidades á que se veían sometidos en la isla. 

No produjo, sin embargo, el resultado que era de 
esperar aquella prudente medida. Los rebeldes o' por ma- 
licia, o meramente por maldad, rechazaron toda concordia, 
bajo frivolos pretextos; y si éstos eran clara muestra de su 
mal deseo, aún eran peores las formas de que los revestían, 
las groseras frases que contra el Almirante y sus hermanos 
y contra toda representación de su autoridad proferían. 

Hablo Miguel Ballester con los insurrectos, pues nunca 
pudo hacerlo á solas con Francisco Roldan, que } T a comen- 
zaban á desconfiar de él sus principales compañeros, y aún 
el vulgo de los soldados, como se demostró' cuando algunos 
días después le hicieron bajar del caballo y renunciar á la 
conferencia que había aceptado con el Almirante. Sucedíale 
lo que ha acontecido siempre á todos los .ambiciosos, que 
por buscar apo} 7 o á pretensiones de propia conveniencia, 
relajan los lazos de la obediencia en sus subordinados, per- 
miten á la multitud excesos é inmoralidades, 3^ cuando, 
asustados de su obra, quieren volver á desandar el camino, 
se encuentran empujados por sus co'mplices y son víctimas 
de la tiranía del número, sucumbiendo á la desobediencia de 
aquellos á quienes enseñaron á desobedecer. Ballester vio' 
siempre á Roldan acompañado de Adrián Mojica, de Pedro 
Gámez, de Diego de Escobar, y de otros muchos de los que 
mayor influencia se habían ido ganando entre los rebeldes. 

Por la actitud de todos, por las razones que escucho' el 
antiguo militar, comprendió' la inutilidad de ciertos medios, 
y escribió' al Almirante una carta en la que le refería lo 
sucedido entre los rebeldes, y le aconsejaba lo que en su 
entender era prudente se hiciera. Es importante y digna de 
ser reproducida, para comprobante de la angustiosa situa- 
ción á que estaba reducida la autoridad en la isla, y como 
dato de lo mal apreciada que fué la conducta de Cristóbal 

Cristóbal Colón, t. ii. — 33. 








: 5 8 



CRISTÓBAL COLON 



Colón , por no conocer bien las circunstancias en que se 
vino á encontrar. Decía así la carta de Ballester: 



«Ilustre 3^ muy magnífico señor: Ayer lunes, ai medio 
dia, llegarnos acá en el Bonao, y luego á la hora Carvajal 
hablo' largamente á toda esta gente, y su habla fué tan alle- 
gada al servicio de Dios y de Sus Altezas y de vuestra 
señoría, que Salomón ni doctor ninguno no hallara enmienda 
ninguna, y como quiera que la mayor parte desta gente 
ha3^an mas gana de guerra que de paz, á los tales no les 
parece bien, mas los que no querian errar á vuestra señoría, 
sino servirle, les pareció' que era razón y justa cosa todo lo 
que Carvajal decia, los cuales eran Francisco Roldan, y 
Gamez, y Escobar, y dos o' tres otros, los cuales juntamente 
acordaron que fuese el Alcaide y Gamez á besar las manos á 
vuestra señoría y á concertar cosa justa y posible, por 
excusar y matar el fuego que se va encendiendo, mas de lo 
encendido; y acordado esto, que } T a queríamos cabalgar, y 
yo con ellos, porque á todos les pareció' que } r o debia volver 
con Carvajal y ellos ; en aquel instante vinieron todos á 
requerir á Francisco Roldan y á Gamez, que habían acor- 
dado que no fuesen, sino que por escrito llevase Carvajal lo 
que pedían; y si en aquello vuestra señoría viniese, que 
aquello se hiciese, y otra cosa no. Y yo, señor, por lo que 
debe criado á su señoría, suplico á vuestra señoría concierte 
con ellos en todo caso, especialmente para que se vayan á 
Castilla, como ellos piden, porque otramente creo cierto que 
no se harían los hechos de vuestra señoría como era de 
razón, y querría, porque me parece que lo que dicen es 
verdad, que se han de pasar los mas á ellos; y así me parece 
que se vá mostrando por la obra, que después que yo pasé 
para ir á vuestra señoría, se les han venido unos ocho, y 
diciéndoles que por qué no se acercan allá, que ellos saben 
que se pasarán mas de 30; y esto les ha dicho García, ase- 
rrador y otro valenciano que se han pasado con ellos. Y } T o, 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



259 



cierto, creo que después de los hidalgos y hombres de pro 
que vuestra señoría tiene junto con sus criados, que aquellos 
que los terna vuestra señoría muy ciertos para morir en su 
servicio, y la otra gente de común } t o pornia mucha duda. 
Y á esta causa, señor, conviene al estado de vuestra señoría 
concierte su ida de una manera ú otra, pues ellos lo piden, 
3^ quien otra cosa á vuestra señoría consejare, no querrá su 
servicio o' vivirá engañado, y si en algo de lo dicho he 
herrado, será por dolerme del estado de vuestra señoría 
viéndolo en tan gran peligro, no haciendo iguala con esta 
gente; y quedo rogando á Nuestro Señor dé seso y saber á 
vuestra señoría, que las cosas se hagan á su sancto servicio 
y con acrecentamiento v dura del estado de vuestra señoría. 
Fecha en el Bonao, hoy martes, á íó de Octubre. — Miguel 
Ballester. » 

Con esta carta y con otra que firmada por los jefes 
rebeldes recibió' al mismo tiempo, en la cual se despedían y 
apartaban de su servicio bajo pretexto de huir de la ira del 
Adelantado l , comprendió' el Almirante que el convenio que 
deseaba era obra de largo tiempo, y así decidió' enviar desde 
luego á España los cinco buques que cargados de esclavos 
estaban en el puerto á punto de zarpar, y cuya partida había 
él detenido con la esperanza de que muchos insurrectos 
aceptasen el perdón y se embarcaran inmediatamente. Era 
urgente el despacho de aquellas embarcaciones, porque dis- 
puestas á marchar más de un mes antes, se iban consumiendo 
las provisiones y había necesidad de renovar los repuestos; 
y con mayor razón, porque seiscientos prisioneros indios que 
habían sido llevados á bordo, faltos de ejercicio y de la ven- 
tilación necesaria, apiñados bajo los puentes, enfermaban y 
morían en gran número, cosa que causaba gran compasión. 





1 Véanse los documentos sobre la insurrección en las aclaraciones y 
documentos (B). 




2ÓO 



CRISTÓBAL COLÓN 





El 18 de Octubre levaron anclas las cinco naves. Con 
ellas envió el Almirante á los Reyes dos extensas relaciones 
importantísimas, cada cual bajo diferente aspecto. En la 
primera daba cuenta de todo lo sucedido desde el principio 
de la rebelión de Roldan, y los graves daños que había 
causado en la isla, no solamente por los robos, violencias y 
muertes que á su antojo causaban, y el atropello continuo 
de los indios, á quienes robaban sus mujeres, sus hijos } T los 
escasos bienes que poseían, sino también por el desprestigio 
en que ponían la autoridad Real con sus desmanes, por lo 
que instaba por el nombramiento de comisionados que ins- 
truyesen una información en la que constase impar cialmente 
la verdad: inclinando siempre el ánimo á la idea de que 
todos aquellos males tenían origen en su larga ausencia, por 
haberlo detenido en España las malas artes de los adversarios 
del descubrimiento, so'lo por ser extranjero el que lo había 
llevado á cabo, extendiéndose en muchas y muy graves con- 
sideraciones. 

En la otra, á la que acompañaba una (-arta de los mares 
y costas que últimamente había visitado, daba detalles de 
su viaje, pintaba la riqueza y extensión del golfo de Paria y 
de las islas de las perlas, remitiendo todas las que había 
podido reunir, y llamando la atencio'n sobre ellas por ser las 
primeras que de Poniente se habían visto, y con la esperanza 
de que pudieran tomarse en abundancia, ofrecía seguir el 
descubrimiento de la tierra firme, prometiéndose encontrar 
países más fértiles y riquezas mayores de las que se pudieran 
imaginar. 

En uno de aquellos buques regreso' á España el padre 
del historiador de Indias fray Bartolomé de las Casas, que 
había ido con Cristóbal Colón en este tercer viaje; y 
también vinieron algunos partidarios de Roldan, con cartas 
y relaciones de los sucesos hechas á su manera, en las que 
todas las culpas se cargaban á la crueldad del Adelantado y 
á su dureza en tratar á todos los que de él dependían, acu- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO V 



261 



V 



Cerraremos este capítulo con los fragmentos de las 
cartas que el Almirante escribió' á los Reyes, y ha conser- 
vado en su obra el P. Las Casas, para que se vea, hecha por 
su misma pluma, la pintura de las tierras descubiertas y lo 
que de ellas se prometía, así como la índole de las personas 
que á las Indias pasaron. 

((Presto habrá vecinos acá. escribía, porque esta tierra 
es abundosa de todas las cosas, en especial de pan y carne: 
aquí hay tanto pan de lo de los indios, que es maravilla, 
con el cual está nuestra gente mas sanos que con el de trigo. 
y la carne es que ya hay infinitísimos puercos y gallinas, v 
hay unas alimañas que son atanto como conejos, y mejor 
carne, y dellos hay tantos en toda la isla, que un mozo indio 



sando á los tres hermanos de soberbios y orgullosos, de mrr:- 
avaros é inconsiderados , que pretendían alzarse con cuanto |^ 
producía la isla Española. 

Mucho se prometían, sin duda, Francisco Roldan y sus 
secuaces del apoyo que á sus relaciones apasionadas habían 
de prestar clon Juan de Fonseca y los oficiales todos de la 
casa de Contratación de Sevilla, que seguían sus inspira- 
ciones ; pero el resultado no correspondió' por entonces á sus 
esperanzas. Fl éxito no se conoció' inmediatamente; 3^ sin que 
desconozcamos, ni pueda negarse, que todas aquellas quejas, 
aún procediendo de gente indigna y de poco crédito, eran 
gotas constantes que iban minando la reputacio'n del Almi- 
rante , ha de reconocerse que en el ánimo de los Reyes no 
hicieron mella las representaciones de los insurrectos, y que, 
como dice atinadamente Washington Irving, todos sin ex- 
cepción las tuvieron en poca estima. 



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CRISTÓBAL COLON 






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con un perro trac cada día quince o' veinte á su amo : en 
manera que no falta sino vino y vestuario, en lo ciernas es 
tierra de los mayores haraganes del mundo; é nuestra gente 
en ella no hay bueno ni malo que no tenga dos y tres indios 
que le sirvan, y perros que le cacen, y, bien que no sea para 
decir, y mujeres hermosas á maravilla. De la cual costumbre 
estoy muy descontento, porque me parece que no sea ser- 
vicio de Dios, ni lo puedo remediar, como del comer de la 
carne en sábado, y otras malas costumbres que no son de 
buenos cristianos, para los cuales acá aprovecharían mucho 
algunos devotos religiosos, mas para reformar la fé en los 
cristianos que para darla á los indios; ni 3^0 jamás lo podré 
bien castigar, salvo si de allá se me envía gente, en cada 
pasaje cuarenta o' cincuenta, y yo envié allá otros tantos de 
los haraganes y desobedientes como agora fago, y éste es el 
mayor y mejor castigo, y con menos cargo del ánima que 
yo veo.» 

En otra de las cartas decía: — «Siempre temí del ene- 
migo de nuestra sancta fé en esto, porque se ha puesto á 
desbaratar este tan grande negocio con toda su fuerza: el 
fué tan contrario en todo, antes que se descubriese, que 
todos los que entendían en ello lo tenían por burla; después 
la gente que vino conmigo acá, que del negocio y de mí 
dijeron mil testimonios, y agora se trabajo' allá, que hubiese 
tanta dilación é impedimentos á mi despacho, y poner tanta 
cizaña á que Vuestras Altezas hobiesen de temer la costa, la 
cual podia ser ya tan poca o' nada, como será, si place á 
Aquél que lo dio' y que es superior del y de todo el mundo, 
y el cual le sacará al fin por qué hizo el comienzo, y es 
cierto, si se mirasen las cosas que acá han pasado, se podría 
decir co'mo y tanto como del pueblo de Israel. Podría yo 
todo replicarlo, mas creo que no hace mengua, porque hartas 
veces los he escrito bien largo, como agora, de la tierra que 
nuevamente dio' Dios este viaje á Vuestras Altezas, la cual 
se debe creer que es infinita, de la cual y desta deben tomar 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO V 



263 



grande alegría y darle infinitas gracias, y aborrecer quien 
diz que no gasten en ello, porque no son amigos de la honra 
de su alto Estado ; porque allende de las tantas ánimas que 
se pueden esperar que se salvarán , de que son Vuestras 
Altezas causa, y que es el principal del caudal desto (y 
quiero fablar á la vana gloria del mundo, la cual se debe 
tener en nada, pues que la aborrece Dios poderoso), y digo 
que me respondan quién leyó' las historias de griegos y 
romanos, si con tan poca cosa ensancharon su señorío tan 
grandemente, como agora hizo Vuestra Alteza aquel de la 
España con las Indias. Esta sola isla, que boja más de 
700 leguas; Jamaica, con otras 700 islas, y tanta parte de 
la tierra firme, de los antiguos muy cognoscida y no ignota, 
como quieren decir los envidiosos é ignorantes, y después 
desto, otras muchas islas y grandes de aquí hacia Castilla, 
y agora esta, que es de grande excelencia, de la cual creo 
que se haya de hablar entre todos los cristianos por mara- 
villa, con alegría. ¿Quién dirá, seyendo hombre de seso, que 
fué mal gastado, y que mal se gasta lo que en ello se des- 
pende? ¿qué memoria mayor en lo espiritual 3^ temporal 
quedo' ni pueda mas quedar de Príncipes? Yo soy ato'nito y 
pierdo el seso cuando oigo y veo que esto no se considera, 
y que nadie diga que Vuestras Altezas deban hacer caudal 
de plata o' oro, o' otra cosa valiosa, salvo de proseguir tan 
alta y noble empresa, de que habrá Nuestro Señor tanto 
servicio, y los sucesores de Vuestras Altezas y sus pueblos 
tanto gozo: mírenlo bien Vuestras Altezas, que, á mi juicio 
más le relieva 1 que hacían las cosas de Francia ni de Italia.» 
Concluía las cartas con alusio'n marcadísima á los 
oficiales de Sevilla, señaladamente al obispo de Badajoz, 
cuyas malas disposiciones eran tan notorias, colocándose 
en el verdadero punto de vista de sus respectivas posiciones, 
y decía: 



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Releva, dice por importa — anota el P. Las Casas. 



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«Suplico á Vuestras Altezas manden á las personas que 
ffl entienden en Sevilla en esta negociación , que no le sean con- 
trarios y no la impidan, porque ella estuviera mas preciosa si 
mi dicha acertara á que allí oviera persona en el cargo deste 
negocio que le tuviera amor, o' al menos que no fuera contra 
ello, 3^ no se pusiera á lo destruir é lo difamar, y favorecer 
á quien otro tanto hacia, y ser contrario á quien decia bien 
dello, que, como se vé, la buena fama es aquella que después 
|i de Dios hace las cosas; y yo he sido culpado en el poblar, 
H en el tratar de la gente, y en otras cosas muchas, como 
pobre extranjero envidiado, de lo cual todo se veia el con- 
trario, y que era por voluntad y con malicia y atrevimiento, 
como ya parece en muchas cosas.» 

A las cartas iba unido, como ya dijimos, el mapa de 
las tierras que acababa de descubrir, con todos los rm^ores 
detalles y noticias de la costa de Paria, } T las islas distintas 
que por allí se encontraban, partiendo desde la Trinidad, 
que fué la primera que visito' en su tercer viaje; 3^ también 
la relacio'n escrita del mismo por Diario, según tenía de 
costumbre. A los documentos acompañaba un envoltorio 
sellado, en el que se encerraban algunos de aquellos pañi- 
zuelos de algodón, tejidos y pintados, que usaban los natura- 
les de tierra firme, y además algunos granos de oro, de igual 
procedencia, con otros recogidos en las minas de San Cris- 
tóbal, y como ciento sesenta o' ciento setenta perlas de las 
que había rescatado, que en el número no está seguro fray 
Bartolomé de Las Casas, pues lo supo únicamente por refe- 
rencias, y no por relacio'n ni papel del Almirante. 



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Cristóbal Colón, t. ii.— 34. 



266 



CRISTÓBAL COLÓN 












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Los grandes proyectos de Cristóbal Colón se veían 
contrariados por pequeñas disensiones, que nada significaban 
ni valían ante la colosal importancia de su empresa, y eran, 
sin embargo, obstáculo insuperable para continuar en ella, 
por la escasez de los medios con que entonces contaba para 
su realizacio'n. 

Desde que volvió' de la exploracio'n de la costa de Paria, 
tenía el decidido intento de que su hermano don Bartolomé, 
con buques á proposito, dotados de todo lo necesario y con 
hombres de confianza y peritos en diferentes ramos, volviese 
á aquellos mares y desembarcando en la tierra firme tomara 
posesión de ella, internándose cuanto fuera posible por las 
bocas de aquel gran río, cuya corriente de agua dulce se ade- 
lanta en el mar tantas leguas, sin perder su condicio'n, y que 
tan poderosamente había despertado su curiosidad. El viaje 
del Adelantado debía tener un doble efecto, que demuestra la 
elevacio'n de miras que siempre llevaba el Almirante: debía 
ser á un tiempo mercantil y científico, atendiendo al rescate 
de perlas en la mayor cantidad que pudieran obtenerse, 
llegando con preferencia á los puntos en donde se dedicaran 
á su pesca, } r á recoger cuantos objetos preciosos se encon- 
traran; y deteniéndose al mismo tiempo á observar la con- 
figuracio'n de las tierras, el curso de los ríos, las grandes 
alturas, y cuanto pudiera contribuir á resolver los arduos 
problemas que en la mente de Colón habían hecho nacer los 
feno'menos de la naturaleza que había vislumbrado, pero á 
cuyo estudio no se había podido dedicar por falta de 
medios. 

Tres embarcaciones se habían ido preparando en el 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VI 



267 



puerto de Santo Domingo, pertrechándolas conveniente- 
mente, que debían darse á la vela en el mismo tiempo que 
las despachadas para España; pero habiéndose malogrado el 
proyecto de convenio, y quedándose en la isla todos los 
insurrectos, ni el Almirante podía desprenderse del Adelan- 
tado, cuya pericia, actividad é intrepidez le eran mu} T nece- 
sarias ante las eventualidades que pudieran presentarse, ni 
don Bartolomé quería abandonar la isla Española antes de 
que volviese á estar pacificada y libre de aquellos enemigos 
que decían haberse puesto en armas por su causa y en odio 
á su persona. Nueva tristísima consecuencia de aquellos 
trastornos, que causo' graves perjuicios á nuestra patria, 
retardando el descubrimiento, y dando lugar á sucesos 
lamentables, hijos todos de tan censurables excesos. 

Todavía abrigaba esperanzas el Almirante de arreglar 
de una manera decorosa aquella cuestio'n, porque de buena 
fe creía que el odio y la mala voluntad de los sublevados era 
únicamente contra su hermano Bartolomé, y en esta con- 
fianza escribió' nuevamente á Roldan, llamándole al cumpli- 
miento de sus sagrados deberes; le recordaba las distinciones 
que siempre había tenido con él procurando sus aumentos, 
y recomendándole á los Reyes; y le daba noticia de haber 
salido los cinco buques para España, diciéndole que los 
había detenido todo el tiempo que pudo, no tan so'lo para 
que pudieran aprovechar la oportunidad de embarcarse cuan- 
tos partidarios su} r os quisieran hacerlo, sino también por el 
deseo de que los Re} 7 es hubieran recibido al mismo tiempo 
la noticia de su alzamiento y de su sumisio'n; y con esto le 
encarecía con frases afectuosas la conveniencia de entrar en 
un arreglo honroso y razonable. 

No fué perdido aquel paso. Roldan paso' á Santo Do- 
mingo, habiendo pedido antes un salvoconducto que le fué 
remitido; conferencio' con el Almirante, y parecía estar 
propicio á someterse. Pero ocurrió' lo mismo que anterior- 
mente. Vuelto al Bonao, la gente licenciosa y criminal, que 



268 



CRISTÓBAL COLON 



era la mayor parte de su fuerza, manifestó su disgusto á toda 
proposicio'n de convenio. Repugnaban someterse á la obe- 
diencia, y contraer obligaciones que entonces no tenían. Los 
que procedían de las tropas insurreccionadas en Isabela, 
abrigaban siempre el temor de que pudieran llegar algún 
día á ser sometidos á juicio, y se examinase su conducta, 
exigiendo la responsabilidad de los crímenes y excesos que 
habían cometido con los infelices indios, que si bien torci- 
damente, podían acogerse á las mismas razones que expu- 
siera Roldan para justificar su desobediencia y alzamiento, 
es decir, fundarlo á su modo en las supuestas crueldades del 
Adelantado, en su rigor en los asuntos del servicio, } 7 en las 
privaciones que habían soportado. Pero los que desembar- 
caron en Xaraguá con los capitanes Pedro de Arana y Juan 
Antonio Colombo, y abandonaron la bandera real uniéndose 
á los rebeldes, no tenían excusa alguna que alegar en su 
provecho, por lo mismo que solo habían buscado la vida 
libre y licenciosa del merodeador, que con tan vivos colores 
les habían retratado sus compañeros. 

Todos vivían con la mayor libertad, sin más regla que 
su capricho; tenían á su servicio cada uno tres o' cuatro 
indios, que además les buscaban los alimentos, siendo maltra- 
tados cuando no cumplían el encargo á satisfaccio'n, y 
mujeres cuantas su pasión les pedía; y ésto sin sumisio'n á 
autoridad, y siendo, por el contrario, cada uno de ellos un 
jefe, 6 mejor un déspota, que no reconocía más superio- 
ridad que la de la fuerza. En tales condiciones, bien puede 
comprenderse la resistencia que la horda de los rebeldes 
oponía, por cuantos medios directos o' indirectos estaban á 
su alcance, á todo proyecto de sumisio'n, que poclia hacerles 
perder las ventajas que disfrutaban. 

Bajo la presión del disgusto de sus soldados, según 
puede conjeturarse, y cediendo á ella, envió Francisco 
Roldan sus proposiciones por escrito al Almirante, en tér- 
minos mucho más violentos, con mayores exigencias que 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO VI 



269 



había demostrado en la anterior entrevista. A escrito de 
tanta arrogancia no era posible se humillase la autoridad, y 
Colón se negó' en absoluto á tratar en aquellas condiciones; 
y para mostrar hasta qué punto llevaba su espíritu de 
templanza y su deseo de conciliación, dirigió' una proclama 
á los rebeldes en 9 de Noviembre de 1498, ofreciendo 
completo perdón y olvido de lo pasado á todo el que se 
sometiera á la obediencia, y además pasaje para España con 
víveres suficientes, en los primeros buques que se hicieran á 
la vela, para los que no quisieran permanecer en las Indias. 

Fué portador de la proclama Alonso Sánchez de Car- 
vajal, que era el capitán que contaba mayores simpatías en 
el campo de Roldan, llevando, además, una carta del Almi- 
rante en que hacía á éste juiciosas observaciones acerca de 
su conducta y posicio'n. 

Cuando llego' Carvajal al Bonao los insurrectos se habían 
dirigido al fuerte de la Concepción, bajo pretexto de faltarles 
subsistencias en aquel territorio, aunque en realidad para 
ver si lograban apoderarse de aquella fortaleza , lo que no 
intentaron siquiera, porque conocían bien la entereza de 
Miguel Ballester. Allí les alcanzo' Carvajal y les notifico la 
gracia que concedía el Almirante, haciendo fijar la proclama 
en lugar visto de todos: y aunque fingieron burlarse de ella, 
diciendo que dentro de poco ellos concederían perdo'n á los 
de Santo Domingo, en los menos obcecados hizo impresio'n 
profunda, 3^ comenzaron á escuchar con menos desdén las 
exhortaciones de Carvajal, entrando poco á poco en con- 
ciertos para dictar nuevas bases de capitulación, que pu- 
dieran ser admitidas por el Almirante, aunque favorecieran 
en gran manera á los rebeldes. La prudencia de Alonso 
Sánchez de Carvajal, su perseverancia, 3 7 las razones de que 
se valió' con grandísima habilidad y sagacidad suma, según 
se presentaban las oportunidades, fueron gran parte á que 
Roldan firmase con sus principales jefes una fo'rmula de con- 
trato en íó de Noviembre, para que fuera sometida á la 



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w^= i aprobación del Almirante. Lo más esencial de ella consiste, 
í.'^jlv en que los rebeldes con sus capitanes se retirarían á Xaraguá, 
y allí se embarcarían para España en dos carabelas, que en 
el término de cincuenta días habían de enviárseles con tal 
objeto á aquel extremo de la isla, perfectamente equipadas y 
abastecidas de todo lo necesario para el viaje. — Que todos los 
individuos que debían embarcarse, habían de recibir orden 
para que por la casa de Contratación se les abonaran los 
sueldos o' salarios que tuvieran devengados hasta el día ; y 
además cada uno había de llevar un certificado, con la firma 
del Almirante, en que se hicieran constar sus servicios y 
buena conducta. — Que como remuneracio'n de los trabajos 
sufridos se les había de conceder llevar varios esclavos indios; 
premio que ya se había dado á otros de los que volvían á 
España; permitiéndose á los que tuvieran como propias 
algunas mujeres indígenas que las llevasen en lugar de otros 
esclavos. — Que se les indemnizara de los terrenos 37- ganados 
que habían perdido en la lucha. 

Pusieron por condición que este proyecto había de ser 
admitido por el Almirante en los ocho días siguientes á su 
fecha; y en efecto, Carvajal, sin detenerse un punto, lo llevo' 
á manos de Colón, y aunque éste encontró' muchas cosas en 
él que le repugnaba aceptar, y cu}^a ejecucio'n era muy 
difícil, fueron tantas las instancias y reflexiones de aquél, 
encaminadas todas al objeto principal de obtener la paz, y 
que concluyera el violentísimo estado en que todos se encon- 
traban, que vencido por tan graves razones y con la espe- 
ranza de ver libre la isla de aquellos forajidos, firmo' la 
capitulacio'n en Santo Domingo á 21 del mismo mes de 
Noviembre. 

Como adicio'n favorable á los rebeldes, por una parte, 
y atento á que pudieran permanecer en la isla algunos 
colonos útiles, que lo serían sin duda alguna separados del 
resto de sus compañeros, concedió' Cristóbal Colón, á los 
que lo pidiesen, el ser alistados nuevamente en las banderas 



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LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VI 



271 



reales con los mismos sueldos y ventajas que antes disfru- 
taran, y cierta porcio'n de tierras en la Vega á los que 
quisieran dedicarse al cultivo, que tantos productos ofrecía. 
Obtenida la capitulación, Francisco Roldan salió' de la 
Concepcio'n con su gente en dirección á Xaraguá, acompa- 
ñado por el veterano Ballester, que debía vigilarlos hasta su 
embarque ; y el Almirante dio' las o'rdenes necesarias para 
que dos de aquellos buques, que debieron salir con el Ade- 
lantado á reconocer la costa de Paria, se aprestasen conve- 
nientemente para volver á España. 



II 



Era tanto el trastorno de la isla , tan grave el descon- 
cierto que en toda ella reinaba , que apenas el Almirante vio 
partidos á los rebeldes y pudo descansar un poco de tantas 
fatigas 3^ de tan continuas angustias , dedico' su atencio'n á 
restablecer el orden, visitando los establecimientos españoles, 
y volviendo al trato con los naturales para que, en la forma 
misma que antes, acudiesen con los tributos establecidos. 
Salió' con el Adelantado y un buen número de soldados y se 
dirigió' á la Vega Real , encontrando mucho mayores daños 
de los que esperaba. El país estaba abandonado en gran 
parte por los indios, y aun en aquellos lugares más produc- 
tivos y fértiles, donde todavía se encontraban, la despoblacio'n 
había tomado proporciones alarmantes, amenazando ya lo 
que había de suceder en breve tiempo : el trabajo de las 
minas se había perdido, 3^ de alguno de los criaderos no 
existía ni aún noticia, por haber desaparecido tanto los espa- 
ñoles como los indios que los beneficiaban, en muchas leguas 
á la redonda. 

En Isabela las necesidades eran muchas, las enferme- 




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CRISTÓBAL COLÓN 






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dad es no cesaban, y por la falta de subsistencias y la guerra 
estaba en situacio'n muy angustiosa; aunque el Almirante, 
después de haberlo inspeccionado todo por sí mismo, concibió' 
lisonjeras esperanzas de que con algún trabajo 3^ constancia 
podrían volver las cosas al orden que antes estableciera. 
Pero para este objeto era necesario contar con la paz, y 
las noticias que entonces llegaron no anunciaban que se 
hubiera conseguido aquel fin, á pesar de los sacrificios que 
se habían hecho. 

Durante los meses que el Almirante había invertido en 
su excursión por el centro de la isla, se habían ocupado en 
Santo Domingo en preparar las carabelas Niña y Sania Cni7 v , 
conforme á las o'rdenes que había dejado á su hermano don 
Diego, á cuyo cargo quedaba el gobierno de la ciudad, y no 
pudieron estar abastecidas y equipadas enteramente hasta 
fines del mes de Febrero de 1499, haciéndose entonces á la 
vela en dirección á Xaraguá, para recoger á los que debían 
embarcarse para España. Pero en aquella difícil travesía 
fueron sorprendidos por un violento temporal que las com- 
batió' furiosamente, causándoles muchos desperfectos, y obli- 
gándolas á entrar de arribada en un abrigo llamado Puerto 
Hermoso á cuatro leguas de Azua. Una de las carabelas 
emprendió' en seguida su reparación ; pero quedo' la otra en 
tan mal estado que tuvo necesidad de regresar á Santo 
Domingo, para ser cambiada por otra, pues no era posible 
emprender en ella el viaje. En la que salió' en su lugar se 
embarco' Alonso Sánchez de Carvajal, siempre atento á que 
se cumplieran las o'rdenes del Almirante, y después de una 
larga travesía llegaron las dos á Xaraguá á mediados del 
mes de Abril. 

Entonces volvieron á manifestarse más á las claras las 
intenciones de los sublevados, y que no tenían deseo alguno 
de cambiar la vida suelta é independiente, que llevaban hacía 
tanto tiempo, por otra de sumisión y trabajo. Dijeron que 
el Almirante había faltado á lo convenido; que de intento 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO VI 



273 



había retrasado la llegada de los buques, } T que éstos venían 
mal armados y peor aprovisionados. En vano Carvajal 
refirió' que todo había sido inevitable; que ni el Almirante 
ni el Adelantado estaban en Santo Domingo; que las carabe- 
las se habían abastecido copiosamente, y que la detencio'n 
principal era causada por las tempestades. Con la mala fe 
no valen razones, y fué tan clara en aquella ocasio'n la fala- 
cia, que el prudente Carvajal rompió' por toda consideracio'n, 
afeo' su proceder á los insurrectos en términos durísimos, y 
para que constase siempre de parte de quién había estado el 
engaño, hizo que el escribano Francisco Garay extendiera 
allí, delante de todos, formal protesta en la que dijo: — 
«Juntos Francisco Roldan y su compañia, yo acabé de 
cognoscer su voluntad, que era de no ir á Castilla por agora 
en estos navios, y en fin de muchas pláticas pasadas entre 
ellos 3^ mí, le requerí por ante Francisco Garay, y dije como 
yo iba allí por mandado de vuestra señoría á cumplir con él 
y con ellos &. a » 

La actitud resuelta de Carvajal, su enojo y protesta 
tuvieron saludable efecto. Roldan comprendió' cuan falsa 
iba siendo su posicio'n ; y cuando Carvajal tomo su caballo y 
llamo' á sus hombres para volverse á Santo Domingo, mani- 
festó' deseos de acompañarle hasta la primera parada, y al 
encontrarse solo con él en medio de un bosque de árboles 
donde nadie podía verlos, se detuvo y le manifestó' su reso- 
lucio'n de tomar sus consejos, para lo cual le encargo que 
con el mayor secreto, sin que ninguno de los suyos pudiera 
sospechar lo que habían hablado, le enviase nuevo salvo- 
conducto, encabezado como Provisio'n Real en el nombre del 
Rey y de la Reina, y además una carta firmada por algunas 
personas principales, y que él iría á hablar con el Almirante, 
y todo quedaría arreglado y concertado, porque su deseo 
era que tuviera fin aquella revuelta y recobrar el puesto de 
Alcalde Mayor que antes desempeñaba. 

Mu} r complacido quedo' Carvajal con esta confidencia, 

Cristóbal Colón, t. ir. — 35. 



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274 



CRISTÓBAL COLÓN 








y con poder llevar tan satisfactoria nueva al Almirante, 
pues parecía que la insurreccio'n tocaba á su fin, abrumando 
á su jefe principal con sus propios excesos. Mas como las 
atenciones eran tantas, siendo necesaria gran actividad para 
subsanar los graves males ocurridos, los pasaportes recla- 
mados no pudieron extenderse hasta principios del mes de 
Agosto. Libre ya para entonces, Colón, de algunos cuidados 
perentorios, no so'lo le envió' el salvoconducto, sino que 
para facilitar la entrevista y acelerar la resol ucio'n, salió con 
dos buques del puerto de Santo Domingo el 22 de Agosto, 
a- se dirigió' al de Azua, que es veinte o' veinticinco leguas 
más abajo, llevando consigo á muchos de los hombres más 
importantes como Miguel Ballester, Pedro Fernández Co- 
ronel, García de Barrantes y otros muchos. 

A aquel puerto vino mu} T luego Francisco Roldan, y 
subiendo á la carabela donde se encontraba el Almirante, 
reitero' la expresión de su deseo de reducirse, con palabras 
que parecían ya muy sinceras. Pidió', ante todo, á más de 
lo anteriormente capitulado, que se le repusiera en su cargo 
de Alcalde ma} 7 or. y se declarase por bando público que las 
alteraciones por él causadas lo habían sido por falsos testi- 
monios : y que á quince de sus parciales se les permitiera 
salir para España en los primeros navios que viniesen, y á 
los demás se les concediera vecindad en la isla. 

Al salir á tierra Francisco Roldan, convenido ya en 
todo cuanto había solicitado, todavía se puso de manifiesto la 
presión que en él ejercían sus compañeros y soldados, pues 
añadió' algunas condiciones durísimas, señaladamente la 
última, cuya sentencia era que si el Gobernador contra- 
viniese, pudiesen ellos obligarle al cumplimiento por fuerza 
o' por aquellos medios que le pareciese. Suscribió' el Almi- 
rante obligado por la necesidad 3^ ansiando poner término 
de cualquier modo á aquel insufrible estado de cosas; pero 
añadiendo á su vez la condicio'n de que siempre habían de 
ser obedecidos los mandamientos de los Re}^es y los suyos. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VI 



275 



Firmados estos conciertos y por todos admitidos, se 
dirigieron juntos á Santo Domingo, donde se hizo pública la 
concordia por medio de pregón en 18 de Septiembre de 
1499. Inmediatamente dio' principio el Almirante á repartir 
cédulas de vecindad para diferentes puntos de la isla á los 
muchos que se las solicitaban, y á todos procuraba atraér- 
selos y dejarlos amigos, dando mucho más de lo que le 
pedían tanto en terrenos como en esclavos, que les daba por 
cierto tiempo para que les ayudasen en el cultivo que iban á 
emprender, con la • obligación de instruirlos sólidamente en 
la religión cato'lica. Cuidaba en la distribución, de que se 
extendieran los nuevos colonos por diferentes partes, y por 
los sitios más fértiles de la isla; y al mismo tiempo miraba 
con gran cuidado á dividir lo más que era posible á los 
más audaces de los que militaban en las banderas de la 
insurreccio'n apenas terminada; porque aun después del 
regreso á Santo Domingo, todavía aquéllos andaban muy 
unidos y con aire insolente, como en son de amenaza á 
cuantos no reconocieran en ellos cierta superioridad. 

No quedo' tampoco Roldan sin su parte de botín, que 
este nombre y no el de recompensas deben tener aquellas 
donaciones arrancadas al representante de la autoridad real, 
que recaían en personas que habían estado en abierta 
rebelión y cometido todo género de excesos. Obtuvo se le 
dieran ciertas tierras en las cercanías de Isabela, que había 
disfrutado antes de su rebeldía, y una de las cercas que se 
habían hecho en la Vega para custodiar los ganados y criar 
aves de Europa, y de aquel mismo criadero del Rey dos 
vacas, dos becerros, dos }^eguas, veinte puercas, y en sentir 
de don Juan B. Muñoz, es de creer añadiese porcio'n de 
gallinas, con facultad para emplear en sus labores á los 
subditos del cacique á quien se habían cortado las orejas en 
la primera expcdicio'n, y en Xaraguá, en los terrenos que 
allí labrase, á los del gran amigo de los españoles Behechio. 
La enormidad misma de las concesiones, la humillacio'n en 




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276 



CRISTÓBAL COLÓN 



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que presentan al Almirante, eran bastantes para juzgar su 
validez; por eso Colón tuvo cuidado de consignar con la 
mayor claridad que todas aquellas liberalidades no tenían 
carácter de donaciones definitivas y quedaban pendientes 
de la aprobacio'n de los Re} 7 es. A su buen juicio, á su 
rectitud , á su conciencia no parecía posible pudieran con- 
firmar los Soberanos ninguna de las humillaciones que á su 
representante se habían impuesto por la fuerza: y abrigaba 
la confianza de que al ser conocidos todos los delitos come- 
tidos por los insurrectos, sus inmoralidades de toda especie 
y el modo violento con que habían arrancado aquellas recom- 
pensas, lejos de confirmarlas, proveerían los medios de que 
fuesen juzgados y castigados según la ley aquellos atrevidos 
sediciosos. 

Investido nuevamente de su cargo de Alcalde ma} T or, 
empezó' Roldan á abusar de sus facultades, extralimitándose 
en todo aquello en que podía demostrar su oposicio'n al 
Almirante o' favorecer á los que habían sido sus principales 
auxiliares. Sin embargo, no deja de traslucirse en su con- 
ducta otro deseo más natural y que podía serle de ma3 T or 
provecho, cual era el de prestar servicios que jDudieran 
mover á los Reyes á que mirasen con clemencia sus antiguos 
extravíos. Así al paso que al llegar al Bonao, nombraba 
alcalde á Pedro Riquelme, su partidario, con manifiesta 
usurpacio'n de las atribuciones del Almirante y sin derecho 
alguno para hacerlo, 3^ le facultaba para que con a}^uda de 
los indios hiciera una casa fuerte, que tal vez pudiera 
convertirse en centro de un nuevo atentado en época no 
muy lejana, se le vio' detenerse ante la protesta de Pedro de 
Arana que prohibió' la continuacio'n de aquella obra, 3^ 
habiendo acudido ambos como en alzada á la autoridad de 
Cristóbal Colón, éste confirmo' el mandamiento del capitán 
Arana, y Roldan se sometió' sin vacilación, 3^ cumplió' lo 
preceptuado. 

Parece que en este momento tan crítico para la historia 



LIBRO CUARTO— CAPÍTULO VI 



277 



y administración de la isla Española, y comprendiendo toda 
la gravedad de las circunstancias, pensó' el Almirante venir 
de nuevo á España, para que los Reyes fueran bien infor- 
mados de cuanto había ocurrido, de muy diferente manera 
que podían serlo por cartas, y aun se dispuso á efectuarlo 
en dos carabelas que estaban prontas para darse á la vela 
tra} 7 endo á los rebeldes que habían preferido regresar. 
Y hubiera sido en verdad muy conveniente para los pro- 
gresos de la colonia, y más quizá todavía para su propia 
tranquilidad, el haberlo verificado. Cabe en lo probable que 
la presencia del Almirante en la corte, la lealtad y franqueza 
de su palabra , la verdad de sus explicaciones y los testi- 
monios que hubiera podido presentar para completar sus 
noticias y robustecer sus manifestaciones, hubieran bastado 
para cambiar la faz de cuanto se preparaba 6 imprimir nuevo 
giro á los asuntos de Indias. Por desgracia para todos, no 
pudo venir á España. 

Dos noticias graves influyeron en la suspensio'n del pro- 
yectado viaje. De una parte, recibió' confidencias de que entre 
los belicosos aguayos, que eran numerosísimos y ocupaban 
una gran provincia montañosa y difícil, aunque bastante 
rica, se notaban señales de descontento y se advertían pre- 
parativos de reunión, como si tuvieran pensado caer de im- 
proviso sobre la Vega en un momento oportuno, para librar 
de la prisión á su cacique Mayobanex, que continuaba ence- 
rrado en la fortaleza de la Concepcio'n. Esta noticia le hizo 
disponer de un buen número de soldados que bajo el mando 
del Adelantado se dirigieron á la Vega, y estar á la mira de 
los sucesos, preparando refuerzos para el caso en que fuese 
necesario acudir á algún punto donde estallase la guerra, 
para conjurar cualquier peligro. 

Por otra parte le anunciaron la llegada á la parte Sur 
de la isla de algunos buques españoles, y que habiendo 
desembarcado muchos hombres en el puerto Yáquimo. cor- 
taban palo de brasil, tinte entonces muy estimado, para 



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CRISTÓBAL COLON 



cargar las embarcaciones. Ignorando en aquel momento la 
misión de aquellos españoles, se dispuso á enviar á aquel 
puerto á Francisco Roldan con buen número de hombres; y 
por ambas causas no creyó que era prudente abandonar el 
territorio de la isla Española. 

En su lugar, y para que fueran sus procuradores ante 
los Reyes, é informadores en la corte de cuanto había suce- 
dido, como personas que habían sido testigos oculares de 
todo, envió en aquellas carabelas al veterano y respetable 
alcaide de la Concepcio'n, Miguel Ballester, y al no menos 
caracterizado García de Barrantes, que lo era de Santiago; 
entregándoles los procesos que se habían formado contra los 
insurrectos; los testimonios que contra cada uno resultaban, 
y las sentencias que habían recaido ; y asimismo todas las 
proposiciones de convenio que habían mediado hasta la que 
últimamente se firmo'. ((Suplicaba á los Reyes que viesen 
aquellos procesos y mandasen inquirir y examinar de todo 
la verdad y cognosciesen sus penas y trabajos, y hiciesen en 

ello lo que fuese su servicio » Les encarecía nuevamente 

en las cartas que escribió' l , lo muy necesaria que era la 
justicia en la isla, y pedía se le guardasen sus honores y 
preeminencias. — «Yo no sé, escribía, si yerro, mas mi 
parecer es que los Príncipes deben hacer mucho favor á sus 
gobernadores en cuanto los tienen el cargo, porque con 
disfavor todo se pierde.» 

Del contexto de estas cartas deduce el P. Las Casas dos 
cosas importantes: la una que el Almirante deseaba tener 
a3^uda de persona muy respetada para la gobcrnacio'n de la 
isla, ma3 7 ormente en cuanto á la administracio'n de la jus- 
ticia, porque no pudieran acusarle de cruel ni de parcial por 
su cualidad de extranjero; la otra que temía las cabalas y 
testimonios de sus adversarios, y que por sus intrigas los 
Reyes no le limitasen su oficio y preeminencias que le habían 



1 Véase en las Aclaraciones y documentos (C). 



LIBRO CUARTO. — CAPITULO VI 



279 



concedido, de algún modo que resultase en agravio sujo y 
violencia de sus privilegios que con tantos sudores y aflic- 
ciones habían ganado; en lo cual parece presentía lo que se 
preparaba, que fué aquello y mucho más adverso, como 



luego veremos. 





Cristóbal Colón, t. n. — 36. 



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Las noticias que algunos indios llevaron á Santo Do- 
mingo, de que habían llegado á la bahía de Yaquimo cuatro 
buques españoles, cuyas tripulaciones habían empezado á 
cortar palo de brasil , y que después ampliaron varios 
soldados llegados de allá, expresando que estaban mandados 
por el célebre cuanto intrépido Alonso de Ojeda, que había 
venido á la Española con el Almirante en su segundo viaje, 
y regresado con él á España, donde permanecía á la salida 
para el tercero en fin de Mayo de 1498, fué motivo de honda 
y fundada preocupación para aquél. 

Muy grave significacio'n tenía efectivamente. Dejando 
aparte el trastorno que podía producir entre la gente inquieta 
de la insurreccio'n todavía no bien reducida á la obediencia, 
ni mucho menos acostumbrada á una vida disciplinada y 
meto'dica, veía Cristóbal Colón en aquel viaje un ataque 
directo á sus derechos; una transgresión palmaria de los con- 
venios firmados por los Reyes de España, y quizá el triunfo 
de sus enemigos en la corte, y el olvido de sus inestimables 
y extraordinarios servicios, por los informes de gente holga- 
zana y viciosa, y de desertores indignos de ser atendidos 
para otro objeto que para darles el castigo á que se habían 
hecho acreedores. 

Y en efecto, el triunfo de los enemigos del Almirante 
estaba patente en aquel viaje de Alonso de Ojeda, así como 
la violacio'n de sus privilegios, por más que ni en lo uno ni 
en lo otro hubieran tenido parte alguna los Reyes Cato'licos. 
Pero el paso estaba dado, y la tribulacio'n del Almirante 
era por demás justificada. 

Antes de proseguir la narración de lo sucedido en la 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VII 



283 



isla Española, referiremos, aunque brevemente, los ante- 
cedentes de aquel viaje. 

Con las cinco naves que despacho' el Almirante para 
España á poco de su llegada á Santo Domingo, después del 
costeo por el golfo de Paria, pues zarparon el 18 de Octubre 
de 1498, remitió' á los Reyes, según dijimos, extensa relacio'n 
del viaje; la carta o' mapa de los países, islas y costas reco- 
nocidas, y todas las perlas que había podido rescatar en 
tierra firme y en la Margarita. Llallábase, según parece, 
Alonso de Ojeda en Sevilla á la llegada de la flota, muy 
favorecido por el obispo de Badajoz, que quizá había for- 
mado ya proyectos contando con sus reconocidas dotes de 
osadía y actividad para ulteriores empresas; pero es lo cierto 
que le comunico' las cartas náuticas que Colón había trazado, 
y le mostró' las perlas, pues así lo declaro' el mismo Ojeda 
muchos años después, en las Probanzas que se hicieron en el 
citado pleito con clon Diego Colo'n, y aquellos datos hicieron 
nacer un atrevido pensamiento en el ánimo del audaz aven- 
turero. 

Acaricio' la idea de navegar por el mismo rumbo que el 
Almirante había seguido, y tocar en la tierra firme en aquella 
misma costa que en sus cartas dibujaba, en la seguridad 
de que caminando ya por rumbo cierto, había de sufrir 
menos dilaciones y podría obtener muchas ganancias con ¿ 
menores dispendios. Don Juan de Fonseca comprendió' el 
alcance de los cálculos de Ojeda, y los miro' tanto más favo- 
rablemente, cuanto que veía el perjuicio directo que podía 
causar á Cristóbal Colón; y aunque conocía que las capi- 
tulaciones de éste con los Reyes, se oponían á que ningún 
capitán pudiera salir para las Indias por él descubiertas, 
sino era por orden de la corona y bajo la dirección del 
mismo Almirante, tomo' sobre sí la responsabilidad, y sin 
usar del nombre de los Soberanos, que no hubieran permi- 
tido seguramente tal abuso de su confianza, dio el permiso 
á Alonso de Ojeda para que armase la expedicio'n que 







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pro}^ectaba. Llevo su perfidia al último extremo, pues afec- 
tando respeto á lo capitulado, prohibía á Ojeda tocar en los 
dominios que por la partición correspondían al re}?- de 
Portugal , y en todo lo que Cristóbal Colón había descu- 
bierto hasta la última confirmacio'n de las capitulaciones y 
privilegios en 1497. Así aparecía respetando los derechos 
concedidos al Almirante, cuando en realidad entregaba á 
merced del aventurero Ojeda las islas de las perlas, y la 
costa de tierra firme, descubiertas en aquel mismo año de 
1498, que eran el objeto de su codicia. 

Con la licencia del Obispo, y la copia que indebida- 
mente le facilito' de los papeles y mapas remitidos por el 
Almirante, fué muy fácil á Ojeda encontrar en los nego- 
ciantes de Sevilla, movidos por la esperanza de grandes 
lucros, el dinero necesario para equipar cuatro buques des- 
tinados á la exploracio'n de Paria. No cabe duda en que 
alguna de las embarcaciones fué facilitada por la casa de 
Juanotto Berardi, pues en ella surco los mares por vez 
primera el florentino Amérigo Vespucio, que era factor o' 
dependiente de aquella casa, y por injustificado azar déla 
fortuna dio' su nombre al Nuevo Mundo, según la general y 
más justificada creencia admitida hasta ahora l . Salieron 
aquellas naves del puerto de Santa María en 20 de Mayo 
de 1499; mas como nuestro intento no es historiar el viaje 
de Alonso de Ojeda, sino en el período de su recalada en la 
isla Española, nos limitamos á consignar esa fecha indudable 
de su salida, porque es el dato más principal y seguro para 
conocer la falsedad de la relación de Vespucio, que ya en 
otro lugar hemos notado, produciendo estudiada confusio'n 
de fechas, para poderse atribuir la gloria del descubrimiento 
de la costa de Paria, á la cual no aportaron, ni él ni Ojeda, 
sino más de un año después de haberla reconocido Cristóbal 



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1 Véase en las Aclaraciones y do c avientos del Libro II, (K) pág. 578 del 
tomo 1. 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO VII 



285 



Colón, y guiados por las cartas, dibujos y noticias que éste 
remitió' á España. 

Ojeda lo declaro' sin rodeos; pero Américo Vcspucio al 
escribir, con repetidas falsedades en todos sentidos, las cartas 
en que relacionaba el viaje, comenzó' por dejar que se vislum- 
brase que había hecho otro viaje á tierra firme antes del que 
emprendiera con Alonso de Ojeda, lo cual es notoriamente 
falso. El P. Las Casas examina todos los puntos en que 
Vespucio falta claramente á la verdad, los analiza con escru- 
pulosa atencio'n poniendo de manifiesto la dañada intencio'n 
y malicia, y concluye diciendo: — «Vista queda, porque 
largamente declarada, la industriosa cautela, no en la haz, ni 
según creo con facilidad pensada, sino por algún dia 
rumiada de Américo Vespucio. para que se le atribuyese 
haber descubierto la rm-^or parte deste indiano, habiendo 
Dios concedido este privilejio al Almirante.» 

Esta conclusio'n del juicioso historiador es de todo punto 
exacta, y la única admisible. La expedicio'n mandada por 
Alonso de Ojeda, en la que iba por piloto el célebre Juan de 
la Cosa, que había sido de los primeros compañeros de Cris- 
tóbal Colón, toco' en tierra firme doscientas leguas al 
Oriente de las bocas del Orinoco, y recorrió', guiado por las 
cartas náuticas del Almirante, toda la costa de Paria, que 
aquél había visitado y describía: salieron por la Boca del 
Dragón; descendieron en la isla Margarita en demanda de 
las perlas que tanto habían estimulado su codicia . y adelan- 
taron hasta el golfo de Venezuela. Fueron después á algunas 
otras islas, que no están bien detalladas, porque en la parte 
técnica, en la precisio'n al describir y señalar las localidades, 
estas cartas de Vespucio dejan mucho que desear, aunque 
las llama de Caribes por haber tenido varios encuentros 
con los indígenas, que les hostilizaban para impedirles el 
desembarco, y demostraban fiereza de condicio'n y hábitos 
guerreros; y viéndose en gran necesidad por habérseles 
agotado casi por completo las provisiones, pusieron el rumbo 






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CRISTÓBAL COLÓN 



á la isla Española y el 5 de Septiembre, después de cinco 
meses de continua navegacio'n. dieron fondo en la bahía de 
Yaquimo, y echaron gente á tierra para que empezaran 
desde luego á hacer pan de cazabe, de que tenían mucha 
necesidad. 



II 



El viaje ilegal, y hasta cierto punto clandestino, de 
Alonso de Ojeda, preocupo' con harta razo'n al Almirante. 
Entre los medios que le ocurrieron para descubrir el verda- 
dero carácter de la expedicio'n y oponerse á los excesos que 
pudieran cometer los soldados que habían bajado á tierra, 
juzg"o el más oportuno hacer un alarde de fuerza, mandando 
á Yaquimo un capitán de cierta inteligencia, que á un tiempo 
fuese astuto y resuelto; y pensó' que, ausente el Adelantado 
en el interior, y no siendo posible llamarle en aquellos 
momentos, podía encargar de la empresa á Francisco Rol- 
dan, que tal vez por sus especiales circunstancias lo desem- 
peñaría á su satisfaccio'n. Bien pronto se resolvió' en ello: 3^ 
en verdad no tuvo motivos de arrepentirse; pues el Alcalde 
mayor, reconocido por una parte á la confianza que Cris- 
tóbal Colón deposito' en él, y constante también en prestar 
servicios que pudieran ser apreciados en España , cumplió' 
su encargo de la manera más eficaz: y bajo su mando fueron 
sumisos muchos de los soldados que habían militado en la 
insurreccio'n anterior, y que quizá no hubieran servido con 
tanta disciplina dirigidos por otro jefe. 

Recibió' Roldan las instrucciones del Almirante, y se 
penetro bien de la importancia del paso que iba á dar, que 
era difícil por las condiciones de Ojeda, y delicado y grave 
por las consecuencias que podía acarrear cualquier desmán 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO VII 



287 



por parte de aquel audaz aventurero. Bien instruido, y con 
o'rdenes terminantes, salió' de Santo Domingo en dos cara- 
belas bien armadas y dotadas, y á 29 de Septiembre llego' á 
dos leguas de la bahía donde estaban fondeados los buques 
de Ojeda. 

Comenzando desde luego á desarrollar un plan estra- 
tégico y de precaucio'n, desembarco' allí con una compañía 
de sus mejores soldados, prácticos ya y probados en aquellos 
bosques, dejando sus carabelas bien aseguradas. Noticioso 
de que Ojeda se hallaba muy metido tierra adentro, con 
so'los quince hombres, se interpuso entre ellos y la costa por 
medio de una rápida marcha, dejando así al atrevido capitán 
aislado de sus barcos , y entonces se dirigió' resueltamente á 
su encuentro, dirigiéndose al punto en que le dijeron se 
hallaba haciendo provisio'n de pan. 

Roldan procedió' con astucia y atrevimiento ; su plan 
denunciaba desde luego al guerrillero que sabe colocarse 
ante todo en posiciones ventajosas; pero Alonso de Ojeda no 
era hombre para dejarse vencer en ninguna lucha, y menos 
en las de audacia y previsio'n. Supo á un tiempo la llegada 
de las carabelas, el desembarco de las fuerzas, y su marcha 
hacia el lugar en que se encontraba ; y no dudando vendrían 
con o'rdenes del Almirante, y juzgando por la rapidez de los 
movimientos la desventaja de su posicio'n, pensó' en desba- 
ratar los planes de Roldan, y sin esperar su llegada se fué 
directamente á buscarle acompañado únicamente de cuatro o' 
seis hombres de su confianza. 

La entrevista fué digna de tales aventureros. Cauteloso 
Roldan y no menos cauteloso Ojeda, comenzaron la conver- 
sacio'n en términos muy generales, deseando informarse el 
primero de la causa que al segundo había movido á venir á 
desembarcar en la isla, como si quisiera suponer que venía 
de orden de los Reyes, y directamente de España. Ojeda 
con la mayor ingenuidad empezó' por confesar que venía de 
un viaje de descubrimientos cu} T a importancia exagero' astil- 



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tamente, y que había llegado á aquellas playas impulsado 
por la falta de víveres, y se proponía en cuanto se aprovi- 
sionase pasar á ver al Almirante, pues á más de ofrecerle 
sus respetos, como era debido, tenía que comunicarle noticias 
del mayor interés, dejando entrever, con gran malicia y 
discreción, que el Almirante no gozaba ya de la confianza del 
Rey Don Fernando, por las nuevas que á la corte habían 
llegado de los sucesos desgraciados de la colonia, en los que 
Roldan había tenido tanta parte; que sus adversarios 
ganaban terreno, y por último, como el asunto de mayor 
gravedad, que la Reina estaba cada día más postrada por 
su enfermedad, y los médicos desesperaban de poderla con- 
servar la vida. Mas no era hombre Roldan que diera crédito 
á todo lo que se le refería, é hizo poco aprecio, por entonces, 
de las noticias que escuchaba, y supuso amañadas, fijándose 
en lo esencial, que era lo relativo al viaje que habían hecho 
aquellas cuatro embarcaciones y á la autorización con que se 
había emprendido, lastimando los derechos del Almirante, 
por lo que insistió' en ver los despachos que Ojeda traía. 
Como éste les dijo que los había dejado á bordo de su cara- 
bela, y le reitero' su intento de ir á conferenciar con el 
Almirante, Roldan le dijo que concluyera de juntar su 
provisión de cazabe, y se dirigió' á la costa para ver los 
documentos que deseaba. Paso' á bordo de los buques de 
Ojeda, se informo' minuciosamente de todos los accidentes 
del viaje, y tuvo en sus manos la licencia. que por sí y como 
superintendente de los asuntos de Indias, había firmado don 
Juan de Fonseca. 

Entre las tripulaciones de aquellos cuatro barcos en- 
contró' Roldan á muchos antiguos compañeros que habían 
estado en la isla Española en el anterior viaje; les hablo' con 
toda familiaridad, y por sus manifestaciones comprendió' la 
parte que había de verdad , y lo que era ficcio'n en las 
noticias dadas por Ojeda. Informado perfectamente de 
cuanto podía interesar al Almirante respecto de aquella 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VII 



289 



expedición, y en la creencia de que terminadas sus provi- p 
siones irían los buques á Santo Domingo, volvió' á embar- 
carse, para dar cuenta con anticipacio'n de todo lo que había 
averiguado. 

Pero en nada pensaba Ojeda menos que en presentarse 
ante Cristóbal Colón. Conocía muy bien lo falso de su 
posicio'n , y no tenía más propo'sito que el de asegurarse la 
buena amistad de Fonseca, volviendo sin accidente desgra- 
ciado de aquella expedición que era en ambos una extrali- 
mitacio'n, un verdadero abuso. 

Reparadas y calafateadas sus naves, bien abastecidas 
de provisiones, y con rico cargamento de palo de tinte, que 
tanto abunda en aquella bahía, denominada por ello del 
brasil , tomo' el rumbo contrario al que debía conducirle á 
Santo Domingo, y doblando el cabo de San Miguel se pre- 
sento' en la bahía de Xaraguá á principios del mes de 
Febrero del año 1500. 

Ya en este puerto de la isla, tomo' más graves propor- 
ciones la actitud de Alonso de Ojeda. Sin duda había medi- 
tado su plan por el camino, y no juzgando que el Almirante 
disponía de muchas fuerzas para oponérsele, se decidió á 
hacerle guerra abierta. A su desembarco en Xaraguá en- 
contró' á muchos de los que habían tomado parte en la 
insurreccio'n de Roldan, y allí se habían establecido á virtud 
de lo capitulado, en las tierras del cacique Behechio. Mal 
avenidos éstos con vivir en paz y sujetos al imperio de las 
leyes, hombres perdidos, acostumbrados al merodeo y la 
licencia, estaban dispuestos á aprovechar la primera ocasio'n 
para volver á sus antiguas costumbres. Ojeda supo apro- 
vecharse de ellos. Propalo' las mismas noticias que ya antes 
había comunicado á Roldan , aumentándolas con otras 
muchas falsedades destinadas á producir efecto, llegando 
hasta el extremo de decir que á él y á Alonso Sánchez de 
Carvajal se les había dado el encargo de servir de consejeros 
al Almirante, y procurar que variase de conducta, porque 

Cristóbal Colón, t. ii. — 37. 



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CRISTÓBAL COLON 






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ya no merecía como antes la confianza de los Soberanos, los 
cuales deseaban quedasen pagadas inmediatamente todas las 
cantidades que por sueldos atrasados y otros servicios adeu- 
daba don Bartolomé Colo'n, del tiempo que, en ausencia de su 
hermano, había tenido el mando de la isla. Acogidas por 
muchos con irreflexivo entusiasmo estas nuevas, creció' el 
prestigio de Ojeda, y seguro ya éste de que le secundarían 
aquellos colonos, se ofreció' á ponerse al frente de todos y 
marchar á Santo Domingo para obligar al Almirante á que 
pagase cuanto el Adelantado debía y remediase los males de 
que se quejaban. 

Entonces tomo' el conflicto mayor gravedad. Muchos de 
los colonos se opusieron al acto de rebelio'n que en nombre 
de la autoridad se quería intentar; los comprometidos insis- 
tieron y apelaron á la violencia, y se trabo' allí, á presencia 
de los pobres indios, una lucha fratricida en la que perecieron 
muchos españoles y resultaron muchísimos heridos. En 
aquellos momentos, y para bien de los que deseaban la 
tranquilidad, se presento' Roldan en Xaraguá con buen 
número de soldados. 

Noticioso Colón de la desleal conducta de Alonso de 
Ojeda, que lejos de cumplir lo que había ofrecido y presen- 
tarse en Santo Domingo se había dirigido á Xaraguá , hizo 
marchar nuevamente á Francisco Roldan á aquel territorio 
que le era tan conocido, á que observase los movimientos de 
los expedicionarios y les obligase á embarcarse. A buen tiem- 
po llegaron aquellas fuerzas. 

Supo Roldan los deso'rdenes á que había dado lugar 
Ojeda y el conflicto en que estaban los colonos que perma- 
necían fieles, y dividiendo sus fuerzas en dos grupos, confio' 
el mando de uno de ellos á Diego Escobar, y él con el otro, 
compuesto de soldados escogidos entre los de su mayor 
confianza, se dirigió' resueltamente al encuentro de los amoti- 
nados. Pero en los planes de Ojeda no entraba librar batallas 
ni ocasionar derramamiento de sangre, que no le había de 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VII 



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aprovechar. Se retiro á sus barcos, dejando abandonados á 
los colonos que habían cedido á su seducción, y á pesar de 
que Roldan le escribió' una carta insinuante para que bajase 
á tierra y pudieran conferenciar, no consintió' en ello, y antes 
por el contrario se apodero' de dos de los emisarios que 
fueron á su carabela, llamados Diego Trujillo v Toribio de 
Linares, y amenazo' con ahorcarlos si no se le devolvía un 
marinero su}^o que había quedado en tierra. 

Entonces empezó' j^a una lucha de astucias y descon- 
fianzas, de recelos y falsías, que ponía de manifiesto cuan 
bien se conocían los dos jefes, y lo que cada uno de ellos 
temía de su adversario. Ojeda se hizo á la vela con ánimo, 
al parecer, de merodear en la fértil comarca de Cahay, 
situada en posicio'n ventajosa al fondo del golfo: pero Fran- 
cisco Roldan y Diego Escobar le siguieron por la costa para 
impedir el desembarco, y no accedió' á ninguna de las propo- 
siciones que le hicieron para que abandonase su buque. 
Roldan , con una doblez sin ejemplo, le mando' á decir que 
puesto que se obstinaba en no bajar á tierra él iría á bordo, 
si le enviaba un seguro, y un bote para que le condujera; y 
cuando llego' la barca á la orilla se apodero' de ella por 
sorpresa, haciendo prisioneros á los seis hombres que la 
tripulaban, á excepcio'n de un flechero indio que se salvo' á 
nado, poniendo á Ojeda con este atrevido guipe en un grave 
conflicto, pues no solamente tomaba rehenes que asegurasen 
la vida de los prisioneros, sino que privando á aquél de 
su mejor barca le hacía casi imposible continuar la nave- 
gación. 

El resultado fué muy lisonjero para Roldan. Ojeda 
entro' en un esquife pequeño y se dirigió' á la playa , mante- 
niéndose á bastante distancia para poder ganar su buque si 
veía indicios de una nueva traicio'n. Roldan, por su parte, 
al verle venir, desconfiando de sus intenciones, entro en la 
barca que acababa de apresar, con quince soldados de su 
mayor confianza, armados de espadas y arcabuces, y preparo' 



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CRISTÓBAL COLÓN 



en la playa otra escuadra de veinte soldados mandados por 
Escobar, con su barco para que le diesen ayuda en caso de 
sorpresa, y en tales condiciones, manteniéndose siempre el 
uno á bastante distancia del otro, entablaron una conferencia, 
de la cual resulto' la mejor avenencia cjue podía esperarse 
después de tales antecedentes. 

Alonso de Ojeda se comprometió' á levar anclas á la 
mañana siguiente y abandonar la isla, y á enviar á tierra á 
Trujillo y á Linares, con tal de que se le devolvieran su 
bote y sus marineros, y verificado el cange se hizo á la vela, 
aunque lleno de rabia y jurando volver á tomar venganza. 
«Partióse á hacer una cabalgada que decia que habia de 
hacer, y según dijo un clérigo que traia consigo, y otros tres 
o' cuatro hombres de bien que se quedaron, la cabalgada 
que traia fabricada era la que pensaba hacer en la persona y 

en las cosas del Almirante » Lo cierto es que salió' de 

Cahay y no volvió' á poner el pie en la isla Española, aunque 
hubo sospechas de que había vuelto á saltar en tierra mucho 
más adelante; pero enviados algunos exploradores no encon- 
traron señales de su paso. Sin embargo, parece que debió' 
hacer la cabalgada, pues desembarco' y vendió' en Cádiz 
doscientos veintido's esclavos, que debió' apresar en esta isla 
o' á su paso en la de Puerto Rico. 

Francisco Roldan no quedo' satisfecho con las palabras 
de Ojeda, temiendo que atraído por la riqueza de aquella 
provincia quisiera volver á depredarla, por lo cual se detuvo 
algunos días en la comarca , distribuyendo sus soldados en 
cortas partidas con encargo de que le noticiasen la presencia 
de los buques en cualquier punto donde se presentasen. 

Nada nuevo ocurrid, y se disponía Roldan á dar la 
vuelta á Santo Domingo para comunicar al Almirante 
cuanto había sucedido; mas se vid detenido por la exigencia 
de muchos de los que en su compañía habían venido, que 
como recompensa del servicio que habían prestado, deman- 
daban la gracia de avecindarse en Xaraguá y en Cahay, y 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VII 



293 



que se les repartiesen tierras para sus labores 3^ algunos 
indios para que les ayudasen, como con otros colonos se 
había hecho en la Vega Real y en diferentes lugares. El 
antiguo caudillo de la insurreccio'n quería redoblar las 
demostraciones de su verdadera obediencia , para que mejor 
se apreciaran sus servicios, y mostrándose muy propicio á 
acceder á lo que sus soldados pedían, les dijo que hicieran 
un memorial de todos los que desearan avecindarse y lo 
remitiría al Almirante á Santo Domingo para que lo decre- 
tase, pues era el único que tenía facultades para concederlo. 

Conocía muy bien, sin embargo, el astuto Roldan la 
índole de las gentes que había acaudillado, 3^ cuan poco 
sufridas eran , no consintiendo dilacio'n entre el deseo y la 
práctica, y comenzó' desde luego por distribuir entre ellos 
los terrenos que antes se había él mismo apropiado en los 
dominios de Behechio; 3^ aún les dijo que habiéndole auto- 
rizado á él el Almirante para utilizar en sus labores á los 
indios de aquellas provincias, él á su vez les transmitía aquella 
facultad, con tal de que la usaran con prudencia 3^ procu- 
rasen instruir á los isleñns en la religio'n cristiana. «Les 
permitió' que los tomasen ellos, dice el P. Las Casas, y se 
sirviesen dellos en sus labores y los contentasen: estas son 
palabras del mismo Roldan al Almirante, que 3^0 vicie 
firmadas de su nombre. El contentamiento era que les 
habian de servir aunque les pesase, y darles después un 
espejuelo y un cuchillo o' unas tijeras; veis aquí el reparti- 
miento claro como se vá entablando. ¡Y que se diga que á 
un tan gran Rey como Behechio, que el Almirante diese 
para que sirviese á Roldan, 3^ Roldan lo diese á los hombres 
viles, y quizá entre ellos azotados para los servir, é que 
repartiesen entre sí sus vasallos! ¿Qué mayor tiránica 
maldad?» 

Tal fin tuvo el desembarco de Alonso de Ojeda, causa 
de muchos escándalos, y de que se renovase el fuego de la 
rebelio'n, aún no bien apagado en la isla. 





294 



CRISTÓBAL COLÓN 



III 



Un acontecimiento amoroso fué ocasio'n de nuevos dis- 
turbios en aquel extremo de Xaraguá, y de algunas des- 
gracias muy lamentables. En tanto que Roldan recorría 
aquella comarca, llego' á ella un caballero castellano llamado 
don Hernando de Guevara, al que por razones graves había 
mandado el Almirante que saliera de la Española, y sabiendo 
él la estada allí de Alonso de Ojeda se vino para embarcarse 
y regresar con él á España. Cuando llego' Guevara ya Ojeda 
se había hecho á la vela, por lo que Roldan le dijo que 
eligiera lugar para su residencia hasta nueva resolucio'n del 
Almirante. Por consejo de su primo Adrián deMojica, que 
tenía allí aves domésticas y perros de gran utilidad para la 
caza de las hutias, se fijo' en Caha} 7 ; pero apenas establecido 
allí, se introdujo en la casa de la reina Anacaona, y con 
falaces promesas sedujo á su hija Higue3 T mota, que tenía gran 
renombre por su hermosura, y la saco' de su casa fingiendo 
que la tomaba por esposa. Roldan llevo' mu} 7 á mal el 
engaño hecho á la famosa hermana del cacique Behechio, 
bien fuera porque comprendiese las malas consecuencias que 
podía tener en el país, bien, como decían algunos, porque 
tuviese elegida para amiga á la hermosa Higueymota, bien 
por otras graves consideraciones; y amenazándole con el 
desagrado del Almirante le ordeno' que devolviese la hija á 
su madre, y se volviese á su residencia. Obedeció' por el 
pronto Guevara, yendo á visitar á Roldan, que se encontraba 
enfermo y sin poder salir de su casa por una afección á los 
ojos; y en la entrevista le pidió' con insistencia, invocando 
sus antiguos vínculos, le dejase proseguir en su amor á la 
india. Se mantuvo Roldan inflexible en obligarle al cumjDli- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO Vil 



295 



miento de su deber, que no hay nadie más estricto ni más 
rigoroso que el delincuente arrepentido, ni hay quien sea 
más exigente en la observancia de los preceptos que el que 
ha faltado á ellos y sabe de ciencia propia las fatales conse- 
cuencias del desorden. Guevara fingió' someterse, pero volvió' 
en seguida á sus excesos; y al recibir la orden terminante y 
perentoria de abandonar el Cahay, y pasar á Santo Domingo 
á recibir instrucciones del Almirante, que le fué comunicada 
por los agentes de Roldan en forma que no admitía réplica, 
trato de resistir, apo}'ándose en otros viciosos tan descome- 
didos como él , y que no podían contraer hábitos de obe- 
diencia, y empezó á propagar nuevamente la semilla de la 
insubordinacio'n . 

Rodeado de algunos de los más audaces, y en la segu- 
ridad de que no dejarían de a}^udar á sus planes otros 
muchos descontentos, formo' el infame plan de apoderarse 
de la persona de Francisco Roldan, como el principal obstá- 
culo para su triunfo, y matarle o' reducirle á prisio'n sacán- 
dole los ojos. 

Iba Roldan á recoger de sus mismos secuaces el fruto 
de las doctrinas que había enseñado. Por su buena suerte 
tuvo conocimiento de la trama , y obrando con la energía 
que le era característica , redujo inmediatamente á prisio'n á 
Hernando de Guevara y á sus principales co'mplices. Para 
que se comprendiera la lealtad de su sumisión, o' quizá con 
el designio de que nunca se le pudiera acusar de haber 
obrado en virtud de un deseo de venganza, siendo á un 
tiempo juez y parte, pues contra su persona se dirigía la 
conjuracio'n, puso todo lo ocurrido en conocimiento del 
Almirante, remitiéndole la informacio'n que practico' y 
diciendo que los criminales quedaban esperando lo que 
resolviese. 

Ordeno' Cristóbal Colón que los presos fueran condu- 
cidos á Santo Domingo, sin duda para que fuera de más 
ejemplo su castigo. Mas noticioso de aquella orden Adrián 




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296 



CRISTÓBAL COLÓN 





de Mojica, primo de Guevara, que se encontraba en la Vega, 
empezó' á amotinar á algunos soldados, ofreciéndoles premios 
y recompensas, para reunir los que fueran bastantes y dar 
libertad á los reos antes de que llegasen á Santo Domingo, 
asaltando la escolta que los traía en el punto donde con 
mayor ventaja pudieran batirla. 

Tuvo confidencia el Almirante de aquel nuevo crimen 
que se fraguaba , comprendió desde luego su trascendental 
importancia, y acudió' al remedio con grandísima diligencia, 
con la mayor rapidez. So'lo podía disponer de ocho o' diez 
hombres armados y de su confianza, y con so'lo esa escasa 
fuerza resolvió' apoderarse de la persona del jefe, fiando en 
lo inesperado de su resolucio'n ; le sorprendió' con algunos 
de los suyos y se lo llevo' preso al fuerte de la Concepcio'n. 

Sentenciado á muerte Adrián de Mojica, pidió' confesio'n, 
pero se propuso dilatar este acto religioso contando con la 
piedad del Almirante, } T tal vez con la esperanza de que 
amotinándose sus parciales le librasen del suplicio. Hizo 
delaciones infames; suspendió' la confesio'n muchas veces con 
desvanecimientos verdaderos o' fingidos; refirió' largas his- 
torias de increibles complicidades de sujetos conocidos en la 
Vega, y dio' tantas muestras de cobardía y de falacia, que 
apurada la paciencia de COLÓN, mando' que le precipitasen 
de las almenas, como se efectuó', aunque deplorando Colón 
la necesidad de tan grave medida, y llorando al llevar á 
cabo aquel acto de justicia, como lo dijo luego en la carta á 
doña Juana de Torres. 

A este acto de severidad siguieron otros no menos nece- 
sarios para la pacificacio'n de la isla. Hernando de Guevara 
llego' á Santo Domingo conducido por Roldan y fué ence- 
rrado con los demás que allí presos estaban. El Adelantado 
salió para Xaraguá á perseguir á otros de los complicados, 
y el Almirante hizo prender á Pedro de Riquelme con varios 
de sus amigos, que mantenían en constante alarma el terri- 
torio de Bonao, decidido á restablecer el orden y reducir á 



LIBRO CUARTO.— CAPITULO VII 



297 



la impotencia á los que conservaban resabios de las pasadas 
insubordinaciones. Todas estas cosas se hacían por los meses 
de Junio, Julio 3^ Agosto del año de 1500. 

Bien se dejaba conocer por todas partes la presencia de 
Cristóbal Colón en la isla, que ciertamente la mayor parte 
de los trastornos en ella ocurridos reconocían por causa su 
prolongada ausencia por las dilaciones que le hicieron sufrir 
en España. Iba renaciendo la tranquilidad; el orden empe- 
zaba á afianzarse; las últimas medidas de rigor 3^ severidad 
habían producido excelente resultado, que era ya muy nece- 
saria la accio'n de la justicia donde tan envalentonado estaba 
el vicio y tan soberbios los criminales. Aunque era tarea 
difícil y de más largo tiempo el volver la administración á 
su anterior estado, 3^ que los tributos se recaudasen con 
regularidad, los indios, escarmentados por sus repetidos 
descalabros y convencidos de su inferioridad, estaban sumisos 
3^ obedientes, por más que excusaban cuanto les era posible el 
estar mu3 r cerca de sus opresores. Muchos de ellos se iban 
instruyendo en la religio'n cristiana, aunque también este 
adelanto dio' ocasio'n á algunos castigos severos, que luego 
referiremos ; algunos empezaban á vestirse como los espa- 
ñoles, y no faltaban otros que de buena voluntad ayudaban 
al cultivo de las tierras. Para rn^or satisfaccio'n, se reci- 
bieron noticias de un extenso territorio de más de ochenta 
leguas donde abundaba el oro , pudiendo laborearse con 
poquísimo trabajo muchas minas de gran producto. 

La fe de Cristóbal Colón atribuía á la protección 
visible del cielo el renacimiento que por todas partes comen- 
zaba á iniciarse. En uno de los momentos de rmayor angustia, 
cuando su espíritu atribulado no encontraba consuelo, le 
pareció' escuchar una voz de lo alto que le alentaba llamán- 
dole hombre de poca fe, dejándole ver la esperanza de 
mejores tiempos. 

Al recibir la noticia de las nuevas minas, 3 r con el doble 
fin de aumentar la recaudación de oro para la corona, y 

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satisfacer el deseo de los españoles, permitió' que todos 
pudieran dedicarse á sacarlo, contribu} T cndo solamente con 
el tercio para los Re} T es ; y al mismo tiempo volvió' los ojos 
á su abandonado proyecto de la exploración de tierra firme, 
enviando algunos buques que fundasen una fortaleza donde 
tuviesen abrigo los que se dedicaran al rescate de las perlas, 
de las que esperaba poder enviar grandes cantidades á 
España. 

Pudo entonces esperar el ilustre Almirante que el resul- 
tado de su administración , el fruto de tantos trabajos y de 
tan graneles sufrimientos podría ser apreciado por los Reyes 
Cato'licos, y por todos los que en la corte miraban con 
interés los asuntos de Indias, quedando desacreditadas todas 
las calumnias que sus enemigos echaban á volar para perju- 
dicarle; porque tanto el laboreo de las minas como el trabajo 
de los campos ofrecían pingües ganancias y resultados ven- 
tajosísimos, empezando á notarse abundancia } T bienestar, 
con verdadera satisfaccio'n de los colonos. 

«En ambos artículos, dice Don Juan B. Muñoz, corres- 
ponde el fruto á la diligencia y deseo ; tanto que apenas 
habia quien quisiese estar á sueldo, pues el que gozaba 
tierras é indios de rejDartimiento vivia como un señor, 
sobrado de comestibles y con segura esperanza de enriquecer. 
Los que se aplicaban á minas cojian al dia por lo común de 
seis á doce castellanos de oro; algunos alcanzaban á cincuenta 
y hasta ciento y veinte; y tal hubo que llego' á doscientos y 
cincuenta, que son cinco marcos. Del mismo modo se apro- 
vechaba el Re} r , en cuyo nombre se adjudico' el gobernador 
mu}^ crecidos repartimientos; y ademas llevaba el tercio del 
oro cojido por los particulares. Por donde al paso que 
prosperaban los colonos, crecían también los caudales de la 
Real Hacienda.» 

Vencidos y subyugados los enemigos en la isla Españo- 
la, terminados los pasados trastornos, restablecida la tran- 
quilidad, iba á inaugurarse la era del trabajo y del orden, 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VII 



299 



cuyo resultado había de ser conocido en la madre patria por 
los abundantes productos y grandes riquezas que á ella 
habían de afluir, realizándose todas las esperanzas y aún las 
ilusiones que hiciera concebir el descubrimiento. Bien podía 
Cristóbal Colón estar satisfecho de su obra en aquel 
momento, y levantar la vista á nuevas colonizaciones que 
aumentasen la riqueza y el poderío de los Reyes Católicos y 
de la nacio'n española, pensando en extender sus colonias 
por la tierra firme. Mas en tanto que todo prosperaba á su 
alrededor, y sus esperanzas renacían, en España se formaba 
la nube que había de lanzar sobre su cabeza la mayor des- 
gracia de cuantas le ocurrieron, la que había de atentar á 
sus honores y prerrogativas y acibarar todos los días de su 
existencia, que tan falaces son siempre los cálculos humanos, 
y así se escapa de nuestras manos la felicidad cuando más 
pro'ximos nos creemos á asegurarla. 



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La solicitud de los Reyes nunca descuidaba la conver- 
sión de los indios; la propagación de la fe cato'lica era el 
más constante deseo de la Reina, que en ninguna de cuantas 
instrucciones dirigía al Almirante, dejaba de ocuparse de 
ella, así como en las prevenciones que á la Casa de Contra- 
tación se hacían para el despacho de las flotas, siempre 
consignaba un recuerdo al adelanto de la religión, siempre 
encargaba que se enviasen religiosos de reconocida virtud 3^ 
capaces de instruirse en la lengua, para que pudieran 
imponer á los indios en los primeros fundamentos de la fe 
cristiana, atrayéndoselos al mismo tiempo con su bondad y 
con los beneficios que les proporcionaran, para formarlos 
útiles auxiliares de su propaganda y subditos obedientes de 
los monarcas de Castilla. 

Los doce religiosos que en el segundo viaje pasaron á 
la isla Española con el Vicario fray Bernardo Boil, trope- 
zaron desde luego con un grave obstáculo, pues no podían 
entenderse directamente con los indígenas por no conocer su 
lengua . y la palabra de los intérpretes carecía de eficacia 
para cierta clase de explicaciones, y más todavía para per- 
suadir ciertas verdades y disipar crasísimos errores. 

No todos los religiosos que allá fueron estaban dotados 
de iguales aptitudes, ni tenían el mismo fervor, la misma 
constancia , que tan necesaria era para la conversio'n de los 
ido'latras completamente ignorantes, y cuya vida selvática, 
sencilla é ignorante les hacía muy ajenos á conocimientos 
teogo'nicos , y más aún á modificaciones en su manera de 
vivir, á la que tenían grandísimo apego. Así la ma}'or parte 
de aquellos se limitaron á ejercitar su ministerio entre los 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VIII 



303 



mismos españoles que formaban parte de la expedición, y 
fueron, si así puede decirse, el primer clero de la ciudad de 
Isabela. 

Solamente de dos de ellos hace memoria fray Bartolomé 
de las Casas, como los que se dedicaron más asiduamente á 
la conversio'n é instrucción de los indios, que fueron fra}^ 
Román Pane, monje eremita, y fra} 7 Juan Borgoño'n , fran- 
ciscano. Al primero de ellos, que fué, según parece, el que 
más se adelanto' en el conocimiento del idioma general de la 
isla , le encargo' el Almirante escribiera cuanto fuese alcan- 
zando de las creencias, costumbres é historia de aquellos 
naturales, cuyo cometido desempeño' de la manera que ya. 
hemos visto l , escribiendo una Memoria que, aunque por 
demás incompleta, y llena de muchas «cosas inútiles, es curio- 
sísima é interesante bajo otros aspectos, como documento 
único que puede consultarse con algún fruto, y el primero, 
y más antiguo que se redacto' por persona que vivió' mucho 
tiempo entre los indios de la Vega Real. 

Cuando el P. Boil abandono' la isla, aquellos dos monjes 
continuaron su misio'n evangelizadora, y algo más instruidos 
en la lengua, pudiendo hacerse ya comprender de los indios, 
y atrayéndolos con bondad y dulzura á presenciar con 
respeto las prácticas religiosas á que ellos se entregaban, los 
fueron disponiendo á que desearan comprender su significado 
y recibieran las primeras nociones de la doctrina. 

La admiración que todos los españoles causaban á los 
inocentes indios, creyéndolos bajados del cielo, era ma}^or 
en presencia de los religiosos, con los cuales adquirieron 
bien pronto gran familiaridad ; y aquel sentimiento de vene- 
ración les movía á quererse dar cuenta de todas las acciones 
de aquellos hombres superiores. La curiosidad de los indios, 
sabiamente estimulada por los religiosos, fué un agente 
poderoso para su instrucción. La propaganda fué rápida, 



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1 Véase en las Aclaraciones y documentos del libro III, (D) pág. 1:3. 



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fácil y de gran resultado; y si los atropellos, los excesos de 
los soldados de mosén Pedro Margarit, y aún del mismo 
jefe, no hubieran despertado la indignacio'n de los sencillos 
isleños, haciéndolos odiar á aquellos soldados que antes 
tanto admiraron , ciertamente los catequistas cristianos 
habrían logrado más copioso fruto. Pero los vicios de los 
dominadores no eran la mejor recomendacio'n para la religión 
que profesaban, y en las conciencias de los indios hacían 
ma} T or efecto, herían más fuertemente sus imaginaciones las 
acciones de los soldados, que las doctrinas explicadas por los 
misioneros, cu3 r o alcance apenas comprendían. 

No desmayaban, sin embargo, los piadosos frailes, á 
pesar de tales dificultades. Parece que entre los indios que 
más habían adelantado j en la inteligencia de los misterios de 
la fe, estaba una familia numerosa compuesta de diez y seis 
individuos, entre varones y hembras; y los monjes, concep- 
tuando } T a al padre con la suficiente instruccio'n para apreciar 
las verdades reveladas, no dudaron en administrarle el 
sacramento del Bautismo, poniéndole el nombre de Juan 
Mateo, por el cual troco' el su3^o de Ganauvariu. Insistió' 
don Cristóbal Colón en que fray Román y su compañero 
intentasen la conversio'n del gran cacique de la Vega, del 
infortunado Guarionex, cu}?as vicisitudes hemos narrado 
anteriormente, y aunque bien á su pes:ir, tanto por no 
entender la lengua del cacique, como por tener que aban- 
donar el territorio de la Magdalena, donde iban consiguiendo 
mucho fruto, se trasladaron á la Concepcio'n, cjue entonces 
se edificaba, llevando en su compañía alguno de los recién 
bautizados, para que se entendiese mejor con los otros 
indios. 

Largo tiempo estuvieron los misioneros al lado del 
cacique, que dominado por su bondad y virtud se prestaba 
de buena voluntad á instruirse en cuanto ellos querían. 
A costa de muchos esfuerzos, con grande asiduidad y pa- 
ciencia , lograron que tomase de memoria las principales 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VIH 



305 



oraciones del cristiano, y al mismo tiempo o} T éndolas repetir 
diariamente, las aprendieron también muchas personas de 
su casa y toda la familia que era numerosa; pero aquel 
fruto tan pacientemente alcanzado se malogro', por la indig- 
nación que causo' en el cacique la conducta de los soldados 
que tantos daños causaban á los indios, y de la cual supieron 
aprovecharse otros caciques de los subalternos, para hacerle 
aborrecible la religión de aquellos hombres perversos y 
viciosos. 

Abandonaron los catequistas aquel territorio y se diri- 
gieron en busca de otros indios de la montaña que parecían 
mejor dispuestos para abrazar la religión ; y entonces Gua- 
rionex envió' emisarios, o' tal vez éstos fueron movidos por 
su odio y sin excitación del cacique, y destruyeron la casa 
de oración que fray Román Pane había dejado edificada 
junto á la que habitaba la familia de Juan Mateo, y alre- 
dedor de la cual se congregaban también otros muchos que 
se habían convertido. Las imágenes, que para el culto se 
habían colocado en el altarito objeto de la devocio'n de los 
indios, fueron destrozadas y enterradas en un campo cercano, 
y los agresores maltrataron á los que se oponían á aquel 
acto de injustificada agresión. 

Esto sucedía á poco tiempo de haberse embarcado para 
España el Almirante en compañía del repostero Aguado. 
Los cristianos de la Vega acudieron con sus quejas al Ade- 
lantado, el cual hizo prender y procesar á los culpables y 
los hizo perecer en el más horrible de los castigos. Sin 
embargo, y como siempre sucede, en lugar de saludable 
escarmiento los suplicios avivaron los odios , y algún tiempo 
después murieron asesinados Juan Mateo, su hermano lla- 
mado Antonio, y otros muchos indios de los que habían 
recibido el bautismo, y que fueron considerados como 
mártires por los religiosos, y por los demás cristianos de la 
isla, que juntamente con ellos se habían convertido y perse- 
veraban en la fe. 

Cristóbal Colón, t. ii. — 39. 



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A la luz de los principios filosóficos que están hoy en la 
conciencia de todos, y bajo la inspiración de las ideas de 
humanidad y de fraternidad que informan el derecho 
público de todas las naciones civilizadas y sus relaciones 
internacionales, nada más lo'gico ni más fácil que la censura 
acerba dirigida contra el acto de Cristóbal Colón cuando 
por vez primera cargo las carabelas que regresaban á España 
con los indios que había hecho prisioneros en su excursio'n á 
la Vega Real. Mas para juzgar su conducta, y no cometer 
la mayor de las injusticias, es necesario acallar por un 
momento ciertos sentimientos , dejar á un lado nuestras 
convicciones actuales, hacer completa abstraccio'n de los 
ideales de esta edad en que vivimos, y trasladarnos, en 
cuanto sea posible, al siglo XV, procurando imbuirnos en 
las ideas y sentimientos que animaban á los hombres de 
aquella época, y el modo de ser de las nacionalidades en las 
relaciones que entonces formaban el llamado derecho de 
gentes. So'lo así podremos aproximarnos al conocimiento de 
lo que aquellos actos significaban, y al juicio que pueden 
merecer, examinados en el movimiento general de la época 
en que se realizaban. 

Ni España había dado el ejemplo de reducir á la escla- 
vitud á los vencidos, ni mucho menos puede culparse á 
Cristóbal Colón de haber practicado actos que no estu- 
vieran perfectamente dentro de las costumbres admitidas. 
Los prisioneros de guerra sufrían la dura suerte del esclavo 
desde la más remota antigüedad; desde aquellos tiempos á 
que alcanzan memorias históricas, y no es necesario hacer 
citas cuando están llenas de ejemplos lo mismo las historias 
sagradas que las profanas. Los principios humanitarios 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VIII 



307 



predicados por el cristianismo, é infiltrados por la religio'n 
en las instituciones de todas la nacionalidades que se forma- 
ron después de la desmembracio'n del Imperio de Occidente, 
tuvieron sin duda alguna saludable influencia en el derecho 
internacional, y }^a las le}res de la guerra fueron siendo 
menos duras, pudiendo reconocerse los derechos de los 
vencidos (de jure belli); pero esta modificacio'n no alcanzaba, 
por regla general, más que á los ejércitos beligerantes, á 
aquellos especialmente que profesaban la misma religio'n y 
estaban unidos por el lazo de la creencia, aunque divididos 
por cuestiones políticas ó de nacio'n; para los infieles, y bajo 
tal denominacio'n, se comprendían casi todos los pueblos, casi 
con la misma latitud con que los romanos llamaban enemigos 
á los extranjeros (adversus hostes) la dureza de la ley no tuvo 
sensible alteracio'n, y continuaban siendo los vencidos galar- 
dón y presa de los vencedores, que los trataban más 6 menos 
cruelmente sin responsabilidad alguna, y los ocupaban en 
trabajos sin más regla que su capricho. 

Cuando el ejército que triunfaba era de una nacio'n 
verdaderamente cristiana, y adelantada en cultura, la con- 
dicio'n de los vencidos era mucho más llevadera; pero si la 
diferencia de religio'n establecía entre unos y otros barrera 
insuperable ¡a}' de los que sucumbían! que habían de sufrir 
en toda su crueldad la dura ley de la esclavitud. Y el 
ejemplo estaba muy pro'ximo, muy reciente, á la vista de 
todos. Los musulmanes prisioneros de los cristianos en las 
guerras que antecedieron á la conquista de Granada, ya en 
el tiempo de los mismos Reyes Cato'licos, para no remon- 
tarnos á época más lejana, habían quedado como esclavos; y 
ya anteriormente hemos recordado lo que ocurrió' en la toma 
de Málaga . después de cuya entrega todos los moros, sin 
distincio'n de clases, de sexos ni de edades, fueron hacinados 
en un corral , donde permanecieron hasta la llegada de los 
buques que debían conducirlos á diferentes plazas de España. 

El sensible, el caritativo, el religiosísimo corazo'n del 






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3 o8 



CRISTÓBAL COLÓN 






P. fray Bartolomé de las Casas, conmovido á vista de la 
desgracia de los indios , que por su natural sencillez , por su 
inocencia y dulzura se le hacían simpáticos , encontró' desde 
luego un argumento á su favor, y formulo cargo al Almi- 
rante, aunque dejando siempre á salvo su buena intención, 
porque desde el primer viaje había arrancado de sus islas, 
para traerlos á España contra su voluntad, á varios de 
aquellos inofensivos indígenas de las Luca}^as y de Haití; 
cargo que luego repitió' con mayor fuerza, al ver se proponía 
como medio para aumentar los rendimientos de la isla 
Española la venta de esclavos, y que se cargaban de ellos 
las carabelas que acá regresaban. El P. Las Casas, que en 
la conducta del Almirante en su gobernación no descubre 
cosa digna de censura, encontrándole siempre hombre de 
altos pensamientos, piadoso y fiel á los Reyes de Castilla, 
busca el origen de sus desgracias, la causa de todos los 
sinsabores y disgustos que amargaron su vida, en la injusti- 
cia que cometía con los indios, abusando de la fuerza, y no 
tratándolos de la manera que merecían 3' como preceptuaba 
la caridad cristiana. 

Discurrió' el piadoso obispo de Chiapa un argumento 
para defender á los indígenas del Nuevo Mundo del yugo de 
la esclavitud, que tanto patentiza su caridad inagotable, como 
la profundidad de su talento y la seguridad de su juicio. 
Aquellos isleños no podían seguir la condición de los prisio- 
neros hechos en la guerra, después de una batalla y con las 
armas en la mano; porque los españoles, ú otos hombres 
cualesquiera de un pueblo más adelantado en civilización, 
por el mero hecho de haber aportado á sus playas, no habían 
adquirido ni podían ostentar título alguno para hacer escla- 
vos á aquellos indios que ningún mal les habían causado, 
nada le debían, y antes, por el contrario, guiados por su 
natural bondad, y con la sencillez y el candor de niños, les 
habían ayudado en todo, ofreciéndoles con la mejor voluntad 
cuanto poseían. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VIII 



309 



Ninguno de los modernos 3^ más exagerados filántropos 
ha defendido con mejores razones, con más ardor y mejor 
buena fe, la causa de los indios; por eso nos fijamos en sus 
razonamientos, que tanto dieron que hablar y tanto han 
hecho escribir á los más profundos pensadores. 

Porque en nuestro concepto, no era cosa fácil el deter- 
minar en los momentos primeros del descubrimiento la 
condición social de aquellos isleños. La Reina Cato'lica, cu} 7 o 
gran corazón y alta inteligencia son harto apreciados por la 
posteridad; el Rey. cuyo talento é instrucción así como la 
seguridad de sus miras todos reconocen, dudaron en el 
principio, y no dieron resolución definitiva. Cuando en las 
cuatro carabelas que después del segundo viaje, vinieron al 
mando de Antonio de Torres, llegaron los quinientos indios 
que enviaba el Almirante, los Reyes, por Real cédula de 12 de 
Abril de 1495, mandaron al obispo don Juan de Fonseca los 
vendiese en Sevilla . porque les parecía que allí se podrían 
vender mejor que en otra parte: mas muy luego, por otra 
cédula de 16 del mismo mes J , le preceptuaron que no perci- 
biera las cantidades que produjese la venta, sino que los 
compradores las afianzasen: — «porque Nos queremos informar- 
nos, decían, de letrados, 'teólogos c Canonistas si eou buena con- 
cicncia se pueden vender estos por solo vos, ó no; y esto no se 
puede facer hasta que veamos las cartas que el Almirante nos 
escribe para saber la causa porque los envia acá por cativos.» 

Porque entonces juzgaban con diferente criterio, según 
era la condición de los isleños apresados. Cuando Colon 
envió' á España algunos de ellos para que se educasen, 
instruyéndolos en los principios religiosos, y para que apren- 
diendo la lengua pudieran ser útiles en la propagacio'n de la 
fe en los países nuevamente descubiertos, no se ofreció' la 
menor duda , no ocurrió' dificultad alguna , porque se juzgo' 





1 Véanse en Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, núms. LXXXVII y 
XCII, págs. 191 y 195 de la segunda edición. 




3io 



CRISTÓBAL COLÓN 



que la elevación del fin. justificaba los medios. Ni tampoco 
hubo el más leve asomo de vacilación cuando los primeros 
indios que se enviaron pertenecían á las islas caribes, y eran 
de aquellas tribus feroces y sanguinarias que devoraban á 
sus semejantes y celebraban festines de carne humana. Para 
proporcionarse tan repugnante alimento y placer tan bár- 
baro, salían á combatir con los isleños de otros puntos cuyas 
costumbres eran más apacibles, y llevaban á sus islas los 
prisioneros como rico botín que grandemente apreciaban. 
Ante la odiosidad de semejante costumbre no podían caber 
escrúpulos, y para hacerla desaparecer ningún remedio era 
violento. Los caníbales fueron recibidos con júbilo, y se 
procuro' instruirlos inmediatamente, para que cayesen en 
aborrecimiento de su antigua barbarie. 

Pero los indios de la Vega eran pacíficos por naturaleza, 
de costumbres dulces, do'ciles por carácter y fáciles de 
reducir á la religión verdadera y á la obediencia de los 
Reyes de España, según las manifestaciones hechas con 
rcpeticio'n por el mismo Almirante en sus cartas y por los 
religiosos que primeramente penetraron en sus moradas. 
A éstos no era posible, ni era lícito en buena conciencia, 
aún atendiendo á las costumbres de la época, reducirlos á 
esclavitud, á menos de ser cogidos en guerra abierta, derra- 
mando sangre, con las armas en la mano, y de ahí el escrú- 
pulo, la duda prudente de los Reyes, que produjo la segunda 
cédula Real de íó de Abril de 1495, pues querían ser infor- 
mados por las cartas de Cristóbal Colón de la manera con 
que se habían aprisionado aquellos indios, de la causa o' 
razón que hubiera para tratarlos como cautivos. 

Tal vez en esto hubo algún exceso en el Almirante, y 
de ello bien le culpa fra}^ Bartolomé de las Casas, pues dice: 
«que según el ansia que tenia de que hobiesen provecho los 
Re3^es, para que los gastos que habian hecho recompensasen, 

y los que hacian no los sintiesen él acabara en muy poco 

tiempo de consumir toda la gente desta isla, porque tenia 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO VIII 



3ii 



determinado de cargar los navios que viniesen de Castilla de 
esclavos y enviarlos á vender á las islas de Canarias y de las 
Azores, y á las de Cabo Verde, y adonde quiera que bien 
se vendiesen; y sobre esta mercadería fundaba principal- 
mente los aprovechamientos para suplir los dichos gastos y 
excusar á los Reyes de costa como su principal grangeria.» 
Y por cierto que fray Bartolomé de las Casas, á pesar 
de la severidad de sus principios y de lo humanitario de sus 
sentimientos , no hace tan grave cargo á Cristóbal Colón 
por su conducta en este punto como más tarde han querido 
formárselo, acriminándole y agraviando su buena memoria 
otros escritores menos piadosos. «Y en este error y ceguedad, 
escribe seguidamente el venerable Obispo, caia por igno- 
rancia , como arriba creo que he dicho, no excusable, 
haciendo quizás cuenta que la gente de esas tierras , por ser 
solamente infieles, eran de derecho mas nuestras que las de 
Berberia, como ni aun aquellas, si en paz con nosotros 
viviesen, tratarlas como á estas, haciéndoles guerra y capti- 
vándolas, no chica sino grande ofensa de Dios ciertamente 
seria. Pero pues ignoraban tan oseara y perniciosamente aquesta 
injusticia los que los Reyes por ojos y lumbre tenían, que el Almi- 
rante la ignorase, que no era letrado, cierto no era gran mara- 
villa; puesto que, pues ninguno experimento' primero la 
bondad, mansedumbre y humildad y simplicidad y virtud 
destas gentes, ni la publico' á los Reyes, ni al Papa, ni al 
mundo sino él, juzgado solo por la razo'n natural y por sí 
mismo, según las obras que al principio recibió' dellas y las 
que él después primero que otro les hizo, él mismo y á sí 
mismo de gran culpa convencerla ; y verdaderamente yo 
creo, según que también arriba pienso que he dicho, que la 
intención del Almirante, simplemente considerada sin aplicarla 
á la obra, sino supuesto su error é ignorancia del derecho, 
era rectísima.)) Y no contento aún con la justicia que en con- 
ceptos tales ha hecho y de la pureza de sus miras, concluye 
más adelante doliéndose de su error en estas significativas 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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frases: — «Y es verdad, que cognosciendo, lo que cognoscí, 
é noticia que tuve, fuera desta materia, de la bondad del 
Almirante y de su intención, que parecia todas las cosas 
referirlas y encaminarlas á Dios, á mi me hace grandísima 
lástima, verle en esto de la verdad y de la justicia tan 
remoto y desviado.» 

La propagacio'n de la fe cato'lica en las extendidas 
regiones nuevamente halladas, y la educación religiosa de 
los numerosos pueblos que las habitaban y á los que anhe- 
laban ver reducidos al gremio de la Iglesia, eran los princi- 
pales fines á que se dirigían los conatos de los Monarcas 
españoles, y nunca olvidaban hacer sobre esto eficaces reco- 
mendaciones tanto á Colón como á Fonseca, y á todos los 
que pasaban al Nuevo Mundo, encargando fuesen enviados 
frailes y sacerdotes de reconocida virtud y celo. Y con este 
motivo, tomando pretexto de aquel laudable y piadoso deseo 
de los Soberanos, tomaron principio las llamadas encomiendas, 
que no tenían otro fin verdadero que dar color de legalidad 
á un incalificable abuso, á una insoportable tiranía, y al 
propio tiempo proporcionar á los indignos españoles que á 
las Indias pasaban, medios de tener utilidades sin trabajar, 
haciéndose ricos por medio del trabajo ajeno. Los presi- 
diarios de España, los criminales indultados, iban allá á ser 
señores , y los sencillos isleños eran sus esclavos , las bestias 
de carga que les preparaban cuanto era necesario para satis- 
facer sus apetitos desordenados. 

El mal traía antiguo origen. Ya en su primer Memorial 
remitido á los Reyes Católicos por mano de Antonio de 
Torres en Febrero de 1494, hablaba el Almirante de los 
caníbales que enviaba para su instrucción , y decía que 
cuantos más se remitiesen á España sería mejor, proponiendo 
como medio de que se aumentase el número de ganados y 
bestias para las labores de la isla, pagar á los que allá los 
llevasen en esclavos destos caníbales, gente tan fiera y dispuesta 
y bien proporcionada y de muy buen entendimiento, los cuales 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO VIII 



313 



quitados de aquella inhumanidad creemos que serán mejores que 
oíros ningunos esclavos. No se decidieron los Reyes á aceptar 
la idea; pero iniciada } T a, juzgando que á los indios se les 
hacía un gran beneficio entregándolos á personas que los 
instruyeran, aunque los hicieran trabajar, las consecuencias 
podían llegar muy lejos, como en efecto llegaron. Los 
desordenes de la isla dieron ocasio'n al abuso: los españoles 
que labraban los campos obligaban por fuerza á los indios á 
que les hicieran los trabajos: los que beneficiaban las minas 
llevaban á ellas gran número de naturales para cavar el 
terreno, y se habían acostumbrado todos á comer de los 
sudores de los indios, usurpando cada uno tres o' cuatro o' 
diez que le sirviesen; y los indios por su mansedumbre no 
sabían ni podían resistir. Los insurrectos de Roldan tenían 
siempre más de quinientos indígenas á su servicio; y cuando 
se trasladaban de un punto á otro llevaban por delante más 
de mil que les llevasen camas, bagajes, mantenimientos y 
cuanto deseaban o' podían necesitar. 

Terminada la insurrección, el Almirante no se encontró' 
con fuerza moral bastante para impedir aquel abuso, que 
también tenía imitación entre sus soldados, porque lodo estaba 
reciente y vedriado y en peligro, como dice el P. Las Casas, o' 
á lo menos duraba el temor. En esta situación tuvo por mejor 
consentirlo, imponiendo á los colonos que en su servicio 
ocupaban á los indios, la obligación de instruirlos en los 
principios religiosos, y aún escribió' á los Reyes disculpando 
aquel exceso, cuyo alcance él conocía muy bien, y pidiendo 
se tolerase por un año o' dos; es decir, hasta que la admi- 
nistración se consolidara , el orden fuera más estable y 
viniendo nuevos colonos y oficiales reales de la madre patria 
recobrase alguna fuerza la autoridad. 

Así nacieron y se establecieron aquellos llamados repar- 
timientos y luego encomiendas, que fueron una de las causas 
principales de la despoblación de la isla. También ¡Duede 
asegurarse que nunca se dieron los indios á los españoles 

Cristóbal Colón, t. ii. — 40. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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para que los enseñasen ni los instruyesen en la doctrina 
cristiana, ni en otra cosa alguna, sino para que se sirviesen 
de ellos: aquella fué la excusa de tan injustificable abuso, el 
pretexto para que continuara el indebido vasallaje. 

Cristóbal Colón, aunque sin juzgar el hecho en toda 
su gravedad ni con la severidad que merecía, no lo tolero' 
sino con carácter de interino, por breve tiempo y como 
obligado por las circunstancias; pero como eran tantos los 
interesados en sostener aquel estado de cosas, pues todos, sin 
excepcio'n, se aprovechaban del trabajo de los indios, sepa- 
rado á poco tiempo el Almirante de una manera violenta de 
la gobernacio'n de la isla, los que le sucedieron, por ganarse 
voluntades, lejos de extirpar aquel abuso, lo aumentaron, 
extendieron el número de encomiendas, acrecentaron los 
indios repartidos, y dieron firmeza y estabilidad á aquella 
atroz injusticia causa de tantos males. 

« Los siguientes gobernadores , escribe indignado el 
Obispo, no ignoraban la vida que acá siempre hicieron los 
españoles, y sus vicios públicos y malos ejemplos, que 
siempre fueron de hombres bestiales ; y si cuando se los 
daban les decian que con cargo que en las cosas de la fe los 
enseñasen , no era otra cosa sino hacer de la misma fé y 
religión cristiana, sacrilego é inexplicable escarnio; y mere- 
cieran los mismos gobernadores que los hicieran no cuatro 
sino catorce cuartos.» 

¡Este es el juicio que merece al P. Las Casas la con- 
ducta de los que sucedieron á Cristóbal Colón en el 
gobierno de la isla Española! 



3*6 



CRISTÓBAL COLÓN 








¿Qué ocurría entretanto en España? ¿Qué sucedía en 
la corte de los .Reyes Católicos, mientras que Cristóbal 
Colón, desde su salida de Sanlúcar de Barrameda, había 
experimentado tantos contratiempos, sufrido tantos traba- 
jos, corrido tan grandes peligros y prestado servicios tan 
eminentes? Aún se encontraban los buques en los principios 
de aquel difícil viaje; tal vez estaba el Almirante amenazado 
de la más horrible suerte en las calmas y el calor de la 
proximidad de la línea, y \í\ sus enemigos personales arre- 
ciaban en la lucha emprendida contra su fama, contra su 
empresa y contra su persona sin reparar en los medios. Don 
Juan de Fonseca se había creído ofendido en la persona de 
su dependiente Jimeno de Bribiesca; los golpes que éste 
recibiera estimábalos dirigidos á su autoridad, y si antes era 
su propo'sito oponer dificultades á la gloriosa empresa del 
descubrimiento, porque con ella se engrandecía aquel extran- 
jero á quien no podía avenirse á tratar como igual, } 7 mucho 
menos como superior, y cuya gloria despertaba su envidia, 
ahora se añadía el deseo de venganza, pues no era posible 
dejar sin reparacio'n aquel ultraje hecho á persona empleada 
por el obispo de Badajoz, y que éste juzgaba hecho en su 
menosprecio. 

Como las ilotas se aprestaban en Sevilla, y de aquel 
centro de contratado' n exclusivo partían los socorros envia- 
dos al Nuevo Mundo, y allí también se recibían los productos 
y las relaciones y documentos que el Almirante remitía, dis- 
ponían de muchos medios para hacer que circulase y se cono- 
ciera todo lo desfavorable antes que hubiera noticia de lo 
que podía causar entusiasmo; y tenían buen cuidado Fonseca 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



317 



y sus oficiales, especialmente Soria y Bribiesca, de que las 
relaciones de los descontentos, holgazanes y hombres de mal 
vivir que de la Española volvían, fueran escuchadas por 
muchos en la ciudad , al paso que las comunicaciones del 
Almirante á los Re} T es sobre los nuevos descubrimientos, las 
muestras de oro, las perlas y cuanto podía contribuir á 
alimentar las esperanzas se reservaba cuidadosamente, y se 
remitía á la corte lo más tarde posible y con el mayor 
secreto, después que ya eran del dominio público y hasta 
habían podido llegar verbalmente á la residencia de los 
Reyes, aumentadas por la exageración popular, las nuevas 
de las enfermedades, de las insurrecciones, de las guerras y 
de los padecimientos que soportaban los españoles de las 
islas de Indias. 

De este modo la atmosfera de disgusto que se creaba 
entre los que tenían parientes y amigos al otro lado de los 
mares, era una base segura para cimentar la impopularidad 
de Colón, á cuyos planes se atribuía la causa de tantas 
desdichas; y en Sevilla se aumentaba la desconfianza y crecía 
el descontento á merced de aquellas odiosas cabalas que un 
puñado de envidiosos ponía en juego, y que sostenían los 
perdidos que de la Española regresaban. 

Los Reyes, por lo mismo que deseaban el aumento y 
prosperidad de la colonia, porque tenían muy alta idea del 
descubrimiento, veían con pena el incesante gasto que oca- 
sionaba ; las muchas necesidades á que era de urgencia 
atender, en tanto que las esperanzas concebidas no se reali- 
zaban, el oro siempre prometido nunca se alcanzaba en las 
cantidades ofrecidas, poniendo al tesoro en continuo apuro, 
que diestra y cautelosamente procuraban aumentar los ene- 
migos del Almirante. 

No escaseaban las maliciosas insinuaciones en contra de 
éste; y aún que ya hemos notado repetidamente el poco o' 
ningún efecto que causaban ciertas calumnias en el ánimo 
recto é ilustrado de los Reyes, y que tenía más crédito con 



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ellos una palabra noble y franca de Cristóbal Colón que 
muchas asechanzas de sus émulos, la gota incesante iba al 
fin quebrantando la peña, y por desgracia los sucesos de la 
isla Española prestaban color de verdad á cuanto mal se 
decía de su administración } T del trato que allí sufrían los 
españoles. 

Era extranjero el Almirante, y ésta fué ciertamente una 
de sus mayores desventuras, y una de las causas de impo- 
pularidad que más se agito' en contra su} T a. Los nobles no 
le miraban con buenos ojos, 3^ se veían postergados por su 
engrandecimiento y por los honores y dignidades que se le 
concedieron; le obedecían de mala voluntad, } T jamás tuvie- 
ron en él la confianza á que le hacían acreedor sus altas 
cualidades. Propalaron la especie de que en la isla Española 
quería dar entrada únicamente á los genoveses, protegiendo 
su comercio, concediéndoles contratas } r privilegios y perju- 
dicando á los españoles, cu} t os intereses nada le importaban; 
y aún llegaron á acusarle de querer alzarse como señor de la 
isla, en unio'n de sus hermanos, o' ceder su gobierno á la 
República de Genova, su patria, que había de recompensarle 
mejor que lo habían hecho los Reyes Cato'licos. 

Esto era absurdo, era increíble; era, además, de todo 
punto calumnioso; pero la envidia no se detiene en barreras 
de ninguna clase, y se repetían como ciertas las ma3 T ores 
monstruosidades, con tal de perjudicar el buen nombre del 
Almirante. 

Cuidado tenía el obispo de Badajoz de hacer que llega- 
sen á manos de los Re} r es todos los memoriales de quejas, 
de agravios y de peticiones que de los descontentos de la isla 
llegaban sin cesar en todas las carabelas ; y además , con 
la más pérfida de las intenciones, procuraba que todos 
cuantos de allí desembarcaban, huyendo del merecido cas- 
tigo o' expulsados por el Almirante, fueran presentándose en 
la corte á reclamar se les pagasen sus atrasos, 3^ las canti- 
dades que por muchos conceptos se les adeudaban, lo cual 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



319 



debía ser mi^ desagradable para el rey don Fernando ; y 
por eso cuidaba Fonseca de que aquella escena se repitiese, 
porque comprendía cuánto perjudicaban á Colón aquellas 
reclamaciones de lo que él debía 3^ no había podido pagar. 

Tan bien aleccionados iban á la corte aquellos haraganes 
y viciosos, que así los califica fray Bartolomé de las Casas, 
que se estacionaban al paso de los Reyes, 3^ les repetían sus 
quejas, para causarles mayor molestia en todas las ocasiones 
en que los veían. Refiere don Fernando Colo'n en sus 
Apuntes l , que «muchos de los rebelados, con cartas desde 
la Española, 3 r otros que se habían vuelto á Castilla, no 
dejaban de presentar informaciones falsas á los Reyes Cato'- 
licos 3^ ¿1 los de su Consejo, contra el Almirante 3 T sus 
hermanos, diciendo que eran mu3 7 crueles, incapaces para 
aquel gobierno, así por ser extranjeros 3^ ultramontanos, 
como porque en ningún tiempo se habían visto en estado de 
gobernar gente honrada; afirmando que si sus Altezas no 
ponían remedio, sucedería la última destrucción de aquellos 
países, los cuales, cuando no fuesen destruidos por su 
perversa administración, el mismo Almirante se rebelaría 3^ 
haria liga con algún Príncipe que le ayudase, pretendiendo 
que todo fuese su3 7 o, por haber sido descubierto con su 
industria 3^ trabajo ; 3^ para salir con este intento escondía 
las riquezas, 3^ no permitía que los indios sirviesen á los 
cristianos ni se convirtiesen á la fé; porque acariciándolos 
esperaba tenerlos de su parte para hacer todo cuanto fuese 
contra el servicio de sus Altezas.» 

«Procedian estos 3^ otros semejantes en estas calumnias 
con tan grande importunación á los Reyes, diciendo mal del 
Almirante y lamentándose de que había muchos años que 
no pagaba sus sueldos, que daban que decir á todos los que 
entonces estaban en la corte. Era de tal manera, que estando 
30 en Granada cuando murió' el serenísimo príncipe Don 



X 



1 Historie del signor Don Fernando Colombo , cap. LXXXV. 



320 



CRISTÓBAL COLÓN 



Miguel, mas de cincuenta de ellos, como hombres sin ver- 
güenza, compraron una gran cantidad de ubas y se metieron 
en el patio de la Alhambra , dando grandes gritos, diciendo: 
que sus Altezas y el Almirante los hacían pasar la vida de 
aquella forma, por la mala paga, y otras muchas deshones- 
tidades é indecencias que repetian.» 

«Tanta era su desvergüenza, que cuando el Rey Cato'- 
lico salia. le rodeaban todos 3^ le cojian en medio, diciendo: 
Paga! paga! — } r si acaso yo y mi hermano, que eramos pages 
de la Serenísima Reina, pasábamos por donde estaban, 
levantaban el grito hasta los cielos, diciendo: — Mirad los 
hijos del Almirante, de los mosquitillos de aquel que ha 
hallado tierras de vanidad y engaño para sepulcro y miseria 
de los castellanos, — y añadiendo otras muchas injurias, por 
lo cual excusábamos pasar por delante dellos.» 



II 



A pesar de este clamor incesante, } r de los tristes 
cuadros que á cada momento repetían los calumniadores, 
que al cabo habían de producir su efecto, tal vez nada 
hubieran conseguido, si las noticias de la isla Española 
hubieran pintado su situación con más halagüeños colores. 
Mas lejos de ser así, el Almirante contaba, según hemos 
visto, sus angustias, y los apuros á que se veía reducido, 
llegando al punto de pedir se enviase un juez letrado que 
conociera de las informaciones practicadas contra los insu- 
rrectos, y apreciara los testimonios recibidos con toda 
imparcialidad. Solicito también se le enviase á su hijo mayor 
don Diego, que debía sucederle en los cargos y dignidades, 
para que tomara parte en la gobernación, no tan so'lo con el 
fin de que fuera entrando en conocimiento de las necesidades 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



321 



de la isla , sino también para que le prestase a}^uda , pues se 
encontraba cansado, enfermo y abatido con tantas contrarie- 
dades y tan continua lucha. 

Entonces los Reyes pensaron seriamente en enviar á la 
colonia un magistrado respetable, que llenase á un tiempo 
todas las exigencias, respondiendo á los deseos de Colón, 
procurando coacl/yuvar á la pacificacio'n de los facciosos , y 
trayendo exactas noticias de la justicia que pudieran tener 
las repetidas quejas que de allá llegaban, y del estado 
general de los negocios. Pero para esto, y para imponer á 
los rebeldes el condigno castigo, si resultaba probada su 
culpabilidad, era necesario que el juez fuera investido de 
facultades extraordinarias que podían lastimar los derechos 
y las prerrogativas del Almirante, Virrey y Gobernador de 
aquellos lejanos países. 

Por eso los Reyes se revistieron de gran prudencia; 
esperaban á cada momento noticias favorables que hicieran 
innecesaria la marcha del juez, } T solamente cuando en el mes 
de Mayo de 1499 vieron por las cartas de Cristóbal Colón 
el triste estado de la isla, se decidieron á nombrar para 
aquel cargo al Comendador de Calatrava, Francisco Boba- 
dilla, dándole las cédulas en 21 de Marzo, y 21 y 26 de 
Mayo de aquel año, aunque se le expidieron con tal parsi- 
monia y detenimiento, dándose tales largas al asunto que 
tardo' más de un año en recibir la orden de ponerse en 
camino. Y es que lo mismo doña Isabel que don Fernando 
abrigaban la esperanza de que el Almirante dominase la 
triste situacio'n porque venía atravesando: no daban crédito 
á las calumnias , ni se fiaban por entero de los informes de 
don Juan de Fonseca, porque pruebas dieron de conocer la 
mala voluntad y la envidia con que miraba cuanto á Colón 
se refería, y deseaban que las medidas que se adoptaran no 
pudieran causar mayores disgustos. 

El Almirante mismo, queriendo alejar toda imputación 
de parcialidad, o' de encono contra Roldan, insistía en el 

Cristóbal Colón, t. ii. — 41. 



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nombramiento del juez pesquisidor, porque los insurrectos 
alegaban, para disculpar su conducta, las supuestas cruel- 
dades é injusticias del .Adelantado, acusándole con evidente 
falsedad de malos tratamientos á los soldados, con otras 
muchas calumnias, y no quería que le censurasen por ser á 
un tiempo juez y parte, como interesado en la defensa de su 
hermano. 

El nombramiento primero contenido en la Real cédula 
de 21 de Marzo de 1499, está evidentemente extendido sin 
salir de los deseos manifestados por Cristóbal Colón, y las 
facultades en ella contenidas no exceden de los procedi- 
mientos que debían intentarse contra los rebeldes. Basta 
para justificar esta afirmacio'n la lectura del principio de la 
cédula : -- « A vos, el Comendador Francisco Bobadilla, 
dice l , salud y gracia: Sepades, que D. Cristóbal Colon, 
nuestro Almirante del mar Océano de las islas y tierra firme 
de las Indias, nos envió' á hacer relación, diciendo, que 
estando él absenté de las dichas islas en nuestra corte, diz 
que. algunas personas de las que estaban en ellas y un 
Alcalde con ellas, se levantaron en las dichas islas contra el 
dicho Almirante y las Justicias que en nuestro nombre tiene 
puestas en ellas, y que no embargante que fueron reque- 
ridas las tales personas y el dicho Alcalde, que no hiciesen 
el dicho levantamiento y escándalo, diz que no lo quisieron 
dejar de hacer, antes se estuvieron y están en la dicha 
rebelión, y andan por las dichas islas robando y haciendo 
otros males, y daños y fuerzas » 

Dos meses después de conferida esta comisio'n, en 21 de 
Mayo, se nombro' al mismo Bobadilla Gobernador y Juez en 
la isla. Dos reales provisiones se extendieron en la misma 
fecha. Dirigida la una á los Concejos, Justicias, Regidores, 
Caballeros y escuderos, se les participaba la resolución délos 



1 Historia de las Lidias , por fray Bartolomé de las Casas, libro I, capí- 
tulo CLXXVIII. — Colección de documentos inéditos de Indias, tomo XXXVIII. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



Reyes, de que el Comendador Francisco de Bobadilla tu- 
viera por ellos la gobernacio'n é oficio del Juzgado de aquellas 
islas y tierra firme por todo el tiempo que fuera su soberana 
voluntad, y se les mandaba que recibiéndole juramento en 
forma le entregasen en seguida el gobierno. La otra parti- 
cipaba á don Cristóbal Colón, Almirante, y á sus her- 
manos, y á todos los jefes que tenían mandos de fortalezas, 
que se enviaba por Gobernador de las islas y tierra firme al 
Comendador, y les mandaba hacer entrega al mismo sin 
excusa ni dilación alguna de todas las fortalezas, casas, 
navios, armas 3^ pertrechos. 

Lo que determino' tan esencial variación en los dos 
meses que transcurrieron desde Marzo á Mayo, fué la llegada 
de los cinco buques despachados de Santo Domingo, después 
de haber esperado inútilmente la terminacio'n de la insu- 
rreccio'n. Venían en ellos, ó mejor dicho, debían venir sobre 
seiscientos indios prisioneros, para que fueran vendidos 
como esclavos en las ciudades principales de Andalucía, y 
ayudasen á los gastos que ocasionaban las expediciones. 
Habían salido de la isla Española á fines del mes de Octubre, 
después de haber estado dos meses en bahía, cargados, 
aprovisionados y dispuestos á emprender el viaje. Colón 
esperaba y deseaba poder enviar en aquellos barcos la 
noticia de la sumisio'n de los insurrectos, y aunque muchos 
de ellos vinieran á España al mismo tiempo; en la detencio'n 
que sufrieron, viviendo los desdichados indios hacinados en 
los buques, faltos de ejercicio y con escasa alimentación, 
enfermaron y murieron en gran número. La travesía íué 
larga y penosa; se hizo en las mismas condiciones desfavo- 
rables trayendo á bordo cada carabela mucho mayor número 
de hombres de los que era conveniente, y así llegaron á 
Sevilla enfermos la mayor parte , escuálidos y macilentos 
todos, habiendo dejado sepultados gran parte de ellos en los 
abismos del mar. 

Este espectáculo era una prueba animada y conmove- 



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dora de las malas noticias que circulaban. El obispo de 
Badajoz tenía buen cuidado de que los Soberanos ignorasen 
todo cuanto era favorable al progreso de la colonia y 
ala administracio'n del Almirante, y bien se comprende el 
partido que procuraría sacar de la llegada de aquellos 
indios. La reina doña Isabel, siempre defensora de Colón 
y partidaria de la continuacio'n del descubrimiento, había 
mirado desde el principio con pena la triste condicio'n á que 
se quería reducir á los indígenas del Nuevo Mundo. Repug- 
naba á su conciencia cristiana , y á los sentimientos de su 
corazón sensible y tierno que se les tratase como á esclavos; 
pero al verlos sufrir crueles tratamientos, y que se descui- 
dase su asistencia y bienestar cual si no fueran seres racio- 
nales, se exaltaba su espíritu recto y buscaba los medios de 
poner término á aquellos males. 

Aunque concurrieran otras muchas causas, esa fué, sin 
duda alguna, la principal . la que precipito' la resolución y 
ocasiono' el cambio que se nota entre las reales cédulas que 
dejamos referidas. 

Medían, sin embargo, con singular prudencia tanto el 
Re^' como la Reina la gravedad é importancia de la resolu- 
cio'n ; no desconocían que estaban obligados á sostener las 
prerrogativas del Almirante, ni olvidaban por un momento 
los relevantes méritos de éste y el gran servicio que había 
prestado á la monarquía; y esperando constantes los sucesos 
que podían desarrollarse en la isla Española , y podían 
mejorar su situacio'n, sin recurrir á aquel extremo, todavía 
detuvieron por más de un año la salida del nuevo Gober- 
nador. Pero la fortuna no protegía al Almirante. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



325 



III 



Decididos, pues, los R^es á nombrar nuevo Gober- 
nador de la isla Española, su determinacio'n debió' ser cono- 
cida anticipadamente, y antes de que nadie tuviera noticia 
de ella, por el elemento oficial, digámoslo así, por el super- 
intendente y empleados en la Contratacio'n de Indias. Tal 
vez el conocimiento de aquella resolucio'n dio ánimo al obispo 
Fonseca para firmar el permiso que solicitaba Alonso de 
Üjeda, que, según hemos visto, salió' del puerto de Santa 
María en aquel mismo mes de Mayo de 1499, y á su llegada 
á la bahía de Yaquimo, á principios de Septiembre, ya 
propalo' la noticia de haber caído en desgracia el Almi- 
rante. 

Arrecio' en aquellos días y con vista de los poderes 
concedidos al Comendador Bobadilla la saña de los enemigos 
de Cristóbal Colón. En vista de la indecisio'n de los 
Monarcas, que después de hecho el nombramiento no envia- 
ban la orden de embarque, y parecían inclinados á dejar sin 
efecto aquellas disposiciones á la primera noticia favorable, 
volvieron á repetir los pasados cargos , renovaron las voces 
calumniosas, tanto respecto á planes siniestros del Almirante 
y de sus hermanos, que trataban con la República de Genova 
y preferían á los genoveses para especulaciones lucrativas, 
como acerca de los enormes gastos que ocasionaba la colonia 
al erario español y los escasos productos que ofrecía; ha- 
biendo salido engañosas todas las promesas, y mentidas 
ilusiones lo de haberse encontrado las regiones de Ofir, de 
donde tantas riquezas se habían extraído en tiempos remotos. 
Volvió' á insistirse en la crueldad y soberbia con que aquel 
extranjero, engrandecido repentinamente, trataba á los hidal- 





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gos españoles ; se sacaba á plaza la falta de pagas á los 
soldados y de sueldos que el Rey había concedido á los 
oficiales de Hacienda y Gobierno ; y no se quedaba en olvido 
el mal tratamiento de Colón á Jimeno de Bribiesoa, sobre el 
cual se hacían absurdos comentarios, desfigurando por com- 
pleto el hecho y trocando su carácter. 

Nada quizá hubieran conseguido con tanta calumnia, 
porque en todo se veía claramente la mano del obispo 
Fonseca y su inveterado odio á Cristóbal Colón, si por el 
encadenamiento de los sucesos políticos de la nación, 3^ para 
acudir á sofocar el levantamiento de los moriscos de Sierra 
Bermeja, no hubieran tenido los Reyes necesidad de bajar á 
Andalucía en la primavera del año 1500, deteniéndose en la 
ciudad de Sevilla, que era el centro de acción de los ene- 
migos del Almirante. 

Poco tiempo antes habían llegado á Sevilla las dos 
carabelas enviadas por el Almirante con largos despachos 
para los Reyes, informándoles de los deso'rdenes y trastornos 
que se perpetuaban en la Española, y en las que venían los 
dos enviados Miguel Ballester y García de Barrantes, encar- 
gados de dar cuenta verbal y más minuciosa de la conducta 
de los insurrectos, de sus crímenes y desobediencia y de los 
graves males que ocasionaban. 

Pero en los mismos buques venían también procuradores 
o' mensajeros de Francisco Roldan, no reducido todavía, 
audaces aventureros á quienes muy bien conoció' fray Barto- 
lomé de las Casas. Y aunque los informes de Ballester y de 
Barrantes fueran muy claros y muy dignos de estima por la 
calidad de aquellos sujetos, comparándolos con los que 
daban ios contrarios, formaron juicio los Reyes del gran 
desconcierto de la colonia , de lo quebrantada que se veía la 
autoridad del Almirante , de los inmensos daños que se 
ocasionaban por todas partes á los infelices indios, y en una 
palabra de que era urgente poner remedio á aquel estado de 
intranquilidad y de desorden que amenazaba la entera des- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO IX 



327 



truccio'n de la isla. Después de un año de meditarlo con 
calma, no encontraron motivo para variar su pensamiento, 
y al cabo dieron orden á Francisco de Bobadilla para que 
emprendiese el viaje, mandándole también por Cédula Real, 
fecha en Sevilla á 30 de Ma}^o del año 1500, que inmediata- 
mente pagase los sueldos de los oficiales de la Casa Real de 
la parte de rentas que pertenecía á la corona, y que el 
Almirante pagase también lo que era de su cargo, indicio 
claro á nuestro entender, que sobre este extremo de la falta 
de pagas fué donde más se extendieron los que llevaban 
la voz de las quejas de Roldan y su gente, y donde menos 
satisfaccio'n pudieron dar Miguel Ballester y García de 
Barrantes. 

Hubo, además, otra causa grave. El espectáculo que se 
presencio' en Sevilla á la llegada de las dos carabelas era por 
demás significativo, dando desconsoladora idea del estado 
de desmoralizacio'n de la isla Española. En la última capi- 
tulacio'n habían exigido los rebeldes se les permitiera traer 
á España dos o' tres esclavos á cada uno de ellos, en los 
cuales podían contarse las naturales de la isla que tuviesen 
por mujeres o' por amigas; y el Almirante, por no tener 
otro remedio, asintió' á ello, aunque puso por condicio'n que 
tanto los indios como las indias habían de embarcarse 
voluntariamente. 

Desembarcaron á orillas del Guadalquivir aquellos 
soldados tan groseros como crueles y viciosos, llevando cada 

uno de ellos ¡pena causa el escribirlo ! sus esclavos entre 

los que se veían algunas jo'venes en cinta, otras con criaturas 

pequeñas en los brazos todos, tanto ellos como ellas, en 

un estado que inspiraba compasio'n en los corazones más 
endurecidos. ¿Co'mo había de dar su asentimiento á tan 
grande injusticia la magnánima Reina de Castilla? ¿Co'mo 
no había de poner remedio pronto y eficaz á tan extraor- 
dinario abuso de la fuerza? Ni por un momento dudo' Doña 
Isabel: abrazo' desde luego la defensa de los débiles, de los ^ 








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CRISTÓBAL COLÓN 



inocentes, de los oprimidos , y con toda la energía de que 
era capaz su alma tan noble y tan elevada, dispuso que 
inmediatamente, en las mismas carabelas en que había de 
partir el Comendador Bobadilla, fuesen remitidos á su país 
natal aquellos desgraciados isleños, y puestos en libertad, 
sin excusa alguna, en el momento de llegar á la Española. 

Por Real Cédula fecha en Sevilla á 20 de Junio de 
1500 *, se dispuso que Pedro de Torres, contino de la Real 
Casa, hiciera entrega á Bobadilla de los indios que }^a 
estaban recogidos por él á virtud de o'rdenes anteriores, y 
todos se embarcaron en seguida. Llevaba también el Comen- 
dador en este viaje, y como guardia de honor y de confianza, 
veinticinco soldados escogidos, 3^ para cumplir los deseos de 
la Reina y del Almirante sobre la conversión de los indios, 
se embarcaron cinco religiosos franciscanos de gran virtud, 
escogidos por fray Francisco Jiménez de Cisneros. 

Así se formo' la tormenta que había de turbar la gloria 
del Almirante. De la estancia de los Reyes Católicos en 
Sevilla, y del triste espectáculo que allí ofreció' la llegada 
de los pobres indios, partió' el rayo que acibaro' la existencia 
del grande hombre cuando creía comenzar á recoger el fruto 
de sus afanes en la pacificación de la isla, y cortóle Dios la 
urdimbre de la tela que disponía tejer. 



1 Navarrete.— Colección de viajes, tomo II, Doc. núm. CXXXIV. 








Cristóbal Colón, t. ii. — 42. 



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CRISTÓBAL COLON 



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Grave suceso ocurrió en la ciudad de Santo Domingo 
en la mañana del día 23 de Agosto del año 1500. Estaba 
hecho cargo del mando el hermano menor del Almirante, 
don Diego Colon, en tanto que aquél recorría los territorios 
del Bonao y Concepcio'n, asentando el orden, renovando 
amistades y regularizando la cobranza, y el Adelantado 
prestaba el mismo servicio en la distante provincia de 
Xaraguá, donde tanto se habían dejado sentir los daños 
causados por la insurrección. 

En la ciudad levantada á orillas del Ozama todos se 
entregaban á sus trabajos ordinarios, empezando á recoger 
los frutos de la paz, y se iban poniendo en olvido las 
pasadas desventuras , por más que los que habían tomado 
parte muy activa en las revueltas, vivían en cierto estado de 
intranquilidad, por el temor deque al llegar nuevas o'rdenes 
de España, pudiera exigírseles cuenta de aquellos escanda- 
losos hechos, que en su interior comprendían mu}^ bien la 
enormidad de sus delitos . y no podían gozar tranquilidad 
cuando tan manchada estaba su conciencia. 

La ciudad, sin embargo, cobraba cada día mayor 
animacio'n; la vida de los colonos entraba en circunstancias 
normales ; se procuraba que hubiera abundantes subsis- 
tencias , y la industria más desarrollada, la de. la explota- 
ción de las minas, proporcionaba un movimiento constante 
lo mismo entre los españoles que entre los indios, organizán- 
dose escuadras de trabajadores que provistos de las herra- 
mientas necesarias 3^ con acopios de víveres para algunos 
días, salían y entraban, dando á la naciente poblacio'n 
aspecto más animado que el que anteriormente presentara. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



33i 



Aquel día, que era domingo, en las primeras horas de 
la mañana, fueron á avisar al Gobernador don Diego Colon, 
que á vista de la entrada del puerto, y cosa de una legua d 
dos mar adentro, se descubrían dos embarcaciones, que 
esperaban, á no dudar, la hora de la marea para ganar la 
embocadura del río, no pudiendo hacerlo entonces por ser el 
viento recio y contrario. 

Salió' en seguida por su orden una canoa tripulada por 
tres españoles, que lo fueron Juan Arráez, Nicolás de Gaeta 
y Cristo'bal Rodríguez, al que decían por apodo la lengua, 
porque fué el primero que aprendió' la de los indios y servía 
de intérprete , con suficiente número de remeros indígenas, 
3^ dirigiéndose á las carabelas, que eran la Antigua y la 
Gorda, que salieron de Sevilla á fines del mes de Junio 
anterior, llegaron en breve tiempo hasta ponerse al habla 
con los que en ellas venían. Asomo'se á la obra muerta 
de la Gorda el comendador Francisco de Bobadilla, y sostuvo 
larga plática con los tripulantes de la canoa. 

Preguntaron éstos qué barcos eran aquéllos, y qué 
destino traían: qué personas venían á bordo, y si conducían 
al hijo mayor del Almirante, que éste había solicitado de 
los Reyes se le enviase para que le prestara ayuda en sus 
trabajos. Satisfechas estas preguntas, interrogo' á su vez el 
Comendador para saber si estaban en la ciudad el Almirante 
y el Adelantado, é informado de que ambos se encontraban 
ausentes, dio' su nombre á los de la canoa para que comuni- 
casen su llegada á don Diego, y que traía el cargo de Juez 
pesquisidor por los Reyes Católicos, para averiguar todos 
los sucesos ocurridos en la isla. 

La noticia causo' gran efecto; en unos de alegría, en 
otros de temor, en todos de sorpresa. Don Diego Colón 
no sabía qué pensar de aquella imprevista llegada; mas 
presto le saco de dudas el Comendador mismo, pues cam- 
biando el viento, como de ordinario acontece en aquella 
latitud, poco después de medio día, entraron las carabelas en 



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el río y dieron fondo frente á la ciudad. Aunque Bobadilla 
dio' o'rdenes para que nadie saltase á tierra hasta el siguiente 
día, desde el momento en que fondearon los buques, no 
dejaron de ir á su costado en canoas y barcas muchos espa- 
ñoles deseosos de saber noticias de los que á su bordo 
venían. 

Parece que en ambas márgenes del río había colocadas 
sendas horcas, y en aquel momento pendían de ellas los 
cuerpos de dos malhechores de los cogidos por el Adelan- 
tado, y condenados á pena de muerte por sus delitos. Sobre 
este hecho se fijo' desde luego la atención del comendador 
Bobadilla, y sin salir de su carabela escucho' las decla- 
raciones de algunos de los comprometidos en todas las 
revueltas anteriores, que temían les alcanzase el castigo, y 
refirieron los sucesos de una manera falaz é inexacta, procu- 
rando ganarse la voluntad del nuevo Juez pesquisidor, 
haciendo intencionados cargos para desviar la responsa- 
bilidad de los insurrectos 3^ que toda reca3 T ese sobre Colón 
y sus hermanos. Con tales testimonios, y los cuerpos pen- 
dientes en las horcas tuvo por formado su juicio Bobadilla. 
si no es que lo llevaba ya hecho de antemano. } T determinada 
su conducta. La crueldad del Almirante y del Adelantado 
se dio' ya por justificada, por evidenciada, decidiendo el 
comendador Bobadilla tomar inmediatamente el Gobierno 
de la isla, para lo cual no estaba autorizado, sino en el caso 
de que resultaran de latas y seguras informaciones, verda- 
deros cargos contra aquéllos. Empezó' abusando } T extra- 
limitándose de sus facultades, y el resultado había de ser 
desastroso. 

A la mañana siguiente salió de su carabela el Comen- 
dador precedido de los veinticinco hombres que formaban 
su guardia, y acompañado de los religiosos y oficiales. 
Ctyeron todos misa en la iglesia recientemente terminada, y 
concluida salieron á la plaza y en la puerta misma del templo 
fueron leídas por el Notario las provisiones de los Reyes, 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO X 



333 



nombrando Juez pesquisidor á Bobadilla, y mandando á 
todos que le prestasen a} 7 uda en el desempeño de su cargo. 

En seguida requirió' en forma á don Diego Colo'n para 
que le hiciera entrega de los presos que se encontraban en la 
cárcel , entre los que estaban Pedro Riquelme el amigo de 
Francisco Roldan, y Hernando de Guevara, el que por la 
seducción de la hija de Anacaona había sido causa de la 
última conjuración. Pidió' también los procesos que contra 
éstos y otros presos en la fortaleza se habían formado, pues 
en su cualidad de Juez único, quería revisarlos y hacer que 
en todo se cumpliera la justicia. Tanto don Diego Colo'n 
como Rodrigo Pérez, que era Alcalde mayor de la ciudad, 
se resistieron á la exigencia, exponiendo que tenía los presos 
por ordenes del Almirante y del Adelantado, los cuales 
habían obtenido sus nombramientos de los mismos Re}^es, y 
obraban en virtud de los encargos que habían recibido. Exi- 
gió' á su vez don Diego, que le facilitasen traslado de los 
despachos que traía Bobadilla para comunicarlos al Almi- 
rante. 

Pero el Comendador no pensaba ya en otra cosa que en 
apoderarse del mando cuanto más pronto mejor. Contesto á 
don Diego que si no tenía facultades propias de nada serviría 
el trasladarle las ordenes: y con frases duras y amenazas 
reprodujo su exigencia de que le fueran entregados los 
presos. Requirió' á Miguel Díaz, alcaide de la fortaleza, 
haciendo que se le leyeran también las provisiones reales; 
mas como aquel capitán le respondió' en los mismos términos 
que don Diego Colo'n, añadiendo que no recibía o'rdenes 
más que del Almirante, Bobadilla hizo un vano alarde de 
fuerza, junto' con su guardia todos los hombres de armas 
que quisieron seguirle y dio' á la fortaleza un simulacro de 
ataque, que resulto' enteramente ridículo porque nadie hizo 
resistencia, presentándose únicamente entre las almenas el 
alcaide y su segundo Diego de Alvarado, con las espadas 
desnudas, pero sin hacer uso de ellas. Las gentes del Comen- 








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334 



CRISTÓBAL COLÓN 






dador derribaron la puerta, y se apoderaron de los presos 
sacándolos en triunfo por las calles de Santo Domingo. 

Y ya puesto en este camino, sin esperar la llegada del 
Almirante, ni guardar respeto de ninguna clase, se dirigid 
de propia autoridad á la casa morada de aquél, y la ocupo' 
como si fuera suya, apoderándose de los libros y papeles, lo 
mismo de los que pertenecían á la navegación y observa- 
ciones náuticas, que de los tocantes al gobierno de la isla y 
comunicaciones con los Reyes. Entro' en ella sin formalidad 
previa ni miramiento alguno: y sin guardar el respeto 
debido á la propiedad del Almirante, se estableció' allí, 
usando de sus muebles y ropas, tomando sus arcas } T la 
hacienda que tenía de oro, y plata, y joyas, y aderezos de 
casa; cegándole la pasión, fuera de odio o' de codicia, hasta 
el punto de no conocer que tales procedimientos denunciaban 
un ánimo ruin, y no podían recibir la aprobacio'n de los 
Reyes. 

Y aún llevo' más allá su animosidad y descomedimiento. 
Por mediacio'n del fraile franciscano frav Juan Trasierra y 
del Tesorero Juan Velázquez, le envió á Cristóbal Colón la 
orden de los Reyes en que encargaban diese fe y creencia á lo 
que Bobadilla dijera; pero no la acompaño' de carta alguna, 
al paso que escribió' á Roldan y á todos los que suponía que 
abrigarían resentimientos contra el Almirante y sus her- 
manos, para que supieran su llegada y propo'sitos. 

Colón, sabedor de cuanto ocurría por los mensajeros 
que le envió' don Diego, se aproximo' á Santo Domingo, 
situándose en Bonao; y desde allí dirigió' una carta al 
Comendador, dándole la bienvenida con la mesura y pru- 
dencia que en todos sus actos resplandecían. (.(Nunca ovo 
respuesta del , lo cual fué grande descomedimiento, v señal de 
traer contra el Almirante propósito muy malo,» como dice con 
harta razo'n el P. Las Casas. 




LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



335 



II 



Largamente conferencio el Almirante con fray Juan 
Trasierra y con el Tesorero, pesando la conducta y proceder 
de Francisco Bobadilla , y lo que de tales principios podía 
esperarse; y al cabo inspirándose, como siempre, en la 
elevación de sus miras, y no temiendo se le atropellase de 
modo alguno, cuando tantos servicios había prestado, se 
decidió' á marchar á Santo Domingo y avistarse con el nuevo 
Gobernador de la isla, que así se hacía llamar aquel funcio- 
nario, que ya había puesto á un lado su calidad de Juez 
pesquisidor, antes de ejercitarla como se le había mandado. 

Apenas llego' á noticia del Comendador que el Almi- 
rante se dirigía á Santo Domingo, cuando por primera 
providencia, sin hacerle cargo alguno, sin decirle la causa, 
ni escucharle, prendió' á don Diego Colon, le mando' poner 
grillos como al más temible foragido , y dispuso que le 
condujesen á bordo de una de las carabelas que estaban 
ancladas en el río. 

Tomada esta medida, que desde luego daba la de los 
sentimientos que animaban al nuevo jefe de la colonia, y en 
tanto que se preparaba para recibir al Almirante, se apre- 
suro' á hacer informacio'n de que resultara gran culpabilidad 
en los tres hermanos ; y como en la isla había tanta gente 
perversa 3^ maleante: tantos delincuentes, negociantes 3' 
descontentos de diversa índole, para asegurarse la voluntad 
de todos, y tenerlos propicios á sus intenciones, hizo pregón 
concediendo franquicia para coger el oro, tanto en las minas 
como en los arro3 T os, reduciendo la tercia que se pagaba al 
Rey á la undécima parte de los productos ; providencia 
arbitraria 3^ desacertada, que los Reyes dejaron en seguida 





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sin electo, así como anularon otras muchas de las que con 
igual propo'sito dicto' el infame Gobernador, guiado única- 
mente por las mezquinas pasiones que agitaban su corazón. 

De propo'sito hemos estampado la calificación de infame 
al tratar del Comendador. La ha usado un escritor apasio- 
nadísimo, y la rechaza, según parece, otro mu} 7 docto; nos- 
otros la creemos justísima, como luego veremos. 

Y como este episodio, ese triste suceso, por tantos con- 
ceptos lamentable, se presta á tan profundas consideraciones, 
y conmueve el ánimo hasta el extremo de no poder estudiarlo 
con la debida tranquilidad, no queremos hacer nuestra na- 
rración de cuenta propia, sino valiéndonos de los escritos de 
los contemporáneos. 

Hizo el comendador Bobadilla información secreta y 
pública contra el Almirante. «Acusáronlo de malos y crueles 
tratamientos que habia hecho á los cristianos en la Isabela, 
cuando allí pobló, haciendo por fuerza trabajar los hombres 
sin dalles de comer, enfermos y ilacos, en hacer la fortaleza 

y casa suya y molinos y aceña ítem, porque se iban 

algunos á buscar de comer, adonde andaban algunas capi- 
tanias de cristianos, habiéndole pedido licencia para ello, y 
él negándola, y no pudiendo sufrir la hambre, que los 
mandaba ahorcar. Que no consentia que se baptizasen los 
indios que querian los clérigos y frailes baptizar, porque 

queria mas esclavos que cristianos Acusáronle que hacia 

guerra á los indios, 6 que era causa della injustamente y 
que hacia muchos esclavos para enviar á Castilla. ítem, 
acusáronle que no queria dar licencia para sacar oro, por 
encubrir las riquezas desta isla y de las Indias, por alzarse 
con ellas en favor de algún otro rey cristiano.» 

La falsedad de todos estos cargos corre parejas con su 
enormidad; y con ellas puede igualarse la malicia con que 
se formularon, para que todos los agraviados pudieran dar 
rienda suelta á sus resentimientos, acumulando hechos in- 
exactos, } 7 refiriendo mentiras que de nadie eran creídas. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



337 



De estos cargos y falsas acusaciones, algunas se hicieron 
extensivas á don Diego y al Adelantado para disculpa de los 
procedimientos que contra todos iban á seguirse, tan fuera 
de la justicia como de las instrucciones y facultades que los 
Re\ T es concedieran. 

«Yo vicie el proceso o' pesquisa, dice el venerable Fray 
Bartolomé de las Casas, y della muchos testigos, y los 
cognoscí muchos años, que dijeron las cosas susodichas. 
Dios sabe las que eran -verdad, y con que ra%pn é intención se 

tomaban y deponían pero en la honestidad de su persona 

ninguno toco', ni cosa contra ella dijo, porque ninguna cosa 
dello que decir habia » 

A la llegada del Almirante á Santo Domingo se ade- 
lanto' á su encuentro Bobadilla, tal vez para evitar que 
viera la usurpación de su domicilio, a y el recibimiento 
que le bi\o fué mandalle poner unos orillos y metelle en la 
fortaleza, donde ni el Jo vi do ni Je habló mas, ni consintió 
que hombre jamás le hablase '.» Acto de tal naturaleza, 
llevado á efecto contra autoridad tan elevada como era la de 
un Almirante de Castilla, y Virrey de los países nueva- 
mente hallados, y contra persona de tantos merecimientos, 
que tan graneles servicios había prestado y estaba prestando 
á los Reyes, y sin que precediese acusacio'n ni sentencia 
alguna, es de aquellos que no necesitan comentarse. No á 
la luz de nuestras ideas, sino en su tiempo mismo fué juz- 
gado con legítima aversio'n. con verdadera y justa repug- 
nancia. Pero la escena fué además triste y conmovedora: 
verdadero padrón de eterna ignominia para el Comenda- 



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1 «Ya dixe como yo le escrebí i a los frayles, i luego partí assi como le 
dixe muy solo, porque toda la gente estaba con el Adelantado, y también por le 
quitar de sospecha : él quando lo supo echó a Don Diego preso en una carabela 
cargado de fierros, e a mi en llegando fizo otro tanto, i después al Adelantado 
([liando vino Ni le fablé mas á él, ni consintió que fasta oy nadie me haya 
tablado, y fago juramento que no puedo pensar por que sea yo preso.» Esto 
escribió Colón en la carta al ama del príncipe don Juan, y esta era la verdad; 
pues no se hubiera atrevido el Almirante á lanzar afirmaciones que pudieran ser 
desmentidas por Bobadilla. 

Cristóbal Colón, t. ii. — 43. 



338 



CRISTÓBAL COLON 



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dor, y gloriosa aureola de martirio para el inmortal descu- 
bridor. 

A pesar del deseo que abrigaban tantos de ganarse la 
voluntad de Bobadilla y de las mercedes que había conce- 
dido, cuando dio la orden de poner grillos al Almirante no 
hubo uno siquiera de aquéllos, ni aún de los más perversos, 
que se prestase á hacerlo. El noble aspecto de Colón, la 
gravedad de su persona, su resignacio'n misma proclamaban 
su inocencia; y todos conmovidos permanecieron como 
clavados en sus puestos, dejando en patente descrédito al 
Comendador, que hubo de repetir la orden. Entonces se 
adelanto' un cocinero del mismo Almirante, tan desvergon- 
zado como ingrato, llamado Espinosa, que se los remacho', 
escuchando los sollozos de algunos de los presentes. 

((Esto pareció' término muy descomedido y detestable, dice 
el cronista Antonio de Herrera l , y caso digno de com- 
pasión , que una persona puesta en tanta dignidad como 
era un Visore}^ y Gobernador perpetuo, con renombre de 
Almirante del mar Occeano, que con tantos trabajos y 
peligros con aquellos títulos, por singular privilegio de Dios 
escojido, habia ganado para la corona de Castilla y de León 
con obligación de perpetuo agradecimiento, fuese frutado tan 
inhumanamente Muchos afirmaron que nunca fué la inten- 
ción de los Re} T cs que Francisco de Bobadilla, por mu}' 
grandes que eran los poderes que llevaba, tocase en la 
persona del Almirante, y que como cosa de suyo muy cono- 
cida, no se lo advirtieron.» 

En estas palabras está contenida la mayor censura de la 
conducta de Bobadilla. 

El Almirante fué conducido á la fortaleza. Desde allí 
escribió' al Adelantado que entregase los prisioneros que 
había hecho en Xaraguá, y obedeciera á todas las o'rdenes 
del Comendador, viniendo á Santo Domingo. Cuando llego' 

1 Década 1, lib. IV, cap. X. 



LIBRO CUARTO. — CAPITULO X 



339 



á la ciudad don Bartolomé fué tratado de la misma manera 
que lo habían sido sus hermanos; cargado de cadenas y 
llevado á bordo de otra de las carabelas donde con nadie se 
le permitió' comunicar. 

Y entonces sucedió al Comendador lo que á todos los 
que obran violentamente, guiados por mezquinas pasiones y 
fuera de toda razón 3^ justicia. La misma facilidad con que 
se había apoderado del Almirante 3^ de sus hermanos, la 
noble resignacio'n de todos le produjo temor 3 T desasosiego. 
Sin darse, tal vez. cuenta de ello, le salto á la vista y le 
turbo' la conciencia, la comparacio'n entre su inmotivada 
soberbia y la hidalga humildad de sus víctimas, que aunque 
presos no se consideraban humillados, sino ofendidos. Dio' 
o'rdenes severas para que los presos no se comunicasen, ni 
nadie pudiera tener conversacio'n con ellos; porque temía la 
reaccio'n moral que á favor de aquellos hombres verdadera- 
mente ilustres podía producirse en los ánimos. 

El había cambiado en todo las instrucciones que había 
recibido: había abusado de sus poderes é invertido en todo 
el orden natural y lo'gico de los procedimientos. Lo primero 
para que fué facultado, 3 T para lo que se le envió á la Espa- 
ñola, fué para proceder contra los insurrectos. 3 T que desapa- 
recieran los últimos vestigios de las pasadas revueltas, y esto 
lo dejo' para después sin ocuparse de ello. A la jurisdicción 
del Almirante era mu3 T dudoso que estuviera facultado para 
tocar, ni directa ni indirectamente, y mucho menos á su 
persona; y caso de hacer algo contra la primera no debía 
proceder sino después de muy formales 3' completas infor- 
maciones, y cuando de ellas resultaran abusos cometidos por 
su autoridad: 3- lo primero de que se ocupo' fué de atacar á 
las personas sin haber siquiera justificado cargos ni abusos 
de ningún género. 

Y no se alcanza el motivo de esta conducta de Bobadilla 
si no es cre3'éndole adornado de escasas dotes intelectuales, 
y engreído por la confianza que en él depositaron los Re\ r es. 



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Poco se han ocupado los historiadores de su persona: verdad 
que su nombre es padrón de ignominia para todos los cora- 
zones honrados. Gonzalo Fernández de Oviedo le califica de 
hombre honesto y religioso, y el P. Las Casas guarda 
absoluto silencio sobre sus antecedentes y cualidades. Sabe- 
mos solamente que era oficial d empleado de la Casa Real y 
Comendador de la Orden de Calatrava; asegurando algunos 
que era pobre de espíritu y le dominaba la ambicio'n: no 
siendo mucho su talento se desvaneció' al verse nombrado 
para un alto puesto, y se llego' á creer que lo merecía, 
logrando únicamente en su ejercicio poner de relieve su 
nulidad: pues si bien hay muchos que aparentan ser mu}' 
aptos cuando ocupan un lugar secundario y tienen quien 
les mande y les dicte reglas de conducta, aparecen ridí- 
culos cuando salen á primeros puestos y pueden mandar 
á los demás. Bobadilla era un ruin puesto en oficio l , y tales 
fueron sus acciones. Los Reyes mismos le reconocieron 
inepto, pues muy luego le desposeyeron del cargo que no 
era digno de ocupar. 

Mil extraños pensamientos se agitaban en el ánimo de 
Cristóbal Colón durante su larga clausura é incomuni- 
cación en la fortaleza: y las nuevas que pudieron llegar á 
sus oídos, los rumores que podía recoger por lo que á su 
alrededor sucedía y entre sus mismos guardianes, no eran, 
en verdad, muy tranquilizadores. Veía en los actos de 
Bobadilla toda la animosidad y encono de sus enemigos, 
siempre miserables y vengativos, y mucho le dolía el consi- 
derar C|ue con sus calumnias y falsedades hubieran llegado 
apunto de poderle tratar de tan dura suerte; pero abatía 
aún más su ánimo y lastimaba sus sentimientos el compren- 
der que los Reyes desconocían sus derechos, olvidaban sus 
servicios y las grandes muestras de confianza que le habían 

1 ¡Líbrenos Dios 

de un ruin puesto cu oficio ! 

Pon Juan Ruíz de AlarcÓn. — Los favores del mundo. — Jornada III 



LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO X 



34i 



prodigado por ellos ; hollaban sus prerrogativas adquiridas 
en pactos solemnes y ratificadas con repetición, y le entre- 
gaban sin oirle á todo linaje de vejaciones. «Ciertamente 
cosa es esta digna de con morosidad ser considerada, para 
que los hombres ni confien en sus servicios 3^ hazañas, ni 
esperen estar seguros, porque mucho tengan los Príncipes o' 
Reyes por ellas obligados, porque al cabo son hombres y 
mudables, cuanto su ánimo real de muchos es golpeado, y 
pocas veces complidamente á los verdaderos servicios con 
mercedes condignas satisfacen, y muchas con disfavores y 
amortiguada 3^ obliviosa gratitud las que han hecho des- 
hacen. » 

Iguales reflexiones debían hacer don Bartolomé 3^ don 
Diego Colon en sus encierros. Pero si graves consideraciones 
y gravísimo pesar abrumaban á los tres hermanos, aún 
más pesaban sus prisioneros al ensoberbecido Comendador 
de Calatrava. 

Tenía sujetos 3^ aherrojados á los Colones, y sin em- 
bargo, los veía siempre ante sí, cargaban su sueño cual 
tenaz pesadilla, 3^ no le dejaban punto de sosiego. No 
sabemos si alguna vez pudo pasar por su mente la idea de 
deshacerse de ellos, haciéndolos matar públicamente bajo 
cualquier pretexto , y no formaremos cargo tan grave al 
infortunado Bobadilla, que harta odiosidad atrajo sobre sí 
con su miserable conducta , sin que pretendamos agravarla 
ni le presentemos como malvado sin pruebas de su mal 
pensamiento. Nos mueve á sospecharlo, pero nada más que 
á la sospecha, el estado de abatimiento del Almirante, 3^ las 
palabras que pronuncio', tan ajenas de su alma grande, que 
quizá respondían á algunos rumores que desde su prisión 
pudiera haber escuchado. 

Deseoso de librarse de la presencia de aquellos molestos 
prisioneros , que aún encerrados tanto tormento le causaban 
y en tal zozobra le tenían, determino' Bobadilla remitirlos á 
España con los procesos é informaciones que había hecho. 



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342 



CRISTÓBAL COLÓN 



despachando para ello las dos carabelas que en mal hora le 
llevaron á la isla Española. No sabemos si abrigaría la necia 
esperanza de que los Reyes Cato'licos diesen su aprobacio'n 
al inicuo proceder que había tenido, o' si al disponer aquel 
viaje, sin prever sus consecuencias, no hizo más que seguir 
las instrucciones del obispo de Badajoz, que no perdonaba la 
ofensa que recibiera en la persona de Jimeno de Bribiesca; 
es lo cierto que dio' la orden para el viaje. 

((Sospecha ovo harta vehemente, escribe Fray Barto- 
lomé de las Casas, quel Comendador oviese hecho tanta 
vejación y mal tractamiento al Almirante con favor y por 
causa del dicho Obispo Don Juan y si así fué no le arren- 
darla al Señor Obispo la ganancia.» 

Parécenos que en libro de aquel tiempo no se puede 
decir más. 

Con orden del Comendador, Alonso Vallejo, capitán de 
la carabela La Gonlil, reunió' en ella á los hermanos don 
Diego y don Bartolomé Colo'n, y acompañado de algunos 
hombres de armas se presento en la fortaleza para llevar allá 
también al Almirante. 

¿Qué esperaba, qué temía en aquel momento Cristóbal 
Colón? ¿Qué recelos podía abrigar acerca de las intenciones 
de sus declarados enemigos? ¿Qué rumores habían podido 
llegar á sus oídos que le hicieran temer una gran desgracia? 
No podemos decirlo: pero consta de una manera indudable, 
que aquel grande hombre, tan piadoso siempre y tan seguro 
de la protección divina: tan sereno en los peligros, y que 
confiaba su suerte en manos de Dios en las mayores adver- 
sidades , habiendo desafiado tantas veces la muerte sin 
turbación, se encontraba en gran sobresalto y angustia 
cuando se abrieron las puertas de su prisión y se presento' 
en ella Alonso Vallejo con sus soldados. Oigamos á testigo 
que conoció' á las dos personas: 

((Llegando Alonso Vallejo, un hidalgo, persona hon- 
rada de quien luego mas se dirá, á sacalle y llevalle al 



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LIBRO CUARTO. — CAPÍTULO X 



343 



navio, preguntóle con rostro doloroso 3^ profunda tristeza, 
que mostraba bien ¡a vehemencia de su temor: — Vallejo, ¿do'nde 
me lleváis? — respondió' Vallejo : — Señor, al navio vá vuestra 
Señoría á se embarcar. — Repitió' dudando el Almirante: 
-Vallejo, ¿es verdad? — responde Vallejo : -- Por vida de 
vuestra Señoría que es verdad que se va á embarcar. — Con 
la cual palabra se conhorto', y cuasi de muerte á vida resu- 
cito'. — ¿Qué ma} T or dolor pudo nadie sentir? ¿Qué mas 
vehemente turbación le pudo cosa causar?» 

Reunidos á bordo de la carabela Gorda los tres prisio- 
neros, salieron del puerto de Santo Domingo á principios 
del mes de Octubre de 150c). En poco más de un mes había 
consumado su obra Francisco Bobadilla; pero era ésta de 
tanta iniquidad, que apenas se hicieron al mar se presen- ^¿ST 
taron respetuosamente al Almirante el capitán Alonso 
Vallejo, y el maestre de la nave Andrés Martín de la Gorda, 
dueño de la carabela que llevaba su nombre, y con sentidas 
frases y corteses maneras se dispusieron á quitarle los grillos 
que tan injustamente le sujetaban. Y para apreciar debida- 
mente todo el mérito de tan noble accio'n y su significado, es 
necesario recordar que el prudente y honrado Vallejo era 
criado de un caballero de Sevilla, que se llamaba Gonzalo 
Go'mez de Cervantes, tío del obispo de Badajoz don Juan de 
Fonseca, al que debía entregar los presos; é igual cargo 
llevaba Andrés Martín, y bien sabían que por este solo 
hecho habían de incurrir en el desagrado del Comendador y 
del Obispo. Pero el sentimiento de la justicia, y el deseo de 
aminorar un infortunio inmerecido, fué superior en ellos á 
toda consideracio'n egoísta, y ambos se arrodillaron ante 
Colón para librar sus pies de los grillos, emblema de la 
mayor iniquidad. 

No lo consintió' el Almirante. Seguro de su inocencia, 
aguardaba tranquilo á que los Re3^es Cato'licos se los man- 
dasen quitar, si de su orden se los habían echado, o' casti- 
gasen al culpable, si se había atropellado sin su mandato la 




344 



CRISTÓBAL COLÓN 




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i autoridad que representaba. Abrazo con efusión á aquellos 
nobles y desinteresados amigos; 3' bien se comprende por 
este primer paso, que en el viaje vino rodeado de los 
cuidados y atenciones que su estado reclamaba, y que tanto 
Vallejo como Martín procuraron hacerle llevaderas las horas 
de sufrimiento, tratándole como debía serlo el Almirante del 
mar Occéano, consolándole en cuanto estaba de su parte, y 
permitiéndole que escribiera á los R^es } r á varios perso- 
najes de la corte para que tuvieran conocimiento de su 
situacio'n y del atropello de que había sido objeto ', que 
sin duda no quisieron hacerse co'mplices del proceder de 
Bobadilla. 

Hicieron más; pues al fondear en la bahía de Cádiz las 
carabelas en 20 ó 25 de Noviembre, después de un felicísimo 
viaje, hizo Andrés Martín que un servidor del Almirante 
partiese inmediatamente para Granada, donde se encon- 
traban los Reyes, llevando las cartas que Colón había 
escrito durante el viaje, para que recibiendo los Soberanos 
la noticia del atropello cometido, antes de que pudiera trans- 
mitírsela el Obispo, y de ver las informaciones 3 r procesos, 
les causara ma3 7 or efecto, 3^ acudieran con prontitud al 
remedio, como sucedió'. 



III 



En tanto que Cristóbal Colón volvía á España desde 
el mundo que él había descubierto, privado de sus honores 
3- cargado de hierros por la soberbia y la maldad, el comen- 
dador Francisco de Bobadilla empezaba su gobierno bajo los 
peores auspicios, 3 7 tomando medidas enteramente opuestas 



1 Véase en las Aclaraciones y do envíenlos (D). 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



345 



á lo que la justicia reclamaba, y se le había encargado por 
los Reyes, y á lo que requería la buena administración de la 
colonia. 

Cre} r endo asegurar la tranquilidad quiso poner de su 
parte á los alborotadores ; y en algunos de los pliegos en 
blanco que había recibido de los Reyes , escribió á Roldan y 
á otros con ofrecimientos de favor y proteccio'n , y al mismo 
tiempo, sin preceder forma alguna de juicio, puso en libertad 
á Pedro Riquelme, Hernando de Guevara y sus compañe- 
ros, que en procesos legalmente seguidos habían sido decla- 
rados reos de muchos delitos graves; de manera que pa- 
recía bastaba haber perturbado el gobierno de Colón y ser 
su enemigo, para gozar los favores del nuevo Gobernador. 
Y cuando esto sucedía con los jefes, con aquellos desobe- 
dientes y ambiciosos que se habían alzado contra la autoridad 
legítima, puede calcularse cuál sería la suerte de los de más 
baja esfera. Todos fueron perdonados por el comendador 
Bobadilla. Circulaban por las calles de Santo Domingo con 
la ma} T or insolencia y desfachatez, llevando siempre por 
delante algunos infelices indios para que los sirviesen en 
todo, y á los que maltrataban de un modo feroz. Por este 
camino obtuvo también el Comendador buen número de 
testigos que depusieran contra Colón y presentasen bajo el 
aspecto más desfavorable todos los actos de su admi- 
nistración. 

Franquicia para trabajar en las minas; concesión de 
cuantos terrenos se le pedían y repartimiento de indios para 
todos lo trabajos, fueron los medios de que se valía Boba- 
dilla. Las peticiones eran incesantes y cada vez mayores. 
Las vejaciones á los indios no se castigaban, ni tenían 
correctivo; así que cada día era peor su condición, más 
crueles é inhumanos los tratos que sufrían; pues no estando 
acostumbrados al trabajo, y siendo por su constitucio'n física 
y por carácter perezosos, eran obligados con dureza, y 
enfermaban y morían de una manera lastimosa. Se indigna 

Cristóbal Colón, t. ii. — 44. 



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} T con harta razón el P. Las Casas, de que aquellos inofen- 
sivos y sencillos isleños pereciesen bajo la tiranía de hombres 
desalmados, que habían salido por indulto de los calabozos 
de España, donde purgaban sus delitos, y al llegar á la isla 
Española tomaban el orgullo de grandes señores, y se hacían 
servir por los indios cual si tuviesen derecho á ser obede- 
cidos; pues él mismo los vio con los hombros heridos del 
peso de las literas o' palanquines en que se veían forzados á 
pasear á sus despiadados dueños. 

Las consecuencias de este desorden eran fáciles de 
prever. En documento casi desconocido, aunque reciente- 
mente publicado l , el Licenciado Alonso de Zuazo, juez de 
residencia en la Española, escribe á Mr. Xevres, y ponién- 
dole al corriente de cuanto allí sucedía, le refiere que «el 
Almirante Don Cristóbal Colon al descubrir aquel mundo, tuvo 
muy buen celo é temia á Dios, porque era según la fama que allí 
ha quedado, muy buen cristiano; i como á los que con él tenia no 
les daba tanta soltura como les páresela á sus hambrientos apetitos, 
amotináronse contra él algunos, é escribieron cartas á los Reyes 
para colorar su desatino, lo cual fué ocasión para que sus Alteras 
enviasen al Comendador Bobadilla, el cual luego envió preso al 
Almirante, de lo que la Reina Isabel tuvo enojo; é el dicho 
Comendador dispuso que del oro que se sacase é hubiese sacado se 
acudiese á sus Altezas con el tercio ó la mitad, en lugar del 
quinto, é tomó todo el oro que halló á los vecinos para enviar á 
sus Alteras, de que los dichos vecinos se resabiaron mucho é hubo 
grandes alteraciones. » 

Pero tamaño desconcierto, hijo á la vez de la inejotitud 
y del odio, de la rr^or ignorancia y de las más innobles 
pasiones, no podía ser duradero. Sin adelantar la narración, 
diremos que la Providencia y los Reyes le dieron á la par el 
merecido castigo. El indigno Gobernador solo ocupo' su 



1 Colee ció ti de documentos inéditos de Indias, tomo I. — Colón y la histo- 
ria postuma, por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro, pág. 256. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



347 



destino poco más de año y medio. Sabedora la Reina del mal 
trato que sufrían los indios y de la despoblacio'n de la isla 
Española, que iba en alarmante proporcio'n, y cerciorado el 
Rey de la manera desastrosa de administrar la Hacienda 
que llevaba el comendador Bobadilla, le destituyeron á fines 
del año 1501. nombrándole sucesor, que salió' de España en 
13 de Febrero de 1502, con o'rdenes terminantes para que 
enviase á España al Comendador al regreso de aquella 
misma flota, anulase muchas de sus absurdas providencias y 
reparase en su parte más saliente y escandalosa los abusos 
que contra el Almirante y sus propiedades había cometido 
aquél. Pero embarcado con sus riquezas, el mar ahogo su 
envidia y su soberbia para que no gozase el fruto de sus 
malas acciones. 



IV 



Este período importantísimo de la vida de Cristóbal 
Colón y de la historia de la colonia española, que comprende 
desde el nombramiento del comendador Francisco de Boba- 
dilla para el gobierno de la isla Española hasta la llegada del 
Almirante á Cádiz preso y con grillos, aunque breve, ha 
sido objeto del más detenido estudio por todos los historia- 
dores del descubrimiento. 

«No hay escritor español que deje de reprobar el acto 
abusivo y odioso del comendador Francisco de Bobadilla , al 
usar con el Almirante de rigor injustificado. Ponerle grillos 
como á un criminal ordinario, equivalía á signar auto de 

significacio'n apasionada para su entidad jurídica » ha 

dicho no hace mucho un doctísimo amigo nuestro l ; y sin 




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1 El capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro en su libro Colón y 
la historia postuma, pág. 51. 






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embargo, no ha ido tan lejos en la reprobación de aquel 
acto odioso, como de su gran corazo'n podía esperarse; porque 
combatiendo las exageraciones de un polemista tan violento 
como el conde Roselly de Lorgues, ha sido en su ataque algo 
más suave de lo que en otro caso lo hubiera hecho, que tal 
es y ha sido siempre la consecuencia de todas las injusticias 
y de todas las provocaciones. 

La cuestión tiene diversos aspectos, y bajo cualquiera 
de ellos que se la considere, es su resultado favorable á 
Cristóbal Colón. 

Como dato importantísimo para entrar en la apre- 
ciacio'n con el conocimiento necesario, trasladaremos ante 
todo lo que escribe Alonso de Estanques, cronista contem- 
poráneo, cosmógrafo mayor, en su libro titulado: — Crónica 
de los reyes don Fernando y dona Isabel, Reyes de Castilla y de 
Aragón, — cuya obra fué dedicada por su autor al rey don 
Felipe, el Hermoso, marido de la hija de aquellos monarcas, 
y ha permanecido inédita hasta ahora '. 

«Siendo los Católicos Reyes informados, dice, así de 
muchos casos que don Bartolomé Colon habia hecho en el 
tiempo de su gobernación . como otros que el Almirante 
hacia , envió á la isla Española un caballero de la orden de 
Calatrava, dicho Francisco de Bobadilla, como juez de resi- 
dencia, el cual hizo cierto proceso contra el Almirante y sus 
hermanos, á los cuales, como hallase culpados, los hizo 
prender y embarcar en dos carabelas, y en grillos los hizo 
enviar á España, mandándolos entregar al corregidor de 
Cádiz hasta que sus Altezas enviasen á mandar lo que fuesen 
servidos de ellos, y envió' asimesmo á sus Altezas el proceso 
que contra ellos habia hecho, los cuales, como supiesen que 
estaba en Cádiz y en prisiones, enviaron luego á mandar 



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1 Conserva este precioso Códice en su riquísima Biblioteca el Excelen- 
tísimo Sr. 1). Pascual de Gayangos. La parte que se refiere á Cristóbal Colón 
ha sido publicada por el señor Fernández Duro, en su libro Colón y la historia 
postuma. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



349 



que los soltasen, 3^ que ellos se viniesen á la corte, y el 
Almirante vino á besar las manos de sus Altezas, dándoles 
sus disculpas lo mejor quel pudo, y ellos le oyeron muy 
bien y consolaron con tales palabras que quedo' algo con- 
tento, y mandaron luego que le acudiesen con sus rentas y 
derechos que tenían en las islas, porque se los habían 
embargado y detenido cuando fue preso, y siempre y cuando 
estuvo fue tratado de sus Alteras muy honradamente, porque sus 
buenos servicios lo merecían. 

»Sus Altezas enviaron á llamar á Francisco de Boba- 
dilla que viniese á España, dándose por bien servidos del 
del tiempo que allí estuvo, y así partió' fra}^ Nicolás de 
Ovando... pensando que el Almirante don Cristóbal Colon 
podria tener alguna aqueja por haber dado ocasión á que se 
pensase que del no habían sido bien servidos, le mandaron 
llamar ante sí y le dijeron como ellos habían enviado al 
comendador Ovando á la isla Española por gobernador, 
porque los cristianos que habia en ella estaban todos muy 
indinados contra él , y que estaban informados que decian 
que si allá tornara á volver, que le habían de matar, y que 
ellos le querían quitar de aquellas contiendas, porque seria 
mal ejemplo á los indios; que á esta causa no se habia 
de ocupar en cosas de su gobernación, sino servirse de su 
persona en cosas mas arduas y donde Dios fuese mas ser- 
vido y sus reinos mas acrecentados; por tanto que le man- 
daban y encargaban diese cabo á lo que tan buen principio 
habia dado, que era descubrir en aquellos mares otras islas 
o tierras firmes de que se tenia noticia, dándole sus disculpas 
en lo de la prisión, diciendole tuviese por cierto haberles pesado 
mucho della, y que bien habia él conocido, pues en sabiendo, 
como supieron, lo habían mandado remediar, y que él bien 
via el favor que siempre le habían dado y la voluntad que 
ellos tenian de le honrar y hacer merced, lo cual tenían 
siempre, y que tuviese por cierto que las que le habían hecho le 
serian guardadas enteramente, y que si quería confirmación de 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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ellas se la darían, y á su hijo clon Diego mandarían poner 
en la posesión de ello, todo lo cual y otras muchas cosas 
dijeron sus Altezas á don Cristóbal Colon, y él les besó las 
manos por la merced que le hacían en conocer que siempre les 
había sido buen servidor y fiel criado, y que en lo demás que 
le mandaban, que él estaba presto de lo hacer, con lo demás 
que sus Altezas fueren servidos en mandalle, porque no 
habia cosa que él más desease en la vida que servir á sus 
Altezas, los cuales le agradecieron su buena voluntad, y le 
mandaron que se aparejase luego, porque en ello les haría 
mucho servicio, y él así lo hizo, suplicando á sus Altezas le 
mandasen proveer ciertas cosas que él dio' con un memorial 
las cuales le fueron proveídas, y entre ellas fué que fuere 
con él don Hernando su hijo y dos personas que supiesen 
arábigo de quien se pensaba aprovechar, y mandáronle dar 
sus Altezas una carta para el Comendador Nicolás Ovando, 
mandándole que hiciese volver al Almirante todo el oro y 
plata y joyas y otros bienes , muebles y raíces y bastimentos 
de pan y vino y libros y escrituras que el Comendador 
Francisco de Bobadilla le habia tomado á él y á sus her- 
manos, y le hizo merced que pudiese traer de la isla Espa- 
ñola cada un año ciento y once quintales de brazil , por 
razón de la décima parte que habia de haber de los mil 
quintales de brazil que se habían de sacar cada año para el 
arrendamiento que tenían hecho con ciertos mercaderes; 
mandaron asimesmo al gobernador que hiciese acudir á las 
personas que el Almirante pusiese en la dicha isla con los 
derechos de Almirantazgo, por razón de su oficio, y asi- 
mesmo le enviaron á mandar que hiciese guardar y guar- 
dase todos los privilegios y mercedes que habían hecho al 
dicho Almirante.» 

Ahora bien, y prosiguiendo nuestro intento: ¿Había 
causas bastantes para que se enviase á la isla Española 
un juez con atribuciones especiales? ¿Podía considerarse 
al Almirante como culpable directamente de aquellos tras- 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



351 



tornos que en ella ocurrieron? ¿Se podía acusar de ellos 
á sus hermanos? ¿Los Reyes Católicos podían y debían 
nombrar nuevo gobernador, con perjuicio de la autoridad 
concedida al Virre} 7 , sin hacerlo saber á éste y sin escuchar 
sus explicaciones? ¿Podían en rigor de derecho privarle de 
su cargo y anular sus prerrogativas, consignadas en pac- 
tos solemnes y ratificadas ubérrimamente por los mismos 
Reyes? 

Si se recuerdan todos los sucesos que hasta ahora 
llevamos narrados, bien puede darse respuesta satisfactoria; 
y ciertamente si en la gestio'n de los negocios de Indias, no 
hubieran tenido la parte principal, y la direccio'n casi 
absoluta, sujetos enemistados con el Almirante, y que 
cuidaban de desfigurar los hechos 3^ presentarlos por el lado 
más desfavorable, ni los asuntos de la colonia se hubieran 
visto tan comprometidos como se vieron, ni los Reyes 
hubieran tomado una sola de aquellas providencias. Esta 
convicción se adquiere en el estudio desapasionado de aquel 
período; porque las desgracias todas tuvieron origen en la 
falta de subsistencias y recursos, ocasionada por la inten- 
cional tardanza en el despacho de las flotas y por la 
condicio'n de la mayor parte de los hombres que salían de 
España para poblar las islas descubiertas por el genio 
genovés. 

No puede desconocerse que esa cualidad de extranjeros 
perjudico' grandemente en todas sus relaciones lo mismo al 
Almirante que á sus hermanos. Los honores concedidos á 
Colón; las altas investiduras que obtuvo; las prerrogativas 
anexas á los cargos que desempeñaba, le acarrearon gran 
número de envidiosos, que incapaces de comprender su 
mérito y aún de admirar su gloria, so'lo veían en él un 
extranjero, un advenedizo, que pobre y suplicante a}^er á 
vista de todos, se igualaba hoy á la más alta nobleza de 
España y oscurecía con su ciencia y su talento las más 
brillantes hazañas de que aquellos se enorgullecían. 






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CRISTÓBAL COLON 



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Verdad que el establecimiento de la isla Española llego' 
al estado más deplorable en el año 1498. Las noticias 
opuestas, contradictorias que recibían los Reyes sobre el 
origen y causas de aquellos disturbios les pusieron en gran 
conflicto. Pero no se olvide que el Almirante había partido 
para España en Abril de 1496, y que detenido por mil 
insidiosas dilaciones, no pudo salir en nuevo viaje hasta el 
30 de Mayo de 1498. en que zarpo de Sanlúcar de Barra- 
meda, y siguiendo las ordenes reales 3^ sus propios deseos, 
siguió' al descubrimiento de nuevas tierras y no aporto' á 
Santo Domingo hasta fines de Septiembre del mismo año. 

Encontró', en efecto, la colonia en el mayor desorden: 
triunfante la insurreccio'n: oprimidos los indígenas y víctimas 
de los más crueles tratamientos: desconocida la autoridad... 
¿y á quién podía culparse de tan graves males? Si el Almi- 
rante hubiera regresado, y con los recursos necesarios, 
¿habría tomado tantas fuerzas la insurreccio'n? ¿Hubiera 
comenzado siquiera? Cúlpese en primer término á los que 
fueron causa de las detenciones y contratiempos que sufrid 
el apresto de la flota, y después á la codicia y desenfreno de 
los hombres que allá se habían enviado. Ellos, unos y otros, 
eran y son ante el juicio de la posteridad los verdaderos 
causantes de todos los males, de todos los padecimientos, de 
los trastornos, guerras, muertes y ruina que aquejaron á los 
españoles lo mismo que á los indios en aquel nefasto período, 
que no fué sino el anuncio de otros peores, y de mayores 
calamidades, hasta concluir en breve espacio de tiempo con 
el aniquilamiento y desaparicio'n de la raza indígena. 

Desde que el Almirante puso el pie en Santo Domingo, 
hasta que allí desembarco' el comendador Bobadilla, ni 
Colón ni sus hermanos gozaron punto de reposo, en gue- 
rras con los indios y con los insurrectos, en negociaciones 
con los caudillos rebeldes, recorriendo la isla en todas direc- 
ciones, sufriendo todo género de molestias; asediados por la 
traición, por las enfermedades, por el hambre, su existencia 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



353 



no pudo ser más trabajosa, ni más consagrada al servicio de 
los intereses de España, consiguiendo después de tantas p: 
fatigas que el orden recobrase su imperio, que se reconociera 
la autoridad y se vislumbrara una era de mayor tranqui- 
lidad. Lo mismo fray Bartolomé de las Casas, que don Juan 
Bautista Muñoz y Washington Irving, reconocen y deploran 
que cuando después de tiempo tan calamitoso y á costa de 
tantos afanes, había vencido Cristóbal Colón las turbu- 
lencias y peligros que le habían rodeado por mucho tiempo, 
y se gozaba de una calma que ofrecía excelentes resultados; 
cuando esperaba coger el fruto de sus últimas exploraciones 
enviando una expedicio'n al golfo de Paria, y estableciendo 
una colonia para la pesca de las perlas, realizando sus más 
dorados sueños con la ocupacio'n de la tierra firme, se for- 
maba en España la cabala que había de destruir todas sus 
ilusiones 3^ amargar los días de su existencia. 

Para presentar en algún modo responsables al Almi- 
rante y á sus hermanos de lo que en la isla Española 
sucedía, se han citado las manifestaciones de los religiosos 
franciscanos que por indicación del arzobispo Jiménez de 
Cisneros fueron allá en la misma flota que llevo' al Co- 
mendador, y cuyas cartas han sido publicadas reciente- 
mente. 

Fueron éstos fray Francisco Ruiz, á quien se ha creído, 
y no sin fundamento, pro'ximo pariente de Cisneros, cuyo 
secretario fué durante muchos años; el P. Juan de Leudelle, 
francés natural de Picardía, y fray Juan de Robles y fray Juan 
Trasierra, todos de reconocida virtud, doctos y de ejem- 
plares costumbres. Apenas llegados á la isla Española, y 
bajo la impresión dolorosa que en el ¡primer momento reci- 
bieron de las enfermedades, las violencias, la falta de 
alimentos y los suplicios que á su vista se presentaron, 
hubieron de escribir al Arzobispo en términos muy sentidos, 
pero que no eran reflejo de la verdad sino de un sentimiento 
exagerado, de una leal aspiración á que se remediasen 
Cristóbal Colón, t. ii. — 45. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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aquellos males, pero atribuyéndolos erro'neamente á quien 
no era culpable de ellos. 

Léanse íntegras las cartas de los religiosos franciscanos,, 
sin olvidar el Memorial que las acompañaba, que es de 
suma importancia *, y en ellas se encontrarán escritas casi 
textualmente las frases mismas que don Fernando Colo'n 
consigna en el capítulo LXXXV de sus Apuntes, como ver- 
tidas por los calumniadores del Almirante para mover en 
contra suya el ánimo de los Reyes Cato'licos. Más aún: en 
el Memorial se recomienda por los religiosos la aprobacio'n 
de aquella perjudicialísima é inmotivada exención que con- 
cedió el comendador Bobadilla para que por espacio de 
veinte años no contribuyeran con el tercio del oro recogido 
los que se dedicaban á esta labor con el trabajo de los 
pobres indios; orden que desagrado' á los Reyes, y contra la 
cual hizo Cristóbal Colón atinadísimas observaciones en su 
carta á doña Juana de la Torre. 

¿Qué importaba á los frailes recién llegados á la isla 
que los mineros contribuyeran con mayor o' menor cantidad 
para el tesoro real? ¿Qué interés podía llevarles á defender 
aquella absurda medida que el Comendador tomo' con el 
único objeto de atraerse las voluntades de los díscolos? Ese 
no interés de la religión, ni se relacionaba de manera alguna 
con la conversio'n de los indios ; otro era el interés que en 
eso había y que se descubre muy á las claras. 

Para nosotros , las cartas de los piadosos franciscanos 
reflejan la astucia del comendador Bobadilla y la sencillez 
de carácter de aquellos religiosos. Habían hecho el viaje en 
unión con aquel funcionario, que ciertamente cuidaría de 
agasajarlos y tenerlos propicios para que no se opusieran á 
los planes de su soberbia ; } r como á su llegada presenciaron 
escenas cuyas causas no podían apreciar debidamente, pero 
que desgarraban sus corazones, fué harto fácil inducirlos 



Véanse textuales en las Aclaraciones y documentos (E). 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



355 



mañosamente á que recargasen el colorido de aquel cuadro 
pavoroso, haciéndoles concebir la esperanza de que por ese 
medio se obtendría la reparación y con mayor prontitud. 

Y porque los lectores comprendan que esas cartas de los 
religiosos fueron dictadas por una impresio'n del momento; 
por un sentimiento exagerado de piedad, muy natural en 
ellos, vamos á presentar el extracto de ellas, tal cual lo hace 
el docto marino señor don Cesáreo Fernández Duro, que 
ha sido el primero en exponerlas en su obra antes citada. 

«En la flota que condujo al comendador Bobadilla, 
dice, fueron á la Española cuatro religiosos de la Orden de 
San Francisco, elegidos por el arzobispo de Toledo Jiménez 
de Cisneros, grande amigo y protector de Colón, entre los 
más virtuosos y aptos para la evangelizacio'n de los indios. 
De estos frailes, el uno, fray Juan de Leudelle, no era 
español, había nacido en Picardía; ni él ni los otros conocían 
al Almirante, ni tenían intereses o' afecciones en el Nuevo 
Mundo: pues bien, al llegar allí encontraron en tan grave 
situacio'n la colonia, que estimaron de necesidad que viniera 
inmediatamente uno de ellos, fray Francisco Ruiz, secre- 
tario del Arzobispo l , más adelante obispo de Ávila, á dar 
cuenta verbal, escribiendo los otros tres cartas de creencia... 
que venían á decir: 

El P. Leudelle, que según informaba el Comendador, el 
Almirante y sus hermanos se habían querido alzar y ponerse 
en defensa, juntando indios y cristianos, y que el primero 
había expresado á uno de los frailes compañeros importársele 
poco para sus fines lo que tuviera en mientes el Arzobispo 
de Toledo. 

Fray Juan de Robles, «que habían tenido gran trabajo en 
echar de la isla á los señores (Colones) los cuales se pusieron 
en se haber de defender, sino que Dios no les dejo' salir con 



1 Hoy en esto un ligero error. Fray Francisco Ruiz, enfermo y débil 
antes de salir de España, empeoró con la variación, y no pudiendo dedicarse á 
trabajar se decidió á volver por causa de su misma falta de salud. 



356 



CRISTÓBAL COLÓN 



su mal proposito: así rogaba al Arzobispo, por amor de 
Jesuchristo, trabajara como el Almirante ni cosa suya vol- 
viera mas á aquella tierra, porque se destruiría todo y no 
quedarla cristiano ni religioso.» 

Fra}^ Juan de Trasierra, dando gracias á Dios por haber 
salido aquella tierra del poderío del Rey Faraón, suplicaba 
al Arzobispo que ni él ni ninguno de su nación fuera á 
las islas. 

Los tres rogaban por separado se diera crédito á lo que 
diría fray Francisco Ruiz, y acompañaban relación de las 
cosas que se ofrecían, tocantes al provecho de la conversio'n 
de las ánimas, comenzando así: 

«Primeramente: que si sus Altezas quieren servir mucho 
á nuestro Señor, y que la conversión de las ánimas se haga, 
en ninguna manera permitan que el Almirante ni cosa su}^a 
á esta isla vuelva á la haber de gobernar, porque se des- 
truirla todo, y ningún cristiano ni religioso en ella que- 
darla. » 

En su misma gravedad , en la exageracio'n de sus con- 
ceptos, y hasta en la forma en que van expuestos llevan 
su impugnación esas cartas. Bien puede sostenerse que no 
son cartas de los franciscanos, sino de Bobadilla, que en las 
falaces palabras que hizo estampar á aquellos religiosos, 
escribía por conducto respetable , un memorial para dis- 
culpar sus excesos. Y ya los lectores, ciertamente con 
mayor perspicacia, habrán comprendido lo que esas cartas 
significan. 

El P. Leudelle comienza hablando según le informaba el 
Comendador; declaracio'n preciosa que indica el conducto por 
donde recibía sus noticias. ¿Cuándo pudo el xVimirante decir 
á este religioso que le importaban poco las intenciones del 
arzobispo de Toledo? ¿Qué trabajo costo' el echar de la isla 
á los hermanos Colón según se le hizo decir á fray Juan 
de Robles? 

Ya lo hemos dicho. Bobadilla fué reduciendo á prisión 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



357 



uno después de otro á los tres hermanos, sin que opusieran 
fuerza ni resistencia alguna. Don Cristóbal no puso el pie 
en Santo Domingo, después de la llegada del Comen- 
dador, hasta el momento en que éste se apodero' de su 
persona 

Pero hay todavía una más grave consicleracio'n. Las 
cartas de esos religiosos , ni los informes de fray Francisco 
Ruíz pudieron influir de modo alguno en las providencias 
que contra Colón y sus hermanos se tomaron, porque 
aquéllas vinieron en los mismos barcos que trajeron preso al 
Almirante. ¿Qué conocimiento pudieron tomar en poco más 
de un mes que estuvieron en la isla antes de escribirlas? ¿De 
quién pudieron recibir informes y noticias? Todos los histo- 
riadores lo dicen. La desgracia de Colón hizo que todos los 
que se habían insurreccionado contra su autoridad y muchos 
que temían castigos , se apresuraran á congraciarse con la 
nueva autoridad, y luchasen en bajeza por secundar sus 
intentos. Desde el punto en que el acriminar la conducta de 
los tres hermanos se considero' un mérito á los ojos del 
Comendador, y las declaraciones de los delincuentes sirvieron 
para pruebas, la justicia quedo' muy alejada de cuanto al 
Almirante se refería. Las pocas voces que los religiosos 
franciscanos pudieron oir, eran parciales, interesadas, naci- 
das de enemigos declarados; pero aun éstas no llegaron á 
ellos sino por informes del Comendador, como dice fray Juan 
de Leudelle. 

Repetiremos que esas cartas so'lo pueden mirarse como 
una nueva maldad de Francisco de Bobadilla, como un 
rasgo más patente de su astucia, y de los medios arteros de 
que sabía usar para dar á sus malos hechos una interpre- 
tacio'n favorable. 

Y el resultado confirma nuestro aserto. Ni los informes 
del P. Francisco Ruiz fueron atendidos, ni nadie dio crédito 
á las declaraciones que recibió' Bobadilla 3^ con las que formo' 
el proceso del Almirante y de sus hermanos, a Dicho sea en 



358 



CRISTÓBAL COLÓN 





alabanza de los Reyes Católicos; escribe el mismo historiador 
Fernandez Duro r , estas cartas, no más que la información 
de fray Francisco Ruiz y el proceso de Bobadilla desviaron 
el afecto que al Almirante tenían.)) Luego rectamente se 
deduce que los Re}^es conocían el origen de aquellas imputa- 
ciones, y no las creyeron verdaderas. 

El mal estado de la colonia empeoro' visiblemente desde 
el año 1496 al de 1498 por la ausencia del Almirante; pero 
del principio de todas las alteraciones son responsables aque- 
llos que desconocieron su autoridad y desertaron de la isla 
sin causa alguna, abandonando puestos de confianza, y dando 
funesto ejemplo, que por desgracia había de tener muchos 
imitadores; así como de su aumento y gravísimas consecuen- 
cias lo fueron los ambiciosos holgazanes y perturbadores que 
por satisfacer sus apetitos, sin sujecio'n ni trabas de ningún 
género, la redujeron á tan triste estado, y señaladamente los 
que le sucedieron en el mando, 3^ más atentos á su medro 3^ 
utilidad que á los encargos que de los Re3 T es recibieran, 
extremaron el mal trato á los indios, 3 7 contribuyeron á la 
despoblacio'n de la riquísima isla Española. 

Recoge el P. Las Casas 3^ contrapone con admirable 
buen sentido la libertad y proteccio'n que concedió' Bobadilla 
á todos los criminales, con las humillaciones que padecían 
los indígenas, y dice: «Aquí viérades á la gente vil, 3' á los 
azotados 3^ desorejados en Castilla y desterrados para acá 
por homicianos o' homicidas, y que estaban por sus delitos 
para los justiciar, tener á los Reyes y señores naturales por 
vasallos, 3^ por mas bajos y viles que criados. Estos Señores 
tenian hijas o' hermanas o' parientas cercanas, las cuales 
luego eran tomadas o' por fuerza o' por grado, para con ellas 

se amancebar » Refiere varias de las crueldades que 

presencio', y que no trasladamos para que no parezca que 
exageramos, 3 T a que de exagerado se tacha al Apo'stol de las 



1 Colón y la historia postuma, pág. 56. 



LIBRO CUARTO.— CAPÍTULO X 



359 



Indias, porque se conmovía á la vista de los padecimientos 
de aquellos desdichados, y sintetizando la agravación que 
padecieron todos los males de la colonia, y el desorden de 
su administracio'n, concluye diciendo: — a Y esto baste, cuanto 
á dar noticia y raipn del estado de esta isla en tiempo del 
Comendador Bobadilla, después de haber enviado á Castilla 
preso al Almirante.» 



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ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



LIBRO CUARTO 



(A) — Pág. 181 



Documentos referentes á la preparación del tercer viaje 



Carta de CRISTÓBAL COLÓN á los Reyes Católicos, acerca de la población 
y negociación de la ESPAÑOLA y de las otras islas descubiertas y por 
descubrir. 

(Publicada con facsímile en las Cartas de Indias, dadas á la estampa por el Ministerio de 
Fomento, en 1877) 






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Muy altos y poderosos Señores: 

Obedesciendo lo que vuestras altecas me mandaron diré lo que me 
ocurre para la población y negociación asy de la Isla Española como de 
las otras, asy halladas como por hallar, sometiéndome á mejor parescer. 

Primeramente, para en lo de la Isla Española, que vayan hasta en 
número de dos mili vecinos, los que quisieren yr, porque la tierra esté 
mas segura y se pueda mejor granjear é tratar, y servirá para que se 
puedan rebolver y tratar las yslas comarcanas. 

Iten , que en la dicha ysla se hagan tres ó cuatro pueblos é repar- 
tidos en los lugares mas convenientes, c los vecinos que allá fuesen, 
sean repartidos por los dichos lugares y pueblos. 

Iten, que porque mejor y mas presto se pueble la dicha ysla, que 
ninguno tenga facultad para cojer oro en ella, salvo los que tomaren 
vecindad é hiciesen casas para su morada en la población que estuvieren, 
porque vivan juntamente é mas seguros. 

Iten, que cada lugar é población haya su alcalde ó alcaldes con su 
escribano del pueblo, según uso é costumbre de Castilla. 

Cristóbal Colón, t. ii. — 46. 



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CRISTÓBAL COLON 






Iten, que hay?, iglesia y abades é frayles para administración de los 
sacramentos y cultos divinos y para conversión de los yndios. 

Iten, que ninguno de los vecinos pueda yr á cojer oro, salvo con 
licencia del gobernador ó alcalde del lugar donde biviere, y que primero 
haga juramento de volver al mysmo lugar de do saliere á rejistrar 
fielmente todo el oro que ovicre cogydo y ávido, y de volver una vez en 
el mes ó en la semana, según el tiempo le fuere asygnado, á dar quenta 
é manifestar la cantidad del dicho oro, c que se cscriva por el escrivano 
del pueblo por ante el alcalde, y si peresciere, que haya asy mesmo un 
frayle ó abad deputado para ello. 

Iten, que todo el oro que asy se traxere, se haya luego de fundir y 
marcar de alguna manera que cada pueblo señalare, y que se pese y se 
dé y se entregue á cada alcalde en su lugar la parte que pertenesgiere a 
vuestras altecas, y se cscriva por el dicho abad ó frayle de manera que 
no pase por una sola mano, y asy no se pueda cecar la verdad. 

Iten, que todo el oro que se hallare sin la marca de los dichos 
pueblos en poder de los que ovieren una vez registrado por la orden 
susodicha, le sea tomado por perdido, é haya una parte el acusador y lo 
ál para vuestras altecas. 

Iten, que de todo el oro que ovicre se saque uno por ciento para 
la fábrica de las iglesias y ornamentos dellas, é para sustentación de los 
abades ó frayles dellas; y sy parescierc que á los alcaldes y escrivanos se 
dé algo por su trabajo y porque hagan fielmente sus oficios, que se 
remita al gobernador y thesorcro que allá fueren por vuestras altecas, 

Iten, quanto toca á la división del oro é de la parte que ovieren de 
aver vuestras altecas, esto, á my ver, deve ser remitido á los dichos 
gobernador y thesorero, porque averá ser mas ó menos según la cantidad 
del oro que se hallare; ó sy parescierc, que por tiempo de un año ayan 
vuestras altecas la mitad y los cojedores la otra mitad, ca después podrá 
mejor determinarse cerca del dicho repartimiento. 

Iten, que si los dichos abades y escrivanos hicieren ó consintieren 
algún fraude, se le ponga pena é asymesmo á los vecinos que por entero 
no manifestaren todo el oro que ovieren. 

Iten, que en la dicha isla haya thesorero que reciva todo el oro 
pertenesciente á vuestras altecas y tenga su escrivano que lo asiente, é 
los alcaldes y escrivanos de los otros pueblos cada uno tome conosci- 
miento de lo que entregaren al dicho thesorero. 

Iten, porque según la codicia del oro, cada uno querrá mas ocuparse 
de ello que en hacer otras grangerias, paresceme que alguna temporada 
del año se le deva defender la licencia de yr á buscar oro, para que haya 
lugar que se hagan en la dicha ysla otras grangerias á ellas pertene- 
cientes. 

Iten, para en lo de descobrir de nuevas tierras, paresceme se deve 
dar licencia á todos los que quisiesen yr, y alargar la mano en lo del 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



363 



quinto, moderándolo en alguna buena manera, á fin de que muchos se 
dispongan á yr. 

Ahora diré mi parescer para la yda de los navios a la dicha Isla 
Española, é la orden que se deva guardar, ques la siguiente: Que no 
puedan yr los dichos navios á descargar, salvo en uno ó dos puertos para 
ello señalados, y ende registren todo lo que llevaren é descargaren; y 
cuando ovieren de partir, sea de los mismos puertos, é registren todo lo 
que cargaren, porque no se encubra cosa alguna. 

Iten, que cerca del oro que se hoviere de traer de las yslas para 
Castilla, que todo lo que se oviere de cargar, asy lo que fuere de vuestras 
altecas como de cualesquier persona, todo ello se ponga en una arca que 
contenga dos cerraduras con sus llaves, y quel maestro tenga la una, y 
otra presona quel gobernador y thesorero escogieren la otra; é venga 
por testimonyo la relación de todo lo que se pusiere en la dicha arca, é 
señalado, para que cada uno haya lo suyo; y si otro alguno se hallare 
fuera de la dicha arca en cualquier manera, poco ó mucho, sea perdido, 
á fin de que se haga fielmente y sea para vuestras altecas. 

Iten, que todos los navios que vinieren de la dicha ysla, vengan á 
hacer su derecha descarga al puerto de Cádiz , y no salga presona dellos 
ny entren otros, hasta que vayan á los dichos navios la presona ó pre- 
sonas que para ello por vuestras altecas fueren alquiladas, en la dicha 
cibdad, á quienes los maestros manifiesten todo lo que traen y muestren 
la fe de lo que oviesen cargado, para que se pueda ver y requerir sy los 
dichos navios traen cosa alguna encubierta é non manifestada al tiempo 
del cargar. 

Iten, que en presencia de la justicia de la dicha cibdad de Cádiz é 
de quien fuere para ello deputado por vuestras altecas, se haya de abrir 
el arca en que se traxere el dicho oro, y dar á cada vno lo suyo. — 
Vuestras altecas me ayan por encomendado, y quedo rogando á Nuestro 
Señor Dios por las vidas de vuestras altecas y acrecentamiento de muy 
mayores estados. 

•s- 

•S- A- S- 

X M Y 

:Xpo FERENS./ 

La lectura de esta carta y de la otra que en el texto dejamos inserta, 
y el cotejo de sus peticiones con las órdenes de los Reyes Católicos 
consignadas en la Instrucción fecha 23 de Abril de 1497, que á conti- 
nuación se copia, hacen conocer con toda claridad que ésta fué dictada 
teniendo en cuenta los deseos del Almirante, y las cosas que él estimaba 
necesarias para la prosperidad y aumento de la colonia, y para corregir 
algunos de los abusos de mayor bulto que ya se notaban, y especial- 





364 



CRISTÓBAL COLON 



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mente los que podían responder en perjuicio de los derechos de la corona, 
por la defraudación que empezaba á hacerse en el impuesto sobre el oro. 
Esta observación no tiene otro objeto que suplir la falta de fecha que se 
nota en esas dos cartas de Cristóbal Colón ; pues no la tiene ninguna 
de ellas en sus originales, y notando su relación con las Reales disposi- 
ciones de 23 de Abril de 1497, se adquiere la convicción de que fueron 
escritas con anterioridad a aquella fecha, probablemente en los primeros 
meses del mismo año. 



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Real cedida facultando al Almirante para que tome á sueldo hasta 

trescientas treinta personas de los oficios que se señalan 
[Archivo general de Indias. — Registro del Secretario Fernand' Alvarez. — Patr. Est. 1) 



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El Rey é la Reina: por la presente damos licencia é facultad a vos 
don CRISTO VAL Colon, Nuestro Almirante del mar Occéano, para que 
podáis tomar é toméis á sueldo fasta el número de trescientas é treynta 
personas para que estén en las Indias, de los oficios 6 formas siguientes: 
cuarenta escuderos, cien peones de guerra é de trabajo, treinta marineros, 
treinta grumetes, veinte lavadores de oro, cincuenta labradores, diez 
hortelanos, veinte officiales de todos oficios, treinta mujeres, que son 
todas las dichas trescientas 6 treynta personas: las qualcs fagáis pagar á 
sueldo, según se contiene en la Instrucción que cerca dello mandamos 
dar; é si alguno de los dichos oficios ó gente fuere necesario mudarse, ó 
crecer en el número de los unos abajando en los otros, lo podáis facer 
según viéredes é entendiéredes ser complidero al nuestro servicio, é con 
tanto que non sean mas por todos de las dichas trescientas é treynta 
personas. — Fecha en la ciudad de Burgos á veinte y tres dias del mes de 
Abril de mili quatrocientos é noventa y siete años. 

Yo el Rey. Yo la Rey na. 

Por mandado del Rey é de la Reina. — Fernand' Alvarez. — 
Acordada. 



III 



INSTRUCCIÓN que se cita en la Real Cédula que antecede , dada por los 
Señores Reyes Católicos para la población de las islas y tierra firme 
descubiertas y por descubrir en las Indias. 



El Rey é la Reyna: don CRISTOVAL COLON, Nuestro Almirante, 
Visorey é Gobernador del mar Occéano: las cosas que nos paresce que 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



365 



con ayuda de Dios Nuestro Señor se deben é han de fazer é proveer 
para la población de las islas é tierra-firme descubiertas é puestas so el 
nuestro Señorío, é las que están por descobrir á la parte de las Indias en 
el mar Océano, é de la gente que por nuestro mandado allá está é ha de 
ir é estar de aquí adelante, de mas é allende de lo que por otra ins- 
trucción nuestra vos é el Obispo de Badajoz aveis de proveer, es lo 
siguiente: 

Primeramente, que como seáis en las dichas islas, Dios queriendo, 
procuréis con toda diligencia de animar é atraer á los naturales de las 
dichas Indias á toda paz é quietud , é que nos hayan de servir é estar so 
nuestro Señorío é sujeción benignamente, é principalmente que se con- 
viertan á nuestra sancta Fé Católica, y que á ellos, y á los que han de ir 
á estar en las dichas Indias sean administrados los santos Sacramentos 
por los religiosos é clérigos que allá están é fueren: por manera que Dios 
nuestro Señor sea servido y sus conciencias se aseguren. 

ítem: que por esta vez en tanto que Nos mandamos mas proveer, 
hayan de ir é vayan con vos el número de las trescientas é treynta 
personas, cuales vos dijieredes de la calidad é oficios, é según se contiene 
en la dicha Instrucción: pero si á vos paresciere que algunos de aquellos 
se deben mudar, acrecentando ó trocando de unos oficios en otros, ó de 
la calidad de unas personas en otras, que vos ó quien vuestro poder 
oviere lo podáis fazer é fagáis según é en la manera é forma é en el 
tiempo ó tiempos que vieredes ó entendiéredes que cumple á nuestro 
servicio é en bien é utilidad de la dicha gobernación é negociación de las 
dichas Indias. 

ítem: que quando seáis en las dichas Indias, Dios queriendo, hayáis 
de mandar hazer é que se haga en la Isla Española una otra población ó 
fortaleza allende de la que está fecha, de la otra parte de la isla cercana 
al minero del oro, segund é en el logar é de la forma que á vos bien 
visto fuere. 

ítem : que cerca de la dicha población , ó de la que agora está fecha, 
ó en otra parte, cual á vos os parezca dispuesto, se haya de fazer é 
asentar alguna labranza ó crianza para que mejor é á menos costa se 
puedan sostener las personas que están é estarán en la dicha isla; é 
porque esto se pueda mejor fazer, se haya de dar é dé á los labradores 
que agora irán á las dichas Indias, del pan que allá se enviare fasta 
cincuenta cahizes de trigo emprestados, para los sembrar, é fasta veinte 
yuntas de vacas ó yeguas ó otras bestias para labrar, é que los tales 
labradores que así recibieren el dicho pan, lo labren é siembren, é se 
hayan de obligar en lo volver á la cosecha, é pagar el diezmo de la que 
cogieren, é lo restante que lo puedan vender á los cristianos á como 
mejor pudieren, tanto que los precios no exedan en agravio de los que lo 
compraren, porque en tal caso vos el dicho Almirante nuestro, ó quien 
vuestro poder oviere, lo aveis de tasar é moderar. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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ítem: que el dicho número de las trescientas é treynta personas que 
han de ir á las dichas Indias se les haya de pagar é pague el sueldo á los 
precios é segund que hasta aquí se les ha pagado, é en el lugar del man- 
tenimiento que se les suele dar, se les haya de dar é dé del pan que man- 
damos allá enviar á cada persona una fanega de trigo cada mes é doce 
maravedís cada dia, para que ellos compren los otros mantenimientos 
necesarios, los cuales se les hayan de librar por vos el dicho nuestro 
Almirante ó por vuestro lugarteniente ó por los oficiales de nuestros 
Contadores mayores que en las dichas Indias están ó estuvieren, é que 
por vuestras nóminas, libramientos é cédulas en la forma susodicha, les 
haya de pagar ó pague vuestro Tesorero que estuviere en las dichas 
Indias. 

ítem: que si vos el dicho Almirante viéredes é entendieredes que 
cumple á nuestro servicio que allende de las dichas trescientas treynta 
personas se debe crecer el número dellas, lo podáis fazer fasta llegar á 
número de quinientas personas por todas, con tanto quel sueldo é mante- 
nimientos que las tales personas acrecentadas hubieren de haber se pague 
de cualquier mercadurías é cosas de valor que se fallaren é ovieren en las 
dichas Indias, sin que nos mandemos proveer para ello de otra parte. 

ítem: que á las personas que han estado y están en las dichas Indias 
se les haya de pagar é pague el sueldo que les es é fuere debido, por 
nóminas é segund é en la manera que de suso se contiene, é algunas que 
no llevaron sueldo se les pague su servicio segund que á vos bien visto 
fuere, é á las que han servido por otros asimesmo. 

ítem : que á los alcaldes é otras personas principales ó ofhciales que 
han estado é servido é sirven se les haya de acrecentar é pagar é acre- 
cienten é paguen sus tenencias é salarios é sueldos que ovieren de haver, 
segund que á vos el dicho Almirante pareciere que se debe fazer habida 
consideración á la calidad de las personas é á lo que cada uno ha servido 
é sirviere; porque además desto, quando á Dios plegué, que haya de que 
facerles mercedes en las dichas Indias, Nos habremos memoria para gelas 
fazer; lo que se haya de asentar ante los dichos nuestros officiales, é que 
se les haya de librar é pagar en la forma susodicha. 

ítem: que paresciendo herederos del Abad Gallego é Andrés de 
Salamanca, que murieron en las dichas Indias, se les debe pagar el valor 
de los toneles ó pipas que se les gastaron é tomaron por haber ido á las 
dichas Indias contra nuestro vedamiento. 

ítem : en lo que toca al descargo de las ánimas de los que en las 
dichas Indias han fallescido é fallescicren , nos parece que se debe guardar 
la forma que está en el capítulo de vuestro Memorial, que sobre esto nos 
distes, que es el siguiente: «Muchos extrangeros é naturales son muertos 
»en las Indias, é yo mandé por virtud de los poderes que de vuestra 
» Alteza tengo, que diesen los testamentos é se cumpliesen, y dello di 
» cargo á Escobar, vecino de Sevilla, é á Juan de León, vecino de la 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



367 



» Isabela, que bien c fielmente procurasen todo esto, así en pagar lo que 
»debian, si sus albaceas no lo hubiesen pagado, como en recaudar todos 
»sus bienes é sueldos, é que esto todo pasase por ante Justicia é Escri- 
» baño público, y que todo lo que recaudasen fuese puesto en una arca 
» que toviese tres llaves, é que ellos to viesen la una llave, c un Regidor 
» la otra é yo otra ; é que estos dichos sus dineros fuesen puestos en la 
» dicha arca ó estuviesen allí fasta tres años, porque entretanto oviesen 
» lugar sus herederos de los venir ó enviar requerir, é si en este tiempo 
» no requiriesen que se distribuyesen en cosas por sus ánimas. » 

Asimesmo nos paresce quel oro que oviese en las dichas Indias se 
acuñe é faga clello moneda de excelentes de la Granada, segund Nos 
avenios ordenado que se faga en estos nuestros Reinos, porque con esto 
se evitara de fazer fraudes é cautelas del dicho oro en las dichas Indias: 
c para labrar la dicha moneda, mandamos que llevéis las personas é 
cuños é aparejos que ovieredes menester: é para ello vos damos poder 
complido, con tanto que la moneda que se fiziere en las dichas Indias sea 
conforme á las Ordenanzas que Nos agora mandamos fazer sobre la labor 
de la moneda, é los oficiales que la oviesen de labrar guarden las dichas 
ordenanzas so las penas en ellas contenidas. 

ítem : nos parece que los indios con quien está concertado que hayan 
de pagar el tributo ordenado, se les haya de poner una pieza é señal de 
moneda de latón ó plomo que traigan al pescuezo, y que esta tal moneda 
se le mude la figura ó señal que tuviere cada vez que pagare, porque se 
sepa el que no viniere á pagar; é que cada é quando se fallaren por la 
isla personas que no trajieran la dicha señal al pescuezo, que sean presos 
é se les dé una pena liviana. 

ítem : porque en el coger é recabdanza del dicho tributo será menes- 
ter proveer de una persona diligente c fiable que en ello entienda, es 

nuestra merced c mandamos que N tenga el dicho cargo, é que del 

tributo c mercadurías que así recaudare é cogiere é fiziere c pagare, haya 
é lleve para sí cinco pesos ó medidas, ó libras por ciento, que es la vein- 
tena parte de lo que así recaudare c fisiere coger é recaudar. 

Yo el Rey. Yo la Reina. 






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Por mandado del Rey é de la Reina. — Hetmand Alvarez de Toledo. 
— Está firmado. — (Acordado). Hay una rúbrica. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



(B).-Pág. 259 



Documentos sobre la insurrección de Francisco Roldan 



Carta de los rebeldes A el Almirante 



«Ilustre y muy magnífico señor: Vuestra señoría sabrá que por las 
cosas pasadas entre el Adelantado é mí, Francisco Roldan, é Pedro 
Gamez, é Adrián de Muxica, é Diego de Escobar, criados de vuestra 
señoría, c otros muchos que en esta compañía están, fué necesario de 
nos apartar de la ira del Adelantado, é según los agravios habíamos reci- 
bido, la gente que acá está proponia de ir contra el para le destruir; é 
mirando el servicio de vuestra señoría, los dichos Pedro de Gamez, é 
Adrián de Muxica, é Diego de Escobar, c Francisco Roldan, hemos 
trabajado de sostener en concordia y en amor toda la gente que en esta 
compañía está, poniéndoles muchas razones é diciendo cuanto complia 
al servicio del Rey é de la Reina, nuestros señores, no se entendiese en 
cosa ninguna, hasta que vuestra señoría viniese, porque entendíamos, 
que, venido que fuese, miraría la razón que ellos é nosotros teníamos de 
nos apartar, é con muchas razones que aquí no se dicen, hemos estado á 
una parte de la isla esperando su venida, é agora, há ya más de un mes 
que vuestra señoría está en la tierra y no nos ha escrito, mandándonos 
qué es lo que hubiésemos de hacer; por lo cual creemos está muy 
enojado de nosotros, é por muchas razones que se nos han dicho que 
vuestra señoría dice de nosotros, deseándonos maltratar é castigar, no 
mirando cuánto le hemos servido en evitar algún daño que pudiera hallar 
hecho. ¥. pues que así es, hemos acordado, por remedio de nuestras 
honras é vidas, de no nos consentir maltratar, lo cual no podemos hacer 
limpiamente si fuésemos suyos, por ende suplicamos á vuestra señoría 
nos mande dar licencia , que de hoy en adelante no nos tenga por suyos, 
é así, nos despedimos de la vivienda que con vuestra señoría teníamos 
asentada, aunque se nos hace muy grave, pero és nos forzado por 
cumplir con nuestras honras. Nuestro Señor guarde y prospere el estado 
de vuestra señoría como por él es deseado. Del Bonao, hoy miércoles, 
17 dias del mes de Octubre de 98 años. — Francisco Roldan. — Y por 
Adrián de Muxica, Francisco Roldan. — Pedro de Gamez. — Diego de 
Escobar. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



3^9 



II 



Carta de Cristóbal Colón á Francisco Roldan 

« Caro amigo : Rescibí vuestra carta luego que aquí llegué. Después 
de haber preguntado por el señor Adelantado y D. Diego, pregunté por 
vos como por aquel en quien tenia yo harta confianza, é dejé con tanta 
certeza de haber bien de temporar y asentar todas cosas que menester 
fuesen , y no me supieron dar nuevas de vos , salvo que todos á una voz 
me dijeron , que de algunas diferencias que acá habían pasado que por 
ello deseábades mi venida, como la salvación del ánima; y yo, cierta- 
mente, así lo creí, porque aun lo viera con el ojo y no creyera que vos 
habíades de trabajar hasta perder la vida, salvo en cosa que á mí cum- 
pliese, y á esta causa fablé largo con el Alcaide, con mucha certeza que, 
según las palabras que yo le habia dicho y os dijo, que luego verníades 
acá. Allende la cual venida, creí antes desto que aunque acá se hobiesen 
pasado cosas más graves de las que estas pueden ser, que aun bien no 
llegaría, cuando seríades conmigo á me dar cuenta con placer de las cosas 
de vuestro cargo, así como lo hicieron todos los otros á quienes cargo 
dejé, y como es de costumbre y honra dellos; veramente, si en ello 
habia impedimentos por palabras que le farian por escrito, y que no era 
menester seguro ni carta; y que fuera así, yo dije, luego que aquí llegué, 
que yo aseguraba á todos que cada uno pudiese venir á mí y decir lo 
que les placía, y de nuevo lo torno á decir y lo aseguro. Y cuanto á lo 
otro que decís de la ida de Castilla, yo á vuestra causa y de las personas 
que están con vos, creyendo que algunos se querrían ir, he detenido los 
navios diez y ocho dias más de la demora, y detuviera más, salvo que 
los indios que llevan les daban gran costa y se les morian ; paréceme que 
no os debéis creer de ligero y debéis mirar á vuestras honras más de lo 
que me dicen que facéis, porque no hay nadie á quien más toque, y no 
dar causa que las personas que os quieren mal acá ó en vuestra tierra, 
hayan en qué decir, y evitar que el Rey é la Reina, nuestros señores, no 
hayan enojo de cosas en que esperaban placer. Por cierto, cuando me 
preguntaron por las personas de acá, en quien pudiese tener el señor 
Adelantado consejo y confianza, yo os nombré primero que á otro, y les 
puse vuestro servicio tan alto, que agora estoy con pena que con estos 
navios haya de oir lo contrario; agora ved que es lo que se puede ó 
convenga al caso, y avisadme dello pues los navios partieron. 

Nuestro Señor os haya en su guarda. De Sancto Domingo a 20 de 
Octubre. 




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Cristóbal Colón, t. 11. — 47. 



37o 



CRISTÓBAL COLÓN 



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III 












Salvoconducto enviado á Francisco Roldan 

«Yo D. Cristóbal Colon, Almirante del Océano, Visorey y Go- 
bernador perpetuo de las islas y tierra-firme de las Indias, por el Rey 
c la Reina nuestros señores, é su Capitán de la mar y del su Consejo: 

Por cuanto entre el Adelantado, mi hermano, y el Alcalde Francisco 
Roldan y su compañía ha habido ciertas diferencias en mi ausencia, 
estando yo en Castilla, é para dar medio en ello de manera que Sus 
Altezas sean servidos, es necesario que el dicho Alcalde venga ante mí 
é me faga relación de todas las cosas, según que han pasado, caso que 
yo de algo dello esté informado por el dicho Adelantado. E porque dicho 
Alcalde se recela por ser el dicho Adelantado, como es, mi hermano, pol- 
la presente , doy seguro en nombre de Sus Altezas al dicho Alcalde y á 
los que con él vinieren aquí a Sancto Domingo, donde yo esto, por venida 
y estada y vuelta al Bonao, donde él agora está, que no será enojado ni 
molestado por cosa alguna, ni de los que con él vinieren durante el dicho 
tiempo; lo cual prometo y doy mi fe y palabra, como caballero, según 
uso de España, de lo cumplir y guardar este dicho seguro como dicho 
es; en firmeza de lo cual, firmé esta escritura de mi nombre. Fecha en 
Sancto Domingo á 26 dias del mes de Octubre. — El Almirante.» 



IV 



Otro documento de salvoconducto 



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«Cognoscida cosa sea á todos los que la presente vieren, como, 
porque cumple, al servicio del Rey y de la Reina, nuestros señores, que 
venga Francisco Roldan á Sancto Domingo á hablar é tomar asiento é 
concierto con el señor Almirante, el cual se teme del dicho señor Almi- 
rante y de su justicia, y del señor Adelantado, y los que aquí firmamos 
nuestros nombres, decimos que protestamos y damos nuestra fé, cada 
uno de nos como quien es, de no hacer mal ni daño al dicho Francisco 
Roldan ni á ninguno de los de su compañía, que con él vinieren, ni á 
sus bienes, ni consentiremos, á toda nuestra posibilidad, que les sea hecho 
ningún daño á las dichas sus personas y bienes, en todo el tiempo que 
él y ellos vinieren y estuvieren en el dicho Sancto Domingo, con condi- 
ción que él ni ninguno dellos no hagan cosa que sea deservicio de Sus 
Altezas ni del dicho señor Almirante. Fecha en la villa de Sancto 
Domingo á 3 de Agosto de 1499 años. — Alonso Sánchez de Carvajal. — 
Pero Fernandez Coronel. — Pedro de Terreros. — Alonso Malaver. — Diego 
de Alvarado. — Rafael Cataño.» 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



37i 



(C).-Pág. 278 



Cartas del Almirante sobre la insurrección 

(Historia de las Indias, por fray Bartolomé de las Casas. — Madrid. — Imprenta de Miguel 
Ginesta, 1875, libr ° I> ca P- CLXIII). 



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«Después que vine, y, con tanta gente y poderes de Vuestras 
Altezas, él se mudase de su primero propósito y dijese esto, yo quisiera 
salir á él, mas hallé que era la verdad, que la mayor parte de la gente 
que yo tenia era de su bando; y como fuese gente de trabajo, y yo para 
trabajo los hobiese asueldado, este Roldan y los que con él eran, y los 
otros que ya estaban de su parte, tuvieron forma de los emponer que se 
pasasen con ellos porque no trabajarían y ternian rienda suelta y mucho 
comer y mujeres, y, sobre todo, libertad á hacer todo lo que quisieren; é 
así, fué necesario que yo disimulase, y en fin, vine en concierto que yo 
les diese, de las tres carabelas que había de llevar el Adelantado á des- 
cubrir, las cuales estaban de partida, las dos, y cartas para Vuestras 
Altezas de bien servido y su sueldo, y otras cosas muchas deshonestas; 
é así se las envié allá al cabo del Poniente desta isla allí donde ya tenían 
su asiento; é así he estado siempre en fatiga, de que yo vine hasta hoy 
dia, que es el mes de Mayo del 99, porque aun no se ha ido, y tiene allá 
los navios, y cada dia me hacen saltos y enojos; nuestro Señor lo remedie 
como fuere su servicio. Muy altos Príncipes, cuando yo vine acá, traje 
mucha gente para la conquista destas tierras, los cuales recibí todos por 
importunidad, diciendo ellos que servirían en ello muy bien y mejor que 
nadie, y era al revés, según después se ha visto; porque no venían, salvo 
con creencia que el oro que se decia que se hallaba, y especerías, que 
era á coger con pala, é las especias que eran dellas los líos hechos liados, 
y todo á la ribera de la mar, que no había más salvo echarlo en las 
naos, tanto los tenia ciegos la cudicia; é no pensaban, que, bien que 
hobicre oro, que seria en minas, y los otros metales, y las especias en 
los árboles, y que el oro seria necesario de cavarlo, y las especias cogerlas 
y curarlas. Lo cual todo les predicaba yo en Sevilla, porque eran tantos 
los que querían venir, é yo les cognoscia su fin, que hacia decirles esto, 
y todos los trabajos que suelen sufrir los que van á poblar nuevamente 
tierras de muy lejos. A lo cual todos me respondían que á eso venían, 
y por ganar honra en ello, mas como fuese el contrario, como yo dije, 
ellos, en llegando acá, que vieron que yo les habia dicho la verdad, é, 
que su cudicia no habia lugar de hartarse, quisiéranse volver luego, sin 
ver que fuera imposible de conquistar y señorear esto, y porque yo no se 



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37- 



CRISTÓBAL COLÓN 



lo consentí, me tomaron odio, y no tenían razón, pues que por importu- 
nidad los habia traido y, hablando claro que yo venia á conquistar, y no 
por volver luego como aquel que ya habia visto otras semejantes, y que 
tenia cognoscido su inunción; y asimismo me tomaron odio porque yo 
no los consentia ir por la sierra adentro, derramados de dos en dos, ó 
tres en tres, y algunos solos, por lo cual los indios habían muerto 
muchos, á esta causa, por andar así derramados, y mataran más si yo 
no lo remediara, como dije, y llegara su osadía á tanto, que me echaran 
sin debate de la tierra, y si Nuestro Señor no lo proveyera. Rescibí en 
esto grande pena, así como en los bastimentos que yo les habia de 
proveer; y algunos que no podian dar de comer en Castilla á un mozo, 
querrían tener acá seis é siete hombres, y que yo se los gobernase é 
pagase sueldo, que no habia razón ni justicia que los hiciese satisfechos. 
Otros habian venido sin sueldo, digo (bien la cuarta parte), escondidos en 
las naos, á los cuales me fué necesario contentar así como los otros; en ma- 
nera, que, desde entonces , en mayor pena estoy con los cristianos que con 
los indios, y hoy en día no acabo, antes por una parte se ha doblado y 
por otra se me alivia. Dóblaseme por este ingrato desconocido, Roldan, 
que vivia conmigo y los que con él son, á los cuales yo tenia hecha 
tanta honra, y á este Roldan (que no tenia nada), dado en tan pocos 
días, que tenia ya más de un cuento, y á estotros que agora nueva- 
mente se fueron allegando de Castilla, dado dineros y buena compañía, 
así que estos me tienen en pena ; de otra parte estoy aliviado, porque la 
otra gente siembran y tienen ya muchos bastimentos, é saben ya la cos- 
tumbre de la tierra, é se comienza á gustar de la nobleza della y ferti- 
lidad, muy al contrario de lo que hasta aquí se decia; que creo que no 
haya tierra en el mundo tan aparejada para haraganes como esta, é muy 
mejor para quien quisiere ayuntar hacienda, como después diré, por no 
salir del propósito. Así que nuestra gente que vino acá, visto que no 
podian hinchir su cudicia, la cual era desordenada, y aun tanto que 
muchas veces he pensado y creído, que ella haya sido causa que Nuestro 
Señor nos haya cubierto el oro y las otras cosas; porque luego que acá 
salí al campo hice experimentar á los indios cuanto dello podian coger, 
y hallé que algunos eme sabian bien dello cogian en cuatro dias una 
medida que cabía una onza y media, y así tenia yo asentado con todos 
los desta provincia de Cibao, y les aplacia de dar de tributo cada persona, 
hombre y mujer, de catorce años arriba hasta setenta, una medida destas 
que yo dije de tres en tres lunas, y le cogí yo este tributo hasta que fui 
á Castilla, así que esto tengo yo imaginado que la cudicia haya sido 
causa que se pierda. Mas estoy muy cierto que Nuestro Señor, por su 
piedad, no mirará á nuestros pecados, é que en viendo tiempo para ello, 
luego lo volverá con ventaja; la cual gente nuestra, después que vido 
que su parecer no les salia como tenían imaginado, siempre después 
estaban con congoja para se volver á España, é así les daba yo lugar 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



373 



que fuesen en cada pasage, y por mi desdicha, bien que de mi hobiesen 
recibido mucha honra y buen tratamiento, ellos, en llegando allá, decian 
de mí peor que de un moro, sin dar á ello ninguna razón, y me levan- 
taron mil testimonios falsos, y dura esto hoy en dia: mas Dios Nuestro 
Señor, el cual sabe bien mi intención y la verdad de todo, me salvará, 
ansí como hasta aquí hizo, porque hasta hoy no ha habido persona contra 
mí con malicia, que no le haya él castigado, y por esto es bien de echar 
todo el cuidado en su servicio, que él le dará gobierno. Allá dijeron que 
yo habia asentado el pueblo en el peor lugar de la isla, y es el mejor 
della , y dicho de boca de todos los indios de la isla ; y estos que esto 
decian, muchos dellos no habian salido fuera del cerco de la villa un tiro 
de lombarda; no sé qué fé podian dar dello. Decian que morían de sed, 
y pasa el rio allí junto por la villa, aun no tan lejos como de Sancta 
Maria, en Sevilla, al rio; decian que este lugar es el más doliente y es el 
más sano; bien que toda esta tierra es la más sana y de más aguas y 
mejores aires, que otra que sea debajo del cielo, y se debe creer que es 
así , pues que en un paralelo y una distancia de la línea equinoccial con 
las islas de Canaria; las cuales en esta distancia son conformes, mas no 
en las tierras, porque son todas Sierras secas y altísimas, sin agua, ni sin 
íruto, y sin cosa verde, las cuales fueron alabadas de sabios por estar en 
tan buena temperancia, debajo de tan buena parte del cielo, distantes de 
la equinoccial, como ya dije, mas esta Española es grandísima, que boja 
más que España, y muy llena de vegas, y campiñas, y montes, y sierras, 
y rios grandísimos, y otras muchas aguas y puertos, como la pintura 
della, que aquí irá, hará manifiesto, y toda populatísima de gente muy 
industriosa; así que creo que debajo del cielo no hay mejor tierra en el 
mundo. Dijeron que no habia bastimentos, y hay carne y pan y pescado, 
y de otras muchas maneras, en tanta abundancia, que después de llegar 
acá, peones que se traen de allá para trabajar acá, que no quieren sueldo, 
y se mantienen á ellos y á indios que les sirven, y como se puede tomar 
por este Roldan, el cual va al campo, y es más de un año, con 120 per- 
sonas, las cuales traen más de 500 indios que les sirven, é á todos los 
mantienen con mucha abundancia. Dijeron que yo habia tomado el 
ganado á la gente que lo trujo acá, y no trajo nadie dello, salvo yo ocho 
puercas, que eran de muchos; y porque estos eran personas que se 
querían volver luego á Castilla y las mataban, yo se lo defendí porque 
multiplicasen, mas no que no fuesen suyas, de que se ve agora que hay 
acá dellos sin cuento, que todos salieron desta casta, y los cuales yo 
truje en los navios y les hice la costa, salvo el primer gasto, que fué 
70 maravedís la pieza en la isla Gomera. Dijeron que la tierra de la 
Isabela, adonde es el asiento, que era muy mala y que no daba trigo; 
yo lo cogí y se comió el pan dello, y la mas fermosa tierra que se pueda 
cudiciar; una vega de 14 leguas de largo y dos de ancho, y tres y cuatro, 
entre dos sierras, y un rio muy caudaloso que pasa al luengo por medio 



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della, y otros dos, no grandes, así como muchos arroyos que de la sierra 
vienen á ellos, ni por pan de trigo cura nadie, porque estotro es mucho 
y mejor para acá y se hace con menos trabajo. De todo esto me acu- 
saban contra toda justicia, como ya dije, y todo esto era porque Vuestras 
Altezas me aborreciesen a mí y al negocio; mas no fuera así si el autor 
del descubrir dello fuera converso, porque conversos, enemigos son de la 
prosperidad de Vuestras Altezas y de los cristianos, mas echaron esta 
fama y tuvieron forma que llegase á se perder del todo; y estos que son 
con este Roldan, que agora me da guerra, dicen que los más son dellos. 
Acusáronme de la justicia, la cual siempre hice con tanto temor de Dios 
y de Vuestras Altezas, mas que los delincuentes sus feos y brutos delitos, 
por los cuales Nuestro Señor ha dado en el mundo tan fuerte castigo, y 
de los cuales tienen aquí los Alcaldes los procesos. Otros infinitos testi- 
monios dijeron de mí y de la tierra, la cual se ve que Nuestro Señor la 
dio milagrosamente, y la cual es la mas hermosa y fértil que haya debajo 
del cielo, en la cual hay oro y cobre, y de tantas maneras de especias y 
tanta cantidad de brasil, del cual, sólo con esclavos, me dicen estos 
mercaderes, que se puede haber cada año 40 cuentos, y dan razón dello, 
porque es la carga ahí más de tres veces tanto cada año; y en la cual 
puede vivir la gente con tanto descanso, como todo se verá muy presto. 
Y, creo, que, según las necesidades de Castilla y la abundancia de la 
Española, se haya de venir á ella muy presto de allá grande pueblo, y 
será el asiento en la Isabela, adonde fué el comienzo, porque es el más 
idóneo lugar y mejor que otro ninguno de la tierra, como se debe de 
creer pues que Nuestro Señor me llevó allí milagrosamente, que fué que 
no pude ir atrás ni adelante con las naos, salvo descargar y hacer asiento; 
y la cual razón me movió á escribir esta escritura, por la cual dirán 
algunos que no era necesario de relatar fechos pasados, y los ternán por 
prolijos y son tan breves, mas yo comprendí que todo era necesario, así 
para Vuestras Altezas, como para otras personas que habian oido el 
maldecir con tanta malicia y engaño, lo cual se ha dicho sobre cada cosa 
de las escritas, y no solamente de las personas que fueron de acá, é más, 
con mucha crueldad, de algunos que no salieron de Castilla, los cuales 
tenían facultad de probar su malicia al oido de Vuestras Altezas, y todo 
con arte, y todo por me hacer mala obra, por envidia, como pobre 
extranjero; mas en todo me ha socorrido y socorre Aquél que es eterno, 
el cual siempre ha usado misericordia conmigo, pecador muy grande.;. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



375 



II 



Carta de Francisco Roldan al Reverendísimo y muy magnífico señor, 
mi señor el Arzobispo de Toledo 

(Nebulosa de Colón, por Cesáreo Fernández Duro, de la Real Academia de la Historia 
Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1S90, pág. 182 



Como alegación de Francisco Roldan á nombre de sus partidarios, 
para desvirtuar los cargos que el Almirante le formaba en la carta que 
antecede, y nos ha conservado el P. Las Casas, estimamos la que recien- 
temente acaba de dar á la imprenta el incansable colombista don Cesáreo 
, Fernández Duro en el libro que dejamos citado. Se conserva en la 
Biblioteca de la Real Academia de la Historia, — (Est. 26, gr. 4, doc. 
núm. 92) — encontrándola citada en un códice escrito por el monje Jeró- 
nimo fray Antonio de Arpa, que también se guarda en aquélla. Para 
fallar un pleito es necesario oir á las dos partes, según axioma vulgar de 
rigorosa justicia, y en tal concepto es de gran importancia la carta de 
Francisco Roldan , por más que después de leída queda en el ánimo el 
convencimiento de que no es la verdad lo que en ella se escribe, sino la 
disculpa falsa y amañada de graves delitos, que no pueden encontrarla 
en ningún terreno, ni bajo ningún punto de vista que se las considere. 
Por el contrario, en los párrafos de la carta de CRISTÓBAL COLÓN resplan- 
dece la mayor ingenuidad, y todos los hechos que refiere están com- 
probados por muchos y diferentes testimonios que no emanan de su 
influencia. La comparación de ambos escritos justifica cumplidamente 
cuanto en el texto dejamos dicho, y la apreciación que hemos hecho de 
la rebelión y de sus consecuencias. 

La carta dice así : 



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«Muy magnífico señor: la presente es para hacer relación á vuestra 
Reverendísima señoría de las cosas de las Indias hasta hoy dia acaescidas, 
y con deseo de su servicio humildemente suplico quiera oir. — Sabrá 
vuestra Señoría que al tiempo que el Almirante desta isla Española se 
partió, dejó en su lugar por gobernador á su hermano el Adelantado, y 
dejó á mí la vara de justicia por sus Altezas, el cual residió en la gober- 
nación hasta quel Almirante fué venido que llegó á esta isla á quince 
de Agosto de noventa y ocho años. 

»En este dicho tiempo, residiendo en la gobernación el dicho Ade- 
lantado, comenzó de gobernar con tanto rigor que puso á la gente con 
tanto temor, que le cabsó ser de todos desamado, é yo refrenándole algo 
de sus cosas, que me parecían indebidas, tomó odio conmigo, que de su 
mano fizo otro alcalde para seguir su voluntad, y discurriendo así el 
tiempo, cuantos hombres de pro habia á cabsa del mal tratamiento se 



376 



CRISTÓBAL COLON 



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enemistaron con él é se apartaban de su conversación, parecicndoles mal 
sus cosas. 

»En el dicho tiempo, la mayor parte de la gente cristiana estaba 
enferma desta general enfermedad que anda, y junto con esto ovo grand 
seca de los temporales, de que habia gran nescesidad de mantenimientos, 
de la cual cabsa la gente estaba partida en muchas partes para que se 
pudiesen mantener, que no sofría estar juntos. Y los indios como esto 
viesen, conocieron que tal tiempo non habia habido páranos matar, y 
ajuntáronse para lo poner en obra, lo cual le fué dicho al Adelantado. 
Y él se partió de la ciudad Isabela y fuese á la Concebcion, y allí tovo 
manera como prendió muchos caciques, en que ovo uno que ha nombre 
Guayonex, el mas principal hombre de la tierra y de mas gente y de 
todo el concierto, y trayéndolos así presos , soltó al dicho Guayonex y á 
todos los mas principales con él, y aforcó tres de los menores; y esto así 
hecho, tomó consigo cuatrocientos hombres de los mas dispuestos y sanos 
y partióse de ahí y fuese á una provincia que se nombra Xoragua, que es 
de ahí bien setenta leguas, á holgar, diciendo que los iba á poner en 
tributo y á hollar la tierra y visitarla, adonde se estovo cuatro meses. 

»En este tiempo yo quedé en la cibdad Isabela enfermo, y quedaba 
ende un su hermano Don Diego de tan malos respetos como él, y no 
tardaron muchos dias que los indios se tornaron á alzar, y se ayuntaron 
para venir á matar á los cristianos que estaban dolientes y partidos en 
muchas partes, y sin guarda de gente sana, quel Adelantado habia 
llevado, y los caballos. Y como yo supe esto, salí de la ciudad como 
mejor pude y fui por todas las estancias y recogí la gente toda á una, y 
ove nueva como los indios se yuntaban para venir á tomar la fortaleza 
de la Concebcion y derriballa, que en ella non habia sinon ocho hombres 
todos dolientes. Yo me fui á meter en ella con la mas gente que pude, 
y estando ende vinieron gran muchedumbre de indios sobre la dicha 
casa y destruyeron todo lo que pudieron alrededor, y allí dijeron como 
dejaban muertos aquel dia cuatro cristianos que se venían á meter en la 
dicha fortaleza, y como la noche sobrevino, los indios se fueron. Otro dia 
siguiente tornaron sobre la dicha casa y destruyeron unas casas de labra- 
dores que vivian allí cerca, y robáronlos y quemáronlas, y yo salí de la 
dicha fortaleza con los que mas dispuestos se hallaron, y matamos diez y 
siete hombres dellos, y los otros huyeron. 

»Otro dia siguiente tornaron y vinieron grandísima multitud dellos, 
que sin temor llegaron á echar piedras y varas á la puerta de la fortaleza, 
y salimos y matamos muchos dellos, y fuyeron é dejaron destruidos 
todos los buhios que alrededor de la fortaleza teníamos. La gente enferma, 
que de todas las estancias yo habia allegado y puesto en una , morían de 
hambre, que no se podia remediar, é yo dejé la fortaleza é fui á un 
cazabal que tenia comprado para mi mantenimiento y casa, por mis 
joyas y ropas de vestir, y fízelo pan, de donde se fisieron seiscientas 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



377 



cargas, y rcpartílas en la gente como mejor pude, á cada uno lo que le 
pudo caber, esperando á que Dios nos remediase. 

» Fecho esto, yo tomé, á la fortaleza, y la hambre era tanta que 
treinta personas que allí estábamos no nos podíamos sostener y acor- 
damos de nos salir de haí y de nos ir á poner seis leguas de ahí, é un 

cacique que se nombra Mar , que tenia de comer, á nos mantener allí 

ó morir, y como ende fuimos llegados, luego vinieron sobre nosotros una 
grand multitud de indios, y tres dias y noches continuadamente nos 
tovieron cercados echando en nostros piedras y varas, y nosotros 
peleando con ellos matamos muchos dellos, y camparon y dejáronnos, y 
allí nos sostuvimos ciertos dias con harto afán. 

» Pasando así estas cosas, el alcaide de la Concebcion despidió men- 
sageros al Adelantado donde estaba, y como lo supo, respondió diciendo: 
«Otro gobernador hay en la isla que recoge las gentes é las estancias 
y gobierna: yo iré allá y le cortaré la cabeza, y á otros mas de ocho.» 
Como esto él propuso, yo fui dello avisado é hízelo saber á mis amigos, 
y acordamos que el mejor remedio seria, non yendo contra el servicio de 
sus Altezas, de nos apartar del y de su ira, fazta tanto que Dios y Sus 
Altezas nos remediasen, y como esto el Adelantado supiese, caminó para 
se venir á meter en la fortaleza de la Concebcion, y en el camino en una 
casa que se dice la Madalena, quiso prender á un hombre de pro que en 
ella estaba, que se llama Diego Descobar, y á otros que con él estaban, 
los cuales fuyeron del y se vinieron á juntar conmigo, y así nos allegamos 
todos los que sabíamos que tenían enojo de nosotros. 

»De esta venida él se vino y metió en la dicha fortaleza de la Con- 
cebcion, é dende ahí me escribió que viniese á fablar con él, y vine con 
cuatrocientos ó quinientos hombres, y la fabla fué junto á la fortaleza, 
por interpósitas personas, y el fin de la fabla fué requiriéndole que una 
carabela que estaba nueva fecha , que la mandase echar á la mar é que la 
enviase á Castilla, para que enviáramos á faser relación á sus Altezas de 
como estábamos, para que nos mandasen remediar, instando que viese 
donde nos mandaría estar, ó que nos mandaba fazer que servicio fuese 
de sus Altezas, que lo faríamos. A ninguna cosa de todo ello quiso venir, 
diciendo que el Almirante estaba en Castilla con sus Altezas é que no 
era menester fazer otro mensajero, y viendo esto yo me fui á la cibdad 
Isabela y porque la gente andaba desarmada, yo mandé tomar de las armas 
que allí sus Altezas tenían é mandé dar á la gente las que ovieron 

menester por porque nos pudiésemos defender de los enemigos. E yo 

me torné donde había dejado la otra gente, é los allegué, é nos retovimos 
por aquella comarca hasta que sus Altezas enviaron dos carabelas con 
Coronel, vecino de Sevilla. 

«Cuando las dos carabelas fueron llegadas, entraron en el puerto 
de Santo Domingo, y yo fui allí luego, y fueron conmigo una buena 
compaña de gente, con esperanza que habríamos cartas de sus Altezas 





Cristóbal Colón, t. ii. — 48. 



378 



CRISTÓBAL COLÓN 



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y de nuestras casas y parientes, y algún refresco, y como llegásemos 
a! rio junto con la villa, supimos por un mandamiento suyo, como 
hacia proceso contra nosotros, y tovímosnos de la otra parte del rio, de 
donde le fablamos demandándole las cartas de sus Altezas y las otras 
que á cada uno traían, y los bastimentos y cosas que nos enviaban, y 
asimismo nos mandase dar el bastimento que sus Altezas enviaban. Nin- 
o-una cosa quiso fazer, diciendo que pasásemos á nos asentar, por nos 
prender, y cstovimos ende tres dias, que ningund bastimento nos quiso 
mandar dar, y como no nos pudiésemos sostener allí, que non habia que 
comer, nos tornamos á la estanza donde habíamos partido é dejado los 
dolientes, que era en una casa que se llamaba Diego Colon, y como ya 
ahí non habia que comer, ni el cacique lo habría, que todo lo habia 
gastado, dijo que se quería ir, que tenia miedo al Adelantado, y yo le 
dije que no se fuese y no toviesc miedo, que en nombre de sus Altezas 
le asiguraba y asiguré, c que se estoviesc quedo en su casa, y yo me 
partí de allí con harto trabajo y hambre que la gente pasó, de ahí fasta 
Xoragua, que son treinta leguas, adonde fallamos que comer, y por estar 
desviados del y de su ira, asentamos allí y nos proveímos. 

«Pasado todo esto, dende á dos meses, dias mas ó menos, llegaron á 
la isla tres carabelas con las cuales venia Carvajal, y aportaron á un 
puerto cerca de donde yo estaba, c ciertos peones que traia salieron en 
tierra y fuéronse donde yo estaba, diciendo que les habían dicho como 
el Adelantado trataba mal la gente, c yo les dije que fasta que lo viesen 
que non dejasen de ir allí, como el Almirante les habia mandado, los 
cuales no quisieron. Como se quedaron allí, yo los recogí, porque no se 
fuesen desmandados y non los matasen los indios. Y el dicho Carvajal 
desde las carabelas me escribió diciendo que el Almirante venia, y que 
me acercase allá para entender en dar paz y concordia entre él y 
nosotros. 

»E1 Almirante llegó á la isla dende ha pocos dias, y como yo lo supe, 
á la hora partí con una compañía de gente, é me fui al Bonao, que es á 
dos jornadas del puerto de Santo Domingo, donde el Almirante estaba, 
y dende allí envió luego al dicho Carvajal á tablar conmigo, el cual, de 
su parte, mucho ahincadamente me fabló, diciendo que me conformase 
con el Almirante, que aquello era servicio de sus Altezas, y yo, creyendo 
al dicho Carvajal , me vine á ver con el dicho Almirante á Santo Do- 
mingo, adonde me conformé con él y capituló conmigo la paz y amistad, 
é todas las cosas que cerca dello asentamos, yo le dejé por escrito, é 
levé el tanto á mostrar á la gente que habia traído, é gelo fué saber, de 
lo cual fueron mal contentos, y al fin quedó asentado, é yo los torné á 
enviar al Almirante que los firmase y él los firmó y me los envió. 

»E como vido todo lo que así teníamos asentado, porque la gente que 
conmigo estaba me dejase, y se fuese para él, envió un mandamiento al 
Bonao y á la Concebcion, mandando apregonar que todas y cualcsquier 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



379 



personas que viendo la presente, que dentro de quince dias se sirviesen 
presentar antél, y los absentes viniesen dentro de quince dias, so pena 
que aquellos que al dicho plazo non viniesen, que pasado el término que 
faria proceso contra ellos por via de justicia. 

«Como yo vi aquesto y la gente oido el pregón, yo me quise ir y 
dejarlo todo, y lo cual el dicho Carvajal, que de su parte allí habia venido, 
me dijo que le diese otro medio que fuese mejor, porque sus Altezas 
dello serian servidos, y lo contrario faciendo rescebirian deservicio y 
enojo, y sobre esta razón yo me detuve y asenté con el dicho Carvajal, 
en nombre del Almirante, que me diesen dos carabelas y me pagasen 
todo lo que se me debia, á mí y á la gente que conmigo estaba, y los 
puercos que me habían tomado, y que me pusiesen las dichas carabelas 
dentro de tantos dias en Xoragua, é que yo me queria ir á Castilla y 
todos los que conmigo estaban, y con este asiento me partí é me torné a 
la estanza donde solia estar, para adrezar el bastimento que habíamos 
menester. 

»Pasó el término que las carabelas nos habia de dar, puestas en 
Xoragua, como estaba asentado, y dende á tres meses ó mas, fué el 
dicho Carvajal é llevó dos carabelas, las cuales bien vistas, iban tales, 
que non podrían navegar, cerca de lo cual yo ove información de los 
maestros y marineros, los cuales por juramento dijeron que non estaban 
para ir á Castilla, y visto esto non las quise recebir, y el dicho Carvajal 
las envió é mandóles que de camino cargasen brevemente, é así yéndose 
por la mar se abrieron ambas á dos, que le fué forzado dar con ellas á la 
costa por guarecer la gente, y así se perdieron. 

»E1 dicho Carvajal quedó en tierra, y tornándome á importunar me 
hoviese de ir á ver otra vez con el Almirante, é yo le dije que no lo 
haria, porque temia que no me manternia verdad en ninguna cosa, como 
siempre me habia fecho, é que si así lo queria, que se viniese el Almirante 
á Azua, é que yo me acercaría allá á hablar con él, y con esto se partió 
de mí y se fué al Almirante, é dende á ciertos dias el Almirante me 
escribió que él queria venir á Azua, é que vernia por la mar, é yo luí 
por tierra, é allí tornamos al dicho concierto, al cual non fué presente el 
dicho Carvajal, y fueron con el Almirante, Coronel, Vallester y Carrimos 
y otros muchos, adonde se asentó el postrimero concierto y la concordia 
que entre él é mí fué fecha. 

» Antes de aquesto, cuando el Almirante ovo de despachar los navios 
en que habia venido, que fueron cinco, despachados con Cristóbal Quin- 
tero y óvele de dar cierta suma de esclavos, y como supo que yo habia 
asegurado al cacique Diego Colon ya dicho, en nombre de sus Altezas, 
del cual habíamos recibido mucha honra , é nos habia proveído de mante- 
nimiento fasta que no le quedó que comer, como lo vido siguro, mandólo 
cabtivar y cabtiváronlo á él y á su muger y fijos, y á otras doscientas 
ánimas ó mas. Y porque al tiempo que se ficieron é asentaron los 



38o 



CRISTÓBAL COLON 



capítulos de la paz, yo demandaba la cabalgadura, que en nombre de 
sus Altezas estaban asigurados é los había él cabtivado injustamente, me 
lo contradijo mucho el dicho Carvajal , diciendo que el Almirante era 
Visorey é Gobernador, y que él era el que debia dar siguro y non otro; 
que non hablase mas en ello. 

» Muchas cosas habia que fazer saber á vuestra señoría, y quedan por 
no ser enojoso en mi escrito. Y aun porque vuestra señoría lo verá por 
la acusación que vá fecha contra el Almirante y sus hermanos, y aun 
después lo verá mas enteramente en la pesquisa. Nuestro Señor prospere 
al Reverendísimo y muy magnífico estado de Vuestra Señoría así como 
por Vuestra Señoría es deseado. — Fecha en Santo Domingo, á diez dias 
del mes de Octubre. — El siervo que muy omildemente besa las muy 
reverendísimas manos de Vuestra Señoría: Francisco Roldan.-» 



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¡Lástima grande que hasta ahora no haya sido conocido por los 
historiadores del Almirante este importantísimo documento! Bien merece 
un detenido comentario para que todos conozcan lo que desde luego salta 
á la vista, que en él se desfiguran los hechos, se exponen de una manera 
copiosa y se procura presentarlo todo bajo un aspecto de sencillez por 
parte de los rebeldes que está desmentido por la narración misma y á 
despecho de su autor. Si tal fuera nuestro propósito, facilísimo sería el 
demostrar que no se indica siquiera un acto de crueldad, ni aun de doblez 
en don Bartolomé Colón; que se falta descaradamente á la verdad aun 
cuando de una manera muy solapada en el carácter que se atribuye á 
don Diego; y para no citar más que un solo hecho, aunque de los más 
graves, fijaríamos la atención en el modo insidioso y falso con que se 
refiere la seducción de los hombres que desembarcaron de los buques 
mandados por Carvajal, por Pedro de Arana y por Juan Antonio Co- 
lombo. Roldan, que los incitó á faltar á sus deberes y desertar, se presenta 
como consejero que les invitaba á ponerse á las órdenes del Adelantado, 
y supone que los soldados se quejaban de éste, cuando con nadie habían 
podido comunicar desde su salida de la Gomera, ni habían tocado en 
puerto alguno de la isla Española. En toda la carta transpira la doblez, 
y la astucia más refinada se nota en cada una de sus expresiones. Muy á 
tiempo ha venido su publicación para que se complete el conocimiento 
de aquel fatal período, en que la colonia de Santo Domingo llegó á tal 
estado de desorganización y estuvo á punto de sucumbir, no por causa 
de Cristóbal Colón ni de sus hermanos, sino de las mezquinas pasio- 
nes, de la codicia y de la crueldad de sus desobedientes soldados. 

Gran servicio ha hecho á la buena memoria del Almirante nuestro 
amigo el señor Fernández Duro con la publicación de esa carta de Fran- 
cisco Roldan, que tanto contribuye al esclarecimiento de aquellos tristes 
sucesos. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



38i 



III 



Extracto hecho por fray Bartolomé de las Casas de la carta que el Almi- 
rante escribió á los Reyes, exponiendo las razones que existían para 
declarar la nulidad del convenio ó capitulación firmado con los rebeldes 
en 28 de Septiembre de ijpp. 

(Historia de las Indias, lib. I, cap. CLX) 

Escribióles las razones por las cuales no debían de ser guardadas 

á Francisco Roldan y demás que le siguieron en aquella tan escandalosa y 
dañosa rebelión las condiciones, y asiento que con ellos hizo el Almirante, 
y por esto daba nueve razones. 

La primera porque si las concedió, no las hizo ni concedió de su 
propio motu y voluntad, sino hechas y dictadas por él y por ellos se las 
envió hechas y le constriñó la necesidad en que se vido extrema, como 
ha parecido á las firmar. 

La segunda, porque se firmaron en la carabela, y así en la mar 
donde no se usa el oficio de Visorey, sino de Almirante. 

La tercera, porque sobre este hecho y rebelión estaban hechos dos 
procesos, y dada una sentencia contra Roldan y los de su compañía 
condenándoles por traidores, en la cual no pudo el Almirante dispensar 
ni quitarles la infamia. 

Cuarta, porque en la provisión trata sobre cosas de la hacienda 
de Sus Altezas, lo cual no se pudo hacer sin los oficiales de los conta- 
dores mayores, como estaba por los Reyes ordenado y mandado. 

La quinta, porque pidieron que se diese pasaje á todos para Castilla 
y no se exceptuaron ni sacaron los delincuentes que habia enviado de 
Castilla y homicianos. 

La sexta, porque querían ser pagados del sueldo del Rey todos, y 
de todo el tiempo que anduvieron alzados y en deservicio de Sus Altezas, 
siendo, como son, obligados á pagar todos los daños y menoscabos que 
han hecho á los indios y á los cristianos, y á toda la isla, y á la hacienda 
real, y el cesar de los tributos que habían de pagar los indios, y la pér- 
dida de las dos carabelas que fueron por ellos, por el primer asiento que 
ellos quebrantaron, á Xaragua, y el sueldo y bastimento de los marineros, 
lo cual todo por su causa se perdió, y en ello ni en parte dello el Almi- 
rante no pudo dispensar. 

La sétima, porque son obligados á pagar, mayormente Roldan, los 
gastos que se hicieron en Castilla con pagar el sueldo de seis meses á los 
cuarenta hombres que tomó en los tres navios, y los que después se 
pasaron á él, venido el Almirante, los cuales venían cogidos y á sueldo 
de los Reyes para servir ó trabajar en las minas y en otras cosas que se 
les mandasen para servicio de los Reyes, y mas los bastimentos que 




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CRISTÓBAL COLON 



comieron y los fletes de los navios, trayéndolos acá, y fué causa que se 
engrosase con ellos y que no viniesen á obedecer muchos ele los de su 
compañía, como habían escrito sobre ello cartas, y el mismo Roldan, y 
los primeros por quien negocia y pide partido é impunidad son aquellos, 
y con ellos los homicianos. 

La octava, porque el Roldan no mostró, ni señaló, ni nombró Jas 
personas de su compañía, porque para que la provisión que sobre este 
asiento el Almirante les dio tuviese valor y alcanzase efecto, requeríase, 
según dice el Almirante, que mostrase por escritura firmada por ellos 
como se ayuntaban, y porqué fin hacían su ayuntamiento, y en qué 
tiempo, y las condiciones que todos pedian, los cuales se entenderían ser 
de la compañía de Roldan, y no otros. 

La novena, porque el dicho Francisco Roldan, al tiempo que partió 
de Castilla, él y los otros que entonces en el segundo viaje á estas Indias 
vinieron, hicieron juramento sobre un crucifijo y un misal, y dio la fé y 
hizo pleito homenaje de ser leal á sus Altezas y guardar el bien y pro de 
su hacienda, por ante el Obispo de Badajoz, é yo é otros muchos (dice 
aquí el Almirante) que allí estaban, como mas largo parescerá por el 
dicho juramento, el cual está escrito en el libro de los señores Contadores 
mayores; de lo cual todo ha incurrido en el contrario, porque no han sido 
leal ni leales, y ha echado a perder la hacienda y sido causa que se haya 
perdido el tributo, y no solamente este, mas el algodón de sus Altezas, 
que estaba en Xaraguá, le han tomado, y quemado el brasil que estaba 
cogido y tomados las velas y aparejos de los navios, y el ganado. 



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Pág. 344 



Treslado de una carta mensagera qu' el Almirante escrivió 
al Ama del Príncipe Don Juan (que gloria aya) el año 
de i 500 viniendo preso de las indias. l 

(Códice diplomático Cololnbo-Americano, Genova, 1S23, pag. 29S) 



Muy virtuosa Señora, 

Sy mi quexa del mundo es nueva, su uso de maltratar es de muy 
antiguo. Mili combates me ha dado, y á todos resistí, fasta agora que 
non me aprovecho armas ni avisos, con crueldad me tiene echado al 
fundo. La esperanza de aquel que crio á todos me sostiene. Su socorro fué 
siempre muy presto. Otra vez, y non de lexos, estando yo mas baxo, 
me levanto con su braco divino dixiendo: O ombre de poca fee, leván- 
tate, que yo soy; non ayas miedo. 



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ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



383 



Yo vine con amor tan entrañable á servir á estos Principes, y he 
servido de servijo, de que jamas se oyó ni vido. 

Del nuevo cielo e tena que hasia nro Señor, escriviendo San Juan el 
Apocalis, después de dicho por boca de Isayas, me hyso dello mensagero 
y amostro en qual parte. En todos ovo incredulidad, y á la Reyna mi 
Señora dio dello el spiritu de ynteligencia, y esfuerco grande y le hiso 
de todo eredera, como á cara y muy amada fija. La posession de todo 
esto fui yo a tomar en su real nombre. La ygnorancia en que avian estado 
todos, quisieron emendalle, traspasando el poco saber á fablar en yncon- 
venientes y gastos. S. A. lo aprovava al contrario, y lo sostuvo fasta 
que pudo. 

Syete años se pasaron en la plática, y nueve cxsecutando. Cosas 
muy señaladas y dignas de memoria se pasaron en este tiempo : de todo 
non se hiso concepto. Llegue yo, y estoy, que non ha nadie tan vil que 
no piense de ultrajarme; por virtud se contara en el mundo a quien 
puede no consentillo. 

Sy yo robara las Indias, ó tierra que jaz hasc ellas 2 de que agora 
es la fabla del altar de Sant Pedro, y las diera á los moros, no pudieran 
en España mostrarme mayor enemiga. Quien creyera tal a donde 
siempre ovo tanta nobleza? 

Yo mucho quesiera despedir del negocio, si fuera onesto para con 
mi Reyna. El esfuerco de nro Señor y de su A. hyso que yo continuase, 
y por aleviarle algo de los enoyos, en que de causa de la muerte 
cstava 3 , cometí viage nuevo al nuevo cielo c mundo que fasta entonces 
estava oculto. Y sy no es tenido alli en estima, asi como los otros de las 
Indias, no es maravilla, porque salió a parecer de my industria. 

A Sant Pedro abraso el Spiritu Santo, y con el otros doze, y todos 
combatieron acá, y los trabajos y fatigas fueron muchas, en fin de todo 
llevaron la victoria. 

Este viage de Parya crey que apaziguaria algo por las perlas, y la 
fallada del oro en la Española. Las perlas mande yo ayuntar e pescar a 
la gente, con quien quedo el concierto de mi buelta por ellas; y a mi 
comprender, á medida de fanega; sy yo non lo escrivi á Sus Altesas, fue 
porque asy quesiera aver fecho del oro antes. 

Esto me salió como otras cosas muchas: non las perdiera, ni mi 
honrra, sy buscara yo mi bien propio, y dexara perder la Española: o se 
guardaran mis previlegios y asiento ; y otro tanto digo del oro, que yo 
tenia agora junto, que con tantas muertes y trabajos por virtud divina he 
llegado a perfetto. 

Quando yo fui de Paria halle quasi la mitad de la gente en la Espa- 
ñola aleados, y me han guerreado fasta agora, como á moro : y los Indios 





334 



CRISTÓBAL COLÓN 



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por otro cabo gravemente. En esto vino Fojeda, y provo a echar el sello: 
dixo que S. A. le enbiavan con promesas de dádivas y franqueza y paga: 
alligo grande quadrilla, que en toda la Española muy pocos ay salvo 
vaga mundos, y ninguno con muyer y fijos. Este Fojeda me trabajo 
harto. íucle necesario de se yr, y dexo dicho que luego seria de buelta 
con mas navios y gente; y que dexaba la real persona de la Reyna 
nuestra Señora á la muerte. En esto llego Vincente Añes con quatro 
caravelas: ovo alboroto y sospecha, mas non daño, los Indios dixeron de 
otras muchas á los caníbales y en Pana, y después otra nueva de seys 
otras caravelas que traya un hermano del Alcalde; mas fue con malicia: 
esto fue ya á la postre quando ya estava muy rota la esperanca que 
Sus Altezas oviesen jamas de enbiar navios á las Indias, ni nos espe- 
rarlos, y que vulgarmente desyan que S. A. era muerta. 

Un Adlian en este tiempo provo a alearse otra ves, corno de antes: 
mas N. S. no quiso que llegase a efetto su mal proposito: yo tenia pro- 
puesto en mi de non tocar el cabello á nadie; y a este por su ingratitud 
con lagrimas non se pudo guardar asy, como yo lo tenia pensado: a mi 
hermano non Insiera menos, sy me quisiera matar y robar el Señorio, 
que my Rey e Reyna me tenian dado en garda. 

Este Adrián segund se muestra, tenia cnbiado á Don Fernando a 
Xoragua, a allegar a algunos de sus sccaccs, y alia ovo debate con el 
Alcalde, a donde nació discordia de muerte; mas non llego á efecto. El 
Alcalde le prendió, y á parte de su quadrilla; y el caso era que el los 
iusticiaba, sy yo non proveyere: estovieron presos esperando caravela en 
que se fuesen: las nuevas de Fojeda, que yo dixe, ficieron perder la 
esperanca que ya no venia 4 . 



J^V 



Seys meses avian que yo estava despachado por venir a S. A. con 
las buenas nuevas del oro, y fuyr de governar gente disoluta, que non 
teme á Dios, ni a su Rey, ni Reyna, llena de achaques y de malicias. 

A la gente acabara yo de pagar con seyscientas mili; y para ello 
avia quatro cuentos de diezmos e alguno syn el tercio del oro 5 . 

Antes de mi partida suplique tantas vezes á S. A. que enbiasen allá 
a mi costa a qui toviesse cargo de la justicia; y después que falle aleado 
el Alcalde, se lo suplique de nuevo ó por alguna gente o al menos un 
criado con cartas; porque mi fama es tal que aunque yo faga iglesias y 
ospitales siempre serán dichas espeluncas para ladrones. 

Proveyeron ya al fin, y fue muy al contrario dello que la negociación 
demandava. vaya en bien ora, pues que fue á su grado. 

Yo estuve alia dos años syn poder ganar una provisión de fanega 
por mi, ni por los que allá fuesen; y este llevo una arca llena: sy pararan 
todos a su servicio, Dios lo sabe. Ya por comyenco ay franquesas de 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



385 



vcynte años, que es la hedad de un onbre ; y se coge el oro que ovo per- §¡ 
sonas que de cinco marcos en quatro horas: de que diré después mas largo. 



Si pluguiese a S. A. de desfaser un vulgo de los que saben mis 
fatigas (que mayor daño me ha fecho el mal desir de la gente que no me 
ha aprovechado el mucho servir y guardar su facienda y señorio) seria 
limosina, y yo restituido en mi honrra, y se fablaria dello en todo el 
mundo; porque el negocio es de calidad que cada dia ha de ser mas 
sonado, y en alta estima. 

En esto vino el Comendador Bovadilla a S. Domingo: yo estava en 
la Vega, y el Adelantado en Xoragua, adonde este Adrián avia fecho 
cabeca; mas ya todo era llano, y la tierra rica y en paz toda: el segundo 
dia se crio governador, y fizo oficiales y executiones, y apregono fran- 
quezas del oro, y diezmos , y generalmente de toda otra cosa por veynte 
años; que, como digo, es la hedad de un onbre; y que venia para pagar 
todos, bien que non avian servido llena mente fasta ese dia, y publico 
que a mi me avia de enbiar en fierros, y a mis hermanos, asy como lo 
ha fecho ; y que nunca mas bolveria yo alli, ni otrie de mi linage; di- 
ziendo de mi mili desonestas y descorteses cosas: esto todo fue el segundo 
dia que llego, como dixe, y estando yo lexos absenté, syn saber dello, 
ni de su venida. 

Unas cartas de S. A. firmadas en blanco, de que él llevava una 
cantitad escribió y enbio al Alcalde, y su compaña con favor y enco- 
miendas: a mi nunca me embio carta, ni mensagero, ni me ha dado, 
fasta oy. Piense Vuestra Merced que pensada quien toviera mi cargo: 
honrrar y favorecer a quien provo a robar a S. A. el señorio, y ha fecho 
tanto mal y daño; y arrastrar a quien con tantos peligros se lo sostuvo. 

Quando yo supe esto crey que este seria como lo de Hojeda, ó uno 
de los otros: templóme que supe de los frayles que S. A. le enbiava: 
cscribile yo que su venida fuesse en buena ora, y que yo estava despa- 
chado para yr á la corte, y fecho almoneda de quanto yo tenia: y que en 
esto de las franquezas que no se acelerase: que esto y el govierno, que 
yo se lo daria luego tan llano como la palma; y asi lo escriví a los Reli- 
giosos: ni él ni ellos me dieron respuesta: antes se puso en el son de 
guerra, y apremiava a quantos alli y van, que le jurasen por governador; 
dixeronme que por veynte años: luego que yo supe destas franquezas 
pense de adobar un yerro tan grande y que el seria contento, las quales 
dio syn necesidad ni causa de cosa tan gruesa, y a gente vagamunda que 
fuera demasiado para quien truxiera muger y fijos: publique por palabra 
y por cartas que el no podia usar de sus provisiones porque las mias 
eran las fuertes, y les mostré las franquezas que llevo Juan Aguado. 

Todo esto que yo hise, era por dilatar, porque S. A. fuessen sabi- 




~S 



1: 





Cristóbal Colón, t. ii. — 49. 



386 



CRISTÓBAL COLÓN 





dores del estado della tierra; y oviesen logar de tornar á mandar aquello, 
lo que fuese su servicio. 

Tales franquezas escusado es de las apregonar en las Indias, los 
vesynos que han tomado vezindad es logro, porque se les dan las mejores 
tierras, y a poco valer, valcran doscientas mili al cabo de los quatro años 
que la vezinidad se acaba, syn que den un acadonada en ellas, no diría 
yo asy, sy los vezinos fuesen casados : mas no ay seys entre todos que 
no estean sobre el aviso de ayuntar lo que pudieren, y se yr en buen' 
ora: de Castilla seria bien que fuesen, y aun saber quien y como, y se 
poblase de gente honrrada. 

Yo tenia assentado con estos vezinos que pagarían el tercio del oro, 
y los diezmos, y esto á su ruego; y lo recibieron en grande merced de 
S. A. Reprendilos quando yo oy que se dexavan dello, y esperava que 
el comigo faria otro tanto : mas fue al contrario. 

Indignólos contra mi disiendo que les queria quetar lo que S. A. les 
davan, y trabajo de me los echar á cuestas, y lo hizo; y que escriviesen 
a S. A. que no me cnbiase mas el cargo; y asy selo suplico yo por mi, e 
por toda cosa mia, en quanto non aya otro pueblo, y me ordeno el con 
ellos pesquisas de maldades, que al ynfierno nunca se supo de las seme- 
jantes. Alli está nuestro Señor que escapo a Daniel y a los tres mocha- 
dlos con tanto saber y fuerca, como tenia, y con tanto aparejo, sy le 
pluguycrc, como con su gana. 

Supiera yo remediar todo esto, y lo otro, que esta dicho, y ha 
pasado después que estoy en las Indias, sy me consentiera la voluntad á 
procurar por mi bien propio, y me fuera onesto. mas el sostener de la 
justicia, y acrecentar el señorío de S. A. fasta agora me tiene al fondo. 
Oy endia que se falla tanto oro, ay división en que aya mas ganancia, 
yr robando, ó yr a las minas: por una muger también se falla ciento 
castellanos , como por una labranca : y es mucho en uso y ay hartos 
mercaderes que andan buscando muchachas dede IX. á x; son agora en 
precio de todas fedades: ha de tener un bueno (! . 

Digo que la fuerza del maldecir de desconcertados, fue ha hecho mas 
daño que mis servicios fecho provecho: mal ejemplo es por lo presente y 
por lo futuro ; fago juramento que cantidad de onbres an ydo a las Indias, 
que no merescian el agita para con Dios y con el mundo, y agora 
vuelven allá "' . 

Digo que en desyr yo que el Comendador no podia dar franquezas, 
que hise yo lo que el deseava; bien que yo a el dixese que era para 
dilatar, fasta que S. A. toviese el aviso de la tierra y tornasen á ver, y 
mandar lo que fuese su servicio 8 . 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



387 



Enemistólos a elos todos con migo, y el párese, segund se ovo y 
segund sus formas que ya lo venia y bien encendido 9 ; o es que se dize, 
que ha gastado mucho por venir a este negocio: no sé dello; mas de lo 
que oygo, yo nunca oy que el pesquisidor allegase los rebeldes, y los 
tomase por testigos contra aquel que govierna, a ellos ni a otros syn fé, 
ni dignos della. 

Sy S. A. mandasen fazer una pesquisa general allí, Vos digo que se 
veria la maravilla, como la ysla no se funde. 

Yo creo que se acordara Vuestra Merced, quando la tormenta syn 
velas me echo en Lisbona, que fu y acusado falsamente, que avia yo ydo 
alia al Rey, para darle las Indias: después supieron S. A. el contrario, y 
que todo fué con malicia. 

Bien que yo sepa poco, no se quien me tenga por tan turpe que yo 
non conozca, que aunque las Indias fuesen mias, que yo no me pudiera 
sostener syn ayuda de Principe. 

Sy esto es asy, adonde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad 
de no ser echado dellas del todo, que en el Rey e Reyna nuestros 
Señores, que de nada me han puesto en tanta honrra, y son los mas 
altos Principes por la mar y por la tierra del mundo: los quales tienen 
que yo les aya servido, e me guardan mis previlegios y mercedes; y si 
alguien me los quebranta S. A. me los acrecientan con avantaja (como se 
vido en lo de Juan Aguado), y me mandan haser mucha honrra: y como 
dixe ya, S. A. recibieron de mi servicio, y tienen a mis fijos sus criados; 
lo que en ninguna manera pudiera esto llegar con otro Principe; porque 
adonde non ay amor, todo lo otro cesa. 

Dixe yo agora ansi esto contra un mal desir con malicia, y contra 
mi voluntad; porque es cosa que ni en sueño deviera llegar a memoria: 
porque las formas, y fechos del Comendator Bovadilla con malicia las 
quiere alumbrar en esto: mas yo le faré ver con el braco ysquerdo, que 
su poco saber y grand covardia con desordenada codicia, le ha fecho caer 
en ello. 

Ya dixe como yo le escrivi, y á los frayles, y luego parti, asy como 
le dixe, muy solo, porque toda la gente estava con el Adelantado, y 
también por le quetar de sospecha. El, quando lo supo, echó a Don 
Diego preso en una caravela, cargado de fierros, y a mi en llegando hiso 
otro tanto; y después al Adelantado quando vino, ni le fable, mas ni 
consintió que fasta oy nadie me aya tablado: y fago juramento que no 
puedo pensar porque sea yo preso. 

La primera diligencia que el fiso fue a tomar el oro, el qual ovo syn 
medida ni peso, e yo absenté, dixo que queria el pagar dello á la gente: 
y segund oy, para sy hiso la primera parte, y enbia por rescate rescata- 





3 88 



CRISTÓBAL COLON 



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dores nuevos, deste oro tenia yo apartado pierias muestras, granos muy 
gruesos como huevos de ansaras, de gallinas y de pollas, y de otras 
muchas fechuras que algunas personas tenian cojido en breve espacio, 
con que S. A. se alegrasen, y por ello comprendiesen el negocio, con 
una cantidad de piedras grandes llenas de oro. este fue el primo a se dar 
con malicia; porque S. A. no tengan este negocio en algo, fasta que él 
tenga fecho el nido; de que se de buena presa 10 . 

El oro que está por fundir mengua al fuego, unas cadenas que 
pesarían fasta veynte marcos, nunca se han visto. Yo he seydo agra- 
viado en esto del oro, mas que de las perlas, porque non lo he traído 
yo a S. A. 

El Comendador en todo lo que el le pareció que me dañaría, luego 
fue puesto en obra. Ya dixe con seyscientas mili pagara á todos syn 
robar a nadie, y que avia mas de quatro quentos de diezmos y algua- 
ziladgo, syn tocar en el oro. hiso unas larguezas que son de risa: bien 
que creo que comenco en si la primera parte: alia lo sabrán S. A. quando 
le mandaren tomar cuenta, en especial sy yo estoviese a ella. El no 
haze, sy no desyr se deve grande suma: y es la que yo dixe, y non 
tanto; yo he sydo muy mucho agraviado en que se aya enbiado pesqui- 
sidores sobre mi, que sepan, que si la pesquisa que el enbiase fuera muy 
grave, que el quedara en el govierno. 

Plujiera a Nuestro Señor que S. A. le enbiaran a el, o a otro, dos 
años ha, porque yo fuera ya libre de escándalo y disfamia: y no se me 
quetara mi honrra y la perdiera. Dios es justo, y ha de hazer que se sepa 
porque y como. Alli me judgan como á Governador que fue a (Jicilia, o 
a cibdad o villa puesta en regimiento, y adonde las leyes se pueden 
guardar por entero, syn temor que se pierda todo. Yo recibo grande 
agravio. 









Yo devo de ser judgado como capitán que fue de España a con- 
questar fasta las Indias, a gente belicosa, y mucha, y de costumbres y 
seta á nos muy contraria: los quales biven por sierras y montes, syn 
pueblo asentado ni nosotros; y adonde por voluntad divina he puesto so 
el señorío del Rey e de la Reyna nuestros Señores otro mundo; y por 
donde la España, que hera dicha pobre, es la mas richa. 

Yo devo ser judgado como capitán que de tanto tiempo fasta oy, 
trae las armas a cuestas, syn las dexar una ora, y de cavalleros de con- 
questas y del uso y non de letras, salvo sy fuesen de Griegos ó de 
Romanos, ó otros modernos, de que ay tantos y tan nobles en España. Ca 
de otra guisa recibo grande agravio; porque en las Indias non ay pueblo 
ni asiento. 

Del oro y perlas ya esta abierta la puerta; y cantidad de todo, 
piedras preciosas, y especiería, y de otras mili cosas se puede esperar 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



389 



firmemente; y nunca mas mal me viniese, como con el nombre de » 
Nuestro Señor le daría el primer viage, asy como diera la negociación 
del Arabia felis fasta la Meca, como yo escrivi a S. A. con Antonio de 
Torres en la respuesta de la repartición del mar e tierra con los Portu- 
gueses: y después viniera a lo de coló artí, asy como lo dixe, y di por 
escripto en el Monesterio de la Mejorada n . 



Las nuevas del oro que yo dixe que diría, son que dia de Nabidat 
estando yo muy aflegido, guerreado de los malos Cristianos, y de Indios, 
en termino de clexar todo y escapar, sy pudiese, la vida, me consolo 
Nuestro Señor milagrosa mente y dixo: Esfuerza: no desmayes, ni temas: 
yo proveeré en todo: los syete años del término del oro non son pasados; 
y en ello y en lo otro te daré remedio. 

Ese dia supe que avia ochenta leguas de tierra, y en todo cabo 
dellas minas: el parecer, agora es, que sea toda una. Algunos han cogido 
CXX. castellanos en un dia; otro xc. y se ha llegado fasta CCL. De 
cinquanta fasta LXX. otros muchos de XX fasta L. y es tenido buen 
jornal; y muchos lo continúan. El común es de seys fasta dose, y quien 
de aqui abaxa no es contento : parece tanbien que estas minas son como 
las otras, que responden en los dias non ygualmente. Las minas son 
nuevas y los cogedores. Al parecer de todos esque aunque vaya alia 
toda Castilla, que por turpe que sea la persona, que non abaxara de un 
castellano, o dos cada dia: y agora es esto asy en fresco. Es verdad que 
tienen algund Indio: mas el negocio todo consiste a nel cristiano 12 . Ved 
que discreción fue de Bovadilla dar todo por ninguno, y quatro quentos 
de diezmos syn cabsa, ni ser requerido, syn primero lo notificar a S. A.: 
y el daño non es este solo. Yo se que mis hierros non han seydo con fin 
de faser mal: y creo que S. A. lo creen asy, como yo lo digo: y se, y veo 
que usan misericordia con quien maliciosamente les desyrve, yo creo, y 
tengo por muy cierto, que muy mejor, y mas piedad avran comigo, que 
cay en ello con yñorancia y forzosamente , como sabrán después por 
entero; y miraran a mis servijos 1: \ y conocerán de cada dia, que son 
muy avantajados: todo pornan en una balancia asy como nos cuenta la 
sacra Escriptura que sera el bien con el mal al dia del Juysio. 

Sy todavía mandan que otros me juclgan, lo qual non espero, y que 
sea por pesquisas de las Indias, muy humill mente les suplico que enbien 
alia dos personas de conciencia y honrradas á mi costa, los quales creo 
fallaran de ligero agora que se falla el oro cinco marcos en quatro oras: 
con esto e syn ello es muy necesario que lo provean. 

El Comendator en llegando a Santo Domingo se aposentó en mi 
casa, c asy como la fallo dio todo por suyo: vaya en buen' ora que quica 
lo avia menester, cosario nunca tal uso con mercaderes. De mis escrip- 
turas tengo yo mayor quexa, que asy me las ayan tomadas, que jamas 



39o 



CRISTÓBAL COLÓN 



MJ. 



se le pudo sacar una : y aquellas que mas me avian de aprovechar en mi 
desculpa, esas tenia mas ocultas. Ved que justo y onesto pesque- 
sydor, cosas de quanto el aya fecho me dizen que ha seydo con termino 
de justicia; salvo absolutamente. Dios nuestro Señor esta con sus tuercas 
y saber, como solia, y castiga en todo cabo, en especial la yngratitud de 



ynjunas 



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NOTAS 



Á LA CARTA QUE DIRIGIÓ CRISTÓBAL COLON Á DOÑA JUANA DE LA TORRE 



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Estimamos de tan capital interés la carta preinserta, que en nuestro con- 
cepto es el documento único para juzgar con imparcialidad el difícil período 
porque atravesó la isla Española desde que el Almirante salió para España en 
compañía de Juan Aguado. Colón también le concedía excepcional importancia, 
hasta el punto de haberla hecho incluir testimoniada por ante Notario en las 
dos copias de sus privilegios, y Reales cédulas que en el año 1502 hizo sacar 
en Sevilla, según se dijo en su lugar oportuno, y envió á la República de 
Genova por medio del embajador Oderigo, para que allí se guardasen para per- 
petua memoria. 

No conservándose, si es que se escribieron, las cartas en que el Almirante 
diera cuenta á los Reyes de los atropellos de que había sido víctima, de la con- 
ducta que con él se observara y de las causas de muchos sucesos de los que en 
la colonia ocurrieron, la Carla al ama. del príncipe don Juan, que por este 
nombre es de todos conocida, es el dato más precioso para formar juicio de 
aquel dificilísimo período, teniendo en cuenta la explicación que da el Almi- 
rante, el cual á veces en una palabra, en una breve frase, aclara y da el signi- 
ficado verdadero de muchos actos que se han juzgado de muy diversa manera, 
por no haberse prestado toda la atención que merece á la referida carta. 

Las que se insertan en los cartularios remitidos á Genova eran copias 
autorizadas; y aunque parece fueron cotejadas escrupulosamente con los origi- 
nales, después de concluido el traslado, se ven en ellas palabras mal escritas, 
muchas veces variadas, y no pocas faltas de sentido; siendo muy de notar que 
ni aun hay absoluta conformidad en las dos copias, pues en la que ahora se 
guarda en la casa Ayuntamiento de Genova y dio á la imprenta en el año 1823 
el P. Spotorno, que es la que hemos seguido, existen variantes con la que ha 
ido á parar al Ministerio de Negocios Extranjeros de Erancia, notándose la falta 
de un párrafo entero que no se ve en aquélla y se incluye en ésta. 

El P. fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias ', tam- 
bién inserta textual esta carta, demostrando que la juzgaba importante; y 
como su texto es más claro y más completo en muchos lugares, creemos que 
tuvo presente el original mismo, ó copia conservada por Cristóbal Colón 
entre sus papeles, y esta consideración nos ha decidido á consignar las variantes 
de mayor importancia. «No hallé original ni minuta de carta suya, que escri- 



Libro I, cap. CLXXXII. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



39i 



biese desde Cádiz el Almirante á los Reyes; dice el Obispo, por ventura no 
quiso escribilles, sino que de otros lo supiesen, por verse así tan afrentado en 
sus poderes, creyendo quizá, también, que de su voluntad su prisión habia 
sucedido. Escribió, empero, una carta larga al ama del príncipe Don Juan, que 
sea en gloria, la cual mucho queria al Almirante, y en cuanto podia lo favorecía 
con la Reina; y el tenor de la carta es el siguiente, por el principio de la cual 
parece la llaneza del Almirante, y la poca presunción que de la vanidad de los 
títulos de que agora usa España, entonces habia.» 

La señora á quien el Almirante dirigió tan sentida carta, y que era tan 
protectora suya que en cuanto podía le favorecía con la Reina, era doña Juana 
de la Torre, ama que había sido del malogrado príncipe don Juan, y que en el 
palacio de los Reyes gozó siempre de mucha estimación. Fué hermana de 
Antonio de Torres, que en varias ocasiones llevó el mando de las flotas que 
iban y regresaban de las Indias, y eme murió desgraciadamente en la nao en 
que se anegaron Bobadilla, Roldan y otros muchos en los primeros días del 
mes de Julio del año 1502. 



NOTAS 

1 No sabemos el fundamento en que se apoyará nuestro docto amigo 
Mr. H. Harrisse, para asegurar que esta carta fué escrita un mes después de la 
llegada de Cristóbal Colón á Cádiz. 

« Un mois environ aprés son arrivée, escribe, Colomb, miné par les cliagrins, 
ecrivit ime lettre á Doña Juana de la Torre. Cest le document connu soi/s le 
titre de Carta al ama ] .» 

A nuestro entender, basta con leer el epígrafe que el mismo Almirante hizo 
poner en las copias para conocer que la carta se escribió á bordo de la carabela, 
durante la travesía, viniendo preso de las 'Indias , como en aquél se expresa. 
Y así lo entendió Washington Irving, que dice terminantemente: «En el dis- 
curso del viaje había compuesto una larga carta para doña Juana de la Torre, 
dama de la corte, muy favorecida de la Reina, y nodriza que había sido del 
príncipe don Juan. A su arribo á Cádiz le permitió Andrés Martín, el capitán 

de la carabela, que enviase esta carta reservadamente y por expreso » Este 

documento dio á los soberanos la primera noticia del trato que había reci- 
bido - ¿ . 

2 Si yo robare las Indias y tierra que fan /ase en ello (texto del P. Las 
Casas). Ni de una manera ni de otra se da una lección inteligible, pudiendo 
sospecharse con fundamento que faltan algunas palabras, que relacionarán dos 
cosas diferentes, robar las tierras de las Indias, y alguna reliquia preciosa del 
altar de San Pedro, ó el altar mismo para darlo á los moros. 

3 Esto dice porque era entonces muerto el príncipe don Juan. (Nota 
puesta al texto por el P. las Casas). 

w Este párrafo no se encuentra en el texto de Las Casas. 

" Tampoco estos dos renglones están en la Historia de las Indias. 

H Ha de tener un bueno — Sospecha J. B. Spotorno, que en esta frase 
para él oscura, escondió el Almirante un pensamiento que pudiera ofender los 
oídos de la señora á quien escribía. Cambiando la puntuación en la forma que 
la trae el texto del P. Las Casas — de nueve á diez son agora en preeio s de todas 
edades ha de tener un bueno. — se comprende que la expresión del Almirante es 
que de aquellas edades se vendían á buen precio. 



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r.y S* 



Christophe Colomb..., tomo II, pág. 114. 

Vida y -'¡ajes de Cristóbal Colón, libro XIV, cap. I. 




392 



CRISTÓBAL COLON 





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7 El párrafo que hemos puesto en letra bastardilla no está en el texto del 
Códice diplomático Colombo Americano, que se guarda en Genova y sirvió de 
original para el libro publicado en 1823; pero se lee en la otra copia, remitida 
también por Colón, y que hoy existe en París, y en el libro del P. Las Casas. 

8 Este párrafo no está en el texto de Las Casas. 

9 «Que ya lo tenia bien entendido,» — dice el texto del P. Las Casas. 

10 «Que él tuviese fecho el nido de que se dá buena priesa.» Las Casas. 

11 Desde las palabras — y nunca mas mal me viniese hasta el fin de este 
párrafo falta en el texto de la Historia de Indias. Donde dice coto artí se lee 
Calicut en la copia existente en el Ministerio de Negocios Extranjeros, en París. 

12 «Es verdad que el que tiene algún indio coje esto, mas el negocio con- 
siste en el cristiano,» dice el texto de Las Casas. 

13 Las Casas escribe: «que caí en ello con inocencia y forzosamente, 
como sabrá después por entero, y el cual soy su fechura, y miraran á mis 
servicios.» 

14 El P. Las Casas concluye diciendo: «Esto así todo contenia la carta del 
Almirante para el ama del Príncipe.» 



"jt^oC-^r^- 



(E).— Pág. 354 

Cartas dirigidas al Cardenal Cisneros 

por los frailes franciscanos que fueron a américa 

(Octubre de 1500) 

(Tomo 73, rotulado Asuntos pertenecientes á los conventos, f.° 18) 

Colección de Jl/SS. del tiempo de Cisneros, conservada en la 
BU) lio teca de la Universidad central 

(Boletín histórico, publicado por Villa- Amil, Hinojosa, Allende Salazar y Gesta 
Madrid. Aribau, 1880, número 3. , pág. 43) 

R.° In cristo-padre y S. nr 

después de vesar las manos de vuestra R. m ' s. sabrá como, lores á 
nuestro s., venymos aquj á esta ysla muy buenos avnque poco ó mucho 
atodos nos probó la tierra de calenturas, de manera que quando las 
carávclas se partjeron ya todos estaban buenos ecetto fray rr.° e yo que 
avn no estamos Ijbres dcllas. || otro sy sabrá como de la conversyon de los 
yndjos, a la qual vuestra señorja tjenc tanto afecto, de tal manera lo 
traya nuestro s., que todos sin poner objeto alguno rrecjben el batjsmo 
en que en este tienpo que las caravelas aquj an estado, avnque avya 
hartas ocupaeyones acabsa del almjrante c sus hermanos, se an baptisado 
mas de dos myll animas, de ferma que yo espero en nuestro señor que 
para otro vyage quando otras caravelas ayan de venyr será muy grande 
el número dellos, ansy que por amor de nuestro señor, pues vuestra 
señoría empezó este negozyo tan grande y tan merytorjio, que prosyga 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



393 



adelante su santo proposyto || y trabaje con los perlados de la orden como 
enbyen aquj Reljsyosos || e tanbien son necesarios aqui clerygos || e sobre 
todo alguna persona buena para perlado pues ay tantos sobrados, e la 
tierra de aquj es tan grande e la gente della son tantas que son muy 
necesaryos, y vuestra s. como haze otras ljmosnas haga esta de proveer 
alos Reljsyosos que ansy bynjeren hasta ponellos acá || e porque el 
s. comendador escryve á vuestra s. como el almjrante e sus ermanos se 
quisyeron alear e poner se en defensa juntando yndjos y xpyanos, e todas 
las cosas de acá escrybe por estenso || e tanbyen que el padre fray 
francisco va alia, el qual le ynformara muy largamente de las cosas de 
acá porque personalmente las a visto e dará algunas cosas apuntadas que 
al presente me pareeyeron que se devyan prover || no alargo mas, syno 
que sabrá v. s. coesto poco que tuvo salud trabajo mucho, que casy el 
batjzo de todos los que aRiba djze || yo en que sabya los trabajos de la 
tierra syempre tuve que no era para acá e que le engañaban sus deseos, 
porque no confyrmaba sus subjeto con ellos || empero es de agradecer el 
trabajo que sea puesto por amor de dios, el s. sabe que nos peso a todos, 
porque no pudo saljr con su buen deseo || enpero tenemos confyanza que 
nos ayudara de alia enderezando e soljcytando las cosas que tocaren al 
byen de acá || hago saber a vuestra s. como el almjrante fablando al mj 
compañero 20 leguas adelante del puerto, entre eyertas Razos dixo que 
aunquel arcobyspo de toledo avya djeho que no bolverya acá que -el se 
bolverya || todos estos padres están buenos y besan las manos de vuestra 
s. y Ruegan a nuestro s. por el || los quales y yo con ellos quedamos a su 
mandamjento, fecha en las yndias (12) de octubre — yndino syerbo de 
vuestra s.=fray ju.° deleudelle = de picardía. 

(Sobre) Al R. mo jn Xpo padre y senor=el s. or arcobispo de toledo &. a 
nuestro padre. 



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R. mo señor padre. 

Hago saber a v. Rev/' a como el señor nos dio buen viaje y como 
hallegamos aqui todos muy buenos, avnque avernos tenido harto trabajo 
echar de aquj estos señores, los quales se Pusieron en se aver de defender 
sino que el señor no les dexo salir con su mal proposito, otrosi todos 
enfermamos poco o mucho enpero todo lo damos por bien empleado en 
padescer lo por christo, y en hallar en estas gentes el aparejo que 
deseauamos para los baptizar, que en esta tardanca aqui de los navyos, 
avnque como dixe estauamos todos ocuppados se Baptizaron mas de tres 
mjll animas. ASÍ que muy amado señor Padre porque otros os escriuen 
muy largo las cosas de acá no quiero alargar mas sino Rogamos por amor 
de nuestro señor ihux.°, pues el os comunico singularmente el celo de las 
animas y veis quan poco se curan Dello, que lo fauorezcays como siempre 



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Cristóbal Colón, t. ii. — 50. 



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CRISTÓBAL COLON 



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aveys hecho y trabajeys como el almirante ni cosa suya buelva mas 
aesta tierra porque se destruyria todo y en esta ysla no quedaría xiano 
ni Religioso, otrosi deys manera con todos esos perlados de la orden 
como De cada custodia vengan aqui algunos Religiosos porque la tierra 
es tan grande e tanta la gente que son muy nescesarios; y en tanto 
ordenarnos hemos de manera que se haya algún bien, lo qual espero en 
nuestro señor que sera mucho, y porque fray francisco va alia, asi porque 
acá se hallaría siempre algo enfermo, como porque nos ayude en algo 
desde alia, no alargo mas sino que rruego yo a nuestro señor que os 
alunbre siempre para que hagays grandes cosas por su honor, como 
espero en su misericordia que hareys. De las indias XII de octubre = 
servus indignus, v. d.= fray Juan = de robles. 

(Sobre) Al R." ,u señor el s. or Arco = bispo De Toledo nuestro padre 



III 



Reuerendissimo señor 

por amor de dios que pues vuestra rre. a asido ocasión que tanto bien se 
comencase en que saliesse esta tierra de poderyo del Rey faraón, que 
faga que él ni nenguno de su nación venga en estas islas, y que a fray 
francisco rouys le de crédito y anda par que negocie las cosas del pro- 
veymiento, y si frayres vjniesen los anime vuestra rre. a y estas cosas 
pocas que vjenen en el memorial, que muchas quedaron para otra vez, 
que vuestra rre. a las despache, pues que son del prouecho común de 
hay ti a Xij de octubre = vuestro obediente hyjo = f. juan = de trasierra. 
(Sobre) dissimo s. el = o de toledo, &. a 

Memorial que acompañó á estas cartas 



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R. mn señor 
§ las cosas que al presente se ofrescen tocantes al rrouecho de la con- 
uersion De las animas para que vuestra .s. las comunique a sus altezas 
para que provean acerca Dcllas son las sigujentes. 
§ primeramente. 

§ que si sus altezas quieren serujr mucho á nuestro señor y que la 
conversión de las animas se haga, que en njnguna manera permitían 
que el almirante, nj cosa suya desta ysla buelva ala aver de governar por 
que se destruyria todo y ningún xiano nj Religioso en ella quedaría. 
§ otrosi que sus altezas den forma e manera como vengan desta tierra 
muchos clérigos e Religiosos para les administrar el sacramento del 
baptismo é los otros sacramentos é para los enseñar e Doctrinar porque 
las gentes della son sin número. 
§ asi mismo que por que esto mejor se haga, y sin hazer De ella costa 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



395 



alguna que entre tanto que a esta tierra proveen De Perlado el que acá 
esta que tiene la auctoridad Del Papa le dexen libremente los diezmos 
de la yglesia asi para proveer las yglesias De las cosas necesarias como 
para el proveymjento De las personas Religiosas que asi vinjeren con 
zelo de aprovechar. 

§ Iten que sus altezas provean De alguna persona ydonea qual conviene 
para plantar en estas tierras la yglesia, para que seyendo tal tenga 
singular cuydado De proveer todas las cosas neccesarias á su plantación, 
máxime que los diezmos de los xianos ya avezindados son suficientes 
para ello. 

§ Iten que v. s. trabaje con sus altezas como no consientan venjr aesta 
tierra ginoveses, porque la Robaran y destruyran, que por cobdicia deste 
oro que se ha descubierto Iu° antonio ginoves trabajava ya De hazer 
partido con los vezinos de la ysla acerca De los bastimentos porque otros 
no pudiesen venir aqui con mercadurías, lo qual es un daño del pueblo 
y de sus altezas porque sacaran el dinero dotros Reinos , y la ysla será 
mal proveída y a mayor precio de lo que se pudrie aver, sino que 
quando otra cosa no se pudiere hazer, vengan e carguen en brasil e 
se vayan. 

§ Iten que acerca Del oro, lo qual aunque sea mas que lo hasta aqui 
avia, enpero no es en tanta cantidad como se dize, que sus altezas 
aguarden las franquezas á los vezinos de la ysla que agora les enbiaron, 
y que si a sus altezas se les haze grave y que pierden mucho en ello, que 
el Obispo de Cordova en nombre de sus al. tenga cargo de proueer la 
ysla De bastimentos e resgates porque desta manera se sacara mas 
ganancia que si se quitase o terciase, y seria mas honesto porque 
no paresciese que se quebrantaría la franqueza que por XX años les 
ha dado. 

§ Que modo se terna con los casados que están en esta ysla, los quales 
tienen acá mugeres y hijos, porque estos son muchos, ó los mas. 
§ Otro tal di á su al. por mandado de aquellos padres. 



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CRISTÓBAL COLÓN 





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Si los enemigos de Cristóbal Colón se habían pro- 
puesto con su conducta indigna, causarle graves penas, y 
rebajar su importancia, puede decirse que so'lo á medias 
consiguieron su objeto, pues si bien lastimaron profunda- 
mente su corazo'n y acibararon sus días, la violencia misma 
y la injusticia del atropello produjeron una reaccio'n en el 
espíritu del pueblo, que proporciono' al Almirante momentos 
de popularidad casi tan entusiasta como cuando desembarco 
á la vuelta de su primer viaje. La humillacio'n fué para los 
envidiosos. El sentimiento nacional se manifestó' unánime, 
espontáneo; la indignacio'n no tuvo límites cuando se vio' 
llegar con grillos en los pies á aquel hombre insigne, lanzado 
como un criminal desde aquellas mismas pla} 7 as cuyo cono- 
cimiento se le debía; desde aquel mundo que él había des- 
cubierto. 

Se olvidaron por el momento todos los desastres que 
antes se deploraban , cesaron todos los rumores contrarios al 
descubrimiento, y la voz pública simpatizo con la víctima, 
sin tratar de conocer la causa de aquella inmensa desgracia, 
ni el origen de tan inmerecido infortunio, pidiendo el castigo 
de los autores de aquel atentado. En Cádiz y en Sevilla el 
clamor tomo' tanta fuerza, que hizo enmudecer á los calum- 
niadores, y ocultarse avergonzados de su obra á todos los 
enemigos del Almirante. La efervescencia popular fué en 
aumento, manifestándose claramente en el deseo de ver al 
descubridor y á sus hermanos; y en tal proporcio'n llego' á 
Granada, donde en aquel momento se encontraban los 
Reyes Católicos, causándoles una sensacio'n que no es posible 
describir. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



401 



A manos de los Reyes llegaron las cartas del gober- 
nador de Cádiz y del comandante Alonso Vallejo, casi en el 
momento mismo de saber por conducto de doña Juana de la 
Torre la grave injuria inferida á Cristóbal Colón. Pidieron 
á aquella distinguida señora la carta que el Almirante la 
escribiera; la Reina vertió' lágrimas al escuchar su lectura, 
y el mismo Rey don Fernando, aunque siempre se había 
mantenido frío y reservado respecto del descubrimiento, se 
sintió' conmovido ante el abuso que se había cometido, atre- 
pellando la autoridad de quien le representaba. Desde aquel 
punto Bobadilla estaba juzgado; sus acciones fueron sus 
acusadores; } T aunque no se le dio' el ejemplar castigo que 
la justicia reclamaba, la Providencia se lo reservo' para 
hacerlo muy palpable ya que los Re} r es no llegaron adonde 
podían. 

En el momento mismo, uniéndose los Soberanos al 
movimiento general de indignación , quisieron demostrar 
claramente á la faz de todos que reprobaban tan arbitrarias 
medidas, tomadas sin que se hubiera dado autorizacio'n para 
ello, y aun en contra de sus patentes deseos. Dirigieron al 
Almirante una carta en extremo afectuosa, llena de expre- 
siones de benevolencia, invitándole á presentarse en la corte, 
y mandando que para resacirle en alguna parte de los 
perjuicios que se le habían causado le entregasen dos mil 
ducados. Con esta carta iba la orden terminante al gober- 
nador de Cádiz de que dejase en libertad al Almirante y á 
sus hermanos, y les guardase todo género de atenciones. 

No se esperaron las informaciones del Comendador, ni 
se le3'eron cuando llegaron. El hecho estaba juzgado, y 
Colón respiro' ensanchándose su corazo'n al ver que, como 
había esperado, era públicamente reconocida su inocencia, y 
puesta en claro la maldad que con él se había cometido. 
Desde Cádiz paso' con sus hermanos á Sevilla , donde mal su 
grado hubo de entregarle el obispo Fonseca los ocho mil 
quinientos pesos fuertes que le mandaban pagar los Reyes; 

Cristóbal Colón, t. 11. — 51. 







402 



CRISTÓBAL COLON 



; 



y allí se detuvo algunos días ordenando nuevamente su casa 
y servidumbre y preparándose para presentarse con el 
decoro necesario en la corte. Después emprendió' nuevamente 
el camino, y llego á Granada el 17 de Diciembre. 

Aquel anciano enfermo y venerable, el hombre que 
había prestado á la corona de España un servicio tan grande 
cual no se recordaba en los anales del mundo, entro en el 
regio salón de la Alhambra turbado y silencioso, pero con el 
continente grave, severo y mesurado del hombre que se 
juzga agraviado injustamente. La situacio'n de los Reyes era 
también un tanto angustiosa; pero al ver adelantarse hacia 
su trono al ilustre genovés, á quien tanto debían; al tener 
ante su vista á la víctima de tan atroz infortunio, se levan- 
taron espontáneamente y le tendieron las manos, Isabel con 
los ojos arrasados en lágrimas, Fernando, aunque disimu- 
laba, profundamente conmovido L No esperaba Colón tan 
favorable acogida, ni muestra tan alta de deferencia y consi- 
deracio'n, y al verse de tal suerte honrado, después de tantos 
sufrimientos, su entereza vino por tierra, y llorando intento' 
arrodillarse, aunque los Reyes no lo consintieron. Desde 
aquel punto vario' por completo el aspecto de los negocios de 
Indias con respecto al Almirante; los sentimientos nobles 
se sobrepusieron á las pasiones mezquinas, y la causa quedo' 
juzgada. 

Largo rato permaneció Colón sin poder articular una 
palabra, porque los sollozos las ahogaban en su garganta. 
Las primeras frases que pronuncio fueron para protestar de 
su lealtad y afecto á los Reyes, y de la rectitud de sus 
intenciones, cuyos resultados no habían podido ser tan 
grandes como se esperaba por ias graves dificultades que se 



1 En la carta que los Reyes dirigieron á Colon desde Valencia de la 
Torre, fecha en 14 de Marzo de 1502, le dijeron : atened por cierto que de vues- 
tra prisión nos pesó mucho, é bien lo vistes vos é lo convinieron todos claramente, 
pues que luego que lo sopimos lo mandamos remediar, y sabéis el favor con que 
os habernos mandado tratar siempre. > 



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LIBRO QUINTO.— CAPITULO PRIMERO 



403 



le habían opuesto. No consintió doña Isabel que continuase 
por entonces en su disculpa; las ofensas causadas al Almi- 
rante del mar Occéano, lo habían sido sin autorización y 
contra los deseos de los Reyes; lastimaban la autoridad y 
el prestigio del trono, y á ellos correspondía su vindicación. 

Enmudeció' la envidia: los secuaces de Fonseca se ocul- 
taron, y nadie presto atención á las acusaciones que antes se 
habían hecho, ni los Re}^es cuidaron de examinar los procesos 
formados por el comendador Bobadilla , ni dieron fe á las 
cartas, que formulando cargos á Colón y disculpando sus 
propios hechos había escrito. 

En la corte ocupo' Colón desde aquel punto el alto 
lugar que de derecho le correspondía: los Reyes aprove- 
chaban cuantas ocasiones se ofrecían para tratarle con gran- 
des consideraciones, dándole públicas muestras de su favor, 
como si quisieran expresar á vista de todos su repro- 
bacio'n á los procedimientos de Bobadilla, y aseguraron al 
Almirante que le serían devueltos cuantos bienes le había 
ocupado aquél violentamente, y volvería al goce de todos 
los privilegios y dignidades de que se le había despojado, 
dando la mayor señal de su indignación en quitar desde 
luego de su cargo al Comendador. 






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II 



Descansando de las penalidades anteriores, y esperando 
resoluciones concretas sobre los muchos puntos que las recla- 
maban para el régimen y administracio'n de las colonias, 
permaneció' Cristóbal Colón muchos meses en Granada, 
siendo recibido por los Reyes con el mayor afecto, y tratado 
con gran distinción, con verdadero aprecio por la nobleza y 
el clero de la corte. 



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Su vindicación fue clara ; su conducta fué de todos 
conocida y aprobada; pero después de satisfechos sus agra- 
vios en lo que tenían de personales, si así puede decirse, 
empezaron las dilaciones para otros despachos, y para acceder 
á las reclamaciones que- con harta justicia formulaba cada 
día con mayor insistencia. 

La política reservada y cauta del rey don Fernando, 
empezó' á conocerse entonces más abiertamente en todo lo 
que á las Indias Occidentales tocaba , y á ella se atribuye 
que no fuera más pronto el despacho de las peticiones de 
Colon, ni más cumplidas las satisfacciones que se le dieron 
por los atentados que con él se habían cometido. La impor- 
tancia de los descubrimientos que el mismo había hecho en 
tierra firme, y tanto enaltecía, con sobrada razón, y las 
nuevas noticias que se habían adquirido en los viajes que 
emprendieron Alonso de Üjeda, Rodrigo de Bastidas, Vi- 
cente Yáñez Pinzón y otros intrépidos viajeros, llamaron 
poderosamente la atención del rey don Fernando, haciéndole 
meditar profundamente sobre el alcance que pudiera tener, 
y las dificultades que ofrecería el cumplimiento de lo capi- 
tulado con Cristóbal Colón en la Vega de Granada al 
comenzar el año 1492. La cesión de altísimos cargos, que 
allí se hizo á perpetuidad y sin limitaciones; la soberanía 
y jurisdiccio'n concedida sobre muy dilatados territorios, 
cuya extensio'n ya causaba asombro y cuyos límites no se 
conocían aún, ni habían de ser medidos en mucho tiempo: 
la enormidad de los productos de aquel mundo nuevo, sobre 
los cuales se había concedido una participacio'n crecida y 
constante á los individuos de una familia, sin término 
alguno, y otros muchos problemas de ardua resolución que 
de aquí se deducían, hicieron reflexionar al Rey Católico y 
á sus consejeros sobre la trascendencia que envolvían. Pero 
no se tomo' el camino recto, el que aconsejaban á la vez la 
dignid-ad y la prudencia, por el que quizá se hubiera llegado 
á una avenencia honrosa; pues fácil cosa era que Cristóbal 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



405 



Colón en su elevada inteligencia hubiera apreciado debida- 
mente las graves dificultades que se oponían al cumplimiento 
estricto de lo estipulado, y los males que podrían sobrevenir 
por exigirlo ; mas lejos de acudir á la razo'n y al convenci- 
miento se echo' mano de otros medios dilatorios, dando lugar 
á justas recriminaciones, á multiplicados disgustos, y por 
último á un proceso ruidoso que duro' muchas generacio- 
nes, y en el que no quedaban bien paradas las altas institu- 
ciones del Estado, por la poca habilidad de sus represen- 
tantes. 

Desde Diciembre del año 1500 permaneció el Almirante 
en Granada ocupando su puesto oficial al lado de los Reyes, 
al paso que era agente de sus propios asuntos, lo mismo 
para que se reparasen los perjuicios que se le habían ocasio- 
nado, que para que se le restituyese en los bienes de todas 
clases , libros y papeles de que se le despojara sin causa 
alguna, y se le habilitara para emprender nuevos viajes. 

Pero su actividad no podía estar sin ejercicio. Volviendo 
á sus primeros pensamientos, y juzgando que muy luego 
podrían ser de gran entidad los productos que se obtuvieran 
en los países nuevamente hallados, tanto los de la isla Espa- 
ñola como los de la tierra firme y golfo de las perlas, 
comenzó' á exaltarse su celo religioso con la idea del rescate 
del Santo Sepulcro. Su imaginación ardiente dio' cuerpo á 
muchas ilusiones: se vio' llamado por la Providencia á que- 
brantar el poder de los infieles; extender la religio'n cristiana 
á un nuevo mundo, al paso que con las inmensas riquezas 
que por este medio se ponían en sus manos, recobrara para 
el catolicismo los santos lugares donde se realizaron los suce- 
sos de la pasión del Salvador. Fijo en este intento consagro' 
sus vigilias al estudio de los libros sagrados, y á recorrer los 
más renombrados expositores, buscando en la correspon- 
dencia con los más profundos teólogos, sus amigos, doctrinas 
y teorías para robustecer su creencia. 

Resultado de sus trabajos fué el libro que hoy llamamos 



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CRISTÓBAL COLÓN 






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de las Profecías l , y que él intitulo «Manipulus de auctorita- 
lihus, dictis ac sententiis el prophetiis área materiam recuperando. 
sancta civitatis el moni i s Del Sion.» Allí reunió todos los 
textos que le pareció' concurrían á su intento, y después de 
siete meses de prolijos estudios lo remitió' al P. fray Gaspar 
Gorricio, monje de la Cartuja de Sevilla, para que lo pro- 
siguiera. Está unido también al co'dice original, el traslado 
de la carta que sobre el mismo asunto escribió' á los Reyes 
Católicos 2 en la que intentaba moverles á tan gran empresa; 
y para vencer la incredulidad, hacía oportuno recuerdo á la 
suerte que había cabido á sus anteriores proposiciones : - 
«Milagro evidentísimo, dice, quiso fazer nro. Señor en esto 
del viaje de las Indias, por me consolar á mi 3^ á otros en 
estotro de la Casa Santa: siete años pasé aqui en su Real 
Corte disputando el caso con tantas personas de tanta auto- 
ridad y sabios en todas artes, y en fin concluyeron que todo 
era vano, y se desistieron con esto dello: después paro' en lo 
que Jesucristo Nuestro Señor dixo, y de antes habia dicho 
por boca de sus santos Profetas, y ansi se debe de creer que 

parará estotro Yo dije que diría la razón que tengo de 

la restitución de la Casa Santa á la Santa Iglesia: digo que 
yo dejo todo mi navegar desde edad nueva y las pláticas 
que yo haya tenido con tanta gente en tantas tierras y de 
tantas setas, y dejo las tantas artes y escrituras de que yo 
dije arriba: solamente me tengo á la Santa y sacra Escri- 
tura, y á algunas autoridades proféticas » Aquí están 

retratados por entero las dos cualidades salientes que for- 
maban el fondo de todos los pensamientos grandes de Cris- 
tóbal Colón. Su inteligencia superior le hacía concebir 
ideas sublimes, que meditaba con recto juicio para poder 



1 Biblioteca Colombina, Z, 138-25. Hoy separado en la vitrina de que se 
habló en el tomo I, pág. 217. 

2 Véase en las Aclaraciones y documentos (A). Al fin de este volumen 
pueden verla nuestros lectores fielmente reproducida púr la foto-litografía. Tiene 
correcciones y párrafos autógrafos de Colón. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



407 



llevarlas al terreno de la realización: pero la misma elevacio'n 
de su ingenio exaltaba su fantasía; una imaginación no 
menos viva y ardiente le conducía á formar sobre aquellos 
datos científicos otros planes quiméricos. Esta es la expli- 
cación de aquel proyecto de rescatar el Santo Sepulcro del 
poder de los infieles, que si bien puramente fantástico, 
estaba también dentro de los sentimientos de la época, y 
acaloraba la imaginacio'n de muchos españoles, que después 
de haber plantado la enseña de la cruz en las torres de la 
Alhambra, y arrojado al África á los últimos sectarios de 
Mahoma, soñaban con vencer á los turcos y ganar los Santos 
Lugares. Porque es de notar que la proposicio'n del Almi- 
rante, siquiera irrealizable, á nadie pareció' entonces ridicula, 
ni tacharon á su autor de visionario, por más que lo fuera 
en realidad. La idea de una cruzada bullía en muchos 
cerebros, y la aplicación de las grandes riquezas que del 
Nuevo Mundo se esperaban, á satisfacer la paga á aquellos 
ejércitos guiados á tan noble objeto, á nadie pudo parecer 
extraña. 

Tanto es esto así, que al mismo pontífice Alejandro VI 
se lo comunicaba el Almirante como la cosa más sencilla en 
su carta de Febrero del año 1502 l , en la que después de 
lamentarse de que la urgencia de sus ocupaciones no le 
permitiera ir á exponer personalmente á Su Santidad su 
pensamiento, como desde el principio de su empresa se lo 
había propuesto, presentándole una escritura que para ello 
tenía hecha en la forma de los Comentarios de César, le habla 
de sus dos pensamientos unidos con la mayor naturalidad, 
diciendo: «Esta empresa se tomo' con el fin de gastar lo 
que della se oviese en presidio de restituir la casa Santa á la 
Santa Iglesia.)) En la exaltacio'n de su fe religiosa, y en su 
entusiasmo científico á esto se creía llamado por la divina 
Providencia, y así le juzgaban también muchos de sus 








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1 Véase en las Aclaraciones y documentos (B). 



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contemporáneos; que no es idea original del conde Roselty 
de Lorgues el apellidar á Cristóbal Colón Embajador de 
Dios, como puede verse en la carta que le dirigió' mosén 
Jaime Ferrer en 5 de Agosto de 1495 ', en la cual le decía: 
«por tanto. Sénior, si en la vuestra mas divina que humana 
peregrinación, gustáis que sabor tiene de sal el pan que en 
servicio del nuestro Creador se come en esta mortal vida, 
luego tomad ejemplo de las ejemplares vidas susodichas, 
que por cierto en este bajo mundo, fama temporal ni gloria 
eterna non se alcanza, asentando en ploma nin durmiendo 
ocioso. Yo, Sénior, contemplo este grande misterio: la divina 
é infalible Providencia mando' al gran Thomás de Occidente 
en Oriente por manifestar en India nuestra Sancta y Catho- 
lica Le} r : v á vos, Sénior, mando' por esta oppo'sita parte de 
Oriente á Poniente, tanto por divina voluntad sois legado 
en Oriente, y en las extremas partes de India superior, para 
que oyan los siguientes lo que sus antipasados neglijeron de 
la predicación de Tomas: adonde se cumplió', 111 omiten ierra m 
exivit sonus eorum; y muy presto seréis por la divina gracia 
en el signus magnus, acerca del cual el glorioso Tomás dejo 
su santo cuerpo; y cumplir se ha lo que dijo la summa 
verdad que todo el mundo estaria debajo de un pastor y una 
le3^ : el que por cierto seria imposible si en esas partes los 
pueblos, nudos de ropa y mas nudos de doctrina, no fueran 
informados de nuestra Sancta fe; y cierto en esto que diré 
no pienso errar, que el oficio que vos, Sénior, tenéis vos 
pone en cuenta del Apostólo y Embajador de Dios, mandado por 
su divinal juicio á fazer cognoscer su sancto Nombre en 
partes de incógnita verdad » 



1 Se encuentra íntegra en el libro titulado Sentencias CatJwlicas del divino 
poeta Dant , compiladas por mosén Jacme Ferrer de Blanes. — Barcelona, 
1545, in. 8.° 

Navarrete. — Colección de viajes , tomo II, doc. núm. LXVIII. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



409 



III 



Dedicado á este pensamiento piadoso, consagrando 
muchas horas al estudio de los santos Padres y expositores, 
para buscar textos que apo}^asen sus proposiciones, tanto en 
lo relativo á la predicacio'n del Evangelio en regiones ignotas 
3^ á numerosísimos pueblos , como en lo referente á la recon- 
quista del Santo Sepulcro por las naciones cristianas, su 
idea fija era, sin embargo, el descubrimiento. Los tres viajes 
que había hecho á las llamadas Indias Occidentales no satis- 
facían la aspiración de su inteligencia; le dejaban muchos 
puntos dudosos, y á su esclarecimiento se dirigían constan- 
temente sus meditaciones. 

Aclaradas en muchos extremos las oscuridades que el 
primer desembarco causara, fijas ya sus ideas sobre muchas 
que al principio eran dudas, tal vez empezaba á comprender 
en su claro talento que las islas que había descubierto, y la 
tierra firme que había explorado, no eran los confines del 
Asia descritos por tantos viajeros. Aquellas islas numerosas, 
aquellos indígenas pobres, desnudos, sin nocio'n alguna de 
civilizacio'n, sin cultura ni adelantos en ciencias ni en artes; 
aquellos terrenos incultos, comarcas dilatadas sin ciudades se 
parecían muy poco á los maravillosos países ponderados por 
Marco Polo, á los que había creído poder llegar directamente y 
por camino más breve: la luz comenzó' á hacerse ver, y abrigo' 
la sospecha de haber tocado una porción dilatadísima de 
terreno que colocada en medio del Océano, le impedía tocar 
á la extremidad de Asia que debía estar muv cercana, según 
sus cálculos, basados en todas las teorías entonces admitidas 
por los cosmógrafos. 

Pero partiendo de sus propias observaciones, de los 

Cristóbal Colón, t. ii. — 52. 











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CRISTÓBAL COLÓN 







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datos que por sí mismo había recogido y de los que pudo 
aprovechar traídos por las expediciones de Alonso de Ojeda 
y de Rodrigo Bastidas: la configuracio'n de la costa de Paria, 
y la de Cuba, que él creía también parte del continente, 
según ya dejamos consignado, y él estableció' en documento 
oficial y solemne, le indujeron á sospechar que pudiera exis- 
tir un estrecho que le permitiera pasar al mar de la India. 

Esta idea despertó' nuevamente su entusiasmo; su des- 
cubrimiento podía ganar en importancia y tener inmediata- 
mente asombrosos resultados si por la vía de Occidente, que 
él había seguido y descubierto, lograba llegar con mayor 
facilidad á los riquísimos países adonde habían ido después 
de larga navegacio'n y doblando el Cabo de las Tormentas 
6 de Buena Esperanza los portugueses guiados por el genio 
de Vasco de Gama. El comercio de las especias y de los 
diamantes, de los perfumes, el marfil y las piedras preciosas 
refluiría en España, y por la vía de Occidente vendrían á 
sus puertos con mayor seguridad y en más breve tiempo los 
productos de la India Oriental, oscureciendo esta revolución 
todas las glorias de los anteriores navegantes. 

Soñaba Cristóbal Colón con el descubrimiento de 
aquel estrecho, que juzgaba debía existir en lo que luego se 
llamo istmo de Darién, y fijo su decisión en explorar la costa 
de Paria siguiéndola cuanto fuera necesario hasta encon- 
trarlo. 

Al exponer á los Reyes Cato'licos su nuevo plan, el 
triunfo fué completo. La Reina tenía fe en la ciencia del 
Almirante, y le escuchaba siempre con admiracio'n, compren- 
diendo perfectamente toda la elevación de sus pensamientos 
con los que simpatizaba, y el rey don Fernando le escucho' 
también con visibles señales de complacencia, comprendiendo 
lo trascendental de aquel proyecto, que tenía muchas proba- 
bilidades de acertado. Conocido el carácter frío é interesado 
del Rey, 3- su marcada inclinación á las soluciones prácticas, 
puede comprenderse el efecto que le causaran aquellas 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



411 



nuevas proposiciones del Almirante, profundamente medi- 
tadas, bien presentadas y demostradas, y de cuyo resultado 
eran ya garantía los del primer viaje y descubrimiento, que 
parecían más imposibles, y eran desde luego más aventu- 
rados. 

Orgullosos estaban los monarcas portugueses con los 
felices viajes de Bartolomé Díaz, de Vasco de Gama y de 
Alvarez Cabral, cuya gloria oponían á las de Colón, Pinzo'n 
y demás descubridores españoles, y cuyos productos eran 
más ciertos por el momento y habían causado verdadera 
locura en el pueblo lusitano. Don Fernando aprecio en su 
justo valor el proyecto de cruzada para rescatar el Santo 
Sepulcro, pero lo puso á un lado, esperando sin duda á que 
llegaran los caudales del Nuevo Mundo, que todavía no 
habían parecido, y con los que debía costearse la empresa: 
y fijo' desde luego su atención en las probabilidades de la 
existencia de aquel estrecho que debía dar paso á los mares 
de la India, como medio de quitar importancia al comercio 
portugués, llegando por camino más directo á aquellas 
opulentas ciudades donde tales ganancias se obtenían. 

Asegúrase por algunos que en el Consejo de los Re3^es 
encontró' también oposicio'n este nuevo proyecto de descubri- 
miento, y se le opuso tenaz resistencia, alegando los apuros 
del tesoro y los muchos gastos que ya habían causado las 
empresas del Almirante; insinuando también la idea, suge- 
rida por los envidiosos amigos del obispo Fonseca. de que la 
conducta de Colón ofrecía muchos puntos dudosos, y no 
debían los monarcas emplearle en su servicio, ni confiarle el 
mando de hombres y de barcos, en tanto por amplias infor- 
maciones no quedara plenamente comprobada su inocencia. 

No dieron oídos los Re3 T es á estas mezquinas insinua- 
ciones de la emulacio'n y del odio. Tanto Doña Isabel como 
su esposo apreciaban la ciencia 3 r el talento de Colón y reco- 
nocían su mérito, aunque le concedieran su afecto en grado 
mu3^ diferente; y ambos espontáneamente, y de común 



412 



CRISTÓBAL COLON 



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acuerdo, al parecer, decidieron autorizarle para el cuarto 
viaje, poniendo á su disposición cuantos elementos eran 
necesarios para el objeto que se proponía. «Dio sus memo- 
riales, pidió' cuatro navios, y bastimentos para dos años; 
fuéle concedido cuanto dijo serle necesario, prometiéndole 
sus Altezas «que si Dios del algo en aquel viaje dispu- 
siese, o' que no tornase, de restituir á su hijo el mayor, 
llamado don Diego Colon, en toda su honra y estado.» 

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Porque don Cristóbal desde su llegada á la corte de 
Granada, aunque entregado á sus piadosos proyectos y á sus 
meditaciones científicas, no había dejado de clamar ni un 
so'lo día contra el inicuo proceder del comendador Bobadilla, 
y contra los atropellos y expoliaciones de que había sido 
objeto en su persona 3^ en sus bienes, sin mandato de los 
Reyes y sin causa alguna que los justificase. 

Desde el momento en que la acogida benigna, cordial, 
afectuosa de los Soberanos, hizo comprender al Almirante 
que no había perdido el aprecio en que sus servicios eran 
tenidos, y que el Comendador había procedido arbitraria- 
mente, abusando de los poderes que recibiera, aprovechaba 
las ocasiones todas para demostrar á los Reyes sus padeci- 
mientos , y pedirles justicia, y que se les devolviesen sus 
honores, sus cargos, y los bienes de su propiedad que se le 
habían arrebatado. 

Separaba siempre con el mayor cuidado el Almirante 
los diferentes conceptos de sus aspiraciones, insistiendo ante 
todo en lo que se refería al porvenir de su nombre, á la 
gloria de su descubrimiento. Alma noble, elevada por natu- 
raleza, posponía el interés material á la fama po'stuma, y 
antes pedía honores que provecho. Conocedor del mundo, 
en cuanto lo permitía su carácter siempre candoroso y un 
tanto soñador, por los sinsabores y amarguras que le había 
proporcionado, apreciaba el dinero y sabía bien su valor 
entre los hombres , pero olvidaba lo que valían las riquezas 
en el punto mismo en que tocaba á sus prerrogativas , á sus 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



413 



cargos, á los derechos adquiridos en recompensa de sus 
servicios. En este concepto eran siempre sus más vehementes 
reclamaciones hechas personalmente á los Reyes: (des supli- 
caba que le tornasen á restituir en su estado, guardándole 
sus privilegios de las mercedes que le hablan concedido, pues 
él habia cumplido lo que prometió', y mucho mas sin compa- 
ración, como era notorio, y no les habia deservido por obra 
ni por voluntad para que desmereciese y oviese de perder 
las mercedes prometidas ; antes por su servicio habia sufrido 

en esta isla grandes angustias » 

Digan lo que quieran escritores que se dejan llevar 
demasiado de ciertas pasiones, aunque en otros aspectos 
tengan envidiables talentos, las reclamaciones de Cristóbal 
Colón tenían todas un gran fondo de justicia y eran escu- 
chadas con benevolencia por los Re} T es Católicos, aunque 
vemos con verdadero pesar que, por altas razones, induda- 
blemente, no las atendieron en toda la extensio'n que era 
debido, dando á su Almirante completas satisfacciones. 
Deseosos de verle partir para hacer nuevos descubrimientos, 
en lo cual tenían entera confianza, y después de haber acor- 
dado la destitucio'n de Bobadilla, como primer acto de 
reparacio'n, le certificaban con benignas y dulces palabras 
«tuviese por cierto que sus privilegios y las mercedes en 
ellos contenidas , le serian cumplidas , guardadas y conser- 
vadas, y no solo las rjrometidas, pero de nuevo le serian 
aquéllas confirmadas, y otras hechas y aumentadas.» Y para 
su satisfacción, antes que se ausentase de Granada dieron 
orden á fray Nicolás de Ovando, comendador de Lares, que 
iba á suceder á Bobadilla, para que «restituyese al Almi- 
rante y á sus hermanos todo el oro, y joyas, 3^ las haciendas 
de ganados y bastimentos de pan y vino, y libros y los 
vestidos y atavios de sus personas que el Comendador Boba- 
dilla les habia tomado, y que le acudiesen sus oficiales con 
el diezmo y ochavo del oro y de todas las otras ganancias 
que sus privilegios rezaban.» 



414 



CRISTÓBAL COLON 






Es notable la orden . y debe ocupar siempre un lugar 
en la historia para que se comprenda bien el ánimo de los 
Reyes. Dice así ' : 

«El Rey é la Reyna: Comendador de Lares nuestro 
Gobernador de las Indias. Nos habernos m-andado y decla- 
rado la orden que se ha de tener en lo que se ha de hacer 
con don Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar 
Océano y sus hermanos, cerca de las cosas que el Comen- 
dador Bobadilla les tomo, y sobre la forma que se ha de 
tener en el acudir al dicho Almirante con la parte del diezmo 
y ochavo, que ha de haber de los bienes muebles de las islas 
y tierra firme del dicho mar Océano, y de las mercaderías 
que Nos de acá enviaremos , según veréis por la dicha 
nuestra declaración é mandamiento firmado de nuestros 
nombres que sobre ello mandamos dar. Por ende vos man- 
damos que veáis la dicha declaración, y, conforme á ella, les 
fagáis entregar los dichos sus bienes , y acudir al dicho 
Almirante con lo que le pertenece de lo susodicho; por 
manera que el dicho Almirante y sus hermanos, o quien su 
poder hobiere sean en todo ello entregados ; y si el oro y 
otras cosas que así el dicho Comendador Bobadilla les tomo' 
lo hobiere gastado o' vendido, que se lo fagáis luego pagar; 
lo que fuere gastado en nuestro servicio se les pague de 
nuestra facienda, 3^ lo que el dicho Comendador Bobadilla 
hobiere gastado en sus cosas propias , se les pague de los 
bienes é facienda del dicho Comendador, 3^ no fagades ende 
ál. Fecha en Granada, á 28 dias del mes de Setiembre de 
1501 años. 

Yo el Rey. Yo la Reina. 

Por mandado del Rey é de la Reina. — Gaspar Grisio.» 



1 Lo copiamos de la Historia de las Indias, de fray Bartolomé de las 
Casas, libro II, cap. IV. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



415 



Hasta fines del mismo mes de Septiembre no quedaron 
extendidas las cédulas é instrucciones, ni se corrieron las 
o'rdenes necesarias para el apresto de la nueva armada que á 
las o'rdenes del Almirante debía salir á descubrir, y á prin- 
cipios de Octubre partió' éste de Granada con direccio'n á 
Sevilla, para dirigir personalmente el armamento y provisio'n 
de los buques, llevando en su compañía al Adelantado, su 
hermano, 3^ á don Hernando su hijo, que con permiso de los 
Reyes habían de formar parte de la expedicio'n. 



IV 



En aquel largo espacio de cerca de diez meses que per- 
maneció' Colón en la corte de Granada, preparando nuevos 
pro}^ectos, y repitiendo sus instancias para que se le hiciera 
justicia, contrajo particular amistad, según parece, con 
Angelo%Trivigiano, secretario de Dominico Pisani, emba- 
jador de la Señoría de Venecia cerca de los Reyes Cato'licos. 

Trivigiano había sido anteriormente secretario del almi- 
rante Dominico Malipieri , con el cual conservaba buenas 
relaciones, y como el ilustre marino deseaba noticias ciertas 
de los descubrimientos de Cristóbal Colón, se valió' de su 
antiguo secretario para obtenerlas. De las varias cartas que 
sin duda mediaron entre Malipieri y Trivigiano con relacio'n 
á este asunto solamente se ha conservado íntegra una de 
ellas ", que por las relaciones personales que unieron á su 



1 Mr. Henry Harrisse, en su libro titulado Christophe Colomb, son origine, 
sa vie, ses voy ages, etc., París, Leroux, 1884, (tomo II, pág. 117), dice sobre esta 
correspondencia lo siguiente: — «Trivigiano dio cuenta á Malipieri de sus entre- 
vistas con Colón en tres cartas que dos siglos después fueron designadas por 
Foscarini. Según el sabio Dux, estas cartas, tan preciosas para la historia, se 
hallaban en su tiempo en la biblioteca del senador Jacobo Soranzo. Nosotros 
no hemos podido encontrar los originales, ni aún el texto completo, ni en 



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CRISTÓBAL COLÓN 








autor con el Almirante, y los curiosos pormenores que 
contiene sobre la vida de éste en la corte, insertamos en este 
lugar, con tanta mayor satisfaccio'n cuanto no sabemos haya 
sido publicada en España. Dice así: 

«Ex Gr anata, die 21 Aug. ijoi. 
»Io ho tenuto tanto mezo che ho preso practica é gran 
amicizia cum el Columbo, el qual al presente se attrova qui 
in gran desdita, mal in grazia di questi Re, et cum pochi 
denari. Per suo mezo ho mandato áfar fare á Palos, che 
é un loco dove non habita, salvo che marinan, et homini 
pratichi de quel viazo del Columbo, una carta ad istanza 
de la Magnificentia Vostra: la qual sará benissimo fata et 
copiosa, et particular di quanto paese é stato scoperto. Qui 
non ce ne salvo una de ditto Columbo, né é homo che ne 
sapia far. Bisognerá tardar qualche zorno ad avere questa, 
perche Palos, dove la se fá, é lontano de qua 700 milia: et 
poi come la sará facta, non so como la potro' mandar, perche 
1' o fatta far del compasso grande, perche la sia piu bella. 
Dubito che bisognerá che la M. Y. aspeti la nostra venuta 
che de rasone non doveria tardar molto, chel sará presto un' 
anno che siamo fora. Circa el Tractato de viazo de dito 
Columbo uno valentuomo 1' a composto, et é una dizaria 



Venecia ni en los papeles de Foscarini, que se conservan en la Biblioteca 
Imperial de Viena. 

»A1 fallecimiento de Soranzo sus herederos dividieron la biblioteca. Las 
cartas de Trivigiano pasaron á poder del abad Canonici, quien las comunicó á 
Morelli. No se sabe lo que ha sido después del manuscrito. 

»Morelli publicó después en el apéndice de su Lettera raríssima* una parte 
notable de la más importante de estas cartas, la de 21 de Agosto de 1501. Ocho 
años después, el cardenal Zurla la insertó íntegra en su Marco Polo ", acompa- 
ñándola con un sucinto análisis del resto de la correspondencia. 

»Los detalles personales sobre Colón, sobre todo en esta época, son tan 
raros, y estas cartas de Trivigiano son además tan interesantes, que se nos 
dispensará el insertarlas aquí, siguiendo el texto del cardenal Zurla.» 

* Bassano, 18 10, in 8.°, pág. 44. — Este texto incompleto y modernizado fué el que 
Samuel Romanin volvió á publicar en su Storia Documéntala di Venezia, Venezia, 1859, 
in 8.°, tomo IV, pág 456. 

** Venezia, 1818, in fol., tomo II, pág. 362, nota. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO PRIMERO 



417 



molto longa. L' ho copiato, et ho la copia appresso di me; ^ 
ma é si grande che non ho modo de mandarla se no á pocho 
á pocho. Mando al presente alia M. V. el primo libro quale 
ho traslatato in volgare per mazor sua comoditá. 

»Se mal scripto V. M. me perdoni che V é la prima 
copia, ne ho tempo de recopiarla: pur seguiré lo resto. El 
compositore di questa é lo ambassadore de questi Serenissimi 
Re que va al Soldano : el qual vien de li cum animo de pre- 
sentarla al Serenissimo Principe nostro, el qual pensó la fará 
stampar, et cosi la M. V. ne averá copia perfeta. 

»Non restaro' pero' de mandarli questa vulgare mal 
scritta é composta per contento de la M. V., ma senza la 
carta M. V. non avrá molto piacer, de la carta pensó la 
resterá molto satisfatta , perche V ho vista e hone preso gran 
contento cum quella puocha intelligentia che io ho. El Co- 
lumbo me ha promesso darme commoditá di copiar tutte la 
lettere 1' ha scritto á questi Sereniss. Re deli soi viazi , che 
será cosa molto copiosa. Voglio in ogni modo trar questa 
faticha per amor déla M. V. Ulterius aspetamo de zorno in 
zorno da L^sbona el nostro Dottore, che lasso' li el Magni- 
fico Ambassatore, el qual á mia instantia ha fatto un' opera 
del viazo di Calicut, déla qual ne faro' copia á la M. V. de 
la carta del qual viazo non 6 possibile averne, chel Re ha 
messo pena la vista á qui la da fora.» 

De las otras dos cartas de Trivigiano el cardenal Zurla 
extracta solamente los pasajes que hacen referencia á Cris- 
tóbal Colón. En la segunda, cuya fecha no ha dejado con- 
signada el Cardenal en su extracto, pero que parece ser 
escrita en la misma ciudad de Granada, y según toda proba- 
bilidad en el mes de Septiembre del año 1501, decía lo si- 
guiente: 

«Li mando al presente un altro pezo de viazo del 
Columbo, et sic sucessive lo mandaro' tutto: benché credo 
che á questa hora el sará gettato á stampa de li , perche lo 
Ambassatore di queste Altezze che e venuto de li che va al 

Cristóbal Colón, t. ii. — 53. 



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Soldano, lo ha composto, ct lo volé donar alia Illustr. Sig- 
noria; ma senza carta la M. V. non potra pigliarne compito 
piazere. Come li scrissi lo ho mandata á far fare á Palos, 
che e loco á marina dove se fanno, ma non credo de hayer.e 
modo de inviarla alia M. V. avanti la nostra venuta: la qual 
pero' spero haverá ad esser presta, che son ormai tredici 
mesi che siamo in questa legatione.;) 

Tampoco dio' el cardenal Zurla la fecha de la tercera 
carta de la que copio' otro párrafo; mas como según expresa 
Mr. Harrisse está á continuacio'n de otro despacho de Trivi- 
giano fechado en Ecija en 3 de Diciembre de 1501 , y en esa 
tercera carta habla de los preparativos para el cuarto viaje 
de Colón, y de la próxima salida de éste, puede juzgarse 
que fué escrita en Sevilla en los primeros meses del año 
1502. El párrafo que de ella transcribió' el Cardenal es éste: 

«El Columbo se mete en ordene per andar á discoprir 
et dice volé far uno viazo piu bello et de mazore utilitá que 
alcum altro 1' habia fato. Credo partirá á tempo novo: con 
lui van molti amici miei que al suo ritorno me farano parte- 
cipe del tutto. Sonó etiam prepárate á Cades molte caravelle 
che de zorno in zorno devono partiré per la ínsula Spagnola 
cum 3000 uomini.» 





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Al finalizar el mes de Octubre del año 1501 llego Cris- 
tóbal Colón á la ciudad de Sevilla, llevando en su poder 
todas las reales provisiones y mandamientos necesarios para 
la expedicio'n de su flota ; que conociendo por experiencia lo 
que podía esperar del obispo don Juan de Fonseca y de los 
oficiales de la Contratación de Indias que seguían sus inspi- 
raciones, no quiso salir de Granada sin que se le hubieran 
dado todas las autorizaciones que juzgo oportunas para pro- 
ceder por sí en el armamento proyectado. 

Con la mayor diligencia dio' principio á sus trabajos, 
entendiendo en todo personalmente. Compro' cuatro navios 
de gavia cuales juzgo' que convenían: el mayor no pasaba 
de setenta toneles; en él se embarco el Almirante yendo 
por maestro Diego Tristán. Las otras tres carabelas fueron 
la nombrada Santiago, de la que hizo capitán á Francisco de 
Porras; la Vizcaína, qxt^q mando confio' á un compatriota 
suyo de ilustre familia, al genovés Bartolomé Fieschi, con 
el que le unieron constantemente lazos de invariable amistad, 
habiéndole ayudado en todos los trabajos y siendo luego 
uno de los testigos de su testamento, y la Gallega, de que 
nombro' capitán á Pedro Terreros. Aunque en su carta á los 
Reyes dice Colón fueron ciento y cincuenta personas conmigo 
el rol de á bordo solamente señala por sus nombres ciento 
cuarenta hombres, y este mismo número fija el P. Las Casas, 
entre chicos y grandes con los marineros y hombres de 
tierra; entre los cuales fueron algunos de Sevilla, ocho 
genoveses y uno natural del Milanesado. 

Procuro' el Almirante que el abastecimiento de las naves 
se hiciera en mejores condiciones que en los anteriores viajes, 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



421 



donde tanto se había padecido por la mala calidad de las 
provisiones y conservas, y que todos los víveres fueran bien 
preparados y pudieran resistir los accidentes de un largo 
viaje, como si presintiera los muchos trabajos que había de 
padecer, peligros que arrostraría y graves necesidades que 
habrían de sobrevenir. Bien abastecidos, pertrechados y 
armados los buques, salieron de Sevilla el 3 de Abril del 
año 1502, al mando del Adelantado don Bartolomé Colo'n, 
para detenerse en Sanlúcar de Barrameda, donde habían de 
ser recorridos y carenados. 

Cinco meses habían sido necesarios para el apresto de 
la expedición, á pesar de las o'rdenes terminantes de los 
Reyes, y de la proverbial actividad del Almirante y del 
Adelantado ; porque la enemistad y la malevolencia no cedían 
en su mal camino, y continuaban en su oposición, sorda, 
oculta, pero perseverante, en todo lo que se relacionaba con 
los descubrimientos, y más aún con la persona de Cristóbal 
Colón y de sus hermanos. 

En este tiempo escribió' repetidas veces á los Reyes 
reiterando la reclamacio'n de sus derechos, pues no le satis- 
facían las promesas embozadas, ni las disposiciones que 
hasta entonces se habían tomado relativas á sus bienes y ' 
negocios, y en favor de sus hijos y hermanos, para que si 
él muriese todo quedase asegurado, y fuera de las dudas é 
incertidumbres que por entonces rodeaban el libre ejercicio 
de sus prerrogativas. 

A sus repetidas instancias, y para satisfacer tan justas 
aspiraciones, dieron respuesta los monarcas con una Real 
Cédula fecha en Valencia de la Torre á 14 de Marzo, en la 
cual son dignos de llamar la atencio'n los conceptos que se 
reñeren al deseo del Almirante de pasar por la isla Española, 
y á la prisión del mismo, así como la promesa de guardarle 
sus privilegios para sí y para sus hijos. 

Había pedido Colón, según ya anteriormente se ha 
indicado, que en el viaje que preparaba le acompañasen el 



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Adelantado, su hermano, de cuyo valor 3^ pericia podía 
tener gran necesidad, y don Hernando, su hijo, que aunque 
de poco más de trece años de edad, daba evidentes muestras 
de grande inteligencia, y de un juicio mu}' superior á sus 
años; y al mismo tiempo, en la previsio'n de eventualidades 
desgraciadas; y también por ser el punto hasta entonces más 
conocido y de ma3^ores recursos, solicito' licencia para entrar 
en los puertos de la isla Española, para refrescar las provi- 
siones y reponerse de cuanto pudiera necesitar para empren- 
der desde allí navegación más dilatada. 

A lo primero, como á otras muchas peticiones referentes 
al viaje, accedieron los R^es de buen grado; pero pesando 
con profundo estudio las circunstancias del momento, y el 
estado en que se encontraba la colonia, le indicaron que no 
parecía conveniente tocase en sus puertos en el viaje de ida, 
dándole permiso para hacerlo al regreso en caso de necesidad 
y por poco tiempo. 

Mu3 T prudente parece haber sido esta resol ucio'n de los 
Re3*es, que ha sido objeto de diferentes juicios y aprecia- 
ciones desfavorables por parte de algunos historiadores. Los 
desaciertos de Francisco de Bobadilla, cuya desastrosa admi- 
nistracio'n ya referimos, habían puesto la isla á disposicio'n 
de los más comprometidos en la rebelio'n ; de aquellos que 
mayores delitos habían cometido y más interés tenían en 
desacreditar al Almirante y á su hermano, porque temían 
con mu3 T fundados motivos verlos repuestos en sus digni- 
dades. Eran delincuentes muy avezados á todo género de 
maldades, 3 T podía temerse, con razón, algún acto de vio- 
lencia que comprometiera la autoridad del Gobernador. 
Para evitar estas contingencias desfavorables, y dar tiem- 
po á que el comendador Ovando fuera estableciendo de 
nuevo el imperio de la ley , 3 r cobrando prestigio entre 
los colonos; así como para que hubieran regresado á España 
los muchos descontentos que deseaban hacerlo en compañía 
de su protector Bobadilla, lo cual contribuiría mucho á 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



423 



restablecer la tranquilidad , estimaron los Re}'es que era 
conveniente retrasar cuanto fuera posible el desembarco de 
Cristóbal Colón en aquellos lugares donde tan excitadas 
estaban todavía las pasiones. 

El texto de la Real Cédula da solución á todas las recla- 
maciones del Almirante, aunque no tan cumplida como sus 
merecimientos reclamaban. 

El docto y juicioso historiador William II. Prescott, 
estima estos actos con severa imparcialidad, huyendo de las 
exageraciones de que muchos se han dejado llevar. — «Mu- 
chas acriminaciones, dice r , se han hecho al gobierno de 
España por la parte que le cupiera en este deplorable acon- 
tecimiento, ya á causa de haber nombrado á una persona 
tan poco á propo'sito como Bobadilla, y ya por haberle con- 
cedido tan exorbitantes é ilimitadas facultades. Con res- 
pecto á lo primero estamos muy apartados de aquellos 
tiempos, como ya hemos advertido, para averiguar qué 
motivos pudieron hacer elegir á semejante persona.» 

«Aunque los Re3 7 es determinaran sin vacilar un momen- 
to que Colón fuera restablecido en todos sus honores, cre- 
yeron, sin embargo, conveniente diferir su reposición en el 
gobierno de la colonia hasta que, apaciguadas las turbacio- 
nes existentes en la isla, pudiera volver á ella con seguridad 
y ventaja. » 

«Muchas veces ha sido abiertamente acusado el gobier- 
no de España como ingrato é injusto por haber diferido 
restablecer á Colón en el pleno ejercicio de su autoridad 
sobre las islas; y esto aun por escritores que en lo demás 
han dado pruebas de extraordinaria imparcialidad y buena 
fe. Pero semejante acusado' n no tiene apo}70 alguno en 









1 Historia del reinado de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, 
escrita en inglés por William H. Prescott, -traducida del original por don Pedro 
Sabau y Larroya. — Madrid. M. Rivadeneyra, 1846. — Tomo III, pág. 235. 




424 



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ningún autor contemporáneo que haya llegado á mi noticia; 
y parece, en efecto, que era del todo inmerecida. Además de 
que claramente no convenía volverle á poner en medio de sus 
contrarios 3' desafectos, sin haber dado lugar á que se disi- 
paran los antiguos odios y prevenciones: había en su carácter 
diversas singularidades, que hacían dudoso si era la persona 
más á propo'sito para un caso que exigía la mayor impasibi- 
lidad , la destreza más consumada, y una autoridad personal 
reconocida por todos. Por otra parte su sublime entusiasmo, 
que le saco' victorioso de los más grandes obstáculos, le había 
atraído al mismo tiempo multitud de embarazos, de que se 
hubiera libertado otro hombre de temple más tranquilo. 
Aquel carácter le hacía considerar mu} r fácilmente á los 
demás como animados de su mismo espíritu, y le exponía á 
tristes desengaños.» 

«El Rey é la Reina: clon Cristóbal Colon nuestro 
Almirante de las islas y tierra firme que son en el mar 
Océano á la parte de las Indias. Vimos vuestra letra de 26 
de Febrero y las que con ellas nos enviastes y los memo- 
riales que nos distes, y á lo que decís que para este viaje 
á que agora vais querriades pasar por la Española, ya os' 
dijimos que porque no es razón que para este viaje á que 
agora vais se pierda tiempo alguno, en todo caso vais por 
este otro camino, que á la vuelta si os paresciere que será 
necesario, podéis volver por allí de pasada para deteneros 
poco; porque como veis convendrá que vuelto vos del viaje 
á que agora vais, seamos luego informados de vos en per- 
sona de todo lo que en él hobiéredes hallado y hecho, para 
que vuestro parecer y consejo proveamos sobre ello lo que 
mas cumple á nuestio servicio, y las cosas necesarias para el 
rescate de acá se provean. Aquí vos enviamos la instrucción 
de lo que placiendo á Nuestro Señor, habéis de facer en este 
viaje * ; y á lo que decís de Portugal, Nos escrivimos sobre 



1 Véase esta instrucción en las Aclaraciones y documentos (C). 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



425 



ello al Rey de Portugal, nuestro hijo, lo que conviene, y 
vos enviamos aquí la carta nuestra que decís, para su 
capitán, en que le facemos saber vuestra ida hacia el 
Poniente, y que habernos sabido su ida hacia el Levante, 
que si en camino vos topáredes, vos tratéis los unos á los 
otros como amigos , y como es razón de se tractar Capitanes 
y gentes de Reyes entre quien hay tanto deudo, amor y 
amistad, diciendo que lo mismo habernos mandado á vos; y 
procuraremos que el Re}^ de Portugal, nuestro hijo, escriba 
otra tal carta al dicho su Capitán. 

»A lo que nos suplicáis que hayamos por bien que 
levéis con vos en este viaje á Don Fernando, vuestro hijo, y 
que la ración que se le dá quede á Don Diego vuestro hijo, 
nos place dello. 

»A lo que decís que queriades llevar uno o' dos que 
sepan arábigo paréscenos bien, con tal que por ello no os 
detengáis. 

»A lo que decís, que parte de la ganancia se dará á la 
gente que vá con vos en esos navios, decimos que vayan de 
la manera que han ido otros. 

»Las 10,000 piezas de moneda que decís, se acordó' 
que no se hiciesen por este viaje fasta que mas se vea. 

))De la po'lvora y artillería que demandáis, vos avernos 
3 T a mandado proveer como veréis. 

»Lo que decís que no podísteis hablar al Doctor Ángulo 
é al Licenciado Zapata á causa de la partida, escrividnoslo 
larga é particularmente. 

«Cuanto á lo otro contenido en vuestros memoriales y 
letras, tocantes á vos y á vuestros hijos y hermanos, porque 
como vedes, á causa que Nos estamos en camino y vos de 
partida, no se puede entender en ello hasta que paremos de 
asiento en alguna parte, y si esto hobiésedes de esperar se 
perdería el viaje á que agora vais, por esto es mejor, que, 
pues de todo lo necesario para vuestro viaje estáis despa- 
chado, vos partáis luego sin detenimiento alguno, y quede 

Cristóbal Colón, t. ii. — 54. 




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426 



CRISTÓBAL COLÓN 




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á vuestro hijo el cargo de solicitar lo contenido en los dichos 
memoriales ; y tened por cierto que de vuestra presión nos pesó 
mucho, y bien lo visteis vos y lo cognoscieron todos claramente, 
pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar, y sabéis el 
favor con que vos habernos mandado tractar siempre, y agora 
estamos mucho mas en vos honrar y tractar muy ¡den; y las mer- 
cedes que vos tenemos fechas vos serán guardadas enteramente, 
según forma y tenor de nuestros privilegios que aellas tenéis, sin 
ir en cosa contra ellas, y vos y vuestros hijos gozareis aellas como 
es raipn, y si necesario fuese confirmarlas de nuevo las confir- 
maremos; y á vuestro hijo mandaremos poner en posesión de 
todo ello, y en mas que todo esto tenemos voluntad de vos 
honrar y fazer mercedes, 3 r de vuestros hijos y hermanos 
Nos tememos el cuidado que es razón; y todo esto se podrá 
fazer, yéndovos en buena hora , y quedando el cargo á 
vuestro hijo, como está dicho: y así vos rogamos que en 
vuestra partida no ha} r a dilación. — De Valencia de la Torre, 
á 14 de Marzo de 502 años. 



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Yo el Rey 



Yo la Reina. 



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» Por mandado del Rey y de la Reina. — Miguel Per e\ 

Aliñaban.» 

Después en el cumplimiento ocurrieron las dificultades 
y entorpecimientos, variaciones y pequeñas miserias que tan 
malos ratos causaron al Almirante; pero esta carta podrá 
alegarse siempre como testimonio del alto concepto en que 
los Reyes le tenían, y de su probada inocencia, demostrando 
que no era culpable de ninguna de aquellas faltas que sus 
calumniadores le imputaron, ni responsable de los cargos 
que la malicia formulaba contra él , pues no de otro modo 
se concibe que los Reyes Católicos no solían ser tan expre- 
sivos, ni deponer de tal modo su gravedad en las relaciones 
con sus vasallos, siendo de admirar los términos afectuosos 
que usaron con el Almirante, y no sin razón, al decir del 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



P. Las Casas, pues nunca algún otro tal servicio hi^p, chico ni 
grande, á sus Reyes jamás. 



II 



427 






En tales condiciones se traslado' Cristóbal Colón desde 
Sevilla á Cádiz en los primeros días del mes de Mayo para 
emprender su cuarta expedicio'n. 

Antes de ausentarse de Sevilla redacto' una instruccio'n 
que dejo á su hijo primogénito don Diego, para que la 
tuviera presente en las eventualidades que pudieran sobre- 
venir durante su ausencia, y aún en el caso de que falleciera 
durante el viaje. Sus disposiciones guardan perfecta analogía 
con muchas de las que consigno' don Diego en sus testa- 
mentos otorgados el primero en Sevilla en 1509 y el segundo 
en Santo Domingo en 1523; constituyendo, sin embargo, 
un documento interesante que copio don José Vargas Ponce 
de una Genealogía de la casa de Portugal escrita por don 
Francisco Medina Nuncibay, cuyo paradero se ignora hoy, y 
que había permanecido inédito hasta que lo ha sacado á luz 
el ilustrado marino don Cesáreo Fernández Duro, tantas 
veces citado l , y á quien tanto deben los estudios colom- 
binos. 

La instruccio'n es ésta : 

((Muy caro hijo, yo os dejo en mi lugar, y quiero que 
vos todo lo que me pertenece, que lo gastes con mucha orden 
lo que pertenezca á tu honra, y para ello te dejo poder ante 
escribano. 



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1 Véase el libro titulado Nebulosa de Colón, según observaciones hechas 
en ambos mundos. Madrid, 1890, pág. 25. 




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CRISTÓBAL COLON 



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» Todos mis privilegios y escrituras quedan á fray don 
Gaspar, y una escritura de ordenación de mis bienes, para 
si menester fuere en algún tiempo. 

»Yo te mando y encargo que tu lo debas tomar mucho 
á devoción, de dar el décimo de todos los dineros que 
hubieres, que sean de rentas, que sean de cualquiera otra 
guisa, el diezmo de ella, luego sin dilación de ora dadlo por 
servicio de nuestro Señor á pobres necesitados y parientes 
antes que á otros, 3^ si no estubieren á do estubieres, apar- 
talos para se los enviar. Si esto ficiéredes, nunca te faltará 
el necesario, porque nuestro Señor proveerá. 

»Yo te mando que todas las personas que trataren 
contigo que las honres 3^ trates bien, desde el rr^or al mas 
pequeño; porque son pueblo de Dios nuestro Señor, El te 
honrará 3- acrecentará según que honrares á su pueblo, é si 
maltratáredes á algún dcllos, nuestro Señor te tratará mal 
á tí, 3 r te afligirá si afligieres á nadie, ansí haz miseri- 
cordia y ten por cierto que El hará á tí misericordia. 

»A1 Rey 3^ á la Reina nuestros señores, y á sus hijos, 
sirve con mucho amor, y no los importunes por los memo- 
riales que yo dejé á SS. AA., bien que digan que 3 7 o los 
faga requerir, fasta que plega á nuestro Señor de me traer 
á salvo, si viviérades el tiempo á su voluntad. 

»A Beatris Enrique^ hayas encomendada por amor de 
mí, atento como teníades á tu madre, haya ella de tí diez 
mili maravedís cada año, allende de los otros que tiene en 
las carnecerias de Co'rdoba. 

»A Violante Nuíie^ (sic) dá diez mil maravedís cada año, 
por tercios. (Debió leerse Muni^J. 

»Yo te mando, so pena de mi obediencia, que por tu 
persona tomes cuenta cada mes del gasto todo de tu casa 3^ 
lo firmes de tu nombre, porque de otra guisa se pierden los 
criados 3' los dineros 3- se cobran enemistades. 

»Yo te mando so pena de inobediente, que todas las 
cosas de sustancia que hubiéredes de hacer que sea todo con 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



429 



parecer y consejo de Fray Don Gaspar Gorricio, y no en 
otra manera: y trabaja porque se le tra}^a el Breve del Santo 
Padre, para poder salir á entender en mis cosas. } 7 en esta 
empresa de las Indias demuestra sancta fé y gasta en esto 
cuanto fuere menester. 

»En lo de tu casamiento, si SS. AA. te fablan o' mandan 
á fablar. responde que 3ro suplico á SS. AA. que manden 
que esté suspenso hasta que nuestro Señor me traya. 

»Don Diego, mi hermano, queda en Cádiz; es menester 
que del dinero que nuestro Señor te dará , que lo proveas y 
tengas mu} r gran cuidado de él, porque es mi hermano, 
y ha sido siempre muy obediente. Has de procurar que 
SS. AA. le hagan merced de algo en la Iglesia; una canongia 
ú otra cosa. 

«Luis de Soria siempre habia dado lo que ha podido, 
y tiene mi procuración: escríbele á menudo y él escribirá 
al señor. 

»Yo embié á Carvajal á las Indias en mi lugar á recabar 
lo que me pertenecia: yo le di mi instrucción, y por escrito 
todo lo que allí tengo, ques buena cantidad de dineros, como 
puedes ver por el traslado de la instrucción y de las escri- 
turas todas que 3^0 te dejé en un envoltorio. El ha de tra- 
bajar de te enviar los mas dineros que él pudiere con estos 
navios. Yo le diré (¿dixe?) que se viniere con los otros que 
irán atrás o' en estos que fueron: él sabe muy bien todos los 
negocios mios allegar. Yo le prometía á quinientos mara- 
vedís cada día , como y por la guisa que hubiera por su 
última instruccio'n, y si acá entendiere en mis negocios se le 
dará cincuenta mil maravedís. Hombre es de buen saber: él 
ha recibido de mí los dineros 3 r escrituras que verás en su 
instrucción que te digo, como dije arriba, y llevo un libro 
de mis privilegios autorizado. 

w Micer Francisco de Rivarol , Micer Francisco Doria, 
y Micer Francisco Cataño y Micer Gaspar Espéndola , me 
emprestaron para suplir el ochavo de las mercancías que 






43o 



CRISTÓBAL COLÓN 



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fueron á las Indias, 3^ mas ciento diez 3^ ocho mil maravedís 
en dinero que se gastaron en Sevilla, 3 T cincuenta mil en 
Jerez, 3- veinticinco mil en Granada: de todo tienen mi 
cédula y escritura pública. Yo he mandado á Carvajal que 
los pague todos. Procura que sea así, y todos los otros 
dineros que parece que ha3 r a 3^0 recibido por mi firma. 
Carvajal llevo' poder para recibir el ochavo de todas las 
mercaderías; entiéndese el dinero que dellas saliere, y otras 
muchas deudas que allá en la Española me son debidas , y 
otras cosas que allá me tomo' Bobadilla; lo cual todo te dejo 
por memoria, como arriba vá dicho, en un envoltorio.» 

En estos mismos días probablemente, mientras que el 
Almirante redactaba esta instruccio'n para su hijo, en la 
previsión de contingencias desgraciadas , se terminaban 
también las copias autorizadas que había mandado hacer de 
las cartas, privilegios y cédulas que desde el año 1492 hasta 
aquella fecha había obtenido de los Re3^es Católicos. Se 
empezó' el miércoles 5 de Enero de 1502 ante Esteban de la 
Roca é Christo'bal Ruyz Montero, alcaldes ordinarios de 
Sevilla, y en presencia del escribano público Martín Rodrí- 
guez, en la casa morada del Almirante, donde éste exhibió' 
los documentos originales escritos en papel é pergamino, é 
firmados de sus reales nombres, (del Rey 3 r de la Reina) c 
sellados con sus sellos de plomo pendientes en filos de seda á 
colores é de cera colorada en las espaldas, é refrendados por 
ciertos oficiales de su casa real. 

De todos estos documentos, cartas 3^ privilegios se 
sacaron cuatro traslados: uno de ellos dejo' Cristóbal Colón 
con los originales depositados en el Monasterio de la Cartuja 
de las Cuevas. Otro, llevo' á las Indias Alonso Sánchez 
Carvajal, 3^ los dos restantes recogió' el mismo don Cris- 
tóbal para darles la direccio'n 3^ destino que ya referimos en 
la Introducción, y ahora veremos. 

Los cotejos con los originales se fueron haciendo paula- 






LIBRO QUINTO.— CAPITULO II 



431 



unamente, por tres escribanos. El último de ellos parece 
haber sido concluido en 22 de Marzo. El Almirante había 
escrito al embajador de Genova Alicer Nicolo Oderigo, 
enviándole uno de los ejemplares que primeramente se ter- 
minaron, dentro de una barjata de cordobán colorado con su 
cerradura de plata con dos cartas para el oficio de San Jorge, 
donde quería que se guardase aquella copia. 

La carta, cuyo auto'grafo se conserva en Genova y ha 
sido publicada en facsímile por el P. Juan 13. Spotorno, 
dice así: 



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«Al Señor Embaxador Alicer Nicolo Oderigo. 
» Señor : 

» La soledad en que nos habeys dexado no se puede 
dezir. El libro de mis .escrituras di á Alicer Francisco de 
Ribarol para que os le enbie con otro traslado de cartas 
mensajeras: del recabdo y el lugar que pone}^ en ello, os 
pido por merced que lo escrivays á Don Diego. Otro tal se 
acabará, y se os enbiará por la mesma guisa, y el mesmo 
Micer Francisco. En ello fallarcys escritura nueba: S. A. me 
prometieron de me dar todo lo que me pertenece y de poner 
en posesión de todo á Don Diego, como veyre} T s. Al Señor 
Alicer Juan Luys, y á la Señora Madona Catalina escrivo: la 
carta vá con esta. Yo esto} r de partida en nombre de la Santa 
Trinidad con el primer buen tiempo, con mucho atabio. Si 
Gerónimo de Santi Esteban viene, débeme espectar, 3^ no se 
enbaraear con nada; porque tomarán del lo que pudieren, y 
después lo dexaran en blanco. Venga acá, é el Rey y la Re}^- 
na lo recebirán, fasta que yo venga. Nuestro Señor os a} T a 
en su santa guardia. Fecha á XXI de marco en Sevilla 1502. 
» A lo que mandares. 

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Xpo FERENS.» 



432 



CRISTÓBAL COLON 



El último ejemplar lo dirigió el Almirante al mismo 
Nicolás Oderigo por medio de Francisco Catanio, o' Cataneo, 
á quien lo entrego' en Cádiz, cuando }^a estaba á punto de 
darse á la vela. 



III 









Puestos en orden todos estos asuntos y terminados otros 
preparativos que le habían detenido en Sevilla hasta bien 
entrada la primavera, tuvo noticia el Almirante de que su 
hermano don Bartolomé, concluida la reparación de los 
buques, había salido para Cádiz, y allí se dirigió' para re- 
unirse con él en los primeros días del mes de Marzo desde 
Sanlúcar de Barrameda, y con fecha 4 de Abril dirigió' 
carta á su excelente amigo el monje cartujano fray Gaspar 
Gorricio, hablándole brevemente de varios asuntos. El ori- 
ginal de esa carta se conserva en el Archivo del excelen- 
tísimo Sr. Duque de Veragua, y dice así: 

«Al Reverendo y muy devoto Padre Fray Gaspar. 

» Reverendo y muy devoto Padre: si el deseo de saber 
de vos me fatiga ansí andando á allá adonde vo}^, como 
hará aquí? recibiré gran pena. — Las cosas de mi despacho 
me han cargado tanto que he dejado el resto: y esto por 
hazer todo más despacio. El señor Adelantado ya partió' 
con los navios para despalmar en la Puebla Vieja. Mi par- 
tida será en nombre de la Santa Trinidad el miércoles por 
la mañana. — A la vuelta verá á V. R. don Diego y le em- 
porná bien en lo de mi memorial que yo le dexo, del qual 
querría yo que tuvieredes un traslado. 

»Allá van para mi arquita algunas escrituras. — La carta 
escribiré de mi mano. Don Diego se la traerá con mis cnco- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



433 



miendas: á esos devotos religiosos me encomiendo, en espe- 
cial al Reverendo Padre Prior, que soy muy suyo y deseoso 
de servirle. Fecha á 4 de Abril. 
»Para lo que V. R. mandare 

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Xpo. FERENS.» 

El día 9, según el P. Las Casas, o el 11, según 
el escribano de á bordo Diego Porras, cuyo dato sigue 
Mr. II. Ilarrisse, zarpo' la flota del puerto de Cádiz en 
direccio'n á las Canarias. Mas como en el punto de levar 
anclas llegase la noticia de que los moros tenían estre- 
chamente cercada en Arcila la guarnicio'n portuguesa , y 
que ésta muy inferior en número se encontraba en grave 
apuro , decidió' prestarle socorro con las fuerzas que man- 
daba. 

Comprendía el Almirante que no eran de gran impor- 
tancia para ayudar á los sitiados los pocos soldados que 
llevaba en sus carabelas; pero confiaba más que en la fuerza 
material en el efecto moral que había de producir, tanto en 
sitiados como en sitiadores, — en los unos de esfuerzo y con- 
fianza, en los otros de temor, — la vista de aquella escuadra 
que de Europa se dirigía á las costas africanas, y cuya 
importancia no podían calcular unos ni otros. Era un soco- 
rro que podía decidir la suerte de los cristianos cercados 
en Arcila, y Colón no vacilo' ni un momento en prestárselo, 
aun comprometiendo su expedicio'n. 

Afortunadamente cuando la escuadra llego' frente á 
la plaza, los moros habían levantado el cerco. Dispuso 
el Almirante que su hermano, el Adelantado, su hijo 
don Fernando y los capitanes y oficiales de todos los 
barcos saltasen en tierra y pasaran á ofrecerse al Gober- 
nador, que se hallaba postrado en cama á consecuencia 

Cristóbal Colón, t. ii. — 55. 






434 



CRISTÓBAL COLÓN 



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de las heridas recibidas en el último asalto de los moros, 
prometiéndole su ayuda en nombre de los reyes de Es- 
paña. 

Mucho agradecieron los portugueses tan oportuno men- 
saje, y al regresar el Adelantado y los suyos, fueron acom- 
pañados por varios caballeros de los principales de la 
guarnición, que pasaron á bordo para dar gracias al Almi- 
rante en nombre del Gobernador. Por singular coincidencia 
parece que iban entre aquéllos algunos señores que tenían 
deudo con Cristóbal Colón, por ser parientes de su mujer 
doña Felipa Muñiz. 

Verifico'se una amistosa conferencia, y en el mismo 
día continuo' su Aliaje la expedicio'n con rumbo á Ca- 
narias, llegando á ellas el 20 de Mayo. Permaneció en 
la Gran Canaria cinco días, haciendo abundante provi- 
sio'n de quesos y salazones, y completando las de leña y 
agua. 

Aprovechando la momentánea ociosidad de aquellos 
días, en tanto que se terminaba el aprovisionamiento, volvió' 
á escribir á Fray Gaspar Gorricio, para que no descuidase 
sus encargos, en afectuosa carta, tan breve como expresiva, 
en estos términos: 

«Al Reverendo y muy devoto Padre D. Gaspar. 
»En las Cuevas de Sevilla. 

w Reverendo y muy devoto Padre: el vendaval me de- 
tuvo en Cáliz fazta que los Moros cercaron á Arcila, y con 
él salí al socorro y fui al puerto. Después me dio' nuestro 
Señor tan buen tiempo que vine aquí en cuatro dias. — 
Agora será mi viaje en nombre de la Santa Trinidad, y es- 
pero della la victoria. 

»Acoerdese V. R. de escribir á menudo á don Diego, y 
acoerde á miser Francisco de Rivarol el negocio de Roma, 
que non le escribo por la prisa. 

))A1 Padre Prior y á todos esos religiosos me enco- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO II 



435 



miendo. — Todos acá estamos buenos á Dios Nuestro Señor 

gracias. Fecha en Gran Canaria ' 

»Para lo que V. R. mandare 

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Xpo. FERENS.» 



El día 25 á la caída del sol desplegaron velas poniendo 
nuevamente las proas en dirección al Nuevo Mundo. 

Para este viaje, además de los datos contenidos en la 
carta que Colón dirigió á los Re}res desde la isla Jamaica, 
y del relato de fray Bartolomé de las Casas, que recogió' 
noticias de muchos de los que fueron en la expedición, hay 
que consultar como guía indudable y de mayor crédito á 
don Fernando Colo'n , que fué testigo presencial, y consigno 
lo que había visto, refiriendo sucesos en que había tomado 
parte activa, en los últimos capítulos de sus Apnulcs (His- 
torie) desde el LXXXVIII hasta el postrero. Ya hemos visto 
que los Re}>"es accedieron á que en compañía del Almirante 
emprendiera el arriesgado viaje ; y él mismo al hablar del 
apresto de los buques dice: «que se aprestaron con armas y 
vituallas cuatro navios de gavia de setenta toneladas de 
porte el mayor, y el menor de cincuenta, con ciento cuarenta 
hombres, entre grandes y pequeños, de que yo era uno » 

El viaje en esta primera parte fué felicísimo, el viento 
favorable tan constante, que en veinte y un días, sin calar 
la vela llegaron á la isla de Matinino en 15 de Junio por la 
mañana, con bastante alteracio'n de mares v vientos. Para 
dar descanso á la gente, y que lavasen sus ropas, según la 
necesidad y costumbre de los que van desde España en la 



1 Está rota la punta de papel y no puede leerse lo demás de la fecha. 

Colón llegó á la Gran Canaria el 20 de Mayo de 1502, y continuó desde 
allí su viaje el 25; por consiguiente la fecha debe ser de uno de estos días. 
(Notas del señor don Martín Fernández Navarrete). 



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primera tierra que tocan, quiso el Almirante que saltasen 
en tierra ; allí permanecieron tres días hasta el sábado diez y 
ocho, haciendo provisio'n de leña y refrescando la de agua, 
y luego se dirigieron al Poniente de la isla y ganaron la 
Dominica, distante diez leguas por aquel rumbo. 

En opinio'n de Washington Irving esta isla llamada 
Matinino por los indios, corresponde á la que actualmente se 
llama Martinica, que dista diez leguas de la Dominica. Don 
Martín Fernández Navarrete la reduce á la que ahora se 
nombra Santa Lucía. Desde allí, discurriendo entre las islas 
caribes, fueron á la de Santa Cruz, 3^ el viernes 24, pasando 
al Sur de la de Puerto Rico, tomaron el rumbo directo á 
Santo Domingo. 

No entraba esta direccio'n, según parece, en el primitivo 
plan del Almirante, ni se conformaba con lo preceptuado 
por los Reyes Cato'licos. de que dejase su recalada en la 
Española para el viaje de regreso ; pero le obligaron á ello 
circunstancias del momento, según expresa su hijo; «porque 
el Almirante tenia ánimo de trocar uno de los cuatro navios 
que llevaba, que era poco velero, y que navegaba menos, y 
no pedia sostener las velas si no se metia el bordo hasta 
cerca del agua, de que resulto bastante daño en aquel viaje, 
dado que la intención del Almirante cuando venia por el 
golfo, era de ir á reconocer aquella tierra y seguir la costa, 
hasta dar con el estrecho que tenia por cierto haber hacia 
Veragua 3^ el Nombre de Dios; pero el defecto del navio 
le preciso' ir á Santo Domingo para trocarle por otro bueno.» 

Llego' la Ilota al puerto de Santo Domingo el 29 de 
Junio, é inmediatamente mando Cristóbal Colón á Pedro 
Terreros, el capitán de la carabela La Gallega, para que 
diese cuenta al comendador Ovando de su llegada, y le 
explicase el objeto que la motivara, pidiendo le procurase 
un buque mejor que pudiera comprar o cambiar por el otro 
que no era á propo'sito para el viaje. 



438 



CRISTÓBAL COLON 









Desde el punto mismo en que con grillos 3^ esposas 
llegaron á España el descubridor del Nuevo Mundo y sus 
hermanos, la destitución de Francisco Bobadila fué recla- 
mada unánimemente por la opinión, y decidida por los 
Re} T cs. Las quejas que el Almirante expuso, los agravios 
que manifestó', las injurias de que hizo mérito confirmaron 
aquella resolucio'n, y otras razones que nacieron de las 
noticias recibidas del desorden administrativo del Comen- 
dador, la hicieron llevar á efecto inmediatamente. 

Lijáronse los Reyes en la persona que debía sustituir al 
desacertado Bobadilla, y eligieron á fray Nicolás de Ovando, 
comendador de Lares, de la Orden de Alcántara, y que á su 
reputación de honrado } t virtuoso, unía extensos conoci- 
mientos, 3^ carácter prudente y conciliador, cual era nece- 
sario en las circunstancias en que se encontraba la colonia, 
para borrar las huellas de pasados deso'rdenes, restablecer el 
imperio de la autoridad, 3^ dar prestigio al cargo de Gober- 
nador que iba á desempeñar. 

«Era mediano de cuerpo, y la barba mu3^ rubia o' 
bermeja; tenia 3^ mostraba grande autoridad, amigo de 
justicia; era honestísimo en su persona en obras 3^ palabras, 
de cudicia 3^ avaricia muy grande enemigo, 3^ no pareció' 
faltarle humildad, cjue es esmalte de las virtudes; y, dejado 
que lo mostraba en todos sus actos exteriores, en el regi- 
miento de su casa, en su comer 3^ vestir, hablas familiares y 
públicas, guardando siempre su gravedad y autoridad, 
mostrólo asimismo, en que después que le trajeron la Enco- 
mienda Mayor, nunca jamás consintió' que le dijese alguno 
señoría Este caballero era varón prudentísimo 3 T digno 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



439 



de gobernar mucha gente , pero no indios , porque con su 
gobernación inestimables daños, como abajo parecerá, les 
hizo. » 

Este retrato nos dejo' del comendador Ovando el obispo 
fray Bartolomé de las Casas, que le conoció' personalmente 
y fué con él á las Indias en aquel viaje, como él mismo lo 
dice en su Historia. 

Salieron de Sanlúcar el primer domingo de Cuaresma, 
13 de Febrero de 1502. Como Cristóbal Colón se había 
quejado á los Reyes en Granada, de que el nombramiento 
de gobernadores para la India no podía hacerse sin lastimar 
sus privilegios, firmados por aquéllos, y se le prometía 
guardar en todo lo capitulado, y aún confirmarlo si fuera 
necesario, se dio' carácter de interino al nombramiento de 
fray Nicolás de Ovando, señalándole el tiempo de dos años, 
para que en ellos acabase la informacio'n de los delitos come- 
tidos durante las sublevaciones, y apaciguados los ánimos, 
calmados los odios, extinguidas las enemistades con el 
regreso á España de todos los comprometidos y lastimados 
por aquellos sucesos, pudiera proveerse en la vuelta del 
Almirante á su gobernacio'n. 

La ilota que se dispuso para llevar á la isla Española al 
nuevo Gobernador fué más importante que todas las despa- 
chadas hasta entonces, porque llevaba más de dos mil y 
quinientos hombres, para el aumento de los trabajos, y gran 
cantidad de víveres, semillas, animales y utensilios de todas 
clases, y debía además recoger allá al comendador Bobadilla 
y á cuantos desearan volver á España con todos los objetos 
de su pertenencia. 

Fletáronse treinta y dos naos y navios, entre chicos y 
grandes, bajo el mando de Antonio de Torres, saliendo con 
pro'spcro viaje del puerto de Cádiz con la obligada direccio'n 
de las islas Canarias; pero ya á lá vista de ellas, el domingo 
siguiente se desato' un vendaval, que es viento Austro ó del 
Austro colateral, tan recio y desaforado que causo grande 






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440 



CRISTÓBAL COLON 



tormenta en la mar. Los buques se separaron unos de otros, 
sin poder gobernar, corriendo cada uno el viento según lo 
permitía su solidez y el estado de su arboladura. I na de las 
mayores naves llamada la Rábida, se fué á pique sin poderse 
salvar nada de su carga, pereciendo desgraciadamente ciento 
veinte pasajeros que iban en ella y toda su tripulacio'n. Los 
demás buques tuvieron que arrojar al agua cuanto llevaban 
sobre cubierta, perdiendo algunos parte del velamen y más- 
tiles, y estos despojos, depositados por las olas en las playas 
del mediodía de España , hicieron correr la noticia de que la 
escuadra toda había perecido sepultada en los abismos del 
mar por la inmensa violencia del huracán, que también aquí 
se había dejado sentir y causado muchos estragos. 

Estas tristes nuevas llegaron á Granada, donde los 
Reyes se encontraban, confirmadas con el hecho de haberse 
recogido en la costa junto á Cádiz, cajonería, maderas, 
pipas y varios restos de la nao Rábida, y produjeron tan 
grave impresio'n en su ánimo, considerada la inmensidad del 
desastre y la pérdida de tantas personas, que estuvieron 
ocho días retraídos sin permitir que nadie los viese ni 
hablase. 

Pero felizmente la catástrofe se redujo á perder la nao 
Rábida y su tripulacio'n. Los demás buques, corrido el inmi- 
nente peligro, se . fueron amparando en la Gomera; allí 
repararon como mejor se pudo las averías que todos, cual 
más cual menos, habían sufrido, rehicieron los repuestos, y 
habiéndose unido á la escuadra otra carabela, con muchos 
naturales de aquellas islas que deseaban pasar al Nuevo 
Mundo, siguieron su viaje con el mismo número de treinta 
y dos naves con que habían salido de la barra de Sanlúcar. 

Antes de darse á la vela dividió' el Comendador la 
escuadra en dos partes, llevando consigo los buques más 
veleros y de mejor andar, y dejando los más pesados al 
mando de Antonio de Torres. 

Ambos tuvieron feliz viaje, sin nuevos contratiempos 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



44' 



ni borrascas , llegando al puerto de Santo Domingo el 
comendador Ovando el día 15 de Abril, y Antonio de Torres 
doce o' catorce días después. 



II 



A la llegada de las carabelas, acudieron al puerto, 
según costumbre, cuantos españoles había en la ciudad, sin 
excepcio'n de clases ni condiciones: que la curiosidad y el 
interés los movían á todos con igual fuerza, siempre que se 
divisaba alguna flota, ansiando saber noticias y novedades 
de la patria. Apiñados todos en la ribera, y conociendo 
desde lejos á muchos de los que en las barcas bajaban á 
tierra, comenzaron á preguntar con grandes voces por 
nuevas de Castilla. Respondieron los que iban que buenas 
nuevas, que todo quedaba bien en España y que los Reyes 
enviaban por su Gobernador al comendador de Lares , de la 
Orden de Alcántara, bien conocido de muchos. 

Con esto, cuando pusieron el pie en la pla}^a, ya los 
estaba esperando con toda la gente y vecinos de la ciudad el 
comendador Bobadilla. Recibieron todos con el mayor come- 
dimiento á Ovando, y le condujeron á la fortaleza, donde 
leídas las Reales Cédulas y provisiones, le prestaron el 
debido acatamiento, y habiendo recibido juramento, como en 
las mismas se preceptuaba, al nuevo Gobernador, le pusie- 
ron inmediatamente en posesio'n de su cargo, dándole obe- 
diencia, en tanto que iban desembarcando las demás personas 
que habían quedado á bordo. 

Entre las instrucciones comunicadas al comendador de 
Lares, era la primera la de enviar á España á Bobadilla al 
regreso de la flota, con amplia 3^ veraz informacio'n de su 
conducta en el gobierno, y en lo que se refería al Almirante; 

Cristóbal Colón, t. ii. — 56. 





442 



CRISTÓBAL COLON 




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haciendo iguales diligencias con todos los que hubieran co- 
metido ciertos delitos á la sombra de los pasados trastornos, 
que también deberían ser embarcados en aquellos buques. 
Llevaba el encargo de fundar cuatro ciudades en los puntos 
más convenientes de la isla . obligando á los españoles á que 
residieran en ellas, } T no anduviesen errantes por los campos, 
en el deseo de arrebatar cuanto oro encontraban en poder de 
los infelices indios; logrando así que se amparasen mutua- 
mente y que estuvieran sometidos á la vigilancia de las 
autoridades reales. También se le había encargado especial- 
mente cuidara de que á los indios se les tratara con huma- 
nidad, y procurase su instrucción moral y religiosa, á cu^'O 
efecto se embarcaron con el mismo Comendador doce frailes 
franciscanos, de reconocida piedad y so'lida doctrina, con un 
prelado llamado fray Antonio de Espinal. 

El comendador Ovando comenzó' desde luego á cumjDlir 
las o'rdenes que había recibido. Abrió' juicio de residencia á 
su antecesor Bobadilla , y como el mando de éste había sido 
tan débil y desconcertado, aunque no tenía en verdad 
enemigos que desearan su ruina, tampoco pudo contar con 
verdadero afecto en el pueblo, ni con amigos leales que le 
acompañasen en su desgracia: «y era cosa de considerar, 
como dice el P. Las Casas, verle cual andaba solo y desfa- 
vorecido, }^endo y viniendo á la posada del Gobernador, y 
parecer ante su juicio, sin que hombre lo acompañase de los 
que él habia favorecido y dicho, aprovechaos que no sabéis 
cnanto este tiempo os durará.» 

Examinadas también las causas del levantamiento y 
desobediencia de Francisco Roldan y sus secuaces , como se 
le había encomendado, dispuso Ovando que todos partiesen 
para España , donde habían de ser juzgados y castigados, 
según mereciesen; y aun parece dispuso que Roldan viniese 
en calidad de preso, aunque sin hierros, porque esto no lo 
recordaba bien fray Bartolomé de las Casas. 

Todos fueron embarcados ; pero conforme á las instruc- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



443 



ciones recibidas se dispusieron á traer consigo las cantidades 
de oro que habían ido acumulando, pues en aquellas riquezas 
fiaban la absolucio'n de sus culpables actos. 

Grande era ya la riqueza que en aquella Ilota debía 
venir á España; en la nave capitana se embarcaron cien mil 
castellanos o pesos de oro, que correspondían á la corona, 
y otros tantos que eran de los jefes que se dispusieron á 
venir en ellas. Esto sin contar lo mucho que se ocultaba, y 
lo que en los demás buques de la escuadra traían oficiales 
y soldados. Se entrego también á Antonio de Torres para 
que lo presentase á los Reyes, el mayor grano de oro nativo 
que hasta entonces se había visto ni se vio' después en la isla 
Española; pieza tan notable y celebrada que en su des- 
cripción , valor y hallazgo se detienen muy de propo'sito los 
historiadores. — « El grano que dije, de que dieron nuevas, 
dice fray Bartolomé de las Casas, fué cosa monstruosa en 
naturaleza, porque nunca otra joya tal. que la naturaleza f 
sola formase vieron los vivos; pesaba 35 libras, que valían 
3,600 pesos de oro; cada peso era o' tenia de valor 450 ma- 
ravedís; era tan grande como una hogaza de Alcalá (que 
hay en Sevilla, y de aquella hechura, que pesa tres libras), 
y yo lo vide bien visto. Juzgaban que ternia de piedra, 
mezclada y abrazada con el oro (la cual, sin duda, habia de 
ser por tiempo en oro convertida), los 600 pesos, 3^ porque 
la piedra que está entrejerida y abrazada con el oro en los 
granos que se hallan, son como manchezuelas menudas, cuasi 
todo el grano parece oro, aunque con cantidad de piedra. 
Habia dado el comendador Bobadilla, Gobernador, tan larga 
licencia á los españoles que se aprovechasen de los indios y 
echasen á las minas, cada dos compañeros, sus cuadrillas de 
quince, y veinte, y treinta, y cuarenta indios, hombres y 
mujeres: Francisco de Gara}^ é Miguel Diaz (de quien algo 
se ha tocado, y abajo se dirá más, si á Dios pluguiere), eran 
compañeros, y traían su cuadrilla o' cuadrillas en las minas 
que dijimos Nuevas, porque se descubrieron después de las 





444 



CRISTÓBAL COLÓN 



primeras, que llamaron por esto Viejas, de la otra parte del 
rio Hayna, cuasi frontero, ocho leguas o' nueve, desta ciu- 
dad de Sancto Domingo. Una mañana, estando la gente 
almorzando, estaba una india de las de la misma cuadrilla, 
sentada en un arroyo, comiendo, y descuidada, pensando 
quizá en sus trabajos, captiverio y miseria, y daba con una 
vara, 6 quizá una barreta, o almocafre, o' otra herramienta 
de hierro en la tierra, no mirando lo que hacia, y, con los 
golpes que dio', comenzo'se á descubrir el grano de oro que 
decimos; la cual, bajando los ojos, vido un poquito del relu- 
cir, é, visto, de propo'sito descubre más, y, así descubierto 
todo, llama al minero español, que era el verdugo que no 
los dejaba resollar, y dícele : ó cama guaxeri guariquen caona 
yari. O cama, dice oyes, guaxeri, señor, guariquen, mira o' ven 
á ver, yari, el joyel o' piedra de oro; caona llamaban al oro. 
Vino el minero, y con los vecinos hacen grandes alegrias, 
quedando todos como fuera de sí en ver joya tan nueva y 
admirable y tan rica; hicieron fiesta asando un lechon o' 
cochino, lo cortaron y comieron en él, loándose que comieron 
en plato de oro muy fino, que nunca otro tal lo tuvo algún 
Rey. El Gobernador lo tomo' para el Rey, dando lo que 
pesaba y valia á los dos compañeros, Francisco de Garay y 
Miguel Diaz. Pero, sin pecado, podemos presumir que á la 
triste india que lo descubrió', por hallazgo no se le dieron de 
grana ni de seda faldrillas, y ojalá le hayan dado un solo 
bocado del cochino.» 

Además de tan gran cantidad de oro, se dispusieron á 
embarcar otros muchos objetos de valor, y numerosos pro- 
ductos del país, que pudieran llamar la atencio'n por su 
novedad, por su abundancia y por los usos á que pudieran 
destinarse con gran provecho para el comercio por ser hasta 
entonces desconocidos. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



445 



III 



En tanto que se disponía lo necesario para que la nume- 
rosa flota pudiera emprender el viaje, acopiando las provi- 
siones, reuniendo el material, y llevando á bordo cuantos 
objetos querían traer consigo los que á España regresaban, 
llego' inopinadamente á Santo Domingo el capitán Pedro 
Terreros, para anunciar al comendador Ovando la llegada 
del Almirante y las causas que la motivaran. 

Grande fué la sorpresa de todos al tener conocimiento 
de aquella noticia , que en tales momentos podía causar 
grave trastorno. Con motivo del embarque se habían reunido 
en Santo Domingo la mayor parte de los comprometidos en 
la insurreccio'n que antes estaban diseminados en la isla, y 
eran los que mayores resentimientos podían tener del Almi- 
rante y del Adelantado, pues muchos de ellos habían sido 
condenados á muerte, y hubieran sufrido la pena á no haber 
llegado el comendador Bobadilla en el momento crítico. 
Libres todos, por la mala direccio'n que el Gobernador había 
dado á los asuntos, y en el punto de embarcarse con sus mal 
adquiridas riquezas, la presencia de Cristóbal Colón y de 
su hermano podía ser motivo de conflicto, cuyas consecuen- 
cias no era fácil preveer. Importaba mucho que salieran de la 
isla Española todos aquellos elementos de discordia, mal 
acostumbrados por Bobadilla, y rebeldes á la obediencia de 
la autoridad, y pesando estas dificultades, conformándose 
también con las indicaciones hechas por los Reyes, manifestó' 
el comendador Ovando á Terreros que no podía otorgar la 
licencia que el Almirante deseaba para desembarcar, y debía 
continuar su viaje con los mismos barcos que había sacado 
de España. 



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446 



CRISTÓBAL COLON 



Bien se deja comprender cuál sería el disgusto del Almi- 
rante al recibir esta dura respuesta, cuando tal necesidad 
veía de proveerse de un buque de mejores condiciones para 
continuar sus descubrimientos. Pero á este sentimiento se 
unió' otro no menos grave, que le obligo' á enviar nuevo 
mensaje al Gobernador. 

Consultando el estado de la atmo'sfera, y por señales 
que para su saber y experiencia eran indudables, comprendía 
que estaba muy cercano uno de aquellos ciclones, cuyos 
terribles estragos había observado más de una vez ; una 
tempestad que amenazaba ser grande, pero cuya gravedad 
no podía conocerse anticipadamente. Presentía, sin embargo, 
por indicios y observaciones que había de ser importante, 
y temiendo exponer su escuadra á tan incierto peligro, 
porque no la veía en condiciones de correr el temporal, se 
decidió' á insistir para que Ovando le permitiera buscar 
abrigo en el puerto. Además había tenido noticias por el 
capitán Pedro Terreros de que la ilota se aprestaba , y muy 
pronto había de darse á la vela cargada de muchas riquezas 
y con gran número de hombres á bordo ; 3^ creyó' un deber 
de conciencia, y hasta de humanidad, comunicar al Gober- 
nador sus observaciones, para que suspendiera la salida de 
los buques hasta que hubiera pasado la tormenta. 

Volvió', pues, Terreros á Santo Santo Domingo para 
hacer presentes á Nicolás Ovando las graves circunstancias 
en que se encontraba el Almirante, 3^ la necesidad que tenía 
de cambiar la nao Bermitclri por otra más apta para la nave- 
gacio'n que emprendía; aconsejándole al mismo tiempo detu- 
viera la flota para no exponerla á un grave peligro. 

Mal mirado debía ser en la colonia todo cuanto procedía 
de Cristóbal Colón cuando tan poco aprecio hicieron de su 
prudente advertencia. Tal vez el comendador Ovando juzgo' 
que el anuncio de la pro'xima tempestad era un ardid, un 
engaño inventado para que se le concediera la entrada en el 
puerto: lo cierto es que volvió' á negársela, significándole 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



447 



continuara su viaje en las mismas condiciones en que lo 
había emprendido; y en cuanto á no dejar salir la flota, él 
no curo' de creerlo ; « } 7 los marineros y pilotos después oyeron 
que aquello lo había mandado á decir el Almirante, unos bur- 
laron dello, y quizá del, otros lo tuvieron por adivino; otros, 
mofando, por profeta, y así no curaron se detener » 

El disgusto que causo' en las tripulaciones de los buques 
de Colón esta negativa de recibirlos en el puerto, fué gran- 
dísimo; porque ellos tenían fe en la ciencia de su Almirante, 
se encontraban amenazados de un gran peligro, y vieron 
con profunda pena se les negaba aquel refugio, que por 
humanidad y por derecho de gentes no se negaría ni aún á 
extraños, siendo tratados por sus compatriotas con más 
rigor que si fueran herejes d enemigos de la patria. Colón 
disimulo' como mejor pudo el efecto de aquella repulsa, y 
siguiendo lo más cerca de la costa que le fué posible, camino' 
buscando puerto o' abrigo donde acogerse al primer asomo 
de la tempestad. 

Embarcáronse, pues, en Santo Domingo, sin acordarse 
para nada del Almirante, y aun despreciándolo, aquellos 
que más debían conocer cuanto era su entendimiento y lo 
que alcanzaba su saber. Francisco de Bobadilla, Francisco 
Roldan y todos los enemigos más encarnizados de Cristóbal 
Colón, pasaron á bordo tranquilamente para estar al lado 
del oro objeto de sus afanes. Llevaron consigo al infortu- 
nado Guarionex, al cacique de la Vega, preso hacía mucho 
tiempo, pero de cu} 7 a presentacio'n en la corte esperaban 
quizá el efecto de un triunfo, y se dispusieron á partir. 
«Quiso Dios cegarles los ojos y el entendimiento, escribe 
Don Fernando Colo'n, para que no admitiesen el buen 
consejo que les dio' el Almirante. Yo tengo por cierto que 
esto fué providencia divina, porque si estos arribaran á 
Castilla jamás serian castigados según merecian sus de- 
litos » 

Y en verdad , al más incrédulo y despreocupado ha de 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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hacer reflexionar el suceso ; que pocas veces puede verse tan 
clara la justicia divina. 

En los días 29 y 30 de Junio estuvo Cristóbal Colón 
en el puerto de Santo Domingo, y desoyendo su consejo, 
levaron las anclas los treinta y dos barcos que formaban la 
flota dándose á la vela en los primeros días del mes del Julio. 
Dos solamente llevaban de navegación, y apenas perdieron 
de vista la costa oriental de la isla, cuando la tormenta, que 
desde días antes venía condensándose, y tan clara era para 
el ojo experimentado de Cristóbal Colón, se desencadeno' de 
improviso con un violento huracán de irresistible empuje. 
Las aguas se levantaban hasta los cielos en espumosas mon- 
tañas, y abrían abismos de inmensurable profundidad: los 
barcos fueron dispersados instantáneamente, y revueltos en 
las espumosas ondas desaparecían para no volver á parecer. 
La capitana, sepultada antes de que tuvieran tiempo de 
plegar siquiera las velas, llevo' al fondo del mar á Bobadilla 
y á Roldan con sus riquezas , sin que hombre chico ni grande 
de ella escapase, ni vivo ni muerto se hallase. Mas de veinte 
buques corrieron la misma suerte, y solamente una carabela 
de las peores, llamada la Guchia, pudo seguir su viaje á 
Castilla, donde trajo la noticia del desastre. Y es también 
de notar que en aquella mala embarcacio'n venían cuatro 
mil pesos que Alonso Sánchez Carvajal había cobrado en 
Santo Domingo por cuenta del Almirante, y como parte de 
las rentas que le correspondían le remitía á Sevilla. Otros 
tres 6 cuatro barcos pudieron tomar el viento y resistir su 
violencia, corriendo el temporal hasta que muchos días 
después, rotos, maltratados, arribaron á la desembocadura 
del Ozama y fueron recogidos en el puerto de Santo Do- 
mingo. 

« Al l i ovo fin el comendador Bobadilla , que envió cu grillos 
presos al Almirante y á sus hermanos; allí se ahogó Francisco 
Roldan y otros que fueron sus secuaces rebelándose, y que las 
gentes desta isla tanto vejaron y fatigaron; allí feneció el rey 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO III 



449 



Guarionex, que gravísimos insultos y violencias, daños y 
agravios habia rescibiclo de los que se llamaban cristianos, 
y, sobre todos, la injusticia que al presente padecía, privado 
de su reino, mujer é hijos y casa, llevándolo en hierros á 
España, sin culpa, sin razón 3^ sin lejítima causa, que no fué 
otra cosa sino matallo mayormente, siendo causa que allí se 
ahogase. Allí se hundió' todo aquel minero ele doscientos 
mil pesos de oro, con aquel monstruoso grano de oro grande 
y admirable. 

» Aqueste tan gran juicio de Dios no curaremos de escudri- 
ñallo, pues en el dia final deste mundo nos será bien claro!» 

De esta manera condensa y resume su juicio sobre tan 
extraordinario acontecimiento el venerable obispo de Chiapa. 

Cuando llego' á noticia de Cristóbal Colón tan terrible 
catástrofe, su alma se sintió sobrecogida de santo temor 
religioso, y teniendo por milagrosa su salvacio'n, dio' gracias 
á Dios por el beneficio, oyéndose predestinado para acabar 
su obra f . Allí mismo, ante sus ojos había dispuesto la divina 
justicia el castigo de los que tantos males habían causado; 
el aniquilamiento de sus enemigos , cuando acababan de 
despreciar su consejo y de entregarlo á la furia de los 
elementos. Y ellos habían perecido todos, y Colón no había 
perdido ni un solo hombre. 

Le sorprendió' la tempestad cuando amparado en la 
costa se dirigía en demanda del puerto de Azua , buscando 
seguro fondeadero. En las primeras horas permanecieron 
reunidas las cuatro embarcaciones; pero continuando la 
fuerza del viento, tuvieron que separarse, y corrieron por 



1 Para Cristóbal Colón siempre fué evidente milagro la destrucción de 
sus enemigos. En una de las últimas peticiones que dirigió al rey don Fernando 
y que ha conservado el P. las Casas en su Historia, (libro III, cap XXXVII), 
recordaba el suceso, y decía: — « La gobernación y posesión cu que yo estaba, es 
el caudal de mi honra, injustamente fui sacado della: grande tiempo ha que Dios 
Nuestro Señor no mostró milagro tan público: que el que lo hizo le puso con todos 
los que le fueron en ayuda á esto, en la mas escogida nao que habia en treinta y 
cuatro, y en la mitad deltas, y si la salida del puerto le enfundió, que ninguno de 
todos ellos vi do en que manera fué ni como.» 



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varios días á merced de las olas, procurando no alejarse 
demasiado del punto donde habían dejado al Almirante, 
aunque creyéndose perdidos los unos á los otros. Mandaba 
el Adelantado aquella nao que don Fernando llama Bermuda, 
la cual no pudiendo soportar el velamen se sumergía por 
completo en el agua , hasta la cubierta ; y todos ere}' eron 
que sin la pericia y serenidad de don Bartolomé se hubiera 
perdido, porque no se hallaba entonces hombre más práctico 
que él en las cosas de la mar. El domingo siguiente se 
volvieron á reunir los cuatro buques en el puerto de Azua; 
y allí, refiriendo cada uno lo que había pasado, se mara- 
villaban de haber salido de tanto peligro. 

Al saber en Santo Domingo que el Almirante estaba en 
salvo con toda su gente, aquellos mismos que habían menos- 
preciado sus advertencias, burlándose de su prudente consejo, 
decían que por arte mágica había formado aquella tempestad 
para vengarse de Roldan y de Bobadilla, pues les parecía 
imposible hubiera podido desafiar la furia de los elementos. 




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La tempestad que sumergió en el fondo de los mares á 
los enemigos de Cristóbal Colón, puso también en grave 
peligro las naves que éste conducía. 

Prodigio pudieron creer todos la milagrosa salvacio'n 
del Almirante; pero para la exaltada fe de éste, para su 
entusiasmo religioso era clarísima la significación de aquel 
grave suceso y la manifestacio'n de la justicia de Dios. Des- 
pedido de Santo Domingo, como ya dijimos, continuo su 
viaje sin separarse de la isla más que lo absolutamente nece- 
sario, buscando puerto o' ensenada donde acogerse para 
disminuir los peligros de que se veía amenazado; y al sobre- 
venir la tempestad se acogió' á un abrigo poco distante del 
que se llamaba ya Puerto Hermoso, donde pudo resistir sin 
grandes quebrantos el primer ímpetu de la borrasca. No 
fiando en la solidez de su buque permaneció' muy pro'ximo 
á la costa, y tal vez á esta saludable prudencia debió' su 
salvacio'n. Los otros tres buques corrieron á merced de las 
olas durante algunos días , y al cabo lograron volver á re- 
unirse con el Almirante en el puerto de Azua, aunque muy 
maltratados y con notables averías. Para repararlos se detu- 
vieron una semana en aquel puerto, admirando todos la 
exactitud de las observaciones de Cristóbal Colón, y más 
aún el haberse salvado de tan peligrosa tempestad en tan 
débiles embarcaciones. 

La admiracio'n llego hasta el asombro cuando supieron 
la completa destruccio'n de la ilota que llevaba á Bobadilla. 
Reparadas las averías, y habiendo dado el necesario descanso 
á sus marineros, salió' de Azua, y sin abandonar la costa se 
detuvo en el puerto de Vaquimo, porque el tiempo amena- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



453 



zaba todavía; y }^a á mediados del mes de Julio, aprove- 
chando la primera bonanza, dirigió' su rumbo hacia tierra- 
firme con direccio'n al sudoeste. 

Las calmas que sobrevinieron, impidiéndole vencer la 
fuerza de las corrientes, le hicieron derivar mucho. Toco' en 
los llamados Cayos de Morant, y de allí, empujado en otra 
direccio'n, se encontró' en las isletas que se extienden al Sur 
de la isla de Cuba, y había visitado ya en su segundo viaje, 
denominándolas Jardines de la Reina; aprovechando un viento 
favorable, volvió' á su primer rumbo, y el 30 de Julio descu- 
brió' una isla pequeña, pero muy frondosa, situada á poca 
distancia de la costa de Honduras y en la que descollaban 
altísimos pinos, que llamaron la atención de las tripula- 
ciones. Era la llamada por los naturales Guanaya o' Guana- 
cos, y que el Almirante nombro' de los Pinos, aunque es más 
conocida por su primitiva denominacio'n. Bajo á ella el 
Adelantado para reconocerla, encontrándola muy fértil y 
agradable, pero en lo que más le interesaba, en lo que se 
refería á la condicio'n de sus habitantes, á su manera y 
medios de vivir, no había diferencia notable entre los indí- 
genas de aquella isla y los de las muchas que en todos sus 
viajes había ido conociendo el Almirante. 

Estando ya los españoles en la playa para tomar las 
barcas y volverse á bordo sin noticias de ningún interés, 
vieron á lo lejos una canoa de grandes dimensiones, que se 
dirigía al mismo punto que ellos ocupaban, y que llamo' su 
atención por el gran número de remeros que bogaban en ella. 
Era «tan larga como una galera, y de ocho pies de ancho 
toda de una pieza, y de la misma hechura que las demás, la 
cual venía cargada de mercaderías de las partes Occidentales 
hacia Nueva España; en medio de ella había un bulto de 
hojas de palma, no diferente del que traen las go'ndolas en 
Venecia, que llaman los venecianos felsi, el cual defendía lo 
que estaba debajo, de manera que no podían hacer daño á 
nada de lo que iba dentro las lluvias ni las tempestades. 




454 



CRISTÓBAL COLÓN 



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p Debajo de este bulto estaban los hijuelos, las mujeres, los 
muebles y las mercaderías. Los hombres que la guiaban, 
aunque eran veinticinco, no tuvieron ánimo para defenderse 
contra las barcas que los siguieron; tomada la canoa sin con- 
traste, fué llevada á los navios donde el Almirante dio' 
muchas gracias á Dios viendo que era servido de darle 
muestra de todas las cosas de aquella tierra en un instante, 

sin trabajo » Esto dice don Fernando Colo'n en sus 

Apuntes l . 

Parecía, en efecto, que la canoa venía de gran distancia 
habiendo hecho un largo viaje y recogido muchos objetos de 
otro país más adelantado, que puede creerse fuera del Yuca- 
tán, o' quizá el mismo seno mejicano. Cristóbal Colón exa- 
mino' con gran interés y curiosidad los varios objetos que 
componían el cargamento de la canoa, encontrando muchos 
que fijaron su atencio'n. Traían espadas de madera formadas 
de dos hojas atadas de una manera muy industriosa, entre 
las que se sujetaban espinas durísimas de pescados, o' lajas 
de afiladas piedras, aseguradas con cuerdas de tripas de ani- 
males, de gran resistencia, y muy parecidas á las cuerdas de 
guitarra. El haberse encontrado luego en esta misma cons- 
truccio'n las espadas de los mejicanos, ha hecho creer á algu- 
nos historiadores que hasta allá se alargaban para su comer- 
cio los naturales de aquella isla. Presentaron también una 
bebida extraña, producto del maíz fermentado, algo parecida 
á la cerveza, semejante á la hierba de Inglaterra, como dice don 
Fernando Colo'n, y algunos objetos de cobre que, según 

§¿! pareció, fundían en unos toscos vasos á manera de crisoles, 

que también traían á bordo, formando de aquel metal hachas 
para trabajar la madera y campanillas y láminas que desti- 
naban á diferentes usos. En los objetos destinados á la 
alimentacio'n había poca diferencia con los que se conocían 



1 Historie del Signor D. Fernando Colombo, Cap. LXXXIX. Traducción 
de González Barcia. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



455 



por los indios de la isla Española; pero entre ellos vieron por 
vez primera los españoles las almendras del cacao, planta 
que entonces no conocían, y cuyo fruto estimaban mucho 
aquellos indígenas, destinándolo á su alimento y á facilitar las 
contrataciones usándolo en lugar de moneda, demostracio'n 
del aprecio en que lo tenían; pues noto' don Fernando Colo'n 
que cuando estaban mostrando las cosas que traían en su 
canoa, si se les caían algunas de las almendras del cacao 
procuraban todos cogerlas con el mayor ahinco, como si se les 
hubiera caído un ojo. Las telas de algodo'n eran también muy 
superiores á todo lo que hasta entonces había visto el Almi- 
rante, tanto por el tejido como por el color, haciendo de 
ellas á manera de sábanas en que se envolvían las mujeres, 
como las moras en sus mantos. 

Todo indicaba que aquellos productos eran traídos de 
un país donde la industria estaba mucho más adelantada 
que en las muchas visitadas hasta entonces, por lo que 
Colón procuro' informarse con gran interés de su proceden- 
cia, fijo en su pensamiento de hallarse pro'ximo á naciones 
más civilizadas. 

Hablaban aquellos indios una lengua muy diversa de 
los de las otras islas, que no lograban entender los españoles, 
ni los intérpretes que consigo llevaban ; pero señalaban al 
Occidente como queriendo indicar que los productos proce- 
dían de hombres que vivían en aquella direccio'n, y que eran 
muy numerosos y fabricaban cosas mu}^ admirables. Bien 
hubiera debido el Almirante tomar en cuenta aquellas noti- 
cias; pero la inseguridad de la inteligencia que pudieran dar 
á los gestos y expresiones de los indios; la duda de que 
fueran engañosos sus datos , y más que nada el deseo de 
seguir la exploracio'n del estrecho que debía comunicar con 
los mares asiáticos, le hicieron que no prestase toda la 
atencio'n que merecían tan singulares referencias. De haber 
seguido aquellas indicaciones, poniendo las proas al Occi- 
dente, en pocos días de navegacio'n hubiera desembarcado en 



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456 



CRISTÓBAL COLON 






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las costas que luego recibieron el nombre de Nueva España; 
hubiera descubierto el imperio mejicano, y evitándose 
muchos peligros, grandes trabajos é infinitos disgustos, 
hubiera dado á conocer de una vez y de modo indudable y 
sorprendente toda la grandeza, toda la importancia de su 
arriesgada empresa. 

No es posible imaginar hoy cuáles hubieran sido las 
consecuencias, y cuál la suerte del Almirante si hubiese 
seguido su exploración en el rumbo que los indios de la 
canoa le señalaban, para conocer la verdadera procedencia 
de los objetos que conducían. Cuanto pudiera decirse sería 
aventurado ; pero ciertamente los sucesos hubieran tomado 
muy distinto carácter y los resultados también serían muy 
diferentes. 

Colón, fijo en su pensamiento científico, tomo' el camino 
opuesto al que le indicaban los indios, porque su deseo era 
proseguir en busca del estrecho, y dejo' para más tarde el 
caminar por el rumbo contrario, que siempre juzgaba fácil 
tarea, en vista de los vientos que en aquella dirección sopla- 
ban con gran regularidad y constancia. 



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Al abandonar la isla de los Pinos, o' de los Guanacos, 
puso el Almirante rumbo al Sur para tierra firme, 3^ al 
segundo día descubrió' un cabo de ella, cubierto de frondosí- 
simos árboles frutales que producían unas manzanillas algo 
arrugadas, con hueso esponjoso, buenas para comer, llama- 
das cax'uuis por los indios, y este nombre dio' al cabo que 
hoy se llama cabo de Honduras. 

No quiso perder tiempo Colón explorando el extendido 
golfo que á su vista se presentaba, sino que mando' prose- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



457 



guir la vuelta de éste á lo largo de la costa que corre al mis- 
mo rumbo, en el cabo que nombraron de Gracias á Dios, de 
costa muy baja, como dice don Fernando. En esta costa 
desembarco' el Adelantado el 14 de Agosto de 1502 con las 
banderas y los capitanes y otros muchos de la armada para 
oir misa. Entablo' relaciones con los naturales, que le ofrecie- 
ron liberalmente, raíces, frutas y pescados, acudiendo á 
centenares cargados de éstos y otros alimentos, y retirándose 
muy satisfechos y alegres con algunos juguetes y baratijas 
que mando' se les distribuyeran. Habiendo vuelto á bordo 
con abundantes provisiones, empezaron la navegacio'n más 
molesta y peligrosa de cuantas hasta entonces habían teñido. 
En todo un mes, hasta mediar el de Septiembre, no cesaron 
las lluvias: la tempestad era constante; las corrientes y los 
vientos contrarios al camino que llevaban. A veces fué tan 
recio el temporal, que todos desconfiaron de poder vencerlo y 
se creyeron perdidos: los buques estaban muy trabajados 
y con muchas averías, y la tempestad no daba treguas. El 
mismo Almirante escribía que había corrido muchas tor- 
mentas en su vida; pero ninguna de tan larga duración ni 
de tanta fuerza. 

«Ochenta y ocho dias habia que no me habia dejado 
espantable tormenta, dice l , á tanto que no vide el sol ni las 
estrellas por mar; que á los navios tenia yo abiertos, é las 
velas rotas, y perdidas anclas y jarcia y cables, con las 
barcas y muchos bastimentos ; la gente muy enferma . y 
todos contritos, y muchos con promesa de religio'n, y no 
ninguno sin otros votos ni romerias. Muchas veces habian 
llegado á se confesar los unos á los otros. Otras tormentas 
se han visto, mas no durar tanto ni con tanto espanto. 



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1 Es la carta conocida con el nombre de Lettera rarissima, que imprimió 
el docto bibliotecario de San Marcos, en Venecia, Morelli, y tomándola de un 
manuscrito perteneciente al Colegio Mayor de Cuenca, publicó el señor don 
Martín Fernández Navarrete en el tomo I de su Colección de viajes y descubri- 
mientos, págs. 445 y 461 de la 2. a edición. 

Cristóbal Colón, t. ii. — 58. 



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CRISTÓBAL COLÓN 







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Muchos esmortecieron harto y hartas veces, que teníamos 
por esforzados. » 

La carta á los Reyes escrita desde la isla Jamaica en 
7 de Julio de 1503, en que estas noticias se contienen, es 
una de las más importantes entre las que escribió' Cristóbal 
Colón, porque de una parte es testimonio auténtico de las 
peripecias, trabajos y desgracias del último viaje, y de otra 
pinta la entereza del alma del inmortal genovés, que conser- 
vaba la tranquilidad de su juicio y el dominio sobre sí mismo 
en medio de los mayores peligros, y retrata la sensibilidad 
de su corazón. Es interesantísimo el párrafo que sigue al que 
dejamos transcrito, en el que da expansio'n á sus sentimientos, 
diciendo: — «El dolor del hjo que yo tenia allí (Don Fer- 
nando) me arrancaba el ánima ; 3^ mas por verle en tan 
nueva edad de trece años en tanta fatiga, y durar en ello 
tanto: nuestro Señor le dio' tal esfuerzo que él avivaba á los 
otros, y en las obras hacia él como si hubiese navegado 
ochenta años y él me consolaba. Yo habia adolescido y 
llegado fartas veces á la muerte. De una camarilla que yo 
mandé fazer sobre cubierta mandaba la via. Mi hermano 
estaba en el peor navio y mas peligroso. Gran dolor era el 
mió y mayor porque lo truje contra su grado; porque, por 
mi dicha, poco me han aprovechado veinte años de servicio 
que } 7 o he servido con tantos trabajos y peligros, que hoy 
dia no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o' dormir 
no tengo ál salvo al mesón o taberna, y las mas de las veces 
falta para pagar el escoto. Otra lástima me arrancaba el 
corazón por las espaldas, y era de Don Diego mi hijo, que 
yo dejé en España tan huérfano y desposesionado de mi 
honra é hacienda : bien que tenia por cierto que allá como 
justos y agradecidos Príncipes le restituirían con acrecenta- 
miento en todo.» 

Esta carta es suficiente por sí sola para conocer el 
carácter del Almirante, el temple de su alma y las terribles 
circunstancias que atravesaba. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



459 



En un. mes apenas adelantaron cuarenta leguas, volte- 
jando cerca de la costa, ganando muy poco terreno, y 
perdiendo á veces en una hora por la fuerza de las corrien- 
tes lo que habían ganado en un día de trabajo. A mediados 
del mes de Septiembre llegaron á un cabo en que la costa 
volvía rápidamente, formando un ángulo casi recto, y al 
cambiar la díreccio'n , encontraron los buques mar más 
bonancible y vientos favorables, por lo que todos dieron 
gracias y el Almirante lo denomino' cabo de Gracias á Dios. 

Don Fernando describe así esta parte del viaje: « se 

padeció' mucho en caminar sesenta leguas en setenta dias, 
por la contrariedad de los vientos y de las corrientes , y 
siempre á la bolina, saliendo de un bordo hacia el mar y 
volviendo de otro á tierra, ganando muchas veces con el 
viento y perdiendo otras, según era abundante 3^ escaso en 
las vueltas que se daban; y si no hubiera sido la costa de 
tan buenos surjideros como era, hubiéramos tardado mas en 
pasarla; pero porque era limpia, y media legua de ella tenia 
el mar dos brazas de fondo, y á legua de distancia cuatro, 
teníamos gran comodidad para dar fondo de noche, o' cuando 
era poco el viento; y por causa de buen fondo, bien que con 
dificultad fué navegable el camino. 

» Después, cuando á 14 de Septiembre llegamos á dicho 
cabo, viendo que la tierra volvía á mediodía, y con los 
vientos levantes que allí reinaban, que nos habían sido tan 
contrarios, podíamos navegar co'modamente en nuestro viaje, 
dábamos todos generalmente muchas gracias á Dios, y por 
esto, y en su memoria llamo' el Almirante á aquel cabo Cabo 
de Gracias á Dios; poco mas adelante de él pasamos por 
algunos bancos peligrosos, que salían al mar cuanto alcan- 
zaba la vista: y siéndonos necesario tomar agua y leña, el 
Sábado, á 15 de Septiembre, envió' el Almirante las barcas 
á un rio que parecía profundo, y tenia buena entrada, pero 
habiéndose ensoberbecido los vientos y hinchándose el mar, 

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rompiendo contra la corriente de la boca, embistió á las 



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CRISTÓBAL COLÓN 








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barcas con tanta violencia, que se anego' la una y pereció' 
toda la gente que iba en ella, por lo cual le llamo' el Almi- 
rante rio del Desastre; y en este rio y su contorno habia cañas 
tan gruesas como el muslo de un hombre.)) 

Esta desgracia impresiono' á todos tristemente, por lo 
que se hicieron á la vela muy luego, siguiendo la explo- 
racio'n sin separarse de lo que hoy se llama bahía de los 
Mosquitos. El 25 de Septiembre dieron fondo en una isla de 
hermosísima vista, por la frondosidad de sus árboles y 
amenidad del sitio. Los naturales la llamaban Ouiriviri, y 
Colón le puso el nombre de la Huerta. Separaba la isla de 
la tierra firme un estrecho brazo de mar de menos de una 
legua, y allí se descubría situado en playa deliciosa un 
lugar, al parecer muy poblado que los indios llamaban 
Cariari. 

Hasta el 5 de Octubre se detuvo el Almirante en aquellas 
plácidas orillas, reponiéndose de los pasados trabajos y 
dando el necesario descanso á las tripulaciones fatigadas, y 
sin fuerzas de ánimo ni de cuerpo para continuar en tan 
ruda lucha con los elementos. Dedicáronse todos á la recom- 
posicio'n y cuidado de los buques, á sanear las provisiones 
sacándolas al aire libre y separando las que venían dañadas, 
y á otros muchos cuidados. 

En aquellos diez días salió' varias veces á tierra el Ade- 
lantado con algunos hombres en busca de agua y provisiones, 
entablando con los naturales diferentes tratos, que variaban 
según las impresiones que desde el primer momento recibían 
aquéllos. Fué muy de notar la impresio'n que les causo la 
orden dada por el Almirante de no recibir nada de lo que 
traían los indígenas para obsequiar á los españoles. Siguiendo 
en su sistema de benevolencia y dulzura que tantas veces 
había producido excelentes resultados, dispuso que á los in- 
dios de Cariari se les distribu} 7 esen algunos de los objetos que 
se llevaban á bordo para rescates, sin tomarles las mantas de 
algodón, las frutas 3^ raíces que en gran abundancia trajeron, 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



461 



y algunos llevaron á nado hasta el costado de las embarca- 
ciones; pero los indios sintieron herido su amor propio al 
ver rechazados sus obsequios ; con delicadeza propia de 
hombres más civilizados se retiraron ofendidos y rehusaron 
volver al trato con nuestros soldados. Hicieron más todavía; 
pues á la mañana siguiente del suceso, dejaron abandonados 
en la playa todos los cascabeles, platillos, bonetes de color y 
cuanto habían recibido, que debió' de costarles gran sacrificio 
sabido el gran aprecio en que los tenían. 

Eran más astutos y de mejor entendimiento, que todos 
los que hasta entonces se habían tratado, los habitantes de 
aquella regio'n. Los españoles procedían con grandes precau- 
ciones, porque en vista de su conducta hostil, no se confiaban 
en hacer un desembarco, llevando corto número de soldados 
en las barcas ; y por su parte los indígenas , compren- 
diendo que aquellos extranjeros llegados en los grandes 
buques que tanto admiraban, no tenían intencio'n de hacerles 
daño, estaban deseosos de verlos á su lado y entrar en 
comercio con ellos. El Adelantado quedo' agradablemente 
sorprendido cuando desembarcando á alguna distancia y con 
cierto recelo, vio' adelantarse un indio viejo que llevaba en 
la mano una larga caña en cuyo extremo iba atado un lienzo 
blanco de algodón, que agitaba en muestra de paz. Llego' el 
anciano llevando en pos de sí dos jo'venes indias como de 
catorce años, de muy agradable presencia y bien ataviadas, 
y con expresivos ademanes las puso en manos de Bartolomé 
Colo'n, indicándole por señas que se las llevase á bordo, 
como prenda de la buena fe de sus compatriotas. Desem- 
barcaron, pues, sin recelo los marineros, cortaron la leña 
que necesitaban, hicieron provisio'n de agua y de frutas y 
volvieron á las carabelas llevando consigo á las muchachas 
como rehenes. Obsequiosas el Almirante en cuanto pudo; les 
hizo muchos regalos, sin querer que se despojasen de las 
joyas de oro bajo que llevaban al cuello, y las quiso restituir 
á sus casas; pero la playa estaba desierta, y permanecieron 



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CRISTÓBAL COLON 



á bordo aquella noche, cuidando atentamente Colón de que 
en nada pudieran recibir ofensa. 

Otro suceso extraño causo' también sorpresa á nuestros 
soldados. Habiendo cobrado confianza y con el intento de 
adquirir noticias ciertas de la riqueza del país, salió' el 
Adelantado nuevamente á tierra para devolver las indias á 
su familia. Rodeáronle innumerables indios que recibieron 
á las jo'venes con grandes caricias, y prodigaron también las 
muestras de su complacencia á los españoles ; pero de repente 
poseídos de terror huyeron todos en distintas direcciones, 
volviendo á poco tiempo con cantidad de haces de hierbas 
olorosas, y de ciertos polvos quemándolo todo á corta dis- 
tancia de los nuestros, y procurando que el viento llevase á 
ellos el humo, con el intento, según pareció', de inutilizar la 
influencia de los malos espíritus, 6 deshacer los encanta- 
mientos y hechizos que los españoles pudieran haber hecho. 

Y la causa de aquel asombro, fué únicamente, según 
refiere don Fernando Colo'n, que el Adelantado con el pro- 
po'sito de indagar cuanto pudiera interesarle en las cercanías 
de aquel pueblo, y para evitar confusio'n, mando' al escribano 
de la nave que escribiese lo que respondía, á sus preguntas. 
Saco' éste tintero, papel y pluma, y la sola vista de estos 
objetos basto' para causar tanto miedo, porque sin duda 
entendieron que servían para algún hechizo , o' invocacio'n 
nigromántica, de lo cual ellos eran muy temerosos. 

Reparados en cuanto era posible y abastecidos los 
buques estuvieron prontos para seguir su rumbo, en los 
primeros días de Octubre, pero antes dispuso el Almirante 
una última exploracio'n por los pueblos que tenían á la vista, 
para llevar el más perfecto conocimiento de sus producciones 
y de los recursos con que allí podía contar, caso de estable- 
cerse en aquellas cercanías, después de adquirir la seguridad 
de la existencia del estrecho que buscaba. 

Encontró' el Adelantado una casa grande construida de 
madera y cubierta de cañas, dentro de la cual tenían sepul- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



463 



turas, y en una de ellas había un cuerpo muerto embalsa- 
mado; en otra dos, sin mal olor, envueltos en paños de 
algodo'n; y sobre las sepulturas había una tabla en que 
estaban tallados algunos animales y en otras la figura del 
enterrado ; viéndose adornados los cadáveres con joyas, 
cuentas y collares de aquello que tenían en mayor aprecio y 
estimacio'n. 

Habiendo notado el mayor grado de cultura, y la mejor 
disposicio'n de los indios de aquella costa, determino' el 
Almirante llevar consigo algunos para que le sirvieran de 
intérpretes en los puertos que más adelante pudiera tocar; y 
habiéndole llevado siete su hermano á bordo, escogió los dos 
que le parecieron de ma}^or viveza para que le acompañasen, 
y envió' á tierra los otros cinco haciéndoles varios regalos 
y con la promesa de que á su vuelta pondría los otros dos en 
libertad. No satisfizo la promesa á los indios, o' no alcanza- 
ron á comprender claramente lo que les decía Colón ; así fué 
que llegados á tierra volvieron acompañados de gran número 
de gente, hombres y mujeres, que con abundantes dádivas 
querían obtener el rescate de los dos que estimaban prisio- 
neros. No accedió' á sus ruegos el Almirante, aunque trato' á 
los enviados con gran benignidad, los colmo' de obsequios, 
y tomando las joyas de guanin, frutas y telas de algodo'n 
que llevaban, les hizo dar muchos de los objetos de Europa 
que tan agradables eran para ellos, y que ya, disipado el 
anterior recelo, tomaron con la mayor alegría. 

Llevaron estos indios al Almirante como regalo dos 
puercos pequeños del país, de extraordinaria ferocidad; y 
cuenta don Fernando de Colo'n que eran tan bravos que 
tenían aterrorizados á los perros que iban á bordo. Mas 
ocurrió' por acaso que un ballestero cazando aves en el 
bosque pudo coger un gato gris, de singular especie, de los 
que parece había muchos en aquella costa, animal feroz que 
se comía los huevos y los pequeños pajarillos saltando de 
unos árboles á otros, en cuya operacio'n se ayudaban de la 



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CRISTÓBAL COLÓN 



cola, con la que se aseguraban á las ramas para lanzarse de 
un salto á gran distancia. Gran trabajo costo' al ballestero 
apoderarse de aquel montaraz, habiéndose visto en la nece- 
sidad de cortarle un brazuelo; mas en aquel estado conservo 
todavía su ferocidad. «El puerco embestia á todos, y no 
dejaba al perro quieto en la cubierta, por lo cual mando' el 
Almirante que le arrimasen el gato, el cual viéndole cerca le 
echo' la cola y le rodeo', y con el brazo que le habia quedado 
sano le agarro para morderle y el puerco gritaba de miedo 
fuertemente; de que vinimos en conocimiento que semejantes 
gatos deben cazar en aquella tierra como los lobos y los 
lebreles en España.» 



III 



Después de abandonar á Cariari siguieron su rumbo 
por lo que hoy forma la república de Costa-Rica, detenién- 
dose cuanto menos le era posible por el vehemente deseo del 
Almirante de adelantar su exploracio'n para comprobar los 
cálculos que había formado. Dieron fondo entre un grupo 
de islas que llamaban sus moradores de Caribiri, y vieron 
con grandísimo placer los españoles que aquellos indios 
llevaban grandes láminas de oro pendientes del cuello, de 
las que pudieron recoger algunas, ¡Dues al principio no 
querían desprenderse de ellas; pero hubo español que obtuvo 
por tres cascabeles un trozo de oro puro que pesaba diez 
ducados. Tenían también otros objetos formados del precioso 
metal, y entre varias láminas de las que usaban, muchas de 
ellas de bastante espesor, se rescato' una figura de águila que 
valía veinte y dos ducados de oro. 

Allí tuvieron noticias que les llenaron de gran satis- 
faccio'n. A dos leguas de distancia de la costa recogían los 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



465 



indios aquel oro que gastaban en sus adornos ; pero más 
adelante se encontraba el país que los nuestros por la manera 
de pronunciar de los indios dieron en llamar Veragua, de 
cuya riqueza daban magníficos informes. No eran menores 
las que se encontraban en otro territorio tierra adentro, 
como á diez leguas de la costa en dirección al Poniente, en 
el país llamado por los naturales Cigudure, donde las mujeres 
usaban tiras de oro para sujetarse el cabello y adornarse 
brazos y piernas, y lo empleaban para adornar muebles, 
trajes y toda especie de tejidos. De todas estas noticias, y 
también de la equivocación de algún nombre, como de ordi- 
nario sucedía, o' del mero sonido de las sílabas que pronun- 
ciaban los indígenas, dedujo Colón, constante siempre en 
sus primeros pensamientos, que estaba muy próximo á las 
inmediaciones de la India, y tal vez á las orillas del Ganges. 

Con tan bellas ilusiones se dieron á la vela el 17 de 
Octubre para reconocer aquella región nombrada Veragua, 
de la que tantas magnificencias habían oído. Encontraron al 
paso varios ríos muy caudalosos, viendo siempre en los 
indios la misma acogida de hostilidad y desconfianza en el 
primer momento, de sencilla franqueza y admiración muy 
luego, en el punto que veían que no se les causaba daño, y 
tomaban informes por los intérpretes de la buena condición 
de los españoles y de las maravillas que sus embarcaciones 
encerraban. En alguna ocasio'n en que los indios intentaron 
acometer las barcas que penetraban por la embocadura del 
río que decían Cubiga , basto' el disparo de una lombarda 
para atemorizarlos y que volvieran sumisos á comerciar con 
los españoles, trayéndoles objetos del país, y las provisiones 
que necesitaban. 

Las noticias de la riqueza de aquel país de Veragua 
eran confirmadas á cada paso por las referencias de los indios 
y por las muestras del oro que se veían en sus adornos, 
y cambiaban con los marineros. Pero como el viento en 
aquellos días era favorable para continuar el rumbo que el 

Cristóbal Colón, t. ii. — 59. 



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CRISTÓBAL COLON 



Almirante deseaba seguir hasta cerciorarse de la existencia 
del estrecho, á cuyo descubrimiento daba tanta importancia, 
determino seguir adelante, dejando para el regreso la explo- 
racio'n y reconocimiento de aquel rico país, que ya estimaba 
como parte de lo adquirido y en el que podría desembarcar 
cuando lo tuviese por conveniente. 

Y nada puede pintar mejor la generosidad del carácter 
de Cristóbal Colón y la elevacio'n de sus miras, que aquella 
resolucio'n de abandonar una costa abundante en recursos 
y en la que podía recoger mucho oro con poco trabajo, 
acumulando en breve espacio de tiempo riquezas que elevasen 
su crédito en España y le dieran un triunfo definitivo sobre 
sus detractores y adversarios, y lanzarse á mares descono- 
cidos para buscar un estrecho que aunque de gran interés 
para el comercio del mundo, de gran beneficio para la 
humanidad, á él apenas había de producirle poco más que 
la gloria del descubrimiento, según dice con su acostum- 
brada discreción Washington Irving. 

Y es efectivamente muy digno de notarse este empeño 
del inmortal descubridor, por más de un concepto, cre}^endo 
por nuestra parte que no se le ha concedido toda la impor- 
tancia que encierra para apreciar su genio y su sabiduría. 

Fijo en el pensamiento de encontrar un estrecho que 
comunicase el mar de las islas que había descubierto con el 
mar de las Indias, — intuición científica que por sí sola 
asombra, porque los hechos posteriores vinieron á comprobar 
su exactitud, — salió' Colón de Sevilla con cuatro débiles 
embarcaciones para emprender un viaje de tanta o mayor 
dificultad que el primero, aunque de menos gloria induda- 
blemente. Ni las tempestades que amenazaron tantas veces 
sumergir su menguada escuadra, ni las enfermedades que 
padecía, ni los trabajos de todo género que tuvo que 
soportar, fueron parte á separarle un punto del propo'sito de 
proseguir en la exploración que había de dar por resultado 
poner en evidencia la verdad de su teoría científica. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



467 



Y el pensamiento de la existencia del estrecho es también 
digno de alabanza y de admiracio'n, como el de buscar el 
camino del Oriente navegando hacia Occidente. Porque 
asombra ver al Almirante dirigirse, como si tuviera eviden- 
cia de que existía aquel codiciado paso, al lugar mismo en 
que la Naturaleza parecía tener señalada la unio'n de ambos 
mares, á los puertos de Costa-Rica y de Panamá: á Basti- 
mentos: á Porto-Belo: al Retrete: á los sitios, en fin, en que 
la ciencia moderna intenta establecer la comunicacio'n por 
medio de obras atrevidas que concluyan la obra de la Natu- 
raleza. ¿De do'nde había deducido Cristóbal Colón la idea 
de la existencia del estrecho? ¿En qué datos se apo} J, aba para 
dirigirse á aquellos lugares adonde determino' la exploracio'n? 
De su gran inteligencia, de su saber profundo, de su intuición 
maravillosa nació' aquel pensamiento, como anteriormente 
había nacido en su cerebro el de abrir nuevo camino para la 
India. El estudio del mundo antiguo, el conocimiento de los 
mares hasta entonces navegados fueron las premisas en que 
baso su primer pensamiento, que procuro' robustecer y de- 
mostrar con el concurso de todas las teorías admitidas, y con 
todos los hechos que llegaron á su noticia. Meditando luego 
sobre su descubrimiento en las continuas horas de amargura 
y soledad que le produjeron las ingratitudes, los odios, las 
malas pasiones concitadas en contra dé su persona, y de que 
se hizo representante el miserable Bobadilla, con presencia 
del resultado de sus tres primeros viajes, estudiando la zona 
que comprendían las infinitas islas hasta entonces visitadas 
y el punto en que comenzaba la tierra firme, su percepcio'n 
vivísima le hizo penetrar lo desconocido, atravesó' el conti- 
nente y llego' á entrever el mar Pacífico al otro lado de 
aquellas costas que ya había explorado en varias ocasiones. 
El segundo pensamiento venía á completar el primero, siendo 
tan digno de admiracio'n el uno como el otro. 

He usado repetidamente la palabra intuicio'n al calificar 
los atrevidos pensamientos del Almirante, porque para mí 



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CRISTÓBAL COLÓN 






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es evidente que después de profundos estudios , exaltada su 
gran inteligencia y apoderada de los datos conocidos, for- 
maba juicios exactos, que no cabían en la medida de los 
entendimientos medianos , y lograba la percepción de la 
verdad desconocida. 

Colón se dirigió' con toda seguridad á Panamá en busca 
del estrecho, guiado únicamente por su talento; pero con 
una precisio'n que admira. Y apreciado en su justo valor este 
proyecto, sirve también con su importancia para dar fuerza 
á algunos argumentos, que 3^ a dejamos apuntados, contra 
las hablillas que se esparcieron para aminorar la gloria del 
Almirante, y todavía encuentran autores respetables que las 
acojan, por más que le concedan importancia secundaria. 

Cuando por resultado de sus estudios, de sus medita- 
ciones y de sus continuos viajes propuso atravesar el Océano, 
buscando por más breve camino el país de las piedras 
preciosas y de las especias, se le tacho' de loco y de visiona- 
rio; fué tratado con burla y con desprecio: la ignorancia no 
podía subir hasta la altura de su talento. Pero cuando á 
costa de todo género de sufrimientos, desafiando los mayores 
peligros, y con una constancia digna de la mayor admi- 
racio'n, logro' poner el pie en las llamadas Indias Occiden- 
tales ; cuando con muestras de su maravilloso descubrimiento 
volvió' á pisar las playas de la asombrada Europa , se 
comenzó' á decir que aquellos países eran ya conocidos de 
algunos, y que el piloto Alonso Sánchez, andaluz, portugués 
d vizcaíno, que esto no importaba, había ido y vuelto á 
aquellos países y comunicado á Colón la noticia de su 
existencia. La envidia, enemiga del genio, quería rebajar el 
mérito de aquél para no verse tan humillada. 

Ningún crédito merecen tales invenciones. Cristóbal 
Colón, en alas de su talento extraordinario, se elevaba á las 
más altas concepciones ; y no tuvo necesidad más que de sus 
dotes naturales y de sus profundos estudios tanto para 
buscar el camino del Occidente, como para sospechar la 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



469 



existencia de un estrecho que debía poner en comunicacio'n 
los. dos mares, explorando con seguridad pasmosa los lugares 
en que la Naturaleza debía haberlo abierto, sin que nadie 
pudiera darle noticia alguna de lo uno ni de lo otro. Y el 
estudio concienzudo de aquellos dos grandes pensamientos; 
el conocimiento de los precedentes de ambos tan lo'gicamente 
seguidos, tan admirablemente meditados, es bastante para 
mirar con el menosprecio que merecen las insinuaciones de 
la ignorancia y de la envidia. 

Siguiendo su camino llegaron los buques, el 2 de No- 
viembre, á un hermoso puerto, al cual se entra por entre 
dos isletas pequeñas, y dentro de él se encuentran muy defen- 
didas las naves y pueden acercarse mucho á tierra. Está 
como á seis leguas de distancia del llamado Nombre de Dius, 
y el Almirante lo denomino' Porto-Belo, siendo así conocido 
todavía. 

Las lluvias abundantísimas y fuertes vientos que sobre- 
vinieron les obligaron á detenerse allí siete días; y en tanto 
que se hacían algunos rescates de mantenimientos y algodo'n 
hilado, con los indios que en sus canoas acudían al costado 
de los buques, pudo convencerse el Almirante del mal estado 
en que éstos se encontraban y de la urgencia de una repa- 
racio'n. Trabajados por los temporales y destruida la tablazo'n 
por los gusanos llamados teredos, no era posible resistiesen 
muchos días las tormentas de aquellas latitudes, y esto 
aumento' la inquietud de Colón y tuvo gran parte en sus 
decisiones posteriores. 

Durante este viaje de exploracio'n , desde el río grande 
de Matagalpa , que el Almirante nombro' río del Desastre, 
hasta Porto-Belo, fué donde debieron escuchar muchas veces 
el nombre de Amcric ó Ammerricá , que daban los naturales á 
las montañas donde nace aquel río, y que eran mu}^ ricas 
en minas de oro, según las noticias que entonces se tuvie- 
ron; montañas que según algunos americanistas dieron su 
nombre á todo el mundo descubierto por Cristóbal Colón. 







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Cuando los buques se dieron á la vela abandonando á 
Porto-Belo, el viento era favorable y tomaron su rumbo 
siempre á Oriente continuando hacia Darién; pero á poco 
cambio' volviéndoseles de proa, con tanta insistencia que- 
no pudiendo ir contra él, perdieron el camino andado y 
entraron de arribada en el puerto de Nombre de Dios , al 
que el Almirante llamo' de Bastimentos porque todo el terreno 
que se descubría y las islas pro'ximas, estaban muy cultivadas 
y cubiertas de maizales de gran lozanía. 

El tiempo contrario les hizo permanecer en aquel puerto 
hasta 23 de Noviembre, recogiendo por sus manos el maíz 
y las frutas, pues los naturales huían y no hubo modo de 
entrar en tratos con ellos. Aprovechando la detencio'n ordeno' 
el Almirante se reparasen los buques, atendiendo á los más 
urgentes remedios, ya que no era fácil ni posible vararlos 
entonces para hacer todo lo que su mal estado reclamaba. 
Aportaron después á una tierra llamada Guija o' Guiga 
cuyos naturales se mostraron muy deseosos de cambiar sus 
pedazos de oro, pan de maíz y varios objetos por cualquier 
cosa de las que los marineros les ofrecían. Deseaba Colón 
continuar sin más detenciones su derrotero y dio' orden de 
seguir adelante; pero los vientos' contrarios y las lluvias 
volvieron á obligarle á tomar puerto 'nuevamente, acogién- 
dose el 26 á uno muy reducido, cuya entrada estaba prote- 
gida por elevados peñascos, y apenas tendría sesenta pies de 
anchura, no pudiendo contener en su centro sino seis ú ocho 
barcos. Por su pequenez y su configurado' n le nombro' el 
Almirante puerto del Retrete, y aún creemos que conserva 
el mismo nombre. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



471 



Y en este lugar debemos recordar nuevamente la cues- 
tio'n promovida por el que fué presidente de la República de 
Honduras, el señor don Mario Aurelio de Soto sobre el 
punto de desembarco del Almirante, y examinar los datos 
que hacen creer que puso los pies en más de una ocasio'n en 
la tierra firme, en el continente de América. Esperábamos 
adquirir nuevos datos para resolver tales dudas, que por 
desgracia no se han obtenido; pero de la narracio'n misma 
de los hechos se desprende el convencimiento. 

Dejemos á un lado su primera llegada á la punta o' 
cabo de Honduras, cerca del lugar donde se levanta la 
ciudad de Trujillo; consta que allí desembarco el Adelantado 
con muchos soldados, 3^ que ante él extendió el escribano la 
diligencia de toma de posesio'n por los Reyes de España; 
pero uno de los testigos, el anciano piloto Hernán Pérez 
Mateos, que acompaño' á Cristóbal Colón en su primer 
viaje, y también iba en el cuarto, dice, contestando á la 
pregunta cuarta del primer interrogatorio presentado por 
don Diego Colo'n: — «Después que este testigo saltó en tierra y le 
trajo nueva de Ja tierra que era, el dicho Almirante con hasta 
cincuenta hombres saltó en la dicha tierra de Paria, c tomó una 
espada en la mano e una bandera, diciendo que en nombre de 
SS. A A. tomaba la posesión de la dicha provincia l .» 

Esta declaración no puede dejar de atenderse, aunque 
hay otros testigos que parece contradicen sus afirmaciones; 
pero son éstas tan claras y terminantes, que inducen á creer 
que aquéllos testigos y éste se refieren á dos hechos distin- 
tos, hablando Hernán Pérez del desembarco del Almirante 
y los otros de la bajada á tierra del Adelantado. 

Pero luego, por un largo espacio de cerca de tres meses, 
anduvieron las carabelas recorriendo la costa, y se hicieron 
varios desembarcos ; y como ya entonces el Almirante nada 
dice de sus achaques y molestias . parece indudable que 




1 Navarrete.v— Colección de viajes, tomo III, pág. 591 de la 2. a edición. 




472 



CRISTÓBAL COLÓN 



siempre bajo á tierra en los puertos donde se detuvo. Des- 
pués de su larga permanencia en Cariay, donde hay muchos 
indicios de que bajase á recorrer el país en más de una 
ocasión, estuvo quince días en el puerto que llamo' de Basti- 
mentos, y otros tantos en el del Retrete, con los buques arri- 
mados á tierra ; allí se carenaron en parte los destrozados 
cascos, 3^ aunque se omita en las relaciones el detalle de que 
saltase en tierra, tampoco se dice que permaneciera á bordo 
por ningún motivo; y el testigo Rodrigo de Escobar, con- 
testando á la pregunta quinta del mismo interrogatorio antes 
citado l , dijo: — «que el Almirante tomó posesión de la tierra 
por el Rey, y á un puerto puso nombre del Retrete.)) — Este 
último dato es mu}^ digno de tenerse en cuenta. 

Y sucedió' en aquel puerto lo que en casi todos los 
puntos donde tocaban los españoles. En tanto que Colón 
podía tenerlos sometidos á su vigilancia, enviándolos á tierra 
por grupos de corto número de hombres, para que hiciesen 
los rescates, y cuidando de que sus mandatos fuesen cum- 
plidos, eran tratados los indios con bondad y justicia, y se 
mantenía su amistad porque no se les causaba mal ni daño 
alguno; pero después los marineros se salían á tierra sin 
licencia del Almirante, á escondidas, y se esparcían por los 
bohios 6 casas de los naturales; «y como gente disoluta y 
codiciosa, dice el P. Las Casas, les hacían mil agravios 
y diéronles causa á que se alterasen de tal forma . que se 
hubo de quebrar la paz con ellos, y pasaban escaramuzas; y 
como ellos de cada dia se juntasen en ma3^or copia, osaban 
3ra venir hasta cerca de los navios, que como dijimos, estaban 
con el bordo á tierra, pareciéndoles que podían hacer el 
daño que quisiesen, aunque les saliera bien por el contrario, 
si el Almirante no tuviera siempre respecto á mitigallos con 
sufrimientos y buenas obras.» 

Muchos debieron ser, en efecto, los abusos y excesos de 



1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo III, pág. 591 de la 2. a edición. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



473 



los marineros en las riberas del puerto del Retrete. Apro- 
vechando la proximidad á tierra y la altura de las rocas de 
la costa, salían á ésta desde los buques mismos 3^ se entre- 
gaban á todo género de violencias. Al principio se vengaban 
los pobres indios persiguiendo por las noches y en silencio á 
los soldados que penetraban en sus casas para abusar de sus 
mujeres é hijas; se trababan sordas luchas en que los indí- 
genas llevaban la peor parte por la superioridad de las 
armas españolas; muchos quedaban muertos o' heridos pero 
al cabo sucumbían los soldados abrumados por el número y 
víctimas de sus propios vicios. Para tomar venganza de 
tantos ultrajes acudieron muchos indios de otros territorios 
cercanos , y así era más fácil y segura la perdicio'n de los 
españoles que bajaban de noche y solos contraviniendo las 
ordenes del Almirante. 

En tanto que la escuadra estaba retenida en aquel 
estrecho puerto por la fuerza de los temporales, observaban 
los pilotos las corrientes y las veían constantes y contrarias 
al rumbo que habían emprendido , conociendo que sus 
buques no se hallaban en condiciones de resistencia para com- 
batirlas ni navegar contra ellas. Al mismo tiempo los vientos 
estaban fijos del Levante y Nordeste, y las tormentas se 
sucedían con mu}r breves intervalos , circunstancias todas 
que unidas á la frecuente desaparición de marineros y 
soldados, causaban graves temores á las tripulaciones y las 
desanimaban, por lo cual, después de muy detenidas con- 
ferencias con el Almirante, se determino' éste á abandonar 
por entonces la explorado' n de la costa en busca del estrecho, 
volviendo sobre sus pasos hasta llegar á Veragua donde 
pensó' desde luego detenerse , porque de su exploración 
podían resultar graneles beneficios á España, si eran ciertos 
los informes que de su riqueza y fertilidad le habían comu- 
nicado repetidas veces. 

En este punto concluyeron, dice con elocuente frase un 
célebre historiador, aquellas nobilísimas aspiraciones que 

Cristóiíax Colón, t. ii. — 6o. 



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CRISTÓBAL COLON 



hasta entonces había abrigado Colón haciéndose superior á 
todo interés mezquino, para despreciar 3^ arrostrar los 
mayores peligros, dando carácter de heroico al principio de 
este cuarto viaje. Verdad es que había venido persiguiendo 
una quimera, pero quimera nacida de una imaginacio'n 
poderosa y de un gran talento. No pudo realizar su espe- 
ranza de encontrar un estrecho en Darién; pero si se engaño' 
fué porque la Naturaleza misma ayudo al engaño, pues 
parece que en aquel lugar procuro' abrirlo por sí misma, 
aunque lo procuro sin resultado. 

Quince días dice el Almirante, en su carta á los Reyes 
escrita desde Jamaica, que se detuvo en el puerto del Retrete 
con harto peligro y enojo, y bien fatigado él y los navios y 
la gente. 

«Allí, escribe en el mismo documento, mudé de sentencia 
de volver á las minas, 3^ fazer algo fasta que me viniese 
tiempo para mi viaje y marear; y llegado con cuatro leguas 
revino la tormenta y me fatigo tanto é tanto que ya no sabia 
de mi parte. Allí se me refresco del mal la llaga; nueve dias 
anduve perdido sin esperanza de vida; ojos nunca vieron la 
mar tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir 
adelante, ni daba lugar para correr á ningún cabo. Allí me 
detenia en aquella mar fecha sangre, herbiendo como caldera 
por gran fuego. El cielo jamás fué visto tan espantoso: un 
dia con la noche ardió' como forno ; y así echaba la llama 
con los rayos que cada vez miraba yo si me habia llevado 
los masteles y velas; venian con tanta furia espantables que 
todos creíamos que me habían de fundir los navios. En todo 
este tiempo jamás ceso agua del cielo, y no para decir que 
llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba 
ya tan molida que deseaban la muerte para salir de tantos 
martirios. Los navios ya habian perdido dos veces las 
barcas, anclas, cuerdas, y estaban abiertos sin velas » 

Nada más elocuente ni verdadero que las palabras del 
Almirante mismo. En tan angustiosa situacio'n corrieron 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



475 



todo el mes de Diciembre del año 1502; salieron del Retrete 
el 5 y no volvieron á tener momento de reposo, ni hora de 
tranquilidad. 

Aumentaban todavía las penalidades de los marineros 
con la falta de alimentos ; los que de España conservaban, 
estaban en completo estado de descomposicio'n por haber ya 
ocho meses que andaban por el mar ; « y así consumido la 
carne v el pescado que de España habían sacado, dello 
comido y dello podrido por los calores y bochorno, también 
la humedad que corrompe las cosas comestibles por estas 
mares ; pudrio'seles tanto el bizcocho y hinchio'seles de tanta 
cantidad de gusanos que habia personas que no querian 
comer o' cenar la maeamorra, que del bizcocho 3^ agua puesta 
en el fuego hacían, sino de noche, por no ver la multitud 
de los gusanos que del salían » l 

Este mal tuvo algún remedio con la pesca de muchos 
tiburones que lograron matar en unas horas en que ceso' la 
tormenta aunque no aclaro el cielo. Calmo'se algún poco el 
furor ele las aguas, y acudieron los tiburones hambrientos en 
tanto número alrededor de los barcos, que los marineros 
pudieron hacer gran matanza y acopiar carne fresca de que 
tanta necesidad tenían para reponer sus agotadas fuerzas. 

Con tantas angustias, con trabajos y fatigas de todas 
clases, y enfermo además de la gota, pudo ganar Cristóbal 
Colón el caudaloso río que corre por el territorio de 
Veragua , al que los indígenas nombraban Ycbra, y que él 
llamo' de Belén, porque entro' en él el día de la Epifanía, 6 de 
Enero de 1503, en que la Iglesia conmemora la llegada de 
los tres Reyes Magos á aquel santo lugar. 

El río era caudaloso, aunque en su embocadura poco 
profundo; y tuvo Colón por cosa providencial el haber 
fondeado en él, pues al día siguiente de su entrada las 
aguas aumentadas por la lluvia torrencial que caía, arras- 



Las Casas — Historia de las Indias, lib. II, cap. XXIV. 



476 



CRISTÓBAL COLÓN 



traron muchas arenas y la barra volvió á cerrar el paso, 
dejando á las naves en un tranquilo lago muy anchuroso y 
de fértiles riberas, á las que podían dirigirse con muy poco 
trabajo. Si hubieran permanecido en la costa no era posible 
que los barcos resistieran por más tiempo la tempestad 
fuertísima que continuo por muchos días. 

Vinieron indios en gran número, trayendo para rescatar 
muy buenas láminas y pedazos de oro, y metidos en canutos 
de cañas porcio'n de granos menudos sin trabajar; traían 
también mucho pescado, del que aquel río era abundan- 
tísimo, y todo lo cedían contentos por alfileres, por cuentas 
de vidrio y cascabeles. Para comprobar las noticias que 
tanto repetían de la riqueza de aquel terreno, salió' don 
Bartolomé Colo'n tres días después para reconocer el río 
llamado Yebra por los naturales, con algunas barcas tri- 
puladas por gente escogida. Llevaba el propo'sito de subir 
por él hasta llegar á la residencia del cacique o' rey Quibián, 
que era una gran poblacio'n situada entre los dos ríos; pero 
sabiendo éste la llegada de los españoles bajo' á su encuentro 
con numerosas canoas , 3^ al encontrarlos les dispenso' afec- 
tuosa acogida ofreciéndoles muchos productos del país. 

Habían entendido tanto el Almirante como el Adelan- 
tado, que en la residencia de Quibián abundaba el oro, 
destinado á todos los usos déla vida, enjoyas, muebles y 
adornos, y esto fué lo que movió' su ánimo á no demorar la 
exploración. No quedaron defraudadas sus esperanzas, pues 
desde luego el cacique presento' á don Bartolomé mucha 
mayor cantidad de oro, en granos y en espejos, bruñidos á 
manera de patenas, de todo lo que hasta entonces habían 
visto, brillando también grandes trozos del precioso metal 
en los adornos y en las armas de los indios. Se hicieron los 
rescates con mucho contento de todos, reinando la ma3^or 
cordialidad , y se separaron para irse los indios á su pobla- 
cio'n y los españoles á sus buques, ofreciendo el cacique ir al 
día siguiente al río de Belén para visitar al Almirante, como 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO IV 



477 



lo cumplid, llevando todos abundantes pedazos de oro para «-_ 
rescatar. 

Más de un mes duraron los temporales todavía; ((llovió' 
sin cesar fasta catorce de Febrero, escribe el Almirante, que 
nunca hubo lugar de entrar en la tierra ni de me remediar 
en nada.» 

Y aún corrieron en aquel mismo surgidero un grave 
peligro. A 24 de Enero, aumentadas las aguas con las 
torrenciales lluvias, creció' el río y se levanto' tanto al chocar 
con las arenas de la barra, que arrastro las naves, rompién- 
doles las amarras, y milagrosamente escaparon de zozobrar 
o' destrozarse unas contra otras, ((cierto los vi en mayor 
peligro que nunca» dice el Almirante. 

Aunque las lluvias continuaban, á 6 de Febrero, de- 
seando salir de aquella situacio'n angustiosa, mando' las 
barcas con setenta hombres tierra adentro, y guiados por 
los indios, hallaron muchas minas de oro, que tal vez eran 
una sola, y llevándolos aquéllos á un cerro de bastante 
elevacio'n, les dijeron que todo el terreno que se descubría 
producía oro en abundancia. 

Al regresar el Adelantado fué grande la alegría de 
todos, porque traía tan halagüeñas noticias y bastante canti- 
dad de oro de excelente calidad, que los indios recogían con 
muy poco trabajo, y que también habían reunido con sus 
propias manos muchos de los de la expedicio'n, con todo y 
que nada entendían de minas, porque eran todos marineros 
y grumetes. 

En obra de dos horas que los soldados estuvieron en 
aquel terreno, cada uno cogió' su poquillo de oro entre las 
raíces, porque todo es gran espesura de arboledas, con lo 
cual se contentaron todos y vinieron muy alegres á los 
navios, donde fueron recibidos con harta alegría, como 
trajesen tan buenas nuevas. 

No pareció', sin embargo, que eran del todo tan sen- 
cillos como aparentaban aquellos subditos del cacique 



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CRISTÓBAL COLON 



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Ouibián. Siendo su propio terreno muy abundante en mine- 
rales, que desde luego podían tomarse, llevaron los guías á 
los españoles á un punto algo distante y desde allí les seña- 
laron el territorio llamado de Lrirá, también muy rico, 
pero que pertenecía á otro cacique, para que si los extran- 
jeros iban á buscar oro, cayeran sobre el país de su vecino 
dejando libres sus dominios, según creyó' don Fernando 
Colo'n. 



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CRISTÓBAL COLON 



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Conocida la abundancia de oro en aquellas cercanías, 
por la mucha cantidad que el Adelantado y sus hombres 
habían cogido por sus propias manos en breves horas, y 
rescatado en su trato con los indios; viéndose el Almirante 
con mucho aparejo para edificar y mucho bastimento, deter- 
mino' hacer poblacio'n y dejar en ella su hermano, volviendo 
á Castilla para que los Reyes proveyesen al aumento de la 
nueva colonia. 

Hizo el Adelantado varias expediciones por el interior, 
llevando sus barcas por el cauce del río, y un fuerte desta- 
camento de soldados que no se apartaban en su marcha de 
la ribera y caminaban como en conserva, prestándose mutua- 
mente apoyo los de las barcas y los de tierra. No era 
entonces necesaria, aunque fué prudente tal precaución, pues 
los indios recibían con bondad á los expedicionarios, les 
facilitaban alimentos y oro, los acompañaban sin violencia, 
y antes demostrando alegría, y los llevaban luego á su 
regreso por los mejores caminos y donde pudieran ver 
muestras de las minas. 

No se encontró' mejor lugar donde asentar la colonia 
que el que ofrecía la ribera del río Belén, pro'ximo á su 
desembocadura en el mar, pasada una caleta que está á la 
mano derecha de su entrada, obra de un tiro de lombarda, 
cuya entrada quedaba protegida por un morro o' montecillo 
más elevado que lo demás del terreno. Allí desembarcaron 
todos los hombres disponibles, y empezaron el trabajo para 
hacer casas y almacenes, todo de madera, con techumbre de 
hojas, tomando cada uno porción extensa de terreno para 
su vivienda, y fortificándola como mejor le pareció'. En el 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



481 



almacén o alhondiga metieron cuanto era posible dejarles 
para provisión de bizcocho y vino, aceite y vinagre, quesos 
y legumbres, porque otra cosa de comer no había á bordo; 
y las armas y municiones, con otra parte del repuesto de 
víveres, quedaron, como lugar más seguro, en uno de los 
barcos que había de permanecer allí, tanto para mayor 
fuerza y seguridad de los que formaban la nueva poblacio'n, 
como para que pudiesen navegar por aquellos contornos 
según las necesidades o' las conveniencias lo exigieran. 

Ochenta hombres de armas debían quedar en aquel 
punto con el Adelantado don Bartolomé Colo'n, y algunos 
trabajadores y operarios de los más útiles. Las construcciones 
adelantaron rápidamente y todo parecía favorable á las 
intenciones del Almirante. 

Pero los indios de Veragua no eran tan sencillos como á 
primera vista habían parecido. Suspicaces } r recelosos, vieron 
con disgusto que los huéspedes que habían aportado allí, 
como de pasada, pensaban establecerse en su territorio, y con 
su natural perspicacia temieron las consecuencias de aquella 
ocupacio'n. La vista de las casas que se iban formando 
aumento' su desconfianza, y variaron por completo en sus 
relaciones con los españoles. El más alarmado era el cacique 
Quibián. A todas las causas que producían el descontento 
de sus vasallos se unían otras particulares : era extremada- 
mente celoso, y los soldados no respetaban á las mujeres que 
componían su casa, abuso que despertó' su furor y que no 
podía perdonar. Pero cauto y disimulado, guardo' su odio 
en el fondo de su corazo'n, y se dispuso á tomar venganza 
convocando gran número de indios, para que en un momento 
señalado pusieran fuego á las casas construidas, en tanto 
que él con los más atrevidos cortaba el paso por la ribera, y 
destruía por completo á los españoles. 

No pudo hacer el llamamiento tan en secreto que no 
comprendieran los nuestros que algo se tramaba contra ellos. 
Dudaba el Almirante de que fueran ciertas las noticias que 

Cristóbal Colón, t. ii. — 61. 





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CRISTÓBAL COLON 



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le comunicaban por las palabras oídas á los indios, cuyo 
lenguaje iban entendiendo bien algunos marineros, y para 
salir de la incertidumbre, se ofreció á hacer por sí mismo 
una detenida inspeccio'n el valeroso Diego Méndez, amigo 
fidelísimo y muy querido de Cristóbal Colón, que en los 
buques desempeñaba el cargo de escribano, de cuyos servicios 
hemos de ocuparnos mucho en todo lo que resta de este 
viaje y de la vida del Almirante. Méndez creía muy fundadas 
las sospechas inspiradas por la conducta del cacique; temía 
por la seguridad de la colonia, y con grave riesgo de su 
vida y de la de sus compañeros, subió' por el río Belén en 
una canoa, dirigiéndose audazmente hacia la residencia de 
Quibián, aunque. ya sabía que á éste le era mu}^ desagra- 
dable la vista de los españoles en su casa. 

La relacio'n de tan peligrosa aventura se conserva escrita 
por el mismo Diego en uno de los párrafos del testamento 
que otorgo' en Valladolid el 6 de Junio del año 1536. Es 
interesantísima y dice así: — «Estando su Señoría allí mu} T 
congojado, junto'se gran multitud de Indios de la tierra para 
venir á quemarnos los navios y matarnos á todos, con color 
que decian que iban á hacer guerra á otros Indios de las 
provincias de Cobravci Aurira, con quien tenian guerra: y 
como pasaron muchos de ellos por aquel puerto en que 
teníamos nosotros las naos, ninguno de la armada caia en el 
negocio sino } t o, que fui al Almirante y le dije: Señor, estas 
gentes que por aquí han pasado en orden de guerra, dicen que se 
han de juntar con los de Veragoa para ir contra los de Cobrava 
Aurira : yo no lo creo, sino al contrario, y es que se juntan para 
quemarnos los navios y matamos á todos, como de hecho lo 
era. Y diciéndome el Almirante como se remediaria, yo dije 
á su Señoría que saldria con una barca é iria por la costa 
hacia Veragoa, para ver donde asentaban el real. Y no hube 
andado media legua cuando hallé al pié de 1,000 hombres 
de guerra con muchas vituallas 3^ brevages, y salté en tierra 
solo entre ellos, dejando mi barca puesta en flota: } T hablé 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



483 



con ellos según pude entender, y ofrecimc que quería ir con 
ellos á la guerra con aquella barca armada, y ellos se escu- 
saron reciamente diciendo que no lo habian menester: y 
como yo me volviese á la barca y estuviese allí á vista dellos 
toda la noche, vieron que no podian ir á las naos para 
quemallas y destruillas, según tenian acordado, sin que 3^0 
lo viese, y mudaron propo'sito ; y aquella noche se volvieron 
todos á Vcragoa, y 3^0 me volví á las naos y hice relación de 
todo á su Señoría, é no lo tuvo en poco. Y platicando 
conmigo sobrello, sobre que manera se ternia para saber 
claramente el intento de aquella gente, yo me ofrecí de ir 
allá con un solo compañero, y lo puse por obra yendo mas 
cierto de la muerte que de la vida: 3^ habiendo caminado 
por la playa hasta el rio de Vcragoa, hallé dos canoas de 
Indios extrangeros que me contaron m\iy á la clara como 
aquellas gentes iban para quemar las naos 3 7 matarnos á 
todos, y que lo dejaron de hacer por la barca que allí sobre- 
vino, y questaban todavia de propo'sito de volver á hacello 
dende á dos dias, é yo les rogué que me llevasen en sus 
canoas el rio arriba, y que gelo pagaria : 3^ ellos se escusaban 
aconsejándome que en ninguna manera fuese, porque fuese 
cierto que en llegando me matarian á mí 3^ al compañero 
que llevaba. E sin embargo de sus consejos hice que me 
llevasen en sus canoas el rio arriba hasta llegar á los pueblos 
de los indios, los cuales hallé todos puestos en o'rden de 
guerra, que no me querian dejar ir al asiento principal del 
Cacique ; y yo fingiendo que le iba á curar como cirujano de 
una llaga que tenia en una pierna , y con dádivas que les di 
me dejaron ir hasta el asiento real, que estaba encima de un 
cerro llano con una plaza grande, rodeada de 300 cabezas 
de muertos que habían ellos muerto en una batalla: 3 r como 
3 t o hubiese pasado toda la plaza y llegado á la Casa Real 
hubo grande alboroto de mugeres 3^ muchachos que estaban 
á la puerta, que entraron gritando dentro en el palacio. 
Y salió de él un hijo del señor muy enojado diciendo pala- 



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bras recias en su lenguaje, é puso las manos en mí y de 
un empellón me desvio' muy lejos de sí: diciéndole yo por 
amansarle como iba á curar á su padre de la pierna , y 
mostrándole cierto ungüento que para ello llevaba, dijo que 
en ninguna manera habia de entrar donde estaba su padre. 
Y visto por mí que por aquella via no podia amansarle, 
saqué un peine y unas tijeras y un espejo, y hice que 
Escobar mi compañero me peinase y cortase el cabello. Lo 
cual visto por él y por los que allí estaban quedaban espan- 
tados ; y yo entonces hice que Escobar le peinase á él y le 
cortase el cabello con las tijeras, y díselas y el peine y el 
espejo, y con esto se amanso'; y yo pedí que trajesen algo de 
comer, y luego lo trajeron, y comimos y bebimos en amor 
y compaña ; y quedamos amigos ; y despedime del y vine á 
las naos, y hice relación de todo esto al Almirante mi señor, 
el cual no poco holgó' en saber todas estas circunstancias y 
cosas acaecidas por mí ; y mando' poner gran recábelo en las 
naos y en ciertas casas de paja, que teníamos hechas allí en 
la pla3 r a, con intención que habia yo de quedar allí con 
cierta gente para calar y saber los secretos de la tierra.» 

Convencido Colón de la hostilidad de los indios, y de 
lo mucho que debía temérseles, delibero' el partido que sería 
más conveniente, porque las circunstancias eran difíciles } 7 
apremiantes, y pareció' que para castigo suyo y escarmiento 
y temor de los comarcanos, era bien prendello con todos sus 
principales 3^ traellos á Castilla y que su pueblo quedase en 
servicio de los cristianos L 

Para tan arriesgada empresa, de cuyo éxito quedaba 
pendiente no so'lo la existencia de la colonia, sino también la 
vida de todos los españoles, salió don Bartolomé Colon con 
setenta 3' cuatro hombres escogidos, el día 30 de Marzo, y 
camino' resueltamente hacia la población, que no era formada 



1 Historie del Signo?- Don Fernando Colombo, cap. XCVII. 
Historia de ¡as Indias , por fray Bartolomé de las Casas, libro II, capí- 
tulo XXVII. 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



485 



por casas reunidas, sino esparcidas y distantes unas de 
otras como las de Vizcaya. Al saber el cacique Quibián la 
marcha del Adelantado, le envió' á decir que de ninguna 
manera subiese á su casa, que estaba colocada en una 
elevación en el centro del pueblo y orillas del río; pero 
don Bartolomé sin cuidarse del aviso y para inspirar mayor 
confianza, se adelanto' solo, acompañado no más que de cinco 
soldados, y dando orden á los demás de que le siguieran de 
lejos, á la desbandada por parejas, acercándose lo bastante 
para que en oyendo el disparo de un arcabuz, que sería la 
señal, acudiesen con la mayor presteza, rodeasen la casa del 
cacique, defendiéndola de toda agresio'n por el exterior, y 
sin permitir que saliera de ella persona alguna. 

Al presentarse el Adelantado en la altura de la colina 
ante la morada de Quibián, recibió' nuevo mensaje de éste 
diciéndole que no entrase, pues aunque estaba herido saldría 
á recibirle ; y en efecto á poco se presento' en la puerta y 
tomo asiento en una gran piedra diciendo al Adelantado 
que se llegase solo; el cual lo hizo así, dejando encargado á 
Diego Méndez y á los otros cuatro que cuando él cogiese por 
el brazo al cacique cayeran sobre él, y disparasen el arcabu- 
zazo de alarma á sus compañeros. 

Fué la escena muy breve, pero llena de emociones. 
Sentado Quibián ostentaba desnudas sus atléticas formas, 
su color oscuro pintado en partes, y los variados colores de 
las plumas que ceñían su cabeza. Tenía en las manos una 
pesada maza o' iiuichadasna y el desarrollo de su muscula- 
tura, la anchura de sus hombros, su aspecto general le 
asemejaba á un Hércules de aquellos bosques. Frente á él 
se mantuvo de pie don Bartolomé armado de todas armas, 
cubierto de reluciente acero, con su bacinete en la cabeza 
que terminaba en una aguda lanza, formando singular 
contraste con el guerrero indio cuya suerte pendía en aquel 
momento de una señal del jefe español. 

Breve fué la plática, pues el Adelantado, mostrando 







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485 



CRISTÓBAL COLON 









deseo de reconocer la herida del cacique, le asió por la 
muñeca, y en el instante sonó un tiro de arcabuz, y los cinco 
españoles se encontraron al lado de su jefe, subiendo rápida- 
mente los otros setenta por las vertientes de la colina con las 
espadas desnudas y formando un círculo de hierro alrededor 
de la casa de Ouibián. Quiso éste desasirse por un esfuerzo 
supremo, mas como ambos fuesen de grandes fuerzas y el 
Adelantado se encontraba de pie, pudo contenerlo tiempo 
bastante para que llegando Diego Méndez y los que le 
seguían le atasen fuertemente de pies y manos dejándole sin 
movimiento como fiera aprisionada. 



II 



Entraron los españoles en la casa y redujeron á prisión 
más de cincuenta personas entre grandes y pequeños , y 
muchos indios que viendo preso á su jefe quisieron seguir 
su suerte- y no se pusieron en defensa. Presas fueron condu- 
cidas á las barcas las mujeres y los hijos del cacique, y los 
indios pedían su libertad ofreciendo al Adelantado grandes 
.riquezas, diciendo que en un bosque cercano tenían guar- 
dado un gran tesoro y todo lo ciarían por el rescate de su 
jefe y de su familia. 

En tanto que se dedicaba á la exploracio'n de las cerca- 
nías, y aseguraba la posesio'n del pueblo, donde pensaron 
establecerse los españoles, decidió' el Adelantado enviar sus 
prisioneros á bordo de las carabelas para que estuviesen más 
seguros , y quedar más libre para disponer de los soldados 
que llevaba consigo. A este efecto fueron llevados todos á 
la orilla y embarcados en los botes; pero no satisfecho don 
Bartolomé sin tomar especiales precauciones con el bravo 
Quibián, lo entrego' con repetidas amonestaciones y encargos 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



487 



al piloto Juan Sánchez, hombre de probada intrepidez y de 
grandes fuerzas, por las que se distinguía en todas ocasiones 
entre sus compañeros, llegando al extremo de encargarle 
que si intentaba evadirse le diera muerte. El valiente piloto, 
muy satisfecho de sí mismo, y enorgullecido con la confianza 
que de su persona se hacía, respondió' que á su cargo iba el 
cacique, y que consentía si se le escapaba, en que le arran- 
casen sus barbas, que eran muy recias, pelo á pelo. 

Bajaron las barcas el río; al llegar á la desembocadura, 
Quibián, que iba fortísimamente ligado de pies y manos, 
con una cuerda cuyo extremo tenía siempre asido Juan 
Sánchez, se quejaba lastimosamente del mucho daño que le 
causaban las ataduras, y tales fueron sus gemidos, que 
movido á piedad el piloto le aligero' un poco de ellas. 
Aprovecho' la holgura el astuto cacique, y viendo de allí á 
poco que Sánchez estaba entretenido en otra cosa se arrojo 
al agua con tal violencia que tuvo aquél necesidad de aban- 
donar el cabo que tenía en la mano para no ser arrastrado 
al río. Era ya de noche, y no pudieron ver do'nde había 
caído, ni escucharon rumor alguno, como si hubiera sido 
una piedra precipitada en las aguas. 

Porque el ejemplo no fuera seguido por otros prisio- 
neros, acudieron todos á custodiarlos y dejaron de perseguir 
al cacique al que juzgaron muerto, sin duda alguna. 

Avergonzados todos por tal evasio'n, que justificaba 
su falta de cuidado, y más que ninguno el piloto Sánchez, 
llegaron á los buques con los demás presos para que estu- 
viesen á buen recaudo. 

Recorrió' en tanto el Adelantado la tierra en todas direc- 
ciones y volvió' también á bordo con el oro que había podido 
recoger, enterándose allí de todo lo ocurrido, y lamentando 
profundamente la evasio'n de Quibián, de la que preveía 
funestas consecuencias. No se hicieron esperar desgraciada- 
mente. La continuacio'n de las lluvias hizo que creciese en 
algunos palmos de altura el nivel de las aguas, permitiendo 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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el paso de las embarcaciones sobre las arenas que formaban 
barra en la embocadura del río : y aprovechando el Almi- 
rante aquel momento favorable, pues llevaba dos meses de 
forzada inacción, dispuso salir al mar y dirigirse á la isla 
Española para dar noticia á los Reyes del resultado de su 
viaje. Trabajosa fué la salida. Las quillas rozaban la arena 
y á veces quedaban sin movimiento las carabelas, siendo 
necesario aligerar la carga que llevaban, en barcas y canoas 
que se pusieron á sus costados, y volviéndolas á cargar 
cuando estuvieron enteramente en franquía. 

Tres carabelas salieron con el Almirante, y quedo' la 
cuarta en el río fondeada en la proximidad de la estancia de 
los españoles, y á las ordenes del Adelantado, para ayudarle 
en todo cuanto pudiera ocurrir. Cuando los buques estu- 
vieron ya en mar libre, se despidieron afectuosamente el 
Almirante y el Adelantado, ofreciendo éste regresar lo más 
pronto que fuera posible, y dándole sus últimas instrucciones 
á todos los que allí quedaban, con muchos consejos amistosos 
sobre la administración de la nueva colonia, 3^ conservacio'n 
de la más rigorosa disciplina, recordando ejemplos muy 
recientes que demostraban las funestas consecuencias de la 
insubordinacio'n y el desorden. El Adelantado y los su}'os 
regresaron en las canoas, pero apenas hubieron puesto el 
pie en la orilla fueron objeto de un ataque violento de los 
naturales. 

El cacique Quibián se había salvado, nadando diestra- 
mente á pesar de sus ligaduras y ganando la playa entre la 
espesura de los árboles, en punto que él conocía muy bien 
y donde no pudieron verle los españoles. Llegado á su casa, 
el mayor desconsuelo se apodero' de él al ver la falta de sus 
mujeres é hijos, y ardía en deseos de venganza de aquellos 
extraños huéspedes que tanto mal le causaban; pero su furor 
llego' al extremo cuando vio' partir los tres barcos que se 
llevaban á un mundo desconocido, de donde nunca volverían, 
á todos los seres que amaba. Convoco á los más feroces 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



489 



guerreros, les estimulo á combatir y exterminar á los |gggc*v| 
blancos, y emboscados en gran número en el espeso bosque 
que se dilataba hasta las márgenes del río espero' el momento 
de acometer. Cuando le pareció' que los soldados estaban 
más descuidados , habiendo quedado unos en las casas y 
bajado otros á la playa para esperar el regreso del Adelan- 
tado, cayeron de improviso sobre ellos dando grandes ala- 
ridos, y cubriendo el aire de flechas, que hirieron á muchos 
de los nuestros. Pero habiendo acudido al punto á las armas 
y reunidos en grupos, resistieron el ataque 3^ rechazaron á 
los indios causándoles muchos muertos. 

El Adelantado se encontró' con muy pocos hombres 
disponibles; pero tomando una lanza se puso al frente de 
ellos y se dirigió' al punto de mayor peligro, donde era más 
numerosa la muchedumbre de los indios, que intentaban 
poner fuego á las viviendas donde los españoles se defendían, 
y sin cuidarse de las innumerables flechas que se rompían 
en su armadura , causo' gran estrago en los desnudos 
enemigos. El valeroso Diego Méndez reunió' también corto 
número de soldados y acometió' por otro lado, y organizada 
ya la resistencia , la superioridad de los españoles en táctica 
y en armamento les dio fácilmente la victoria. El ruido de 
los arcabuces, y los estragos que causaban las balas acabaron 
de infundir el pánico á los indios, que dejando muchísimos 
muertos y heridos, se retiraron al bosque y en lo más espeso 
se ocultaron, sin perder de vista las casas de los españoles á 
los que se propusieron tener en una especie de continuo 
asedio. 

Yn soldado español murió en la refriega; el Adelantado 
recibió' una flecha que le penetro' junto al cuello del coselete, 
pero le causo' poco daño, quedando otros ocho o' diez heridos 
leves entre soldados y marineros. 

Entretanto el Almirante se encontraba detenido á poco 
más de una legua, sin poder tomar el rumbo que deseaba 
para tocar en la isla Española por ser el viento contrario, ni 

Cristóbal Colón t. ii. — 62. 



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49o 



CRISTÓBAL COLÓN 



volver adonde había dejado á los nuestros porque las aguas 
habían bajado y las arenas interceptaban la entrada del río. 
Pero esta contrariedad fué la salvacio'n del Adelantado y de 
los suyos. 



III 



Deseando el Almirante comunicar con su hermano, y 
con objeto también de aumentar la provisio'n de leña y agua, 
dispuso el ó de Abril que una barca de poco calado entrase 
río arriba, 3^ llevase noticias á los que habían quedado en la 
poblacio'n nueva. 

Salió' en la barca de la nao capitana el capitán de ella 
Diego Tristán, y llego á la estancia de los españoles en el mo- 
mento en que era mayor la bulla y gritería de los indios y el 
tronar de los arcabuces; pero ignorante de lo. que sucedía, y 
temeroso de que los de tierra se lanzasen á la barca y la hicie- 
sen zozobrar, no quiso acercarse á la ribera, y se estuvo á 
la mira para dar auxilio si se lo pidieran. Al ver fugitivos á 
los indios, y no queriendo que por cualquier eventualidad se 
perdiese su bote y quedase imposibilitado de llevar al Almi- 
rante las nuevas de lo ocurrido, tuvo el mal acuerdo de con- 
tinuar subiendo por el río, hasta donde el agua salada dejara 
de mezclarse con la dulce, para llenar allí sus pipas y volverse 
en seguida á los buques. Dice don Fernando Colo'n en sus 
Apuntes, que algunos le amonestaron para que no hiciera 
aquel camino, por los peligros que podía acarrearle la mul- 
titud de indios que tenían sus canoas en las orillas; pero 
Tristán no curo' de aquel aviso y se interno' en el río, que es 
muy profundo y mu}^ cercado por ambas partes de espesos 
árboles que llegan hasta el agua. Observaron los indios su 
marcha, y como vieron que so'lo llevaba diez o' doce hombres, 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



491 



de los cuales siete ú ocho iban en los remos , 3^ tres o' cuatro sn 
eran soldados, le dejaron adelantar á lo más intrincado, y 
cuando estaba á más de una legua de distancia de la forta- 
leza, empezaron á salir de ambas orillas con multitud de 
canoas, cuyo número aumentaba á cada momento, cubrién- 
doles literalmente de flechas, é hiriéndolos á todos, sin que 
pudieran hacer uso de las armas de fuego. 

Los que bogaban acudieron á defenderse ; abandonaron 
los remos y la barca quedo' parada y presa de los indios. 
Aquello fué la perdicio'n de todos. El valeroso Diego Tristán 
combatía cubierto de heridas contra innumerables enemigos, 
pero la lanza de madera de un indio le entro' por un ojo 
dejándole muerto en el acto ; sus compañeros todos perecieron 
peleando, unos magullados por los golpes de las mazas, otros 
traspasados por mil saetas. 

So'lo pudo salvar la vida un tonelero de Sevilla llamado 
Juan de Moya, que en uno de los violentos balances del bote 
fué lanzado al agua en lo más cerrado de la pelea, por lo 
cual nadie advirtió' su caída alendólo muerto. Gano' la 
orilla y, a}^udado de la misma espesura de los árboles, logro' 
llegar casi exánime al punto donde se hallaban los españoles 
con el Adelantado. 

El efecto que su relato produjo en aquel puñado de 
valientes no puede describirse; y como no les era posible 
abandonar la fortaleza que habían construido, porque la 
carabela no podía flotar á causa de las arenas que á su 
costado se habían ido depositando, y tampoco podían 
mandar aviso al Almirante , determinaron defenderse hasta 
el último extremo, y se fortalecieron armando un pequeño 
baluarte donde pusieron la artillería, con cuyos disparos 
contenían los ataques de los indios que no se atrevían á salir 
de lo más espeso del bosque. 

En este tiempo era también muy grande la inquietud 
del Almirante: pasaban los días, y no regresaba Diego 
Tristán, ni tenía noticias de su hermano, á quien ya aquél 




492 



CRISTÓBAL COLON 




debía haber visitado. Para mayor disgusto, una parte de 
los prisioneros indios que tenía á bordo, logro evadirse, y los 
restantes se dieron muerte por no quedar en poder de los 
españoles. Don Fernando ha conservado los detalles de aquel 
extraño suceso. Estaban reunidos los prisioneros en la nave 
Bcrmiida, y como se encontraban en el mar, los dejaban por 
el día que discurriesen sobre cubierta, bajo la vigilancia de 
algunos soldados; pero llegada la noche los recogían en la 
bodega y tapaban las escotillas, dejándolas sin cerrar con la 
cadena, porque sobre ella dormían constantemente algunos 
marineros. Observaron esto los indios con su natural saga- 
cidad, y se aprovecharon del descuido. Aunque el sollado 
era profundo, amontonaron debajo de la escotilla las piedras 
que formaban el lastre de la nave, y subiendo sobre ellas 
empujaron con las espaldas violentamente la porta hacién- 
dola levantar, y echando á rodar á los que encima dormían 
descuidados. Aprovechando la confusio'n que se produjo, 
y la oscuridad que reinaba, se arrojaron al agua cuantos 
pudieron salir sobre cubierta antes de que se repusieran los 
marineros y soldados. No se supo cuál había sido su suerte; 
pero los que no habían podido huir se dieron la muerte 
aquella misma noche, amaneciendo todos ahorcados «con los 
cabos que pudieron haber, y como tenian poca altura, unos 
se ahorcaban de rodillas, y otros tirando del lazo con los pies, 
de modo que de los presos en aquel navio ninguno quedo' 
que no fuese muerto o' huido.» 

Diez días habían corrido desde la partida de Diego 
Tristán , y las sospechas del Almirante eran cada vez más 
acentuadas y más tristes sus presentimientos. Aumentaba su 



mH abatimiento al ver que carecía de medios para ponerse en 
comunicación con su hermano, pues entre los tres buques 
no conservaban más que un solo bote y por ningún con- 
cepto podía desprenderse de él , ignorándose si regresaría 
o' no el que Tristán se había llevado. En la duda era preciso 
usar mayor prudencia, y luchaba entre el deseo vehemente 




LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



493 



de obtener noticias de la colonia y la falta de medios para 
lograrlo. 

En tan apurada situación se presento' al Almirante el 
piloto Pedro de Ledesma, natural de Sevilla, y de la dotacio'n 
de la carabela Vizcaína, ofreciéndose á ir á tierra, si la barca 
única que quedaba le conducía desde los buques hasta la 
playa, que él ganaría á nado, y le esperaba allí para llevarle 
á bordo á su regreso. El valiente piloto prometía traer 
noticias de la colonia o' perecer en la demanda. Con verda- 
dero reconocimiento acepto' Cristóbal Colón; y Ledesma, 
corriendo peligros sin cuento y con grandes angustias, llego' 
á la colonia, hablo con el Adelantado, y volvió á las naves 
llevando al Almirante la narracio'n exacta de todas las des- 
gracias ocurridas, y la noticia de la triste situacio'n de los 
españoles. Tantos contratiempos hicieron que variase el plan 
que tenía trazado. Dejar abandonados á su hermano y á los 
que con él estaban no era posible, ni cabía imaginarlo: enviar 
refuerzos y destruir á los indios hubiera sido el deseo de 
todos, pero no contaban con medios para hacerlo. Los cascos 
de los buques estaban inservibles y la mayor parte de los 
hombres enfermos o' heridos. Ni los que estaban en tierra se 
prestaban á permanecer allí, haciendo inútil sacrificio de sus 
vidas, por lo que ya empezaban á murmurar contra el 
Adelantado, no obstante el gran prestigio que entre ellos 
tenía ; ni los que estaban á bordo se manifestaban dispuestos 
á volver á entrar en aquel funesto río de Belén , para co- 
menzar nuevas luchas El Almirante resolvió' abandonar 

por entonces la fundación de la colonia, y que todos partie- 
sen con direccio'n á España; y así lo comunico á su hermano. 

La inquietud de Colón era extremada: temía tanto por 
los que estaban en tierra como por los que tenía á bordo, 
pues las carabelas estaban completamente roídas y aguje- 
readas por la broma, y de un momento á otro podían verse 
todos sepultados en las aguas sin medio alguno de salvación. 
Con tantas fatigas, con el incesante trabajo, los continuos 



494 



CRISTÓBAL COLÓN 



pesares y la falta de descanso, su salud se resintió profunda- 
mente: la fiebre lo devoraba, y los dolores de la gota no le 
dejaban momento de tranquilidad. Solo la energía de su alma 
y su inquebrantable fe le sostenían en tan apurados trances. 
Tuvo entonces una visión consoladora , que refiere en su 
carta á los Reyes, y sintió' renacer su ánimo. 

Quiso Dios por su bondad, dice el P. Las Casas, que 
dentro de ocho días que allí estuvo abonanzase el tiempo. El 
Adelantado y los suyos con la barca que conservaban, y con 
dos canoas que ataron fuertemente la una á la otra, llevaron 
á las carabelas cuantas cosas tenían en tierra : los buques se 
acercaron cuanto pudieron á la embocadura del río, y yendo 
y viniendo, en obra de dos días no quedo' nada por embar- 
car, ni dejaron nada de lo que había sido de la colonia «si 
no fué el casco del navio, que por la mucha broma estaba 
innavegable.» 

La reunio'n de todos á bordo causo' por el pronto 
general movimiento de alegría; y terminado el embarque, 
y remediados en lo más grave los desperfectos de los tres 
buques, hicieron rumbo á Levante, para donde el viento les 
era favorable, y en vista del mal estado de los cascos, fondea- 
ron en Porto Belo á los dos días de haber abandonado el río 
de Belén. 



IV 



Ha3^ en la carta que Cristóbal Colón escribió' á los 
Re}^es Cato'licos desde la isla Jamaica , poco después de estos 
sucesos, con fecha 7 de Julio del mismo año, un párrafo 
notabilísimo, en que refiere lo que en sueños o) r o' de una vo^ 
muy piadosa, que antes notamos, llamándola visio'n consola- 
dora; y que debe transcribirse con las mismas frases em- 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



49 5 



pleadas por el Almirante, porque más de un historiador 
ha sospechado que más bien que ensueño, fué ficcio'n in- 
geniosa; medio indirecto de elevar una queja á los Reyes; 
juzgando que la vo^ piadosa encierra una severa leccio'n para 
un príncipe, y en ella expresaba con vehemencia la amargura 
que sentía en su alma y lo que su conciencia le dictaba, y 
no era posible decir de otra manera. No parece fundada la 
sospecha, ni parece propio del carácter de Colón valerse de 
tales ficciones; pero el párrafo es interesante de su}^o. Dice 
así ' : 

a ¡ O estulto y tardo á creer y á servir á tu Dios , Dios 
de todos! ¿Qué hizo él mas por Mo}^sés o por David su 
siervo! Desque naciste, siempre él tuvo de tí muy grande 
cargo. Cuando te vido en edad de que él fué contento, 
maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las 
Indias que son parte del mundo, tan ricas, te las dio' por 
tuyas: tú las repartiste adonde te plugo, y te dio' poder para 
ello. De los atamientos de la mar océana, que estaban 
cerrados con cadenas tan fuertes, te dio' las llaves; y fuiste 
obedescido en tantas tierras, y de los cristianos cobraste tan 
honrada fama. ¿Qué hizo él mas al su pueblo de Israel cuando 
le saco' de Egipto? ¿Ni por David, que de pastor hizo Rey 
de Judea? To'rnate á él, y conoce ya tu yerro: su miseri- 
cordia es infinita: tu vejez no impedirá á toda cosa muy 
grande: muchas heredades tiene él grandísimas. Abrahan 
pasaba de cien años cuando engendro' á Isaac, ¿ni Sara era 
moza? Tú llamas por socorro incierto: responde, ¿quién te 
ha afligido tanto y tantas veces, Dios o' el mundo? Los 
privilegios y promesas que dá Dios no las quebranta, ni 
tuce después de haber recibido el servicio que su intención 
no era esta, y que se entiende de otra manera, ni da 
martirios, por dar color á la fuerza: él vá al pie de la letra: 



1 La tomamos á la letra del texto de la Lettera rarissima de Navarrete, 
Colección de viajes, tomo I, porque en algunas historias se ha publicado con 
grandes diferencias. 



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todo lo que él promete cumple con acrescentamiento : ¿esto 
es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fecho por tí y 
hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos 
afanes y peligros que has pasado sirviendo á otros.» 

«Yo así amortecido, prosigue diciendo Colon, oí todo: 
mas no tuve yo respuesta o' palabras tan ciertas, salvo llorar 
por mis yerros. Acabo él de fablar, quien quiera que fuese, 
diciendo: No teínas, confia: todas estas tribulaciones están 
escritas en piedra mármol, y no sin causa.)) 

Verdad o' ficcio'n, ensueño o modo ingenioso de exhalar 
quejas de un modo indirecto, son muy notables las frases 
subrayadas: Los privilegios y promesas que da Dios no las 
quebranta, ni dice después de haber recibido el servicio que su 
intención no era esta 

Llegados á Porto Belo en 20 o' 21 de Abril, se vio' 
obligado el Almirante á abandonar la carabela Vizcaína, 
porque hacía mucha agua, y porque todo su plan estaba 
consumido y agujereado por los gusanos; por esto dio' orden 
de que se trasbordasen á los otros dos buques que quedaban, 
todos los efectos de aquélla sin dejar cosa alguna, y termi- 
nada la operacio'n se hicieron de nuevo á la vela siguiendo 
otra vez á Levante, y abandonando únicamente el destrozado 
casco á la merced de los vientos y las olas. 

Siguió' el Almirante la costa en el mismo rumbo, aunque 
no dejo' de conocer el descontento de las tripulaciones, que 
creían iba á dirigirse en derechura á España, conociendo 
todos que tan largo viaje no era posible en aquellos barcos 
tan desmantelados y faltos de provisiones. Decían los pilotos 
que poniendo las proas al Norte llegarían con más brevedad 
á Santo Domingo; pero el Almirante y su hermano, con 
observacio'n más segura, quisieron navegar por la costa 
arriba antes de lanzarse á atravesar el golfo que está entre 
la tierra firme y la isla Española, para que las corrientes no 
los arrastrasen muy por bajo de ésta. Con tal propo'sito 
dejaron atrás el puerto del Retrete, que ya les era conocido, 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



497 



y pasando por entre unas isletas que hoy se nombran Las 
Mulatas y Colón apellido' Las Barbas, corrieron todavía diez 
leguas más por la costa, y 3ra en la proximidad del cabo 
Tiburo'n, abandonaron del todo la tierra firme, poniendo la 
direccio'n al Norte para dirigirse á la Española. El lunes 
i.° de Mayo de 1503 perdió' de vista Cristóbal Colón el 
continente que había descubierto y no debía volver á ver. 

El miércoles 10 fueron á dar sobre dos pequeñas isletas 
á que se puso por nombre Las Tortugas, por la gran abun- 
dancia de ellas que allí había; y arrastrados todavía por las 
corrientes, derivando más aún del rumbo emprendido, fueron 
á surgir á las islas llamadas Jardines de Ja Reina , situadas al 
Sur de Cuba y reconocidas por el Almirante en su segundo 
viaje. Escaseaban á bordo los alimentos y el trabajo era 
cada día más constante y más penoso. No tenían para 
alimentarse más que bizcocho, con escasa cantidad de aceite 
y menos todavía de vinagre; todos los demás víveres se 
habían consumido. Los buques taladrados por la broma d 
teredo hacían agua, á pesar del constante cuidado de los 
calafates, y de que no cesaban ni un momento los mari- 
neros en la tarea de achicar con tres bombas que había de 
servicio. 

En tal situacio'n, faltos todos de fuerzas y de recursos, 
sobrevino una noche tan gran tormenta, de esas violentas 
y rápidas tan comunes en aquellas latitudes, que les puso en 
el mayor peligro, pues la Bcrniuda no pudiendo tenerse sobre 
sus amarras garreo' sobre la nave del Almirante, que es 
arrastrar las anclas y juntarse un navio sobre otro, según lo 
explica el P. Las Casas, que hizo pedazos toda la proa del 
uno y la popa del otro, rompiéndose los cables y perdiendo 
tres anclas. Quiso Dios librarnos, como nos había hedió de 
otros muchos peligros, dice don Fernando; y así partiendo de 
allí con harta fatiga y trabajo se acercaron á la costa de 
Cuba, por la necesidad de buscar alimentos, 3^ surgieron 
cerca del que hoy se nombra Cabo Cruz, junto á un pueblo 

Cristóbal Colón t. ii. — 6^5. 



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de indios que llamaban Macaca. Recibieron de los naturales 
pan de cazabe , pescado y frutas ; de lo cual y de leña y agua 
hicieron abundante provisión en seis ú ocho días que allí 
consagraron al descanso. 

Los vientos fuertes de Levante y las grandes corrientes 
no les permitían hacer rumbo á la Española, porque no 
podía darse trabajo á las carabelas que se quebrantaban y 
romperían so'lo con los golpes del mar. pues sus tablazones 
parecían un panal de abejas, según expresio'n del Almirante; 
así que después de muchos días de esperar bonanza, deter- 
mino' aprovechar el viento, para que las naves no trabajasen 
y partió' para jamaica. Con todo eso, el agua crecía en los 
barcos, y cuando se entorpecía alguna de las bombas, 
suplían la falta arrojándola con cubas 3^ calderas; pero en la 
vigilia de San Juan no había medio de vencerla, y con gran 
trabajo se mantuvieron hasta que al ra} T ar el día pudieron 
dar fondo en el llamado Puerto Bueno, que hoy se denomina 
Dry-Harbour; y no encontrando en él recurso alguno, ni 
indígenas que pudieran prestar auxilio, se dirigieron á la 
tarde á otro muy cercano que todavía conserva el nombre 
de Caleta de don Cristóbal, aunque el Almirante lo llamo' 
Santa Gloria. 

Bien les avino á los desventurados navegantes. El puerto 
era muy abrigado, la pla}^a extensa, y las carabelas enca- 
llaron en ella suavemente, apoyando sus fondos en la arena 
cuando } r a no era posible que se sostuvieran á flote. Los 
cascos estaban desencuadernándose por la flojedad de la 
clavazo'n; las maderas horadadas por los gusanos, el vela- 
men deshecho en jirones El Almirante procuro' que se 

varasen enteramente unidas las dos embarcaciones: y logrado 
esto, fueron atadas fuertemente la una á la otra, 3^ apunta- 
ladas por ambos lados con la mayor solidez para evitar todo 
movimiento, 3 T abandonadas las bombas se dejo' que el agua 
las llenase para más seguridad. 

Sobre la cubierta ) T en los castillos de popa 3 T proa, se 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO V 



499 



hicieron habitaciones capaces para toda la gente, y se pro- 
curo toda la comodidad posible, así como la mejor defensa 
en aquella ciudadela de madera. Terminado el penoso trabajo 
se pensó' en entrar en relaciones con los naturales para ase- 
gurar la subsistencia : por lo que el Almirante reitero' sus 
ordenes de que se les tratase con amabilidad y dulzura, y no 
se les tomase cosa alguna sin retribuirlos, y nunca contra 
su voluntad. La situacio'n en que se encontraban era tan crí- 
tica que todas las precauciones eran pocas; y aun cumplien- 
do los prudentes mandatos de Colón no era fácil prever 
co'mo había de salirse de ella. 



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CRISTÓBAL COLÓN 




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Estando fortificados los navios del modo que dejamos 
dicho y establecidas con alguna seguridad las estancias para 
todos , á distancia de un tiro de ballesta de tierra, acudieron 
algunas canoas de indios que parecían gente sencilla y 
buena á trocar víveres con los españoles. Se encontraban 
varadas las naves á corta distancia de un pueblecillo de indios 
que llamaban ellos Maima, en el lugar en que luego se 
levanto la nueva poblacio'n que nombraron Sevilla; y vista 
la proximidad del sitio, y la buena condicio'n de los natu- 
rales, determino' el Almirante que desde luego se procurase 
entablar relaciones amistosas, y que pudieran asegurar de 
algún modo la subsistencia de los ciento treinta 3^ cuatro 
hombres que allí se encontraban albergados. 

I >os pensamientos ocupaban constantemente á Colón 
desde el punto en que se vio libre de otros peligros; la segu- 
ridad de obtener provisiones, sin verse expuestos á carecer 
de lo necesario, y para ello se hacía forzoso saber la pro- 
ducción de la isla y las disposiciones de los naturales, obli- 
gándoles por medio de dádivas á que acudieran á los buques; 
y el deseo de ponerse en comunicación con la isla Española, 
para que el comendador Ovando tuviera noticia de su situa- 
ción y acudiera á remediarla, porque no era posible se 
prolongase sin evidente peligro de perderse todos. 

Propicios los indios al trato con aquellos extranjeros, 
cuyas armas y trajes les causaban admiracio'n, y aficionados 
al cambio y rescate de los objetos que les presentaban los 
españoles, concurrían en gran número de todos los pueble- 
citos cercanos con el pan de cazabe y otras provisiones que 
veían ser del agrado de los extranjeros; mas el Almirante 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO VI 



503 



comprendió muy luego la insuficiencia de aquellos recursos, 
porque siendo muy sobrios en su alimentacio'n los indígenas, 
3 r no haciendo sus siembras más que para obtener lo nece- 
sario, habían de agotar muy pronto sus repuestos encon- 
trándose todos en la misma necesidad. Entonces Diego 
Méndez, el escribano de la armada, que ya se había señalado 
muchas veces por su carácter emprendedor, y por el servicio 
que presto' en tierra firme subiendo hasta la residencia del 
cacique Quibián , se ofreció' á explorar con algunos compa- 
ñeros el interior de la isla, buscando su parte más populosa 
y productiva, y procurando establecer con los indios una 
especie de comercio de grandísima utilidad para los espa- 
ñoles. 

Salió', en efecto, y recorrió gran parte de la isla, ganando 
la amistad de varios caciques, sin que con ninguno tuviera 
disgusto ni riña de ningún género; prestándose todos á llevar 
á la playa junto á Mclimci, toda la pesca que pudieran 
recoger y el pan de cazabe que labrasen, así como las hutias 
y las aves grandes que pudiesen servir de alimento. Su 
relacio'n hecha en la cláusula testamentaria á que ya ante- 
riormente nos hemos referido es sencilla é interesante. — 
«Caminé, dice, hasta el cabo de la isla, á la parte de 
Oriente, y llegué á un Cacique que se llamaba Amcyro, é 
hice con él amistades de hermandad, y dile mi nombre y 
tomé el suyo, que entre ellos se tiene por grande hermandad. 
Y cómprele una canoa muy buena que él tenia, y dile por 
ella una bacineta de latón muy buena que llevaba en la 
manga, y el sayo y una camisa de dos que llevaba, 3 r embar- 
quéme en aquella canoa, y vine por la mar, requiriendo las 
estancias que habia dejado, con seis Indios que el Cacique 
me dio' para que me la a}^udasen á navegar, y venido á los 
lugares donde yo habia proveido, hallé en ellos los cristianos 
que el Almirante habia enviado, y cargué de todas las vi- 
tuallas que les hallé, y fuime al Almirante, del cual fui muy 
bien recebido que no se hartaba de verme } T abrazarme y pre- 




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CRISTÓBAL COLON 



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guntar lo que me había sucedido en el viage, dando gracias 
á Dios que me habia llevado y traido á salvamiento libre 
de tanta gente salvage. Y como al tiempo que yo llegué á 
las naos no habia en ellas un pan que comer, fueron todos 
muy alegres con mi venida, porque les maté el hambre en 
tiempo de tanta necesidad, y de allí adelante cada dia venian 
los Indios cargados de vituallas á las naos de aquellos 
lugares que yo habia concertado que bastaban para 130 per- 
sonas que estaban con el Almirante.» 

La isla era extremadamente fértil y populosa; «abun- 
dante de bastimentos y bastantemente poblada de indios,» 
como dice don Fernando Colón; y asegurada la amistad de 
los caciques principales y más pro'ximos, podían estar más 
tranquilos, porque no habían de faltarles víveres abundantes, 
por lo cual Cristóbal Colón dio' severas o'rdenes para que 
se conservase. Le favorecía para ello la posicio'n de las 
carabelas, encalladas á bastante distancia de tierra, por lo 
que ninguno podía salir sin licencia de aquella improvisada 
ciudadela, teniendo, además, especiales encargados para que 
nada se tomase por fuerza á los indios, ni se les ofendiera 
en sus mujeres ni en sus hijas, y menos en sus personas 
usando violencias de ningún género, pues de la amistad de 
aquéllos casi puede decirse que estaba pendiente la vida de 
los nuestros. Esto agradaba mucho á los sencillos naturales, 
que cobrando confianza, y atraídos por los rescates, acudían 
en gran multitud á la playa para hacer sus cambios, gozán- 
dose en las carabelas de relativa abundancia, con lo que 
renació' un tanto la alegría, y se repusieron todos de los 
muchos trabajos sufridos. 

«Por cosas de poquillo precio, escribia Don Fernando 
Colon, joven de escasos quince años entonces, cuya imagi- 
nación juvenil hirieron vivamente estos sucesos, nos traian 
cuanto necesitábamos. Si daban una o' dos hutias , que son 
como conejos, les dábamos en cambio un herrete de agujeta; 
si nos traian unas hogazas de pan. que ellos llaman cazabi, 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO VI 



505 



hechas de unas raices de hierbas, se les daban dos o tres 
cuentecillas de vidrio, rojas o' verdes; si de algo traían 
crecida cantidad llevaban una campanilla ; y muchas veces 
al Rey ó cacique le regalaban un espejo, un bonete colorado 
o' unas tijerillas, de todo lo que se mostraban muy alegres. 
Con este plan de rescates estaba la gente muy provista de 
todo y abastecida con abundancia de cuanto necesitaba, y 
los indios vivían sin descontento en nuestra compañía.» 

El Almirante y su hermano don Bartolomé, atentos 
siempre á cuanto pudiera contribuir al bienestar de sus 
soldados, y con la previsio'n de las eventualidades que sobre- 
vinieran, procuraron el rescate de algunas canoas, de las 
que los indios traían á Maimil, y llegaron á adquirir hasta 
diez que destinaron al servicio de los buques, para adelan- 
tarse en la costa cuando hubiera necesidad. 






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Algo más tranquilo ya por lo que se refería á las 
subsistencias de la gente que tenía á sus o'rdenes, fijo' Colón 
toda la actividad de su inteligencia en el pensamiento de 
ponerse en comunicacio'n con la isla Española, 3^ excogitar 
los medios de que podría valerse para obtener algún buque 
en que volver á España. Dificilísima era la solucio'n al 
problema, pero al mismo tiempo de imprescindible nece- 
sidad. La construccio'n de una barca exigía recursos que no 
era posible obtener sino después de. mucho tiempo, y podría 
dar ocasio'n á divisiones entre aquellos hombres abando- 
nados en las playas de una isla salvaje, que todos desearían 
verse en camino de salvacio'n. Hacer un buque capaz de 
transportarlos á todos no estaba en lo posible. El regreso de 
Diego Méndez con la gran canoa que había tomado al cacique 



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Cristóbal Colón, t. ii. — 64. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



Ameyro sugirió á Colón una idea atrevidísima, un proyecto 
arriesgado pero realizable. 

En sus canoas, los indios recorrían á veces distancias de 
ochenta y cien leguas por aquellos mares que les eran cono- 
cidos. No les amedrentaban las borrascas; si alguna vez las 
olas les trabucaban sus ligeros barcos, ellos con destreza 
singular se arrojaban al agua y los volvían, sin perder los 
remos ni nada de lo que les era necesario, colocándose 
de nuevo en ellos 3^ continuando su marcha. La distancia 
desde Jamaica á la Española era solamente de unas cuarenta 
leguas, y algunos hombres de ánimo resuelto podían fran- 
quearla en tres o' cuatro días , venciendo los obstáculos 
que las corrientes les opusieran en aquella peligrosa tra- 
vesía. 

Fijo el Almirante en esta idea, pensó' también que sola- 
mente había entre los su}'os un hombre capaz de llevarla á 
cabo con feliz éxito y se la comunico' desde luego. Compren- 
dió' el bueno de Diego Méndez que lo que de él se exigía era 
que se sacrificase por la salvacio'n de todos; y en su ánimo 
noble y generoso no hubo duda, y resolvió' tomar á su cargo 
aquella temeraria empresa, como había tomado ya otras de 
las que hubiera podido excusarse, por lo mismo que no tenían 
punto alguno de contacto con el cargo que desempeñaba á 
bordo. Pero Diego Méndez, hombre de gran corazo'n y de 
valor á toda prueba, sentía verdadero afecto por el Almiran- 
te y comprendía como ningún otro lo triste de su situacio'n, 
por lo que vio' con verdadero placer la confianza que en él se 
depositaba. Conocía, sin embargo, mejor que Cristóbal 
Colón el corazo'n humano, y apreciaba con más exactitud las 
cualidades de los hombres que le rodeaban. Ya la envidia se 
significaba entre ellos; ya murmuraban de la amistad que á 
Méndez consagraba el Almirante; 3^ aunque siempre se había 
puesto á prueba de los ma3'ores trabajos, aunque no le había 
proporcionado ventaja alguna, sino únicamente la ocasio'n 
de arrostrar graves peligros, no faltaban descontentos que 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO VI 



507 



mirasen con malos ojos la preferencia, creyéndose tal vez 
con mejores derechos á ella, á pesar de no ser capaces de 
sacrificio alguno : que tal es y será siempre la perversa incli- 
nación del envidioso. 

Méndez hablo' con toda lealtad á Cristóbal Colón; se 
mostró' dispuesto á cuanto fuera preciso por peligroso que 
pareciera, pero deseo' que la empresa se propusiera á todos, 
por ver si alguno quería tomarla á su cargo entre los mur- 
muradores. Y sucedió' lo que era de esperar. 

Pero son dignas de reproducirse las apreciaciones que 
este interesante episodio del descubrimiento ha inspirado á 
un docto escritor contemporáneo l , que forma al propio 
tiempo la historia del suceso con las palabras del mismo 
Diego Méndez. 

«Los antropólogos modernos, escribe en el libro titulado 
Colón en España, partidarios del análisis y del escalpelo, que 
rebajan al hombre á la condicio'n del bruto, no viendo en 
él más que la célula con fuerza de atraccio'n y de asimilacio'n, 
se admirarían — si no alardeasen de sabios — al ver en Diego 
Méndez, de quien ya hemos hablado anteriormente, todo lo 
que puede la virtud en los hombres, hasta do'nde llegan el 
amor, y el entusiasmo, la abnegacio'n de que son capaces; } 7 
como á impulsos de esa espontaneidad consciente, de esa 
fuerza interior que cuasi los diviniza, convierten el egoísmo 
grosero de la materia en sublime sacrificio por el bien de los 
demás. Verían entonces que la grandeza de ánimo, la eleva- 
cio'n de espíritu , la generosidad y la nobleza de sentimientos 
no pueden tener su origen en el cuerpo, sino en el alma. 
Ensanchemos un poco la nuestra y recreemos las de nuestros 
lectores refiriendo los generosos, heroicos hechos de Diego 
Méndez. 

»Ya hemos dicho que por su oficio en la escuadrilla no 
tenía más obligacio'n que la de dar fe y testimonio de lo que 



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1 Don Tomás Rodríguez Pinilla, Colón en España, pág. 395. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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viera y c^ese. Pero también hemos visto }*a, que donde 
quiera que había una dificultad que vencer, un peligro que 
evitar, o' una gran necesidad que satisfacer, allí estaba 
siempre Diego Méndez. Y no falto' seguramente en la ocasio'n 
de que nos ocupamos. 

»Se encontraban ciento treinta y cuatro hombres encas- 
tillados en las dos carabelas encalladas junto á la playa de 
una isla no explorada, y sin tener que comer. Nada más elo- 
cuente ni más gráfico que la sencilla narracio'n que el propio 
Diego Méndez nos dejo hecha en su famoso testamento, fecho 
en Valladolid á 19 de Junio de 1526. Oigámosle: 

»Dende á diez dias el Almirante me llamo' aparte y me 
dijo el gran peligro en que estaba, diciéndome ansí: «Diego 
Méndez, hijo; ninguno de cuantos aquí yo tengo siente el 
gran peligro en que estamos sino yo y vos; porque somos 
muy poquitos y estos indios salvajes son muchos y muy 
mudables y antojadizos, y en la hora que se les antojare de 
venir y quemarnos aquí donde estamos en estos dos navios 
hechos casas pajizas, fácilmente pueden hechar fuego dende 
tierra y abrasarnos aquí todos : y el concierto que vos habéis 
fecho con ellos del traer los mantenimientos que traen de 
tan buena gana, mañana se les antojará otra cosa 3^ no nos 
traerán nada, y nosotros no somos parte para tomárselo por 
fuerza, sino estar á lo que ellos quisieren. Yo he pensado 
un remedio, si á vos parece : que en esta canoa que com- 
praste se aventurase alguno á pasar á la isla Española á 
comprar una nao en que se pudiese salir de tan gran peligro 
como este en que estamos.» — Yo le respondí: — «Señor, el 
peligro en que estamos bien lo veo, que es muy mayor de 1" 
que se puede pensar. El pasar de esta isla á la Española en 
tan poca vasija como es la canoa, no solamente lo tengo por 
dificultoso, sino por imposible. Porque haber de atravesar 
un golfo de cuarenta leguas de mar, y entre islas donde la 
mar es impetuosa y de menos reposo, no sé quién se ose 



LIBRO QUINTO.— CAPÍTULO VI 



509 



aventurar á peligro tan notorio.» — Su Señoría me replico', 
persuadiéndome reciamente que yo era el que lo habia de 
hacer. Visto lo cual, yo le respondí: — «Señor, muchas veces 
he puesto mi vida á peligro de muerte por salvar la vuestra y de 
todos estos que aquí están, y Nuestro Señor milagrosamente me 
ha guardado la vida. Y con todo 110 han faltado murmuradores 
que dicen que vuestra Señoría me acomete á mí todas las cosas de 
honra, habiendo en la compañía otros que las harían tan bien 
como yo. Y por tanto pareceme á mí que vuestra Señoría les haga 
llamar á todos y los proponga este negocio para ver si entre todos 
ellos habrá alguno que lo quiera emprender, lo cual yo dudo; y 
cuando iodos se echen de fuera yo pondré mi vida á muerte por 
vuestro servicio como muchas veces lo he hecho.» 

»Hízolo así el Almirante, los reunió' á todos, propuso 
el plan é invito' á que alguno lo realizase. Todo en vano. 
Todos lo tuvieron por imposible. Diego Méndez no se había 
engañado. 

«Entonces, continúa, yo me levanté y le dije: — ((Señor, 
una vida tengo no mas; yo la quiero aventurar por el servicio de 
vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí están. Y espero 
en Dios, que, vista la intención con que yo lo hago, me librará 
como otras muchas veces lo ha hecho.)) 

»üída por el Almirante mi determinacio'n, levanto'se y 
abrazóme y beso'me en el carrillo, diciendo: — ((Bien sabia yo 
que no habia aquí ninguno que osase tomar esta empresa sino vos. 
Esperanza tengo en Dios Nuestro Señor saldréis della con victoria, 
como de las otras que habéis emprendido.)) 

»Si refiriéramos el pormenor de esta heroica empresa se 
creería por algunos que escribíamos una novela. ¡Quede 
ingenio y de industria para preparar la expedición ! ¡Qué 
de esfuerzos, de trabajos y de peligros para llevarla á cabo! 
Los han referido Hernando Colo'n y Herrera. De ellos los 
tomo' Irving. Es histo'rico. » 

Aceptado el honroso cuanto difícil encargo, el intrépido 
Méndez comenzó' sus preparativos, procurando aumentar sus 





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medios para la resistencia de las corrientes, y las probabili- 
dades de salvación. Todos le ayudaron con la mejor volun- 
tad. Se saco' á tierra la canoa, que era capaz para diez o' 
doce personas, poniéndola un pequeño mástil en el centro, 
para ayudarse con la vela si el tiempo lo permitía; y se le 
clavo' un grueso madero como quilla, para evitar que con 
tanta facilidad volcase; á popa y proa se creció' la obra 
muerta con recios tablones, y aunque era de una sola pieza 
como todas las que construían los indios, se le dieron manos 
de brea para aumentar su solidez. 

Busco' también Méndez un buen compañero para el viaje, 
y seis indios que conocían aquellos mares y eran buenos 
remeros, acopiando provisiones para todos; bien que los 
indios eran de suyo tan sobrios que no pusieron para cada 
uno sino un pan de cazabe y una calabaza de agua. 

Mientras se hacían estos preparativos el Almirante 
recogido en su estancia escribía una sentida carta á los Reyes 
Cato'licos de la cual hemos entresacado repetidamente curio- 
sas noticias ', y la termino' y fecho' en 7 de Julio. Es el 
documento más importante para conocer los sucesos de este 
desgraciado viaje, 3^ en el que se demuestra con mayor 
claridad toda la elevación de alma de Cristóbal Colón y 
la amargura que experimentaba al encontrarse en tanto 
abandono. 

Con la carta á los Reyes, entrego' también otras para 
varios sujetos, que Diego Méndez debía entregar personal- 
mente, ampliando de palabra lo que en ellas se decía; pues 
la misio'n que el Almirante le confio' tenía dos partes, á cual 
más delicadas. La primera ya la hemos visto; en una frágil 
barquilla y con pocas probabilidades de éxito, debía diri- 
girse á la isla Española, y una vez en aquel territorio, 
informar al Comendador de Lares del estado en que se 



1 Es la conocida con el nombre de Lettera ra